Hola gracias por los reviews y los follow jeje espero sigan asi jeje esto se pone cada ves mejor

Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer

Capitulo 14

El trabajo acumulado ayudó a Bella a evitar a Edward durante la mañana. Había oído el sonido de su máquina de escribir cuando había despertado a los niños para ir al colegio. Era un sonido firme, casi monótono, que no expresaba las interrupciones y los estallidos de inspiración que ella había esperado en un escritor. Quizá para él fuera una rutina penetrar y reproducir la vida de otra gente.

Aquel sonido le había recordado que el fin de semana solo había sido una tregua. Era lunes, se había recuperado y las preguntas iban a empezar otra vez. Deseaba poder recuperar la confianza que tenía una semana atrás y creer que podría contestar únicamente las preguntas que eligiera, y contestarlas además a su manera.

Pero su propia rutina la ayudó a tranquilizarse. El alboroto del desayuno, la fragancia del café y la típica búsqueda frenética de un guante perdido antes de despedir a sus hijos. Los había visto alejarse por el camino, como hacía todas las mañanas. Nunca dejaba de conmoverla y sorprenderla que fueran suyos. Suyos. Aquellos dos aprendices de hombres, con sus gorros de lana en la cabeza que corrían hacia el autobús, dispuestos a enfrentarse a un nuevo día, habían salido de ella. Era fascinante, maravilloso e incluso un poco aterrador.

Cuando desaparecieron, continuó observando el camino un rato más. Ocurriera lo que ocurriera, fueran cuales fueran las sorpresas que le deparara la vida, nada podría arrebatarle a sus hijos. Y al pensar en ello, el día que tenía por delante le pareció mucho más fácil.

Cuando se dirigía hacia el establo unos minutos después, oyó el sonido de un motor. Cambió de dirección y vio al señor Petrie saliendo de la cabina de su camión. Le produjo tal emoción que lo habría besado.

-Señora -sonrió de oreja a oreja y escupió un trozo de tabaco de mascar.

-Señor Petrie, me alegro de verlo -dejó el cubo en el que llevaba los huevos en el suelo y lo miró con atención-. ¿Está seguro de que ya puede trabajar?

-Tan seguro como de que va a llover.

Parecía estar bien. Evidentemente, era un hombre bien alimentado. Bajo la barba de varios días, se adivinaba un rostro rubicundo y curtido por el sol. Era poco más alto que Bella y tenía la complexión de un tronco, pero era increíblemente ágil. Llevaba unas botas negras y gastadas que le llegaban hasta los tobillos.

-Si su esposa lo ha dejado salir de casa, supongo que es porque ya está listo para cambiar el heno.

-Vieja gruñona -dijo con cariño-. Ha estado toda la semana poniéndome cataplasmas de mostaza -entrecerró sus ojillos miopes-. Usted tampoco tiene muy buen aspecto.

-Pues estoy perfectamente. Ahora mismo iba a empezar con los establos.

-¿Cómo están nuestras damas?

-Maravillosamente -empezaron a caminar juntos por el encharcado camino-. El veterinario vino el viernes a echarles un vistazo. Al parecer, Eve y Gladys van a ser madres antes de que termine la semana.

Petrie volvió a escupir mientras cruzaban el establo.

-¿Vino Jorgensen?

-Sí, tiene mucho interés en el potro.

-No deje que ese viejo caballo le robe. Cóbrele bien, no se deje intimidar -Petrie empujó la puerta con una mano a la que le faltaba la primera falange del dedo anular.

-Nadie me va a intimidar -le aseguró Bella.

Petrie, que la conocía desde hacía cinco años y trabajaba para ella desde hacía dos, la creía. Bella podría parecerse a esas mujeres que salían en las revistas que su esposa tenía siempre en la mesita del café, pero era una mujer dura. Una mujer sola tenía que serlo.

-Le diré una cosa, saque los caballos y yo me ocuparé de limpiar los establos.

-Pero...

-No, usted ha estado limpiando sola los establos durante la semana pasada y a mí me parece que necesita tomar un poco el sol. Además, tengo que trabajar para poder quitarme parte de la grasa que mi esposa me azuza cuando estoy demasiado débil para impedírselo. Ah, estás aquí, preciosa -acarició la cabeza de Eve cuando esta la sacó de su cubículo. Sus manos callosas eran tan delicadas como las manos de un tañedor de laúd-. El viejo Petrie ha vuelto -se sacó una zanahoria del bolsillo y dejó que se la quitara de la mano.

Bella admiraba su capacidad para tratar con los caballos, de la misma manera que siempre había concedido un gran valor a sus opiniones.

-Lo ha echado de menos.

-Seguro que sí -se acercó al siguiente cubículo para prestarle a la otra yegua la misma atención-. Le diré algo, señora Black, si yo tuviera medios, tendría una yegua como esta.

Bella conocía su situación financiera y las limitaciones que suponía vivir de una pensión y poco más. Como cada vez que lo veía, le dolía no poder pagarle más.

-Si usted no me hubiera ayudado, yo tampoco podría haberlas tenido.

-Oh, usted ha hecho muy buen trabajo... Pero quizá haya tenido que pagar demasiado -soltó una estridente carcajada y se acercó al siguiente caballo-. Cuando vino aquí era una auténtica novata, señora Black, pero hay que reconocer que ha madurado.

Procediendo de él, era un auténtico cumplido. Con más placer del que había sido capaz de disfrutar desde hacía días, Bella comenzó a sacar los caballos al sol.

