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Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer
EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA
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XIII
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Me olvidé del lugar, de Dale, de Josh. Me olvidé de todo. Si alguna vez me había sentido fuera de lugar, si en algún momento decidí que mi vida ya no servía para nada, en ese mismo instante, sintiéndola rendida ante mí con mis besos y mis caricias, me sentía de nuevo como el hombre más dichoso de la faz de la Tierra. Mi pulso y mi corazón latían de forma frenética, como alguna vez lo habían hecho con anterioridad. Sentía mi cuerpo vibrar, me sentía completamente vivo, y era una sensación tan plena que quise poder sentirme así para siempre.
En algún momento, dejé de ejercer fuerza en sus muñecas y mis manos viajaron a su cintura cuando ella me aferraba a su cuerpo rodeando mi cuello con sus brazos al mismo tiempo que los dedos de una de sus manos se hundían con fuerza en mi cabello. Un gemido se escapó de sus labios cuando inconscientemente presioné mi cadera en la suya y la recordé de nuevo en mis pensamientos, debajo de mí, encima de mí, desnuda, gimiendo mientras la hacía mía.
Llevé una de mis manos a su muslo sintiendo la suavidad y tersura a medida que ascendía y subía su vestido. Volvió a gemir, esta vez haciéndome gruñir a mí. Mordí su labio inferior y volví a besarla, sintiendo la suavidad de su dulce lengua acariciar la mía de la misma forma necesitada que lo hacía yo. Sabía ligeramente a alcohol y tabaco. Ese sabor jamás me había parecido más atrayente en una mujer.
Bajo la falda del vestido solo llevaba unas minúsculas braguitas, ¿cómo podía llevar bajo ese vestido esa diminuta prenda? ¡Maldita presumida y provocadora! Empujé su cadera de nuevo contra la mía, y en un rápido movimiento llevé mis manos a mi bragueta. La necesidad apremiaba en mi cuerpo, jamás la había sentido con tanta urgencia como en esos momentos. Era cuestión de vida o muerte. Tenía que hacerla mía.
– ¡No! – Exclamó ella, prohibiendo que mis manos hicieran su labor.
–Sí, te deseo. – Gruñí. El corazón cada vez me latía más rápido y no veía el momento de comenzar a desabotonarme la camisa que me apretaba el cuello dificultándome aún más la respiración. Necesitaba sentir su piel en la mía. Era una maldita locura, pero más loco iba a volverme si no lo conseguía.
– ¡No, no! – Volvió a repetir al mismo tiempo que me empujaba y se apartaba de mí. Volví a sostenerla contra la pared, y la miré a los ojos. Aun estando en la oscuridad ya podía discernir algo. – Eres un imbécil.
–Y tú eres una maldita provocadora. – Murmuré, con mi frente apoyada en la suya y con sus manos entrelazadas con las mías a cada lado de su cabeza.
– ¡Edward! – Volvió a quejarse ella intentando zafarse. – ¡Déjame!
De repente la fuerza, la rabia y al mismo tiempo la angustia con la que sonó esa última palabra me desconcertó. ¿Por qué me había hecho tanto daño? Si ella no se hubiese rendido hacía siete años, quizá también estaríamos aquí los dos, pero tratándonos de diferente manera.
– ¿Por qué…? – Murmuré casi en un sollozo. – ¿Por qué lo hiciste? – Volví a preguntar después de unos segundos.
De pronto dejé de sentir su forcejeo y su respiración se tranquilizó tanto como la mía. Mis manos cayeron a cada lado de mi cuerpo, pero aun mi frente estaba en contacto con la suya. Loco. No tenía otro nombre. ¿En qué momento de mi vida había perdido el control alguna vez de esta manera? Bella seguía ejerciendo un poder sobre mí que no era capaz de controlar, y por poco casi había salido más dañado todavía.
–Edward. – La escuché susurrar. – Lo siento. – Y se fue dejándome con la duda de si esa disculpa se refería a su provocación o a que me dejara en el pasado.
Entonces, la realidad cayó con fuerza sobre mí. ¿Qué había hecho? Tanto dolor pasado para después tirarlo todo por la borda en unos minutos. Había quedado como un completo gilipollas. La rabia se apoderó de mí y sentí mis venas arder de repente. No encontré un modo mejor de deshacerme de ella que golpeando con la cabeza la pared. Me llevé la mano al cabello y tiré con fuerza.
