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Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes s Stephanie Meyer
Capitulo 1
Aquel no iba a ser un día normal. Después de haber tomado aquella decisión, pasaría mucho tiempo hasta que las cosas regresaran a la normalidad. Y ya solo le cabía esperar estar haciendo realmente lo que debía.
Bella ensilló su caballo en el tranquilo y silencioso ambiente del establo. Quizá fuera un error escaparse en medio de la jornada, cuando todavía quedaban tantas cosas por hacer, pero lo necesitaba. Una hora sola, lejos de la casa y las obligaciones, le parecía el mayor de los lujos.
Vaciló un instante, sacudió la cabeza y sujetó la cincha. Si pensaba disfrutar de una hora en solitario, lo haría con todo tipo de lujos. Se rio de sí misma al darse cuenta de que aquella era una frase propia de su padre. Además, si el señor Jorgensen tenía verdadero interés en comprarle un potro, volvería a llamar más tarde. Debía actualizar los libros de contabilidad y pagar algunas facturas ya vencidas. Pero ya tendría tiempo de encargarse de aquellas tareas pendientes. En aquel momento, lo único que le apetecía era montar sin rumbo fijo.
Rodeó dos de los cubículos del establo y sacó a su caballo ruano al exterior. La respiración del animal se transformaba en vapor mientras ella aseguraba la cincha por segunda vez.
-Vamos, Judd -con la desenvoltura proporcionada por una larga experiencia, se montó en la silla y se encaminó hacia el sur.
No se podía cabalgar muy rápido porque la nieve y la tierra se habían mezclado hasta formar un resbaladizo lodazal. El aire era helado y húmedo, casi desagradable, pero Bella disfrutaba de una emocionante sensación de anticipación. Las cosas estaban cambiando, ¿y no era eso todo lo que alguien en su situación podía desear? Todo parecía marchar a gran velocidad y por fin iba a conseguir algo que siempre había considerado fuera de su alcance: libertad.
Quizá el haber aceptado ser entrevistada para aquel libro le proporcionara parte de ella. De momento era una esperanza. Pero las dudas con las que había vivido desde que había llegado a un acuerdo con la editorial continuaban acechándola. ¿Habría hecho lo correcto? ¿Habría tomado una decisión equivocada? ¿Cuáles serían las consecuencias? Pero ocurriera lo que ocurriera, tenía que asumir la responsabilidad.
Cabalgó por aquella finca que adoraba, pero que nunca había podido considerar completamente suya.
La nieve se derretía sobre la hierba. Un mes más, pensó, y los potros ya podrían juguetear en los pastos. Había plantado heno y avena, y ese año, quizá, las cuentas no terminarían en números rojos.
A Jacon nunca le había importado. Él nunca había pensado en el mañana, solo pensaba en el presente. Bella sabía por qué le había comprado Jacob aquella finca en la Virginia rural. Quizá siempre lo había sabido. Pero años atrás, había querido transformar lo que en realidad era un gesto de culpabilidad en un rayo de esperanza. Aquella capacidad, para encontrar y conservar pequeñas hebras de esperanzas en los peores momentos, había conseguido mantenerla a flote durante los últimos ocho años de su vida.
Jacob había comprado aquella casa y después solo había pasado algunas semanas dispersas en ella. Era demasiado inquieto para quedarse a esperar a que creciera la hierba. Inquieto, negligente y egoísta, ese era Jacob. Bella lo sabía desde antes de casarse con él. De hecho, quizá fuera ese el motivo por el que había decidido casarse con él. No podía reprocharle que hubiera fingido ser otra cosa. El problema había sido que ella solo había visto lo que quería ver. Jacob había irrumpido en su vida como el corneta que era, y, deslumbrada y fascinada, Bella lo había seguido.
A los dieciocho años, Isabella Cullen se había quedado completamente anonadada al ser cortejada por el espectacular Jacob Black. El nombre de aquel piloto había aparecido en los titulares de los periódicos cuando había participado en el Grand Prix. Y también había sido reproducido en letras de molde en las páginas de sociedad, dando cuenta de sus éxitos como rompecorazones. Y la joven Isabella había leído esos periódicos.
