Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer
Capitulo 10
Bella se despertó sudorosa, dolorida y desorientada. ¿Cuánto tiempo había estado durmiendo? Se frotó los ojos, intentando recuperar las fuerzas. Tenía la piel fría y húmeda y, por un momento, pensó que le habían cubierto la garganta con algo caliente y amargo. Se vio obligada a admitir que, fuera lo que fuera lo que la había dejado en aquel estado, lo había hecho con fuerza. Como estaba sola, gimió un poco mientras se sentaba. Y al mirar el despertador que tenía sobre la mesilla de noche, volvió a gemir.
Las dos y cuarto. Había dormido casi cuatro horas. ¡El señor Jorgensen! Desesperada, se levantó de la cama. Inmediatamente, comenzó a latirle la cabeza; un latido que parecía reproducirse en cada centímetro de su dolorido cuerpo. Se dio cuenta de que estaba empapada en sudor. Se inclinó para recoger sus vaqueros y tuvo que agarrarse a la cama para no caerse, esperando que pasara pronto aquel momento de debilidad.
Quizá todavía estuvieran allí, se dijo a sí misma. Quizá habían llegado tarde y en ese momento estaban en el establo, examinando a la yegua. Aquel día no había cepillado a Eve, pero Jorgensen ya la había visto en todo su esplendor. Y el veterinario... el veterinario no dudaría en certificar que era una yegua fuerte y saludable. Así que lo único que tenía que hacer ella era vestirse y bajar a disculparse.
Edward entró en ese momento en la habitación con una bandeja entre las manos.
-¿Vas a alguna parte?
-Son más de las dos -aunque débil, definitivamente, era una acusación.
-Tienes toda la razón -dejó la bandeja en la cómoda y la miró. El camisón resbalaba ligeramente por su cuello, dejando uno de los hombros al descubierto. Un hombro liso y esbelto. El resto de su cuerpo era igualmente delgado, desde las piernas de bailarina hasta sus senos erguidos y suavemente redondeados.
Un hombre tenía derecho, se dijo Edward a sí mismo, a sentir una ligera tensión, un ligero calor, una ligera ansiedad al enfrentarse a una mujer medio desnuda y a una cama deshecha. No tenía por qué atribuirle a aquella reacción nada personal.
-Esta es la primera vez que te veo con menos de tres capas de ropa encima.
-Estoy segura de que estoy deslumbrante.
-En realidad tienes un aspecto infernal. ¿Por qué no vuelves a la cama antes de que te desmayes?
-El señor Jorgensen...
-Un hombrecillo interesante -terminó Edward por ella. Se le acercó, le quitó los vaqueros de las manos y los arrojó a la silla-. Hablaba de los caballos con más pasión que de su esposa -la condujo hasta la cama mientras hablaba.
-¿Todavía está aquí? Tengo que hablar con él.
-Ya se ha ido -respondió Edward mientras le ahuecaba la almohada.
-¿Que se ha ido?
-Sí. Ponte esto. He conseguido encontrarlo en medio de unas cuantas botellas de antiséptico y decenas de cajas de tiritas de colores.
Bella rechazó el termómetro mientras intentaba concentrarse en cuál iba a ser su siguiente movimiento.
-Puedo hablar con él y concertar otra cita. ¿Le has explicado por qué no podía bajar? No puedo creer que lo haya dejado plantado. El veterinario... ¿El veterinario...?
Edward le metió el termómetro en la boca y le agarró las manos antes de que pudiera sacárselo otra vez.
-Cállate -cuando Bella comenzó a farfullar, le tomó la barbilla con la otra mano-. Mira, si quieres enterarte de lo que ha pasado con Jorgensen, tendrás que dejarte el termómetro en la boca y mantenerla cerrada, ¿de acuerdo?
Bella se dejó caer en la cama, cada vez de peor humor. Edward le estaba hablando como ella podría haber hablado a cualquiera de sus hijos. Pero comprendiendo que no tenía alternativa, asintió.
