.
Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer
EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA
.
VI
.
.
Sentí las pequeñas y finas – casi como puntas de alfileres – gotas de lluvia posarse sobre mi rostro delicadamente y el viento acariciar mis mejillas y mis manos. En algunas ocasiones de manera más intensa que en otras, los susurros de las hojas de los árboles al rozarse entre ellas. También el calor de su mano rodeando una de las mías, su delicioso y adictivo aroma acompañando al viento y llenando mis fosas nasales con él, y el poder de su mirada clavada en la mía, observándome con una ligera sonrisa imborrable.
Cerró los ojos, estrechando un poco más fuerte mi mano y acercándose más a mí, consiguiendo que sintiera también el calor de su cuerpo a mi lado, tumbados sobre una manta en la hierba de nuestro prado. Y yo imité su gesto.
Era algo mágico, sin duda. Lo único que necesitaba era tenerla a ella a mi lado, en nuestro prado, sabiendo con certeza que estaba conmigo y que al menos lo estaría unos días más antes de volver a separarnos. Respiré de manera honda, llenando mis pulmones del aire puro que nos rodeaba y disfrutando en el acto. Si había algo que echaba de menos en Boston era esto.
–Es como si nunca hubiésemos dejado de venir; como si el tiempo no hubiese pasado, ¿verdad? – Murmuró ella. Yo abrí los ojos encontrándome los suyos aun cerrados. Sonreí, y llevé mi mano libre a su mejilla, cambiando mi postura para adoptar una lateral y poder mirarla mejor. Ella abrió los ojos y sonrió también.
–Es cierto. Este sitio es mi preferido. – Se mordió el labio, sonriendo aun, llena de dicha. ¿Podía estar cada vez que la veía más hermosa?
– ¿Por qué? – Preguntó moviendo nuestras manos juntas y cambiando su postura quedando de lado también, poniendo su mano en mi cintura y acercándose más a mí.
–Lo descubrimos juntos siendo unos niños en nuestras numerosas expediciones cuando nos perdimos. Aún recuerdo lo enfadado que estaba tu padre cuando nos encontró. – Ella soltó una carcajada, provocando que yo riera también.
–Carlisle también lo estaba. – Comentó ella.
–Sí, pero creo que Charlie casi me mata. Admito que pasé miedo. – Dije poniéndome serio, tensando un lado del labio en una mueca de miedo. Ella volvió a reír y yo solté nuestras manos acercándome más a ella para dejar un beso en su frente y abrazarla.
– ¿Y por algo más? – Sabía a qué se estaba refiriendo. Se mojó el labio inferior con su lengua, intentando disimular una sonrisa.
–Te hice mía por primera vez aquí. Y me hiciste tuyo también, ¿hay algo más especial que perder la virginidad juntos en un lugar así? – Ella sonrió.
–Fue tan bonito. – Concordó conmigo, acercándose para besar mis labios dulcemente.
–Y al final fue frío también. Creo que Charlie también querría matarme por ello. Quizás tenía que haberte llevado a algún hotel con chimenea. – Ella rio dándome un manotazo en el hombro.
–No, fue precioso. Con el cielo estrellado. – rio entredientes. – ¡El cielo estrellado en Forks! – Dramatizó. Los dos reímos.
–Realmente tenía que pasar.
–Aunque mi padre pensase que estábamos paseando y que después nos encontraríamos con los chicos. – Fruncí los labios.
–Mmm. Creo que tu padre tiene más de una razón para querer matarme. – Los dos volvimos a reír.
Escuchar su risa era uno de los sonidos que más amaba en la vida y en esos momentos, después de dos horas de reencontrarnos, podía afirmar que Bella era la felicidad personificada y me encantaba ser la principal razón de esa dicha. Nos abrazamos con fuerza, queriendo fundirnos el uno en el otro.
Podía olerla mejor, embadurnarme en su aroma mientras su calor calaba también en mi cuerpo y en mi alma. No había nada mejor que estar entre sus brazos. Al mismo tiempo que escuchaba su respiración, sentía sus labios dejando pequeños besos en mi cuello y sus manos acariciarme.
–No sé cómo voy a poder seguir con esto. Es tan difícil. – Murmuró contra mi cuello después de unos segundos. Yo la abracé más, y por un momento me sentí desanimado y triste, compartiendo su duda.
–Yo tampoco sé cómo puedo hacer mi día a día sin ti, Bella. Te quiero demasiado. – Musité en su oído, dejando un beso debajo de su oreja. Ella como contestación dio un pequeño mordisquito a una de las mías, obligándome a sobresaltarme.
