.


Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA


.


VIII


.

.

La sangre me hervía bajo la piel y el corazón me atronó con su latido cuando el avión aterrizó. Me había llevado toda esa última semana pensando en el reencuentro con Bella, en su expresión al verme. Las últimas semanas se había comportado de una manera mucho más razonable y había cambiado su actitud. No había vuelto a hacerme preguntas absurdas sobre Tanya, y en su voz podía notar que su ánimo era mucho más positivo. Ahora parecía más confiada.

Estaba más convencido de que su actitud no se debía a que hubiese otro chico. Si fuese así, ella ya me lo habría confesado, me lo hubiese hecho saber, y no intentaría buscar excusas para romper nuestra relación.

Al salir a la calle, caminé en dirección a la parada de taxis para que alguno me llevase a Bowles, la residencia en la que estaba Bella, y en cuanto encontré uno libre me subí para que me llevase hasta ella.

Recordé las palabras de Ben, Angela y Yuu del día anterior. Todos ellos se mostraban felices por mí. Sabían que tanto Bella como yo necesitábamos estos días juntos, que aunque eran pocos, podrían ser maravillosos.

Repítele hasta el cansancio que la amas. – Me dijo Angela con una dulce sonrisa. – Haz algo especial para San Valentín, y por favor dile que estoy deseando conocerla y que no me parezco ni por asomo a Tanya ni a Victoria. Añadió guiñándome un ojo antes de abrazarme.

Yo también estoy deseando conocerla. Quiero saber cómo es la chica que te tiene enamorado hasta los huesos. – Exclamó Ben cuando dejaba a su novia. – Pásalo bien, tío. –Me deseó dándome otro abrazo y una fuerte palmada en la espalda.

Esto lo valorará, Edward. – Dijo Yuu. – Ten por seguro que esto significará mucho para ella. Mucha suerte y disfrútala.

Recordarlos me hizo sonreír todavía más. Esperaba que esto hiciera desaparecer todas las posibles dudas que se pudiesen fraguar en aquella mente insegura de Bella. ¡Era de locos pensar que podría fijarme en otra chica! ¡Y menos en una tan artificial como Tanya!

Tener el miedo de que algún día eso pudiera pasar era de locos. La universidad estaba llena de chicas como ella: altas, soberbias, inmaduras y pretenciosas. Después de tener a alguien como Bella a mi lado no cabía la posibilidad de que pudiese compartir algo con ellas. Mi novia era lo más puro que había conocido, y estaba seguro de no sentir nada parecido a lo que sentía con ella con ninguna de esas chicas. Bella era como la primavera; fresca, alegre y preciosa. Nadie podría competir con ella.

Por la ventanilla del taxi se dejaban ver las luces pasando a gran velocidad, edificios de pisos al fondo y en otros momentos grandes extensiones de terreno. No podía creer que en pocos minutos la volvería a ver y que podría pasar con ella tres fabulosos días. No eran tantos días como me hubiese gustado, pero los pensaba aprovechar al máximo.

Había quedado con Alice para que todo estuviese perfecto. Ella se iba a mudar a la habitación de una de sus compañeras para dejarnos a Bella y a mí un poco más de intimidad. Algo que sin duda, le agradecía muchísimo. Mi prima, en teoría, ya no estaba con Bella, pero le había advertido que no saliese de la habitación. Se había inventado un supuesto trabajo de una de sus asignaturas y le había prometido a Bella que si la esperaba le traería una gran sorpresa que le iba a encantar.

Al menos por Rose no tenía que preocuparme. Ella estaba al margen de toda la sorpresa, pasando todo el puente de los presidentes con su queridísimo Emmett.

El taxi frenó justo en frente del mismo edificio del que Alice me había enviado una imagen el día anterior. Suspiré y el corazón empezó a bombearme de manera frenética. Mis manos, temblorosas por los nervios y la anticipación, le entregaron el dinero al chófer para después salir a toda prisa del vehículo.

Me detuve por un momento frente al mismo, entrecerrando los ojos a causa del sol. Lo habían construido colina arriba y tenía aspecto de castillo, aunque no era para menos. Era de estilo Tudor, y eso me recordaba a las fachadas y tejados puntiagudos de los edificios ingleses. Sin más preámbulos arrastré mi pequeña maleta junto a mí, tirando de ella con muchísimas ganas hasta que llegué a la recepción.

Saludé a una mujer de unos cincuenta años de edad, quien me respondió con una enorme sonrisa y un susurro que no pude entender y seguí mi camino, teniendo en cuenta las indicaciones que me había dado Alice el día anterior. Estaba seguro de que mi corazón no podía latir más fuerte. Los números de las habitaciones no aumentaban con la rapidez que a mí me hubiese gustado, ¿ o eran mis piernas la que no iban tan deprisa como yo quería?

Sentía mi cuerpo tenso y eso a penas me dejaba moverme como yo quería. Los nervios se habían apoderado de mí, y lo único que era capaz de visionar en mi mente eran todas las expresiones que me había estado imaginando de Bella durante todo este tiempo pasando a un ritmo súbito.

Habitación 211

Y ahí estaba. Tenía tantas ganas de sentirla junto a mí que estuve a punto de tocar sin seguir con lo que había estado pensando desde hacía un mes, pero decidí controlar un poco mis nervios. Tenía una sonrisa nerviosa de la que no era capaz de deshacerme.

