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Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer
Capitulo 4
-Que no quiero que se involucren en el proyecto. No podrá hacerles preguntas sobre su padre.
Después de dejar el neceser sobre la cómoda, Edward se volvió hacia ella. Suave. Aquella era una mujer que parecía suave como la mantequilla y tenía una voz que no lo era menos, pero tenía la sensación de que sacaría sus garras en cuanto viera amenazados a sus hijos.
-Ni siquiera he pensado en ello. Creo que son demasiado pequeños para acordarse de él.
Iba a llevarse una buena sorpresa, pensó Bella, pero asintió.
-En ese caso, creo que nos entendemos.
-Todavía no. En absoluto... señora Black.
A Bella no le gustaba la mirada de sus ojos. Era demasiado... indiscreta. ¿Cuánto habría dejado de sí misma para cuando hubiera terminado aquel hombre su misión? Pero aquello era un juego, y ella había decidido participar en él.
-Le diré a uno de los niños que venga a avisarle en cuanto la cena esté lista.
Después de cerrar la puerta, Bella descubrió que estaba helada. Tanto que tuvo que frotarse los brazos. Quería llamar a su familia, oír las consoladoras voces de sus padres. O el tono sarcástico de Rosalie. Se pasó la mano por el pelo mientras bajaba las escaleras. Quizá pudiera llamar a Alice y escuchar una de sus conversaciones despreocupadas y optimistas sobre la vida en general. No podía llamar a Garrett. Su hermano mayor estaría vagando por Europa, o por África, o solo Dios sabía dónde.
No podía llamar a ninguno de ellos, se recordó Bella mientras volvía a la cocina. Vivía sola, y llevaba mucho tiempo haciéndolo porque así lo había decidido. Y estaba convencida de que cualquiera de los miembros de su familia se presentaría allí en cuanto pensara que lo necesitaba. No, no podía llamar a nadie. Ella ya no era solamente la trilliza mediana. Era Bella Black, madre de dos hijos. Tenía que cuidarlos, criarlos, ayudarlos a crecer. Y, el cielo lo sabía, iba a asegurarse de que recibieran algún tipo de herencia de su padre.
Sacó las verduras del cajón del refrigerador y comenzó a preparar una ensalada que seguramente provocaría las protestas de sus hijos.
Cuando los caballos estuvieron ya cenados y las caras y las manos de los niños relucientes, muy a pesar de los pequeños, Bella apagó el fuego en el que se estaba calentando el chile.
-Chris, sube a decirle al señor Massen que la cena ya está lista.
-Iré yo -se ofreció Ben rápidamente, en un gesto poco habitual en él-. De todas formas quería ir a buscar una cosa al piso de arriba.
-De acuerdo, gracias. Pero no te entretengas. La cena ya está lista.
-Yo no tengo que comer champiñones, ¿verdad?
-No, no tienes que comer champiñones.
-Me los quitarás del plato, ¿verdad?
-Sí.
-Todos. Si me encuentro uno, lo tiraré.
-Comprendido -respondió y alzó la mirada cuando Edward y Ben entraron en la cocina-. Pase y siéntese, acabo de prepararlo todo -y comenzó a servir la ensalada en los cuencos.
-Yo no quiero -dijo Ben mientras se sentaba en su taburete.
-Pero tu cuerpo sí -añadió el aliño-. Toma, Chris, sin champiñones.
-Si encuentro uno...
-Sí, lo sé -sirvió un tercer cuenco y lo colocó en frente de Edward-. Pero como se te ocurra -se interrumpió al alzar la mirada y ver a Edward sonriendo de oreja a oreja-. Oh, lo siento -bajó la mirada hacia la ensalada, que le había preparado igual que a sus hijos-. Supongo que estoy tan acostumbrada a servir...
-No se preocupe -tomó el frasco con el aliño y lo sacudió perezosamente-. Creo que podré comerla perfectamente aquí.
Bella se sentó y comenzó a comer mientras Chris charlaba entre bocado y bocado. Ben picoteaba la ensalada y miraba a Edward por el rabillo del ojo. Era extraño, pensó Bella, parecía... ¿receloso quizá? ¿Resentido? No estaba segura. No era un niño muy extrovertido, pero...
De pronto, se le ocurrió que Edward estaba sentado en el que había sido el sitio de Jacob. En realidad, solo había estado allí sentado una docena de veces, y siempre entre largos períodos de ausencia, pero, en definitiva, aquel era su sitio. ¿Lo recordaría Ben? Apenas tenía tres años la última vez que su padre había estado en aquella casa. Solo tres años, pensó, y, aun así, en muchos aspectos se comportaba como un adulto. Bella sintió un codazo en las costillas y pestañeó para volver al presente.
