Hola hola espero les gusteee

Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes s Stephanie Meyer

Capitulo 6

-Siempre me río para escapar de la catástrofe -sin dejar de sonreír, alzó la mirada.

Tenía el rostro sonrojado y los ojos resplandecientes. Sin pensar en nada, sin ser capaz de pensar en nada, Edward deslizó el brazo por su cintura. La sonrisa de Bella desapareció, pero se intensificó el brillo de sus ojos. Edward estaba tan cerca, su cuerpo era tan fuerte, y la miraba como si se conocieran el uno al otro de toda la vida.

Y, de pronto, Bella deseaba que así fuera. Deseaba desesperadamente que Edward fuera alguien con quien hablar, con quien compartir los problemas, en quien apoyarse, aunque solo fuera un poco. Edward le acarició el cuello y ella se estremeció.

-Debería haberte advertido... -empezó a decir. De pronto, descubrió que su corazón latía demasiado rápido para permitirle pensar y, mucho menos, hablar.

-¿Haberme advertido sobre qué?

Era una locura. Era un error. No tenía ningún derecho a olvidar el motivo que lo había llevado hasta allí por culpa de aquel salvaje deseo de saborear sus labios. Pero locura o no, error o no, quería sentir su boca encontrándose con la suya.

Bajó la cabeza, mirándola. El sol brillaba en su rostro, cálido, luminoso, pero sus ojos, protegidos por la sombra, eran tan recelosos como los de la yegua cuando había estado intentando ponerle el dogal.

-El camino -Bella echó la cabeza hacia atrás, en un gesto de confusión que podría haber sido fácilmente confundido con un movimiento provocativo. Sus ojos no abandonaron los de Edward en ningún momento. Entreabrió los labios-... está muy resbaladizo.

-Ya me he dado cuenta.

Le presionaba ligeramente el cuello, acercándola a él, cada vez más cerca, hasta que sus labios quedaron separados por la distancia de un suspiro.

Anhelos, deseos que Bella creía extinguidos para siempre, se extendieron con una vitalidad y una fuerza terrible por su cuerpo. Deseaba, oh, deseaba darles rienda suelta y sentir. Solo sentir. Pero ella siempre había sido la más sensata de las hermanas. Y la única vez que se había olvidado de serlo... No, no podía olvidarlo otra vez.

-No.

La boca de Edward rozó sus labios, y el escritor sintió los trémulos movimientos que las mujeres utilizaban para la seducción.

-Ya lo estamos haciendo.

-No -se sentía debilitarse. La mano que había posado en el pecho de Edward descansaba casi inerte sobre él-. Por favor, no.

Su respiración era irregular y tenía los ojos medio cerrados. Edward les guardaba poco respeto a las mujeres que fingían no querer y de esa forma dejaban toda la responsabilidad al hombre. Y la culpa. El deseo reptaba sobre él, pero la soltó. Asintió con una mirada fría y severa.

-Tú eliges.

Bella estaba helada y al mismo tiempo ardía. Había algo mordaz, hiriente en aquel tono, pero no podía pensar en ello en aquel momento. Andando con cuidado por el hielo derretido, camino hasta la casa.

Después de quitarse las botas en la parte trasera del porche, llevó los huevos al fregadero y comenzó a lavarlos. Edward entró tras ella.

-Si esperas unos minutos, prepararé algo caliente.

-Tómate todo el tiempo que quieras -pasó por detrás de ella y salió de la cocina.

Bella lavó cada uno de los huevos meticulosamente, esperando vaciar su mente y tranquilizar su cuerpo. Serenidad era lo que necesitaba, lo que siempre le había servido. No podía permitir que un abrazo accidental con un hombre al que apenas conocía le hiciera perderla. Además, ¿no la había soltado Edward sin vacilar siquiera? Bella comenzó a colocar los huevos en uno de los cartones vacíos que tenía debajo del fregadero. Edward era un hombre prudente. Algo que ella había anhelado en otro tiempo.