Sin poder aguantarlo más comencé con mi plan. Saqué el móvil de mi bolsillo y la llamé. Solo esperaba que mi voz no me delatara.

– ¿Edward? – Su voz sonaba algo cansada y perezosa.

–Hola, princesa. – Intenté que mi voz sonase algo aburrida también, aunque era un trabajo bastante difícil. – ¿Estabas durmiendo? ¿Te he molestado?

–No, no. Solo estaba viendo la televisión. – Por su voz parecía que se había cambiado de posición. Un suspiro se escuchó y no pude evitar sonreír. Toqué para que me abriese.

– ¿Y qué estabas viendo? – Pregunté siguiendo con mi papel.

–Vaya, acaban de tocar. Debe ser tu prima. Seguro que se ha dejado las llaves otra vez, es un des… – Podía escuchar sus pasos a medida que se acercaba a la puerta. Yo seguía con el móvil pegado a la oreja, con una sonrisa enorme. Dejé de escucharla en cuanto la puerta se abrió.

Sus ojos se abrieron de par en par, con la expresión más sorprendida que alguna vez había visto en ella. Comenzó a mover los labios sin emitir ningún sonido, en estado de shock.

–Ed… ¡Edward! – Exclamó acortando la distancia que había entre nosotros para rodear con fuerza mi cuello con sus brazos.

En seguida rodeé su cintura con los míos, dejando la maleta en el olvido y alzándola para poder sentirla lo mejor posible. Ella aprovechó ese movimiento para enredar sus piernas alrededor de mi cintura y siguió presionándome con fuerza.

Dios, me sentía en casa de nuevo. Mi cabeza se había hundido en su cuello y podía oler otra vez su fresco aroma, aquel que me devolvía a la vida. Su pequeño cuerpo se amoldaba con tanta facilidad al mío. Ninguno de los dos podíamos dudar que estábamos hechos el uno para el otro. De repente, tras toda aquella dicha y emoción en las que me encontraba sumergido, escuché un pequeño y bajo sollozo, pero decidí no decirle nada y seguir abrazándola, como estaba haciendo ella conmigo. Estaba llorando por la emoción, así que solo continué sosteniéndola en la misma posición, presionándola todo lo que me era posible contra mi cuerpo, en silencio.

Comenzó a besar mi cuello, haciendo un pequeño camino desde la base, hasta mis labios, y allí se detuvo por un largo rato. Nuestros labios se entreabrieron de forma inmediata, y nuestras lenguas se reconocieron en el mismo instante en el que se acariciaron. Era imposible no amarla. Sus manos no cesaban de acariciar mi rostro y las mías, aun sosteniéndola, la acercaban más a mi cuerpo si era posible.

–Mi amor. – Susurró mirándome a los ojos, intentando corroborar que era yo y volviéndome a besar. – Dios, ¿estás aquí? – Preguntaba mirándome de nuevo y dejando otro beso más en mis labios. Yo solo reí y esta vez la besé yo.

La dejé con cuidado de pie frente a mí. Sus dedos me acariciaban el rostro aun mirándome con una enorme sonrisa como si se tratase de un sueño del que estaba disfrutando. Se puso de puntillas y volvió a dejar un dulce beso en mis labios, antes de separarse y volverme a mirar mordiéndose el labio.

– ¿Qué haces aquí? – Me preguntó aun con aquella sonrisa tan hermosa. Sus ojos brillaban preciosos, y aun analizaban mi rostro.

–Necesitaba verte, quería verte. – Le contesté, mientras mi mano abandonaba su cintura para subir hasta su rostro y eliminar las lágrimas de una de sus mejillas, las cuales estaban arreboladas intensamente.

– ¿De verdad estás aquí? – Preguntó llevando una de sus manos a mi mejilla.

– ¿Quieres que te pellizque para que compruebes que no es un sueño? – Contesté con otra pregunta, llevando mis dedos a su trasero para hacerlo antes de que pudiese responder.

– ¡Eh! – Exclamó con una sonrisa. –Casi me matas del susto. – Susurró alzándose de puntillas para volverme a besar y esta vez apoyar su frente en la mía. – Vamos, ¡entra! – Su humor había cambiado repentinamente. Ya no usaba ese tono de voz que había escuchado hacia unos minutos. Ahora estaba llena de vida de nuevo y me satisfacía, porque era gracias a mí.

Me condujo de la mano hasta su cama y allí me hizo sentarme a su lado.

–Ahora dime, ¿Qué haces aquí? – Preguntó – Dios, Edward, no me lo puedo creer. – Murmuró abrazándome de nuevo.

–Ya te lo he dicho. Tenía que verte. Te echo mucho de menos, Bella. No sabes cuánto. – Contesté, elevando su cabeza para poder besarla de nuevo.

Ella soltó una breve risita llena de felicidad y después me inclinó junto a ella, hasta quedar tumbados en la cama. Sus brazos me abrazaron con fuerza al mismo tiempo que apoyaba su cabeza en mi pecho.

–No puedo creerlo, pero es verdad, estás aquí. Puedo escuchar tu corazón. – Volvió a susurrar abrazándome más fuerte.

–Te quiero, Bella. – Musité dejando un beso en su coronilla al mismo tiempo que la estrechaba junto a mí con fuerza. – Te amo, y quiero estar contigo para siempre.

Ella elevó su rostro para mirarme de nuevo con una enorme sonrisa y volvió a besarme, primero en los labios, después en las mejillas y por último en la frente, para después volverme a mirar de nuevo con aquellos ojos rebosantes de satisfacción y felicidad, sin dejar de acariciarme.