–Podemos hacer esto. – Su tono había cambiado a otro más ronco. Bella… Siempre acababa siendo ella la que me animaba. – Sé que podemos. – Musitó, llevando sus manos a mi rostro y mirándome con determinación. – Nos queremos, eso es lo único que necesitamos: Amor. – Yo sonreí y me acerqué mirando sus labios para rozarlos con los míos. – Ahora quiero que me hagas revivir la primera vez que hicimos el amor aquí. No puedo aguantar más esto, cariño. – Murmuró, al mismo tiempo que nos movía y se ponía a horcajadas sobre mí, sin importarle si movía la manta que descansaba sobre nosotros, rozando su feminidad con mi hombría, demostrándome en ese momento a qué se refería.
Dios, era la primera vez que me llamaba así desde que habíamos vuelto a vernos y qué bien se sentía poder escuchar ese "cariño" de sus labios mirándola a los ojos. Éstas dos semanas, después de que Mike volviese a Forks, habían sido realmente geniales y me sentía mucho más querido por ella con esas simples menciones cariñosas.
–Bella. – Susurré besándola. – Hace frío.
–Solo quiero sentirte. – Su voz volvió a sonar baja y ronca al mismo tiempo que repartía besos y mordiscos en mi cuello, provocando que mi excitación creciese al instante.
–Podemos hacer esto en mi casa, en mi habitación, sin que puedas enfermar. – Le dije jadeando, temiendo que acabase resfriándose. Ella se había entretenido empezando a subirme la sudadera y camiseta interior y besando mi clavícula mientras tanto.
Sabía que si en el fondo quería detenerla debía haber evitado que empezase a hacerlo, pero en esos momentos no podía dejar de ser egoísta por otra parte. Yo también necesitaba estar con ella.
–Tú sabes hacerme entrar en calor perfectamente. – Susurró volviendo a mi boca, sobre mis labios, al mismo tiempo que llevaba una mano a mi miembro y lo presionaba por sobre la tela de mi vaquero. Gemí sin poder evitarlo.
–Dios, Bella. – Jadeé. – No me ayudas a querer protegerte en absoluto. Tienes el poder de terminar con mi autocontrol con una simple caricia. – Murmuré volviéndola a besar, pasando mi lengua por su labio inferior, y después encontrándome con la suya en el exterior; fría, pero placenteramente suave y húmeda. Podía notar su mano aun en mi entrepierna tentándome.
–Me gusta tener ese poder sobre ti. Me da seguridad. – Mis manos presionaron su cintura y conseguí quedar sobre ella en un rápido movimiento. Ella me miró entre sus pestañas, tan inaguantablemente hermosa que no pude evitar elevar una de mis manos para acariciar su mejilla.
–Eres la única capaz de conseguirlo. – Le dije, acercándome para volver a besarla.
Sin más preámbulos ella terminó de quitarme la sudadera con la camiseta, paseando sus manos por mi pecho, y yo quité su jersey, dejándola con un sujetador de algodón turquesa; un color que me encantaba como quedaba en su piel.
Nuestros labios se encargaron de evitar que habláramos. Únicamente eran necesarias nuestras caricias, el roce de nuestros labios y nuestras lenguas, nuestros jadeos y sus gemidos; el calor y la humedad que desprendían nuestros cuerpos a pesar de la temperatura en el prado.
Con eso teníamos suficiente para comunicarnos, para saber qué era lo que queríamos, para estar a gusto.
Conseguí ponernos la manta encima cuando me deshice de sus pantalones y sus braguitas y la miré de nuevo.
Parecía un hada. Una criatura fantástica y preciosa que había crecido en aquel prado: nuestro prado.
Su cabello castaño estaba esparcido en la manta de abajo, alborotado. Sus pupilas estaban dilatadas y el color marrón de sus iris se había aclarado un poco. Sus mejillas lucían preciosas con ese rubor y sus labios hinchados y rosados, dejando escapar pequeños y silenciosos jadeos.
Me replanteé inconscientemente en aquel momento si algo tan puro y precioso debía ser profanado de aquella manera, pero por suerte fue un pensamiento fugaz. Un pensamiento que se esfumó en cuanto vi una de sus aureolas fuera de la copa de su sujetador.
Solo ella podía mostrarse tan inocente y sensual al mismo tiempo. Casi no me dio tiempo a reaccionar cuando ya había bajado mis pantalones y mis boxers y estaba colocado en su entrada húmeda y caliente.
