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Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA


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Prólogo


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Permanecía abducido por el sabor de sus labios y la textura de su piel. Hacía mucho tiempo que no sentía como mi cuerpo se estremecía con tan solo una caricia tan superficial como la que mis labios le estaban dedicando a los suyos. Me sumergí en otra dimensión a la que no había viajado desde hacía mucho tiempo y que reconocía sin necesitar más prueba que esta.

A diferencia de la última vez que la había besado en Eclipse, la necesidad no había desaparecido, pero se manifestaba de otra manera menos violenta. Esta vez no quería asustarla, y estaba preparado para recibir su contestación fuese la que fuese: un beso de vuelta o un bofetón. Cualquiera de las dos opciones me parecería justa.

Ella permanecía quieta. No me besaba, aunque tampoco se apartaba a pesar del gran número de segundos que habían pasado ya. Y no sabía si eso era bueno del todo, pero esa situación me recordaba a la primera vez que la había besado en mi habitación, cuando le confesé lo que sentía por ella. Solo se escuchaba su respiración y solo sentía sus labios bajo los míos dulces e inofensivos. Estaba comenzando a perder la esperanza cuando por sorpresa sus manos se anclaron en mi nuca y presionó con fuerza sus labios contra los míos.

Su respiración se agitó inmediatamente, el sabor de sus labios se intensificó de la misma manera que su forma necesitada de besarme y sus ahogados jadeos. Mis dedos se hundieron en su cintura y las suyas comenzaron a tironear de mi pelo al mismo tiempo que presionaba su cuerpo contra el mío. No podía creer que la tuviese de nuevo derretida ante mis caricias y entre mis brazos. Pero ahí estaba, dispuesta. Esta vez no había resistencia por su parte, pero tampoco quería tentar a la suerte.

De pronto sentí como mi móvil vibraba en uno de los bolsillos de mi pantalón pero lo ignoré, no me importaba nada más que no tuviese que ver con la mujer a la que estaba besando en esos precisos momentos. Y ella, si escuchó algo, decidió actuar de la misma forma que yo. Quizá su necesidad de mí se igualaba a la que yo sentía por ella y ese pensamiento me hizo sonreír, aun notando mi dolorosa erección.

Comenzó a desabotonar mi camisa, y mi conciencia con sus gafas de voyeur y la mano preparada en su bragueta, palmeó uno de mis hombros felicitándome por dejar que ella tomase la iniciativa en cuanto a hacer desaparecer prendas se refería. No iba a hacer nada que no desease. Esta vez lo dejaría todo en manos de ella.

Mi cuerpo fue sacudido por un increíble estremecimiento en cuanto sentí los dedos de sus manos pasearse por mi torso desnudo. La cálida y suave caricia avanzó hasta mi ombligo para después ascender de nuevo hasta mis hombros, deshaciéndose de mi camisa, al mismo tiempo que se detenía en los músculos de mis brazos. Sentí un suave apretón en mis bíceps, y no pude resistirlo. Antes de que pudiera desabotonarme los puños, llevé mis manos a su trasero y la elevé con rapidez. Ella en seguida rodeó mi cintura con sus piernas sin dejar de besarme, y llevó sus manos de nuevo a mi cabello, acariciándome la cabeza de manera frenética.

El tierno y dulce beso se había transformado en un encuentro en el que parecía que nada pasaba lo suficientemente rápido para poder sentirnos piel con piel.

Caminé con ella hasta mi habitación, escuchando entre aquellos besos desesperados los gemidos que se escapaban de su garganta a causa del roce de nuestros sexos. Estaba rozándose sin piedad contra mi erecto miembro aun sobre el pantalón y mi necesidad creció todavía más.

La dejé sobre la cama, notando como se ponía de rodillas sobre el colchón y me empujaba hacia delante, con sus manos agarrando mi cabeza, obligándome a inclinarme para besarme con aquella pasión desbordante y necesidad loca.

