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Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer
EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA
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VII
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Capítulo VII
– ¡Ey, Eddie! – Escuché la chillona voz de Victoria a mis espaldas y sus pasos apresurados a causa de los tacones que supuse que llevaba. Puse los ojos en blanco antes de girarme, e intentando ser amable le sonreí.
– ¿Cuántas veces tengo que pedirte que no me llames así? – Le pregunté intentando que de una vez por todas se le quitara esa horrible costumbre. Ella sonrió, enseñándome todos sus dientes e inclinando un poco más su cabeza hacia mí.
–Lo siento. – Susurró volviendo a sonreír. – Me sugieres llamarte así. ¡Eres adorable! – Exclamó pellizcándome la mejilla como si fuese un niño de cinco años. Yo reí, no había nada que hacer con ella.
Eran las ocho de la mañana y aun creía tener pegados los párpados. Eran las consecuencias de quedarme hablando con Bella hasta muy tarde y el estudiar hasta las cinco de la mañana.
Había estado tratando por activa y por pasiva que ella no volviese a sentirse insegura en nuestra relación, así que había decidido llamarla más seguido con el objetivo de que se diese cuenta de que a cada momento pensaba en ella y que no había nadie más en mi vida.
Ella parecía estar algo más animada, pero no llegaba a convencerme del todo su actitud, por eso unos días después de llegar a Boston, estuve mirando algún vuelo que me llevase a California.
Tuve suerte de encontrar en Alice a una cómplice muy discreta, así que el siguiente paso fue llamar a mi padre para que me prestase el dinero que necesitaba. Al principio se mostró reticente. Desde el primer momento en el que se enteró que Bella y yo comenzamos a salir, me hizo reflexionar sobre lo duro que iba a ser el que los dos estuviésemos separados, intentando de algún modo que tomase la mejor decisión. La nuestra fue seguir juntos a pesar de la distancia y el tiempo sin vernos y yo, al menos, no me arrepentía en absoluto. Pero después de lo que pasó en Forks con Bella, me di cuenta de que quizás para ella esto iba a ser más difícil.
Le hice saber a mi padre, en confianza, cómo se sentía ella, y la falta que le hacía el que yo le demostrase una y otra vez mis sentimientos. Por eso accedió. Así que tenía un viaje planeado. No había podido comprar el billete para el puente de Martin Luther King, pues yo tenía un examen el día después que requería mucho tiempo. Pero el día 14 de febrero esperaba poder estar en California para pasar todo el puente de los Presidentes. Además iba a ser un regalo para el día de los enamorados que seguro que la sorprendería. Había sido una gran coincidencia que este año ese puente cayese en esa fecha.
Sabía que iba a quedarse sin palabras, pero para eso aún quedaba casi un mes entero, y no veía el momento de que llegase ese día.
– ¿Cómo lo llevas? – Me preguntó Victoria mientras nos dirigíamos al aula.
–Espero que bien. Tuve que llamar a mi padre para que me explicara un par de puntos pero creo que no tendré problema. – Le expliqué.
–Estoy segura de que lo harás genial. – Me animó.
– ¿Y tú? ¿Has estudiado mucho? – Le pregunté cuando casi llegábamos al aula.
–La verdad es que sí. Espero aprobar de verdad, sino me puede caer una buena con mis padres. – Me compadecí de ella. Al menos yo tenía unos padres comprensivos; supuse que mi padre había pasado por esto y también entendería que un examen no fuese bien del todo.
– ¡Vicky! – La llamó Tanya, quien casi nos alcanzaba con pasos apresurados. – Dios, necesito ir al baño un segundo, ¿me acompañas? – Victoria me miró con una sonrisa.
–Claro. – Le contestó alejándose.
En seguida entré en el aula y me senté casi al final del todo. Abrí mi carpeta y comencé a pasar páginas y páginas de apuntes sin mirar en realidad nada. La verdad era que no sabía qué mirar, así que respiré hondo antes de que mi móvil comenzase a vibrar en mi bolsillo.
Sonreí al ver que era Bella antes de descolgar.
–Buenos días, princesa.
–Hola. ¿Ya estás esperando al profesor? – Me preguntó. Yo me enderecé en el asiento e incliné la cabeza hacia delante tapándome uno de mis oídos para evitar un poco el murmullo de los alumnos que hablaban entre ellos.
