Holaaa jeje aqui sta el 2 cap jejeje que realmente seria el 3ro si contamos el prologo jeje pero bueno ustedes entienden jejeje espero los hayan disfrutado y espero reviews, ya saben para animarme a subir maaas jeje

Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes s Stephanie Meyer

Capitulo 2

-Sigmund, baja ahora mismo.

El perro dejó escapar un último y poco entusiasta ladrido y obedeció. Receloso, Edward abrió la puerta del coche y salió.

-¿Señora Black?

-Sí. Siento lo del perro. No muerde. Al menos no muy a menudo.

-Buenas noticias -musitó Edward y abrió el capó.

Mientras Edward sacaba las maletas, Bella permanecía donde estaba con todos los nervios en tensión. Era un desconocido y le iba a permitir entrar en su casa, en su vida. Quizá debería detenerlo en aquel momento, antes de que diera un solo paso más.

Edward se volvió entonces, con las maletas en la mano, y la miró. La lluvia corría a chorros por su pelo. Tenía el pelo oscuro, y pegado a la cara. No era una cara amable, pensó Bella inmediatamente, mientras se frotaba las palmas de las manos en los muslos. Había demasiada vida en él, demasiados conocimientos para que fuera amable. Una mujer tenía que estar loca para permitir que se metiera en su vida un hombre como aquel. Entonces se fijó en que tenía la ropa empapada y los zapatos cubiertos de barro.

-Creo que le sentaría bien un café.

-Sí -le dirigió al perro una última mirada mientras este le olfateaba los tobillos-. El camino está hecho un desastre.

-Lo sé -le dirigió una pequeña sonrisa de disculpa mientras advertía que el coche no tenía mucho mejor aspecto que él-. Este invierno está siendo muy duro.

No dio un paso adelante. A través de la cortina de lluvia que caía entre ellos, la miró fijamente. Estaba evaluándola, decidió Bella, y ocultó sus manos nerviosas en los bolsillos. Había asumido un compromiso y no iba a conseguir lo que quería si se acobardaba desde el principio.

-Pase -se acercó a la puerta y lo esperó.

Tenía los ojos de color cafe oscuro, y, si no hubiera tenido ningún dato sobre ella, habría pensado que estaba asustada. La delicadeza que había advertido en la distancia era más evidente de cerca. Tenía unos pómulos elegantes y la barbilla ligeramente pronunciada, lo que le daba a su rostro un aspecto curiosamente provocativo. La piel era pálida, las pestañas oscuras. Edward decidió que o bien era una experta con los cosméticos, o no llevaba ninguno encima. Olía a lluvia y a humo.

Edward se detuvo en la puerta y se quitó los zapatos.

-No creo que le apetezca que me meta en su casa con esto.

-Se lo agradezco.

Edward entró en la casa descalzo, mientras Bella permanecía aferrada al pomo de la puerta sintiéndose tan desesperada como torpe.

-¿Por qué no deja sus cosas ahí y viene a la cocina? Hace más calor allí y así podrá secarse.

-Estupendo -encontró el interior de la casa tan sorprendente como el exterior.

Los suelos estaban gastados, apenas brillaban. Sobre una mesa situada cerca de las escaleras, vio una flor de papel maché que parecía haber sido hecha por un niño. Mientras caminaban, Bella se agachó para recoger dos hombrecillos de plástico vestidos con trajes espaciales y continuó andando sin alterar el ritmo de sus pasos.

-¿Ha venido conduciendo desde Nueva York?

-Sí.

-No debe ser muy agradable con este tiempo.

-No.

No estaba siendo seco intencionadamente, aunque podía serlo cuando le apetecía. En aquel momento, el interior de la casa lo interesaba más que cualquier conversación. No había platos sucios en el fregadero y el suelo estaba muy limpio. Sin embargo, la cocina no estaba particularmente ordenada. En la puerta del refrigerador no quedaba un solo hueco, estaba cubierta de dibujos realizados por manos infantiles e imanes de variadas formas. Sobre el mostrador, reposaba un rompecabezas a medio hacer. Y al lado de la puerta trasera, había un revoltijo de pequeñas zapatillas de deporte.

Pero había fuego en la chimenea de ladrillo, y olía a café.