–Gracias.

–No me las des. Es lo mejor que he hecho en todo este tiempo. Estás tan preciosa. – Ella puso mala cara antes de darme un golpecito juguetón en el hombro. Esta era mi Bella.

–Llevó una coleta y un pijama, Edward. – Dijo con voz sorprendida, riéndose.

–Tú estás preciosa de cualquier forma. Lo eres. – Ella me miró con una pequeña sonrisa y volvió a besarme. – Cómo echaba de menos estos besos.

Seguimos besándonos, abrazándonos y acariciándonos un buen rato. El tiempo parecía haberse detenido, las palabras sobraban y les daban paso a las miradas dulces, llenas de emoción. Aun me resultaba imposible pensar que ella pudiera pensar que la cambiaría por alguien más. Eso era imposible.

Los besos, las caricias y los abrazos pronto comenzaron a ser más insistentes y apasionados, y de pronto Bella se envaró sobre mí.

– ¡Alice! – Exclamó de repente, como si se hubiese acordado en ese mismo instante. Puse los ojos en blanco y le sonreí, volviéndola a besar, pero ella no se dejó llevar del todo. – Puede llegar en cualquier momento.

–Tranquila, no va a venir. – Dije sonriéndole pagado de mí mismo, dándonos la vuelta para quedar esta vez sobre ella y comenzando a besar su cuello de forma candente.

–E-ella… ¿Ella sabía… que… que tú…? – Su respiración y las sensaciones cada vez causaban más estragos en ella.

–Lo sabía todo. Con alguien tenía que ponerme de acuerdo ¿no? Así que no va a aparecer, Bella. – Dije mirándola a los ojos.

Ella me sonrió. Una sonrisa llena de vida, picardía y genuina que me alentó a continuar con aquel juego tan malditamente irresistible.

Por fin podríamos pasar unos días juntos.

Alcé la mano y acaricié muy suavemente con las yemas de mis dedos los rasgos del rostro de la preciosa chica que tenía frente a mí durmiendo. No era descabellado pensar que podría quedarme mirándola el resto de mi vida así, sin necesitar mucho más. Era suficiente.

Su ceño se frunció ligeramente y sonreí cuando suspiró aun en sueños. Alargó su brazo buscando mi cuerpo para abrazarme. Adoraba que lo hiciese. Después acomodó su cabeza con movimientos lentos y perezosos en mi pecho y su mano le dedicó un par de caricias a uno de mis costados antes de volver a quedar relajada por completo. Sí, estaba convencido de que podría vivir así y sería suficiente para ser feliz.

Ese día volvía a Boston y apenas faltaban un par de horas para levantarme y marcharme, separándome de ella de nuevo. Aunque solo en el espacio pues parecía que había conseguido mi propósito y nos sentía más unidos que nunca.

El mismo día que llegué celebramos un precioso San Valentín. Alice, como ya me había dicho se había encargado todo, y la misma tarde del día que llegué tocaron a la puerta de la habitación provocando que Bella y yo tuviéramos que vestirnos con rapidez para ver quien era.

Mi prima apareció tras esa puerta y con un efusivo abrazo me saludó. Venía acompañada de otra chica más, quien era compañera de Bella y resultó ser tan intensa y extrovertida como mi prima. Catherine era alta, rubia, de ojos verdes y extremadamente delgada.

Por lo visto su familia tenía un pequeño negocio cerca en el que vendían artículos de decoración y no dudó en traernos por petición de mi querida prima algunos para que ambientásemos la habitación. Alice también había encargado la cena de esa noche, tal y como había quedado conmigo hacía ya algunos días, y por supuesto Bella se quedó asombrada.

Pasamos una romántica velada a la luz de las tenues velas rojas, bebiendo un fino vino mientras cenábamos raviolis de setas y brindando al final con champagne.

Esa misma noche ella me pidió disculpas por su falta de confianza hacia mi persona y me prometió que nunca más dudaría de mí. Yo le hice comprender que nunca le había dado alguna razón para que dudase de mí y le prometí que jamás le daría motivos para que desconfiara. Tuvimos una larga conversación sobre todo lo que había pasado durante los últimos meses. Qué era lo que a ella le había molestado, qué era lo que quizás le había hecho desconfiar, y me di cuenta de que todas aquellas nimiedades las cuales tenían que ver con Tanya, radicaban en las inseguridades que se arraigaban en ella debido a la distancia. Yo por mi parte, le confesé el temor que sentía de que existiese otro chico por su comportamiento, lo cual radicaba de su desconfianza y sus cambios de actitud conmigo.

Ella solo negó con la cabeza con una pequeña sonrisa, asegurándome por completo que nadie podría ocupar su corazón, solo yo. Y eso me hizo sentir mejor, y me reprendí interiormente porque fui capaz de consentir que mi seguridad flaqueara aunque fuese solo un poco.

Al día siguiente nos despertamos entre caricias, besos y bromas, aunque conscientes de que era un día más que pasaba o un día menos que nos quedaba. Salimos a pasear por la residencia y Bella me presentó a la mujer de la recepción, quien era muy agradable y con quien congenié a la primera.

Bella me había hablado de ella con anterioridad, describiéndomela como alguien más parecida a una madre que a una simple recepcionista, y tenía que darle la razón. A todas las personas que pasaron les dedicó una de esas sonrisas grandes y llena de dulzura que me dedicó a mí el día anterior cuando llegué.

