Hola lectores jeje espero esten bieeen jejee

Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer

Capitulo 20

Moviéndose con torpeza e invadido por una creciente furia, Edward revisó las veinte páginas que había escrito. Jacob Black había llegado a convenirse en algo más que un nombre y una imagen para él. Durante aquel tiempo, había llegado a conocerlo como el hombre terriblemente imperfecto, inseguro, inclemente y egoísta que era. Aun así, no podía pasar por alto sus habilidades y su preparación, y tampoco otras cualidades que muchos habrían denominado heroicas. Black no solo había nacido con una cuchara de plata en la boca, sino con todo lo que necesitaba a su disposición. Pero aun así, no había optado por dedicarse a disfrutar de la riqueza de su familia. De hecho, se había negado a ocupar un lugar insignificante en aquel conglomerado familiar y había decidido dejar en el mundo su propia marca. Desde luego, era algo digno de ser reconocido.

Jacob Black había alcanzado el éxito y se había ganado el respeto e incluso la adulación de los que lo rodeaban. Sus socios lo consideraban el mejor, aunque personalmente no terminara de gustarles. La prensa lo había glorificado. Sus admiradores lo habían convertido en una celebridad cuando llevaba menos de un año en las pistas profesionales. Y, además de todo eso, había conseguido una devota esposa y dos hijos.

Después lo había destruido todo, sistemáticamente, a juicio de Edward.

Había perdido a su primer patrocinador, se había alejado de la mayoría de sus socios y había provocado crisis irreparables en su matrimonio. Pero aun así, Bella lo había descrito en una ocasión como un caballero andante. Y le había sido fiel durante cuatro años.

¿Por qué?

Hasta que Bella no se lo dijera, hasta que él no consiguiera acorralarla hasta obtener una respuesta, todo lo que había escrito serían palabras huecas.

Y hasta que Bella no se lo dijera, hasta que no confiara en él, él no podría llegar a confesar lo que sentía por ella.

¿Cómo iba a seguir negándolo?, Edward apagó el cigarrillo con rápida y deliberada violencia. ¿Cuánto tiempo podría seguir viviendo en la misma casa con ella, viéndola, deseándola, y negándose que estaba loco por ella? Completamente loco. Se no de sí mismo y se paso las manos por la cara. Era más fácil declararse loco que admitir que lo que había perdido era su corazón. Lo que había hecho había sido enamorarse.

El siempre había pensado que enamorarse significaba resbalar, no darse cuenta de que se estaba caminando entre rocas y no advertir el borde de un precipicio. Y tenía razón. Se sentía como si hubiera resbalado, hubiera caldo sobre una de esas rocas y después se hubiera lanzado en picado por el precipicio. Y con toda probabilidad, había arrastrado en la caída su libro, su preciada objetividad y su vida.

Pidió al cielo que Bella regresara pronto a casa.

A casa. Ese era otro problema, admitió. Llevaba en aquella casa menos de tres semanas y ya pensaba en ella como si fuera su hogar. Había estado con Bella menos de tres semanas y, de alguna manera, ya la consideraba suya. Y los chicos... Edward se levantó del escritorio y caminó a grandes zancadas por la habitación. De acuerdo, estaba loco por ellos. Pero es que no era de piedra, ¿o sí?

En cualquier caso, eso no supondría ninguna diferencia. Había trabajado duramente para conseguir exactamente la vida que quería. Solo era responsable de sí mismo, y él era también la única persona a la que tenía que satisfacer. La única persona que tenía que aprobar lo que hacía era Edward Massen.

Quizá no estuviera nadando en dinero, pero tenía más que suficiente. Si ese mismo día quería marcharse durante tres semanas a los mares del sur, no tendría por qué dar cuenta a nadie. ¿Egoísmo? Edward se encogió de hombros. ¿Y qué si lo fuera? Tenía derecho a ser egoísta. Había ordeñado vacas hasta que había ido al instituto. Había estudiado y trabajado duramente hasta conseguir una estabilidad personal y profesional. Los años dedicados al periodismo de investigación habían sido terribles, pero había conseguido superarlos. Su matrimonio no había sido precisamente el paraíso, pero lo había llevado de la mejor forma posible durante el año y medio que había durado. En aquel momento estaba soltero, sin ataduras. Tenía su propio horario y sus propias demandas eran las únicas que importaban. Y solo porque le gustara aquel lugar y les hubiera tomado cariño a un par de niños, no significaba que tuviera que darle la vuelta a su vida. Había superado un matrimonio, y también Bella. De modo que lo más inteligente era no volver a caer en la trampa.

