Bellezas? que tal les ah parecido hasta ahora?
cuentenmee
Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer
Capitulo 5
Por segunda vez, Edward oyó que la puerta se abría. Tras aquel brusco despertar, tardó solo unos segundos en comprender que no estaba en la habitación de un hotel, a punto de cumplir una misión. Aquellos días habían terminado, y la pistola, que durante tantos años había guardado bajo la almohada, ya no estaba allí. Pero, por costumbre, mantuvo los ojos cerrados e intentó conservar el ritmo de la respiración.
-Todavía está durmiendo -aquella voz queda y ligeramente desdeñosa era de Ben.
Chris cambió de postura para tener una mejor vista del interior de la habitación.
-¿Cómo puede dormir hasta tan tarde?
-Porque es un mayor, estúpido. Los mayores pueden hacer lo que quieren.
-Mamá ya se ha levantado. Y ella también es mayor.
-Eso es distinto, porque ella es una mamá.
-Ben, Chris -Edward dedujo que aquella llamada procedía del final de la escalera-. Venga, bajad, el autobús llegará dentro de diez minutos.
-Vamos -Ben entrecerró los ojos mientras le dirigía una última mirada-. Podremos espiarlo más tarde.
Cuando la puerta se cerró, Edward abrió los ojos. No podía presumir de ser un experto en niños, pero empezaba a pensar que los Black eran harina de otro costal. Igual que su madre. Obligándose a desperezarse, miró el reloj. Las siete y veinte. Al parecer, en aquella casa se cumplían puntualmente los horarios. Y ya era hora de que comenzara el suyo.
Veinte minutos más tarde, Edward bajaba las escaleras. La casa estaba en silencio. Y vacía, decidió antes de llegar al final de la escalera. El aroma del café lo arrastró hasta la cocina, que tenía el aspecto de haber sido arrasada por un huracán.
Había dos cajas de cereales sobre el mostrador, ambas abiertas y con restos de trigo inflado y avena asomando por los bordes. Entre la cocina y el fregadero, había una bolsa de pan abierta. A su lado, una buena dosis de lo que Edward sospechaba era jalea. Había un recipiente de mantequilla de cacahuete con la tapa a medio cerrar y toda clase de cuchillos, cucharillas y cuencos. Justo al lado de la puerta trasera, había huellas de barro. Y fue allí donde Edward se detuvo bruscamente.
No iría tan lejos, ¿verdad? Pensó Edward mientras buscaba una taza de café, En cuanto sintió el primer trago de cafeína corriendo por su sistema nervioso, se asomó a la ventana. A pesar de la confusión que reinaba en el interior, afuera todo parecía en calma. La lluvia caída se había helado y cubierto la poca nieve que quedaba con una quebradiza capa de hielo. Al final del día, decidió, aquello estaría hecho un barrizal. Al haberse despejado la niebla, podía ver desde allí el establo y las redondas colinas de detrás. Si Bella tenía vecinos, pensó, debían de ser pocos y además estar lejos. ¿Por qué se enterraría una mujer en un lugar como aquel?, se preguntó. Especialmente una mujer acostumbrada a los focos y a la acción.
Había algo que lo inquietaba. Algo que había estado inquietándolo desde que había llegado. ¿Dónde estaban los hombres en la vida de Bella? Dio otro paso, dejando que su mirada vagara por los potreros. Seguramente, una mujer con el aspecto de Bella los tendría. Llevaba cuatro años viuda. Una viuda joven y rica. Aunque estaba empezando a admitir que se tomaba la maternidad muy seriamente, eso apenas contestaba su pregunta. Dos niños de menos de diez años no eran ningún sustituto de la compañía masculina.
Por alguna razón, Bella parecía querer que la tomara por una pequeña granjera, dedicada por completo a la vida doméstica. Edward hizo una mueca mientras apuraba el resto del café. Él no se fiaba de nadie, y menos de las mujeres.
Entonces la vio. Acababa de salir de un pequeño cobertizo y cerró la puerta cuidadosamente tras ella. Su pelo brillaba bajo el sol mientras se pasaba los dedos por él. Llevaba un chaquetón que la protegía desde la barbilla hasta las caderas y unos vaqueros metidos por unas viejas botas.
¿Estaría posando?, pensó Edward mientras sentía una inesperada oleada de excitación invadiendo su cuerpo. ¿Sabría que estaba allí, observándola, mientras miraba sonriente hacia el sol? Pero no miró a la casa en ningún momento. Ni siquiera se volvió. Agarró el cubo que llevaba y cruzó el campo helado para dirigirse a los establos.