Si no iba a molestarse en hablar con ella, no iban a llegar muy lejos, se dijo Bella. Se volvió para mirarlo por segunda vez. No, no tenía un rostro amable, pero resultaba intrigante con aquella descuidada sombra de barba; y los ojos, de un verde muy claro, le daban cierta profundidad. Eran unos ojos intensos, reconoció. ¿Y no se había sentido ella fatalmente atraída por esa intensidad cuando era más joven? Jacob tenía los ojos castaños, pero el mensaje que emitían era el mismo: «consigo lo que quiero porque me importa un comino lo que tengo que ganar».

Aquel hombre era igual. Y Bella temía acabar de abrir su vida a un hombre como Jacob. Pero ella había madurado. Era infinitamente más sabia que entonces. Y, además, no estaba enamorada.

-Déme su abrigo -le tendió las manos y esperó a que Edward se lo quitara.

Por primera vez desde hacía años, se descubrió a sí misma percibiendo y reaccionando ante la presencia de un hombre. Un hombre alto y delgado que provocó una respuesta casi imperceptible en su interior. Bella la sintió, e inmediatamente la controló. Se volvió y colgó el abrigo en el perchero de la puerta.

-¿Cómo toma el café?

-Solo.

Bella necesitaba sentirse ocupada para poder mantener la calma. Sacó una enorme taza del armario para él y otra más pequeña para ella.

-¿Cuánto tiempo lleva conduciendo?

-Toda la noche.

-¿Toda la noche? -lo miró por encima del hombro mientras él se sentaba tras el mostrador de la cocina-. Debe estar agotado.

Pero no lo parecía. Aunque tenía un aspecto un tanto descuidado, parecía completamente alerta.

-Llega una hora en la que me recupero completamente, como si hubiera dormido -aceptó la taza que le ofrecía y advirtió que no llevaba ningún anillo en los dedos. Ni siquiera una alianza. Cuando alzó la mirada, había en sus ojos un nuevo cinismo-. Supongo que sabe lo que es eso.

Bella arqueó una ceja y se sentó frente a él. Como madre, sabía perfectamente lo que era pasar una noche en vela y tener que estar completamente despierta al día siguiente.

-Supongo que sí -puesto que su interlocutor no parecía muy interesado en mantener una conversación educada, decidió abordar directamente el asunto que a ambos interesaba-. He leído sus libros, señor Massen. El que escribió sobre Millicent Driscoll me pareció duro, pero muy riguroso.

-«Riguroso» es la palabra clave.

Bella bebió café mientras lo observaba.

-Algo que me parece muy respetable. Y supongo que ya hubo suficiente compasión para ella en otros medios. ¿La conoció personalmente?

-No, hasta después de su suicidio -tomaba la taza con ambas manos, haciéndolas entrar en calor, mientras el fuego chisporroteaba tras él en la chimenea-. Después tuve que conocerla para escribir el libro.

-Era una mujer y una actriz sensacional, pero su vida no fue nada fácil. Tuve oportunidad de conocerla a través de mi hermana.

-Rosalie Cullen, otra actriz sensacional.

Bella sonrió y su expresión se suavizó.

-Sí, lo es. La conoció cuando estuvo investigando a Millicent, ¿verdad?

-Ligeramente -y se habían disgustado mutuamente-. Las tres hermanas Cullen parecen haber conseguido su objetivo... de un modo u otro.

Bella lo miró con calma, como si aceptara aquella afirmación.

-De un modo u otro, sí.

-¿Y qué se siente al tener dos hermanas que despiertan tanto interés a uno y otro lado de la costa?

-Estoy muy orgullosa de ellas -contestó inmediatamente y con una sinceridad absoluta.

-¿Usted no piensa reaparecer en el mundo del espectáculo?

Bella se habría echado a reír si no hubiera detectado el cinismo de su voz.

-No, tengo otras prioridades. ¿Ha visto actuar a Alice en Broadway?

-Un par de veces -bebió. Aquel delicioso café estaba resarciéndolo de los últimos kilómetros de carretera-. No se parece a ella. En realidad, no se parece a ninguna de sus hermanas.

Bella ya estaba acostumbrada a aquella inevitable comparación

-No. Mi padre siempre pensó que habríamos causado sensación si hubiéramos sido idénticas. ¿Quiere más café, señor Massen?

