.
Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer
EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA
.
I
.
.
Escuela Médica de Harvard, Boston, Massachusetts. 20 de Noviembre de 2005
Recibí la ráfaga de aire fresco que golpeó mi cara y agitó las ramas de los escasos árboles que adornaban la pequeña plaza del imponente, casi podría llamar, monumento que se encontraba frente a mí, con mucho más buen humor que los días anteriores. Incluso una sonrisa se abrió paso en mi rostro.
En el escaso tiempo que llevaba estudiando en la Escuela de Medicina de Harvard no había estado más entusiasmado que en esos momentos. No porque no me estuviese gustando el programa, el cual debía admitir que me había atrapado desde el principio, tampoco porque no estuviese haciendo algo que no me gustaba, de hecho me mostraba siempre muy atento y participativo en todas y cada una de mis clases.
Pero ese día volvía a casa para pasar Acción de Gracias y eso significaba que volvería a ver a toda mi familia, a mis amigos y, por supuesto, a mi novia.
Había sido difícil. Incluso cuando pensaba que ya mi mente había asumido la idea de que estaríamos separados durante unas largas semanas. Cuando llegué a Boston descubrí la verdadera realidad. No estaba preparado para vivir tan lejos de ella, aunque en esos momentos estaba convencido de que quizás jamás podría acostumbrarme a vivir alejado de Bella.
Ella siempre había querido estudiar periodismo para llegar a ser editora y había sido admitida en la Universidad de Berkeley, en el Estado de California, mientras que a mí me habían admitido en la reconocida Escuela de Medicina de Harvard, en el Estado de Massachusetts, localizada en la sección del Longwood Medical Area de Boston.
– ¡Que disfrutes de tu familia, Edward! – Exclamó Angela, una de las chicas que había conocido en la escuela.
– ¡Y de tu chica! – Continuó su novio Ben rodeando su cintura con un brazo, haciéndome un gesto cómplice con su rostro y seguidamente levantando el puño para golpear el mío. Yo suspiré.
A veces los envidiaba.
Ellos habían podido estudiar juntos, en la misma ciudad, en la misma Escuela. Aunque bueno, eso último se debía a sus intereses comunes.
Siempre se les veía juntos, muy enamorados. Y aunque los conocía de pocas semanas, se habían convertido para mí en dos grandes amigos. No cabía duda de que eran dos grandes personas.
–Gracias, chicos. Yo también espero que disfrutéis. – Les contesté con una radiante sonrisa. –Nos vemos a la vuelta.
–Creo que tu pueblo va a temblar cuando tu novia y tú os reencontréis. – Bromeó Ben. Angela rio entredientes. – ¿Lo habías visto alguna vez sonreír de esa manera, Angie?
–Lo cierto es que jamás desde que estamos aquí. – Respondió ella. Yo puse los ojos en blanco sin dejar de sonreír.
–Me comprenderíais mejor si estuvierais en mi lugar; no os burléis de mí. – Ellos dos negaron divertidos con la cabeza. – Bueno, creo que mi taxi llega. Tengo que irme ya o perderé mi avión.
–Y Dios no lo quiera. –Contestó Ben.
–Adiós, chicos. – Me despedí en cuanto llegó el taxi.
Habíamos caminado por Shattuck Street hasta llegar al Instituto de Cáncer, en Binney Street, con unos cuantos compañeros más: Tanya, Victoria, Damon, Morgan y Yuu. Todos eran de diferentes zonas de Massachusetts, excepto Yuu que había viajado desde Colorado. Era el más diferente de nosotros debido a sus rasgos orientales, pues sus padres eran de Japón. Todos se habían despedido rápidamente, dejándonos a nosotros tres.
Rápidamente el taxista llegó a la larguísima Avenida Brookline, muy cerca de mi Escuela. De no tener tanta prisa, seguramente habría usado el transporte público, como hacía cada día, pero el tiempo en esos momentos era oro, y lo tenía todo muy bien planeado para llegar a Forks cuanto antes.
Solo debía llegar al final de Binney Street, girar hacia la izquierda por la Avenida Longwood, y tras avanzar unas calles, me topaba con la Avenida en la que mi apartamento se encontraba. No era tanto el número de calles que debía atravesar como las grandes distancias que las formaban.
Ordené al taxista que me dejase frente al Starbucks que se encontraba bajo el edificio en el que me hospedaba y que me esperara ya que volvería en seguida para seguir con el trayecto. Como un rayo bajé hasta llegar a la entrada de mi apartamento. Mi padre casi me había obligado a utilizarlo. Habría preferido estar en una residencia, pero él no me había escuchado en ningún momento. Solo se limitó a decir que era su hijo, y que por eso, era su obligación ofrecerme todo lo que estuviese a su alcance para que estuviese cómodo el tiempo que pasase lejos de casa.