–Sí. Estoy bastante nervioso. – Dije mirándome distraídamente el interior de mi dedo anular. Por muy lejos que estuviésemos nuestros corazones nos pertenecían. – Gracias por llamarme, me hacía falta escucharte. – Le agradecí con una sonrisa.
–Seguro que va a ir genial, Edward. – Y en esa afirmación pude imaginar, a través de su voz, una sonrisa.
– ¿Me prometes una celebración de las nuestras nocturnas si salgo contento de aquí? – Ella rio entre dientes.
–Haré todo lo que tú quieras, y lo sabes. – Murmuró, yo sonreí.
–Me encanta escuchar esos ruiditos que haces cuando te digo según qué cosas. – Le confesé refiriéndome a sus gemidos. No quería que nadie me escuchara. Ella volvió a reír.
–Edward. No seas malo.
–Si por mí fuera, le daban a este examen y me iba ahora mismo a buscarte. – Le dije esta vez más serio, pero el silencio me hizo fruncir el ceño. – Lo sabes, ¿verdad?
–Sí, sí. Lo sé, Edward.
Esa afirmación no me convenció del todo. El tono que había empleado no transmitía la seguridad de otras veces, y eso me hizo suspirar. Era un suspiro de preocupación por no saber qué le pasaba últimamente.
– ¡Eddie! – La voz chillona de Victoria me obligó a girarme. Venía con Tanya.
–Hola, Edward. Perdón que no te haya dicho nada antes, pero era urgente. – Se disculpó Tanya.
–Tranquila, Tanya. – Dije volviéndome a girar. – Amor, ¿estás ahí? – Pregunté al no escuchar nada.
–S-sí.
– ¿Estás muy ocupado? Quería que me explicaras algo. ¡Dios! ¡Solo faltan diez minutos! – Exclamó Tanya, sentándose justo a mi lado con sus apuntes.
–Estoy hablando con mi novia. – Le informé un poco incómodo.
–Ah. – Respondió Tanya. – Esperaré. – Dijo con una sonrisa.
–Edward, ve a explicar lo que quiera que sea. Yo tengo que levantarme ya o llegaré tarde. Hablamos más tarde. Un beso, te quiero.
–Bella… – Pero no me dio tiempo a seguir porque colgó.
Había hablado tan rápido que ni tiempo me había dado de interrumpirla. De verdad que últimamente se estaba comportando de manera muy extraña. Suspiré de manera desganada y rendida y me giré hacia Tanya.
– ¿Qué te pasa? – Me preguntó ella. – ¿Problemas con Bella?
–No, en absoluto. Son solo los nervios. – Mentí. Se lo habría contado a Ben, a Angela o a Yuu, pero no a Tanya. – ¿Qué quieres que te explique?
El tiempo del examen me pasó lento. Las preguntas eran extensas y cuando había pasado ya una hora y media estaba cansado de escribir. Por lo menos las sabía todas, pero quería explicarlas bien y no de cualquier forma. Esto era importante para mí, aunque el comportamiento de Bella no se me iba de la cabeza en ningún momento mientras escribía.
Cuando al fin acabé el examen y salí del aula, me encontré a Ben saliendo de la de al lado. Nos habían asignado dos aulas debido al gran número de alumnos matriculados, y cuando no vi entrar ni a Ben ni a Angela en la nuestra, supuse que habían entrado a la otra.
– ¿Cómo ha ido? – Le pregunté.
–No sé. He dejado sin contestar dos, pero el resto las he clavado, creo. – Contestó llevándose la mano a la nuca y moviendo el cuello. – ¿A ti cómo te ha ido?
–Bastante bien, la verdad. – Dije al mismo tiempo que me encogía de hombros.
–Pues parece que hubieses fracasado por completo con esa cara que traes. – Comentó. Yo solo sonreí sin saber qué decir. – ¿Bella sigue igual? – Preguntó adivinando cuál era el problema de fondo. Yo suspiré.
–No sé qué está pasando, pero estoy empezando a tener miedo de verdad. – Le confesé.
–Vamos a la cafetería y me lo cuentas, Angela está allí. – Yo asentí.
–Está rara. No sé, es todo tan extraño. – Le comenté mientras andábamos.
–Pero esquiva hablar contigo o ¿qué es lo que pasa?
–No, no sé. En ocasiones está animada, pero hay veces que si hago referencia a algo que haría por ella o a nuestro futuro, la noto más distante, como si ella dudara de lo que le digo. ¿Entiendes?