Ella gimió cuando presioné conscientemente la punta hacia su interior, disfrutando de aquella sensación y obligándome a cerrar los ojos. Sus piernas se cerraron con fuerza en torno a mi cintura, queriendo que mi miembro se clavara más profundamente.
–Edward, te necesito, por favor. – Jadeó. Sus manos ahora estaban en mis mejillas. Podía sentirlas cálidas, al mismo tiempo que las presionaba tratando que le prestara atención.
Abrí mis ojos encontrándome los suyos clavados en los míos suplicantes. Volvió a ejercer fuerza con sus piernas y empujó su cadera contra la mía, consiguiendo que mi miembro se deslizara un poco más en ella al mismo tiempo que giré mi cadera por puro instinto.
–Bella. – Murmuré disfrutando del momento y llevando una de mis manos a su clítoris.
–Oh, Dios. – Gimió. – ¿Cómo has hecho eso? – Preguntó en un jadeo casi inaudible, tenía la voz apagada y ronca.
– ¿El qué? – Pregunté confuso. – ¿Esto? – Mis dedos volvieron a rozar su clítoris y ella volvió a jadear.
–No. – Dijo, negando a la vez con la cabeza. –Dios, vuélvelo a hacer. – Sus brazos rodearon mi cuello y retiró sus caderas.
Confuso, debido a que no sabía a qué se estaba refiriendo y encendido por su expresión lujuriosa me deslicé en su interior, esta vez hasta colmarla. Ella gimió.
–No, no. Así no. – Se quejó.
–Dios, Bella, vas a volverme loco. – Protesté yo también.
–Despacio. – Suspiró. – Haz ese movimiento de antes.
Volví a salir y entré en ella de nuevo girando mi cadera de la misma manera de antes. Intenté no dejarme llevar por mi propio placer porque quería saber qué demonios le había pasado y por qué le había gustado tanto.
Cogió mi mano, la cual había llevado a su cintura y la volvió a llevar a su punto más sensible.
–Ahora, despacio. – Me pidió.
Me deslicé en ella tal y como me había pedido al mismo tiempo que presionaba hacia abajo su clítoris.
– ¡Ya! Oh Dios, vuélvelo a hacer. – Su voz volvía a sonar débil y enloquecedoramente sexual.
Iba a ser sin duda un trabajo difícil para mí el contenerme y no enterrarme en ella hasta el final.
–Bella, no tengo tanto autocontrol, te lo he dicho. – Le dije jadeante. – Te pasa por ser tan malditamente deseable. – Susurré jadeante, con dificultad, llevando mis labios a los suyos.
Ella me respondió con un beso voraz, lleno de necesidad.
–No puedo esperar más. – Dijo entre besos, moviéndose y provocando que saliera de ella para sentarse sobre mí. – Si tú no vas a complacerme, tendré que obligarte a hacerlo. Eso ha sido increíble, y quiero más. – Yo reí sobre sus labios.
–Te amo. – Ella me sonrió, al mismo tiempo que se elevaba y se deslizaba por mi miembro despacio girando su cadera.
–Tócame. – Me pidió. Mi mano de nuevo se deslizó entre nuestros cuerpos hasta llegar a ese punto que deseaba que yo presionara.
Sin esperar más comenzó a moverse.
Al principio parecía relajada, cerró los ojos y entreabrió sus labios, echando su cabeza hacia atrás y disfrutando de nuestras íntimas caricias. Pero después sus brazos me rodearon con fuerza el cuello y se presionó contra mí, comenzando a moverse más rápidamente al mismo tiempo que profundizaba mi invasión. Quité mi mano de su clítoris, queriendo sentirla más cerca de mí, queriendo abarcar su cuerpo entre mis brazos, pero un rotundo "¡No!" salió con fuerza de entre sus labios acompañado de un gemido frustrado.
–Oh, Dios, Edward. – Gimió de nuevo casi en un grito ronco.
Podía sentirla ardiendo contra mi cuerpo y el suyo transpiraba más que nunca.
Intenté encontrarme con ella entonces en cada estocada con mis caderas, consiguiendo que su placer se incrementara.
–Oh, sí, sí. Edward.
–Bella.
Estaba empezando a tensarme y sentía mi brazo cansado a causa de que mi mano seguía trabajando incansablemente en su clítoris, pero no importaba, jamás la había visto así. Nunca en la vida.
–Dios, esto quiero. – La escuché susurrar.