Llevé mis manos a mi bragueta, y entonces ella se separó de mí para mirarme. Estaba oscuro, pero no importaba; podía distinguir su silueta aun en la oscuridad y escuchar su respiración agitada. Ella sin decir ni una palabra llevó sus manos a mis puños para desabrocharlos rápidamente mientras yo acababa con mi bragueta. Primero uno, después otro y sus manos volvieron a mi cabeza para volver a besarme con furia. Ella… Era ella quien me besaba. Por fin me deshice del estorbo de mi camisa y le quité la blusa a ella, escuchando los jadeos que salían de sus labios y que impedían que nuestros labios se mantuviesen unidos.

Pronto estuvimos desnudos y tan necesitados como al principio. Me ahogué en el mar de sus pechos, recordando la textura y el sabor exacto que tenían. Era increíble como aun después de siete años, ese recuerdo que creía haber olvidado, permanecía en mi memoria, y quise aprovecharlo. Necesitaba besarla, de principio a fin. Quería volver a hacerle el amor.

–Tienes que hacerlo ya. – Demandó tirando de mi cabello. La necesidad estaba impregnada en su voz, y eso solo me hizo sonreír.

Estaba loca de necesidad, tanto o más que yo, y eso me agradaba. Llevé mis manos a mi miembro para colocarlo en su entrada y me deleité acariciándola unos instantes, sintiendo la cantidad de excitación que había desprendido, antes de empujar poco a poco.

– ¡Ah! – Gimió arqueando la espalda debajo de mi cuerpo cuando su humedad me rodeó.

Mis músculos se tensaron y emití un silencioso gruñido de profunda satisfacción carnal. Su cuerpo seguía siendo el mejor lugar en el que alguna vez me había encontrado. Nadie me había hecho sentir así nunca. Solo Bella. Apoyé mis codos a cada lado de su cabeza e incliné la mía para besarla mientras salía y volvía a entrar.

Su aliento golpeó mi rostro cuando volví a entrar en ella, rompiendo el beso. Solo ella podía hacer sentirme estas sensaciones, solo Bella. La piel sudorosa resbalando sobre la suya, sus piernas rodeando mi cintura para estar más cerca de mí, sus brazos alrededor de mi cuello atrayéndome más aun a sus labios, la fogosidad y la necesidad que presidían el ambiente…

Aun no podía creer que estuviese haciendo el amor otra vez cuando me había autoimpuesto no dejarme llevar jamás por ningún sentimiento. Solo ella lo había conseguido. Solo Bella.

–Bella. – Susurré incapaz de callarme por más tiempo.

Sentí sus piernas rodearme con más fuerza la cintura y moverse al mismo ritmo que yo, aumentando a cada segundo.

–Edward. – Gimió moviéndose contra mi cadera para recibirme.

Estaba volviéndome loco. No recordaba que me hubiese sentido alguna vez así antes. Ni siquiera con ella. Esto era como pisar el paraíso. Sentí mis músculos tensarse, así como sus piernas y sus brazos alrededor de mi cuerpo. Mis labios volvieron a su boca cuando supe que el orgasmo nos alcanzaría a ambos.

Y colapsamos al mismo tiempo, gritando el nombre del otro. Y de repente, sin que pudiese hacer nada para evitarlo, el daño causado hacía siete años desapareció por completo. El rencor no podía superar nunca las sensaciones que ambos sentíamos cuando estábamos juntos. Éramos jóvenes, la distancia no nos había ayudado y ella creyó sentir algo por otra persona que no era yo. Pero la perdonaría y podríamos volver a empezar. Estaba claro que los dos habíamos nacido para estar juntos. Solo había bastado ese momento mágico entre ambos para convencerme de que esta vez sí podría funcionar.

Sentí sus brazos rodear mi cuerpo con fuerza, igual que yo hacía con el suyo. Un abrazo lleno de sentimiento, eso era lo que sentía. Hacía mucho tiempo que no había permanecido tan unido a nadie, en todos los aspectos a los que pudiese referirse. Únicamente me había pasado con ella. Dos cuerpos tan unidos, tan deseosos por eliminar los milímetros de distancia entre ellos no podía significar otra cosa más que aun sentíamos algo. Y esto podía funcionar, ¿qué podía impedir ahora que estuviésemos juntos?