En cualquier caso, nunca había sido una mujer terriblemente sensual, se recordó a sí misma mientras sacaba un trozo de beicon del frigorífico. ¿Acaso no se lo había señalado Jacob con completa claridad? Sencillamente, no era una mujer que bastara para satisfacer las necesidades de un hombre. Bella calentó la sartén y observó el beicon hincharse y encogerse después. Era una buena esposa, digna de confianza, responsable, compasiva, pero no era una mujer que hiciera arder a un hombre de deseo en medio de la noche.

Tampoco necesitaba serlo. Añadió agua a la cafetera. Se sentía feliz siendo como era. Y pretendía continuar siendo así. Tomó aire y relajó las manos. Había vuelto Edward.

-No te he preguntado cómo quieres los huevos -empezó a decir, y al volverse vio la grabadora en el mostrador. Los nervios amenazaban con volver a apoderarse de ella-. ¿Quieres trabajar aquí?

-Aquí estaremos bien. Y me gustan los huevos revueltos -buscó un lugar limpio en el mostrador y se sentó-. Escucha, Bella, no pretendo que cocines tres veces al día para mí.

-El cheque que enviaste cubre de sobra esos gastos -rompió un huevo en la sartén.

-Pensaba que tendrías empleados.

-¿Empleados? -cascó un segundo huevo y lo miró por encima del hombro. De pronto, los nervios desaparecieron y se echó a reír a carcajadas-. ¿Empleados? ¿Te refieres a una cocinera o cosas de ese tipo? -divertida, se echó el pelo hacia atrás y después concentró en los huevos toda su atención-. ¿De dónde demonios sacaste esa idea?

Inmediatamente, Edward puso la grabadora en funcionamiento.

-Jacob era un hombre rico, tú eres su heredera. Si estuviera en tu lugar, cualquier otra mujer tendría una o dos empleadas.

Bella permanecía mirando hacia la cocina, de modo que su rostro quedaba oculto por la cortina de su pelo.

-En realidad no me gusta tener gente a mí alrededor. Me paso la mayor parte del tiempo en casa, así que sería absurdo tener a alguien merodeando por aquí.

-¿Tampoco tenías empleados antes de que tu marido muriera?

-Aquí no. En Chicago -sirvió los huevos-. Eso fue antes y poco tiempo después de que naciera Ben. Vivíamos en casa de la madre de mi marido. Ella tenía muchísimos empleados. Jacob se pasaba mucho tiempo viajando, en realidad todavía no éramos una familia, y después decidimos instalarnos allí.

-Su madre. Al parecer a ella no le gustaba.

Bella dejó el plato frente a él sin que le temblara la mano.

-¿Dónde has oído eso?

-He oído todo tipo de cosas. Es parte del juego. No tiene que haber sido fácil vivir en casa de Janice Black cuando ella no aprobaba el matrimonio de su hijo.

-No creo que sea justo decir que no lo aprobaba -Bella se acercó por el café, mientras elegía cuidadosamente sus palabras-. Adoraba a Jake. Supongo que sabrás que tuvo que criarlo sola porque su marido murió. Jacob solo tenía siete años entonces. Y no es fácil educar sola a los hijos.

-Supongo que lo sabes por propia experiencia.

Bella lo miró abiertamente.

-Sí, lo sé. En cualquier caso, Janice era muy protectora con Jake. El era un hombre dinámico, atractivo, el tipo de hombre que gusta a las mujeres. En el circuito hay todo tipo de admiradoras acechando a los pilotos.

-Pero tú no eras una de esas admiradoras.

-Nunca he sido aficionada a las carreras. Me pasaba la vida viajando con mi familia, tocando en clubes y lugares de ese estilo. Ni siquiera sabía quién era Jacob cuando lo conocí.

-Resulta difícil de creer.

Bella sirvió dos tazas de café y las dejó en el mostrador.

-A Janice también se lo parecía.

-Y eso te molestaba.

Bella dio un sorbo a su café.

-Tu trabajo no consiste en poner palabras que no he dicho en mi boca, ¿verdad?

No iba a ser fácil hacerla hablar. Edward tenía la sensación de que se sabía al dedillo todas las respuestas.

