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Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA


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II


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Las suaves notas musicales del tema "Because I love you" de Yiruma que se dejaban escuchar en mi habitación de Forks, estaban consiguiendo al fin relajarme. Lo único que no habían conseguido, era que la imagen de Bella dejara de protagonizar mis pensamientos. Sonreí al recordar las miradas que me había lanzado el día anterior, tan cálidas y amorosas; tan transparentes.

Tenía un montón de recuerdos acumulados en mi corazón. Recuerdos que dejaba salir de vez en cuando, sobretodo en Boston en las últimas semanas. Recuerdos de una vida juntos; recuerdos inolvidables.

No resultaba descabellado que dijera que desde siempre había estado enamorado de ella. Y más cuando podía recordar desde que tenía uso de razón sus ojos color chocolate, aquellos en los que me había reflejado desde que éramos dos niños. Sus ojos habían sido testigo de tantas travesuras como de mis errores y éxitos. Y yo los amaba tanto, que me era imposible imaginarme una vida sin ellos.

Podía recordar las veces que Renee y mi madre quedaban para tomar un café y nos llevaban con ellas; sus sonrisas tímidas cuando Esme la piropeaba y el color de sus mejillas rosadas cuando notaba que alguien le hacía más caso de lo que a ella le hubiese gustado; fui cómplice de cómo su primer diente de leche cayó, o la primera vez que algún chico la piropeó.

Eso último, debía admitir, que jamás me había gustado. Teníamos once años, y lo único que hice fue despotricar en contra de aquel niño de su clase que le había dicho que era muy guapa. ¡Y lo era! Yo lo sabía, pero a raíz de ahí fue cuando comencé a mirar a los otros chicos de manera diferente.

Si ya de por sí no me separaba de ella, cuando empezamos el instituto, compartiendo muchísimas clases, ese aspecto aumentó. Y no solo por mi parte, parecía que Bella cada día estaba mucho más pendiente de mí también.

La infancia comenzó a abandonarnos poco a poco pero nosotros seguíamos juntos, fortaleciendo aun más la amistad que teníamos. Nuestro grupo de amigos se consolidó, sobretodo cuando se comenzaron a formar parejas, como la de Rosalie y Emmett o la de mi prima y Jasper.

Jake, Mike y yo éramos como una piña, hasta el día en el que fui consciente de que algo sucedía en mí con respecto a Bella que no comprendía. Algo profundo y fuerte que crecía y crecía sin darme opción a querer separarme de ella ni dejar que ningún otro chico la tocase o le hablase de según qué formas. Un sentimiento que se había abierto paso en mi corazón desde siempre y que nunca había sido capaz de identificar.

Fue en la celebración del quinceavo cumpleaños de uno de los chicos de clase, en noviembre.

Bella estaba preciosa ese día. Vestía un sencillo y gracioso vestido azul que había conjuntado con una rebequita en un tono más oscuro. Su cabello lucía suelto y brillante, terminando en aquellas características puntas onduladas.

Para lo que no estuve preparado, fue para fijarme en la forma que aquel vestido se ceñía a su pequeña cintura, peligrosamente deseosa. Y no entendía muy bien por qué mi mejor amiga estaba comenzando a atraerme de aquel modo desde hacía un par de años atrás, aunque intentaba muchas veces culpar a las hormonas propias de la adolescencia.

Me sonrió junto a una mesa cuando acabó de servirse una limonada y yo se la devolví. Pero en ese momento el grandullón de Emmett, que era dos años mayor que nosotros, me tapó la visión preguntándome si había visto a Rose por alguna parte, explicándome que hacía unos minutos que la estaba buscando. Ellos en aquella época hacia tan solo meses que estaban saliendo.

Volví a enfocar mi mirada en Bella cuando Emmett se alejó con el objetivo de encontrar a su novia, pero no me gustó nada lo que vi.

El chico del cumpleaños, Hugh, estaba mucho más cerca de ella de lo que era normal entre dos amigos y la mirada de Bella, a diferencia de la de él, gritaba auxilio en silencio. Parecía temerosa y algo asustada. Inocente también.

El sentimiento ardiente que sentí recorrer mis venas con verdadera ira y violencia era algo nuevo para mí que nunca antes había experimentado. Tenía la impresión de que él quería quitarme algo que solo me pertenecía a mí; algo muy valioso que él no merecía, que jamás merecería.

Me enfurecí más al ser consciente de que Bella estaba retrocediendo al mismo tiempo que él se acercaba más a ella, enjaulándola, presionándola, casi no dejándole elección. Eso…

Eso fue el detonante que necesité.