Pero parecía que Bella no estaba de acuerdo con mis pensamientos. En seguida el frío sobrecogió mi cuerpo y mis pensamientos, congelándolos, cuando sentí como forcejeaba para deshacerse de mí. Me pregunté, sin poder llegar a formular la pregunta, el por qué reaccionaba de esa manera.

–Tengo que irme. – Dijo dejándome descolocado.

Encendí la luz de la lamparita viendo como apresuradamente cogía toda su ropa y se la iba poniendo de la misma manera. Me quedé estático y sin saber qué hacer o decir. ¿Por qué estaba actuando de esa manera? No había forma de entrar en sus pensamientos, y estaba volviéndome loco. Hacía poco menos de cinco minutos que la había sentido como hacía siete años. Mía, solo mía. Pensaba que entre los dos habíamos llegado secretamente a un perdón, pero los hechos hablaban por sí mismos. Y me enfurecí.

–No puedes irte. – Murmuré seriamente, saltando de la cama para coger mis bóxers y ponérmelos antes de seguirla hacia la salida. – ¡Eh! – Exclamé, rodeando uno de sus brazos con mi mano a la altura del codo, frente a la puerta de entrada.

– ¡Déjame! – Contestó llena de rabia, dando un fuerte tirón de su brazo para que lo dejase libre, pero no lo hice. – ¡Suéltame! – Me mantuve inmóvil escuchando y viendo sus vanos gruñidos y movimientos para deshacerse de mí.

–No te vayas. – Le supliqué cuando cansada dejó de resistirse. Vi como su labio inferior temblaba y no pude soportarlo más; mi brazo cayó sin fuerza por fin a mi costado. No quería presionarla.

Hubo un par de segundos silenciosos entre ambos. Estaba viviendo un momento de lo más inverosímil. Jamás en la vida habría imaginado que esa noche acabase de esta forma. Y ahora estábamos los dos en silencio, junto a la puerta de entrada. Bella con la cabeza gacha y el labio inferior temblando, aguantando supuse aquella rabia que no entendía y las ganas de llorar. Yo analizando su reacción e intentando interpretarla. Pero era imposible.

–Tengo que hacerlo. Es mejor así, Edward. – Su voz se quebró al hablar, y al terminar inspiró profundamente, llenándose los pulmones del aire que le había quitado a los míos a causa de sus palabras.

– ¿Es mejor para quien, eh? – Conseguí preguntar, decepcionado por su comportamiento de nuevo. – ¿A qué estás jugando, joder? – Me miró con el ceño fruncido, acusándome secretamente de algo que quise saber. Llevé mi mano de nuevo a su brazo con la intención de que me lo aclarara, pero retrocedió antes de que pudiese tocarla.

–No me llames ni me busques. Adiós. – Y así como se despidió, se giró sin mirarme en ningún momento y desapareció por la puerta.

Me quedé unos instantes inmóvil, tratando de asimilar lo que acababa de pasar. Traté de buscar una explicación lógica, pero me resultó imposible. ¿Se había reído de mí otra vez? ¡Joder! Cerré las manos en puños con fuerza, sintiendo el calor correr por mis venas, enfureciéndome a cada segundo más hasta que no pude contener más el impulso de golpear con fuerza la puerta con uno de ellos.

Me dolió, esto me había dolido. Había permitido de nuevo que me hiciese daño. Caminé con rapidez hasta mi habitación, cogí mis pantalones y saqué la caja de tabaco para fumarme uno. Lo encendí ansiosamente y aspiré llenando los pulmones, intentando relajarme. Solté todo el aire y volví a aspirar. ¿Cómo demonios iba a saber yo que se había vuelto a reír de mí? Lo peor de todo era que había realizado su mejor interpretación. ¿Cómo podían ser falsas esa necesidad, esas caricias, esos besos, ese abrazo…? ¿Por qué volvía a hacernos esto?

De nuevo aspiré con fuerza y me consumí un poco más al mismo ritmo del cigarrillo…

...