-Estupendo -le soltó las manos y fue a buscar la bandeja.
Bella, se sacó inmediatamente el termómetro de la boca.
-¿El veterinario ha examinado a Eve? Necesito...
-Métete eso en la boca o me iré sin contestar a ninguna de tus preguntas -después de colocarle la bandeja en el regazo, se levantó y esperó. Experimentó una agradable sensación de satisfacción al ver que Bella por fin obedecía-. El veterinario ha dicho que Eve está perfectamente, que no prevé complicaciones y que el parto será en menos de una semana.
Bella se llevó la mano al termómetro. Pero bastó que Edward arqueara una ceja para que se detuviera.
-En cuanto a la otra yegua, ¿Gladys se llama? -después de que Bella asintiera, sacudió la cabeza-. Menudo nombre para un caballo. En cualquier caso, también está perfectamente. Jorgensen me ha dicho que te diga que te llamará cuando haya nacido el potro para hablar de la venta. Y también ha comentado -continuó Edward, agarrándola por la muñeca al advertir que pretendía quitarse el termómetro-, que tiene un par de nombres que darte. Al parecer, hay gente que podría estar interesada en el otro potro. Y yo tengo la sensación de que él mismo estaría interesado si su mujer se lo permitiera. ¿Satisfecha?
Bella cerró los ojos y asintió. Estaba sucediendo, estaba sucediendo de verdad. El dinero de los potros le serviría para pagar el resto del crédito que se había visto obligada a aceptar tras la muerte de Jacob. Pronto saldaría su deuda y, en un año o dos, podría volver a disfrutar de cierta estabilidad económica. Aunque era ridículo, le entraron ganas de llorar. Quería enterrar la cabeza en la almohada y llorar hasta que aquellas lágrimas de alivio borraran todas las preocupaciones pasadas. Mantuvo los ojos cerrados y esperó hasta que hubo recuperado la compostura.
Qué mujer más extraña, pensó Edward. ¿Qué sentido tenía que se emocionara por la venta de un par de caballos? Estaba seguro de que conseguiría venderlos a buen precio, pero representaría muy poco al lado de la herencia que seguramente había heredado de Black. El dinero debía ser muy importante para ella, decidió. Aunque no sabía en qué demonios se lo gastaba.
En los muebles, quizá. Aquella cama era por lo menos del siglo dieciocho y no era un objeto que se encontrara en una tienda de saldos. Y en los caballos, por supuesto. No se habría comprado aquellos caballos con una canción y una sonrisa. Miró el armario. Apostaría un buen puñado de dólares a que parte del dinero estaba allí colgado.
Cuando Bella volvió a abrir los ojos, Edward le sacó el termómetro de la boca.
-Edward, no sé qué decir.
-Humm. Tienes cuarenta de fiebre. Parece que has batido el récord.
-¿Cuarenta de fiebre? -el tono de gratitud desapareció de su voz-. Eso es ridículo, déjame ver.
Edward apartó el termómetro de su alcance.
-¿Siempre eres tan mala paciente?
-Nunca me pongo enferma. Tienes que haberlo visto mal.
Edward le tendió entonces el termómetro y la observó fruncir el ceño.
-Bien, supongo que eso debería hacerte sentirte mucho peor -le quitó el termómetro, lo sacudió y lo guardó en su estuche-. Ahora, ¿puedes comer sola o quieres que te ayude?
-Creo que me las podré arreglar sola -fijó la mirada en la sopa que humeaba en la bandeja sin ningún apetito-. Normalmente no almuerzo.
-Pues hoy tendrás que hacerlo. Tienes que beber mucho líquido. Inténtalo primero con el zumo.
Bella tomó el vaso que le tendía y suspiró. No le extrañaba que estuviera tratándola como a uno de sus hijos. Se estaba comportando como una niña.