Cerré mis manos en puños y me acerqué a zancadas hasta ellos, pasando mi brazo por los hombros de Bella con una entereza de la que jamás creí posible. Parecía estar informándole a Hugh con aquel gesto de que no tenía derecho a acercarse a Bella de aquella forma, que el único que tenía el derecho a estar más cerca de ella era yo. Y pareció entenderlo, o fue que quizás mi mirada fue demasiado intimidante en aquel momento, porque se alejó disculpándose en seguida.

Aquella tarde no pasó nada, ni siquiera fui consciente en ese momento de que lo que había sentido habían sido celos en estado puro. Bella solo me dio las gracias y un beso en la mejilla que me hormigueó aún más que en otras ocasiones.

Fueron días después, cuando mi cabeza no dejaba de recordar la cercanía, la insistencia de Hugh en aquellos momentos, cuando mi mente conectó con mi corazón y supe qué era lo que estaba pasándome. Nunca le había dado opción a ningún chico a acercarse a Bella, pues era yo siempre quien estaba con ella, y ella jamás se había mostrado molesta por ello. Al revés. Le encantaba pasar tiempo conmigo, con nuestros amigos.

Solo había una respuesta para diagnosticar el mal que andaba sufriendo desde hacía tiempo.

Estaba enamorado de Bella; enamorado de verdad.

Esa epifanía lo único que consiguió fue aterrarme por completo.

Enamorado de mi mejor amiga. ¿Qué iba a hacer?

Pues lo que haría alguien tan cobarde como yo. Callar.

No me atreví a decir nada en voz alta desde aquel día y decidí guardarme mis sentimientos, amedrentado por pensar que ella no sintiera lo mismo.

Fue una mala época. Casi tres años en los que silencié mi rabia al escuchar algunos comentarios de otros compañeros sobre ella. Bella no era una persona que supiese verse realmente a ella misma, por eso jamás sabía que muchos chicos de clase estaban interesados por ella; por eso, y porque yo jamás cumplía la promesa que le hacía a mis compañeros de intentar sonsacarle información a mi mejor amiga.

Era más, incluso les cortaba las alas inventándome excusas o supuestas opiniones que ella me había dado sobre ellos. Me había comportado como un inmaduro incapaz de afrontar lo que estaba sintiendo desde prácticamente toda la vida. Había sido realmente estúpido, especialmente al no darme cuenta de que ella sentía lo mismo que yo.

Faltaban a penas tres meses para la fiesta de graduación cuando me di cuenta de ello.

Lilibeth hacía un tiempo atrás que estaba comenzando a mostrar cierto interés por mí. Lo notaba en su forma de mirarme y en las veces que había tratado de llamar mi atención con diferentes gestos.

¿Por qué no vas con ella? ¡Lo estás deseando! – Me gritó Bella al salir de clase, caminando hasta mi Volvo.

Era la primera vez que me hablaba de aquel modo por una razón tan poco lógica como esa. ¿Yo con Lilibeth? ¿Qué demonios pasaba por su mente para pensar que iba a dejarla tirada para ir con alguien tan superficial como ella?

Entré en mi coche respirando profundamente, aunque dejando entrever una pequeña sonrisa que fui incapaz de evitar.

¿Qué es lo que te hace tanta gracia? ¿No quieres ir con ella? Por mí no lo hagas, Edward. No sé… iré con alguien más. – ¡Ni hablar! En ese momento el que se puso serio fui yo.

No sé qué es lo que te pasa, Bella. Te dije que iba a ir contigo. – Le expliqué.

Es mejor que arranques, tenemos que acabar el trabajo de biología. – Volví a suspirar.

No pienso moverme de aquí hasta que me aclares de qué va todo esto, Bella.

Muy bien, pues espera… – Y se cruzó de brazos, guardando silencio mientras miraba por la ventanilla.

Me llevé la mano al puente de la nariz. ¡Qué terca! Pero yo no pensaba dejar las cosas así. Haciéndole caso al ser consciente de que no iba a conseguir nada, arranqué el coche y me dirigí hasta casa.

Mi madre debió notar algo extraño entre nosotros porque me hizo un gesto de consuelo antes de que subiéramos a mi habitación. Estaba seguro de que ella estaba al tanto de mis sentimientos por Bella, aunque nunca había intentado confirmarlo. Debía presentir desde hacía tiempo que yo amaba a Bella.

Ya no tienes escapatoria. – Le dije cerrando la puerta tras de mí. – ¿Me dices qué es lo que pasa? – Pregunté dándome la vuelta algo enfadado. Ella se había sentado en mi cama.

