Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer
Capitulo 18
Eran muchas las cosas que podían suceder en veinticuatro horas. Bella se enfrentaba a la mañana con una suerte de aturdida admiración. Había descubierto la pasión. Había encontrado el afecto. Y quizá, solo quizá, estuviera dando el primer paso para cortar las ataduras y obligaciones del pasado. Tenía que agradecérselo a Edward, pero no creía que él estuviera dispuesto a tolerarle otro agradecimiento más. No podía expresarle su gratitud sin hacer que se enfadara. No podía decirle que lo amaba sin arriesgarse a perder lo que solo acababa de comenzar. Así que no diría nada. Quizá bastara con estar con él.
Bella envió a los niños al colegio, hizo rápidamente las tareas de la mañana y, tras dejar una nota en la cocina para Edward, se metió en el coche. Se sentía con la energía de diez mujeres.
Había pensado pasar la mañana fregando y encerando el suelo de la casa de la señora Cutterman, y ganarse así una buena parte del dinero de la compra. Se dijo que era una suerte que la señora Cutterman estuviera con gripe, pues de esa forma había podido recuperar un trabajo que la ayudaría a equilibrar las cuentas hasta que pudiera vender los potros. Al día siguiente, tenía que ir a hacerles la limpieza quincenal a los Smith. Mentalmente, continuó repasando su agenda, intentando calcular si tendría tiempo para hacerlo todo, incluyendo una expedición a la zapatería durante el fin de semana.
Bella se decía a sí misma que tenía que concentrarse en eso y no pensar demasiado profundamente en lo que había sucedido la noche anterior. Lo que había significado para Edward y lo que había significado para ella eran cosas completamente diferentes. Era suficientemente inteligente como para darse cuenta. Pero Edward le había dado algo que nunca había obtenido de ningún nombre: respeto, afecto y pasión. Todavía le duraba aquel placer. Encendió la radio.
Cuando Edward bajó al piso de abajo, fue directamente a buscar un café. Normalmente no se despertaba somnoliento, ni siquiera después de una noche sin dormir, pero pasarse una noche trabajando y permanecer despierto en la cama durante toda la noche parecían tener efectos diferentes. No estaba seguro todavía de por qué estaba tan nervioso. Bella se había dormido a su lado tan pacíficamente como los niños que dormían en las otras habitaciones.
Sentía su cuerpo relajado, incluso sereno. Podía decirse a sí mismo que era solo por el alivio físico. Pero su mente había continuado tensa y activa. Lo que había sucedido entre ellos no era algo normal. Parte de él había deseado que lo hubiera sido, mientras que otra parte, una parte que no había explorado durante años, se regocijaba porque había sido algo diferente. El no era un hombre al que le gustara descubrirse tantos contrastes en su interior. Pero por encima de todas aquellas contradicciones, estaba el misterio de la mujer con la que había dormido.
Edward había empezado a diseccionar la opinión que tenía sobre ella antes de haberla conocido y la estaba comparando con lo que sentía hacia ella en aquel momento. Nada encajaba. ¿Qué tenía que ver aquella mujer con el abrigo de visón y los diamantes con la mujer que había temblado entre sus brazos? ¿Cuál de ellas era real? ¿O quizá las dos estarían actuando?
La sangre todavía se le helaba en las venas cuando pensaba en lo que le había contado. Por primera vez en su vida, la urgencia de protegerla era más fuerte que ninguna otra. El era lo suficientemente objetivo como para no permitir que sus sentimientos interfirieran en su valoración de sus hechos. Si Jacob había abusado física y emocionalmente de Bella, ¿por qué se había quedado a su lado? Jacob Black había roto públicamente todas las promesas hechas en el matrimonio, de manera que le habría resultado muy fácil divorciarse. Aun así, se había quedado a su lado. Edward no era capaz de resolver aquella contradicción, de la misma forma que tampoco podía resolver lo que estaba ocurriendo en su interior.
Él la deseaba, tanto como antes de la noche anterior... o incluso más. Había encontrado en ella una dulzura mientras hacían el amor que jamás había saboreado. Y ansiaba probarla de nuevo. Pero había algo más. Cerraba los ojos y oía su risa, una risa natural, sin en gaño. Podía verla trabajando, con eficacia y sin amargura. Y evocaba la forma en la que educaba a sus hijos, con mano firme y un tremendo amor.
Era una mujer especial. El sabía que solo un tonto podría creer que existía algo tan descabellado como una mujer especial. Quizá se estuviera convirtiendo en un estúpido.
Miró por la ventana y se preguntó si estaría limpiando los establos. Podía esperar a que entrara otra vez, poner en funcionamiento su grabadora y ponerse a trabajar. Edward se la imaginó arrastrando un saco de grano o removiendo el heno. Sacudió la cabeza y fue a buscar su abrigo. Fue entonces cuando vio la nota:
Edward.