Yo había sentido su deseo también, ¿por qué me rechazaba entonces? ¡Dios! Coqueteaba con todos los hombres que se le acercaban. ¿Buscaba hacerme más daño todavía?
– ¡Ey, tío! – Me llamó Dale. – ¡Sal ya o me matan!
Miré hacia Dale y caí en la cuenta de que todo esto había sido una locura. No obstante, saqué mi cartera y le volví a dar un billete más.
Me sentí mal al alejarme de ahí. Nunca en la vida había tenido la necesidad de comportarme como me había comportado hacía a penas unos minutos. Nunca. ¿Qué estaba haciendo conmigo, Bella? Quería olvidarla, pero estaba claro que estando en Forks lo tenía muy difícil.
–Edward. – La voz de pocos amigos de Josh me hizo sentirme peor aún. – ¿Qué cojones le has hecho? He visto a Bella salir llorando, ha cogido sus cosas y se ha ido con sus dos amigas.
–He sido un completo gilipollas. Eso es todo. Vámonos a casa, ¿quieres?
Josh elevó una ceja, malhumorado. Suspiró de mala gana, pero no me volvió a preguntar nada. Solo se despidió de mí y se fue en su coche. Yo agradecí el tener que volver caminando. Respiré profundamente llenando mis pulmones de aire y decidí fumarme un cigarro antes de emprender el camino.
Miré al cielo cuando noté algunas finas gotas de lluvia caer sobre mi rostro.
Bella.
Había vuelto a sentir sensaciones que había creído muertas en mí. Y eso era malo, peligroso. No había calculado las consecuencias de mis actos y ahora no podía evitar preguntarme qué estaría pensando ella sobre todo lo que había pasado en aquel lugar. No sabía si la había asustado o si por el contrario había conseguido provocarme y así alcanzar su propósito. No sabía si quizá esa había sido una estrategia para volver a atarme a ella y seguir haciéndome daño. Pero no podía ser, porque yo había sentido sus caricias, sus besos apasionados y su "lo siento".
¿Por qué se había negado a sucumbir a un deseo tan latente como el que habíamos sentido? ¿Se sentiría tan desesperada como yo o por el contrario estaría regocijándose en su triunfo?
Tiré la colilla al suelo y la pisé para apagarla al mismo tiempo que expulsaba el humo. Giré la esquina y avancé hasta mi portal subiendo las escaleras con desgana y llamando al ascensor. Lo cierto era que seguramente lo peor estaba por venir. Ahora estaba muy cansado y podría dormir. Ni siquiera creía ser consciente de lo que realmente había pasado esa noche. La peor parte me la llevaría al día siguiente al despertar.
Pero me equivoqué en la primera parte, pues esa noche me costó conciliar el sueño como hacía mucho tiempo. No podía dejar de pensar en aquellos pocos minutos junto a ella, y fue una tortura para mí.
Esa mañana, junto con las ocho que le siguieron con sus ocho noches, fueron casi las peores de mi vida. No podía conciliar el sueño a pesar de lo cansado que volvía del hospital, del gimnasio y de intentar sumergirme en la lectura. Y las mañanas eran insoportables cada vez que me despertaba e, involuntariamente, la imagen de ella y yo besándonos desenfrenadamente me daba los buenos días, si podían llamarse así.
Durante esos días había hablado con Angela y Ben y les había contado lo inconsciente que había sido. Angela me advirtió que después de lo ocurrido fuera con pies de plomo, que la reacción de Bella no significaba nada malo, pero tampoco nada que me beneficiara a mí. Y tenía razón, no podía seguir de esa manera. ¿Pero cómo me la arrancaba de la cabeza? ¿Cómo le podía hacer entender a mi mente que no era sano pensar en ella?
…
– ¡Está claro que eres un peligro con las mujeres! – Comentó Josh.
Estábamos cenando con Irina, Hanna y Maira en uno de los restaurantes céntricos de Forks. Me daba la impresión de que por ahí había explotado la noticia de que yo no me sentía muy bien porque de repente notaba a mis compañeros más pendientes de mí que de costumbre.
–No es verdad. – Puse los ojos en blanco con una sonrisa.