Dios. Desde que sabía a ciencia cierta que estaba enamorado de Bella había sido mucho más prudente al elegir los lugares en los que nos veíamos. Nada de zonas reducidas ni con poco espacio. Esa había sido mi norma más sólida y firme. No solíamos frecuentar tanto mi casa, era territorio prohibido, aunque no tanto como cuando descubrí mis sentimientos hacia ella.

Sentía que me ponía nervioso, que dejaba al descubierto mis sentimientos. Me sentía demasiado evidente.

Pero desde hacía un año, más o menos, había conseguido controlarme. Me sentía más seguro y había podido dominar, en la medida de lo posible, las sensaciones que, la que seguía siendo mi mejor amiga, me hacía sentir.

Lo que no estaba dispuesto era a perder su amistad, aunque en muchas ocasiones, sobre todo en los últimos meses, había estado tentado a contarle lo que sentía por ella, porque algunas veces era verdaderamente difícil estar a su lado. A pesar de que la resignación me solía ayudar mucho ya no funcionaba tanto.

Nada, Edward. Lo siento, ¿vale? – Me contestó cruzando sus piernas y mirando hacia el parquet.

No, nada, no. No me digas que nada. Quiero saberlo, Bella.

Solo que si ya no quieres ir conmigo, puedes decírmelo. Lo entiendo ¿Vale? – ¿Qué estaba diciendo?

Es que parece que la que no quiere ir conmigo eres tú. Y si ese es el problema, dímelo. – Dije acercándome un poco a ella, quedando en medio de mi habitación, de pie. Sus ojos se clavaron en los míos reservados por primera vez. – ¿Es eso?

¡No, claro que no! – Contestó con el ceño fruncido. Me llevé la mano al puente de la nariz, perdiendo la paciencia.

¿Entonces?

No sé. Creo… creo que ya no confías tanto en mí. Eso es todo. – Elevé mis cejas al escucharla, pidiéndole en silencio que siguiera. – Edward, no es normal que no me hayas contado algo sobre alguna chica. ¡Y he visto como miras a Lilibeth! – Solté una carcajada sin poder contenerme. Estaba comenzando a pensar que Bella tenía una muy buena razón para ver cosas donde no las había. Y esa razón me gustaba.

¿Mirar a Lilibeth? Pues igual que miro a cualquier otra chica. Y si no te he contado nada, es porque no ha pasado nada con nadie. – Le expliqué.

Pero todos los chicos de clase ya han estado saliendo o salen con chicas, y tú… –Volví a elevar las cejas, esta vez incrédulo.

Bella… – La corté. – Lilibeth no me interesa. – Volví a aclararle. Ella cerró los ojos con fuerza, apuñó el edredón con sus manos y bufó. ¿Esa era la tensión normal de una amiga cuando su mejor amigo le decía la verdad sobre algo?

¿Y por qué la mirabas y sonreías hoy? – Esa pregunta había sido pronunciada con molestia mal disimulada. Dios, Bella. Si seguía con esas preguntas acabaría pensando que realmente sentía algo más por mí.

Porque me río de sus insinuaciones. – Dije sonriendo de nuevo, acordándome de cómo mordía el bolígrafo mientras retorcía entre sus dedos un mechón de pelo. – Es totalmente ridícula.

Ya, claro. – Parecía nerviosa y enfadada. Su mandíbula se había tensado como muy pocas veces y no dejaba de retorcer los dedos de sus manos aun sentada sobre mi cama.

Respirando hondo para llenarme de valor y atreverme a preguntarle lo que pasaba por mi mente en aquellos momentos, me acerqué hasta donde ella estaba, poniéndome de cuclillas y tomando sus manos entre las mías. Ella me miró con el ceño algo fruncido.

Yo le devolví la mirada con el objetivo de leer en la suya algo más que me animase a preguntarle la sospecha que se estaba formando en mi mente y que estaba quemando mis labios con tal de salir. Tenía unas casi imperceptibles arrugas en su ceño y estaba notando como mordía con sus dientes el interior de su labio inferior. Ella debía pensar que esos gestos pasaban desapercibidos para mí, pero lo que no sabía era que había crecido aprendiendo todos y cada uno de sus estados de ánimo a través de ellos. Eran claros signos de tensión, estaba seguro de que estaba mordiéndose la lengua para no reprocharme nada.

Y sus ojos. Sus ojos parecían cautelosos mirando los míos. Algo en el fondo de ellos la obligaba a encerrar aquello que quería dejar salir sin ninguna opción, por eso su color lucía más sólido.

