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Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA


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–Ey, mamá. – Como respuesta a mi saludo me besó en la mejilla. Estaba preparándome un sándwich ya que las ganas de cenar se habían esfumado al ver a Bella y no me apetecía el pescado que había preparado mi madre.

– ¿Qué pasa, cariño? – Me preguntó ella.

–Nada, ¿por qué lo preguntas? – Contesté queriendo disimular un poco el estado de ánimo al que me había visto sometido desde que había vuelto a ver a Bella.

Me giré ante su silencio y sonreí al ver su expresión. ¿Por qué era tan difícil engañarla? Estaba con los brazos en jarras y el ceño y los labios fruncidos. Claramente no se había creído ni un ápice de mis palabras y para el colmo estaba esperando a que le diese una explicación que no pensaba dar.

–En serio, mamá. Estoy bien, quizá algo cansado. Eso es todo. – Ella suspiró de manera cansina.

–Edward, solo he visto esa expresión en tu cara una vez, ¿te recuerdo cuándo?

–Mamá, no. – Le pedí serio.

– ¿La has visto? – Preguntó sin dar más rodeos, y yo me di por vencido. Mi madre era la única persona a la que no podía engañar y a la que nunca me atrevería a mentir.

– Sí. – Dije encogiéndome de hombros y girándome de nuevo. Escuché un nuevo suspiro de su parte.

–Sé las dos versiones, hijo. Y no creo que Bella…

– ¿Que Bella qué, mamá? Me hizo daño, lo pasé mal. Asunto zanjado, no quiero volver a hablar de ello. – Cogí mi sándwich y salí de la cocina a paso ligero hacia mi habitación.

Tenía que admitir que mi madre tenía toda la razón del mundo, y que mi estado se debía al encontronazo que había tenido con Bella, pero no podía permitir que ella volviese a hacerme daño de ninguna manera.

Seguramente solo había sido la sorpresa al verla. El no esperarme que ella apareciera por la taberna más preciosa que nunca. La presión que sentía en el estómago desaparecería al día siguiente y todo volvería a ser igual que hasta hacía unas horas.

Me quedé inmóvil durante un par de segundos, recapacitando sobre lo que estaba pensando. Parecía que iba a volverme loco en cualquier momento. ¿A quien quería engañar? Tenía que ser sincero conmigo mismo. Cada vez que entraba en mi habitación no podía mirar a cualquier rincón sin imaginármela a ella. No podía negarlo. No había sido una buena idea volver a casa, volver a mi habitación… Esto era más serio de lo que había imaginado. Por más que intentaba alejar su imagen no podía lograrlo.

Di el último bocado al sándwich y me dirigí hacia la ventana de mi habitación con un cigarrillo. Por ahora era lo único que necesitaba. A lo mejor la solución era irme a vivir a otro lugar. Con el sueldo que ganaba en el hospital y el dinero que había ahorrado el tiempo que había trabajado en una discoteca de Boston, podría permitirme comprar alguna casita en Forks y así su recuerdo se esfumaría. Había sido demasiado feliz entre aquellas cuatro paredes, tan feliz que parecía que ahora se estaban burlando de mí.

La realidad era difícil, la vida en sí lo era, pero no era una mala idea. Querer escapar de ella era justificable, al menos para mí lo era. No quería caer una vez más en lo mismo. Ya no volvería a ser como antes. Nervioso pero decidido, encendí mi portátil y comencé a buscar. Entre antes lo encontrase, antes podría mudarme y antes podría hacer desaparecer el recuerdo de Bella.

– ¿Ya te vas? – Me preguntó Irina, la instrumentista que formaba el equipo estéril. Me la había encontrado saliendo de la consulta de mi padre.

–Sí, ya son las 03:00 p.m., y es mi hora. – Contesté con una sonrisa, el resto ya había salido, solo quedábamos nosotros dos.

– ¿Y qué piensas hacer? – La miré un poco confuso. Normalmente nunca se había acercado a mí lo suficiente como para establecer una conversación de ese tipo, por lo que me sorprendió su repentina simpatía hacia mí.

–Descansar, creo. Y luego iré al gimnasio – Respondí. Ella se colocó su bolso antes de que yo llegara a la puerta y la abriera para que ella pasara antes.

– ¿Te has apuntado al gimnasio?