-No, continúa.

-A Janice no le disgustaba yo personalmente. Le habría disgustado cualquier mujer que hubiera apartado a Jacob de su lado. Es natural. En cualquier caso, creo que conseguimos llevarnos suficientemente bien.

Edward pretendía profundizar un poco más en aquel tema, pero lo dejaría por el momento.

-¿Por qué no me cuentas cómo conociste a Black?

Eso era fácil. Sobre ese tema podía hablar sin necesidad de ponerse a la defensiva.

-Estábamos actuando, mi familia y yo, en un club de Miami. Mis padres hicieron su típico numerito de comedia y cantaron un par de canciones. Después, mis hermanas y yo hicimos nuestro número, bailábamos algunas piezas y cantábamos canciones populares. Dios, los trajes... -se interrumpió, soltó una carcajada y se puso a limpiar la cocina mientras hablaba-. En cualquier caso, teníamos bastante éxito. Siempre he pensado que gracias a Rose. Era una preciosidad y, aunque nunca alcanzó la perfección de Alice, sabía cantar. Cuando hay carreras en alguna ciudad, esta se llena de mecánicos, admiradoras, promotores. De modo que cuando coincidíamos con alguno de esos espectáculos, reuníamos a una pequeña multitud de espectadores.

Edward la observaba moverse sonriendo alrededor de la cocina.

-Todas las noches, mi padre tenía que prevenir a algunos hombres que pretendían... ah, ver el camerino de Rosalie. Y una de esas noches, llegó Jake al club con Seth.

-Seth ahora se ha retirado.

-Se retiró poco después de que Jacob muriera. Siempre fueron amigos. Estaban muy unidos. Hace ya un par de años que no lo veo, pero siempre les envía algún regalo a los niños por su cumpleaños y por Navidad. Bueno, el caso es que aquel día, en cuanto Jake y Seth se sentaron a la mesa, se produjo un gran revuelo y confusión, justo en medio de nuestro número. Una se acostumbra a ese tipo de cosas en los clubes y aprende a manejarlas. El ruido, las personas que interrumpen, los borrachos.

-Puedo imaginármelo.

-Cuando estábamos las tres actuando, papá había delegado en mí para tratar con ese tipo de problemas, porque Rosalie tendía a perder la paciencia y Alice tenía la costumbre de retirarse de escena hasta que las cosas se hubieran tranquilizado. Así que me acerqué al micrófono e hice alguna broma. Creo que comenté algo sobre que el próximo número que íbamos a hacer era tan peligroso que necesitábamos un silencio absoluto. No me hicieron mucho caso, pero nosotras continuamos. Estábamos cantando Somewhere, de West Side Story. ¿La conoces?

-La he oído, sí.

Edward se echó hacia atrás y encendió un cigarrillo. Manejando a borrachos y espontáneos con solo dieciocho años. No podía ser tan delicada como parecía, no.

-Miré hacia el lugar del que procedía el mayor alboroto y descubrí a Jake mirándome directamente a mí. Era una sensación extraña. Cuando estás actuando, la gente te mira, pero rara vez te mira realmente a ti. En el descanso, Rose me comentó que un conocido piloto de carreras me estaba mirando. Aquel fue el primer indicio que tuve sobre cómo se ganaba Jacob la vida. A Rosalie siempre le gustaba leer la sección de sociedad de los periódicos.

-Ahora es ella la que sale en ellos.

-Y le encanta.

Después de buscar en los cajones de la cocina, Bella sacó la tapadera de un bote de mermelada para que Edward pudiera utilizarla como cenicero.

-Lo siento, no tengo nada más.

-Chris ya me ha hecho saber lo que piensas del tabaco. ¿Así que fue amor a primera vista?

-Fue... -¿cómo explicárselo? Ella solo tenía dieciocho años, y era demasiado ingenua para que el hombre que en aquel momento estaba sentado en su cocina pudiera comprenderlo-. Podría decirse así. Jacob se quedó hasta que la función terminó, después se acercó a mí y se presentó. Quizá parte de la atracción que sentí por él se debió a que realmente no sabía que era alguien que me debería impresionar. Se mostró muy educado y me invitó a cenar. Eran ya más de las doce y me invitó a cenar.