Era la primera vez que ella sacaba un tema así entre nosotros, la primera vez que la sentía de aquella forma.

Bella, ¿estás celosa? – Pregunté elevando una ceja.

Quizás eran mis ganas por escuchar la respuesta, pero el silencio se abrió paso entre nosotros, dejándome a cada segundo más ansioso. Sus ojos por un segundo se abrieron más de lo normal, sorprendidos y temerosos, y el rubor inundó sus mejillas. Lo único que consiguieron esas reacciones fueron que mi mente confirmara mi teoría, aunque mi corazón parecía retraído, saltándose un latido al esperar su respuesta.

No, claro que no. – Dijo evitando mi mirada. Una señal más. Además se había deshecho del contacto con mis manos y en esos momentos intentaba ponerse de pie.

No la dejé escapar y la detuve rodeando sus brazos por encima del codo con cada una de mis manos, quedando frente a frente.

Quiero la verdad. – Ella tragó fuertemente saliva y desvió de nuevo sus ojos de los míos. – Mírame. – Pero no lo hizo.

Edward, suéltame. – Me suplicó. Pero yo decidí acercarme un poco más a su rostro. Estaba perdido, lo sabía. Estaba descubriéndome, pero ya no iba a volver atrás.

No, no voy a soltarte. No sé si lo que voy a hacer ahora acabará con nuestra amistad, pero ya no puedo reprimirme más. – Susurré.

La sentí temblar a medida que me acercaba más y más y cerré los ojos, sintiendo la calidez de su cercanía, el aroma que desprendía, su dulce aliento golpeando cada vez con más fuerza mis labios, hasta que los rocé con los míos y escuché un profundo suspiro.

Aquella sensación fue la más electrizante que jamás había sentido. Solo había sido un roce, un pequeño roce que había conseguido hacerme sentir más vivo que nunca. Me contuve, esperando su reacción, pero ella seguía paralizada, temblando y sin decir ni una sola palabra. Así que como ya me había descubierto, pensé en que ya no tenía nada más que perder y presioné mis labios con los suyos, acariciándolos en el acto.

Suavidad y más calidez. Mi corazón galopaba en mi pecho debido a las sensaciones que sus labios estaban causando en los míos y aquella sensación de inseguridad al ser consciente de que ella no reaccionaba.

Dios, sabían mejor de lo que había esperado. Quise probar más de aquel jugo que había considerado prohibido desde hacía tanto tiempo, así que tome su labio inferior entre los míos, deleitándome de nuevo.

Edward. – Consiguió pronunciar en un hilo de voz, sacándome de mi ensoñación.

Abrí los ojos esperándome un bofetón o algo similar, pero lo único que me encontré fueron los suyos cerrados y su agitada respiración. Tan quieta…

No sabía qué estaba pasando por su mente, pero mientras me permitiese beber de sus labios lo iba a aprovechar. Y así lo hice, los volví a probar pero de manera más demandante, obligándola así a que reaccionara de algún modo; besándome o gritándome. Hasta que en ese momento los suyos comenzaron a corresponder a las caricias que le otorgaban los míos, y como si una furiosa tormenta se hubiese desatado entre ambos el beso comenzó a intensificarse hasta el punto de abrazarnos como si la vida se nos fuera en ello.

Dudé por un segundo en que aquello fuese real y uno más de mis sueños me estuviese jugando una mala pasada, pero no podía ser, jamás la había sentido tan real, tan mía como en aquellos instantes.

Y no me sentí como el mejor amigo que besaba a su mejor amiga.

Aquello se sentía natural y correcto, como si nosotros dos hubiésemos nacido para estar juntos.

Edward. – Jadeó en mis labios sin mirarme. – Yo… yo… – Parecía querer excusarse por algo.

Me amas… – Le contesté yo con una sonrisa, mirándola fijamente. – Me amas tanto como yo te amo a ti. – Sus ojos se abrieron sorprendidos, iluminados, emocionados y me sonrió.

¿Cómo…? – Sus labios quedaron entreabiertos al formular aquella pregunta y su mirada me transmitía su asombro. No pude evitar dejar un beso más sobre ellos.

Que te amo, que siempre lo he hecho y que he sido un estúpido por no haberme dado cuenta antes de que tú sentías lo mismo por mí. – Susurré, dejando un beso más en sus labios.

Su mirada no dejaba de observar la mía; parecía analizarla a fondo para terminar confirmando lo que salía de mis labios en forma de palabras y deliciosas caricias. La sentí temblar de nuevo, antes de que una pequeña sonrisa se instalara en sus labios.