–Sí. – Respondí. – Ya iba a uno cuando estaba en Boston. Lo echaba de menos, y tampoco he hecho mucho más a parte de venir a trabajar, así que…

– ¿No sales por aquí nunca?

–No, la verdad es que no. – La miré de reojo, tenía una tímida sonrisa dibujada en el rostro y sus mejillas parecían estar algo sonrosadas.

No era fea. Irina era bastante atractiva, aunque desde el primer momento en el que nos presentaron pensé que no le había caído bien a simple vista, pues no había intentado acercarse a mí. Solo un hola y un adiós, cuando no se trataba de palabras técnicas, habían sido suficientes para ella. Por eso me resultaba extraño en esos momentos que se estuviese dirigiendo a mí en esos términos. Interesada en lo que hacía o dejaba de hacer en Forks.

–Yo… me preguntaba si… – Fruncí el ceño y la miré deteniéndome cuando casi llegaba a mi Volvo. Hizo una mueca tímida con los labios. – Si te apetecería salir a tomar algo después de cenar. – Terminó mirándome a los ojos. Yo sonreí.

Normalmente las chicas no solían darle tantas vueltas a pedirme algo así. Las chicas con las que me había relacionado hasta ese momento, sobretodo Tanya y Victoria eran muy impulsivas. Aunque debía admitir que muy complacientes.

–Bueno, no veo porque no. ¿Tienes algún sitio en mente? Te advierto que hace siete años que no salgo por aquí. – Ella rio, y fue un sonido más relajado.

–Entonces te sorprenderá saber que el bar de copas que más fama sigue teniendo en Forks es Eclipse. – Fruncí el ceño de nuevo.

– ¿Tú eres de aquí? – No pude evitar la pregunta, no podía relacionar su cara con nadie conocido.

–No. Llegué aquí hace tres años, pero me encanta este pueblecito, y cada día me gusta más. – Contestó ella con una pequeña sonrisa. Yo le respondí con otra, asintiendo.

Quizá podría divertirme un poco con ella.

– ¿Entonces…? ¿Aceptas? – Volvió a preguntar.

– ¿Quedamos allí a las once? – Su rostro reflejó que no le había parecido muy buena idea.

–Mañana creo que ni tú ni yo trabajamos, ¡Y es domingo! ¿Un poco más tarde? – Hizo un puchero adorable que me sorprendió.

– ¿No te dará tiempo a estar lista a las once? ¿Ese es el problema? – Pregunté algo burlón. Ella rio y negó con la cabeza.

–Creo que habrá un poco de más ambiente sobre las doce.

–Bueno, está bien. Nos vemos allí a las doce.

–Perfecto. – Su sonrisa de oreja a oreja me contagió y no pude evitar responder de la misma forma. – Nos vemos luego, Edward. – Se despidió caminando hacia su coche.

Entré en el coche y me dirigí a casa con una sensación extraña. Tenía en mente divertirme con Irina, pero a lo mejor no era una buena idea. Desde hacía siete años, el verbo divertir había evolucionado en mi mente a un significado mucho menos decoroso de lo que seguramente se imaginaba ella. Irina parecía una buena chica, o esa había sido mi impresión hacía unos minutos.

Eclipse. ¿Estaría ella allí? Sinceramente no era una idea que me agradase, ya que esperaba no encontrármela muy a menudo. Seguía teniendo el poder de controlar mis sensaciones y no era algo que me gustase en absoluto.

Mi madre me sonrió cuando le dije que saldría con Irina, aunque no de la forma que a mí me habría gustado. ¿Qué le pasaba al mundo? Bella no era la única persona en la Tierra, más si contaba con el daño que me había provocado en el pasado. Aun no entendía como mi madre podía estar de su parte. Mi padre llegó casi al mismo tiempo que yo salía de casa y también se quedó sorprendido cuando le dije que iba a tomarme algo con Irina. Esa reacción no me pareció tan rara, si tenía en cuenta que él estaba al tanto de la relación que habíamos tenido Irina y yo únicamente profesional hasta aquel momento.

Decidí fumarme un cigarro antes de entrar al pub. El coche de Irina no parecía estar en el pequeño parking, así que mientras fumaba tranquilamente miraba y estaba pendiente de si la veía.