Bella por el contrario se hospedaba en una residencia, muy cerca de su universidad, en la misma habitación con Alice. Sus padres no contaban con el poder adquisitivo de mi familia, así que estaba seguro de que aunque Charlie habría querido que ella estuviese en un lugar como en el que yo vivía, a Bella no le suponía nada quedarse en una residencia de estudiantes.
Alice sí que había convencido a sus padres, convenciéndoles de que no estaría en mejor compañía en ningún apartamento que en la residencia con Bella. Intentaron que Bella fuese a vivir con Alice sin que corriera con todos los gastos, pero mi novia y su padre solían ser muy testarudos. Y de no ser por la cabezonería de mi padre, yo seguramente, habría preferido vivir en una residencia.
Dejé mi bandolera sobre mi cama en cuanto entré en mi habitación. No era muy grande, pero tampoco era, lo que se podría decir, pequeña. Tenía unas dimensiones bastante aceptables para un chico estudiante.
El ventanal que daba hacia la Avenida era grande y dejaba pasar la luz del día por las vidrieras de doble acristalamiento. Frente al mismo se encontraba un armario en color oscuro, casi negro, y abajo se encontraba una cama de cuerpo y medio. El escritorio se encontraba en la pared en la que topaba el cabecero de forja negra, del mismo color que el armario. Por último, un pequeño mueble cómoda se encontraba frente al escritorio, junto a la puerta de la habitación.
El apartamento además contaba con un comedor, una cocina con barra americana y un aseo. No podía pedir nada más, incluso encontraba que era un poco excesivo para mí solo, aunque perfecto si Bella viviera conmigo.
Ese pensamiento me arrancó una sonrisa, y como si ella estuviese leyendo mis pensamientos desde la distancia, mi móvil comenzó a vibrar en uno de los bolsillos de mi vaquero. Había olvidado cambiarle el modo a sonido después de clase. Descolgué emocionado y me aclaré la garganta, sabiendo que ella me estaría escuchando.
– ¿Requiere mis servicios, princesa? – Pregunté agravando mi voz. Una risa de lo más complaciente se escuchó al otro lado.
–Eres un payaso, ¿lo sabías? – Bromeó.
–No lo sabía, pero si es lo que quiere puedo serlo. – Contesté aguantándome la risa, mientras terminaba de meter la bandolera en la maleta y cerraba la cremallera como podía con mi mano sobrante.
–Edward… – Dijo ella.
– ¿Sí, majestad? – Contesté serio, como si realmente estuviese dirigiéndome a alguien perteneciente a la Monarquía Europea.
– ¿Puedes dejar de hacer el tonto? – Preguntó ella. Yo reí; mi humor era demasiado bueno.
– ¿Prefieres que te diga un par de cositas calientes? –Comencé a tirar de mi maleta hacia la salida.
– ¡Edward! – Exclamó ella escandalizada.
– ¿Qué? Pues anoche parecía gustarte… – Continué con la voz algo ronca.
–Estoy con Rose, Emmett y tu prima… – Casi susurró. Yo no pude evitar soltar una carcajada al mismo tiempo que cerraba la puerta con llave.
–Está bien, me comporto. ¿Cómo estás, pequeña? – Pregunté, suavizando el tono de mi voz. Las puertas del ascensor se abrieron.
–Deseando que pasen estas tres horas para correr a Redding y llegar rápido a Forks. – Sonreí por la ansiedad impregnada en esa afirmación.
–Yo también me muero por verte. – Contesté, subiendo al taxi e indicándole al conductor que me llevase al aeropuerto.
– ¿Vamos a vernos? – Preguntó.
–Sabes que sí… Serán las seis horas y media más largas de toda mi vida, y eso que he tenido suerte de encontrar un vuelo directo. – Comenté relajándome en el asiento de atrás.
–Si te sirve de consuelo también serán mis cuatro horas más largas.
–Más el viajecito de Seattle a Forks. – Los dos reímos al comentar aquella misma última frase.
– ¿Llegarás sobre las seis de allí a Seattle, cierto? – Me preguntó.
–Sí, tú sobre las cinco. Una hora antes. – El silencio se hizo a través del aparato.
–Rose está intentando convencernos a Alice y a mí para que nada más llegar nos veamos todos: Mike, Jake, Leah, Jasper, Emmett, Alice, ella, tú y yo. – Su tono de voz era claramente lleno de fastidio y algo temeroso.
– ¿Qué? No, no, me niego. – Mi contestación fue rotunda.
–-Eso le he dicho yo. Ella tiene aquí a Emmett y para ella no es lo mismo… – Explicó.
–Pues debe comprenderlo. Necesito estar a solas contigo, no sabes cuánto te echo de menos.
–Yo también te echo de menos. Tengo que dejarte, tengo clase ahora y acaba de entrar mi profesor. – Se medio disculpó. Yo sonreí.
–Tranquila, nos vemos muy pronto.