– ¡Edward! – La voz de Irina hizo que me girase de repente por el pasillo del hospital.

Detuve mi paso y le sonreí con una disculpa, esperando a que llegase a mi altura. Esa semana había evitado entablar conversación con Josh e Irina de cualquier manera después de lo ocurrido con Bella. Pensar en su nombre provocaba que la sangre me hirviera de rabia aun.

Había descubierto que Josh e Irina me habían llamado al menos cinco veces mientras yo echaba por la borda todo aquel tiempo que necesité para olvidar a Bella. Pero, ¿habría cambiado algo que yo hubiese contestado a esas llamadas? Estaba seguro de que no. Jamás había deseado a nadie con tantas ganas, ni siquiera a ella cuando estábamos saliendo. Y eso me enfurecía aún más. ¿Qué tenía Bella?

Irina se detuvo a mi lado y me dio una palmadita en el hombro.

–No corras tanto, hombre. – Dijo con una sonrisa tranquilizadora. – Josh y yo aún te apreciamos como para intentar asesinarte por dejarnos tirados por una chica. – Y me guiñó el ojo. Suspiré sintiéndome mal de algún modo e intenté excusarme.

–Lo siento, Irina. Es que he estado un poco liado estos días, eso es todo. – Mentí como mejor pude, pero no sabía si Irina, siendo tan observadora, se lo iba a tragar.

–Ya, claro. Por eso también tienes esa cara de estreñido desde que salimos la última vez. – Contestó elevando una ceja. Tomó una de mis manos, le dio un apretón y tiró de ella para empezar a caminar. – Sé que estás así por Bella. – Suspiró. – Mira, Josh está en contra de esto, pero creo que necesitas saberlo. – Fruncí el ceño sin entenderla y me detuve, provocando que Irina también lo hiciese al tener nuestras manos aun unidas.

– ¿De qué estás hablando? – Ella observó alrededor y después me miró negando con la cabeza, soltándome la mano.

–Este no es un buen lugar para hablar sobre según qué temas. – Aclaró. – Mejor quedamos mañana por la noche y lo hablamos tomando algo. – Me tensé incómodo.

–No me apetece volver a Eclipse.

–Vayamos a otro lugar. Te invito a cenar a la taberna de Walter. – Elevé una ceja incrédula.

– ¿Renuncias a una noche en Eclipse por mí? – Le pregunté divertido.

–Todo sea por mi amigo deprimido. – Respondió llevándose una mano al pecho. Yo reí brevemente. La primera vez que lo hacía después de estos días.

–Está bien. – Dije en un suspiro. – Pero pagaré yo, ¿de acuerdo?

–De acuerdo. – Y con una enorme sonrisa retomó el paso.

Irina se había convertido en una buena amiga. No había vuelto a decir nada más que me hiciese sentir incómodo y siempre estaba ahí cuando la necesitaba. Definitivamente, esa mujer se había ganado un hueco especial en mi corazón, de la misma forma que Angela también se lo había ganado en su día. Pensar en ella me hizo sentir mal. Me había llamado cada día los tres últimos días, y había ignorado todas las llamadas por falta de ganas de hablar con alguien, cuando quizá era eso lo que más necesitaba.

Bella había vuelto a provocar en mí un estado pasivo como la vez en la que terminó con nuestra relación. Lo único que pasaba por mi cabeza eran las veces en las que nos habíamos encontrado desde que había llegado a Forks; sus miradas cargadas de resentimiento y aquellas otras totalmente distintas, provistas de algo dulce y bueno. Habían pasado por mi mente mil y una razones por las que Bella me estuviese engañando de nuevo y ninguna me parecía lo bastante buena como para excusar lo que había hecho.

Había vuelto a incrementar el número de cigarrillos que me fumaba al día y todo por ella. Era muy frustrante querer olvidar las sensaciones que ella me provocaba sin poder conseguirlo. Aunque el problema, muy probablemente radicaba en el hecho de que al querer olvidarla pensaba más en ella.