No pude soportarlo más, me derramé en ella, sintiendo al mismo tiempo el potente orgasmo que azotó a mi cuerpo. Ella pareció sentirlo al mismo tiempo porque sus gemidos y los sonidos que salían de su garganta querían demostrarlo.
Nos abrazamos con fuerza el uno al otro. Yo sin poder moverme y Bella aprovechándose hasta cuánto pudiera de la dureza de mi miembro.
–Ha sido maravilloso. – Dijo jadeando, escondiendo su cara en mi cuello al mismo tiempo que me abrazaba.
Me tumbé sobre ella en la manta, sintiendo el aire frío en mi espalda. Así que cogí la manta que habíamos olvidado, temiendo que pudiéramos resfriarnos. Así pasamos algunos minutos, hasta que nuestros corazones y nuestras respiraciones se calmaron y los dedos de Bella se enterraron en mi cabello.
–Ha sido increíble. – Fruncí el ceño. Tenía una ligera expresión de disculpa en el rostro.
– ¿Por qué tienes esa expresión como si te sintieses culpable de algo? – Le pregunté sin pensármelo dos veces.
– ¿No te ha molestado? – Preguntó volviéndose a llevar su labio entre los dientes. Yo reí y llevé mis labios a los suyos, consiguiendo que lo soltara.
– ¿Por qué tendría que molestarme? Eres preciosa, siempre. No entiendo a qué te refieres.
– ¿He sido un poco autoritaria? – Suspiró. – Lo siento si… no sé.
–Eres... – La besé en los labios. – Nunca te avergüences de pedir lo que te dé más placer, ¿de acuerdo? Quiero que explotes. – Le confesé. – Quiero saberlo todo.
–No es que lo haya disfrutado más, pero no sé, ha sido diferente... – Me besó en los labios. – Bueno, la verdad es que ha sido el mejor orgasmo que he tenido hasta ahora. – Reí antes de volverla a besar.
Me encantaban ese tipo de confesiones entre nosotros. Hacían más real nuestra relación, más fuerte y natural. Respiré hondo, sonriendo ampliamente, y la abracé con fuerza.
Era lo que más echaba de menos en Boston. Tenerla así, tan cerca de mí. Allí la tenía a kilómetros de distancia físicamente, y era algo que realmente me dolía. Abrazarla y tenerla cerca de mí era una necesidad, y odiaba no poder abrazarla cuando quisiera, pasear de la mano, o besarla cuando me apeteciera.
Pero al menos nos quedaba el teléfono. Y su voz junto a sus palabras podían llegar a consolarme.
…
– ¡No, no! – Exclamaba Bella al mismo tiempo que reía corriendo por la arena en La Push, tratando de escapar de mí.
– ¡Te vas a enterar! – Le contesté yo, casi alcanzándola y permitiéndole un poco de ventaja. Llegar hasta ella sería muy fácil si de verdad me lo propusiera.
– ¡No seas mariquita! – Escuché decir a Mike a lo lejos, dejando escapar una carcajada, la cual se reunía a la de los demás.
Bella seguía corriendo con todo su empeño. Sabía que algún día pasaría y ese día había sido hoy. A alguna de las chicas, no sabía a quien de ellas, se le había escapado en algún momento en el que yo estaba ausente, que yo me excitaba cuando miraba a Bella dormida, y por supuesto eso les hizo muchísima gracia a los chicos.
La broma la había soltado Emmett y todo el mundo ya lo sabía. Solo lo había dejado salir para mofarse un poco de mí. ¿Es que acaso ellos no se excitaban viendo a sus chicas dormir? Había sido el protagonista, por unos minutos, de algunos comentarios que trataban de burlarse de mí. Solo una mirada bastó para que Bella se levantase de mi lado y comenzase a correr tratando de escapar de mí.
No me importaba en absoluto lo que pensasen los demás. Realmente había estado haciéndome un poco el ofendido intencionadamente para jugar con ella.
– ¡Edward, perdón, perdón, perdón! – Repetía Bella con la respiración agitada.
Aceleré mis pasos hasta alcanzarla y cogerla de la cintura para tumbarla en la arena y quedar sobre ella. El sol se había escondido entre las nubes hacía poco tiempo.
–Perdón, perdón, perdón. – Volvía a repetir, sin dejar de sonreír.
– ¿Perdón…? ¿Contando secretos que a nadie le incumben? – Intentaba parecer serio, pero mi voz me delataba. Era baja y ronca.