¿Pero cuándo pensaba Bella volver a casa?

En cuanto oyó un motor, se asomó a la ventana. Pero no era la vieja ranchera de Bella la que había llegado, sino una enorme limusina gris metalizada.

-Ah, aire fresco. Aire del campo -Carlisle Cullen se bajó de la limusina como si estuviera en una actuación-. Despeja la mente y purifica el alma. Todo el mundo debería respirarlo, de vez en cuando -lo hizo y arrugó inmediatamente la nariz-. Dios nos guarde, ¿qué es ese olor?

-Estiércol de caballo, supongo -Alice salió del coche y miró a su alrededor con abierta curiosidad-. Mamá, ¿me he dejado allí el bolso?

-Sí, aquí está.

Esme, delgada y atractiva, aceptó la mano que el chófer le ofrecía para ayudarla a salir. Permaneció firmemente apoyada en sus piernas y se protegió los ojos del sol. El sol provocaba arrugas y aunque no era especialmente vanidosa, su rostro formaba parte de su trabajo.

-Ah -con una mirada medio complacida y medio desconcertada, miró hacia la casa-. Qué lugar. Nunca me hubiera imaginado a nuestra Bella en un lugar como este.

-¿Qué habremos hecho mal? -preguntó Carlisle, dándole una palmadita en el hombro a la más pequeña de sus hijas.

-Basta ya, papá. Bella adora este lugar.

Edward se acercó a la puerta justo en el momento en el que Rosalie salía de la limusina. Lo sorprendió advertir que Bella tenía unas piernas tan maravillosas como las de su hermana. Observó la falda flotando a su alrededor mientras le daba la mano al chófer y después esbozar aquella radiante sonrisa con la que podría hacer derretir a cualquier hombre.

-Gracias, Donald -su voz era como el humo y parecía envolver a sus interlocutores en un manto de sensualidad-. Si dejas las maletas en el porche, ya no tendrás más trabajo por hoy.

-Muy bien, señorita Cullen.

-Lo haces tan bien -le susurró Alice a su hermana mientras el chófer abría el capó.

-Querida, he nacido para esto -estaba riendo a carcajadas y agarrando a su hermana del brazo, cuando vio a Edward-. Vaya, vaya -podría haber sido un ronroneo, pero los gatos no mostraban sus dientes cuando ronroneaban-. ¿Qué tenemos aquí?

-Debe de ser el escritor -Alice le dirigió una significativa y breve mirada-. Sé amable con él.

-Alice, recuerda mi imagen -Rosalie se colocó las gafas de sol y continuó mirando fijamente-. No tiene nada que ver con la amabilidad.

Mientras las dos mujeres se detenían frente a él, Edward hizo su propio examen. Una de las hermanas iba vestida con unos pantalones anchísimos y una chaqueta en sombras verdes y azules que podría haber hecho daño a los ojos. Y, sin embargo, el modelo resultaba tan alegre y luminoso como su pelo negro corto. A su lado, estaba la fría imagen de la frialdad y el glamour, desde la larga y brillante melena hasta los zapatos de piel de cocodrilo. Y, junto a ellas, permanecían una mujer pequeña y atractiva, de unos cincuenta años y un hombre no muy alto que señalaba con gestos teatrales el establo.

Alice fue la primera en dar un paso adelante.

-Hola, somos la familia de Bella.

Subió los escalones con el paso rápido y ágil de una mujer optimista. Su hermana la siguió con los movimientos lentos y sensuales de una sirena.

-Edward Massen.

Rosalie le tendió la mano.

-Creo que nos conocemos.

-Señorita Cullen.

Si alguna vez había visto a una mujer deseando clavarle un cuchillo, y que sabía exactamente cómo y dónde tenía que hacerlo, era aquella. Edward se volvió hacia Alice.

-Así que usted es el escritor -le dirigió a su hermana una mirada divertida-. Bella nos dijo que estaría aquí. Estos son nuestros padres.