–Que tengas buen viaje, te amo. - Sonreí.
–Igualmente. Yo también te amo.
Imaginarme y verbalizar que serían las seis horas y media más largas que pasaría en mi vida no fue suficiente.
Intenté dormir un poco esperando que el viaje me pareciese más corto, intenté leer algo sobre un libro de medicina general para entretenerme, procuré rememorar todos los recuerdos que tenía con Bella desde que tenía uso de razón, pero parecía que nada servía.
Los nervios habían invadido mi cuerpo por completo, unidos a la emoción y la felicidad por volver a encontrarme con los míos, por volver a mi casa. Serían pocos días, pero podría disfrutar de las comidas caseras de mi madre, de la complicidad con Mike, mi mejor amigo, de las travesuras con Emmett y Jake y de las conversaciones serias con Jasper.
Aun así, aquella plena complacencia y satisfacción también se veía algo revestida por la tristeza. Sabía que tendría que volver después de Acción de Gracias y eso me inquietaba un poco, aunque no quería atormentarme con eso tan pronto sin haber llegado aun a Forks.
Era miércoles, tendría hasta el domingo para disfrutar con ellos, y debía aprovechar el tiempo al máximo.
Comencé a sentir una especie de hormigueo nervioso nada más el avión tocó tierra y no pude evitar sonreír cabizbajo. El rompecabezas se armaba poco a poco, y parecía que yo era la última pieza por colocar en cuanto nos encontráramos todos juntos. Ya faltaba menos.
Salí del avión arrastrando mi equipaje y caminando lo más rápido posible hasta la salida para encontrarme con mis padres, quienes me recibieron con un fuerte y cálido abrazo, preguntándome cómo había hecho el viaje.
–Pareces más delgado, hijo. – Casi me riñó mi madre, rodeando mi cintura con su brazo. Yo rodeé sus hombros con el mío, estrechándola contra mí y dejando un beso en su sien. Dios, cuanto la había echado de menos también.
–Estoy igual, mamá. Te da esa sensación porque hace tiempo que no me ves. – Le contesté.
– ¿Qué te parece Boston? – Preguntó mi padre, sin dejar de caminar hacia la salida.
–Increíble. Me gusta mucho, aunque no lo cambio por Forks… – Dije sinceramente.
–Sí, yo tampoco lo cambio. – Respondió él entendiéndome. Él también había estudiado en Boston.
Todo parecía ir encajando en mi puzzle personal a medida que me iba acercando a Forks. Nuestros maravillosos bosques verdes se dejaron ver a medida que nos adentrábamos más, hasta que al final unas finas gotas de agua comenzaron a caer sobre el coche de mi padre.
Sonreí, pues no habíamos cruzado el cartel cuando comenzaron a rociar el coche, dándome la bienvenida a casa, creando que todo fuese casi perfecto. Solo me hacía falta una cosa más, alguien más, y definitivamente sabía que no querría volver a Boston.
Pronto algunas personas que caminaban por las calles del pequeño pueblo comenzaron a agitar su mano cuando nos veían pasar. Algunas señoras mayores ni habían reparado que yo viajaba en el asiento trasero, realizando el saludo de cortesía solo a mis padres. En otras ocasiones algunas madres de antiguos compañeros agitaban emocionadas más frenéticamente la mano al darse cuenta de mi presencia.
Mi puzzle encajó la penúltima pieza en su lugar cuando mis pies pisaron mi casa, y el olor característico de mi hogar me envolvió cálidamente, como si sintiera su abrazo. ¡Hogar, dulce hogar! No pude evitar pensar.
– ¿No estás cansado? – Preguntó mi madre. Eran casi las siete y media y yo solo podía pensar en una cosa. Fijé mis ojos en ella, disculpándome con la mirada.
–Había hablado con Bella para vernos. – Quizás mi voz sonó más baja de lo normal.
– ¡Oh, claro, cariño! – Exclamó ella sonriendo y llevando una de sus manos a mi hombro. –Deja tu maleta aquí y ve a su casa. Imaginaba que querrías estar un rato con ella… ¿querrá quedarse a dormir? – Suspiré.
–No sé si el jefe Swan quiera permitirlo. – Bromeé.
–Es normal que quieran que Bella duerma con ellos, Edward. Lleváis mucho tiempo fuera. – Dijo mi padre.
–Lo sé… Bueno, me voy. – Caminé hasta la entrada, abriendo uno de los cajones del mueble para sacar la llave de mi Volvo plateado. No lo había pensado, pero ahora que tenía las llaves en mis manos de nuevo, me había dado cuenta de que también lo había echado de menos.
– ¿Vas a llegar muy tarde? – Preguntó mi madre.
–Pues no sé, mamá. Pero tranquila, llegaré. – Contesté acercándome a ella para dejar un beso en su frente.