–No lo haré más. De verdad. – Dijo ella jadeante a causa de la carrera. Yo sonreí y negué con la cabeza.
–Más te vale. Creo que más tarde te lo haré pagar. – Le susurré acariciando con la punta de mi nariz su mandíbula.
Su respiración se hizo algo más pesada y dejé que mis labios vagasen por su cuello en dirección ascendente hasta su boca. Los suyos me recibieron dulces y tiernos. Odiaba no poder tenerlos todos los días en Boston.
– ¡Eh! ¡Se suponía que habíamos quedado para estar todos juntos! – Escuché el grito de Mike.
Me separé de Bella y la miré poniendo los ojos en blanco.
–Tiene razón. Anda, vamos. – Murmuró Bella, dejando un beso más en mis labios y empujando mi pecho con sus manos, obligándome a levantarme.
Los siguientes días pasaron realmente rápidos. Había tenido tiempo de estar con mis padres, con mis amigos, de respirar el aire fresco que los árboles de Forks ofrecían a mis pulmones, de las, a veces, irritantes gotas de lluvia que las nubes dejaban caer… Pero no me había bastado el tiempo con Bella.
Habíamos vuelto a pasear solos por la Push, nos habíamos tumbado en la arena igual que habíamos hecho en otras ocasiones en el prado. Me había reído a carcajada limpia con ella y habíamos estado más serios hablando sobre la falta que nos hacíamos. Habíamos ido a cenar y a pasear para ver los adornos navideños de las calles de Port Angeles, y allí nos tatuamos en el interior del dedo anular la mitad de un pequeño corazón que se podía ver entero si entrelazábamos las manos. Fue un gesto absolutamente impulsivo, pero del que no me arrepentiría jamás. "Me apetece mucho. Es discreto y nadie sabrá qué es en el caso de que vean algo. Solo nosotros". Eso y su sonrisa ilusionada fue lo único que necesité para acceder a sus deseos.
También habíamos pasado tiempo en familia, decorando los árboles de navidad como mejor sabíamos. Había venido algunas tardes a casa y nos habíamos puesto a ver la televisión con mis padres o solo con mi madre. En ocasiones la había dejado hablando con mi madre mientras yo me había ido a duchar. Pero también había sido yo el que había ido a su casa a pasar algún tiempo con sus padres.
Por primera vez me había separado de mi familia para pasar Nochevieja con Bella y su familia, aunque ella había hecho lo propio conmigo en Nochebuena. Habíamos pasado tiempo juntos disfrutando de los dos y habíamos estado felices, por eso me sorprendió que, cuando la llamé la última noche, ella no hubiese querido quedarse a dormir en casa como siempre hacíamos antes de volver a separarnos. Se había disculpado diciendo que no se encontraba bien y que no quería ahondar más en su tristeza. Su reacción me pareció extraña, pero efectivamente su voz no se escuchaba como siempre, parecía apagada, como si hubiese estado llorando desde hacía un buen rato. Y eso me quemaba por dentro, porque quería consolarla y ella no me dejaba.
A partir de ese instante, algo extraño que jamás había sentido se instaló en mi pecho, y parecía haberse llevado todo su equipaje, porque no tenía ninguna intención de desalojarlo. Era una sensación extraña, una especie de alarma que intentaba anunciarme algo que yo intentaba ignorar.
Esa noche di muchísimas vueltas recordando la voz de Bella. La había rememorado una y otra vez. Me había dado cuenta de la tristeza que la teñía. No quería que ella estuviese así por nosotros, por la distancia que nos separaba.
Pero había algo más extraño en mí. Esa sensación en el pecho y en la boca del estómago, tratando de llamar mi atención, prohibiéndome pegar ojo esa noche.
…
– ¿Has cogido el cargador del móvil? – Preguntó mi madre colocándome bien la sudadera y después quitándome la gorra, al mismo tiempo que yo me ponía la cazadora.
–Sí, mamá. – Respondí quitándole la gorra de las manos y volviéndomela a poner.
– ¿La ropa interior? ¿Los calcetines? ¿Llevas el pijama? – Volvió a interrogarme con esa dulce voz. Yo suspiré sonriendo, dejando que ella pasase sus manos, esta vez, por el cuello de la cazadora, para colocármelo.
–Sí. Mamá, he dejado cosas en Boston y te recuerdo que no duermo en pijama. – Ella sonrió y me miró con esos cristalinos ojos verdes suyos expresivos.