Estuve también visitando su universidad e incluso conociendo a un par de compañeros de Bella.

Más tarde y después de comer, salimos a dar paseos por la costa. Había descubierto cuánto me gustaba ver a Bella con los brazos extendidos frente al sol de California, llenando sus pulmones con el aire salino, al mismo tiempo que la brisa movía su cabello. Era totalmente preciosa. Nos sentamos en la arena y las palabras se esfumaron, como siempre nos pasaba cuando íbamos a la Push. Era increíble poder escuchar el sonido de las olas al mismo tiempo que la suave brisa nos bañaba junto al sol y su calidez, y percibir su esencia junto al olor salino.

Esa noche accedí a cenar con Alice, Rose y Emmett, y tuve que aguantar algunas de las acusaciones de mi rubia amiga, aunque decidí ignorarla.

Al volver a la habitación nos encerramos de nuevo en nuestra burbuja, volviendo a hablar de nosotros y después haciendo el amor varias veces. Me daba la impresión de que no podía amarla más de lo que ya lo hacía. Ese amor me iba a hacer estallar como siguiese creciendo.

–Buenos días. – Murmuró besando mis labios, tras despertarse. – O malos días. Sí, para mí son malos. – Dijo al mismo tiempo que sus labios acariciaban los míos. – No quiero que te vayas.

–Yo tampoco quiero irme. – Susurré mordiendo su labio inferior y consiguiendo que ella suspirase.

–Pues quédate. Quédate conmigo. – Casi era una súplica. Esta vez quien mordió mi labio fue ella.

–Lo haría. Estoy demasiado bien aquí. – Contesté volviendo a tomar sus labios. – Pero no es posible, cariño. – Los notaba suaves y agradablemente cálidos.

–Entonces, la próxima vez tendré que ir yo a Boston. – Musitó con una pequeña sonrisa. – Mmm. – Una de sus manos no dejaba de acariciar mi brazo, mi pecho y mi abdomen, mientras la otra se hundía en mi cabello.

–Ojalá. – Deseé. – La próxima vez quizá me encuentres más fuerte. – Ella rió entre dientes realmente divertida. – En serio. Damon me ha pedido que me apunte al gimnasio con él.

– ¿Y qué necesidad tienes de ir? – Preguntó mirándome curiosa.

–Quiero estar en forma para ti. – Suspiré. – A las chicas os gustan esas cosas.

– ¡Por favor, no vayas a ponerte como Emmett! – Exclamó con los ojos como platos. Mis brazos rodearon su cintura para acercarla más a mí y me reí con ella.

–Puedes estar tranquila, mi amor. Solo quiero que Damon y Morgan dejen de decirme que tengo brazos de alambre. – Susurré sonriendo y volviéndola a besar, pero cuando se alejó su mirada ya no era alegre.

–Aun no te has ido y ya te echo de menos. – Mi dedo índice acarició suavemente su mentón y llevé mis labios a los suyos de nuevo.

–Yo también. – Dije volviéndola a besar.

Podía notar su cuerpo aun desnudo bajo la sábana y mi cuerpo no había tardado en responder. Quería tenerla una vez más antes de que los kilómetros volviesen a separarnos de nuevo. Así que nos di la vuelta y presioné mi miembro en su vientre, haciéndome notar y provocando un pequeño gemido por su parte.

Ella me miró con los ojos cristalinos y me acarició la frente con ambas manos, pestañeando repetidamente, haciendo el intento de contener las lágrimas que amenazaban con derramarse.

–Te amo. – Dije mirándole a los ojos al mismo tiempo que deslizaba mi miembro en su interior. Ella sonrió.

–Y yo a ti. – Contestó tomando mi rostro para llevarlo a sus labios.

Las sensaciones eran inmejorables y muy apasionadas. Nuestro contacto era necesitado y daba la impresión de que se iba a acabar el mundo mientras nosotros dos hacíamos por última vez el amor. Mis movimientos eran lentos, dejándome llevar por las emociones de aquel momento mágico. Bella parecía estar en el mismo estado introspectivo que yo y aun así nuestra sincronización era tan natural, asombrosa, maravillosa. Sentía mi piel estremecerse y mi corazón bombear con fuerza, cada vez más rápido, cada vez más profundo, sintiendo nuestros lazos enredarse cada vez más, era imposible separarnos. Jamás.

Caí exhausto sobre ella, escuchando su errática respiración causada por el clímax. Nada ni nadie nos podría separar. Yo lucharía para volver a sentirme como en esos momentos.

– ¡Edward! – Gritó Damon con una enorme sonrisa. Tenía enroscado su brazo a una cintura femenina.

Me giré sonriendo, dejando de lado la conversación que tenía con Angela y Ben. Ellos no se llevaban muy bien con Damon, Morgan, Victoria y Tanya. Y aunque tampoco eran mis personas favoritas en el mundo, Damon para mí era un crío en cuerpo de hombre. Él solo buscaba divertirse y era una de las personas más sinceras que había conocido, por lo que sabía con seguridad que las chicas con las que se relacionaba sabían cuáles eran las normas para pasar un rato con él.

–Ey, Damon, ¡Te hacía con Victoria y Tanya en Lizard Lounge! – Exclamé sorprendido y sonriendo al darme cuenta de que estaba más achispado de lo normal.

