Hola hola bellezas que tal hasta ahora? espero que bien
Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes s Stephanie Meyer
Capitulo 9
Bella, invariablemente, se despertaba rápidamente, y después de la primera media taza de café, estaba completamente alerta y lista para hacerse cargo de todas las tareas de la casa. Aquel día, sin embargo, le costó levantarse de la cama. Le dolían los músculos y las sienes le latían de forma extraña. Culpando de aquel cansancio a una noche agitada, inició la rutina diaria con menos energía de la habitual.
Los niños estaban bastante contentos cuando bajaron a desayunar. Con la característica facilidad de los pequeños, el altercado de la noche anterior ya había sido olvidado. Después de verlos subir al autobús, Bella se permitió el lujo de tomar otra taza de café, confiando en que así recuperaría las fuerzas que le faltaban.
Todavía arrastrándose, se puso el abrigo y salió. El sol brillaba en el cielo y en el aire se anunciaba la promesa de la próxima primavera, pero Bella se estremeció y deseó haberse puesto un jersey más. Debía estar resfriada, decidió mientras se frotaba el cuello. Pero no tenía tiempo de ocuparse del resfriado. Así que, se puso el piloto automático, fue a buscar los huevos y después caminó hasta el establo.
Había que limpiar los establos y dar de comer a los caballos. Por primera vez desde que podía recordar, se lamentó de las horas que pasaba trabajando. A lo único que se dedicaba era a limpiar lo que los demás ensuciaban, a hacerse cargo de infinidad de problemas y tareas que no podían ser aplazadas. ¿Cuándo iba a tener tiempo para ella misma? Tiempo para acurrucarse con un libro entre las manos durante toda una tarde.
Un libro. Riéndose de sí misma fue reuniendo los dogales. Aquel no era momento para pensar en libros... y menos en un libro en particular. Había olvidado que podían hacerle daño. Había pasado tanto tiempo sin tener una relación con nadie que pudiera...
Presionándose los ojos con los dedos, Bella interrumpió el curso de aquellos pensamientos. No podía llamar una relación a lo que tenía con Edward. Simplemente, era un negocio que reportaría beneficios para ambos, nada más. No importaba, no podía importarle que Edward pensara que era una oportunista. Bella suponía que aquella era la forma más amable de decir lo que en realidad pensaba de ella. Pero si se dejaba llevar por sus sentimientos heridos y se los echaba en cara, no iba a conseguir nada. En cualquier caso, había firmado un contrato y se había comprometido a tener a Edward en su casa.
¿Y cuándo terminarían sus obligaciones? Bella dejó al primero de los dos caballos en el potrero y después volvió al establo. Primero había contraído obligaciones con Jacob y después con sus hijos. Y, de alguna manera, por culpa del pasado y aunque de forma tangencial, volvía a sentirse atada a Jacob. Así que dejaría que Massen pensara lo que quisiera de ella mientras escribiera aquel libro.
Cansada, apoyó la cabeza contra el flanco de uno de los caballos. Sintió su piel fría, amistosa. Dios, necesitaba un amigo. ¿Cómo iba a poder pensar correctamente cuando le latía de aquella forma la cabeza? Pero tenía que hacerlo. El estallido de genio de la noche anterior podía llegar a costarle caro. Si Edward pensaba lo peor de ella, eso influiría en su libro. Maldita fuera, ¿qué demonios le importaban a él las razones por las que había autorizado aquel libro? Cualesquiera que fueran, le iban a pagar por escribirlo. Sus motivaciones no tenían nada que ver con la biografía de Jacob. Pero, al mismo tiempo, tenían todo que ver con ellas.
Bella hizo un segundo viaje a los potreros y regresó por el resto de los caballos. Después de haber limpiado los establos, quizá se le hubiera despejado la cabeza. Y entonces sabría cuál era la mejor forma de tratar con Edward.
Recordó aquella mañana en la que el sol brillaba con fuerza en su rostro mientras él la abrazaba. La deseaba. Todavía podía recordar su mirada, la forma en la que sus labios habían rozado los suyos. Por un instante, por un solo instante, había deseado que fuera alguien de quien pudiera depender, en quien pudiera confiar. Era ridículo. Antes de conocerlo siquiera, sabía que Edward tenía un trabajo que hacer. Y también ella.
Para cuando terminó con el primero de los cubículos, estaba empapada en sudor. Y cuando levantó la horca para comenzar con el siguiente, tuvo la sensación de que pesaba más de lo normal.