Sonrió otra vez. Era tan joven y, al igual que Chris, tan crédula...

-Por supuesto, mi padre no quiso ni oír hablar de ello. A la tarde siguiente, llegaron dos docenas de rosas al hostal en el que nos hospedábamos. Nunca me había ocurrido nada tan romántico. Y, aquella noche, regresó otra vez. Continuó viniendo todas las noches, hasta que consiguió encantar a mi madre, persuadir a mi padre y enamorarme locamente a mí. Cuando se fue de Miami para participar en la siguiente carrera, yo me fui con él. Y llevaba ya una alianza en el dedo.

Bajó la mirada hacia su mano sin anillos.

-La vida es extraña, ¿verdad? -murmuró-. Nunca se sabe lo que va a pasar.

-¿Qué pensaba tu familia de tu matrimonio con Jacob?

Bella se concentró en el asunto que tenía entre manos. Tenía que darle suficiente información, se recordó a sí misma. Pero eso no significaba contárselo todo.

-Tienes que tener en cuenta que los miembros de mi familia rara vez tienen el mismo punto de vista sobre algo. Mi madre se echó a llorar cuando se lo dije y después me arregló su vestido de boda, aunque en realidad nos íbamos a casar en un juzgado de paz. Mi padre también lloró. Al fin y al cabo, me iba a casar con un desconocido y además su espectáculo se iba al infierno -tomó una manzana y la limpió con aire ausente en la manga de su jersey. Alice me dijo que estaba loca, pero que todo el mundo tenía derecho a hacer alguna locura de vez en cuando. Y Rosalie... -vaciló.

-¿Rosalie qué?

Era el momento, sintió Bella, de volver a mostrarse precavida.

-Rose es la mayor de nosotras tres, es dos minutos y medio mayor que yo, pero aun así sigue siendo la hermana mayor. Ella no creía que Jacob, ni nadie, fuera realmente bueno para mí. Ella pensaba tener muchas y magníficas aventuras amorosas, y decidió que yo estaba echando a perder mis posibilidades de tenerlas -se echó a reír y le dio un mordisco a la manzana-. Si uno creyera todo lo que se publica, Rosalie ha tenido ya tantas aventuras que es una suerte que siga viva. Garrett no se enteró de la boda hasta tres meses después. Me envió un pajarito de cristal desde Austria.

-Garrett... ese es tu hermano. Tu hermano mayor. No tengo mucha información sobre él.

-¿Y quién la tiene? En cualquier caso, no creo que importe. Garrett nunca llegó a conocer a Jacob.

De todas formas, Edward tomó algunas notas sobre él.

-Y desde allí, te sumaste al circuito. Supongo que fue una extraña luna de miel.

En algunos aspectos, el primer año de matrimonio completo había sido una luna de miel. En otros, no había habido luna de miel en absoluto, puesto que no habían tenido tiempo para estar ellos solos y conocerse.

-Yo ya me había pasado la vida viajando -se encogió de hombros-. De hecho, nací viajando, literalmente. Mis padres habían llegado en un tren a Duluth veinte minutos antes de que mi madre diera a luz. Diez días después, estábamos de nuevo viajando. Hasta que llegué a esta casa, nunca había vivido más de seis meses seguidos en un lugar. Así que pasé directamente de un circuito a otro.

-Pero el Grand Prix es más excitante.

-De alguna manera. Pero al igual que el mundo de la actuación, se requiere mucho trabajo y preparación para estar solo unos minutos bajo los focos.

-¿Por qué te casaste con él?

Bella lo miró. Sus ojos conservaban la calma, pero a Edward le pareció advertir cierta tristeza en su sonrisa.

-Era como un caballero andante. Y yo siempre había creído en los cuentos de hadas.


Que les parecio por lo que veo este arroz se sta cociendo... jejeje

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