– ¿No? ¡Pero, cariño! ¿No has visto cómo te miraba la camarera? – Insistió Maira. Esa mujer iba a convertirse en mi segunda madre. Yo solo reí negando con la cabeza.
–Edward no se ve a sí mismo. – Comentó Irina mirándome profundamente.
De repente se hizo el silencio en la mesa. Un silencio que me incomodó mucho. Tosí intentando salir del aprieto y volví a sonreír.
–Yo creo que Irina tiene razón. Más de una chica estaría encantada de estar contigo. – Siguió la tímida Hanna.
–El problema está en que yo no estoy interesado en ninguna relación con ninguna mujer. – Respondí siendo claro.
– ¡Ah! – Exclamó Maira. – No me puedo creer que un chico como tú esté diciendo eso. Edward, eres guapo, inteligente, amable, simpático y soy testigo de que un caballero, ¿por qué un chico como tú no querría enamorarse de una chica que quisiera hacerlo feliz? – Me preguntó de vuelta. Yo reí ante su preocupación.
–Maira, es difícil. La verdad es que no me apetece hablar sobre ello. – Maira me sonrió mirándome maternalmente.
–Está bien, pequeño, – Puse los ojos en blanco, divertido por el apodo que me había puesto.
Después de aquello, la cena siguió su transcurso. Me sentí a gusto con ellos, sobre todo me sentí protegido por Maira, aunque ella solía protegernos a todos.
Los días siguieron pasando, hasta que una tarde, cansado de estar en casa dándole vueltas a la cabeza a cosas sin sentido, decidí darme un respiro, y despejar todo el trabajo que había hecho esa mañana tomándome una cerveza en la taberna de Walter.
Estaba hablando con él sobre el último partido de béisbol de Seattle contra Kansas City cuando ella apareció de nuevo toda apurada, como la primera vez. Se pasó las manos por el pelo y lo colocó sobre uno de sus hombros después de cerrar el paraguas y por último se quitó la chaqueta colgándosela en el brazo y dejando ver un jersey de lana blanco.
Ella no me vio y caminó hasta sentarse en una de las mesas.
Impulsado por los continuos pensamientos que había tenido desde hacía dos semanas, después de nuestro desliz, decidí disculparme, ya que después de todo quien la había llevado casi a rastras a aquel almacén, o lo que fuese, había sido yo.
Se sorprendió al verme, pero se puso seria al instante y elevó las cejas a la defensiva, pidiéndome en silencio que le dijera lo que fuese y me marchara.
– ¿Puedo? – Pregunté señalando la silla. Ella suspiró al mismo tiempo que ponía los ojos en blanco.
–Tienes suerte que haya llegado diez minutos antes de lo previsto. He quedado con Alice. – Esta vez el que suspiré fui yo. Aparté la silla y me senté, mirándola fijamente.
–Bella, yo… lo siento… por lo de la otra noche. – y en seguida aparte la mirada de ella. – Me comporté como un gilipollas. – Levanté de nuevo la mirada cuando el silencio se apoderó de la mesa.
–Vale. Vale, Edward. – Se limitó a contestar. – Disculpas aceptadas.
Había pensado en tantas cosas durante esos días. Quería hablar con ella sobre lo que nos pasó en el pasado, quizá así pudiésemos aclarar algo, y a lo mejor así yo podía olvidarla por fin.
–Quería que habláramos algún día sobre lo que pasó hace años.
–No hay nada de qué hablar. – Y fue tajante. Sus ojos ahora eran dos dagas indescifrables.
–Bella, la otra noche te sentí, no puedes negarlo. – Le susurré inclinándome sobre la mesa para que pudiera escucharme. – No soy tonto.
–Bien, pregúntame ahora. – Su expresión se había ido de viaje. Así sería incapaz de sacar nada en claro.
– ¿Podemos quedar otro día?
– ¿Qué? ¡No! – Contestó rápido. Yo elevé una ceja.
– ¿Por qué no? – Pregunté asombrado por su rotunda negación.
–Es Forks… – Respondió como si fuese obvio.
– ¿Mantienes tu número de móvil? –Esta vez me miró divertida, e incluso sonrió burlona.
– ¿De qué sirve que te diga que sí? – Preguntó con prepotencia.
– ¿Edward? –La voz de mi prima nos interrumpió de repente.