La noche estaba un poco fría y el humo que salía de mi boca parecía más visible que otras veces, o a lo mejor solo eran cosas mías. Sonreí al recordar las múltiples ocasiones en las que mi madre había intentado persuadirme para que dejara el tabaco. Estaba claro que no le gustaba en absoluto que yo fumara, y no era algo de lo que me sintiera orgulloso, pero estaba enganchado, y justo en esos momentos no me sentía preparado para dejarlo.

Di una vuelta, buscando el coche de Irina, pero no lo encontré, así que me pareció una buena idea esperarla en el interior de Eclipse.

Era extraño como mi cuerpo se tensaba a medida que me acercaba a la entrada. No quería encontrarme con ella, no lo deseaba en absoluto. Suspiré tranquilamente al entrar y darme cuenta de que las caras que había allí eran algunas conocidas y otras no tanto. Nada de lo que tuviese que preocuparme. Me senté en la barra y pedí un gin-tonic.

– ¿Edward? – La voz de una mujer me distrajo mientras esperaba mi bebida y me giré, encontrándome con Lilibeth. Me observaba fascinada y sorprendida al mismo tiempo, sosteniendo un cubata en su mano.

–Hola, Lilibeth, cuánto tiempo. – Saludé. Ella se acercó confiada a darme un beso en la mejilla.

– ¡Sí! He escuchado que habías regresado pero… Uau… ¡Estás muy cambiado! – Exclamó para que pudiese escucharla. Sonreí.

–Y tú también. ¿Qué ha sido de ti? – Lilibeth había cambiado físicamente, estaba mucho más atractiva que en el instituto. Siempre había sido guapa, aunque su fama nunca había sido de las mejores.

–Bueno, estoy casada, y tengo dos hijos. – Elevé una ceja. Ella sonrió.

–No creas que hago esto todos los días. – Dijo meneando su vaso. – Solo he quedado con unas compañeras y…

–Hola, Edward. – La voz de Irina me hizo girarme al lado opuesto. – Perdón el retraso, he tenido un pequeño problema doméstico. – Se disculpó besándome la mejilla y sentándose a mi lado. – Ey, Lili. – La saludó Irina de una forma algo extraña, como si estuviese avisándole de algo.

–Hola. – Respondió Lilibeth, aunque en su tono no parecía haber recibido una advertencia. – Bueno, Edward, me alegra haberte visto. ¡Ya nos veremos! – Y se alejó hasta un grupo de chicas, quienes sonreían bastante emocionadas a su vuelta.

– ¿Conoces a Lilibeth? – Le pregunté a Irina. Ella puso los ojos en blanco.

–Por desgracia. – Elevé las cejas, pidiendo una explicación. –Pillé al que era mi novio con ella en la cama hace un año y medio. – Me confesó algo compungida, pero después levantó la cabeza y me sonrió. – Al menos eso me hizo darme cuenta de que él no sentía lo mismo que yo.

Sus ojos color cielo parecían más grandes y no me costó darme cuenta que se había maquillado; estaba mucho más guapa que de costumbre. Yo negué con la cabeza sonriendo sin poder creerlo.

–Me ha dicho que está casada y que tiene dos hijos.

–Y es verdad, pero tiene una vida algo triste, aunque no es lo que ella va proclamando. – Fruncí el ceño.

–Parecía feliz cuando me lo contaba. – Ella sonrió, ahora algo apenada.

–Todo el pueblo sabe que a su marido le cuesta resistirse a una chica joven y guapa, y supongo que ella pretende pagarle con la misma moneda.

–Ella es joven. – Contesté. Tenía mi edad, no me consideraba mayor a mis veintiseis años.

–Me refería a jovencitas de verdad, Edward. – Fruncí el ceño cuando comprendí a qué se refería.

–Es un poco triste. – Comenté. Ella sonrió.

–Bueno, basta de Lilibeth. ¿Qué has pedido? – Preguntó mirando el vaso de tubo que acababan de dejar frente a mí. Lo cogí y le di un sorbo.

–Un gin-tonic. – Contesté. Ella alzó una mano llamando al camarero.

–Quiero lo mismo. – Dijo señalando mi bebida. – Y bueno, ¿Por qué has vuelto a Forks? Tu padre nos dijo que vivías en Boston.

– ¿Y qué? – Pregunté, sin entender a qué se refería.