Ya habían pasado dos semanas desde que volví de ver a Bella, y cada vez me sentía más orgulloso por haber hecho aquel viaje. Por fin Bella parecía confiar en que no habría más chica que ella para mí, y eso era muy importante para nuestra relación.

Esa noche mis amigos me habían dicho de ir de nuevo a aquel local de música Irlandesa. Yuu también se había apuntado para tomar algo con nosotros tres. Se había ido hacia un rato, pero la verdad es que había pasado un buen rato en compañía de buenas personas con las que cada vez me sentía más unido.

Damon emitió una carcajada borracha y yo elevé una ceja divertido. La chica a su lado sonreía de manera incómoda.

–Damon, ¿no crees que deberías ir a casa? – Le propuse.

– ¡Nooo! – Contestó alargando la "O" de manera extraña. – Victoria y Tanya me están esperando. ¿Vienes a salll-saludarlas? En serio, Edward, me han dicho qu-qu-querían verte. – Damon estaba bastante afectado por el alcohol y su estado me preocupaba. ¿Era esa chica consciente de que se dormiría antes de que pudiese quitarse esa pequeña blusita que llevaba?

–Damon, creo que deberías decirles que te llevasen a casa. – Él volvió a reír, soltó a la chica, quien pareció aliviada, y me pasó el brazo por los hombros dejando caer todo su peso.

–No, ¡no! Ven, vamos a divertirnos. ¡Te invito a una copa! – Exclamó abriendo los ojos para después volver a dejar caer los párpados.

–Creo que no es una buena idea. – Contesté, viendo como la chica que estaba con él desaparecía. La había espantado y no pude evitar sonreír.

–Edward, nos vamos. ¿Te vienes con nosotros? – Me preguntó Ben.

Miré a Damon con esa sonrisa bochornosa en el rostro y después a mis dos amigos. Suspiré y esta vez dejé de sonreír.

–Damon, voy a irme, ¿quieres que te acompañe a la parada de taxis? – Le pregunté.

– ¡No! Edward, quédate. ¡Lo pash-sharemos bien! Y… y yo… – Sus piernas fallaron y se colgó más de mí. Como pude y ayudándolo mientras él se reía, lo llevé a un taburete para que se sentara.

–Damon. – Él tenía la mirada perdida en algo o alguien, supuse, por como sonreía casi babeando. – ¡Damon!

–Edward, ¿por qué no avisas a quienes han venido con él? – Preguntó Angela. Yo suspiré.

–No sé dónde están Tanya y Victoria. – Angela puso los ojos en blanco. – Iros, no os preocupéis. Me quedó con él.

–Pero Edward, creo que no es necesario qu…

–No puedo dejarlo así. – Le dije a Ben. – Y no voy a dejarlo tampoco en un taxi solo.

–Pero ¿cómo vas a quedarte tú solo con él? – Pregunto Angi.

–No va a pasarme nada, ¡Ang! Tengo la parada de taxis aquí. Tengo que convencerlo. – Dije sonriendo. – No os preocupéis. Sé que queréis iros. ¡Tranquilos!

–Bueno, está bien. – Dijo Angela resignada y no muy convencida. – Que te sea leve. – Murmuró mirando a Damon con mala cara. Mi borracho amigo estaba tarareando con una enorme sonrisa la canción que sonaba en esos momentos.

–Hasta luego, tío. – Se despidió Ben dándome una palmadita en la espalda.

Desperté aturdido en mi oscura habitación y me recordó a una sensación desagradable que hacía poco tiempo hacia sentido. La luz del día a penas se filtraba por la persiana. Me llevé una mano a la cabeza ante el fuerte dolor que me sobrecogió cuando abrí los ojos. Me sentía fuera de lugar, confundido y como si me faltara recordar una parte de algo no muy lejano.

Miré el reloj sobre mi mesita, junto a la foto de Bella. Las 06:30 p.m. Tarde, si contaba con que anoche volví a casa temprano. El corazón me dio un vuelco al ser consciente de que esa afirmación no podía asegurarla del todo. ¿A qué hora volví a casa? Intenté hacer memoria, pero era todo oscuro, no recordaba cómo había llegado a mi apartamento.

La boca se me secó al ser consciente de que ni siquiera recordaba haber dejado a Damon en un taxi o con Tanya y Victoria. Me levanté de mi cama y corrí hacia el salón, encontrándome el diván ocupado con Damon descansando a sus anchas, incluso podía escuchar algún ronquido.

– ¡Damon! – Grité – ¡Damon!

Él se movió perezosamente y después hundió la cara entre los cojines.

– ¡Damon! – Volví a llamarlo esta vez zarandeándolo.

–Dios, ¿puedes dejarme dormir?

– ¿Cómo llegamos a casa anoche? – Le pregunté.

–No sé. No sé. No me acuerdo, pero tengo sueño. Quiero dormir.

– ¡Damon! – Exclamé. – Dios, ¿en serio no lo recuerdas? – Pregunté sintiéndome más asustado al pensar que a él le estuviese pasando lo mismo que a mí.

–No sé. Creo que me dormí antes incluso de salir del local. Gracias por traerme aquí, Edward. Y ahora, por favor, ¿me dejas dormir? – Volvió a preguntar. Me quedé en estado de shock por unos segundos. ¿Se quedó dormido?

–Espera, espera. ¿Cuándo te quedaste dormido? – Exigí saber. Él bufó, pero tampoco se quejó y se giró para mirarme con los ojos entrecerrados, cargados de sueño aun.