–Tienes muy mal aspecto ¿No vas a contarme que ha pasado con Bella? – La sonrisa de mi cara se esfumó y un nudo se instaló en mi garganta antes de caminar hacia la maleta y cerrarla con cremallera.
Efectivamente no había podido pegar ojo en toda la santa noche, porque esa sensación se había arraigado con tanta fuerza en mi corazón que me había sido imposible hacerlo. Suspiré tratando de ignorarla. No iba a poder conmigo. Lo único que necesitaba era ver a Bella y mirarla a los ojos.
–No es nada, mamá. No se encontraba muy bien y por lo visto no quiso venir para no pasarlo tan mal. – Hablé dándole la espalda y mirándome el medio corazón que por sí solo no parecía más que una línea curva sin ningún significado. Necesitaba su otra mitad. Cogí mi maleta y caminé hacia la puerta de mi habitación pero antes de que pudiera salir me tocó el brazo, consiguiendo detenerme.
–No puedo negar que me preocupa, hijo. Ella no es así. ¿Estás seguro de que no ha pasado nada más? – Volvió a preguntarme.
No, no estaba seguro pero tenía que ignorar esa sensación. Todo estaba bien entre nosotros porque no había pasado nada por lo que tuviera que preocuparme. Así que respirando hondo, la miré con una pequeña sonrisa y me incliné para besar su frente.
–Seguro, mamá. Y déjame bajar ya, quiero poder verla unos minutos. – Dije mientras bajaba las escaleras.
Por lo menos, ella había aceptado de inmediato que le hiciese una visita por la mañana para despedirnos, era lo menos que podíamos hacer. Por eso antes de que me dirigiera al aeropuerto iba a pasar por su casa con mis padres. Ella iba a coger su avión más tarde.
La maldita sensación se apoderó de mí en el coche, haciéndose notar cada vez más a medida que nos acercábamos a su casa. Era como una extraña prevención, una señal, algo que no sabía identificar pero que seguía en mi pecho torturándome.
Mi padre se detuvo frente a la casa de los Swan y en ese instante quise salir corriendo. Algo no estaba bien, y aunque quería alejarme para dejar de sentir esa horrible sensación, no podía evitar tampoco desear saber la razón de mi estado.
– ¿Edward? – La voz preocupada de mi madre me hizo pestañear, dándome cuenta de que me había quedado mirando la casa de Bella sin llegar a hacer nada más.
– ¿Estás bien, hijo? – Me preguntó esta vez mi padre. Yo intenté sonreír y asentí, saliendo del coche y dirigiéndome hasta la entrada.
Sentía como las piernas me pesaban y el corazón latirme frenéticamente bajo el pecho. Esto jamás me había pasado.
Intenté pensar en que eran ideas mías. Pero el miedo a que pasase algo más reapareció al pensar que Bella había rechazado pasar la noche anterior conmigo antes de volver a separarnos por algo más. No podía dejar que mis estúpidas ideas me enfermaran. No estaba pasando nada, no podía haber pasado nada. Bella me amaba tanto como yo a ella e íbamos a amarnos toda la vida.
Di una larga respiración honda, sacudiendo los hombros y doblando el cuello hacia derecha e izquierda en un intento de querer relajarme un poco antes de tocar el timbre de los Swan.
Cogí y solté el aire de mis pulmones profundamente durante cuatro veces antes de que la puerta se abriera, intentando mantener la poca tranquilidad que había adquirido y preparándome para confirmar en su mirada, cuando la viera que todo seguía igual y que nada iba a cambiar.
Pero cuando abrió la puerta y la miré a los ojos supe de inmediato que nada estaba bien. A pesar de la sonrisa que su cara dibujaba, ella no estaba feliz.
–Hola. – Saludó con la voz quebrada, acercándose para dejar un casto y efímero beso en mis labios.
Me quedé estático, ni siquiera pude responderle. Sus ojos parecían hinchados y estaban muy rojos, confirmándome que su sonrisa solo era algo externo. Pero además, había algo más. Algo en la profundidad de sus ojos cuando me miraba que no iba bien.
Bella no estaba siendo sincera del todo conmigo.
– ¿Edward? – Preguntó ella en un hilo de voz frunciendo el ceño.
Se había quedado frente a mí. Su saludo había sido frío. Ni un abrazo, ni un beso cálido y sentido. Y entonces supe qué era lo que veía en su mirada también. Su mirada siempre me regalaba calidez, podía estar observándola durante horas pues jamás me cansaba, pero ahora… Ahora no.