A Bella siempre le había gustado sentir el olor del establo, especialmente por las mañanas, cuando los animales comenzaban a despertarse. La luz era tenue y olía ligeramente a cerrado. Oyó el ronroneo de los gatos que se despertaban dispuestos a desayunar. Después de dejar el cubo al lado de la puerta, encendió las luces y comenzó la rutina matutina.
-Hola, pequeña -abrió la puerta del primer cubículo y entró para comprobar el estado de una yegua castaña que estaba a punto de parir-. Sé que te sientes gorda y fea -rió cuando la yegua resopló sobre su mano-. Yo me he sentido de esa forma un par de veces en mi vida -con manos expertas y delicadas, acarició el vientre de la yegua. La yegua tensó los músculos, pero se relajó con los susurros de Bella-. Dentro de una semana o dos, todo habrá terminado, y entonces tendrás un bonito bebé. Ya sabes que el señor Jorgensen está interesado en tu potro -con un suspiro, apoyó la mejilla en el cuello del caballo-. ¿Por qué me sentiré como si fuera un tratante de esclavos?
-¿Es la primera venta?
Bella no había oído entrar a Edward. Se volvió lentamente, sin soltar el cuello de la yegua. Edward se había afeitado, y aunque aquello había suavizado su expresión, haciéndolo incluso atractivo, a Bella no le parecía más amable que el día anterior.
-Sí. Hasta ahora solo me había dedicado a comprar y a verlos crecer.
Edward se acercó para ver a la yegua de cerca. Era un hermoso ejemplar, fuerte y con cuerpo, con los ojos siempre alerta y el pelo resplandeciente.
-¿Elegiste tú esta yegua?
-Eve. La llamé Eve porque es la primera que he dedicado a la cría. Acababan de destetarla cuando la compré. El señor Petrie me dijo que licitara por ella y obedecí.
-Parece que ese Petrie sabe de caballos. Yo diría que esta dama va a darte muchos potros. ¿Quieres que vuelva a criar?
-Esa es la idea -Eve le hociqueó el hombro-. Aunque no me parece justo.
-Tiene cuerpo para ello.
Hacía mucho tiempo que no estaba rodeado de caballos. Había olvidado ya lo bien que olla un establo, y lo agradable que podía llegar a ser trabajar con animales. Quizá los humanos llevaban demasiado tiempo consumiendo sus días. La yegua se tensó. Bella se tensó igual que ella y rozó a Edward al hacerlo. El contacto no le fue en absoluto indiferente.
-¿Cuántos tienes?
La mente de Bella, normalmente tan ordenada, estaba completamente en blanco.
-¿Cuántos qué?
-Caballos.
-Oh -estaba siendo ridícula, reaccionaba como si no hubiera tocado nunca a un hombre-. Ocho... el semental, dos yeguas ya preñadas y dos que lo estarán esta primavera, y después tres caballos castrados para montar -el último era un lujo del que nunca se había arrepentido-. No estamos precisamente en las grandes ligas -continuó, relajándose otra vez.
-Cuatro yeguas y un semental controlado adecuadamente son un buen principio.
-Así lo veo yo -acarició a la yegua entre las orejas-. Como un principio.
Edward la observó agarrar el dogal.
-¿Qué estás haciendo?
-Los caballos tienen que salir a los potreros mientras limpio los establos.
-¿Tú? ¿Sola?
Bella se acercó al siguiente pesebre para repetir el proceso con la segunda yegua.
-El señor Petrie viene tres veces a la semana para ayudarme, pero ahora está con gripe, como la mitad del condado. Vamos, chicas... -tomó las riendas y sacó a las dos yeguas.
Por un momento, Edward se quedó mirándola con las mano en los bolsillos. Aquella mujer tenía aspecto de ir a derrumbarse en cuanto levantara la primera palada de estiércol. ¿Qué estaba intentando demostrar? La actitud de mártir podía funcionar con algunos hombres, pero él siempre había creído que quien pedía el martirio era porque lo merecía.
Entonces bajo la mirada a los cubículos y soltó un juramento. Bajó otro de los dogales. Tanto si estaba haciendo aquello para que lo viera como si no, no podía continuar allí sin hacer nada mientras ella trabajaba.
Afuera, Bella cerró la puerta de los potreros después de haber dejado allí a las dos primeras yeguas y cuando se volvió, descubrió a Edward sacando al otro par de caballos.
-Gracias -en cuanto estuvo a su altura, le quitó las riendas. Y cuando Edward la miró, retrocedió, sintiéndose completamente tonta-. Mira, no era ninguna indirecta. Simplemente, no quiero que te sientas obligado.
-Y no me siento obligado -pasó por delante de ella y dejó a los caballos en el potrero.