Sí, te amo. – Pronunció antes de volver a fundirnos en otro beso más.

La puerta de mi habitación se abrió de repente despertándome de mis recuerdos, dejando ver a mi madre con la toalla enrollada en la cabeza y un batín lila. Pensando en Bella, ni siquiera me había dado cuenta de que el CD había acabado.

–Hijo, dúchate. Pronto salimos a casa de tus tíos. – Me informó con una tierna sonrisa.

–Sí, claro, mamá. Se me ha ido el santo al cielo. – Como siempre pasaba cuando pensaba en Bella.

– ¿En serio nos vais a dejar plantados? – Preguntó mi prima con una pequeña sonrisa emocionada, como si estuviese muy complacida. Yo me encogí de hombros.

–Aún no he podido estar con Bella todo lo que me hubiese gustado, Alice. Ayer os presentasteis por sorpresa cuando iba a buscarla a su casa y…

–Lo comprendo, Edward, no tienes que darme explicaciones a mí. La verdad es que Jasper y yo también estábamos barajando esa posibilidad, tampoco hemos podido estar juntos tanto como habíamos querido. – Explicó de carrerilla.

La cena había estado genial. Ahora tanto mi madre como mi tía se encontraban hablando de los cambios que iban a hacerle a su propia empresa de decoración de interiores, mientras que mi padre y mi tío hablaban sobre el hospital.

Alice y yo nos encontrábamos frente a la televisión. Eran las once y cuarto solamente y estaba esperando la llamada de Bella, quien me había asegurado que cuando en su casa acabasen me llamaría para que fuera a recogerla.

–Tampoco es que haya echado mucho de menos Eclipse. – Dijo refiriéndose al pub donde algunas veces nos reuníamos todos, y al que supuestamente tenía que ir esa noche con Bella.

–Alice, no vayas. – Intenté aconsejarle.

Quería a mis amigos y deseaba estar con ellos también, pero había echado muchísimo de menos a Bella, y deseaba de todo corazón poder pasar unas horas tranquilamente solo junto a ella.

–Solo será una horita y poco más. No pienso estar más de dos horas allí. – Explicó ella.

–Yo no cambio dos horas con Bella por ir a Eclipse, si puedo pasarlas con ella. – Alice me sonrió.

–Se os ve tan enamorados.

–Me resulta muy difícil estar separado de Bella. – Le expliqué.

–Lo sé, recuerda que Jasper y yo estamos en la misma situación que vosotros. – Yo reí y asentí.

Justo entonces mi móvil comenzó a sonar y mi corazón brincó contento al leer de quien se trataba.

En cuanto colgué me despedí de mis tíos, de mis padres y de Alice y salí directo a casa de Bella.

Había estado todo el santo día como un animal enjaulado en mi casa queriendo ir a verla. Pero tampoco quería estorbar o molestar, ya que sabía que Renee debía necesitarla para organizar la cena. Por lo que me había contado Bella, una hermana de Charlie, Jeanette, había viajado desde Oregon para pasar Acción de Gracias en Forks, junto a su marido.

– ¡Hola! – Exclamó nada más verme esperándola fuera del coche colgándose de mi cuello y saludándome con un caluroso beso. Yo rodeé su cintura con mis brazos, atrayéndola a mi cuerpo.

No venía con ningún vestido especial, tan solo llevaba sus vaqueros y unas Converse, pero estaba preciosa igualmente.

–Hola, princesa. – Susurré contra sus labios, dejando un casto beso sobre ellos.

Abrí su puerta y ella se sentó con una radiante sonrisa, enseñándome todos sus dientes.

– ¿Les has dicho a tus padres que no vendrás a dormir esta noche? – Le pregunté encendiendo el coche. No me apetecía estar separado de ella, pero entre antes comenzara a conducir antes llegaríamos a mi casa.

–Ajá. – Respondió simplemente.

– ¿Qué ha dicho tu padre? – Le pregunté un poco temeroso.

Al principio fue difícil mirar a Charlie a la cara cuando recogía a Bella en su casa para que se quedara a dormir en la mía, pero todo fue cambiando poco a poco. Bella decía que su madre había intercedido también y que Charlie ya solo dejaba entrever algunos gestos de disgusto.

Ahora Bella ni siquiera pedía permisos, solo informaba.

–Nada. Aunque sigue avergonzándome un poco. – Dijo agachando la cabeza. – Digo lo de decir que me quedo a dormir en tu casa. – Aclaró.