–Cariño, deja que disfrute un poco de Bella. Lo comprendo perfectamente. – Comentó mi padre, sonriendo de medio lado, un gesto que, según Bella, había heredado de él.
–Hasta luego.
Cuando salí al porche a toda prisa, con la mirada clavada en la llave del coche, escuché muchas risitas que intentaban ser silenciosas. El corazón latió con fuerza bajo mi pecho. No de miedo, sino porque bien sabía de quienes se trataban.
Sonreí negando con la cabeza cuando observé como mis amigos me miraban desde la entrada de mi casa.
–¡ ¿Qué pasa, tío? ! – El primero en decir algo fue Mike, quien avanzó hasta mí, dándome un caluroso abrazo para después dar toques con las yemas de nuestros dedos y por último golpear nuestros puños.
–Dios, ¿qué hacéis aquí? – Pregunté al mismo tiempo que buscaba con la mirada a una única persona.
Vi sus ojos chocolates detrás de Emmett, y escuché unos quejidos silenciosos al mismo tiempo que intentaba luchar tras él.
– ¡No he podido detener a Rose! – Exclamó mi pequeña haciéndose notar. –Emmett, ¡déjame pasar! – Él solo rio divertido.
–Quita tus sucias manos de mi novia. – Murmuré acercándome a ellos.
–De acuerdo, de acuerdo… – Respondió él levantando las palmas de sus manos y dando un paso a su izquierda, quedando al lado de Rose.
Su expresión enfadada cambió por completo. No sé cuánto tiempo pasó. Quizás solo fue un segundo en el que los dos nos miramos a los ojos, reconociéndonos al instante, pero fue suficiente para contemplar el excesivo brillo de sus ojos, la cremosidad de su piel, el rubor de sus mejillas y su labio inferior atrapado entre sus dientes.
Al segundo siguiente nos encontrábamos en brazos del otro, aferrados el uno al otro con fuerza; sintiéndonos. Hundí mi nariz en el hueco de su cuello, acariciando de camino su cabello y aspiré su aroma de nuevo, calmándome por completo.
–No he podido evitarlo. – Susurró con sus labios enterrados en mi cuello, refiriéndose a Rose, provocando que me estremeciera. – Lo siento. – Se disculpó.
Pero yo no le contesté. Alcé mis manos para enmarcar su rostro y, sin pensármelo dos veces, uní nuestros labios para besarlos como había deseado hacerlo desde hacía muchísimos días atrás, de la forma en la que lo había soñado tantas noches en Boston. Por fin la tenía conmigo de nuevo.
Sus labios respondieron tímidamente a mi beso al principio, pero después debió olvidarse de todo, pues respondió con la misma necesidad con la que yo la besaba. Dios, había pensado que sabía cuánto la había echado de menos, pero me había quedado corto. Probar sus labios era suficiente para darme cuenta de cuánto más la había necesitado conmigo. Mis recuerdos ni siquiera hacían justicia a su sabor, su textura, su calidez y la forma en la que me ofrecía su amor a través de ellos.
–Te he echado tanto de menos. – Le dije sobre sus labios, volviéndolos a besar.
Era incapaz de separarme de ella, no quería hacerlo. Lo único que deseaba era acariciarla, abrazarla, repetirle una y mil veces lo que ella era para mí y la falta que me había hecho tenerla cerca todas estas semanas. Sus manos acariciando mi cabello, mi cuello y en ocasiones sus brazos rodeando mi cuerpo me hacían incluso más difícil permanecer separado de ella.
Un carraspeo se escuchó muy cerca.
– ¡Recuerda que estamos presentes y que algunos aun nos comemos los mocos! – La voz de Mike se escuchó con potencia, con el objetivo claro de llamar la atención y evitar que siguiéramos comiéndonos a besos.
Poco a poco y a regañadientes, me obligué a terminar nuestro dulce beso para girarme hacía él con una mirada asesina. ¡Dios! ¿ ¡Por qué no se echaba novia de una vez! ? Le encantaba incordiar a los demás.
–Había soñado con tener un reencuentro a solas con ella. – Dije frunciendo el ceño envolviendo la estrecha cintura de Bella con uno de mis brazos, acercándola más a mí, sintiendo, al mismo tiempo, como uno de sus brazos rodeaba la mía, y la otra se posaba en mi estómago enviándome aquellas conocidas sensaciones eléctricas tan placenteras.
–Tendrás tiempo, ¿no? – Preguntó él elevando una ceja, con una mirada de lo más cómplice. No pude evitar sonreír, aunque intenté no hacerlo.
– ¡Vamos ya a la taberna de Walter! – Exclamó Rose. – Tenemos que contarnos muchísimas cosas.
–Eso es cierto. – Contestó mi prima mirándome. – ¿Ya alguna ilusa ha intentado seducirte? – Preguntó como si eso fuese obvio, muy divertida.
