Hola hola espero esten bien y que les guste este capi

Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer

Capitulo 16

No podía trabajar. Edward miraba fija y casi resentidamente su máquina de escribir, pero no podía plasmar las palabras en el papel. Las palabras estaban allí, sobrecargando su cerebro. La emoción continuaba también allí, bullendo en su interior. Podía recordar, punto por punto, todo lo que había sucedido la tarde y la noche anterior.

Cuando Bella se había marchado de la cocina, él había continuado allí, observando girar la cinta en la grabadora. ¿Sorprendido? ¿Cómo podía decir que estaba sorprendido? Hacía mucho tiempo que se había desprendido de sus gafas de color rosa. Sabía lo terrible que podía ser la vida, lo violenta y repugnante que podía llegar a ser. Había indagado en otras vidas, había descubierto sus cicatrices, sus secretos. Nunca le había sorprendido y hacía tiempo que había dejado de impactarlo.

Pero, la tarde anterior, se había quedado durante largo rato en aquella cocina impregnada todavía del olor del café. Y había sufrido. Había sufrido al recordar la palidez del rostro de Bella y lo tranquila que sonaba su voz mientras hablaba. Después la había dejado sola, sabiendo que necesitaba y quería intimidad.

Había conducido hasta la ciudad. La distancia, se había dicho a sí mismo, lo ayudaría. Un periodista necesitaba distancia, al igual que necesitaba cierta privacidad. Era una combinación de ambas cosas la que podía aportar fuerza y veracidad a una historia.

El aire era más cálido, aunque el viento estaba empezando a levantarse, como si quisiera darle la bienvenida al mes de marzo. La nieve ya solo era un recuerdo en el todavía empapado terreno. Y para cuando se marchara la primavera, el libro ya estaría terminado. Aunque Edward no sabía decir exactamente cómo.

Cuando había vuelto a casa, los niños ya habían regresado del colegio. Estaban en el jardín, corriendo con el perro. Edward se había quedado en el coche, observándolos, hasta que Chris se había acercado a él para invitarlo a unirse a sus juegos.

Horas después, Edward todavía podía recordar la alegría del rostro de Chris, la inocencia de sus ojos cuando lo miraba. El pequeño le había ofrecido su manita con absoluta confianza y había comenzado a contarle todo lo ocurrido en el colegio. Un chico llamado Sean Parker había vomitado en el recreo. Grandes noticias. Ben había dicho alguna chiquillada grosera sobre el problema de Sean Parker y Chris había reído hasta las lágrimas.

Después, habían ido a la parte trasera de la casa y habían entrado en tropel. Manteniéndose tras ellos, Edward había visto a Bella frente a la cocina. Cuando se había vuelto, le había sostenido la mirada durante unos segundos para volver después a concentrarse en los preparativos de la cena con aquella natural eficacia que Edward se había acostumbrado a esperar en ella.

Edward había anticipado que habría tensión, pero no la encontró. Ni en la cocina, ni durante la cena, ni tampoco más tarde, cuando Bella se puso a jugar con los niños a un juego de mesa en el que al final hasta él mismo había participado. La normalidad era el orden del día y él no estaba en condiciones de averiguar si era o no forzada. Bella había ido a acostar a los niños y después se había retirado a su dormitorio. Y allí permanecía desde entonces.

Edward, en su propia habitación, no era capaz de encontrar la calma. ¿Qué iba a hacer? Tenía todos los elementos para contar una historia veraz en la palma de la mano. Romance, traición, sexo, violencia. Y no era una ficción. Era real. Su trabajo consistía en escribir esa historia y hacerlo con sinceridad.

Pero recordó entonces la confiada manita de Chris entre la suya.

Maldiciendo, Edward se levantó del escritorio. No podía hacerlo. Era imposible publicar lo que Bella le había contado aquella tarde. Independientemente del cuidado con el que lo escribiera, de la precisión con la que lo redactara, sería algo horrible, deprimente, imperdonable. Aquel niño era tan inocente, y estaba tan expuesto...