-Parece que deberías contratar a alguien que te echara una mano.
Edward permanecía en el marco de la puerta, con el sol a su espalda y el rostro oculto por las sombras. Bella se detuvo y lo miró con los ojos entrecerrados.
-¿Tú crees? Seguiré tu consejo.
Edward tomó otra horca y se apoyó sobre ella.
-¿Bella, por qué no acabas ya con esta farsa? Ya sabes, la de la esforzada ama de casa que trabaja desde el amanecer hasta el crepúsculo para mantener a su familia.
Bella continuó trabajando.
-Estoy intentando impresionarte.
-No te molestes. El libro es sobre Jacob Black, no sobre ti.
-Estupendo. Dejaré de actuar en cuanto haya sacado este estiércol.
Así que tenía garras. Edward se aferró con fuerza al mango de la horca y después relajó lentamente los dedos. Quería acercarse a ella, pero sabía que tenía que controlarse.
-Escucha, hasta que no lleguemos a un acuerdo, el libro no va a ir a ninguna parte. Y puesto que ambos queremos que funcione, será mejor que dejemos de jugar.
-De acuerdo -como necesitaba descansar un momento, se detuvo y se apoyó contra la horca-. ¿Qué quieres, Edward?
-La verdad, o acercarme a ella todo lo que pueda. Estuviste, casada con Black durante cuatro años. Eso significa que hay partes de su vida que conoces mejor que nadie. Esas son las partes que quiero de ti. Y te han pagado para que me las cuentes.
-Te dije ayer que hablaría contigo en cuanto la grabadora estuviera funcionando y pienso hacerlo -se volvió hacia el cubículo-. Pero ahora tengo trabajo que hacer.
-Déjalo ya -Edward la agarró por las solapas del abrigo para obligarla a darse la vuelta. La horca de Bella cayó con gran estruendo al suelo-. Llama a la persona que normalmente se ocupa de esto y deja que sea ella la que haga el trabajo. Estoy harto de perder el tiempo.
-¿Quieres que llame a mis empleados? -Bella lo habría empujado, pero no se sentía con fuerzas para hacerlo-. Lo siento, les he dado un mes de vacaciones. Si quieres trabajar, tráete aquí el cuaderno y las cintas. Mis caballos necesitan atención.
-¿Quién demonios eres? -preguntó Edward exasperado, sacudiéndola ligeramente. Y se sorprendió tanto como ella cuando a Bella se le doblaron las rodillas. Sujetándola con fuerza, la apoyó contra la puerta de uno de los cubículos-. ¿Qué demonios te pasa?
-Nada -intentó apartarle las manos, pero no lo consiguió-. No estoy acostumbrada a que me sacudan.
-Seguro que en el metro has recibido empujones más fuertes -musitó Edward. Bella lo hacía sentirse como un bruto, que era algo que odiaba. La soltó.
-Supongo que de eso sabes más que yo -furiosa consigo misma, se agachó para recuperar la horca.
Cuando se volvió, tuvo que agarrarse a la puerta del cubículo para no caerse. Edward soltó un juramento y la agarró por los hombros.
-Mira, si estás enferma...
-No estoy enferma. Nunca me enfermo, solo estoy un poco cansada.
Y pálida, advirtió Edward al mirarla con atención. Se quitó el guante y posó la mano en su rostro.
-Estás ardiendo.
-Solo estoy acalorada -alzó ligeramente la voz, aterrada al recibir aquella caricia, a pesar de que una caricia era justo lo que necesitaba-. Déjame en paz hasta que haya terminado con esto.
-No puedo soportar a los mártires -musitó, agarrándola del brazo.
Era raro, muy raro, que la herencia irlandesa de Bella irrumpiera en forma de rabia ciega. Ella siempre había dejado aquel rasgo del carácter irlandés para el resto de su familia y solía enfrentarse a las dificultades con calma. Pero aquella no fue una de esas ocasiones. Liberó su brazo y empujó a Edward contra la pared del establo, sacando a relucir una fuerza que a ambos los sorprendió.
-No me importa lo que puedas o no soportar. Y me importa un comino lo que pienses. Esos papeles que he firmado no te dan derecho a meterte en mi vida. Cuando tenga tiempo para soportar tus preguntas y tus acusaciones, te lo haré saber. Y aunque creas que esto es un juego o una farsa, tengo trabajo que hacer.