Estaré en casa de la señora Cutterman esta mañana. Si hay algún problema, el número está en la agenda. Necesito pasar por la ciudad y comprar unas cuantas cosas antes de volver a casa. Hasta la tarde.
Bella.
Se sintió ridículamente decepcionado. No estaba allí; no estaría allí durante horas. Quería verla, quería verla aquella misma mañana, ver su rostro después de la noche que habían pasado juntos. Quería hablar con ella, tranquila, razonablemente, hasta que lo que él sabía y sentía los hiciera acercarse. Quería hacer el amor con ella a la luz del día, en aquella casa enorme y vacía.
Quería estar con ella.
Sacudiéndose aquellos sentimientos, Edward se sirvió una segunda taza de café y subió al piso de arriba. Tenía trabajo que hacer.
Cuando Bella se detuvo en frente de la casa, el cielo se había oscurecido. Musitó algunas palabras sin mucho entusiasmo, dedicadas a las nubes, mientras llevaba el pan y la leche al interior de la casa. Iba a llover, pensó disgustada, porque la radio había prometido cielos despejados. Ninguno de los niños se había llevado las botas. Bueno, de todas formas había que comprarles zapatos nuevos, se recordó a sí misma, y empujó la puerta. De camino hacia la cocina, recogió dos camiones, dos hombrecitos de plástico y un calcetín.
Después de colgar el abrigo, encendió la radio portátil y comenzó a enfrentarse al pedazo de carne que había sacado para descongelar aquella mañana.
-Hola.
Bella se sobresaltó ligeramente, cuando tenía ya la sartén en la mano. Edward estaba a solo unos centímetros de ella.
-Dios mío, eres tan sigiloso. No te he oído llegar.
-Eso es porque pones la radio muy alta.
-Oh -automáticamente, bajó el volumen. Se sentía muy torpe, pero ya se esperaba una reacción parecida-.
Tenía que ir a comprar leche. Los niños toman tanta que a veces me entran ganas de comprar una vaca -bajó la cabeza hacia la cocina, un poco más tranquila-. ¿Has estado trabajando?
-Sí.
Se sentía muy torpe. Algo que no se esperaba. Bella se había recogido el pelo, en una coleta. Quería soltársela, hacer flotar su pelo largo y liso en sus manos, como había hecho durante la noche.
-¿Lo has pasado bien?
-¿Qué?
-Que si lo has pasado bien -empezaba a ponerse nervioso-. Con tu amiga.
-Mi... ¡Ah, la señora Cutterman! Sí, es muy amable.
Bella pensó en un instante en toda la madera que había pulido. Apartó de su mente aquel pensamiento y comenzó a buscar la salsa de tomate.
-Va a llover -comentó-. No creo que los niños vuelvan a casa antes de que empiece a llover.
-Has tenido una llamada.
-¿Sí?
-Era Betty, de la Asociación de Padres.
-Para la venta de dulces.
Con un suspiro, Bella abrió la lata de tomate. El abrelatas eléctrico sonaba como un terremoto. Durante cuánto tiempo, se preguntaba, podría seguir escondiéndose detrás de la rutina.
-¿Magdalenas?
-Tres docenas. Ha dicho que contaba contigo.
-La buena de Bella nunca falla -dijo sin sarcasmo, pero con una nota burlona en la voz-. ¿Cuándo las necesitan?
-El miércoles que viene.
-De acuerdo.
El silencio se alargó mientras ella diluía la salsa y le añadía especias. Los espaguetis eran la comida preferida de Ben, pensó. Comía unas raciones propias de un leñador. En aquel momento, ella tenía la sensación de que no podría volver a comer en toda su vida.
-Supongo que te gustaría hacerme más preguntas.
-Algunas.
-Terminaré aquí en menos de un minuto. Si podemos hablar mientras hago la colada, entonces...
Se le quebró la voz cuando Edward posó la mano en su hombro. Sin saber lo que podía esperar, se volvió lentamente. Edward estaba mirándola, con aquella expresión dura, profunda. Deseó poder comprender lo que estaba buscando.
Y entonces, Edward la besó, suave, delicadamente, y Bella sintió que su corazón se derretía como si fuera de mantequilla.
-Oh, Edward -liberó la respiración que inconscientemente había estado conteniendo mientras lo abrazaba-. Tenía miedo de que te hubieras arrepentido.
-¿Arrepentirme de qué?
Dios, era tan maravilloso abrazarla. Se había dicho a sí mismo que no habría ninguna diferencia. Pero, de pronto, todo le parecía diferente.
-De lo de anoche.