-Carlisle y Esme Cullen -Calirlse tomó su mano y se la estrechó con rápida y amistosa exuberancia.

-Esme y Carlisle -dijo su esposa con una sonrisa.

Edward comprendió entonces de quién había heredado Bella su aspecto.

-Siempre preocupada por el orden del reparto -Carlisle le pellizcó cariñosamente la mejilla-. ¿Dónde está mi niña?

-Bella ha tenido que ir a hacer unos recados.

Edward era un hombre que creía en las primeras impresiones e inmediatamente sintió simpatía por aquel hombre activo, sonriente y con un hermoso timbre de voz.

-Recados -Carlisle pasó el brazo por los hombros de su esposa-. Nuestra Bells siempre igual.

-Y completamente distinta a todos nosotros. Hola -Esme no le ofreció la mano, pero le sonrió-. Usted debe ser el escritor. Bella nos contó que se había decidido a autorizar el libro.

-Exacto.

No hacía falta que Esme dijera nada más para mostrar su desaprobación. Pero Edward sentía que más que a él, era al proyecto a lo que no asentía. Y no todo el mundo era capaz de establecer tan fácilmente aquella distinción.

-No sé cuándo volverá exactamente, pero...

-No importa.

Carlisle le dio una amistosa palmada en el brazo y pasó al interior de la casa. Fue un movimiento tan natural que Edward tardó unos segundos en darse cuenta de que había dejado todas las maletas en la puerta de entrada. Alice tomó dos maletas y le guiñó el ojo a Edward.

-Muy inteligente, ¿verdad? Vamos, Rose, como en los viejos tiempos.

Rosalie dirigió una larga mirada a la pila de maletas, se detuvo frente a ellas y tomó la más pequeña del lote.

-Se parece a su padre -comentó Esme mientras se inclinaba para tomar el asa de una maleta.

-Yo me encargaré de esa -comenzó a decir Edward, pero Esme soltó una carcajada y alzó la maleta ella misma-. He estado arrastrando maletas desde que aprendí a caminar. No te preocupes por mí, puedes ocuparte del resto, porque puedo asegurarte que no volverán por ellas. Prepara un café, Carlisle -gritó y comenzó a subir las escaleras sin volver a mirar hacia atrás.

Edward se encogió de hombros, tomó el resto de las bolsas que quedaban y la siguió. Al parecer, aquella iba a ser una tarde interesante.

Bella decidió que estaba haciendo muy poco por dominar su genio. Quizá estuviera justificado y, quizá, a su manera, fuera incluso satisfactorio. Pero no había conseguido nada. Edward no confiaba en ella. Si era sincera, tenía que admitir que tampoco tenía ninguna razón para hacerlo. Aunque era consciente de que no le había mentido, tampoco había sido suficientemente sincera con él. Edward Massen era un hombre que necesitaba la verdad en estado puro.

Le había hecho daño. Sus dudas y desprecios la habían herido. Ella quería creer que habían llegado a un punto de comprensión. Creía que habían llegado a un punto en su relación en el que él podía aceptarla tal como era.

Pero había esperado demasiado. Y el problema era que Bella esperaba mucho más. Quería su confianza, aunque ella no había sido capaz de entregarle la suya. Quería su apoyo, aunque temía ofrecerle el suyo. Quería su amor por encima de todo, pero todavía no era capaz de admitir sus propios sentimientos hacia él.

El genio le había dado una petulante sensación de satisfacción, pero había sido algo temporal. Que, además, la había dejado inquieta e infeliz. Quizá hubiera llegado el momento de poner sus sentimientos en orden y ofrecerle a Edward lo que a él le parecía más importante: completa honestidad. Si ella se abriera a él y aun así él se alejara de ella, no podría arrepentirse.

Cuando Bella paró frente a la casa, estaba decidida a contarle todo a Edward, los errores, los arrepentimientos, los compromisos... Sin fe, el amor era solo una palabra más. Ella pondría su vida en sus manos y confiaría plenamente en él.

En cuanto abrió la puerta principal, los nervios comenzaron a asaltarla. Tenía que hablar con él y hacerlo cuanto antes, sin darse tiempo a arrepentirse. De pronto, lo vio saliendo de la cocina. Bella se quedó donde estaba y esperó a que su resolución se fortaleciera.

-Edward -se cambió el bolso de mano-, tenemos que hablar.