– ¡Ey, Alice! – Protestó Bella. Yo reí.
–Déjala, Bella. Ella sabe perfectamente que no he tenido ojos para nadie allí. ¿A que sí, primita? – Contesté al mismo tiempo que me dirigía con Bella al coche. – Pero sí puedo contar algunos episodios graciosos. – Admití, recordando algunas situaciones protagonizadas por chicas de la facultad. Sentí la tensión de Bella. – Tranquila, tonta. – Susurré muy cerca de su oído, dejando un beso ahí.
– ¡Nos vemos allí! – Exclamó Emmett.
–No sé si debería irme con ellos dos en el coche. – Comentó Jake con una sonrisa centelleante, mirándonos a los dos, quienes estábamos al lado de la puerta del copiloto rodeando mutuamente nuestros cuerpos con nuestros brazos. – No me fío ni un pelo.
–De verdad iremos, Jake… – Intenté sonar lo más convincente que pude. Pensaba en ir, tenía palabra, pero necesitaba unos minutos a solas con ella. Él solo suspiró y se metió en el coche junto con Mike… ¡Qué peligro! Todos los coches se encendieron y empezaron a desfilar uno a uno a nuestro lado.
– ¡No os entretengáis mucho! – Exclamó Mike verdaderamente divertido. Yo opté por no contestar, y solo sonreí.
No esperé a que ellos desaparecieran al cruzar la esquina para mirarla de nuevo con una enorme sonrisa. ¡Dios, cuánto la había echado de menos! Me ahogué de nuevo, como si jamás hubiese dejado de hacerlo, en aquellas dos esferas chocolates emocionadas antes de volver a abrazarla y recibir su cálido abrazo.
–Ya estás aquí. Dios, Edward, cuánto te he echado de menos. – Murmuró pasando sus manos repetidamente por mi espalda, en una caricia necesitada, consiguiendo que me estremeciera por completo al reconocer su manera de tocarme. Besé su cuello sin poder contenerme, necesitando besar alguna parte de su piel.
–Estamos aquí. Los dos. – Contesté separándome de ella solo lo suficiente para poder volver a mirarla. Una sonrisa complaciente se abrió paso entre sus labios y no pude contenerme más.
Me acerqué a ella rápidamente, cubriendo sus labios con los míos para sentir de nuevo su calidez y textura.
Estábamos aun al lado de la puerta del copiloto de mi coche. Ella estaba apoyada sobre él y yo la enjaulaba con mi cuerpo, queriendo ser la prisión de la que jamás pudiese escapar, a la que siempre pertenecería. Pronto el beso cobró fuerza, desesperación. Nuestros labios estaban acariciándose de tal manera que a través de ellos éramos capaces de hacernos sentir todo lo que nos habíamos necesitado en todo éste tiempo.
Y su lengua… Su lengua siempre había sido deliciosa. Dulce, suave, apasionada y tierna. Como lo era Bella.
Acaricié sus mejillas, sintiendo como ella me acercaba más a su cuerpo con sus brazos. Nuestra respiración se agitó debido a la forma en la que nos estábamos besando, pero no quería dejar de hacerlo. No podía. Disfruté como un loco de su sabor, de la suavidad de sus mejillas y de su cuello y de la calidez que desprendía su cuerpo pegado al mío.
–Siento no haber podido retener a Rose, de verdad. – Volvió a disculparse en un suave susurro acariciando mis labios con los suyos. – Cuando me di cuenta Mike y Jake estaban en mi casa recogiéndome. – Lo dijo con tanto pesar que tuve que sonreír y besarla de nuevo.
–Tranquila Bella. Sé como se las gastan. – Volví a besar sus labios, incapaz de separarlos de los míos, sintiendo también la caricia que se otorgaban nuestras narices a causa de nuestra cercanía.
–Podrías raptarme. – Eso era verdaderamente una petición muy interesante. Yo volví a besarla.
–Sí, la verdad es que es una buena opción, pero creo que ellos también tienen ganas de que estemos de nuevo todos juntos. – Contesté. – Aunque… - Me separé un poco más de ella mirándole a los ojos bastante serio. – La próxima vez intentaré coger un vuelo antes o… ¡no sé! Me planto en Berkeley para secuestrarte allí mismo. – Ella empezó a reír.
–Eres tan tonto. – Dijo entre risas. Yo solo me acerqué a su rostro de nuevo sonriendo.
–Sería capaz de hacerlo. –- Contesté asintiendo aun con la sonrisa dibujada en mis labios.
–Estás loco. – Murmuró mordiéndose el labio al mismo tiempo que alzaba sus manos para enterrarlas en mi cabello, a cada lado de mi cabeza. Mis brazos rodearon su cintura, posando las manos en la parte más baja de su espalda, consiguiendo que la arqueara.
–Por ti, solo por ti. – Susurré, volviéndola a besar. – ¿Vamos? – Ella suspiró y me besó.