En realidad no debería importarle. Todos los instintos que lo habían guiado durante sus años de reportero, todas las habilidades que habían convertido sus biografías en textos incisivos y sinceros, lo impulsaban a decir la verdad. Pero no podía olvidar la forma en la que un niño le había sonreído y había elevado sus brazos hacia él en busca de un abrazo. Recordaba también a Ben, sentado solo en la cama, rodeado de pequeños hombrecillos. Y recordar a Bella entrelazando los dedos con los suyos. Y aquello le bastaba para sentirse lleno.

Lo habían atrapado. Edward se pasó la mano por el pelo. No tenía sentido fingir lo contrario. En su interior, se estaba produciendo un tira y afloja; en un extremo de la cuerda estaban Bella y sus hijos. En el otro, él continuaba combatiendo. Había olvidado la norma esencial, aquella que había aprendido durante sus primeras semanas como periodista: no involucrarse en el tema en el que trabajaba. Pues bien, se había involucrado y no tenía idea de cómo dar marcha atrás.

Al diablo con dar marcha atrás.

Sin darse tiempo para pensárselo dos veces, salió de su habitación, cruzó el pasillo y llamó a la puerta del dormitorio de Bella.

-Sí, pasa.

Estaba sentada tras un pequeño escritorio, terminando una carta. Alzó la mirada y dejó a un lado lo que estaba haciendo, como si lo hubiera estado esperando,

-Tenemos que hablar.

-De acuerdo, cierra la puerta.

Edward la cerró, pero no habló inmediatamente. No había ninguna barrera entre ellos en aquel momento; no estaba la grabadora que lo transformaba todo en una tarea ética y profesional. Lo que en aquel momento dijeran, quedaría únicamente entre ellos dos. No estaba muy seguro de cómo había llegado hasta allí. Como un hombre caminando por un sendero mal iluminado, avanzó lentamente y se sentó en la cama.

La habitación era apacible, suave, femenina... igual que Bella. Si alguna vez había habido violencia en ella, hacía mucho tiempo que había sido erradicada. Bella la había desterrado, comprendió, porque no quería dejar que destruyera su vida o la de sus hijos. Y al poner en sus manos el reconocimiento de aquella violencia, le había hecho corresponsable de su tranquilidad. Algo en el interior de Bella había descubierto en él la capacidad de compasión que le había hecho asumir esa responsabilidad.

-Bella, sabes que no puedo escribir lo que me has contado esta tarde.

Una oleada de alivio la invadió. De alguna manera lo esperaba, por eso se había atrevido a confiar, pero no estaba del todo segura.

-Gracias.

-No me des las gracias -pensaba que le resultaría más fácil tratar con ella desde el resentimiento-. Voy a escribir muchas cosas que no te gustarán.

-Estoy empezando a pensar que quizá no importe tanto como antes creía.

Miraba por encima del hombro de Edward, clavando la mirada en aquel estampado de flores que se repetía una y otra vez en el papel pintado de las paredes. La vida era así, como un diseño que se repetía una y otra vez. Y Bella había intentado cambiar aquel motivo sin atender al aspecto general.

-¿Sabes? Pensaba que los niños necesitaban una imagen en la que mirarse, alguien de quien poder decir «ese es mi padre». Pero cuanto más pienso en ello, creo que es mucho más importante que se sientan orgullosos de sí mismos.

-¿Por qué me lo dices?

Bella lo miró. Miró al hombre que al final había conseguido cambiar el diseño de su existencia. ¿Cómo podía explicárselo? Había encontrado bondad en él, en quien nunca la habría esperado. Edward había trabajado a su lado, aunque ella no se lo había pedido. Había sido cariñoso y generoso con sus hijos. La había cuidado cuando había estado enferma. Había encontrado bondad tras aquel duro exterior, y se había enamorado de ella. Con un suspiro, tomó el bolígrafo y se lo cambió inconscientemente de mano.

-No puedo decirte todas las razones. Simplemente, cuando empecé a hablar, pensé en ello. Quizá necesitaba explicar algunas cosas en voz alta después de todos estos años. Hasta ahora no había sido capaz de hacerlo.

Tenía un pisapapeles en la mesa, unas florecillas rosas atrapadas en un cristal. Un pisapapeles de aspecto frágil, pero seguramente muy difícil de quebrar.

