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Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer
EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA
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IX
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"Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos" Pablo Neruda
Siete años más tarde.
La vida es tan efímera como un paquete de cigarrillos. Los hálitos de vida se les consumen con cada calada intencionada; como si se tratara de un aspirador que les absorbe la vida. Por eso prefería ser ladrón antes que víctima. El egoísmo frente a las mujeres me ayudaba a sobrevivir en un mundo en el que no conocía un futuro certero, porque a mi pesar todo podía cambiar en cualquier momento; ya pasó una vez.
No tienes amigos para siempre, no existe una persona para toda la vida, ni siquiera estás seguro de que la salud te acompañe hasta que la propia edad diga basta. El mundo era injusto y yo me había encargado de elaborar un escudo que me protegiera de todo ello.
Un cigarrillo tenía más suerte al no tener sentimientos ni vida. Y aun así esos largos y delgados cilindros habían logrado darme lecciones de vida sobre la supervivencia en el mundo cuando el corazón te abandona hecho añicos. Los golpes del alma son los que te hacen más fuerte, y existe un momento en el que no debes permitir que te sigan absorbiendo. Me convertí en una sucia e insignificante colilla, pero al menos ya nadie podría absorber los únicos sentimientos que le quedaban a mi corazón.
Me dejé caer sobre ella después del gruñido animal que emití, y cuando logré recuperar la respiración, me retiré y me alejé lo suficiente para coger el paquete de tabaco, sacar un cigarro y encenderlo. Anhelante le di una gran bocanada, tragándome el humo y después lo expulsé poco a poco con los ojos cerrados.
– ¿Quieres? – Le ofrecí a Victoria. Ella puso los ojos en blanco y se acercó a mí, rodeando mi pecho con sus brazos fuertemente.
–No, Eddie, sabes que no me gusta fumar.
Esta vez quien puso los ojos en blanco fui yo. No había podido conseguir que se alejara de esa maldita costumbre del Eddie en todos estos años. Así que repetirle una vez más que no lo hiciera no era la solución. Decidí mantenerme callado, ya no me afectaba como antes que me llamara así, solo lo ignoraba.
–Pensaba en volver a asaltarte. – Susurró ella con voz seductora, acariciándome el pecho y sentándose a horcajadas sobre mí.
–Yo pensaba en irme.
Me levanté, retirándola de mi regazo sin el menor miramiento y con el cigarrillo en la boca me colé los boxers negros de Calvin Klein. Otra bocanada.
– ¿Cuándo nos vemos? – Preguntó ella intentando sonar no afectada por mi falta de tacto.
–No sé. – Suspiré cogiendo con una mano los vaqueros y me llevé el cigarro a la boca de nuevo para colármelos. – De eso te quería hablar. – Le contesté aguantando el cigarrillo con los dientes. – Me voy de aquí. – Le dije quitándome el cigarrillo de la boca otra vez, caminando hacia mi camisa. Escuché su suspiro.
– ¿Cuándo pensabas decírmelo? – Preguntó algo enfadada. Me estaba agachando para coger la camisa cuando la escuché y su tono de voz no me gustó en absoluto, por lo que me levanté sin la camisa y me giré para encararla.
– ¿Tenía yo algún compromiso contigo, Victoria? – Ella me miró con el ceño fruncido. – ¿Te debo algo? – Agachó la cabeza.
–No. – Musitó.
–Entonces no tienes derecho a reprocharme nada. Me iré mañana, ya lo tenía pensado desde hacía mucho. – Le dije girándome para esta vez coger la camisa.
Di otra calada mientras me la ponía y me abroché solo un par de botones, sin metérmela por los vaqueros. Después me puse la chaqueta. Caminé hacia la puerta de la habitación del hotel y la abrí dando una calada más, dándome cuenta de que iba a ser la última y que el cigarro se había consumido por completo. Entré solo para apagarlo en el cenicero que se encontraba en la mesilla contigua a la puerta. Ni siquiera me preocupé en hacer un gesto con la cabeza para despedirme de Victoria y salí.
Si había algo bueno para relajar un poco la tensión después de un día arduo de compromisos era tener sexo desenfrenado con alguien como Victoria. Aunque bueno, probablemente Tanya también podría ser una buena opción. Sonreí al acordarme de qué manera habían acabado esas dos por mi causa. Mujeres.