–Hola, Alice. – Sonreí. – Te llamaré un día de estos. – le dije a Bella. Ella frunció el ceño confundida por mi respuesta y yo como única explicación señalé mi cabeza. Por suerte, o por desgracia, su número permanecía grabado en mi memoria. Me alejé dejándola con los ojos de par en par y la clara intención de levantarse.
– ¡Edward, Edward! – Me llamó cuando casi alcanzaba el coche. – Espera.
–Dime, preciosa. Normalmente las chicas no son tan escandalosas cuando quieren algo de mí. – Eso la hizo ponerse de morros otra vez, y me aguanté la risa.
– ¿Puedes quedar el miércoles de la semana que viene? – Preguntó. Yo me hice el interesante, haciendo que pensaba si tenía que hacer algo. Escuché como bufaba. – Va, di algo. Sinceramente no creo que tengamos nada de lo que hablar, pero si así vas a dejarme tranquila, accederé.
–Eso es dentro de una semana. Bien, muy bien. ¿Quedamos aquí? – Volví a preguntar.
– ¡No! Eh… Mejor… te paso a buscar, ¿de acuerdo? – Elevé una ceja y sonriendo saqué mi Smartphone y escribí mi calle para enviársela a su número.
–Te acaba de llegar un mensaje a tu móvil, ya no vivo con mis padres. A las siete te espero en mi casa, ¡y no tardes! – Ella solo asintió y salió disparada al interior de la Taberna.
No podía creer que acabase de confirmar una cita con Bella. Y no sabía si era malo del todo, ¿ por qué no podríamos limar asperezas? A lo mejor podría haber una segunda oportunidad para los dos, a lo mejor fue un error suyo. Éramos jóvenes, había mucha distancia de por medio. ¿Podría perdonarla? A lo mejor seguía sintiendo algo por mí.
Mi cabeza durante los tres días siguientes pensó mil y una razones de todo. Del por qué me dejó, del por qué pasó lo que pasó aquella noche, y del por qué accedió a quedar conmigo. No todas eran razones buenas, pero dentro de mí estaba comenzando a sentir que a lo mejor dentro de mi amargo corazón, había un grano de azúcar que lo pretendía endulzar poquito a poco.
Lo peor de todo era interpretar sus expresiones, porque en sus ojos podía discernir rabia y rencor, y no sabía bien por qué sentía esas emociones hacia mí. Tampoco llegaba a entender sus reacciones y sobretodo su actitud de aquella noche.
El sábado de esa misma semana, Josh, Irina y yo quedamos para salir a Eclipse. Evidentemente mi cabeza ya había barajado la posibilidad de que quizá podría encontrarme a Bella, y eso lo hacía más interesante.
– ¡Eh! ¿Esa no es Bella? – La pregunta de Josh provocó en mí un sentimiento de sorpresa que estaba esperando desde hacía un buen rato.
–No había visto a esa chica antes en el pueblo. – Comentó Irina, refiriéndose a la chica que salía con ella.
Eclipse, a la una y media, se encontraba a rebosar, pero aun así pude no perderla de vista. Iba más informal que la última vez que la había visto en aquel lugar, pero no por eso menos hermosa. Llevaba unos vaqueros ajustados oscuros y una blusa estampada en diversos colores, siempre subida en unos tacones.
Estaba sorprendido por lo mucho que había cambiado mi opinión sobre ella durante el tiempo que llevaba en Forks. Y no sabía si eso era peligroso para mí, pero no podía evitarlo. Ella tenía ese poder, y yo lo único que podía sentir era miedo a que algo parecido a lo que pasó en el pasado volviese a suceder.
Esta vez no fue a ningún sofá, sino que directamente se fue a bailar a la pista con su amiga, quien, por cierto, tampoco había visto antes. Las dos se sonrieron y Bella la abrazó. Parecía agradecida de tenerla. La chica correspondió el abrazo para unos segundos después separarse y volver a bailar.
–Si no le quitas los ojos de encima y alguien se da cuenta podrías llegar a tener un problema. – Me dijo Irina.
–No sé qué clase de problema. – Le contesté. Alcancé a ver como ella miraba a Josh de una forma muy comunicativa y él solo contestó poniendo los ojos en blanco. No entendí nada.
– ¿Quieres otra? – Me preguntó Josh, refiriéndose a mi cerveza. Yo solo negué con la cabeza.