Jacob le había permitido participar de la vida que llevaba en Miami, la había hechizado con aquel mundo de lujo y glamour. Le había ofrecido emociones. Emociones y libertad en vez de responsabilidades. Y ella se había casado antes de haber tenido tiempo siquiera de recuperar la respiración.
Aunque estaba cayendo una ligera llovizna, Bella detuvo su caballo. Le gustaba que la lluvia empapara su rostro. Era otra de las cosas que necesitaba aquella mañana. Soledad. De un modo cobarde, lo sabía, pero nunca se había considerado una mujer valiente. Lo único que había hecho hasta entonces, y lo que continuaría haciendo, había sido sobrevivir.
Los pastos aparecían cubiertos por algunas manchas de nieve cuyo blanco se fundía con el de la niebla que sobre ellos se cernía. Judd coceó con impaciencia y Bella le palmeó el cuello para tranquilizarlo. Era un lugar tan hermoso... Bella había estado en Monte Carlo, Londres, París y Bonn, pero después de haber pasado casi cinco años viviendo al día y trabajando desde el amanecer hasta el crepúsculo, había llegado a la conclusión de que aquella era la vista más hermosa del mundo.
La lluvia continuaba cayendo, prometiendo convertir las pistas que cruzaban sus tierras en caminos impracticables. Aquella noche bajaban las temperaturas, los charcos se helarían dejando una peligrosa capa de hielo sobre la nieve. Pero continuaba siendo un hermoso paisaje. Poder disfrutar de él era algo que debía a Jacob. Y también otras muchas cosas.
Había sido su marido. Después de su muerte, ella era su viuda. Antes de morir, Jacob le había hecho sufrir terriblemente, pero le había dejado las dos cosas más importantes y preciadas de su vida: sus hijos.
Había sido por ellos por los que al final se había mostrado de acuerdo en recibir a aquel periodista. Había rechazado ofertas de diferentes editoriales durante más de cuatro años. Por supuesto, eso no había evitado que se publicaran biografías no autorizadas sobre Jacob Balck, o que de vez en cuando apareciera algún artículo en el periódico. Después de meditarlo durante meses, Bella había llegado a la conclusión de que si trabajaba con un escritor, con un buen escritor, podría tener algún control sobre el producto final. Y cuando la biografía estuviera terminada, sus hijos tendrían algo de su padre.
Edward Massen era un buen escritor. Bella sabía que eso era una ventaja y un inconveniente al mismo tiempo. Intentaría adentrarse en aspectos de su vida que ella estaba decidida a mantener en secreto. Estaba preparada para que el escritor lo hiciera. Y cuando así ocurriera, le contestaría a su modo, y podría cerrar por fin aquel capítulo de su existencia.
Debería ser inteligente. Sacudió la cabeza, chasqueó la lengua para espolear al caballo y lo puso otra vez en movimiento. Rosalie había sido muy lista. Su hermana mayor, que en realidad solo tenía dos minutos y medio más que ella, siempre había sido capaz de planificar y manipular para que las cosas ocurrieran tal como ella quería.
Después estaba Alice, la otra de sus hermanas, más pequeña que ella por dos minutos y diez segundos. Alice era la más extravertida y había conseguido abrirse camino en el mundo con grandes dosis de voluntad.
Y ella era Bella, la trilliza de en medio. La más tranquila. La más responsable. La más dependiente. Aquellas etiquetas le hicieron esbozar una mueca.
Su problema ya no eran aquellas etiquetas que le habían puesto antes de que fuera siquiera capaz de caminar. Su problema era Edward Massen, ex detective y antiguo periodista de investigación que había llegado a convertirse en un famoso escritor. A los veinte años, había sacado a la luz una conexión de la Mafia que a la larga había servido para desmantelar una de las más numerosas familias mafiosas de la Costa Este. Antes de cumplir treinta años, había echado a perder la carrera de un senador descubriéndole una cuenta secreta en Suiza. Y Bella iba a tener que manejar a un hombre como aquel.