–Vamos. – Dijo sin muchas ganas, dándose la vuelta con la clara intención de abrir la puerta del coche. Alcancé su mano a tiempo.
–Ese es mi trabajo, princesa. – Ella me sonrió mordiéndose el labio y con las mejillas algo sonrojadas. Se alzó de puntillas para darme un beso más y entró en el coche.
La Taberna de Walter no estaba muy lejos de casa. Contando que Forks era un pueblo bastante pequeño, se llegaba en cuestión de muy pocos minutos a cualquier destino. Lo que sí fue muy difícil fue mantener la mirada en la carretera en lugar de deleitarme con el hermoso rostro de mi novia, a quien sí sentía mirarme con verdaderas ganas.
En un par de ocasiones alcancé su rodilla para acariciarla o una de sus manos, pues me resultaba imposible mantenerme separado de ella, de su piel.
La sonrisa no había abandonado mi rostro y dudaba que lo hiciera aun. Era maravilloso poder volver a estar con ella de aquella forma, aunque supiese que mi retorno a Boston era inevitable, como el suyo a Berkeley. Pero no quería pensar en eso. Aun no, solo acabábamos de llegar.
Todos se giraron cuando nos vieron entrar de la mano a la Taberna y nos sonrieron.
–Tío, tienes que contarme muchas cosas. – Me pidió Mike con una sonrisa pilla. Yo negué con la cabeza.
–Si lo que me estás preguntando indirectamente es si las chicas de Boston merecen la pena no puedo contestarte. – Le aclaré. – Pero estoy seguro de que son de tu tipo, Mike. – Continué soltando una pequeña risa. Sentí el apretón en mi mano de Bella.
–Eh, que yo ya estoy buscando algo serio. – Todos nos reímos.
– ¿Desde cuándo lleva diciendo lo mismo? – Preguntó Emmett lanzándole una bolita de papel hecha con el trozo de una servilleta.
–Prácticamente desde que empezamos el instituto. – Contestó divertida Leah, al lado de Jake. Me sentí un poco mal por mi mejor amigo, quien se había quedado callado.
–Bueno, ya está, quizás esta vez lo diga en serio. Ya sabes que estás invitado a venir a Boston cuando quieras conocer chicas. Eres el único de aquí que puede permitírselo.
Mike no había querido ir a ninguna universidad a estudiar nada. A parte de que jamás había sido un buen estudiante, sus padres habían montado una tienda de deportes desde hacía tiempo que parecía que les iba muy bien. Y era justo lo único que a él le interesaba en aquellos momentos. Su padre se dedicaba a enseñarle el funcionamiento y la gestión de la tienda para el día que él tuviese que encargarse de ella.
–Que no esté estudiando no significa que pueda escaquearme cuando quiera, Edward. ¡Pero te tomo la palabra! – Exclamó finalmente elevando su puño para chocarlo con el mío.
–Ten cuidado con Mike, Edward. Miedo me daría a mí invitarlo a mi apartamento. – Dijo Jake carcajeándose. Yo solo sonreí cuando Mike tiró de su coleta del color del negro tizón.
– ¿Qué pasa si encuentras la chica de tu vida en Boston? – Le pregunté. –Dudo que te quedaras allí teniendo tu futuro aquí. – Opiné, entrelazando una de mis manos con la de Bella, quien no había dejado de rodear uno de mis brazos con los suyos y me la llevé a los labios para besarla. Qué dulce y suave…
–Dudo que la chica de mi vida esté en Boston, pero si fuese así la traería conmigo. – Contestó seguro, llevándose a los labios su refresco para darle un gran sorbo.
–Sería un sacrificio para ella que tendrías que valorar mucho, Mike. – Apuntó Alice algo seria.
–Debería hacerlo si me quisiera de verdad. – Contestó él. Yo negué con la cabeza.
–Estarías exigiendo más de lo que tú estarías dispuesto a dar por ella. No lo encuentro algo muy justo. – Le aclaré.
–Mike aún no sabe lo que es estar enamorado, Edward. – Dio como explicación Bella, dejando un beso en mi mejilla y aferrándose un poco más a mí con sus brazos rodeando el mío. Yo sonreí mirándola un instante. Sus ojos me observaban con aquel amor infinito de siempre, así que me fue imposible no dejar un casto beso en sus labios.
–Debe ser eso. – Murmuré girando mi cabeza de nuevo para mirar a mi mejor amigo.
Fruncí el ceño en seguida algo confundido por la reacción de Mike. Él se había quedado mirando a Bella casi sin pestañear. Parecía serio, tenía la mandíbula tensa y su mirada se clavaba intensamente en ella, en su rostro, como intentando recriminarle algo con la mirada. En ese momento llegó uno de los empleados de Walter para apuntar lo que Bella y yo íbamos a tomar, pero no dejé que me interrumpiera. Solo escuché como Bella pedía por los dos y al instante se retiraba.