–Cualquier jovencito alocado estaría encantado de vivir en Boston. – Respondió con una sonrisa. Volví a beber.

– ¿Jovencito como las jovencitas del marido de Lilibeth o jovencitos con un poco más de experiencia? ¿En qué quedamos, Irina? – Ella soltó una carcajada sin responder a mi pregunta. – ¿Sabes qué edad tengo? – Ella sonrió y dio un sorbo a su gin-tonic antes de mirarme y asentir.

–Te llevo seis años. Eres un pequeñuelo para mí.

–Así que tú tienes…

– ¡Shht! Ni se te ocurra. – Elevé una ceja. – Parece mucho más evidente y grave la diferencia de edad si vas a decir la mía. – No pude evitar soltar una carcajada.

– ¿De dónde has salido tú? – Pregunté al notar su sentido del humor. Parecía estar hablando con una persona muy diferente.

– ¿A qué te refieres? – Respondió con otra pregunta, volviendo a beber de su bebida.

–Pensaba que te caía mal, casi no me dirigías la palabra… – Ella negó con la cabeza.

– Lo siento. Creo que tú me diste la misma impresión. Que conste que estamos aquí porque Maira me obligó a decirte algo.

–Maira. – Pensé en aquella mujer adorable del equipo quirúrgico. No llevaba casi ni un mes conociéndola y ya me parecía como la madre del equipo. – ¿Qué haríamos sin ella?

–Desde luego no estaríamos aquí.

–Bueno, ¿y tú? ¿Por qué decidiste venir aquí? – Ella abrió la boca. Por un momento me pareció que estaba algo incómoda.

–Mi exnovio… Bueno, él es científico. Hace tres años lo llamaron para investigar sobre lo que parecía una supuesta nueva especie vegetal que estaba apareciendo cada vez con más frecuencia en los bosques. Así que decidí venir con él. Estaba muy enamorada, por eso lo hice.

–Y él te falló. – Me sentí identificado de algún modo con ella y no pude evitar compadecerla. Irina asintió seria, aunque después sonrió.

–Pero prefiero no hablar de eso. – No me di cuenta que ya se había acabado su bebida hasta que dio ese último trago, dejándome con la boca abierta. – ¿Otra? – Sonreí y le enseñé mi vaso por la mitad.

–No todos lo toleramos de la misma forma. – Me burlé volviendo a sonreír.

Me sorprendió ser consciente de lo tranquilo que me sentía charlando con Irina. El pub comenzó a llenarse un rato más tarde de que nosotros llegásemos, y la música subió de volumen por lo que nosotros también tuvimos que alzar la voz.

Estuvo contándome en qué lugar nació, me habló de su familia y por qué decidió estudiar medicina. Yo le conté también un poco sobre mi familia y algunas de mis aventuras en Boston con los que consideraba mis amigos. Más tarde miré el reloj de mi muñeca que marcaba las dos y media, y le pregunté si le apetecía quedarse un rato más o por el contrario irnos. La había visto bostezar un par de veces y yo no es que me encontrase muy descansado tampoco.

–Me parece suficiente por hoy. A lo mejor deberíamos venir con Josh y Hanna la próxima vez, son muy divertidos. – Apuntó ella.

–Si son la mitad de lo que tú lo eres ya me vale. – Dije sonriéndole antes de levantarme de la banqueta y esperar a que ella lo hiciese. – ¡Shht! Corre por mi cuenta – Dije evitando que su mano alcanzase su cartera cuando la metió en su bolso. Me sonrió tímidamente.

–Está bien, gracias.

Nos abrimos paso entre la multitud que bailaba animadamente por todo el local. Estaba a rebosar. Me abrí paso entre dos chicos, uno de los cuales tenía un color rubio de cabello que me resultó realmente familiar. No me costó darme cuenta al verle el perfil de quien se trataba. Después de siete años el que alguna vez fue mi mejor amigo estaba ahí, de vuelta a mi lado.

– ¿Mike? – Pregunté.

– ¡Joder! – Exclamó él. – ¿Eres tú, Edward?

– ¡Claro que sí! – Exclamé.

– ¡Tío! – Volvió a exclamar, dándome un efímero abrazo acompañado de una fuerte palmada en el omóplato, algo que respondí de la misma forma.