– ¿Alguien quiere ir a la pista? – Pregunté mirando a Irina. Ella alzó una ceja incrédula.
– ¿Intentas ponerla celosa? No sé si lo vas a conseguir.
–Solo quiero bailar un poco. ¿Vienes Josh?
–Id mientras pido otro botellín. – Yo asentí.
Cogí a Irina de la mano y la llevé hasta la pista. En ese momento sonaba algo electrónico bastante movido, y sin pensármelo dos veces empecé a bailar con mi amiga. Giré mi rostro hacia la dirección en la que sabía que estaba Bella mientras me movía y pocos segundos después su mirada alcanzó la mía. Y se quedó mirándome fija para después desviarla hasta Irina y fruncir el ceño.
– ¡Vamos, Edward! – Exclamó mi amiga poniendo una mano en mi hombro y moviéndose más exageradamente. Sonreí por la expresión que vi en Bella, pero después comencé a moverme más.
Conscientemente fui dando pequeños pasos hasta estar más cerca de Bella, hasta el punto en el que nuestras espaldas casi se rozaban. No sabía si estaba bien lo que estaba haciendo, pero deseaba hacerlo.
– ¿Hay un sitio aquí para mí? – Preguntó Josh, empujándonos un poco y consiguiendo que, por ende, yo empujara un poco a Bella.
– ¡Eh! – Exclamó girándose con cara de muy pocos amigos.
–Lo siento, preciosa. Ha sido el animal de mi amigo. – Ella parecía echar humo por las orejas, pero no dijo nada más, solo se giró y siguió bailando con su amiga.
Recibí una mirada malhumorada de Irina y otra divertida de Josh. Mi amigo cogió por la cintura a Irina y ella sin estar mucho por la labor empezó a bailar con él, aunque sin perderme de vista, y siempre poniéndome expresiones extrañas.
Me giré y vi como la amiga de Bella bailaba con un chico del pueblo, así que decidí que ese era mi momento.
– ¿Estás sola? – Le pregunté poniendo mi mano en su cintura al mismo tiempo que me movía al ritmo de la música. Ella se giró ipso-facto al sentirme y sus ojos me miraron sorprendidos e inofensivos por primera vez. Pero poco duró esa reacción porque a los pocos segundos sacudió mi mano y me dio la espalda de nuevo. – Solo quiero bailar, Bella. – Insistí en su oído, esta vez sin tocarla.
–Eres un pesado, déjame. – Contestó mirándome de reojo por encima del hombro. Miré a su amiga, ajena a todo esto.
–Creo que esa chica está pasándoselo bien, va a tardar. Vamos, baila conmigo. – Deslicé mis dedos por la piel expuesta de su brazo hasta llegar a una de sus manos, la cual entrelacé con la mía.
Ella se giró para mirarme indecisa, pero poco tardó en entrelazar su otra mano con la mía, y así empezamos a bailar. Su mirada y la mía en ningún momento desconectaron la una de la otra. Por un instante, al mirarla, me sentí como el chico de dieciocho años que dejó Forks enamoradísimo por la chica que tenía delante; el chico que iba a luchar contra viento y marea por mantener lo que tenían hasta que la facultad permitiese que fuésemos completamente felices.
–Edward… – Leí en sus labios. No escuché su voz, solo pude observar sus movimientos y adiviné que decía mi nombre.
No pude evitarlo e incliné mi cabeza para apoyar nuestras frentes mientras nos seguíamos moviendo. Ahora la música había cambiado a otro registro, parecía salsa. No tenía ni idea de cómo bailar algo así, pero lo que tenía muy claro era que estaba muy a gusto con ella. Nos habíamos acercado más y podía sentir su cuerpo pegado al mío.
Mis manos viajaron a su cintura y las suyas se posaron en mis antebrazos, regalándome aquellas descargas eléctricas tan familiares de antaño, aún más fuertes. Cerré los ojos con fuerza, al sentir mi deseo por ella. Pero no podía volver a comportarme como la otra noche. No podía. No era lo correcto.
–No puedo hacer esto aquí. – Dijo de repente, provocando que la realidad cayera sobre mí de golpe. – Vámonos, llévame a algún sitio, Edward. – Abrí mis ojos impresionado y asombrado por sus palabras.