-No, gracias. La historia cuenta que Jacob Black entró en uno de esos pequeños clubes en los que actuaba usted con su familia y que no les prestó atención a ninguna de sus hermanas. Solo se fijó en usted.

-¿Eso es lo que se cuenta por ahí? -Bella empujó su taza y se levantó.

-Sí. Ya sabe que la gente es muy proclive al romanticismo.

-Pero usted no -comenzó a decir mientras se acercaba a la cocina.

-¿Qué está haciendo?

-Voy a empezar a preparar la cena. Espero que le guste el chile.

Así que sabía cocinar. O al menos pensaba hacerlo esa noche, quizá para causarle cierta impresión. Edward se recostó en su taburete y la observó preparar la carne.

-Yo no me dedico a escribir novelas de amor, señora Black. Si la editorial no le ha dejado claras cuáles son mis reglas, tendré que hacerlo yo ahora.

Bella se concentró en lo que estaba haciendo.

-¿Para qué malgastar su tiempo?

-No creo que sea malgastar el tiempo. La primera regla es que soy yo el que va a escribir el libro. Me pagan para que lo haga. Y a usted le pagan para que colabore.

Bella añadió especias a la carne con mano experta.

-Le agradezco que me lo recuerde. ¿Alguna otra regla más?

Era tan fría como su reputación indicaba. «Fría» quizá fuera una forma demasiado amable de decirlo; quizá fuera preferible decir «insensible».

-Solo esta. El libro tratará sobre Jacob Black; usted formará parte de él. Cualquier cosa que averigüe, por personal que sea, me pertenece. Usted renunció a su intimidad cuando firmó ese contrato.

-Renuncié a mi intimidad, señor Massen, cuando me casé con Jacob -removió la salsa y le añadió un chorrito de vino-. ¿Me equivoco, o tiene ciertas reservas sobre escribir este libro?

-Sobre el libro no, sobre usted.

Bella se volvió hacia él y la estupefacción que por un instante se había reflejado en sus ojos se desvaneció mientras estudiaba su rostro. Edward Massen no era el primero que había llegado a la conclusión de que se había casado con Jacob por su dinero.

-Ya entiendo. Creo que ha sido suficientemente franco. En fin, supongo que no es necesario que yo le guste para que escriba el libro.

-No, no lo es. Y tampoco que yo le guste a usted. Lo único que seré con usted, señora Black, es honesto. Voy a escribir la biografía más rigurosa y exhaustiva sobre su marido que pueda. Y, para hacerlo, es posible que tenga que llegar a ser bastante desagradable con usted.

Bella tapó la cafetera y la llevó al mostrador.

-No es fácil enfadarme. Muchas veces me han dicho que soy... demasiado complaciente.

-Puede estar segura de que se habrá enfadado conmigo antes de que haya terminado la biografía.

Después de servirle más café, Bella dejó la cafetera sobre un salvamanteles.

-Lo dice como si estuviera deseándolo.

-No me gustan las aguas demasiado tranquilas.

En aquella ocasión, Bella se echó a reír. Pero fue una risa rápida, que sonaba casi con arrepentimiento. Alzó su taza.

-¿Conoció a Jake?

-No.

-Creo que se habrían entendido muy bien. Era un hombre con un solo objetivo en mente: ganar. El corría siempre a su manera. Era muy poco flexible.

-¿Y usted?

Aunque era una pregunta que Edward acababa de improvisar, Bella se la tomó muy en serio.

-Uno de mis principales problemas a lo largo de mi vida ha sido que tiendo a hacer siempre lo que me piden. Pero ya he aprendido -se terminó el café-. Le enseñará su habitación. Así podrá deshacer las maletas antes de cenar.

Lo acompañó al pasillo y tomó una de las maletas antes de que Edward hubiera tenido oportunidad de decirle que no se molestara. Sabía que aquella maleta pesaba, pero mientras él se encargaba del resto de sus cosas, la observó subir las escaleras sin ninguna dificultad. Era más fuerte de lo que parecía, se dijo. Una razón más para no fiarse de ella.