–No sé. Solo me acuerdo que no me dejaste beber una copa más. Me dijisteis que sería mejor que me trajerais aquí. Me ayudaste a levantarme, me sentí sin fuerzas y supongo que me dormí involuntariamente.

– ¿Una copa más? ¿Quién más te dijo que te trajera aquí? – Pregunté extrañado.

–Sí, una copa más, cuando llegaron Victoria y Tanya.

¿Tanya y Victoria? ¡Joder! ¿Qué había pasado? ¿Otra vez no me acordaba de nada? No podía ser, Dios. Me levanté alterado, con las manos en la cabeza, siendo consciente de que Damon no podría resolver mis dudas y que estaba quedándose dormido de nuevo tranquilamente, ajeno a algo que podía haber pasado anoche muy grave.

Cogí el móvil y sin pensármelo busqué rápidamente el número de Tanya, necesitaba que me aclarara algunas cosas.

– ¿Edward? – Preguntó extrañada.

– ¿Qué pasó anoche? – Exigí, furioso.

–Nada, ¿no? No sé. ¿Qué pasó? – Preguntó ella, aparentemente confundida.

–Damon asegura que nos vimos anoche.

–Sí, nos vimos, y dijiste que tenías que llevar a Damon a casa. – Contestó ella.

– ¿Tomamos algo? – Pregunté en el mismo tono demandante que presidía la conversación.

–No, que yo sepa no. – Me envaré. Damon había hablado sobre unas copas.

–Tanya, es la segunda vez que me despierto sin acordarme sobre ciertas cosas después de salir una noche a tomar algo, y siempre estás tú en medio.

– ¿QUÉ? – Gritó. Parecía que la acababa de insultar, y no quería que mi voz denotara tanta acusación hacia ella, pero esto era tan extraño que me era imposible esconder mi furia. – ¿Qué intentas insinuarme? ¡No puedo creerlo! ¿Crees que te drogaría? ¿Para qué coño haría yo eso, Edward?

–No sé. ¡No lo sé, maldita sea! ¡Pero todo esto es muy sospechoso y no puedo dejar de pensar en que tú seas la culpable de todo lo que me está pasando! – Grité furioso, dejándome llevar por la ira que sentía en aquellos momentos. Se hizo el silencio y solo escuché un suspiro.

–Me estás ofendiendo. No soy de esa clase de personas. ¿No puedes pensar que tú seas el del problema? ¿Por qué tengo que ser yo? – Los dientes me dolían de apretarlos tanto. Decidí mejor dejar las cosas como estaban.

–Adiós.

Me senté en mi cama sintiéndome bastante nervioso. Era muy desconcertante no saber qué me estaba pasando. Me sentía perdido de mí mismo, intentaba pensar y pensar, forzando mi mente a recordar algo sobre el final de aquellas dos noches, pero entre más pensaba más nervioso me ponía y todo era peor.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Tenía que admitirlo, a parte de nervioso, estaba aterrorizado.

Miré el móvil queriendo llamar a la única persona a la que necesitaba en aquellos momentos, pero no quería asustarla. ¡Dios! ¿Qué me estaba pasando? Esa era la única pregunta que rondaba en mi cabeza una y otra vez. ¿Sería yo el del problema como había dicho Tanya, o realmente yo estaba en lo cierto? Lo peor de todo es que me daba miedo no tener razón. Me aterraba que de verdad estuviera pasándome algo, pero no, no podía ser. O sí…

Me tumbé en la cama boca arriba. En cierto modo no tenía por qué acusar a Tanya. Después de todo ¿Para qué querría ella drogarme? No. Tenía que descartar esa opción. Pero si no era ella, ¿quién querría conseguir algo de mí a través de ese medio? ¿Y qué podría querer esa persona?

Pensé en Damon, dormido bajo mi mismo techo, pero me era imposible pensar que él fuese el culpable cuando en realidad yo había sido testigo de la cogorza que arrastraba la noche pasada. Además, él no podía ser así de retorcido. No había ningún tipo de maldad en él; solo diversión, inmadurez, irresponsabilidad como mucho, pero no maldad. Me giré de lado y me topé de frente con la foto de Bella que descansaba sobre mi mesita de noche. Estiré mi brazo y pasé la yema de mi dedo por su rostro, deseando que fuese su piel la que pudiese estar acariciando en lugar del frío cristal.

Fruncí el ceño, preguntándome qué hora debía ser y si me habría llamado anoche, y recordé que al coger el móvil para llamar a Tanya había visto que tenía llamadas perdidas que ignoré debido al estado en el que me encontraba en aquellos momentos.

¡Las 07:30 p.m.! ¿Podría ser posible que fuese tan tarde? Siete llamadas perdidas de Bella. Dios, debía estar furiosa conmigo. Sin pensármelo, marqué su número y mientras los tonos pasaban, pensaba en qué explicación iba a darle. No quería preocuparla, pero tampoco quería que su inseguridad volviera a ella, que dudara de mí. ¿Qué era lo mejor?

Saltó el contestador y volví a llamarla. Así estuve repitiendo la misma operación tres veces, y siempre obteniendo el mismo resultado. Nada. Opté por llamarla al fijo.

– ¿Si? – La voz de Alice me recibió.

– ¿Está ahí Bella? – Pregunté sin pararme a saludarla.

– ¿Edward? – Preguntó ella extrañada, solía ser mucho más amable, y era consciente de que me estaba comportando de manera quizá exagerada, pero necesitaba hablar con ella.