-¿Qué pasa?
Ben apartó el cuenco de ensalada.
-Ya me he comido casi toda.
-Oh -Bella alargó la mano hacia el cucharón para servir el chile.
-Puedo servirme yo solo.
Bella ya había empezado a servirle cuando se encontró con la mirada de Edward por encima de la cabeza de su hijo. Vio algo en aquellos ojos que le hizo pasarle a la cazuela y volver a sentarse, enfadada consigo misma.
-Parece que está escampando -comentó mientras le ofrecía el guiso a Edward.
-Eso parece -Edward se sirvió-. Supongo que durante unos días esto va a estar hecho un desastre.
-Estaremos de barro hasta las rodillas -Bella le sirvió un plato a Chris y lo dejó a su lado para que se enfriara-. Si pretende salir, espero que haya traído un calzado más fuerte que esas playeras.
-Desde luego -probó el chile. O bien estaba delicioso, o él estaba muerto de hambre. Pero fuera cual fuera la razón, atacó la comida como si fiera el mejor de los manjares-. Me han dicho los chicos que tiene caballos.
-Sí, criamos Morgans. Usa la servilleta, Chris…
-¿Se dedica a la crianza? -Edward evitó hábilmente ser salpicado por Chris mientras este movía su cuenco-. No sabía que tenía un negocio.
-Desgraciadamente, hay mucha gente que no lo sabe -sonrió y le tiró a Ben de la oreja-. Pero lo sabrán. ¿Entiende algo de caballos?
-Tenía un caballo de paseo -se adelantó Ben y se habría limpiado la boca con la manga si no hubiera visto la mirada de advertencia de su madre-. Dice que media dieciséis palmos.
-¿De verdad?
-Crecí en una granja de Jersey.
-Entonces es una tontería ser escritor -comentó Ben, mientras rascaba el fondo de su cuenco con el tenedor-. Debe de ser muy aburrido, como estar todo el día en el colegio.
-Hay personas que disfrutan utilizando su cerebro. ¿Quiere un poco más, señor Massen?
-Un poco -tomó otro cucharón. Aunque no era un hombre muy hablador y normalmente prefería escuchar, se descubrió a sí mismo explicándole al niño porque había elegido aquella profesión-. ¿Sabes? Escribiendo se viaja mucho y se conoce a mucha gente.
-Eso está muy bien -contestó Ben, mientras continuaba haciendo dibujos con el tenedor en su cuenco-. Yo también voy a viajar. Cuando sea mayor, voy a ser un aventurero del espacio.
-Una opción interesante -murmuró Edward.
-Viajaré de galaxia en galaxia, y me dedicaré al saqueo y al pilla... pilla...
-Pillaje -terminó Bella por él-. A Ben le encantan los delitos. Yo ya he empezado a ahorrar dinero para las fianzas.
-Es mejor que Chris. Él quiere ser basurero.
-Ya no -había fuego en los ojos de Chris mientras hablaba con la boca llena de chile.
-No hables con la boca llena, cariño -le señaló el vaso de leche que tenía delante, para recordarle que debía acabarlo-. El año pasado fuimos a ver a Alice a Nueva York. A Chris le fascinaron los camiones de la basura.
-Qué tonto -intervino Ben con voz burlona mientras miraba a su hermano-. Es realmente tonto.
-Ben, ¿no te toca quitar la mesa a ti?
-Jo, mamá.
-Llegamos a un acuerdo; yo cocinaba y vosotros quitabais los platos.
Ben permaneció en un malhumorado silencio durante algunos segundos, pero de pronto apareció un brillo travieso en su mirada.
-El ahora vive aquí -señaló a Edward con un movimiento de cabeza-. También debería tener un turno.
¿Por qué Ben solo recurriría a la lógica cuando podía sacar algún provecho de ella?, se preguntó Bella.
-Ben, el señor Massen es un invitado. Ahora...
-El niño tiene razón -comentó Edward, y fue recompensado con una sonrisa de aprobación por parte de Ben-. Ya que voy a estar aquí una temporada, lo menos que puedo hacer es seguir las normas de la casa.
-Señor Massen, no tiene por qué seguirles la corriente a estos monstruos. Ben estará más que encantado de quitar la mesa.
-No, no lo estaré -musitó el niño.