–Pero es que yo quiero tenerte toda la noche conmigo. – Contesté llevando mi mano a su pierna. Ella puso la suya sobre la mía.

–De todas formas te conocen desde siempre, Edward. Saben que lo nuestro va en serio. – Explicó. – Sé que en el fondo mi padre está feliz de que esté con alguien que sabe que me cuidará. – Le sonreí.

–Siempre. – Le aseguré.

Aparqué frente a mi casa y casi corrí hacia la puerta del copiloto para ayudarla a salir y entrar por fin con ella, rodeando su cintura con mis brazos e importándome poco si nos tropezábamos uno con el otro. Lo único en lo que podía pensar en esos momentos era en besarla y abrazarla; en sentirla.

–No hay nadie, ¿cierto? – Susurró contra mis labios, rodeando mi cuello con sus brazos con fuerza, imprimiendo cada curva de su cuerpo en el mío.

Sentirla de aquella manera, después de tantas semanas, solo conseguía que mis ganas por volver a Boston se aniquilaran. Hubiese deseado quedarme en el recibidor de mi casa simplemente besándola y abrazándola, si eso hubiese significado que siempre estaría con ella.

–Nadie. – Mi susurro sonó pícaro a través de la sonrisa que mis labios dibujaron antes de volver a besar sus labios. Había deseado tanto que volviera a llegar el momento en el que volviésemos a estar así, tan unidos; casi fundidos el uno en el cuerpo del otro.

Ella solo sonrió mientras me besaba, dejando escapar un sonido sordo, a causa de la carcajada que mis labios habían impedido que saliera de los suyos. Volví a sonreír; estaba feliz.

Mis manos, las cuales no habían podido dejar de acariciar su espalda, su cuello y su rostro, realizaron un descenso urgente hasta sus nalgas, aferrándose a ellas en el acto y consiguiendo que mi miembro presionara inevitablemente su bajo vientre.

Un jadeo se escapó de sus labios de caramelo.

–Creo que deberíamos subir. – Murmuró urgente contra mis labios, sin dejar de besarme.

–Yo no lo creo, estoy más que seguro. – Contesté volviendo a incitarla una vez más con mi dureza.

Su gemido fue suficiente para tomarla en brazos. No podía esperar más, habíamos estado demasiado tiempo separados y no veía el momento en el que mi cuerpo volviese a sentir aquellas sensaciones increíbles que solo ella era capaz de ofrecerme.

Era difícil concentrarme en subir los escalones a toda prisa mientras ella se dedicaba a trazar una línea vertical con la punta de su lengua desde la base de mi cuello hasta el lóbulo de mi oreja mordiéndolo al final, provocando que mi entrepierna volviese a palpitar y yo tuviese que detenerme.

Me miró de manera inocente mordiéndose el labio inferior y provocándome más aún. Estaba seguro de que sabía qué armas tenía y cómo utilizarlas para volverme loco. No había otra explicación.

Le lancé una mirada de advertencia, sin que dejara de ser traviesa, y seguí con mi camino.

–Nos van a matar. – Murmuró Bella riendo entre dientes, enterrando su mano en mi cabello al mismo tiempo que sus labios besaban mi cuello, refiriéndose al "plan" que en teoría habíamos hecho con los chicos.

–Que nos maten, moriré feliz. – Contesté devolviéndole la sonrisa cuando llegué al piso de arriba y caminaba aun con ella en brazos hacia mi habitación.

–Mmm… – Ronroneó en mi oído cuando la dejé en el suelo, abrazándonos mientras pasábamos el umbral. –Te he echado mucho de menos, eso debería ser más que suficiente como explicación. – Murmuró sonriendo con la respiración agitada, con sus manos sosteniendo mi rostro, el cual se encontraba a escasos centímetros del suyo, acariciando con la punta de mi nariz la suya.

–Creo que Jake siempre la estimará como inválida. – Contesté al mismo tiempo que me deshacía de su jersey.

–Jake no tiene ni idea de lo difícil que es esto. – Se quejó poniéndose algo más seria, quitándome la sudadera.

La besé en cuanto la dejé caer sobre el parquet de mi habitación, al mismo tiempo que mis manos luchaban desesperadas por desabrochar el botón de mis vaqueros oscuros. Me imaginé que ella debía estar haciendo lo mismo con los suyos, puesto que no sentía la calidez de sus manos sobre mi piel.

En aquel momento solo sus labios calentaban mi alma y mi corazón, y prendían fuego descaradamente a todo mi cuerpo.

– ¿Te refieres a pasar tantos días sin hacer el amor con alguien como yo? – Pregunté divertido, separándome de ella para bajarme los vaqueros y la ropa interior.