Estos años habían sido los mejores de mi vida. Me había concentrado en mis estudios y todo lo que había aprendido me había resultado fascinante, así que no veía el momento de volver a casa y poder comenzar a trabajar codo con codo con mi padre. Al fin y al cabo ese siempre había sido mi sueño, y por suerte uno que no le haría daño a mi corazón. Sabía que después de estos años y mi especialización en cirugía general, me quedaba muchísimo por aprender, y no podía comenzar a hacerlo de otra forma que de la mano de mi padre, quien me había insistido muchísimo en que volviera cuando acabara.
No podía negar que había echado mucho de menos a mis padres. Eran los únicos que en todos estos años no me habían dado la espalda, los únicos que habían creído en mí, o al menos lo aparentaban.
De mis amigos de Forks, incluso de mi cariñosa prima, no había quedado ni rastro. Todo se lo había quedado ella, como la egoísta que acabó siendo. Consiguió que todos los amigos que teníamos en común me dejaran de hablar. Volver a aquellos momentos me tensó de nuevo, y para reprimir esa sensación insoportable, decidí volver a los maravillosos años vividos en Boston.
– ¡Ey, Edward! – Saludó Ben desde una de las mesas del restaurante en el que habíamos quedado. Ángela a su lado sonreía también y Yuu solo se limitaba a mirar.
–Hola, chicos. Siento haber llegado el último. – Alcancé a ver como Ben ponía los ojos en blanco mientras terminaba de colocarme la camisa dentro del pantalón.
–Siempre eres el último. ¿Quién ha sido esta vez? ¿Tanya, Victoria, alguien más? – Sonreí sin poder evitarlo negando con la cabeza.
–Damon me dijo que saldría a tomar algo más tarde con Morgan. ¿Vais a venir? – En seguida noté el desagrado en la cara de Angela. Jamás le había gustado demasiado.
–No me apetece mucho. – Contestó ella.
–Vamos, Ang, nuestro amigo se va y no sabemos cuándo vamos a volver a verlo. Damon es un buen tipo. – Intentó persuadirla Ben.
–No me gusta la forma en la que mira a las mujeres. – Se defendió ella.
–Me dijo que tenía que presentarme a alguien importante. – Comenté distraídamente. – Damon no suele querer presentarme a nadie importante. ¡Vamos, Angela! – La animé.
–Puedes contar conmigo, Edward. – Contestó Yuu, y yo le sonreí. – No sabremos cuando volverás, así que…
– ¿Ves? ¡Venga! Lo pasaremos bien. Ven, y si no te gusta lo que ves, siempre puedes convencer a Ben para que os vayáis, estoy seguro de que no dudará en complacerte. – Alargué mi mano hasta ponerla sobre la suya en un gesto cariñoso.
–Bueno, ¡pero porque eres tú, eh! – Bromeó ella.
–Gracias. – Le sonreí conforme.
Había perdido a los que alguna vez consideré mis amigos, aquellas personas de Forks. Pero a cambio había ganado otros maravillosos. No sabía si serían amigos para toda la vida, pero por ahora no podía confiar en nadie más que en ellos.
Angela era una de las más bellas personas que había conocido jamás. Era capaz de escuchar sin interrumpir en ningún momento y al final darte ánimos transmitiéndote y haciéndote creer que todo tiene solución y que si algo pasa es por alguna razón por extraña que sea. Era tranquila y pacífica y en ningún momento presionaba para sonsacarte información, solo esperaba escuchar lo que uno estuviese dispuesto a decir.
Ben hacía junto a ella una pareja perfecta y envidiable. Siempre atento a sus necesidades, pero sin dejar de lado las de sus amigos. No tenía nada suyo y en cuestión de ofrecer daba todo lo que tenía, tanto a nivel personal, como a nivel material. No había conocido nadie más generoso que él.
Y Yuu, era peculiar y especial. Siempre tan reservado y callado, pero ofreciendo su presencia y apoyo en los peores momentos.
Se podía decir que yo encajaba mejor en el grupo de Damon y Morgan por el estilo de vida que llevaba desde un tiempo a la actualidad, pero lo cierto era que siempre me había llevado muchísimo mejor con Angela, Ben y Yuu.