–Bella. – Fue un susurro casi inaudible. No estuve seguro de que ella lo hubiese escuchado, aunque tampoco me importaba en esos momentos.
Ella siguió mirándome. Esta vez su mirada trataba de analizarme. Me observaba casi sin pestañear, aguantando mi mirada, supuse que tratando de discernir lo que estaba pasando por mi cabeza a través de la misma también.
Por un momento quise olvidarme de que algo iba mal entre nosotros. Pero solo fue un pequeño segundo en el que estrechó los ojos como si hubiese visto una luz. Después la oscuridad volvió a cernirse sobre ellos y pestañeó varias veces antes de volver a dirigirme la palabra.
–No quiero que llegues tarde. – Murmuró forzando una sonrisa y aclarándose la garganta después. – Yo saldré en una hora; ya estoy lista.
Yo asentí sin saber qué hacer. Quería preguntarle si algo iba mal, pero estaba aterrado de que me dijese que sí.
Cerré fuertemente las manos en puños y cerré los ojos, frunciendo el ceño al mismo tiempo, haciendo un inmenso esfuerzo para dejar salir aquella pregunta que pugnaba por salir de mis labios, pero que a la misma vez no quería salir por miedo a su respuesta.
– ¿Te pasa algo conmigo, Bella? – Cuestioné abriendo los ojos en el acto.
Ella frunció los labios hacia un lado y negó con la cabeza, sonriendo de la misma forma que lo había hecho hasta ahora.
Alargó su mano para tomar una de las mías e inclinó la cabeza. Su sonrisa, esta vez, parecía más sincera y el nudo que tenía en el estómago se deshizo un poco, quedando algo más flojo pero preparado por si tenía que volver a apretarse.
–Nada, no me pasa nada, Edward. Creo que voy a resfriarme, eso es todo. – Argumentó elevando las cejas.
Su otra mano dio un apretón a la otra y entrelazó sus dedos con los míos, estrechándolos con fuerza.
Dio un paso más hacia mí y otro más, hasta el punto en el que tuvo que elevar la cabeza para poder mirarme a causa de la diferencia de altura que había entre nosotros. Volví a fijarme en sus ojos y ahí seguía en su profundidad algo que no me gustaba nada.
–No puedo creerlo. No cuando tus ojos me dicen lo contrario, Bella. – Su mirada volvió a analizarme de nuevo y no pude soportarlo más. La abracé fuerte y la sostuve contra mi cuerpo hundiendo mi cabeza en el hueco de su cuello, con el corazón latiéndome a mil por hora. – No me mientas, amor. No lo hagas. Sé que te pasa algo, por favor, dímelo.
Ella reaccionó un par de segundos después rodeando con sus brazos mi cuerpo con una fuerza increíble y comenzando a llorar desesperadamente. La abracé más fuerte y la besé en el cuello tratando de tranquilizarla un poco, aunque parecía un trabajo casi imposible.
–No quiero perderte. No quiero hacerlo. – Sollozaba contra mi pecho. –Esto es demasiado para mí. Yo… yo no puedo hacerlo.
Sus palabras en el mismo acto que fueron pronunciadas por sus labios apretaron con fuerza el nudo de mi estómago conforme iba avanzando. ¿Qué estaba diciendo? ¿Qué estaba tratando de decirme? ¿Me iba a dejar? El pánico se apoderó de mí.
–Bella, Bella. – La llamé apartándome lo suficiente para ahuecar sus mejillas con mis manos y mirarla a la cara mientras ella seguía hablando.
–Quizás lo mejor sería que lo dejásemos. – Sus mejillas rojas y llenas de lágrimas me entristecieron muchísimo, pero lo que más dañó mi alma fue escuchar aquellas palabras.
–No, no digas eso, Bella. Yo no puedo dejarte. Prometimos que estaríamos juntos para siempre, solo acabamos de empezar.
Nuestros ojos no dejaban de observarse. Los míos estaban a punto de desbordar las lágrimas agolpadas. Las de Bella ya no tenían remedio.
–Pero…
No la dejé continuar. Me incliné y estampé mis labios en los suyos en un beso demandante y que pretendía demostrarle que yo no podía estar sin ella. Sentí sus labios mojados en lágrimas saladas y dolidas, pero no tardaron en corresponderme tampoco. Sus brazos se elevaron hasta mi cuello y me abrazaron con fuerza al mismo tiempo que profundizábamos el beso.