-Señor Massen... -se corrigió inmediatamente-. Edward, yo puedo arreglármelas sola. Estoy segura de que tienes otras cosas que hacer esta mañana.
Edward cerró la puerta.
-Pues la verdad es que, sin necesidad de pensármelo mucho, se me ocurren otras dos docenas de cosas. Vamos por los otros.
Bella arqueó una ceja y salió caminando tras él.
-Bueno, no seré yo la que te impida mostrar tu amabilidad.
-Siempre he sido famoso por ella.
-No lo dudo. Los castrados están en los primeros tres cubículos de este lado. Al semental lo dejo aquí hasta que he terminado de limpiar. Es capaz de morder a otro caballo o de montar a cualquier yegua que no sea suficientemente rápida.
-Así que es un encanto.
-Solo cuando se le acercan demasiado, por eso lo mantengo aislado -mientras le colocaba el dogal, el caballo bajó la cabeza y la empujó duramente. Instintivamente, Edward fue a sujetarla, pero ella ya estaba empujando al caballo y riendo-. Abusón -lo acusó, enterrando el rostro en su crin-. En realidad, él preferiría que lo sacaran a montar en vez de salir a los potreros. Quizá podamos salir más tarde, amigo. Pero creo que voy a estar muy ocupada.
En cuanto todos los caballos estuvieron fuera, Bella se puso un par de guantes.
-¿Estás seguro de que quieres trabajar? -le preguntó a Edward mientras le ofrecía otro par.
-Yo haré los de la izquierda.
Edward tomó una horca y se puso a trabajar, imaginando que habría limpiado los cuatro establos y repuesto el heno en los pesebres antes de que Bella hubiera terminado con el primero.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había trabajado con sus manos. El ejercicio le permitía tener el cuerpo a tono, pero, pronto había descubierto, no le proporcionaba a su mente la misma satisfacción. Sus músculos se constreñían y se tensaban. Cuando la carretilla estuvo llena, la llevó hasta la parte trasera del establo y añadió su contenido al estiércol.
Bella había encendido una radio portátil y cantaba mientras trabajaba. Edward la ignoraba. O al menos lo intentaba.
Bella nunca había trabajado al lado de un hombre. Oh, estaba el señor Petrie, pensó mientras se secaba el sudor de la frente. Pero él era diferente. A Jacob nunca le había gustado mucho andar por los establos. Y su padre... Bella sonrió mientras extendía el heno fresco. Cada vez que Carlisle Cullen visitaba la granja, encontraba algo importantísimo que hacer cuando llegaba el momento de ponerse a trabajar. Uno no podía olvidar que aquel hombre era un artista, se recordó Bella, intentando no pensar en lo mucho que lo echaba de menos, en lo mucho que echaba de menos a toda su familia.
Aquella pequeña granja de Virginia no encajaba en sus estilos de vida. Tampoco en el de Jacob. Pero era perfecta para ella y para sus hijos. Eso era algo que nunca olvidaría. Cualesquiera que fueran los compromisos que había adquirido y los que adquiriera en el futuro, jamás renunciaría a aquel lugar.
Edward dejó la horca sobre el heno sucio y alzó la mirada cuando vio a Bella a su lado.
-¿Por qué no terminas con tu parte?
-Ya he terminado -respondió Bella, y comenzó a llenar la carretilla de estiércol.
Edward miró por encima de su hombro y a continuación dio media vuelta. Había tres establos completamente limpios y con el heno fresco. Se volvió con el ceño fruncido. Él acababa de empezar a limpiar el tercero.
-Trabajas rápido -murmuró.
-Lo hago todos los días -como en realidad jamás había comprendido el ego masculino, no volvió a pensar en ello mientras continuaba llenando la carretilla.
-He dicho que voy a hacer yo esta parte.
-Sí, y te agradezco la ayuda -echó un último montón de heno y agarró la carretilla para sacarla.
-Deja eso.
-Ya está bastante llena. Haré unos viajes mientras...
-Deja esa maldita carretilla en el suelo -Edward dejó la horca en el suelo y caminó hacia ella
Estaba enfadado. Era un hombre enfadado. Aunque hacía años que no se encontraba en una situación parecida, Bella lo reconoció al instante. Con recelo, bajó la carretilla y la soltó.
-De acuerdo, la dejaré.
-No voy a permitir que cargues con eso mientras esté yo por aquí.
-Pero...
-No voy a permitirte cargar con más de veinte kilos de estiércol de caballo mientras esté yo por aquí -agarró la carretilla-. ¿Entendido?
-Posiblemente -sin perder la calma, Bella levantó su horca y se apoyó en ella-. ¿Pero puedo cargar todo lo que quiera cuando no estés por aquí?