– ¿Tienes algún problema con mi novia? – Aunque había hecho la pregunta dejando entrever una sonrisa, no había podido evitar que el posesivo sonase más real que nunca. –Ella tiene razón.
Él suspiró, retirando la mirada de Bella para observarme a mí con una sonrisa grande y sincera de nuevo.
–Supongo. – Se limitó a decir. – Lo dicho. En cuanto pueda viajaré a Boston, así que ya puedes prepararme un par de candidatas. – Continuó frotándose las manos.
– ¡Eso es! – Exclamé dándole un suave golpe con el puño en el hombro. Después sentí como Bella presionaba con sus manos mi antebrazo.
–Espero que tus criterios para elegirlas sean los correctos. – Aquel susurro en mi oído me pareció más una advertencia que un simple comentario, así que la miré.
–No digas tonterías. Solo bromeo, Bella. – Ella forzó una sonrisa antes de dejar caer su cabeza en mi hombro.
– ¡Y bien! – Comenzó de nuevo Rose. – Deberíamos planear nuestra noche de mañana. –Propuso. – Nos veremos después de la cena familiar, ¿cierto? – Yo elevé las cejas, al mismo tiempo que a Bella y a mí nos dejaban dos Sprite sobre la mesa.
–Pero, ¿no se supone que es una celebración familiar? – Preguntó Bella, intentando no parecer fastidiada.
–Digo después de cenar, Bells. ¡Qué aburrida estás desde que has llegado! – Contestó nuestra rubia amiga.
–Creo que Bella tiene razones suficientes para querer perdernos de vista un rato. – La defendió Alice con una sonrisa pícara. – Yo la entiendo, Rose. También necesito tiempo con Jasper.
–Bueno pues… ¿por qué no quedamos solo un rato? – Propuso Leah. –Después tenéis toda la noche para estar juntos. – Otra que no se enteraba de nada, aunque… ¿Era yo o estaba muy cerca de Jake? Quizás su insistencia se debía a otros motivos.
– ¡Yo voto por un poco de fiesta! – Exclamó Jake.
– ¡A bailar! – Le siguió Rose moviendo rítmicamente sus brazos.
–Estaría bien que nos organizáramos un poco, mañana todos vamos a estar ocupados. – Siguió diciendo Leah, dándolo por hecho.
– ¿Podemos relajarnos un poco? – Preguntó Jasper con el brazo rodeando los hombros de Alice. – A ver, ¿no podéis salir vosotros sin nosotros cuatro? – Propuso señalándonos a los cuatro en cuestión. – No es que seamos imprescindibles, digo yo. Y podemos vernos el viernes.
–Pero deberíamos aprovechar nuestro tiempo juntos. – Contestó Rosalie. Yo suspiré y decidí no decir nada. Al fin y al cabo habría que hacer lo que ella dijera y yo no pensaba obedecerle en ningún momento, así que lo único que hice fue girar la cabeza y posar mis labios en el cabello de Bella, quien seguía con su cabeza apoyada en mi hombro.
– ¿Por qué no quedamos mejor un rato por la tarde? – Propuso Bella. – Yo voy a estar muy ocupada, pero quizás…
–No, que va, Bells. – Le cortó mi prima. – Edward y mis tíos cenan en mi casa y como puedes imaginarte estoy organizándolo todo para que quede perfecto. – Puse los ojos en blanco, al igual que la mayoría.
Los cambios de opinión sobre lo que íbamos a hacer al día siguiente se alargaron demasiado para mi gusto. Cuando nos dimos cuenta ya habíamos pedido algo para cenar y parecía que tampoco les bastaba el tiempo para sacar las conclusiones necesarias, porque casi eran las once y media de la noche cuando el mismo Walter nos avisó de que ya era hora de que levantásemos nuestro trasero de sus sillas, pues quería cerrar.
– ¡Entonces nos vemos mañana a las doce! – Exclamó Rose agitando la mano antes de meterse en el coche de Emmett.
Bella agitó la mano contestándole algo desganada para después entrar en el interior del Volvo. Cerré su puerta y en seguida llegué a mi asiento, arrancando el coche.
– ¡Dios, qué pesadilla! – Me quejé nada más ponernos en marcha, dando un acelerón.
–Edward, tranquilo. – Intentó suavizarme Bella. Yo bufé.
–Lo siento… – Me disculpé.
Había estado pensando en salir pronto de la Taberna para pasar un poco más de tiempo con Bella a solas, pero ya era tarde… ¡Joder! Había estado intentando persuadir a Bella con susurros, pero ella estaba más entretenida intentando convencer a los demás para que no quedásemos al final.