-Gracias. Y siento quejarme tanto. No me gusta ser quisquillosa, pero tengo tantas cosas que hacer... Y estando aquí tumbada es imposible que las haga.
-Eres indispensable, ¿no?
Bella volvió a mirarlo. En sus ojos apareció algo distinto. Emoción, esperanza, preguntas quizá... Edward no supo determinar lo que era.
-Simplemente, soy necesaria.
Lo dijo con tanta desesperación, que Edward se acercó para acariciarle la mejilla antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo.
-Entonces será mejor que te cuides.
-Sí -tomó la cuchara e intentó mirar la sopa con algún entusiasmo-. Soy una paciente terrible, lo siento.
-No te preocupes, yo también.
Para complacerlo, empezó a comer.
-No tienes aspecto de enfermar demasiado.
-Por si te hace sentirte mejor, tuve la gripe hace un par de años.
Bella sonrió; había un brillo burlón en su mirada.
-Pues sí. En cualquier caso, estoy más acostumbrada a hacer yo de médico. Los niños tuvieron la varicela en septiembre. La casa parecía un hospital. Edward... -había estado preparando ese momento desde hacía algún tiempo. Mientras removía la sopa, reunió el valor que necesitaba para abordarlo-. Siento lo de anoche y lo de esta mañana.
-¿Qué es lo que sientes?
Bella alzó la mirada. Edward parecía tan relajado, tan impertérrito. Al parecer, en él las discusiones violentas no dejaban ninguna huella de culpabilidad. Pero Edward no había mentido y ambos lo sabían. Al igual que ambos sabían que ella continuaría mintiendo.
-He dicho cosas que no pretendía decir. Siempre lo hago cuando me enfado.
-Quizá seas más honesta de lo que piensas cuando te enfadas -estaba tenso. Sin embargo, también parecía estar desconcertado y, de alguna manera, confundido por sus palabras-. Escucha, Bella, pretendo seguir presionándote, pero también yo tengo escrúpulos. Y no voy a seguir discutiendo contigo hasta que no te hayas recuperado.
Bella no pudo menos que sonreír.
-De modo que mientras esté enferma, estoy a salvo.
-Algo así. No estás comiendo nada.
-Lo siento -dejó la cuchara en la bandeja-. No puedo.
Edward levantó la bandeja y la dejó al lado de la cama.
-¿Nunca te han dicho que te disculpas demasiado?
-Sí -sonrió otra vez-. Lo siento.
-Eres una mujer muy interesante, Bella.
-¿De verdad? -se sentía tan bien estando acurrucada en la cama. Helada, se tapó hasta la barbilla. Era increíble, estaba cansada otra vez, tan cansada que no le habría costado nada cerrar los ojos y quedarse dormida-. Siempre he pensado que era bastante aburrida
-Aburrida...
Edward bajó la mirada hacia sus elegantes manos y recordó la eficacia con la que trabajaban. Recordó Bella a aquella mujer con el visón blanco y diamantes resplandecientes en las orejas y pensó en Bella haciendo la colada. No era una mujer aburrida. No era una mujer en aburrida en absoluto.
-En mi archivo, tengo una fotografía que te hicieron en Monte Carlo. Ibas envuelta en un visón blanco.
-El visón blanco -sonrió somnolienta mientras sentía cómo iban abandonándole poco a poco las energías-. Me hacía sentirme como una princesa. Era fabuloso, ¿verdad?
-¿Era?
-Mmm. Como una princesa.
-¿Dónde está?
-En el tejado -contestó, y se quedó dormida.
¿En el tejado? Tenía que estar delirando si pensaba que el abrigo de visón estaba en el tejado. Musitó algo cuando Edward la arropó.
Una mujer muy interesante, pensó el escritor mientras volvía a mirarla. Y lo único que tenía que hacer él era llenar todos los espacios que quedaban en blanco.
Que tal hasta ahora ? Que habra querido decir Bella con lo del vison en el tejado ? jajaja
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