Mi mente estaba embotada de preguntas que quería que contestara, pero tuve miedo de decir cualquier cosa que la hiciera cambiar de opinión. En esos momentos mi deseo era más fuerte y egoísta que cualquier otro asunto. Quería volver a sentirla, quería hacerlo. Así que solo asentí. Vi como ella le decía algo a su amiga, quien asintió con una sonrisa antes de mirarme. Cogí su mano, pero la rechazó advirtiéndome que no volviera a hacerlo. Yo fruncí el ceño pero obedecí, y sin decirle nada a Irina ni a Josh, me alejé con Bella.
–He venido caminando. – Expliqué.
–Llevaré mi coche. – Contestó únicamente.
Sin rechistar la seguí hasta el mismo; un Mini One de color negro.
Mi mente comenzó a darle vueltas al asunto, cuestionándome si estaba haciendo lo correcto. Hasta hacia tan solo unos días pensaba que la odiaba y que sería incapaz de desearla de una forma tan necesitada y primitiva como lo estaba haciendo ahora. Y eso me aterrorizaba, porque no sabía cuáles eran sus verdaderas intenciones y deseos por más que creyera saber leer su mirada.
Le indiqué hacia donde tenía que dirigirse y en menos de un minuto estaba aparcada frente a mi portal. ¿Es que todos los astros se habían confabulado a nuestro favor esa noche? Pensar que podía ser así me animó bastante a dejar de darle tantas vueltas a la cabeza.
Salimos del coche con rapidez y caminamos hasta la entrada. Ni antes, ni durante los siguientes minutos emitimos ningún sonido, pero durante los escasos segundos en los que estuvimos encerrados en el coche la sentí extraña. Miraba hacia abajo y no dejaba de retorcer las manos una y otra vez. Eso solo hizo cuestionarme algo: ¿Se habría arrepentido?
El timbre de la cabina sonó y ella con paso lento salió y me siguió hasta encontrarse frente a la puerta de mi casa.
Abrí la puerta y nada más pasar encendí la luz.
Bien, y ahora… ¿qué?
La miré. Seguía cabizbaja, esta vez parecía avergonzada, con las manos una sobre la otra en su vientre; seguía jugueteando con ellas. Me pregunté una vez más si no saldría perdiendo con esto, pero preferí no pensar en las consecuencias, en el mañana.
Avancé un paso y aun en la entrada llevé mi dedo índice a su barbilla para elevar su mentón y poder mirarla. Sus ojos se encontraron con los míos llenos de dudas y con algo de miedo, pero a pesar de ello me gustó lo que vi en su color chocolate más profundo. Había algún tipo de sentimiento que pugnaba por manifestarse de un momento a otro, y seguro que no me equivocaba al pensar que tenía un debate interno sobre algo que yo no tenía idea.
Me alegró saber, por un escaso segundo, que todavía era capaz de leer su mirada, de ver su alma a través de ella, que esa habilidad que tenía sobre ella no había quedado obsoleta con el paso del tiempo.
La verdad, en ese momento, era que no podía engañarme a mí mismo intentando pensar que no la necesitaba e intentando sentir emociones que nunca podría sentir, pero lo peor de todo era no saber con certeza si lo que veía en su interior era real o solo algo que yo deseaba que pasara.
Acuné su rostro con mis dos manos y la observé un instante más. Volvía a ser la chica de la que alguna vez estuve enamorado. El color chocolate cálido de su mirada, el deseo que la misma traspasaba, sus mejillas sonrojadas… No pude reprimirme más, esto era mucho más fuerte que yo mismo. Tenía que admitirlo. Aún seguía enamorado de ella, y fue lo único que necesité aclarar en mi mente para terminar de inclinarme. Mis labios acariciaron los suyos de manera suave, en una delicada y ligera caricia, comprobando sus límites. Y solo pude ser consciente de una cosa; me sentí en casa de nuevo.
Ninguno de los labios que había probado en todos esos años había desprendido más calidez y suavidad, ni habían sido tan dulces. Nada se comparaba con el pequeño roce de mis labios sobre los suyos.
Por Dios que no sería capaz de aguantar una negativa en esos momentos de su parte. La deseaba como nunca antes lo había hecho.
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Bueno, chicas, y las curvas continúan... ¿Qué creeis que pasará en el próximo capítulo?
Muchas gracias por todos los rr :)
Un besazo enorme!