Obviamente mis ganas por estar a solas con mi novia se habían convertido en pura necesidad, aunque no había perdido el tiempo tampoco, aprovechando momentos en los que Rose y Alice se ensalzaban en alguna pequeña discusión, para besarla o abrazarla. No quería desperdiciar ni un solo segundo.
–Quería estar contigo un poco, Bella. Me fastidia. Ojalá no hubiésemos ido.
–Haberlo pensado antes. – Me contestó. Yo solo apreté la mandíbula.
–Ni que se crean que mañana vamos a ir. – Le contesté serio. El silencio se hizo dentro de mi vehículo durante un par de segundos.
–Pero si ya nos hemos comprometido. – Comentó ella algo extrañada.
–Pues estoy harto de los compromisos. – Respondí de nuevo tajante. Aminoré la velocidad cuando me di cuenta de que había llegado a la calle de Bella. – Yo solo quiero estar comprometido contigo. – Susurré apagando las luces del coche y el motor frente a su casa. La miré suplicante y necesitado de ella.
–Yo también. – Contestó dejando escapar una sonrisa y moviéndose en el asiento, quedando más al filo, tocando con una de sus rodillas la palanca de marchas.
–Ven aquí. – Susurré llevando mi mano a su cabello para enterrarla en aquel lugar suave y sedoso y atrayéndola hasta mis labios para dejar un largo y dulce beso en los suyos. – No te lo he dicho antes porque me imagino que no vas a poder, pero no puedo irme sin preguntártelo.
– ¿El qué? – Preguntó en un susurro, besando mis labios.
– ¿Quieres quedarte a dormir en mi casa? – Mi otra mano de repente se aferró a su cintura, presionándola un poco para intentar acercarla más a mi cuerpo. Ella soltó un pequeño jadeo.
–No sabes cuánto lo deseo, pero creo que mi padre se disgustaría mañana si se da cuenta de que no he dormido en casa sin avisarle. – Se explicó. – Además, debería madrugar para ayudar a mi madre con todo lo de la cena, ya sabes. Y si me quedo en tu casa, dudo que pueda madrugar. – Dijo eso último dejando entrever una sonrisa cómplice.
–Entiendo. – Susurré besándola. –Pero mañana sí, por favor. – Le pedí.
–Mañana sí.
Nos volvimos a besar, esta vez más apasionadamente que esa misma tarde, dejando notar el deseo de los dos por volver a sentirnos de nuevo, como antes. Ese beso era excitante y demasiado desenfrenado para su propia seguridad. Debía repetirme mentalmente que no podía arrancar sin más con ella en el coche y que debía dejarla ir.
–Dios, te amo. – Susurré acercándome más a ella, atrayéndola más a mi cuerpo, todo lo que era posible dentro del coche.
–Edward… – Suspiró ella cuando mis labios comenzaron a dejar húmedos besos en su cuello.
Mis caricias se hicieron más insinuantes inconscientemente, siguiendo los impulsos que marcaba mi cuerpo. Sus delicadas manos se paseaban lentamente, demasiado sugerentes, por encima de mi jersey sobre mi pecho y mi abdomen.
–Te deseo. – No pude evitar que esas dos palabras escaparan de mis labios. Una de mis manos llegó hasta uno de sus pechos y lo presioné ligeramente sobre su fino jersey, consiguiendo que un gemido saliera de sus labios. – He soñado con volver a hacerte el amor todas las noches en Boston. – Continué besando su clavícula sobre el jersey.
–Edward. – Volvió a jadear. – Dios, no hagas esto.
–No puedo evitarlo. – Mis dientes dieron un pequeño mordisco en la zona en la que sabía que debía estar su pezón, provocando que otro de sus gemidos llegara a mis oídos.
–Dios… – Ronroneó en mi coronilla, atrayendo mi cabeza hacia su cuerpo.
De repente escuché como una puerta se abría y como si del anuncio de una bomba se tratase me alejé de Bella, encontrándome con Charlie saliendo con la bolsa de basura hacia la calle. Bella se giró ante mi reacción y se mordió el labio cuando se dio cuenta de quien se trataba.
Los dos nos comenzamos a reír cómplicemente y algo avergonzados. Menos mal que los cristales del coche eran tintados y que había sido rápido.
–Debería irme. – Al mismo tiempo que ella dijo eso, Charlie divisó mi coche, y se quedó esperando sin la bolsa de basura en sus manos frente a la entrada, la cual se encontraba a unos cuatro o cinco metros de donde estábamos. Yo asentí desganado.
Bella se pasó las manos por su largo cabello ondulado y por su jersey, alisándolo un poco y después se puso la chaqueta. Yo intenté respirar un par de veces hondo cerrando los ojos y llevándome la mano al pelo para tranquilizarme antes de salir.
Lo menos que podía hacer era saludar a Charlie y entrar para saludar a Renee, si aún estaba despierta.
.
El viernes subiré el Capítulo II.
Gracias por leer... :) Un besazo!