Por el camino la amistad con Tanya y Victoria había desaparecido, si es que alguna vez habíamos sido amigos, llevándose de camino la que había entre ellas también. Una había traicionado a la otra conmigo y yo en lugar de rechazarlas a ambas, las había aceptado con gusto. Era la única forma de olvidar un poco, de sentirme bien y de no caer en las redes de las mujeres, demostrándome a mí mismo de algún modo que nunca podría confiar en ninguna de ellas otra vez.
Por supuesto, a la lista que encabezaban Tanya y Victoria, se habían sumado más mujeres, muchas más de las que alguna vez podría habérseme pasado por la cabeza. Eso de entregarle el corazón a una mujer se había acabado.
Después de la cena, los cuatro nos dirigimos a Commonwealth Brewing Company, una cervecería a la que habíamos comenzado a ir hacía un par de años. Damon y la cerveza seguían siendo inseparables y aunque había conocido cervecerías mejores, tenía que admitir que en ese lugar era buena.
– ¡Edward! – Me llamó Damon. Venía hacia nosotros con una chica bastante atractiva y justo tras ellos venía Morgan.
–Ey, Damon. – Lo saludé levantándome para saludarlo. Él me dio un abrazo y me presentó a la chica como su novia.
Mis acompañantes hicieron lo mismo, primero con él y Mary, la novia de Damon, y después con Morgan.
Para todos fue una sorpresa que Damon presentase a una chica como su novia, excepto para mí, quien ya me lo venía oliendo desde hacía un tiempo. Pronto nos vimos sumergidos en una conversación en el que me sentí el centro en todo momento, relatándoles cuáles eran mis planes y mis expectativas en mis próximos años junto a mi padre, la persona a la que más admiraba. Ellos me hicieron prometer que no íbamos a perder el contacto, sobretodo Ángela, que insólitamente parecía estar muy a gusto con la presencia de Morgan y Damon, y sobretodo Mary, con quien había gastado algunas bromas.
Sabía que los iba a echar de menos. Habían sido unos verdaderos amigos para mí, y me habían demostrado todos estos años que eran personas humildes y sencillas, todo corazón. Para mí no había más amigos que ellos. Después de un rato juntos, decidimos que era hora de marcharnos. Angela y Ben habían quedado conmigo en acompañarme al aeropuerto, así que de ellos fue de los únicos de los que no me despedí.
Al llegar a mi apartamento dejé caer mi chaqueta al suelo y me dirigí al sofá para tumbarme y ver un rato la televisión. Miré el par de maletas de viaje enormes, dispuestas a dejarlo todo, como yo, al día siguiente. Había llenado un montón de cajas con objetos y apuntes que ya habían sido enviadas a Forks, lo único que faltaba era yo, así que el apartamento estaba muy vacío.
Sin apenas darme cuenta, los párpados comenzaron a pesarme, y más rápido de lo que me hubiese gustado me quedé dormido profundamente en el sofá.
…
– ¡Mi niño! – La exclamación de mi madre me hizo sonreír con ganas cuando la escuché a un paso de mí.
Se lanzó a mis brazos dándome un fuerte abrazo; uno sincero, delicado y lleno de necesidad y amor, el amor que solo puede ofrecer una madre. Llené mis pulmones del perfume que desprendía su cabello, el mismo de siempre. Estaba en casa.
–Hola, mamá. – Murmuré correspondiendo a su abrazo.
–Te he echado mucho de menos. – Dijo ella con la voz entrecortada, separándose y enmarcándome el rostro con sus suaves manos. Sabía que estaba aguantando las lágrimas.
–Y yo a ti.
–Estás tan guapo.
Mi padre y mi madre viajaban de vez en cuando a Boston, siempre que podían y que sus compromisos se lo permitieran. Así que era muy normal que pasasen meses sin poder vernos, y la verdad era que los echaba muchísimo de menos, aunque la aventura hubiese merecido mucho la pena.
–Hijo. –- Murmuró mi padre dándome otro fuerte abrazo.