Pero lo conseguiría. Al fin y al cabo, iba a estar en su terreno, bajo su techo. Ella solo le proporcionaría la información que quería. Los secretos que quería mantener continuarían encerrados en su cerebro y en su corazón. Para conseguir lo que pretendía, lo único que tenía que hacer era ofrecerle a Edward Massen una representación perfecta.
«Nunca digas la verdad, hija. Nadie quiere oírla». Eso era lo que habría dicho su padre. Y eso, se dijo Bella con una sonrisa, era lo que procuraría recordarse durante los meses que tenía por delante.
Sin muchas ganas de abandonar el campo y la lluvia, hizo girar a su caballo y regresó hacia la casa. Faltaba muy poco para que comenzara la función.
Edward maldijo la lluvia y sacó el brazo por la ventanilla por enésima vez para secar el parabrisas con un trapo ya empapado. El limpiaparabrisas de su lado solo funcionaba de vez en cuando. Y el otro estaba permanentemente inmóvil. Una lluvia glacial se deslizaba a través de la manga de su abrigo mientras sostenía el volante con una mano e intentaba despejar el agua con la otra. Había sido una locura comprar un coche de veinticinco años, fuera un clásico o no. El Vette 62 parecía un sueño, sí, pero funcionaba como una pesadilla.
Probablemente, tampoco había sido demasiado inteligente viajar por carretera desde Nueva York hasta Virginia en febrero, pero quería disfrutar de la libertad que le daba conducir su propio coche. Y, por lo menos, la nieve a la que había tenido que enfrentarse en Delaware se había transformado en lluvia al dirigirse hacia el sur. Pero volvió a maldecir la lluvia al sentirla entrar a cántaros por la ventana y deslizarse por el cuello de su abrigo.
Podría haber sido peor, se dijo a sí mismo. No podía imaginar exactamente cómo, pero, probablemente, podría haber sido peor. Después de todo, por fin iba a poder hincar el diente a aquel proyecto que había estado intentando cuajar desde hacía tres años. Aparentemente, Isabella Cullen Black había decidido exprimir a la editorial hasta sacarle todo lo que había podido.
Una dama dura y atractiva, imaginaba. Había conseguido atrapar a uno de los mejores y más ricos pilotos del circuito siendo apenas una niña. Antes de cumplir diecinueve años, ya lucía visones y diamantes y jugaba a los dados en lugares como Monte Carlo. Siempre había sido fácil gastar el dinero de los demás. Su ex esposa se lo había demostrado durante los breves dieciocho meses que había durado su matrimonio.
Al fin y al cabo, las mujeres, todas, habían nacido con astucia. Se presentaban a sí mismas con una máscara de vulnerabilidad e indefensión. Que desaparecía en cuanto le echaban el guante a algún tipo. Para librarse de ellas, había que sangrar un poco. Después, si se era inteligente, bastaba con mirarse las cicatrices de vez en cuando para recordar exactamente cómo funcionaba la vida.
Edward se enfrentó nuevamente al mapa que tenía delante. Lo sostuvo frente a él mientras conducía con los codos Maldijo una vez más. Sí, tenía que haber girado por aquel desvío. Pero no lo había visto. Miró hacia delante y hacia atrás en aquella carretera que la lluvia y la niebla apenas dejaban ver, y giró hacia el cruce. Los limpiaparabrisas podían ser pésimos, pero el Vette sabía cómo moverse.
No podía imaginarse al Jacob Black al que él había seguido y admirado decidiendo sentar cabeza en los campos de Virginia. Quizá aquella mujercita lo había convencido para que comprara aquella casa como una suerte de escondite. En el que, por cierto, ella había estado hibernando durante los últimos años.
¿Qué tipo de mujer sería? Para poder escribir la biografía del hombre, tendría que llegar a comprender a la mujer. Ella había vivido prácticamente pegada a Black durante el primer año de matrimonio, siempre se la veía en el circuito, y después había desaparecido. Quizá el olor a gasolina y humo había terminado molestándola. No estaba nunca en las gradas para ser testigo de las victorias o los fracasos de su marido. Y, sobre todo, no había estado en el circuito en la que había sido su última carrera. La carrera en la que Jacob Black había muerto. Por la información que Edward había obtenido, había aparecido en el funeral tres días después y apenas había hablado. No había derramado una sola lágrima.