–Bueno, tranquilo, Edward. – Dijo poniéndome una mano en el hombro. – Seguro que está pasando por un mal momento. Puedo imaginar que la distancia debe ser dura y ella a lo mejor se siente algo insegura, pero cuando te vea aparecer por sorpresa el mes que viene se va a morir y se va a dar cuenta una vez más de cuánto la quieres. No le des más vueltas.
–Tú lo ves todo muy sencillo porque tienes a Angie aquí, Ben. He llegado a pensar que se haya fijado en otro chico… ¡Joder! – Gruñí llevando mis manos a mi cabello. – No podría soportarlo.
–Eso es imposible. Según lo que me contaste, todo empezó el penúltimo día que estuvisteis en Forks. Todo iba bien hasta entonces, ¿no? – Yo asentí. – Quizás solo se puso a pensar y está un poco perdida, pero vas a recuperarla.
–Eso espero. – Contesté cruzando la entrada de la cafetería.
Angela al vernos levantó el brazo. Estaba sonriente mirando sus apuntes.
– ¡Lo he clavado todo! – Exclamó abrazando a Ben y dejando un beso en sus labios. Yo sonreí evitando mirarlos y tomando asiento. Ojala Bella estuviese aquí. – ¿Cómo os ha ido?
–Yo creo que podré aprobar. – Dijo Ben sonriéndole. – Y no me cabe duda que nuestro amigo lo ha bordado.
– ¿Y por qué trae esa cara? – Sonreí negando con la cabeza. ¿Tan evidente era? – Ah, ya, Bella.
Estuve hablando un poco con Angela sobre ese asunto una vez más. Ellos estaban al tanto de mis problemas con Bella, y al menos tenía la opinión femenina de una buena amiga que sabía que tenía la cabeza en su sitio. Angela era alguien normal, no como las alocadas Tanya y Victoria. Quizá Angie y Ben tenían razón y Bella se sentía algo insegura. Su inseguridad siempre le había ganado y a lo mejor, ahora que estábamos a kilómetros de distancia le era difícil ganarle la partida.
…
Entré en mi apartamento a las seis y media de la tarde. Me había quedado comiendo con los chicos y celebrando así el que todos hubiésemos salido contentos del examen bebiendo después unas cervezas, aunque fui el que menos bebí.
Los más perjudicados fueron Damon y Morgan, quienes habían tenido la suerte de que en el examen no entrase nada de lo que ellos no habían estudiado. Sin duda, gente con suerte; seguramente eso a mí no me habría funcionado. Así que no les costó nada atiborrarse a cervezas, sin ningún miedo a las consecuencias. Yo, desde que me había pasado lo de aquella noche, las odiaba. Así que bebí un par por no parecer antipático ni aguafiestas.
Dejé la bandolera sobre mi cama y saqué el móvil del bolsillo de mis vaqueros tumbándome en la cama.
Sonreí al observar una de las fotos que Alice me había enviado de Bella a escondidas. No entendía muy bien por qué mi novia era tan selectiva a la hora de enviarme o darme alguna de sus fotos si en todas salía preciosa. Concretamente en la que estaba viendo, salía con expresión de sorpresa y molestia, como si Alice la estuviese pillando desprevenida. El viento ondeaba ligeramente su largo y castaño cabello y sus manos, con las palmas bien abiertas, intentaban ocultar su rostro sin éxito.
Volví a sonreír más ampliamente. Salía graciosa, muy graciosa, y me entraron unas ganas inmensas de abrazarla y besarla. Volví a ponerme más serio y algo triste cuando recordé la despedida que me había dedicado esa misma mañana, y suspiré pesadamente.
Ángela tenía razón seguramente. Todo su comportamiento se debía a su inseguridad; todo lo demostraba. Su comportamiento en nuestra última despedida y en algunas de las llamadas a partir de ese momento, sus ridículas dudas, el no querer enviarme fotos…
Dios, no veía el momento de llegar a Berkeley para verla.
Miré el reloj en la pantalla del móvil y sin poder esperar más marqué su número.
– ¿Primito? – La voz de mi prima me contestó.
–Hola, Alice. ¿Qué haces con el móvil de Bella? – Pregunté extrañado.
–Es que se está duchando. Justo hemos acabado de comer hace un ratito. No creo que tarde mucho en salir. Por cierto, yo también me alegro de hablar contigo. ¿Cómo es que ya no llamas al fijo? – Puse los ojos en blanco dejando escapar una sonrisa.