-Exacto -comenzó a rodar la carretilla.
-Qué tontería -respondió Bella.
Edward murmuró algo que Bella no llegó a comprender. Sacudió la cabeza, salió del establo y fue a buscar a los caballos.
Después de aquel estallido, continuaron trabajando en silencio. Mientras Edward terminaba, Bella metió a cada caballo en su cubículo y les dio de comer. El único que quedaba por atender era el semental.
-Yo lo sacaré -Bella tomó las riendas y abrió primero la puerta de arriba de su cubículo-. Tiene un humor impredecible. No te gusta estar encerrado, ¿verdad, Trueno? -murmuró mientras abría lentamente la puerta de abajo y entraba. Trueno retrocedió y la miró, pero ella continuó hablando-. Cuando llegue la primavera, podrás pastar todo lo que quieras -le puso el dogal al cuello y lo sujetó con firmeza, mientras él sacudía la cabeza enfadado.
-Es muy nervioso.
-Por decirlo suavemente. Será mejor que te apartes. Le encanta dar coces, sin preocuparse especialmente de a quién.
Edward se echó a un lado. Trueno comenzó a encabritarse, pero se apaciguó cuando Bella lo regañó. Lo regañaba de la misma forma, pensó Edward mientras la observaba salir del establo, que a sus hijos. Cuando Bella regresó, él ya había terminado su parte.
-Parece que estás acostumbrado a este tipo de trabajo -como Edward se había quitado el abrigo, podía ver tensarse los músculos de sus antebrazos.
Edward gruñó una respuesta, pero Bella no lo oyó. Se estaba preguntando lo que sentiría al tocar esos brazos cuando se flexionaban con tanta fuerza. Había pasado tanto tiempo, tantísimo tiempo desde que...
Interrumpió el curso de sus pensamientos y se acercó a acariciar a una de las yeguas, que estaba engullendo grano.
-¿Criabais caballos?
-Vacas -Edward extendió el heno sobre el fondo del establo-. Teníamos una granja lechera, pero había un par de caballos por los alrededores. Pero no había vuelto a limpiar un establo desde que tenía dieciséis años.
-Parece que no lo has olvidado.
No, no lo había olvidado. Y tampoco sería prudente olvidar el motivo por el que estaba allí. Pero, en aquel momento, quería terminar lo que había empezado.
-¿Quieres que barramos?
-Normalmente es Ben el que barre los establos -le quitó la horca y la dejó en su lugar-. Suelo dejar a Trueno en los potreros toda la mañana, a menos que esté muy sucio. Así que ya hemos hecho todo lo que teníamos que hacer. Y lo menos que puedo hacer por ti después de todo el tiempo que me has ahorrado es invitarte a una taza de café.
-De acuerdo -después, iría a buscar su grabadora y su libreta de notas y empezaría a hacer lo que había ido a hacer allí.
-La cocina está hecha un desastre -recordó-. ¿Has tenido algún problema para encontrar el desayuno?
-Solo me he tomado un café.
Bella se agachó para levantar un cubo. La espalda le dolía, pero solo un poco.
-Entonces puedo prepararte unos huevos con beicon. Y te garantizo que los huevos son frescos.
Edward miró en el interior del cubo y vio un montón de huevos.
-¿Tienes gallinas?
-Allí -señaló el cobertizo del que Edward la había visto salir por la mañana-. Durante el verano, se ocupan de ellas los niños. Yo no tengo corazón para hacerlos ir hasta allí antes de ir al colegio, así que...
Edward resbaló. El hielo se estaba transformando muy rápidamente en lodo. Bella alargó el brazo para sujetarlo, y entonces también resbaló ella. Instintivamente, se agarraron el uno al otro y se irguieron al mismo tiempo. Bella tenía el rostro enterrado en el hombro de Edward y se echó a reír.
-No te reirías tanto si te hubieras caído de espaldas y se hubieran roto... los huevos -hundió la mano en su pelo. No debería, lo sabía, pero era tan suave, y su cuello tan esbelto.
-Siempre me río para escapar de la catástrofe -sin dejar de sonreír, alzó la mirada.
Tenía el rostro sonrojado y los ojos resplandecientes. Sin pensar en nada, sin ser capaz de pensar en nada, Edward deslizó el brazo por su cintura. La sonrisa de Bella desapareció, pero se intensificó el brillo de sus ojos. Edward estaba tan cerca, su cuerpo era tan fuerte, y la miraba como si se conocieran el uno al otro de toda la vida.
mmmmm jaja ls deje en ascuas jajaja si me mandan un reviews les prometo que subo el siguiente para que se les quite la duda jajaja
entoncs que ? reviews?