-¿No se lo contaste a tu familia? -le preguntó Edward.

-No. Quizá debería haberlo hecho. Pasé por muchas fases... la vergüenza, la furia, los reproches. Supongo que necesitaba superar todo eso.

-¿Y por qué demonios continuaste con él?

Pensó nuevamente en el dinero. En aquella mujer con el abrigo de visón y los diamantes. Pero ya no quería creer que fuera aquella la razón.

Bella bajó la mirada hacia sus manos. La alianza de matrimonio había desaparecido de sus dedos mucho tiempo atrás y la amargura se había desvanecido mucho antes.

-Después... después de lo que ocurrió, Jake estaba destrozado. Terriblemente arrepentido. Yo pensaba que quizá podríamos salvar algo de aquella terrible noche. Durante algún tiempo, estuvimos a punto de conseguirlo. Pero después nació Chris. Jacob no era capaz de mirarlo sin recordar. Miraba a ese bebé y lo odiaba por la forma en la que había llegado al mundo. Chris le recordaba su propia debilidad, quizá incluso su mortalidad.

-¿Y tú? ¿Cómo te sentías al mirar a Chris?

A los labios de Bella asomó una lenta sonrisa.

-Era tan hermoso... Y sigue siendo tan hermoso.

-Eres una mujer admirable, Bella.

Bella lo miró, sorprendida.

-No, no lo creo. Soy una buena madre, pero no creo que eso sea nada extraordinario. Y no fui una buena esposa. Jacob necesitaba a alguien capaz de advertir sus cambios de humor, capaz de correr a su lado. Pero yo era demasiado lenta.

-¿Y qué necesitabas tú?

Bella lo miró, sin saber qué decir. Nadie, salvo su familia, le había hecho nunca aquella pregunta. Y no estaba preparada para responderla.

-No estoy segura de lo que necesitaba, pero ahora soy feliz con lo que tengo.

-¿Y es suficiente? Los niños, esta casa... -se levantó y se acercó a ella-. Pensaba que ibas a decirme la verdad.

-Ewdard -se suponía que no tenía por qué estar tan cerca. Cuando Edward se acercaba tanto a ella, Bella no podía pensar-. No sé qué esperas que diga.

-¿No lo sabes? -le tomó la mano y la instó a levantarse. Sintió que los dedos le temblaban y se los apretó con fuerza-. No quiero que me tengas miedo.

-No te tengo miedo.

-No quiero que tengas miedo de lo que hay entre nosotros.

-No puedo evitarlo. Edward, no me hagas esto -posó la mano libre en su brazo-. No podría soportar otro fracaso. Creo... espero que hayamos llegado ya a ser amigos.

-Y yo creo que ya hemos superado esa etapa -se llevó la mano de Bella a los labios y advirtió la sorpresa que reflejaron sus ojos-. ¿Alguna vez has hecho el amor?

Un escalofrío de terror recorrió la espalda de Bella.

-Tengo... tengo dos hijos.

-Esa no es una respuesta -con curiosidad, le volvió la mano y posó los labios en su palma. Bella curvó los dedos y se tensó-. ¿Ha habido alguien aparte de Jacob?

-No, yo...

La mirada de Edward se endureció.

-¿Nadie?

La vergüenza llegó rápidamente; aquel había sido el motivo de su fracaso.

-No, en realidad no soy una mujer muy sensual.

¿De cuántas maneras habría conseguido humillarla Black?, se preguntó Edward. La rabia se impuso rápidamente... ¿Que no quería involucrarse? Había llegado mucho más lejos. Quería demostrarle que todo podía ser diferente. Quizá, por primera vez, él también podía creerlo.

-¿Por qué no me dejas averiguarlo por mí mismo?

-Edward... -las palabras se quedaron atascadas en su garganta al sentir los labios de Edward rozando su sien.

-¿No me deseas, Bella?

Seducción. El nunca había seducido conscientemente a una mujer. Las mujeres siempre se habían acercado a él, conocedoras, experimentadas y expectantes. Ninguna de ellas había temblado siquiera. El mismo tuvo un momento de vacilación. ¿Sería capaz de tener suficiente cuidado, de ser suficientemente delicado?