-¿Sabe? Cuando alguien le ofrece a uno una buena comida, lo menos que se puede hacer es ayudar a limpiar todo lo que ha tenido que manchar en el proceso -mientras se levantaba del mostrador, Edward vio que Ben bajaba la cabeza-. Yo me encargaré del turno de esta noche.
Ben alzó inmediatamente la cabeza.
-¿De verdad?
-Me parece lo más justo.
-Genial. Vamos, Chris, vamos a...
-Hacer vuestros deberes -terminó Bella por él. Observó que Ben abría la boca, pero la cerraba sin decir nada; el niño sabía que era mejor no tentar a la suerte-. Después podéis ver un rato la televisión.
Con un gran estruendo, los niños salieron corriendo al pasillo y subieron las escaleras.
-Los niños se conforman con tan poco -murmuró-. Supongo que debería disculparme por sus modales otra vez.
-No se moleste. Yo también fui niño.
-Supongo que sí -con los codos sobre el mostrador, apoyó la cabeza entre las manos y lo miró-. Es difícil imaginarse a algunas personas como niños vulnerables. ¿Quiere algo más, señor Massen?
-Sus niños no tienen ningún problema para tutearme. Ya que vamos a estar juntos durante unas cuantas semanas, ¿por qué no intentas tratarme de una manera menos formal? ¿Me permites tutearte, Isabella?
-Bella -lo corrigió automáticamente.
-Bella -le gustaba aquel nombre tan corto y tradicional-. Te sienta mejor.
-Edward no es un nombre muy corriente.
-Mi padre quería algo más sólido, como John. Pero mi madre era más romántica, y mucho más cabezota.
Se quedó mirándola fijamente, con aquella fría mirada que, Bella ya lo había descubierto, indicaba que estaba empezando a formular mentalmente sus preguntas. Preguntas que Bella todavía no estaba preparada para contestar.
-Mis padres siempre han preferido las cosas poco corrientes -comenzó a decirle, mientras se levantaba del taburete y amontonaba los platos.
-Eso me toca a mí.
Bella continuó despejando el mostrador.
-Estoy segura de que te habrás ganado la gratitud incondicional de Ben por haberle evitado este trabajo, pero no tienes por qué sentirte obligado -se volvió con los cuencos en la mano.
-Un trato es un trato -contestó Edward muy lentamente.
Alargó la mano para quitárselos. Sus dedos se rozaron, tan ligeramente como podían rozarse unos dedos en cualquier situación cotidiana. Pero Bella retrocedió violentamente y estuvo a punto de tirar los platos al suelo.
-¿Estás nerviosa? -Edward la observaba atentamente. Había descubierto que se aprendía más de un rostro que de las palabras.
-No estoy acostumbrada a estar con nadie en la cocina -una pobre excusa que le sonaba falsa hasta a ella misma-. Será mejor que te eche una mano, por lo menos esta noche, hasta que aprendas dónde se guarda todo. Este es el lavavajillas -tomó los platos del mostrador, intentando ocupar sus manos y su mente en las tareas cotidianas-. Es ridículo que los niños monten tanto alboroto por quitar la mesa cuando lo único que tienen que hacer es meter y sacar los platos del lavavajillas.
-Podríamos distribuir un poco mejor las cargas si yo cocinara una vez a la semana y tú quitaras la mesa.
Bella, que estaba inclinada frente al lavavajillas, se incorporó y lo miró fijamente.
-¿Sabes cocinar?
-¿Sorprendida?
Era una tontería que lo estuviera, lo sabía. Pero ninguno de los hombres que habían formado parte de su vida sabían distinguir siquiera entre los mandos de la cocina. Recordaba a su padre cociendo un huevo en un cazo, en la habitación de un motel, pero esas eran sus únicas habilidades culinarias.
-Supongo que cuando se vive solo, uno se ve forzado a aprender -comentó Bella.
Edward pensó en su matrimonio. Bella lo oyó reír, pero no parecía divertido.
-Incluso viviendo acompañado uno puede verse forzado a aprender -el lavavajillas traqueteó un poco cuando Edward metió unos cuantos platos-. Esto tiembla un poco.
Bella lo miró con el ceño fruncido.
-Pero funciona.
No iba a admitir que lo había comprado de segunda mano y que instalarlo le había costado sus buenos sudores, además de algunas rozaduras en los nudillos.
-Desde luego -tras meter el último plato, lo cerró-. Pero me parece que se han aflojado un par de tornillos. Si quieres, podría echarle un vistazo.