No era un beso de despedida normal. Éramos ella y yo, queriéndonos demostrar que no podíamos estar sin el otro, que nos pertenecíamos mutuamente, que nada sería igual si ya no estábamos juntos. Pero también sabía amargo porque notaba algo extraño que no sabía descifrar. Bella me abrazaba con fuerza, respirando agitadamente al mismo tiempo que una de sus manos tiraba de mi cabello y la otra me acariciaba la nuca.
Mi respiración estaba tan elevada como la suya, y mis manos no dejaban de acariciar su espalda, presionándola más contra mi cuerpo como si la cercanía entre nosotros nunca fuese suficiente. Pensé que era una buena forma de demostrar que yo sin ella no era nadie. Un beso que dijese y le hiciese sentir mucho más que cualquier frase que saliese de mis labios. Algo sensitivo y eléctrico.
Me separé de ella haciendo un gran esfuerzo, apoyando mi frente en la suya y dejando besos en sus labios antes de apartarme lo suficiente para mirarla a los ojos, al mismo tiempo que volvía a entrelazar nuestras manos.
Había una nueva determinación y eso me hizo sentir algo mejor. Aquella oscuridad e incertidumbre que había visto anteriormente parecía haber desaparecido, y le sonreí, dejando un beso más en sus labios.
–No vuelvas a insinuar algo así como que estaríamos mejor separados. – Le pedí. – Por favor, te lo suplico.
Ella suspiró, abandonando una de mis manos, para sostener la otra entre las dos. Las observó unos segundos y después volvió a mirarme a los ojos, con una pequeña sonrisa algo más satisfactoria y viva.
–Lo siento. Yo tampoco puedo vivir sin ti, Edward. Pero tengo miedo... – Se mojó los labios con la lengua. –…de que algún día encuentres a alguien mejor que yo en Boston, que te enamores de alguna chica que…
–Shh. – Siseé, silenciando sus labios con el dedo índice de mi mano libre. – No digas tonterías. Eres la única chica a la que puedo querer. – Le contesté acariciando su mejilla. – La única a la que quiero llamar princesa, con la que solo puedo estremecerme de pies a cabeza y a la única que deseo. Eres la única en mi corazón y siempre vas a ser la única. – Ella sonrió y elevó una de sus manos para acariciarme la mejilla.
–Es tan fácil creerte cuando te tengo frente a mí. No quiero que nos volvamos a separar, Edward.
–Podemos hacerlo, princesa. Podemos con un puñado de kilómetros y mucho más. Todo esto hará que nuestra relación se fortalezca aún más, que te ame y te desee más. – Ella volvió a suspirar y rodeó mi cuerpo con sus brazos, hundiendo su cara en mi pecho.
– ¿Me prometes que no me olvidarás? ¿Qué hablaremos todos los días y que me dirás que me quieres? – Su voz quedó amortiguada al tener su boca pegada a mi pecho.
–Te lo prometí, y voy a seguir cumpliendo esa promesa. – Susurré, besando su coronilla y estrechándola fuerte contra mí.
– ¿Me prometes… que si algún día dejas de desearme solo a mí me lo dirás?
–Eso no va a pasar. – Contesté de inmediato.
–Puede pasar. – Rebatió ella, elevando su cabeza para mirarme.
–De la misma forma que puede pasar que tú te intereses en otro. ¿Me lo dirías, Bella?
–Eso no va a pasar. – Yo sonreí ante su respuesta.
– ¿Te has dado cuenta de que has sido rotunda? – Ella me miró confirmándomelo con la mirada. – Quiero que te des cuenta de que lo digo de la misma forma. Todo sale de mi corazón, y lo único que quiero es que confíes en mí. ¿De acuerdo?
El silencio hizo acto de presencia durante algunos segundos en los que ninguno de los dos perdió de vista al otro.
–Sí… Dios…– Murmuró volviendo a abrazarme con fuerza. – Tienes que irte, lo sé, pero es tan difícil tener que dejarte ir…
–Prometo ir a visitarte a Berkeley antes de que volvamos a Forks. Lo haré, Bella.
Ella sonrió pareciendo satisfecha.
–Vale. – Y volvió a mirarme. – Te quiero mucho, Edward.
–Y yo a ti, princesa. – Contesté volviéndola a abrazar. – Y yo a ti.
.
Bueno, parece que la cosa no va muy bien... A ver como termina todo esto, chicas! Aun quedan muuuuchos capítulos... Muchísimas gracias por vuestros reviews... Nos leemos el lunes que viene en Boston! :)
Un besazo!