Ella estaba haciendo lo mismo, incluyendo su sujetador y me quedé aturdido por unos segundos.

Se encontraba a escasos centímetros de mi cuerpo desnuda por completo y jamás hubiese imaginado que mi memoria visual fuese tan infiel a mis recuerdos. Era la primera vez que la veía así después de tantas semanas, y me sorprendí al darme cuenta de que la hermosura de su cuerpo, que creía clavada en mi retina, superaba las constantes evocaciones de mi memoria en Boston.

–Ajá… – Murmuró ella recorriendo con su mirada mi cuerpo de igual manera, antes de dar un lento paso hasta mí, y elevar su mano para acariciar mi mejilla, mientras la otra la entrelazaba con una de mis manos. –Jake no puede ser objetivo con todo lo que estamos viviendo y Mike… Mike ¡menos!

–Te propongo algo. – Susurré rodeando su estrecha figura con mis brazos, en un abrazo de lo más necesitado que unió nuestros cuerpos por completo.

Cerré los ojos, hundiendo mi cabeza en el hueco entre su hombro y su cuello y aspiré su fresco y excitante aroma, sintiendo como cada poro de mi piel reconocía al instante el suyo.

– ¿Qué? – Pronunció en un hilo de voz, al mismo tiempo que estrechaba más nuestro abrazo y dejaba un beso en mi hombro.

Mis manos acariciaron su espalda y descendieron hasta sus nalgas de nuevo. Una de ellas dio un apretón a la derecha, pero la otra descendió más y más, hasta encontrar aquel punto húmedo y cálido.

–Edward. – Suspiró.

–Dejemos de hablar de ellos ¡Te quiero con los cinco sentidos puestos en mí! – Dije sonriendo, cogiéndola y dejándola en la cama rápidamente, quedando sobre ella.

Su dulce aliento golpeó mi rostro debido a la carcajada que soltó por aquel movimiento inesperado, inyectando mi alma de felicidad y satisfacción. Yo solo pude sonreír mientras observaba sus ojos brillantes y excitados, y mientras sentía una de sus manos acariciar mi espalda y la otra mi trasero.

–Cuánto te he echado de menos. – Susurró cambiando la expresión de su rostro. Sus ojos se habían vuelto mucho más profundos y expresivos, transmitiéndome y verificándome lo que acababa de salir de sus labios. – No sé qué voy a hacer cuando tengamos que volver a separarnos. – Confesó llena de tristeza.

–Ey. –Susurré mirándola fijamente. En esos momentos no iba a permitirle que pensara en nada más que no fuésemos nosotros. Teníamos que disfrutar de nuestro tiempo juntos al máximo. Felices. – Siempre podemos jugar a las llamadas telefónicas. – Contesté intentando animarla un poco. Después rocé mi miembro erecto entre sus pliegues. Los dos jadeamos. – Ya sabes… – Continué elevando una ceja, esperando que me entendiera. Ella rio.

–Siempre y cuando Alice y Rose no estén presentes, me parece de lo más excitante. – Susurró sobre mis labios, lamiendo el mío inferior y excitándome más con aquel simple gesto.

–Cuánto te deseo, Dios. – Susurré llevando mis labios a su cuello.

Ella solo suspiró, dejando caer la cabeza hacia un lado para ofrecerme su cuello, el cual no dudé en lamer y besar como un profeso. Seguí descendiendo hasta encontrarme con sus pechos, llenos y redondos. Dios, sí la había echado de menos… ¡Mucho!

–Dios, Edward. – Murmuró cuando mis dientes atraparon uno de sus pezones.

Pero me sentía al límite esta vez, no podía más, quería sentirla ya, perderme en su interior sintiéndome suyo y sintiéndola mía. Alcé el rostro y me puse a la altura del suyo, observando su agitada respiración y acariciando con mi miembro de nuevo sus húmedas pliegues. Estaba claro que ella se encontraba en el mismo estado que yo.

–No aguanto más. – Confesé.

–Yo tampoco, hazlo. – Me pidió con urgencia.

La miré interrogante, sabiendo que ella sabría qué le estaba preguntando en silencio.

–Tranquilo, no tendremos sorpresas inesperadas, pero hazlo ya. – Volvió a pedir.

Sin más rodeos me adentré en ella, sintiendo el abrazo de su feminidad rodear mi excitación cálida y deliciosamente. Como había echado de menos la sensación de que volviésemos a ser solo una misma persona; tan unidos y pegados. Me encantaba sentir, al mismo tiempo, como su cuerpo se tensaba a causa de mi invasión, como sus dedos presionaban mi espalda y los míos el colchón, como sus ojos se cerraban con fuerza y abría su boca dejando escapar un sonoro gemido hechizada por aquella mágica sensación.