-Sí -él había tomado la misma decisión aquella misma mañana-. Pero es posible que tengamos que esperar un poco.

-No, no puedo. Yo...

Bella advirtió un movimiento por el rabillo del ojo y se volvió hacia las escaleras. Allí estaba Alice, descalza, con las manos en los bolsillos de unos anchos bombachos. Sonreía como si conociera todos los secretos del universo y estuviera dispuesta a contárselos.

-¡Alice!

Antes de haber terminado de pronunciar su nombre, Bella corrió hacia las escaleras y se arrojó a los brazos de su hermana.

Primero llegaron las risas, después las dos comenzaron a hablar al mismo tiempo. De alguna manera, en medio de aquel torrente de palabras, ambas consiguieron intercambiar una docena de preguntas y respuestas.

-Vosotras dos, siempre pisándoos la una a la otra las intervenciones -desde el final de la escalera, Rosalie miraba hacia abajo.

Edward advirtió que parecía tan fría y elegante como cuando había bajado de la limusina pero, de pronto, soltó un grito y bajó a una velocidad casi peligrosa para abrazarse a sus hermanas,

-¡Habéis venido las dos! -Bella rodeaba a cada una de sus hermanas con un brazo, manteniéndolas cerca de ella. Una de ellas llevaba un perfume fresco, natural, y la otra una fragancia fuerte y seductora-. ¿Cómo lo habéis conseguido?

-He dejado la obra -contestó Alice con una carcajada. No se había dado cuenta, hasta que lo había hecho, de lo mucho que necesitaba viajar-. Mi suplente me está construyendo un santuario.

-Y yo terminé de rodar la escena final de mi última película la semana pasada -Rosalie le dio un enorme abrazo-. He dejado al protagonista completamente desolado.

Retrocedió un paso, tomó el rostro de Bella con la mano, le hizo volver la cabeza hacia ambos lados y la miró con los ojos entrecerrados.

-Increíble -musitó-, ni una gota de maquillaje. Siempre te he odiado por eso.

Bella las abrazó otra vez.

-Oh, Dios mío, estoy tan contenta de veros.

Había una sombra, solo una sombra, de desesperación en su voz. Era suficiente. Por encima de la cabeza de Bella, Rosalie le dirigió una larga y dura mirada a Edward. Sus ojos eran azules, de un azul oscuro, intenso. Y sabía perfectamente cómo utilizarlos.

Sensible a los cambios de humor, Alice sintió inmediatamente la tensión. Y la mejor forma de tratar con ella, en su opinión, era pasarla por alto.

-Odio utilizar frases hechas, pero todavía no has visto nada, pequeña. Ven a la cocina. ¿Quieres un café, Edward?

Su mirada era tan amistosa que Edward se preguntó si habría imaginado el mensaje que parecía encerrar. Sus ojos no eran azules como los de Rosalie, ni tampoco tenían el cafe intenso de los de Bella. Eran de una cálida sombra castaña, similar al color del brandy. Pero el desafió estaba allí. Habiéndolo reconocido, Edward se adentró con ellas en la cocina.

-Mamá, papá.

Bella se quedó mirando a sus padres completamente estupefacta. Estos estaban cómodamente sentados en el mostrador de la cocina.

-Ya era hora de que llegaras a casa.

Carlisle giró en su silla y le sonrió de oreja a oreja. Abrió los brazos en un gesto que a Bella siempre le había resultado irresistible.

-Dame un beso.

-¿Qué estan haciendo aquí?

Agarraba con un brazo a su madre y con otro a su padre, disfrutando de aquellas familiares fragancias... menta y Rosalie. Su padre no podía pasar un solo día sin pastillas de menta y su madre iría descalza antes de negarse aquel perfume.

-No hay un teatro en más de treinta kilómetros a la redonda.

-Vacaciones -su padre le dio otro sonoro beso-. Hemos elegido entre esto o París.

Esme soltó una nada sutil carcajada y tomó su taza de caí.

-¿Dónde están los niños?

-En el colegio. Llegan a casa poco después de las tres.

-Todo el día entre libros -Carlisle sacudió la cabeza-. Es una tragedia.

-Procura no decírselo -le advirtió Bella-, estarían completamente de acuerdo contigo.