-Sí -Bella inclinó la cabeza para mirarlo-. Pero no sé lo que puedo darte.

-Deja que sea yo el que me preocupe por eso -con más confianza de la que realmente sentía, enmarcó su rostro con las manos.

La besó lenta, soñadoramente. Bella alzó las manos hasta sus muñecas. Y fue aquel movimiento vacilante, vulnerable, el que lo conmovió de una forma que jamás había creído posible. La luz de la lámpara iluminaba el rostro de Bella mientras él inclinaba su cabeza y mordisqueaba ligeramente sus labios.

Bella sentía el pulso de Edward en sus muñecas, acelerándose ante su contacto. Edward la deseaba, la deseaba de verdad. Y, Dios, a ella la aterraba la posibilidad de decepcionarlo. Edward la urgió a acercarse a él. Y ella se tensó.

-Tranquila -murmuró Edward, descubriendo en su interior una paciencia que ni siquiera era consciente que poseyera. Relájate, Bella -la acarició suavemente, hasta sentir que se relajaban sus músculos.

Bella le rodeó la cintura, indecisa, vacilante. Edward sintió la dulzura de aquel gesto atravesando su cuerpo. Nunca había buscado la dulzura, nunca la había esperado tampoco. Pero, en aquel momento, cuando acababa de encontrarla, ya no quería perderla.

Muy lentamente, con exquisito cuidado, la amó solamente con sus labios. Tentándola, seduciéndola y ayudándola a relajarse, poco a poco consiguió arrastrarla hasta él. Sintió que tensaba las manos y después las aflojaba sobre su espalda. Cuando sintió sus labios ablandándose contra los suyos, la besó profundamente. Sintió que su respiración se agitaba, oyó un ligero gemido, nacido del asombro. Y por primera vez desde hacía años, también él se sintió asombrado.

Deslizó las manos bajo el jersey de Bella. Cuando ella se sobresaltó, la acarició y susurró promesas que esperaba ser capaz de cumplir. La piel de Bella era suave, su espalda larga y esbelta. El deseo lo azotó rápida, dolorosamente. Y luchó para dominarlo.

Centímetro a centímetro, fue alzando el jersey hasta quitárselo del todo. Lo dejó caer a sus pies.

El pánico volvió. Bella se sentía vulnerable. Se le había acelerado la respiración y, de alguna manera, aquel ritmo acelerado nublaba su cerebro. Pero tenía que pensar ¿Cómo podía protegerse, cómo podía darle a Edward lo que este esperaba si no era capaz de pensar? Pero era tan maravilloso sentir las manos de Edward sobre su pelo. Fuertes, pacientes, la acariciaban cuando ella más lo deseaba. Quizá cuando se hicieran más demandantes se quedara paralizada pero, de momento, sólo podía sentir cómo crecía el calor en su interior.

Entonces Edward la llevó hacia la cama. El miedo volvió a abrirse paso en medio del deseo.

-Edward.

-Túmbate conmigo, Bella. Solo túmbate a mi lado.

Bella se abrazó a él mientras descendían hasta la cama. Lo veía todo con gran nitidez, el dibujo de las rosas repitiéndose una y otra vez, la oscura espiral de los postes de la cama y el blanco dibujo del techo. Y el rostro de Edward. Los nervios se apoderaron de ella, la acosaban de tal manera que por un momento pensó que no iba a ser capaz de moverse. Luchó contra ellos, intentando recordarse que ya no era una joven inexperta, sino una mujer.

-La luz.

-Quiero verte -la besó otra vez, mirándola a los ojos-. Quiero que me veas. Voy a hacer el amor contigo, Bella. Y no es algo que tengamos que hacer a oscuras.

-No... no esperes demasiado.

Edward entrelazó las manos tras su cuello y le hizo alzar el rostro hacia él.

-Y tú no esperes demasiado poco -entonces la silenció con un beso.