-Hay un baño al final del pasillo. El agua caliente funciona muy bien -después de empujar la puerta, dejó la maleta en el suelo, al lado de la cama-. Le he puesto una mesa en esta habitación. Yo tengo un estudio en el piso de abajo, pero pensé que esto era más apropiado.

-Así está bien.

Más que bien. La habitación olía ligeramente a limón y a especias. Era una fragancia fresca e invitadora. Edward era un hombre al que le gustaban las antigüedades y reconoció el cabecero de la cama Chippendale y la calidad del resto de los muebles. Había ramitas de hierbas secas mezcladas con ramas de arce en un jarrón de cobre, sobre la cómoda. Las cortinas estaban corridas, ofreciéndole una vista de las colinas cubiertas de nieve y de unos establos, a los que las inclemencias del tiempo habían agrisado la madera.

-Bonita habitación.

-Gracias -Bella miró hacia la ventana con nostalgia-. Debería haber visto la casa cuando la compramos. Había más de cinco goteras en el tejado y las cañerías eran más un deseo que una realidad. Pero decidí que esta casa sería mía en cuanto la vi.

-¿La eligió usted? -colocó la máquina de escribir encima de la mesa.

-Sí.

-¿Por qué?

Bella continuaba mirando por la ventana, de manera que estaba de espaldas a él. Edward creyó oírla suspirar.

-Una persona necesita un lugar en el que echar raíces. Al menos algunas...

Edward sacó la grabadora y la colocó al lado de la máquina.

-Ha recorrido un largo camino desde los circuitos de carreras.

-Nunca me ha gustado la velocidad -lo miró por encima del hombro y se volvió. Vio entonces sus herramientas de trabajo colocadas en la mesa-. ¿Tiene todo lo que necesita?

-De momento sí. Me gustaría hacerle una pregunta más antes de que empecemos a trabajar. ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de todo este tiempo negándose a hacerlo, ha autorizado una biografía sobre su marido?

Había dos razones, las dos igual de importantes, las dos igual de preciosas, pero no lo creía capaz de comprenderlas.

-Digamos que hasta este momento no he considerado que estuviera preparada. Han pasado casi cinco años desde la muerte de Jacob.

Y después de cinco años, seguramente el dinero había empezado a desaparecer.

-Estoy seguro de que el trato ha sido muy lucrativo.

Como Bella no contestó, se volvió hacia ella. No había enfado en sus ojos. Él lo habría preferido a la expresión fría e indescifrable que vio en ellos.

-La cena estará lista a las seis. Aquí nos acostamos muy pronto.

-Señora Black, cuando la ofendo, es porque estoy preparado para recibir una respuesta.

Bella sonrió por primera vez. Aquella sonrisa ilumino sus ojos y le dio a su rostro una dulce vulnerabilidad. Edward sintió una extraña mezcla de culpabilidad y atracción; ambos sentimientos incomprensibles para él.

-No se me dan bien las discusiones. Por eso tiendo a evitarías.

Se oyó un estruendo fuera de la casa, pero ella ni siquiera se volvió. Fue seguido por un aullido propio de un indio asaltando un tren. El perro comenzó a ladrar justo antes de que alguien, que a juzgar por el estruendo parecía tener las dimensiones de un elefante, aterrizara en el porche.

-Hay toallas limpias en el baño.

-¿Le importa que le pregunte qué ha sido eso?

-¿El qué?

Y, por primera vez, Edward vio una sombra de verdadero humor en sus ojos. La vulnerabilidad había desaparecido. Aquella era una mujer que sabía quién era y adónde iba.

-Me ha parecido una invasión.

-Y eso es exactamente lo que ha sido.

Bella cruzó la habitación y se detuvo al oír que la puerta principal se abría y se cerraba con tal estruendo que hizo temblar los cuadros de las paredes.

-¡Mamá, ya estamos en casa!

Aquel recibimiento fue seguido por un nuevo derroche de carreras, gritos y acaloradas discusiones.

-Mis hijos parecen tener la necesidad de hacerse notar. Solo Dios sabe por qué. Si me disculpa, voy a intentar salvar la alfombra del comedor.

Y sin más, desapareció, dejando a Edward solo con sus pensamientos.


Que les ha parecido? se pone mas interesantee eh creanme jejeje

espero reviews para asi poder subir el sgte chapter jejejeje

cuidense