-¿Y esto qué es? -preguntó Carlisle, atrapando una lágrima en las pestañas de su hija.

-Bella tiene todo el derecho del mundo a emocionarse -intervino Alice mientras se acercaba a la cocina para servirse un café-. Debe estar preguntándose cómo va a dar de comer a cuatro bocas extra durante tres días. Bella, ¿la cocina tiene algún truco especial? No consigo encenderla.

-Empuja el mando antes de girarlo. ¿De verdad os vais a quedar? -miró a su madre, porque sabía que era ella la que llevaba la voz cantante.

-Estamos entre dos actuaciones -le dijo Esme secamente mientras le palmeaba el brazo-. Si eres capaz de aguantarnos, nos quedaremos hasta el fin de semana.

-Claro que puedo aguantaros -abrazó a Esme otra vez. Le costaba creer que toda su familia hubiera ido a verla al mismo tiempo-. Me gustaría que Garrett estuviera aquí.

Carlisle silbó suavemente.

-Ese chico... No tienen ningún sentido de la responsabilidad, ninguna ambición. No sé cómo he podido criar a un hijo tan irresponsable.

-Es un misterio -la sequedad de la voz de Rosalie le pasó completamente desapercibida.

-Tenía mucho talento -Carlisle dio un puñetazo en el mostrador-. Le enseñé todo lo que sabía. Pero no se ha subido a un escenario desde hace diez años.

-¿Te he comentado que Chris va a participar en la función navideña del colegio? -Bella sabía cómo distraer y tranquilizar a su padre-. Hará de oveja.

Carlisle estaba definitivamente orgulloso de su nieto.

-Por alguna parte hay que empezar.

-Buena jugada, Bella -le susurró Alice.

-Años de práctica.

Vio que Edward se mantenía discretamente a un lado, observando y asimilándolo todo, algo que hacía perfectamente. Deseó poder preguntarle si la sonrisa que dibujaban sus labios era de diversión o desdén.

-¿Quieres un café? -le preguntó.

El se limitó a asentir.

-Edward, hijo -Carlisle se animó al recordar a su audiencia-. Siéntate aquí. Déjame que te cuente la vez en la que actuamos en Radio City.

Rosalie no se molestó en disimular un gemido y Carlisle la fulminó con la mirada.

-Ten un poco de respeto.

-Carlisle, a Edward no le interesa el mundo del espectáculo.

Carlisle miró a su esposa como si acabaran de salirle cuernos.

-No creo que haya una sola persona en el mundo que no esté interesada en el mundo del espectáculo -añadió dos cucharadas de azúcar a su café, vaciló un instante y puso otra más-. Además, este hombre es un escritor. Y eso quiere decir que le gustan las historias.

-Las historias, sí -Rosalie le dio a su padre un sonoro beso en la mejilla-. Un cuento chino.

Carlisle alzó la barbilla.

-Siéntate, Edward. Ignora a mi familia. Conseguí enseñarles a bailar, pero nunca pude enseñarles modales.

Carlisle le contó su historia, interrumpida de vez en cuando por sus tres hijas y las ocasionales risas de su esposa. Edward nunca podría estar seguro de si aquello era verdad o ficción, pero estaba seguro de que Carlisle Cullen creía cada una de sus palabras.

Bella se había relajado. Edward podía sentir que la tensión con la que había salido de casa aquella mañana la había abandonado. Y parecía estar fusionándose con aquella extraña mezcla de personalidades que era su familia. Aunque no se parecía a ninguno de ellos, encajaba como una pieza más en aquel complicado rompecabezas.

Edward disfrutaba con ellos. Eran chillones, se metían unos con otros y se reían sin reparo de los demás. Cada uno de ellos fue el foco de atención en algún momento. Sus historias eran exageradas, teatrales. Pero muchas de ellas, aunque ridículas, tenían un halo de verdad. Instintivamente, Edward se encontró tomando nota mental de lo que decían. Los Cullen, uno a uno o como un todo, daban para escribir todo un libro.

No de su estilo, se recordó Edward. En absoluto de su estilo. Pero continuaría observando.


A poco no stan sorprendidos por la visita de los Cullens? jeje

es hora de Edward sepa como son ellos, y que alguien le ponga las cartas sobre la mesa no creen ? jeje

Nos acercamos al final... espero me sten siguiendo jeje

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