A él también lo había echado de menos, y no podía olvidar la de veces que me había ayudado cuando me había surgido alguna duda académica en todos estos años en los que estuve estudiando. Si siempre lo había admirado por considerarlo un profesional, ahora que sabía mucho más del que podía considerar nuestro ámbito, lo hacía mucho más.
Eran dos personas maravillosas, las únicas personas que no me habían fallado y que sabía que nunca me fallarían.
Después del recibimiento, nos dirigimos al coche para salir e ir hasta Forks, mi pueblo natal. El que me lo dio todo una vez. No podía evitar pensar en cómo me sentiría al volver. Había pasado tanto tiempo. Si Boston supuso una gran distracción para mí cuando pensé que todo estaba perdido, no sabía si Forks me arrastraría a los oscuros, desagradables e infelices recuerdos. Y tampoco podía evitar que mi mente repitiera la misma pregunta como un mantra: ¿Estaría ella?
Pensar en aquello me llevaba a pensar también en mis antiguos amigos. ¿Sabría el pueblo que yo volvía? No sería muy extraño pensar que sí, puesto que no era grande y todo el mundo se conocía.
Mike había sido el único que no me había abandonado, pero también dejamos de hablar con el paso del tiempo. Supuse que fue la distancia. Cada vez las llamadas eran más escasas y teníamos cosas muy diferentes que contar. Quizás a él sí podría volver a buscarlo. El resto jamás me había vuelto a llamar, y ni siquiera se había preocupado por mí. ¡Me hicieron sentir como el culpable cuando fue ella la que se portó mal! Hasta mi prima me falló. Ella me lo quitó todo.
–Bueno, cariño, ya estás en casa. – Me dijo mi madre cambiando radicalmente el hilo de mis pensamientos.
Me había sentido extraño al volver a ver el pueblo. Parecía estar igual que como lo dejé. Pocas cosas habían cambiado para haber pasado siete años de mi vida fuera, aunque no podía quejarme. Al menos por ahora me sentía bien, en casa. Mi casa también había cambiado un poco. Las pareces y los muebles seguían del mismo color en tonos beiges y marrón, pero la decoración había cambiado, aunque el aroma que desprendía era a hogar. Mi casa.
Subí a mi habitación en cuanto mi madre me sugirió que descansase un poco. Conforme iba caminando veía los pequeños cambios. Alguna lámpara, algún objeto decorativo, cambios en la distribución de algunos muebles. Pero cuando entré a mi habitación tuve que respirar profundamente. Seguía exactamente igual que la dejé la última vez que estuve en Forks en Navidad hacía siete años. Di un paso al interior lento, y seguí con los siguientes vacilante hasta mi cama para sentarme.
Dios, estaba todo igual que cuando lo dejé. Miré el par de cojines de la cama y cerré los ojos con fuerza al recordarla a ella: su rostro, su cabello esparcido, su sonrisa y sus ojos vivaces. No podía estar pasándome esto. Estiré el brazo, e indeciso, lo cogí para acercármelo a la nariz. Al menos su olor se había evaporado. Ahora olía a jabón, a limpio y fresco. Había pasado muchas horas, años atrás, oliendo su perfume a través de aquel cojín, y ahora no había ni rastro de él. Algo que agradecía.
Suspiré y me tumbé en mi cama. Era increíble como en ese momento, después de siete años, encontraba extraño el colchón en el que había dormido los últimos años en los que viví en Forks, aunque estaba seguro de que podría volver a acostumbrarme. Tenía que acostumbrarme.
…
– ¿En serio prefieres que me vaya, papá? – Le pregunté serio.
–Sí, Edward. Hace media hora que tenías que haberte ido, no te preocupes. – Insistió él con la mirada fija en uno de sus libros de cirugía. – Tengo una reunión con el equipo.
–Quiero ir. – Insistí. Como segundo ayudante, solía observar qué hacían mi padre, el primer ayudante y la instrumentista durante la cirugía. Aun mi padre no me dejaba intervenir.
–Esa intervención no está en tu horario, hijo. Y necesitas descansar. – Puse los ojos en blanco, dándome por vencido.
–Está bien. Nos vemos en casa.