No pude librarme del embrujo que causaban en mí sus facciones, y tuve que besarla acariciando sus labios y su lengua profunda pero lentamente, transmitiéndole con ese beso lo que sentía por ella en esos momentos y cuánto la había echado de menos. Ella respondió a mi beso de la misma manera, hundiendo sus dedos en mi cabello y presionando mi cuerpo más al suyo con sus brazos. Su respiración agitada impactaba cálida sobre mi rostro, enfriando el salino sudor que desprendía mi cuerpo.

Una de mis manos seguía sosteniendo mi peso apoyada en el colchón para no agobiarla excesivamente con el mismo, mientras que la otra se deslizaba por su cuello, su pecho, su vientre plano, su cadera y seguía descendiendo hasta enroscarla en su muslo, indicándole que rodeara mis caderas con sus piernas, sin dejar de besarla.

Un gemido por parte de los dos fue ahogado por los besos, cuando al cumplir mis deseos, mi miembro resbaló más en su interior.

Me separé de ella jadeante, buscando un poco de aire para llenar por completo de nuevo mis pulmones y la miré de nuevo deseoso y lleno de necesidad y amor mientras mi mano se deslizaba en dirección ascendente por su muslo hasta tocar el punto en el que nuestros cuerpos se unían, rozando en el camino su punto más sensible y obligándola a entrecerrar los ojos.

–Me encanta esta sensación. Te amo. – Susurré antes de volver a besarla y comenzar a moverme, marcando el ritmo de mis envites.

–Edward… – susurró ella, desviando sus labios de los míos aun entreabiertos para, en un gesto que era indicador del inmenso placer que comenzaba a sentir, presionaba en caricias sus mejillas en las mías, su nariz, sus labios, volviéndome loco. – Edward… – Gimió cuando comencé a elevar el ritmo de mis envestidas.

Sus constantes jadeos acompañados en ocasiones por gemidos eran expulsados de su garganta directamente a mis oídos, ya que sus brazos se habían cerrado con fuerza en torno a mi cuello y su boca descansaba junto a mi oreja, dejando en ocasiones incitantes besos y mordiscos.

–Bella… – Gemí sin poder controlarme más. Mi respiración era un caso perdido, se había convertido en un continuo de jadeos incesantes que cada vez elevaban el ritmo en su sucesión.

Encarcelado en su cuerpo, así me sentía. Deliciosamente encarcelado y atrapado. Sintiendo su calor y sudor, el roce de su cuerpo, en especial de sus pechos, y su respiración agitada acompañada de aquellos gemidos que cada vez se hacían más presentes, anunciándome al igual que su centro, al sentir como se contraía a mi alrededor, que estaba llegando al mismísimo paraíso gracias a mí.

–Edward… Ya… – Consiguió susurrar, confirmándome mis sospechas.

Me separé de ella lo suficiente, aumentando incluso mis movimientos cada vez más desesperados, para mirar aquel punto en el que nuestros cuerpos se unían y gemí. Eso me encendía más aun si cabía: observar como entraba y salía de ella, mirar como su centro me engullía y al mismo tiempo ejercía presión a mi al rededor, cada vez más.

– ¡Dios! – Gruñí, aumentando más el ritmo, sintiendo la tensión abrasadora en los músculos de mis brazos.

Bella comenzó a gemir sin control, llegando a su ansiada cúspide y desvié esta vez mi mirada para observar su rostro contraído por el placer. Fue lo último que necesité para llegar a la mía.

Me tensé aguantando un par de segundos más, e intentando alargar su orgasmo, hasta que no pude soportarlo más y arremetiendo con ímpetu en su interior, por última vez, me dejé ir, llenándola de mí.

Con las respiraciones más que agitadas nos abrazamos mutuamente con fuerza, necesitados el uno del otro, conscientes de que el grado de compatibilidad entre nosotros seguía creciendo en número cuando aun pensábamos que ya no podía ser mayor.

Besé su mejilla y su frente antes de salir de su cuerpo, y la atraje a mí, sintiendo su espesa respiración aun y sus labios dejar dulces besos sobre mi pecho.

No quería volver.


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Pues aquí os dejo el capítulo II, espero que os haya gustado chicas... Y muchas gracias por vuestros reviews :) El lunes volveré a subir el siguiente.

Un besazo enorme!