–Porque siempre lo coges tú, demonio. – Contesté dejando transparentar una sonrisa. – Y me entretienes hablando más de la cuenta. ¿Cómo estás? – Le pregunté.
Y era cierto, hacía ya un par de semanas que no llamaba al fijo de Bella. Alice casi siempre era quien me lo cogía, cuando antes casi siempre era Bella quien contestaba. Quería muchísimo a mi prima, pero cuando Alice comenzaba a hablar era difícil terminar una conversación con ella.
–Bien. Un poco cansada, pero bien.
–Pareces desanimada. – Le comenté.
–Más bien preocupada. – Me confesó.
– ¿Por qué?
–Bella está extraña, y lo peor de todo es que ya sabes como es. No quiere preocupar a nadie. ¡ Y no sé qué es peor ! Me preocupa más quedándose así de callada que si me lo contase. Estoy segura. – Suspiré silenciosamente.
Así que yo no era con la única persona con la que se comportaba de manera extraña.
– ¿No te ha dicho nada? – Me preguntó a mí.
–No. Conmigo también está un poco rara, Alice. Y estoy asustado, la verdad. ¿No podrías intentar sonsacarle algo? – Pedí de manera algo desesperada. Casi suplicando.
–Lo he intentado, créeme, pero parece imposible. Se niega a hablar, dice que no le pasa nada, que está nerviosa y un poco afectada porque no puede verte. Pero yo sé que hay algo más.
–Dios. – Murmuré. – No puedo esperar para ir. – Escuché un suspiro de mi prima.
–Deja que pase unos días, quizá se le pase. – Intentó consolarme. – Ya viene, he escuchado la puerta del baño. – Susurró. – ¡Ay, Edward! – Exclamó algo más animada, intentando disimular. Puse los ojos en blanco. – Mira, Bella ya está aquí. Te la paso. Un besito, primito. ¡Cuídate y llama más al fijo !
–Gracias Alice, y cuídala, por favor.
– ¿Edward? – Preguntó suavemente Bella.
–Hola, princesa. No podía esperar más para decirte que el examen me ha ido genial.
–Yo lo sabía. Tú eres bueno en todo, y más en todo lo que te gusta. – Sonreí.
–Entonces debo ser muy bueno contigo. – Murmuré en tono pillo. Bella soltó una pequeña risita.
–Sí, sueles serlo. – Contestó esta vez en tono neutro.
Odiaba cuando cortaba mis ánimos de aquella manera tan radical. Y ahora venía lo que yo solía hacer siempre, intentar animarla con otros comentarios. A veces funcionaba, otras no.
– ¿Cómo que suelo? – Pregunté haciéndome el ofendido. – Acabas de salvarte de unas buenas cosquillas. – El silencio se hizo por un par de segundos, pareciéndome una eternidad.
– ¿A Tanya también le ha ido bien el examen? – Y el tono en el que formuló esa pregunta me pareció de lo más rencoroso que existía aunque quisiese revestirlo de simple curiosidad.
– Sí. – Contesté un poco descolocado por la pregunta. – Le ha ido bien.
–Ah. – Dijo simplemente.
– ¿Por qué esa pregunta? ¿Qué pinta Tanya ahora mismo en esta conversación? – Quizás había sonado un poco a la defensiva, pero el hecho de que nombrase a Tanya simplemente hacia que me hirviera la sangre. Ya lo había hecho en otras ocasiones, y sinceramente comenzaba a colmarme la paciencia.
–Yo… – Un suspiró y un chasquido con la lengua se escuchó a través de la línea. –Es que no sé por qué diablos te interrumpió mientras hablabas conmigo. ¿No tiene ojos? ¿No escucha? ¿O el problema es que no le dijeron cuando era pequeña que cuando alguien habla con otra persona es de mala educación interrumpir?
–Bella, Tanya solo estaba nerviosa. Seguramente ni se dio cuenta. – Ella rió, pero de forma irónica.
–Sí, claro. Edward, ¿te gusta esa chica? Solo tienes que decírmelo, no te molestaré más. – Esa pregunta me ofendió. No entendía nada, ¿qué tenía que ver el comportamiento de Tanya conmigo? Era un poco pesada, pero yo sabía ponerle límites. Si no recordaba mal le había dicho que hablaba con mi novia.
– ¿Estás celosa? ¿Todo este numerito que estás montando es porque estás celosa? – Mi voz quizá sonó un poco más alta y enfadada de lo normal y eso la hizo explotar.