Me despedí de Irina con una mano al verla salir de su coche justo en frente de la acera en la que yo había estacionado. Vivía a tan solo unos metros de mi apartamento.

Mi móvil sonó entonces, justo en el momento en el que desaparecía dentro de su portal. Sonreí lleno de culpa al teléfono cuando vi reflejado el nombre de Angela.

Intenté no hacerle notar en ningún momento el estado en el que me encontraba, pero fue imposible. Ella me conocía bastante bien y en seguida se percató de que algo malo ocurría, así que no tuve más remedio que contarle todo lo que había pasado, y cómo me sentía en esos momentos.

Ella, como siempre, de la manera más comprensiva, intentó hacerme ver que siempre podían existir razones por las que ella hubiese actuado de esa manera. Para ella Bella estaba enamorada de mí aun y por alguna extraña razón me había vuelto a dejar así. Aunque yo seguía prefiriendo pensar que había sido un gesto egoísta por su parte hacía mí. Solo eso.

También hablé con Ben, quien estaba con ella e intentó sugerirme que aclarase todo lo que había pasado con ella antes de sacar mis propias conclusiones.

Y ahora me faltaba Irina. ¿Qué tenía que decirme ella? Mi cabeza ya no solo estaba dándole vueltas al tema de aquella pequeña provocadora, sino que se le había sumado el asunto de Irina. ¿Tendría que ver eso que tenía que contarme con Bella? Estaba casi seguro que sí, al menos así me lo había hecho entender.

Decidí, para dejar de pensar un poco en todo aquello, ducharme, pasarme por el gimnasio e ir a visitar a mi madre. Nada podía hacer, excepto hundirme más en mi propia mierda si seguía yo solo con todo esto. Así que esa era la mejor opción.

–Cariño, tienes mal aspecto. – Observó mi madre.

–Que va, mamá. – Contesté dejando un beso en su frente y sentándome en el sofá. Ella se acomodó a mi lado y tomó una de mis manos.

– ¿Por qué no me cuentas qué te pasa? – Sus ojos verdes me miraban suplicantes, llenos de preocupación. ¿Por qué todas las mujeres que conocía tenían que ser así de intuitivas?

–No me pasa nada, mamá. – Murmuré forzando una sonrisa. Ella suspiró y apretó su mano en la mía.

– ¿Es Bella? – Me sentí incómodo con la simple mención de su nombre, y eso se reflejó en mi rostro. – Dime, hijo mío. ¿Estás así por ella? – Pero yo no contesté. – ¿Por qué no hablas con ella? Todo el mundo se entiende hablando.

–Mamá. – Contesté en una clara advertencia.

–No, Edward. – Me cortó. – Tienes que poner fin a esto. – Esta vez me estaba riñendo. – No puedes permanecer así para siempre.

–Estoy bien.

–No, no lo estas. – Continuó. – Estarás bien cuando soluciones tus problemas. ¿Es que no lo ves?

¿Cómo iba a decirle a esta pobre mujer que me había acostado con la pequeña provocadora y que ella había salido de mi habitación, aun con las piernas hechas gelatina, después de asegurarse su orgasmo? No podía decirle algo así a mi madre. No después de la imagen que parecía tener de ella en su mente. ¡Joder!

–Es mejor así. – Ella fue a decir algo, pero le puse un dedo en sus labios suavemente. – Te lo suplico mamá. Deja el tema por hoy, no es lo que necesito. – Ella suspiró.

–Está bien, pequeño mío. – Susurró elevando su mano para acariciarme el pelo. Yo le sonreí e hice lo que me apetecía en esos momentos; inclinarme y descansar mi cabeza en su regazo mientras ella seguía acariciándome.

Me detuve en el coche de Irina después de interceptarlo a tan solo unos pocos pasos de la entrada a mi casa. Habíamos quedado en vernos allí a esa hora, así que esperaba que no tardase mucho. Me sentía ansioso por saber qué tenía que contarme. A lo mejor era algo que ya sabía, o quizá era algo que no. ¿Qué podía ser? ¿Cambiaría eso las cosas?