Tal como me cambié, salí del hospital. Sabía que era una tontería querer quedarme cuando no iba a estar presente durante esa intervención, pero lo cierto era que no tenía nada más que hacer. Llevaba dos semanas en Forks y una semana y media en el hospital y lo único que había hecho era ir del hospital a mi casa y de mi casa al hospital. No había encontrado más entretenimiento que ver la televisión un rato o leer algún libro que mi padre me había dejado.
Llevaba todo aquel tiempo pasando por delante de la Taberna de Walter con el coche cada vez que volvía del hospital y no había tenido el coraje de entrar en ninguna ocasión. El personal del hospital era bastante agradable e incluso había simpatizado con un chico de los que formaban el equipo estéril, Josh. Pero aunque habíamos dicho de ir a tomar algo, ninguno de los dos habíamos propuesto un día.
Eran las siete de la tarde. Llenándome de coraje aparqué el coche y apagué el motor, bajándome con paso decidido hasta quedar frente a la entrada desde la acera de en frente. Me encendí un cigarrillo. Seguía igual que la última vez que lo visité, o eso parecía.
¿Cuántas veces había ido a aquella Taberna? Cuánta complicidad, cuántas risas, cuánta felicidad había vivido en aquel lugar. Y ahora me encontraba de pie frente a aquel local, preguntándome si hacía bien en volver a entrar o no. No quise hacerle caso a aquella parte de mí que me estaba advirtiendo que no entrase y lo hice sin esperar ni siquiera a acabar el cigarro. El olor a cerveza invadió mis fosas nasales. Esa Taberna había sido un lugar importante en mi vida durante bastante tiempo alguna vez.
– ¿Edward?
Conocí la voz en el acto, aunque hubiesen pasado bastantes años desde la última vez que la escuché. Walter me miraba sorprendido y risueño a través de la barra.
– ¿Walter? – El tono de mi voz desprendía sorpresa y algo de confusión.
Su voz no había cambiado, en cambio su aspecto sí. Estaba más grueso, y era evidente que el paso de los años había afectado más a aquel hombre que a mí. Pero me sentía completamente feliz por volver a verlo y porque él me hubiese reconocido.
–Dios, no me lo puedo creer. – Seguí. Él parecía perplejo y seguía igual de sorprendido.
– ¿Eres tú? – Preguntó ahora cambiando un poco su expresión, dejando entrever una sonrisa.
– ¡Claro que sí!
– ¡Vaya! – Exclamó él, esta vez saliendo de la barra, acercándose hasta mí y dándome un golpe en el hombro con la mano, gesto que yo respondí de la misma manera. – ¡No te había reconocido del todo! He escuchado por ahí que el hijo de Carlisle volvía. ¿Vienes por unos días?
–Ah, no. Vengo para quedarme. – Contesté con una sonrisa. –Por fin soy cirujano. – Dije sonriéndole, pagado de mí mismo. – Aunque aún mi padre no se atreve a dejarme hacer nada, pero trabajo con él, aquí en el hospital.
– ¡Eso es genial! ¿Y vienes solo? ¿Estás esperando a alguien? ¡Eh!, ¿qué te pongo? – Sus constantes me preguntas me hicieron reír. – Vamos, te invito.
–Ponme una cerveza.
–Así que ya no es lo mismo de siempre. – Comentó recordando que antes siempre pedía un Sprite.
–Todos cambiamos. – Le respondí.
Él se dirigió de nuevo detrás de la barra y me puso una jarra de cerveza delante.
– ¿Esperas a tus amigos? Pensaba que ya no volvería a verte con ellos jamás. – Me sentí incómodo con su inocente comentario y di un trago a mi cerveza.
–Ah, no. Perdimos el contacto. – Walter asintió con una media sonrisa. En sus ojos parecía notar que en el fondo, sabía la respuesta y quise preguntarle qué estaba pensando. – ¿Ellos siguen viniendo aquí?
–Sí, aunque ya no vienen todos juntos como antes, solo a veces, y solo cuando está… – Se detuvo mirando hacia la puerta y sonrió. – Solo cuando está ella. – Me giré y me arrepentí de ello al instante.