–Sí, Alice. ¿Está Bella? – Volví a preguntar.

–No, ha salido después de comer y aún no ha vuelto. Me dijo que iba a dar una vuelta, que necesitaba aire.

– ¿Y se ha dejado el móvil en casa?

–No, yo vi como se lo llevaba. ¿Qué pasa, Edward? Bella también estaba muy rara. – En su voz se palpaba la preocupación.

–No me coge el móvil. – Le contesté.

– ¿Por qué?

–No sé, me ha llamado al móvil y no se lo he cogido, pero es que estaba dormido como un tronco y no me he enterado de nada. – Le expliqué por encima. Ella suspiró. Parecía realmente preocupada. Alice jamás hablaba con tanta seriedad.

–Yo creo que aquí hay algo más. Voy a salir a buscarla.

–Avísame en cuanto sepas algo, Alice, por favor.

–Sí, claro, Edward. Un beso. – Y colgó.

De verdad que esto estaba empezándome a preocupar seriamente. Ya no solo era la incertidumbre y la desorientación que sentía por lo que hubiese pasado la noche anterior. Ahora se me unía lo que fuera que estuviese pasando con mi novia. Cogí el móvil y volví a marcar, pero nadie contestó. Decidí rendirme, esperando que Alice me llamase pronto para tener noticias.

En cuanto me tumbé en la cama unos golpes sonaron a través de la puerta cerrada. Damon asomó la cabeza, ya vestido y peinado, con una sonrisa de disculpa. Yo le hice un gesto para que pasara y me senté en mi cama, aun deshecha.

–Gracias por traerme aquí anoche, amigo. – Me dijo apenado, rascándose la nuca. – Te debo una. –Yo sonreí.

–Damon, ¿de verdad no recuerdas nada extraño? – Volví a preguntarle.

–Tengo muchas lagunas. Solo recuerdo que te convencí para bebernos un par de copas cuando llegaron Tanya y Victoria. – Dijo mirando al suelo. – Y lo hiciste porque creo que te prometí que después de esas me iría a dormir. Pero al final tuviste que quitarme la última copa de la mano y me quedé dormido o más bien inconsciente. – Suspiró. – Me parece que no hay nada extraño ahí. – No quería hacerlo partícipe de lo que me estaba pasando porque tampoco tenía toda la confianza que necesitaba con él, y más aun pensando que alguien podría estar intentando hacerme daño mediante alguna droga. Pero tenía que admitir que el no recordar lo que me estaba contando me hizo tener aún más miedo.

–No deberías beber de esa forma. Hay muchas maneras de divertirse, pero me parece absurdo hacerlo bebiendo alcohol hasta perder la conciencia, Damon. Absurdo e inmaduro. – Le expuse mi opinión decidiendo callar mis temores.

–Lo sé. Gracias de nuevo, Edward. – Y supe que no quería hablar más de ello. – Si en algún momento necesitas mi ayuda, no hace falta que te diga que haré lo que sea.

– ¿Te vas? – Pregunté.

–Sí, nos vemos el lunes. Hasta luego. – Y diciendo esas dos últimas palabras desapareció de mi vista.

Me tumbé en la cama de nuevo y marqué el número de Bella otra vez. Nada, volvía a saltar el contestador una y otra vez, hasta que lo dejé por imposible. ¿Por qué no quería hablar conmigo? Era evidente que llevaba el móvil con ella y que no estaba apagado. ¿Habría salido de nuevo su inseguridad a flote? Esperaba que no.

Cogí su foto y me tumbé de lado, sin quitarle un ojo de encima. Qué duro era todo esto para los dos, y más para ella que era tan sensible y frágil. Sabía y era consciente de que podía hacerle mucho daño si me lo propusiera, pero no estaba en mi mente ni en mi corazón causárselo, no era lo que me hacía feliz. Tendría que contarle lo que me pasó la noche anterior y mis sospechas aun con el riesgo de que pensara algo absurdo. De verdad estaba asustado con todo, aterrado.

Llamé varias veces a Alice después de la última y no me cogió su móvil, tampoco volvieron a cogerme el fijo, ninguna de las dos, y el móvil de Bella estaba… apagado.

Cogí el portátil, intentando escapar de los pensamientos absurdos que se arremolinaban en mi mente, y busqué drogas que tuviesen efectos amnésicos. Sabía algo del tema, pero por conversaciones superficiales con mi padre, aun no daba materia de este tipo. Fue difícil encontrar algo, pero entre artículos, noticias en la red di con una sustancia sospechosa, el Rohypnol, que aparecía definido como un fármaco ansiolítico diez veces más potente que el Valium, capaz de provocar pérdida de memoria, somnolencia y mareos, y que se metaboliza despacio, pudiendo aparecer en la orina hasta 72 horas después.

Me senté en la cama. 72 horas. Aunque no se tratase de ese fármaco no era tarde, podía hacerme los análisis al día siguiente, desde luego pensaba hacérmelos. Eran las 02:02 a.m. y todavía no tenía noticias de Bella. Alice tampoco se había puesto en contacto conmigo. ¡Mierda! ¿Qué coño estaba pasando? Decidí coger el fijo y volví a marcar. Esta vez a los dos tonos escuché como descolgaba alguien.

– ¿Bella? – Pregunté desesperado con un nudo en la garganta.

–Está dormida. – Respondió mi prima en tono contenido. Parecía seria y nada complaciente.