Me apoyé en la puerta del coche y me llevé el cigarro a los labios otra vez. Incliné la cabeza hacia atrás al mismo tiempo que expulsaba el humo notando su color grisáceo destacar en la oscuridad del cielo.

Si era algo referente a Bella, no podía ser muy bueno. De lo contrario no le hubiese importado decírmelo en el mismo pasillo del hospital.

Todo el mundo quería que hablase con la pequeña provocadora, pensé poniendo los ojos en blanco. Excepto Irina, parecía ser, quien tenía algo en su contra. Y yo quería saber qué era.

–Pensaba que tendría que esperarte yo a ti. – Elevé las dos cejas, irguiéndome y tirando la colilla al suelo.

–Yo jamás hago esperar a una señorita. Deberías saberlo. – Le contesté con una sonrisa.

–Pero si estabas con tu padre hacía cinco minutos. – Dijo sorprendida. Yo me encogí de hombros como explicación. Ella sonrió negando con la cabeza y me invitó a subirme al coche.

–Me tienes intrigado y lo sabes. – Le acusé, tirando de la palanca del asiento del copiloto para regularlo a mi medida. – ¿Quién se ha sentado aquí? – Irina me miró de reojo saliendo del aparcamiento y el rubor acudió a sus mejillas.

–Bueno, Josh y yo fuimos a tomar algo hace un par de días. – No pude evitar una pequeña sonrisa divertida. – Estábamos preocupados por ti. – Asentí en respuesta. Claro. – Y si estás intrigado, esta noche dejarás de estarlo. Creo que Josh a lo mejor me mata, pero es lo mejor.

–No entiendo porque Josh habría de matarte. Creo que siente realmente mucha simpatía por ti. Quizá demasiada. – Y lo dije en tono sugerente, provocando que Irina volviese a mirarme de reojo, pero esta vez con el ceño fruncido.

–Josh es un buen tipo. – Fue su escueta respuesta. Y tuve que darle la razón.

Salimos del coche y nos dirigimos a la taberna. Había bastante gente, aunque aún quedaban algunas mesas libres, por suerte. Walter me saludó con un asentimiento de cabeza con la cara brillante y una expresión de lo más estresada mientras servía a las personas que estaban sentadas en la barra.

–Pide una de esas hamburguesas con queso especialidad de la casa para mí mientras voy al baño, ¿quieres? Supongo que podrás arreglártelas sin mí un par de minutos. – Bromeó.

– ¿Acabas de salir de casa y ya necesitas ir al baño? Creo que podríamos ponerle un nombre a ese pequeño problema. – Ella puso los ojos en blanco arrastrando su silla para levantarse, y se inclinó poniendo las manos sobre la mesa.

–Es un asunto de mujeres. – Y me guiñó un ojo antes de alejarse. Yo negué con la cabeza, y cogí una de las pequeñas cartas para leer qué había.

Irina se había decidido por una hamburguesa con queso. Hacía tiempo que no las probaba. Recordaba que me gustaban muchísimo, pero quizá no era un buen día para pedirla. Me repantigué en la silla, disponiéndome a leer los platos combinados, pero antes de ello, levanté un momento la vista al sentir la mirada de alguien sobre mi persona y me encontré con Lilibeth mirándome con una sonrisa y agitando la mano.

Yo respondí con un movimiento de cabeza y una sonrisa. Iba acompañada por dos niños y un hombre alto y corpulento. Supuse que eran su marido y sus hijos, así que debían estar jugando a la familia feliz. El hombre miró un momento en mi dirección, pero no le encontré ningún parecido que me resultase familiar, así que volví mi vista a la carta.

– ¿Nada interesante? – La voz de Irina, después de un par de minutos, me hizo volver a levantar la vista para enfocarla y dejé la carta sobre la mesa.

–Una hamburguesa con queso especialidad de la casa estará bien. – Le dije encogiéndome de hombros. Irina rio.

– ¿Es que aún no te han tomado nota? – Negué con la cabeza.