Mike estaba algo más corpulento, sus ojos azules penetraban los míos con la palpitante sorpresa que yo mismo sentía. Su rostro había marcado más sus facciones haciéndolo parecer más mayor, y su pelo seguía siendo rubio, ni un tono más oscuro. Parecía mentira que me hubiese encontrado a Mike, y que al verlo hubiese sentido la misma camaradería que en antaño. Parecía que no había dejado de verlo nunca y seguía sintiéndolo como mi amigo a pesar de que la distancia nos había hecho perder el contacto.

–Qué alegría verte. – Dije caminando hacia un lugar en el que el gentío no nos incomodara, llevándome a Irina de paso.

–Lo mismo digo. Sabía que estabas aquí. Bueno creo que todo el pueblo lo sabe. – Yo asentí.

–Quería llamarte. Lo estuve pensando, pero no sabía si sería extraño que lo hiciese después de tantos años sin saber nada de ti. – Él sonrió.

–Yo pensé lo mismo.

– ¿Has quedado con algunos de los chicos? – Pregunté ansioso. Esperaba que Bella no fuese una de las personas.

–Sí, bueno. He quedado con Jake y Leah. – Contestó algo nervioso.

–Así que siguen juntos. – Él asintió. – Pues espero que no estén como al principio, sino vas a estar de sujetav…

– ¿Edward? – La inconfundible voz de Jake me hizo girar la cabeza. Sonreí algo melancólico, sin saber si acercarme o no. A su lado estaba Leah, quien parecía más reticente que él.

–Hola, Jake, ¿cómo estás?

–Bien.

–Mike, ¿dónde esta Bella? – Preguntó Leah. Bella. Joder, ¿estaba aquí? – Mike ahora parecía nervioso, y me miró a mí antes de mirar otra vez a Leah. Supuse que quizá pensaba que podría sentirme incómodo con un encuentro con ella.

–Creo que ha ido al baño. – Contestó.

– ¿Crees? – Ella frunció el ceño. – Pensaba que había venido con…

–Jake, Leah, ¿por qué no vais a la barra? Hay muchísima gente. – Le cortó Mike.

–Sí, claro. – Contestó Jake, cogiendo a Leah de la mano y abriéndose paso entre la multitud.

–Veo que Leah sigue tan arisca como siempre. – Comenté.

–Es Leah. – Dio como explicación.

–Y, ¿habéis venido los cuatro? – No pude evitar hacer la pregunta.

–Sí, y también vienen dos amigas más de Bella. – Yo asentí, por alguna razón desconocida más tranquilo.

–Oye, deberíamos quedar algún día. No sé, me encantaría saber cómo te va por aquí. – Le dije.

–Claro Edward, ya te llamaré, ¿nos vemos pronto?

–Por supuesto.

–Por cierto, no pierdes el gusto. – Me susurró mirando de reojo a Irina. Yo negué con la cabeza.

Me despedí de él y seguí caminando con Irina hasta acompañarla a su coche con un cigarrillo encendido.

–Me he divertido mucho esta noche, Irina. Gracias, necesitaba salir un poco. – Ella suspiró y se apoyó en el coche.

– Yo también, ¡gracias por aceptar!

–Ten cuidado por la carretera, ¿de acuerdo?

–No te preocupes, vivo aquí al lado. – Yo sonreí.

–Cierto. Hasta el lunes, Irina. – Me incliné para besarla en la mejilla.

–H-hasta mañana, Edward. Digo, hasta el lunes. – Sonrió y se metió en el coche.

Absorbí de nuevo el humo del cigarro al mismo tiempo que vi a Irina alejarse, y después miré otra vez la entrada de Eclipse. Quería entrar y no quería hacerlo. Quería verla y no quería hacerlo. Quería que todo volviese a ser como antes y no quería que lo fuera porque entonces significaría volver a pasar por lo mismo.

Caminé hasta mi vehículo y tiré la colilla antes de subirme y arrancar. Estaba jodido.


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Bueno, empiezan a reaparecer los chicos. Parece que estos siete años no le han servido de mucho a uno que yo me sé ;) Pero igualmente, paciencia! Pasito a pasito, despacito y con buena letra! Volveré a subir el lunes, chicas.

Muchas gracias por todos los rr. :)

Un besazo enorme!