La respiración se me cortó cuando fijé mi vista en la entrada, imitando el gesto de Walter. Dejó entrar a una figura femenina menuda, quien se sacudía el cabello delicadamente, ya que parecía estar algo húmedo. Clavé mi mirada en ella, conociéndola al instante. Habría preferido mil veces haberme equivocado, pero cuando irguió el rostro, al mismo tiempo que acomodaba su melena sobre su hombro derecho, no tuve ninguna duda.
Lo peor fue cuando nuestras miradas se encontraron. Sus ojos parecían seguir teniendo aquel color achocolatado que alguna vez me había vuelto loco, aunque ahora me miraban sorprendidos al mismo tiempo que rencorosos. ¿Alguna vez podría dejar de leer en su mirada sus sensaciones?
Venía vestida con unos vaqueros ajustados que marcaban sus preciosas piernas, y se quitó la chaqueta dejándola colgar de su brazo, descubriendo su parte superior: una blusa estampada. Miró al suelo, respiró y al volver a alzar el rostro parecía recompuesta por completo. Sonrió de oreja a oreja y comenzó a caminar.
Mi corazón empezó a martillear bajo mi pecho cuando me di cuenta la dirección que tomaban sus pasos elegantes y firmes, revestidos por el sonido de unos largos tacones. No podía estar pasándome esto. ¿Era un castigo más? ¿Qué diablos había hecho yo para merecer que me torturara de esta forma tan injusta? Mis ojos eran incapaces de no mirarla, y me estaba dando cuenta hasta yo mismo que la estaba escaneando de pies a cabeza, pero no podía evitarlo.
Seguía estando tan hermosa como siempre, aunque a su alrededor ya no había inseguridad e inocencia. Ahora su aura la descubría como una criatura segura de sí misma y peligrosa. La Bella de hacía siete años había desaparecido, ¿o es que siempre había sido así en realidad?
–Edward – Murmuró mirándome a los ojos, con una pequeña sonrisa coqueta.
–Be-Bella… – Aclaré mi garganta, avergonzado al darme cuenta de mi estado. Estaba perplejo.
– ¿Cómo estás? – Podía notar en su voz su altivez. ¡Descarada! ¿Cómo había podido cambiar tanto?
–Muy bien, ¿tú? – Le pregunté.
–Bien, he quedado con alguien. Walter, ponme una naranjada. ¿Has venido por unos días? – ¿Por qué demonios todo el mundo que me veía pensaba que venía por unos días?
Sabía que aunque trataba de parecer amable por dentro me lanzaba dagas afiladas. Lo que no sabía ella era que tenía un escudo reforzado incapaz de dejar que me provocaran algún daño. Había sido una descarada al acercarse hasta a mi lado en la barra y no pude evitar preguntarme si estaba tratando de demostrarme algo.
–No, vengo a quedarme. Trabajo con mi padre. – Noté cómo mi mandíbula se había tensado y como mi cuerpo completo, en definitiva, también. Ella parecía fresca y tranquila con mi presencia y eso me hizo reaccionar. Su cercanía no podía alterarme tanto. – Estás muy guapa. – La elogié dejando al aire mi descaro. Bebí de mi jarra al mismo tiempo que no dejaba de mirarla. Ella sonrió mordiéndose el labio. Criatura maléfica. Sabía cuánto me afectaba. ¿Quería llevarme a la cama?
–Tú no estás nada mal. Boston parece haberte sentado bien. – Dijo elevando las cejas, acercándose el vaso a los labios y dando un sorbo.
Sacudí la cabeza, sonriendo de manera socarrona.
– ¿Qué? Es cierto. – Insistió ella.
–No es algo que dude, Bella. – Y en ese momento algo cambió en ella de nuevo. Algo que me hizo sentir incómodo.
Tragué el último trago de mi cerveza, y me levanté.
–Walter me alegra haberte visto, nos vemos otro día. – Él asintió. –Adiós, Bella.
–Adiós. – Respondió.
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Bueno, pues ya han pasado siete años y tenemos el primer reencuentro después de todo ese tiempo... ¿Qué os ha parecido? :) He subido otro video de la historia, para verlo podéis entrar en mi perfil :)
Volveré a subir capítulo, pero creo que esta vez lo haré el jueves, porque el viernes voy a estar un poco liada.
Muchas gracias por vuestros reviews, sigo esperando vuestras opiniones... :)
Un besazo a todas!