–Tienen bastante trabajo. – Dije mirando a Walter y a sus dos chicos ayudantes. No era un local muy grande, pero aun así era considerable. – Podrías guiñarle un ojo al joven morenito que no sabe hacia qué mesa ir. Estoy seguro de que se decidirá por esta.

–Estás muy seguro, ¿no? – Respondió ella juntando sus manos sobre la mesa. Yo me encogí de hombros.

–Estoy seguro de que tengo hambre, Irina. Y de que, además, se supone que tengo que escuchar algo importante. – Ella hizo una mueca de disgusto y bajó la mirada. Me removí inquieto en mi silla.

–No sé si lo mejor es que tengas antes el estómago lleno. – Respondió ella.

– ¿Tan grave es? – Le pregunté.

–Lo sorprendente es que no te hayas enterado ya. – Fruncí el ceño, confuso. Ella suspiró, pero cuando fue a hablar, el joven morenito nos preguntó qué queríamos.

Le sonreí a Irina de forma divertida, mientras ella ponía muecas tímidas al mismo tiempo que pedía las hamburguesas y la bebida. Yo pedí otra cerveza, como ella.

–Solo le ha hecho falta ver que estás aquí. – Bromeé.

–-¡Eh! – Exclamó riendo. – Voy a terminar pensando que te gusto de verdad.

–Da gracias que no tienes que aguantar a alguien como yo. – Le respondí sonriendo.

Ella, esta vez, me miró sin pestañear y con una pequeña sonrisa de compasión que duró un par de segundos antes de que se le cambiase el color de la cara a blanco nuclear. Noté como su cabeza se movía lentamente, y no pude evitar girar la mía a mi derecha para entender la razón de su reacción.

Y ahí vi la causa de su expresión. Mike y Bella se acababan de sentar a tres mesas de distancia de la nuestra. Ella parecía tener una actitud distante y fría, y Mike estaba demasiado atento a ella. Parecían muy metidos en lo que estaban hablando. Fruncí el ceño, mirando a Irina, quien ahora me observaba a mí con los ojos muy abiertos y preocupados. ¿Por qué? Tragó saliva y miró de nuevo a la mesa, provocando que yo imitara su acción.

Bella ahora parecía sufrir. Tenía el ceño fruncido y los ojos entornados mirando a Mike; parecía intentar hacerle entender algo. De repente él se levantó con los ojos llenos de temor y se puso de cuclillas a su lado, tomándola de la mano, en un gesto que denotaba demasiada confianza. Un gesto muy íntimo por parte de él hacia ella y que en seguida me hizo caer en la realidad.

Sentí la mano de Irina de repente en mi hombro, pero no me giré.

–Vámonos, Edward. – Su voz sonaba estrangulada.

Un sentimiento de profunda rabia me embargó, cuando después de dos segundos Mike acarició el rostro de Bella, y poco a poco, se acercó a ella hasta posar sus labios en los suyos. Sentí mis ojos llenarse de lágrimas de cólera hacia esas dos personas. ¿Cómo había pasado esto? Mike… Bella…

Salté de mi asiento decidido, pero Irina me cogió del brazo con todas sus fuerzas.

–Edward, no puedes hacer esto. ¡No puedes montarle un escándalo al pobre Walter! –Exclamó en un susurro, muy cerca de mi oído. – Vámonos. Por favor. – Suplicó.

Mike ahora enmarcaba el rostro de aquella perversa provocadora entre sus dos manos, y ella lloraba. Se había acostado conmigo hacía apenas una semana, y ahora estaba con él. ¡Con Mike!

–Edward, te lo suplico. Hablemos en el coche. – Volvió a hablar Irina.

Lleno de una profunda ira hacia aquellas dos personas, salí de la Taberna a grandes zancadas, por Walter y por Irina, pero estaba muy seguro de que muy pronto iba a partirle la cara a ese desgraciado.


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Bueno chicas, a partir de aquí se avecinan muchas más curvas... pero bueno, eso es bueno ;) Todo se irá encaminando poco a poco.

Muchas gracias por los rr, guapas!

Un besito y nos leemos el lunes!