Edward la observaba desde la ventana. Estaba cantando. No podía oírla, pero lo sabía por su forma de moverse. La observó cepillar meticulosamente las pezuñas y las crines de los caballos. Había en ella una liviandad, una luminosidad que no le había visto en otras ocasiones. Pero, en aquel momento, Bella pensaba que estaba sola.

Había dejado los guantes en un poste y pasaba sus manos desnudas por los flancos de uno de los caballos. Aquellas manos tan delicadas, pensó. Pero, de alguna manera, parecían también suficientemente duras para cepillar las crines de los caballos. ¿Cómo sería el tacto de aquellas manos sobre su piel? ¿O sentirlas deslizarse abandonadamente por su cuerpo, excitándolo, explorándolo? ¿Lo miraría con aquella expresión soñadora? Pensó que seguramente la tendría en aquel momento, pero estaba demasiado lejos para estar seguro.

Y, si era inteligente, continuaría guardando las distancias.

Tenía el rostro mucho más pálido tras la gripe. Pero el aire frío de la mañana llevaría color a sus mejillas mientras la luz del sol y el ejercicio ayudaban a entrar en calor a sus músculos. Tampoco estaría pálida cuando hiciera el amor con él. La vería sonrojada de excitación. La pasión imprimiría una nueva agilidad a sus miembros. Podía imaginarse lo que sería sentir su piel resbalando sobre la suya. Casi podía paladear su sabor en aquellos oscuros y secretos rincones que las capas de ropa del invierno hacían todavía más misteriosos. Quería hacerla desprenderse de aquellas capas, una a una, mientras lo miraba, deseándolo, ardiendo de deseo por él. Le bastaba pensar en ello para que se le acelerara el pulso.

Había deseado a otras mujeres. A veces, había satisfecho sus deseos, otras muchas no. La pasión iba y venía. Brotaba y se desvanecía. El lo entendía perfectamente. Y que en aquel momento estuviera retorciéndose de deseo, que estuviera asomado a la ventana y mirándola mientras la pasión clamaba locamente en su interior, no significaba que continuara deseándola al día siguiente. El deseo no podía regir la vida de nadie, ni el deseo por el dinero, ni el deseo de poder ni, desde luego, el deseo por una mujer.

Pero Edward continuaba observándola mientras la máquina eléctrica zumbaba impaciente tras él.

Después la observó llevar los caballos al establo, de dos en dos o de tres en tres. Esperó a que saliera otra vez, sin calcular el tiempo que pasaba. De pronto, obviamente en un impulso, Bella montó en aquel caballo al que había llamado Judd. Con solo las riendas, sin ensillarlo siquiera, salió cabalgando del potrero y se dirigió hacia el camino que llevaba hasta las colinas.

A Edward le entraron ganas de abrir la ventana y gritarle que no fuera idiota. Al mismo tiempo, quería verla montar. Quería verla presionar las rodillas contra el caballo mientras sostenía las riendas con la mano. Pero, sobre todo, quería ver su expresión de puro deleite mientras el sol derramaba su calor sobre su rostro.

Bella dejó que el caballo cabalgara durante diez, quince minutos, quizá. Edward estaba demasiado cautivado para andar pendiente del tiempo. Su melena se elevaba y descendía mientras cabalgaba, pero Bella no se molestaba en apartarla de su rostro. Y cuando bajó del caballo, Edward supo que estaba riendo. Enterró la cara en el cuello del animal y volvió a acariciarlo. Lentamente, seguramente entre susurros. Edward se preguntaba qué palabras estaría susurrándole.

Un hombre estaba empezando a perder la razón cuando tenía celos de un caballo. Edward lo sabía, pero continuó asomado a la ventana, esforzándose en mantener el control, o quizá, esperando que llegara lo inevitable. Bella volvió a desaparecer en el interior del establo. Edward se dijo a sí mismo que debía darse la vuelta, que debía volver a su trabajo, pero esperó.

Bella volvió con el semental, sujetándole el dogal cerca de la barbilla mientras el caballo se movía inquieto. Lo ató a la cerca del potrero y comenzó a acicalarlo.

El animal era hermoso, alzaba la cabeza y miraba a su alrededor con aquella arrogancia que Edward percibía incluso desde la ventana. Parecía estar nervioso. Cuando Bella le tomó uno de los cascos, retiró la pata un par de veces, liberándose de su mano hasta que Bella pudo agarrarlo con fuerza y hacer su trabajo. Cuando Bella le soltó la pata, Edward contuvo la respiración al ver que el caballo intentaba cocearla. Bella lo evitó y continuó tranquilamente con la pata siguiente. Edward casi podía oírla regañándolo con la misma suavidad con la que habría regañado a alguno de sus hijos.

Maldita fuera. ¿Quién era aquella mujer? Posó la mano sobre el cristal, como si estuviera pidiéndole que alzara la mirada, como si quisiera oír una respuesta. ¿Quién demonios era? Si era una mujer sincera, ¿qué sentido tenían sus mentiras? Si era una mujer de principios, ¿cómo podía mentir?

Pero estaba mintiendo, se recordó Edward. Y continuaría mintiéndole hasta que consiguiera confundirla. Y aquel era el día, se prometió a sí mismo mientras la observaba cepillar el pelo oscuro y brillante del caballo.

Dio medía vuelta, regresó a la máquina de escribir y se dijo a sí mismo que tenía que olvidarla.


Mmm por lo q se ve nuestro Edward ya sta flaqueando jejeje

kieren saber mas?

ya saben que hacer...