Estaba jadeando cuando se volvió y agarró la carretilla. La levantó, dio dos pasos y la soltó otra vez, sintiendo que le flaqueaban las fuerzas.
-Lo estás haciendo genial.
Estaba tan harto de ella como de sí mismo, pero de eso ya se encargaría más tarde. En aquel momento, a menos que estuviera muy equivocado, era evidente que aquella mujer necesitaba una cama. En aquella ocasión, cuando la agarró del brazo, Bella solo fue capaz de intentar soltarse.
-No me pongas las manos encima.
-Cariño, he estado haciendo todo lo que he podido para no hacerlo durante toda la semana -cuando Bella se tambaleó, Edward soltó una maldición y la levantó en brazos-. Pero en esta ocasión, los dos vamos a tener que aguantarnos.
-No quiero que me lleves en brazos -entonces empezó a temblar. Sintiéndose demasiado débil para valerse por sí misma, apoyó la cabeza en su hombro-. Todavía no he terminado.
-Claro que has terminado.
-Los huevos...
-Yo los recogeré más tarde, después de dejarte en la cama.
-¿En la cama? -intentó erguirse otra vez y se dio cuenta de que estaban ya en el porche-. No puedo meterme en la cama. Todavía no he terminado con los caballos y va a venir el veterinario a ver a una de las yeguas. El señor Jorgensen vendrá con él y tengo que venderle ese potro.
-Estoy seguro de que Jorgensen estará encantado de comprarte un potro después de que le hayas contagiado la gripe.
-¿La gripe? Yo no tengo gripe, esto solo es un resfriado.
-Es gripe -Edward la dejó en la cama y empezó a quitarle las botas-. Yo diría que podrás volver a levantarte dentro de un par de días.
-No seas ridículo -haciendo un gran esfuerzo, consiguió incorporarse, apoyándose sobre los codos-. Lo único que necesito es una aspirina.
-¿Puedes desnudarte tú sola o quieres que te ayude?
-No pienso desnudarme -dijo rotunda, aunque si había algo que en aquel momento deseaba de verdad, era quedarse dormida.
-Entonces te ayudaré -se sentó a su lado y empezó a desabrocharle el abrigo.
-Ni quiero ni necesito tu ayuda -haciendo acopio de la poca dignidad que le quedaba, se sentó en la cama-. Mira, es posible que tenga la gripe, pero también tengo dos hijos que entrarán por la puerta de casa a las tres y veinticinco de la tarde. Y, hasta entonces, tengo que cuidar de los caballos, y de Eve en particular. Y después tengo que estar pendiente de Jorgensen.
Edward estudió su rostro. Estaba pálida y tenía los ojos cristalinos por la fiebre. La forma más rápida de atajar aquella discusión era mostrarse de acuerdo con ella.
-De acuerdo, tienes razón. Pero hazte el favor de descansar una hora -cuando empezó a protestar, Edward sacudió la cabeza-. Bella, creo que vas a impresionar realmente a Jorgensen si te desmayas a sus pies.
Estaba temblando, era absurdo negarlo. Y si era sincera consigo misma, tenía que reconocer que no sería capaz de levantar ni un cepillo en aquel momento. Ella era una mujer práctica, y lo más práctico era descansar hasta que recuperara las fuerzas. Y aunque la molestara darle la razón, tendría que tragarse el orgullo.
-Descansaré una hora.
-Estupendo, métete en la cama. Te traeré un par de aspirinas.
-Gracias -se quitó el abrigo mientras Edward se levantada. Y como si acabara de aguijonearle la conciencia, añadió-: De verdad, te lo agradezco.
-No es nada.
Cuando salió, Bella se agarró al cabecero de la cama y se levantó. El cuerpo le dolía por todas partes. Moviéndose lentamente, se acercó a la cómoda y sacó un camisón. Se quitó la sudadera y los vaqueros. Agotada por el esfuerzo, se tambaleaba sobre los pies. Solo una hora, se dijo, y 'se pondría bien.
Más tarde, ni siquiera podría recordar cómo se había arrastrado hasta la cama.
Edward la encontró allí cuando regresó. Tumbada boca abajo y durmiendo tan profundamente que ni siquiera se movió cuando la arropó. Y tampoco cuando se inclinó para rozar el pelo que cubría su rostro.
Ni durante la hora que pasó sentado a su lado, observándola, y haciéndose infinitas preguntas sobre ella.
Y que tal todo? a poco Edward no es un amor con Bella aunque no quiera jajaja
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