– ¿Por qué no me has llamado? Estaba muy preocupado, Alice.

–Ya está aquí y está descansando, déjala. – Ese "déjala" fue como una puñalada para mí. ¿Por qué mi prima me estaba hablando de esa forma? – Es muy tarde, Edward, ya te llamará ella. Hasta mañana. – Y no me dejó hablar. Colgó.

Me quedé mirando el teléfono, y luego ni siquiera sé qué me pasó. Apreté los dientes y lo lancé frente a la pared con fuerza, viendo como se desmontaba y caía al suelo. Y así me sentí yo, como ese teléfono: las pilas por un lado, la tapa por otro y el aparato por otro. Todas las piezas desperdigadas y perdidas.

Algo grave estaba pasando, algo grave de verdad. Empecé a temblar, no sabía si de miedo o frío. Me tumbé y me tapé, sintiendo un nudo en la boca del estómago y notando todos mis músculos tensos. Mis ojos se aguaron y silenciosamente lágrima tras lágrima iba cayendo al mismo tiempo que miraba la foto de Bella, al sol de California, con su sombrero naranja y sus gafas de sol.

No sé si fue algún efecto de la droga que estaba casi seguro que había ingerido, pero logré quedarme un poco adormecido.

El móvil comenzó a sonar y me incorporé de inmediato para cogerlo, viendo el nombre de Bella en la pantalla. ¡Dios, Santo! ¡Al fin!

– ¡Bella! – Exclamé de golpe, aliviado y nervioso al mismo tiempo. – Bella, cariño, ¿dónde estabas? Me tenías asustado. Siento no haberte cogido el móvil cuando me llamaste, pero no pod…

–Edward. – Su voz era cortante, bien afilada, apuntándome directamente al corazón.

–Bella. – Susurré.

–Se acabó. – Mi corazón se paró, y lo sentí resquebrajarse provocándome un inmenso dolor. Su voz ya no solo era cortante, era peor que eso. Había una enorme determinación en ella. No titubeó al pronunciar esas dos palabras tan dolorosas.

–No. ¿Cómo…? Bella ¿Qué estás diciendo? Creo que no te he entendido. – Musité, intentando negarme algo que era tan evidente.

–No, has escuchado muy bien. – Tomó aire. – Se acabó.

– ¿Por qué? – Mi voz era apenas un hilo. Un hilo del que colgaba mi corazón resquebrajado, un hilo muy fino y que se estaba rompiendo poco a poco.

–Porque… – Volvió a tomar aire. – No te quiero. – Fruncí el ceño.

–No, eso no es verdad. ¿Pero qué tontería estás diciendo?– Exclamé con convicción.

–Lo es. Déjame en paz. No me llames, no molestes a Alice, por favor. – Me pidió con la misma voz.

–Pero, ¿por qué? – Volví a preguntar. – Me has repetido hasta el cansancio que no podías dejar de quererme. No lo entiendo, Bella. – Escuché otra bocanada de aire a través de la línea telefónica, y tras dos angustiosos segundos, la volví a escuchar.

–Tenías razón cuando me dijiste que podía pasar. Hay… otro. No quería que pasara, pero me he dado cuenta que le quiero a él. Me he enamorado de otro, Edward.

–Pero, ¿cómo…? Bella, no sé qué he hecho para que quieras castigarme de esta manera, pero si esto es una broma no tiene gracia. – Casi no podía hablar, mi mandíbula estaba tensa.

–No es ningún castigo, es la verdad. – Volvió a respirar. – Hagamos esto de la forma más fácil y menos dolorosa. Adiós, Edward.

En ese momento mi corazón no lo soportó más. El hilo se rompió dejando caer mi corazón, que no aguantó el impacto y terminó rompiéndose en miles de pedacitos.

Esto ya era demasiado para mí. Ni siquiera se había disculpado, y tampoco se le había escapado ninguna lágrima. Había sido fría y despiadada, una Bella que pensaba que no existía. Me levanté de la cama con los músculos tensos, ya con el corazón hecho trizas y las lágrimas desparramadas en silencio por toda mi cara. Me giré, mirando toda mi habitación, cansado, aturdido, desorientado, ofendido, humillado y con el corazón roto y perdido.

Mi mirada terminó en su foto. Tantos años amándola en silencio, tanto tiempo anhelando el momento de permanecer a su lado para siempre. Tanto tiempo esperando su amor, para que al conseguirlo, no pasase ni un año y ella se enamorase de otro.

No lo dudé. La cogí y la estampé contra la pared, provocando que el cristal se rompiera. Tiré de las sábanas con rabia tirándolas al suelo con movimientos frenéticos; lo mismo hice con la almohada. Tiré todo lo que descansaba en mi mesita de noche y mi cómoda. Gruñí y comencé a dar golpes en la pared, primero con los puños, después con la cabeza y por último con las rodillas, pero el dolor físico no sustituía al que sentía mi alma.

Y fui consciente de como mi alma herida moría. Sentí que ya no podría ser el mismo.


.

Bueno, se veía venir que algo malo iba a pasar. :( Puede que algunas tengáis un lío en la cabeza increíble, pero poco a poco... Queda mucha historia por delante. Volveré a subir capítulo el lunes que viene, y bueno, lo podremos considerar como la segunda parte de la historia. :)

Muchísimas gracias a todas por los reviews que escribis.

Nos leemos la semana que viene! Un besito :)