Se había casado con una mina de oro y había pasado por alto sus infidelidades. El dinero era la única respuesta. En ese momento, siendo su viuda, estaba en una posición que le permitía vivir sin mover un solo dedo. No estaba mal para una antigua cantante que jamás había actuado en lugares más señalados que bares y clubes mediocres.
Tuvo que frenar el Vette para penetrar por un camino de barro. El desvío lo señalaba un buzón desvencijado en el que aparecía pintado el apellido Black.
Evidentemente, la viuda no había considerado que mereciera la pena gastar dinero en su mantenimiento. Edward secó una vez más el parabrisas y apretó los dientes mientras sorteaba los baches. Cuando oyó un golpe en el amortiguador, maldijo la lluvia y comenzó a maldecir también a Isabella. Tal como él lo veía, debía tener un armario rebosante de pieles y seda, pero no había soltado un solo penique para reparar aquella carretera.
Cuando vio la casa, se quedó un tanto extrañado. No era uno de aquellos edificios imponentes y casi agobiantes de las antiguas plantaciones, tal como él esperaba. Era una casa encantadora, acogedora, que tenía hasta una mecedora en el porche. Las contraventanas estaban pintadas de azul, haciendo un bonito contraste con los marcos blancos de las ventanas. En el segundo piso, había una terraza con doble barandilla. Aunque era evidente que la casa necesitaba una nueva mano de pintura, no tenía aspecto de estar abandonada; al contrario, parecía una casa llena de vida. Salía humo de las chimeneas y había una bicicleta en el porche. El sonido de los ladridos de un perro completaba la escena.
Edward había soñado muchas veces con encontrar un lugar como aquel para él. Un lugar alejado de las multitudes y el ruido en el que podría concentrarse en escribir. Aquel lugar le recordó a la casa en la que vivía cuando era niño; una casa en la que la seguridad y el trabajo iban de la mano.
Cuando sintió un nuevo arañazo en el amortiguador, desapareció todo el encanto. Edward aparcó detrás de una camioneta y de una ranchera y apagó el motor. Dejó el trapo mojado sobre las alfombrillas y subió la ventanilla. Empezaba a abrir la puerta cuando tuvo que cerrarla al ser asaltado por una jadeante bola de pelo empapado.
Era un perro enorme. Quizá pretendía darle un recibimiento amistoso, pero en su sucio estado, el animal no parecía demasiado agradable. Mientras Edward calculaba su tamaño, comparándolo con el de un pequeño hipopótamo, el perro plasmó sus huellas sobre la ventanilla y continuó ladrando.
-¡Sigmund!
Tanto Edward como el perro miraron hacia la casa, donde una mujer permanecía cerca de los escalones del porche. Así que esa era Isabella, se dijo. Había visto suficientes fotografías suyas a lo largo de los años como para no reconocerla al instante. Aquel rostro fresco e ingenuo en los fosos durante las carreras. La joven cosmopolita de Londres y Chicago. Y la fría y compuesta viuda ante la tumba de su marido. Pero no era precisamente eso lo que esperaba.
Su pelo, de un color cafe como el chocolate, caía sobre su frente en finas hebras y se deslizaba suavemente por sus hombros. Parecía muy delgada, y muy cómoda con aquellos vaqueros, las botas y el jersey que le cubría las caderas. Su rostro se veía pálido y delicado a través de la lluvia. No podía ver desde allí el color de sus ojos, pero podía ver su boca, una boca llena y sin pintar, mientras llamaba otra vez al perro.
-Sigmund, baja ahora mismo.
El perro dejó escapar un último y poco entusiasta ladrido y obedeció. Receloso, Edward abrió la puerta del coche y salió.
-¿Señora Black?
jaaaaa jeje con quien creen ustedes que se encontro Edward? jejeje
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