-No, no ha habido arrepentimientos -olía a jabón, o a algo tan fresco como el jabón-. Estoy desconcertado.
-¿De verdad? -sin creerlo del todo, se separó de él.
-Sí, de verdad -sonrió, increíblemente aliviado, y volvió a besarla-. Te he echado de menos.
-Eso me gusta -deslizó las manos por su espalda mientras se acercaba de nuevo a él-. Me gusta mucho.
-¿Quieres hacer novillos?
Bella soltó una carcajada y echó la cabeza hacia atrás.
-¿Novillos?
-Exacto. Tienes aspecto de ser alguien que no ha hecho suficientes novillos.
-Nunca fui al colegio tanto tiempo seguido como para tener que hacerlos. Además, va a llover. No sé si será muy divertido hacer novillos en medio de la lluvia.
-Ven al piso de arriba y te lo demostraré.
Bella soltó una carcajada, pero abrió los ojos como platos al darse cuenta de que Edward estaba hablando completamente en serio.
-Edward, los niños volverán a casa dentro de un par de horas.
-Tenemos mucho tiempo hasta dentro de un par de horas
En un impulso, la levantó en brazos. Le gustaba oírla reír, y verla abrir aquellos ojos enormes y asombrados.
El corazón de Bella latía con fuerza mientras salían de la habitación. Era emocionante, algo prohibido. Enterró el rostro en el hombro de Edward y murmuró:
-Nos vamos a quedar sin calcetines limpios.
Hicieron el amor rápida, desesperadamente, con una especie de salvaje abandono que Bella jamás había experimentado. Las prendas de ropa quedaron desperdigadas por toda la habitación. Las cortinas estaban abiertas, de manera que la tenue y lúgubre luz de la mañana entraba en la habitación. Edward conocía los lugares en los que Bella jamás había estado, lugares que, ella lo sabía, habría temido alcanzar con cualquier otro hombre. Como una niña en su primer viaje en la montaña rusa, se quedaba sin aliento al llegar a los puntos más altos y después se inquietaba por volver a comenzar un nuevo viaje.
Edward se sentía libre, increíblemente libre mientras rodaban sobre aquella vieja cama. El cuerpo de Bella se mostraba ávido, abierto a él, a todo lo que pudiera enseñarle. Bella era fuerte, flexible. Y era suya. Con una agilidad sorprendente, se arqueaba bajo él, perdida en aquel loco placer. Incapaz de sentirse satisfecho, él se elevaba con ella. Sus cuerpos se encontraban. Torso con torso, cadera con cadera, mientras se arrodillaban en la cama. Tensos como las cuerdas de un violín un instante y laxos al siguiente, caían abrazados en la cama.
Empezó a llover, lenta y firmemente contra las ventanas.
Sus gestos se hicieron más lentos y firmes y la pasión se transformó en anhelo. Suspiros quedos y movimientos delicados ocuparon el lugar del furor. Ya no había necesidad de seguir corriendo. La cama era ancha, suave. La lluvia caía susurrante. Se arrebataban el uno al otro toda la dulzura. Se brindaban las cosas sencillas que un amante entregaba a otro y a nadie más.
Edward saboreaba su piel, ardiente de placer y húmeda por la excitación. Nunca había conocido un sabor más embriagador.
Bella deslizaba los dedos por su espalda, descubriendo cómo se contraían sus músculos. Hasta entonces no sabía que la fuerza podía ser algo tan excitante.
Se hundían profundamente el uno en el otro, llegando a rincones que no podía alcanzar la lluvia. Y Bella descubrió lo que necesitaba encontrar, bondad, compasión, ternura.
Eran tantas las capas que la cubrían; serenidad, sabiduría, pasión. Edward se preguntaba si alguna vez podría descubrirlas todas. La miraba y podía ver una mujer fuerte que había arrojado la prudencia al viento y había dejado a su familia y todo lo que le era conocido para aferrarse a algo tan evasivo como el amor. Podía mirarla desde otra perspectiva y advertir su vulnerabilidad y control. Se sentía impulsado a conocerla, a encajar todas las piezas. Bella estaba empezando a convertirse en una obsesión. Pero cuando estaban allí, en el punto máximo del deseo, con todos los sentidos alerta, solo le importaba que estuviera con él.
Las manos que una vez habían sido vacilantes, se deslizaban sobre él como si lo conocieran desde siempre. La boca que en otro tiempo se mostraba insegura, se fundía con la suya como si no ansiara otro sabor en el mundo. Su cuerpo esbelto se entregaba a él sin inhibiciones. Lo rodeaba con las piernas y los brazos, como la seda caliente. La pasión rezumaba de sus cuerpos, los rodeaba haciendo que todo lo demás dejara de existir.