Fue un beso duro. Bella sintió que le daba vueltas la cabeza. Su cuerpo, estremecido por la creciente excitación, comenzó a arder de pasión. Un gemido escapó de su garganta para hundirse en la boca de Edward. Sintió, como alguna vez había imaginado, el roce áspero de su rostro contra el suyo. Sentía palpitar su pulso por docenas de rincones, como un tamborileo que se apoderaba poco a poco de su cabeza.

Lo estaba volviendo loco. ¿Es que no se daba cuenta? Edward sentía su cuerpo tensarse, estremecerse y relajarse mientras Bella acercaba sus manos vacilantes hacia él y lo acariciaba. Hasta ese momento, no había sido consciente de que la deseaba tan terriblemente. Bella estaba allí, cálida y sólida bajo él, sabía que tenía que pensar en ella primero y después en sus propias necesidades.

Así se lo demostraría. Nervioso y sin piedad, deslizó las manos sobre ella; la sentía arquearse y oía su respiración agitada. Inhalaba la pasión que rezumaba su piel, la almizcleña y densa fragancia en la que un hombre podía desear ahogarse. La luz bañaba el rostro de Bella, en el que Edward podía distinguir la sorpresa y el placer mezclados con el deseo. Impaciente, Edward se quitó la camisa para poder sentir su piel contra la suya.

Era increíblemente delicado. Su torso era duro como el hierro, pero su piel era suave. Bella deslizaba sus dedos sobre él y sentía cómo se tensaban sus músculos. Fuerte. Ella siempre había necesitado aquella fortaleza, pero solo la había encontrado en sí misma. Paciencia. En otro tiempo, casi había llorado por ella. Pero con Edward la había encontrado. Pasión. La había deseado, la había ansiado... y después la había olvidado, como si fuera algo sin lo que tendría que vivir. Pero allí estaba, envolviéndola, creciendo en su interior. Edward susurró su nombre y Bella pensó que iba a desmayarse al oírlo.

Sus labios estaban sobre sus senos; los músculos de su estómago se contraían mientras él le acariciaba los pezones con la lengua. Inconscientemente, posó la mano sobre la cabeza de Edward y se arqueó contra él. Con los dientes, los labios y la lengua, Edward estaba sometiéndola a la más exquisita de las torturas. Y Bella se dejaba arrastrar por ella.

Edward le desabrochó el botón de los vaqueros, pero ella ni siquiera se enteró. Sintió el lento movimiento de su mano, el suave roce de los vaqueros en sus piernas. Quería gritar su nombre, pero sus palabras se transformaron en un gemido cuando Edward deslizó la lengua por su muslo.

Era tan hermosa. Tenía un cuerpo delgado y suavemente musculado; las piernas largas y las caderas estrechas. Se preguntaba, mientras la miraba, cómo habría podido albergar en su interior a dos bebés. De alguna manera, solo podía imaginársela como una mujer a la que nadie había acariciado. Y después comenzó a darse cuenta de lo lejos y lo rápido que podía elevarla.

El primer orgasmo la sacudió a una velocidad incontrolable. Aturdida, impotente, Bella soltó un grito amortiguado. Era como si su cuerpo se hubiera llenado, hubiera ardido y después se hubiera vaciado. Intentando recuperarse de aquel impacto, alargó la mano, pero él volvió a enviarla a aquel paraíso hasta entonces desconocido para Bella.

Ella jadeada, palpitaba en medio de sensaciones que jamás había experimentado. ¿Habría palabras para describir aquello?, se preguntaba frenéticamente. ¿Alguien habría encontrado las palabras precisas para describir aquellos sentimientos? Su piel estaba tan sensible que incluso el más mínimo roce conseguía hacerla vibrar.

Y así era como había deseado verla Edward, meciéndose en su propio deseo. Cuando se deslizó en su interior, Bella abrió los ojos. Edward vio en ellos asombro y placer, antes de que ella lo abrazara.

Bella movió las caderas a una velocidad vertiginosa, haciendo trizas el control que tan trabajosamente Edward había mantenido hasta entonces. Hundía los dedos en su espalda, clavaba las uñas en su piel. No era consciente de lo que hacía. Y pronto tampoco lo fue él.


wow un capitulo agitado cierto ? jeje

quieren maas?

ya saben que hacer