– ¿Celosa, yo? ¡Dios! Dime que no te estuviste divirtiendo con ella el día que Mike y esas dos pelandruscas salieron contigo. ¿Me lo vas a negar? – Fruncí el ceño y me senté en la cama de inmediato. Cada vez la entendía menos.
–Bella, ¿de qué demonios hablas? Sabes perfectamente que no me acuerdo de casi nada de lo que pasó esa noche. Y ya te dije que no haría nunca nada con nadie, ni en el peor de los casos. ¡Ni loco! No sé porque desconfías de mí. – Mi voz había sonado dura y dolida, pero no podía permitir que me estuviese culpando de algo que yo sabía que no había pasado. Escuché un sollozo a través de la línea. –Dios, Bella. – Suspiré de manera suave. – Por favor, amor, no llores. Tú sabes que nunca te haría daño de esa manera. Sé cuánto me quieres, ¿por qué no puedes aceptar que te adoro y que sería incapaz de engañarte así?
– ¿Me prometes que no hiciste nada? – Me preguntó con la voz entrecortada.
–Por supuesto. No hice nada. La única chica capaz de volverme loco eres tú.
–Quiero verte. Necesito verte. – Me confesó. Parecía haber dejado de llorar, pero su voz denotaba el llanto anterior.
–Pronto, mi amor, pronto. – Le prometí.
–Te quiero tanto.
–Y yo a ti. No sabes las ganas que tengo ahora mismo de estar ahí contigo. De abrazarte y repetirte una y otra vez que te quiero, que eres la única chica con la que deseo y quiero estar.
–Edward. – Suspiró. Su voz sonaba algo arrepentida. – Perdón. Dios, soy tonta. – Volvió a suspirar. – Sé cuánto me quieres, serías incapaz. Lo serías.
–Claro que sí. ¿Estás más tranquila? – Cuestioné volviéndome a tumbar.
–Sí. Y lo siento.
–No te disculpes más. Bella, suelta todo lo que lleves dentro cuando lo necesites. Con Alice, con Rose y sobretodo conmigo, pero suéltalo. – Le supliqué.
–Lo haré. Además no quiero hacer caso a… – Se detuvo sin terminar, provocando que yo frunciese el ceño confuso por esa pausa. – A… a tonterías.
–Eso es. ¿Estás ocupada? – Le pregunté, temiendo que esa pausa no fuese interrumpida por otra acción, sino porque había preferido callarse algo.
–Solo estoy vistiéndome. – Sonreí frotándome las manos mentalmente.
– ¿Así que aun ibas en toalla? – Una risita baja se escuchó.
–Sí.
– ¿Ya te has vestido? – Otra risita más. Pensaba aprovechar ese cambio en su humor.
–No. Digamos que me acabo de quitar la toalla y estaba en proceso de ponerme la ropa interior pero voy a tener que colgarte porque se me hace imposible.
– ¡No! – Exclamé de inmediato sin dejar que siguiera. – Mejor cierra la puerta con llave y deja que yo mismo me encargue de relajarte del todo – Murmuré bajando la mano hasta el botón de mis pantalones. Solo de imaginarme a Bella desnuda en su habitación ya me estaba excitando. Ella volvió a soltar una risita.
–Edward, acabo de ducharme… – Me alegré de poder imaginarme una sonrisa junto a sus palabras.
–Si acabáramos de discutir en mi habitación de Forks después de haberte duchado, ¿también te negarías? – Le pregunté deseoso de volver a escuchar esos ruiditos que tanto adoraba. Sonreí cuando noté su respiración acelerada.
– ¿Así que esto es como una buena reconciliación?
–Eso es, princesa. Imagínate que estoy ahí contigo y que quiero demostrarte con hechos lo que querían demostrar mis palabras. Te quiero, cierra con llave y túmbate en la cama.
–Un día acabarás conmigo. – Susurró afectada por mis palabras.
–Jamás, ¿entiendes? Quiero pasar contigo el resto de mi vida. – Contesté con el corazón en la mano.
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Hola, chicas! Parece que Edward ya lo tiene previsto todo para sorprender a Bella... a ver cómo le va. Ha sido un capítulo cortito, el próximo me parece que es bastante más largo. Subiré el próximo el viernes y advierto que la cosa va a empeorar... :(
En fin, muchas gracias por vuestros rr, me animan muchísimo!
Un besito!