Había muchas cosas que necesitaban que alguien les echara un vistazo. Y las arreglaría en cuanto hubiera dado su conformidad al manuscrito y le ingresaran el resto del adelanto en el banco.
-Supongo que querrás trabajar con algún tipo de horario.
-¿Ya tienes ganas de empezar?
Bella se acercó a la cafetera y sirvió dos tazas sin preguntar.
-Has venido aquí para conseguir información y yo voy a dártela. Para mí, las mejores horas serían a media mañana y a primera hora de la tarde, pero intentaré ser flexible.
-Te lo agradezco -tomó la taza de café y se apoyó en la cocina, cerca de ella, como si estuviera haciendo una prueba.
Pensó que podía oler la lluvia en su pelo. Bella solo se quedó quieta un momento, pero fue suficiente para que Edward pudiera ver su propio reflejo en sus ojos. Y, cuando lo vio, se olvidó de todo lo demás. De pronto, sintió que deseaba alargar la mano, acariciar aquella melena. Bella retrocedió. El reflejo se desvaneció, y también la necesidad de acariciarla.
-Desayunamos pronto -tenía que concentrarse en su rutina, se recordó Bella a sí misma. Mientras lo hiciera, evitaría aquellos repentinos e intensos deseos que tan inesperadamente la habían asaltado-. El autobús que lleva a los niños al colegio llega a las siete y media, así que si te gusta levantarte tarde, tendrás que desayunar solo.
-Me las arreglaré perfectamente.
-Si no me encuentras en casa, probablemente estaré en los establos o en cualquiera de los cobertizos, pero a las diez ya podría trabajar contigo.
¿Y qué demonios hacía una mujer con manos de arpista metida durante una hora y media en un establo todas las mañanas? Edward decidió averiguarlo por sí mismo, en vez de preguntárselo.
-Quedaremos a las diez, entonces. Aunque la hora podría ir cambiando de día en día.
-Sí, lo comprendo.
La tensión iba desapareciendo a medida que se concentraba en el trabajo. Bella se relajó contra el mostrador y saboreó la que sería la última taza de café del día.
Todavía quedaban varias horas que llenar entre aquella taza y la infusión que se preparaba antes de irse a la cama.
-Lo haré lo mejor que pueda. Las noches, por supuesto, se las dedico a los niños. Ellos se van a la cama a las ocho y media, así que, si surge algo importante, podremos utilizar también las noches, pero normalmente las dedico a arreglar papeles.
-Yo también.
Aquella mujer tenía un rostro adorable. Suave, cálido, abierto, con solo un toque de cierta reserva alrededor de los labios. Era la clase de rostro que podía hacer que un hombre se olvidara de lo falsas que eran las mujeres si no tenía cuidado. Pero Edward era un hombre cuidadoso.
-Bella, una pregunta más.
-¿No la utilizarás para el libro?
-Esta vez no. ¿Por qué renunciaste al mundo del espectáculo?
En aquella ocasión, Bella se echó a reír a carcajadas. Era una risa grave y particularmente sensual.
-¿Tuviste oportunidad de ver alguna de nuestras actuaciones? Me refiero a la de las Trillizas Cullen.
-No.
-Me lo imaginaba. Si la hubieras visto, no me lo preguntarías.
Era difícil resistirse a una persona con aquella capacidad de reírse de sí misma.
-¿Tan malas eran?
-O, eran peores, mucho peores -dejó la taza en el fregadero y la enjuagó-. Tengo que ir a ver a los chicos. Cuando llevan tanto tiempo en silencio me pongo nerviosa. Sírvete más café si quieres. La televisión está en el salón.
-Bella.
No estaba satisfecho con ella, ni con la casa, ni con aquella situación. Nada era exactamente lo que parecía, estaba seguro de ello. Aun así, cuando se volvió hacia él, los ojos de Bella reflejaban una intensa calma.
-Pretendo llegar hasta el fondo de ti -murmuró.
Bella sintió que le daba un vuelco el corazón, pero rápidamente dominó aquella sensación.
-No soy tan complicada como pareces creer. En cualquier caso, has venido aquí para escribir sobre Jacob.
-Y también pienso hacerlo.
Eso era con lo que ella contaba. Y también lo que ella temía. Asintió en silencio y se fue a ver a sus hijos.
Hola hola espero les haya gustado el capitulo
y espero que me lo expresen jeje y si me dan algun review subo el cap hoy mismo.. jeje :)
