Hola hola espero les gusteee...
Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer
Capitulo 21
Cuando los niños llegaron a casa, aquello se convirtió en un caos. Cualquier observador podría haber pensado que los Cullen competían para atrapar la atención del nuevo auditorio. Pero Edward vio algo más profundo: el innato amor de cada uno de ellos por los demás. Ben y Chris eran parte de Bella, pero también se los quería por ellos mismos. Hubo abrazos, exclamaciones, preguntas y regalos. Algunos niños podrían haberse sentido sobrecogidos por aquella repentina atención. Edward observó a Ben y a Chris, que aceptaban aquel recibimiento con entusiasmo, como si formara parte de la rutina familiar.
Por lo que él había averiguado hasta entonces, Edward estaba seguro de que los niños no veían a sus abuelos muy a menudo, pero no expresaron la timidez que habría cabido esperar. De pronto, Chris se sentó en el regazo de Edward, corno si fuera el lugar más natural del mundo y comenzó a bombardearlo con anécdotas del colegio. Sin pensarlo dos veces, Edward le pasó el brazo por la cintura para sujetarlo. Estuvieron sentados en la cocina durante cerca de una hora, mientras el fuego crepitaba en el hogar y el aroma del café se fundía con el eco de las voces que rebotaban en las paredes.
En cuanto Bella comenzó a preparar la cena, Carlisle se levantó. Tomó a sus nietos de la mano y les pidió que lo llevaran al piso de arriba, para ver sus juguetes.
Alice los observó marcharse y sacudió la cabeza.
-Tan rápido como siempre.
-Lo mejor de tu padre es que no cree que cocinar sea cosa de mujeres, de la misma forma que tampoco piensa que cambiar una rueda sea una tarea propia de hombres -Esme se recostó en su taburete con un sonrisa-. Considera que ambas son tareas que tiene que evitar a toda costa. ¿Qué podemos hacer para ayudarte, querida?
-Nada. Me temo que la cena de esta noche va a ser bastante sencilla. Carne guisada.
Rosalie se sentó en un taburete, dejando que la falda flotara alrededor de sus piernas.
-Supongo que querrás que pele patatas o algo así.
Bella bajó la mirada hacia las perfectamente manicuradas manos de su hermana. Llevaba un diamante resplandeciente en un dedo y un reloj de oro y ámbar en la muñeca. Bella sonrió, sacó una bolsa de patatas de la despensa y la dejó sobre el mostrador.
-Creo que con una docena bastará.
Con un suspiro, Rosalie tomó un cuchillo.
-Supongo que debería aprender a mantener la boca cerrada. Siempre te has tomado las cosas al pie de la letra.
Aunque le habría divertido ver a una de las reinas de Hollywood pelando patatas, Edward se levantó.
-Yo iré a dar de comer a los caballos.
-Pero los niños... -comenzó a decir Bella.
-Circunstancias especiales -Edward tomó su cazadora de la percha.
-Te echaré una mano -Alice se levantó y corrió hacia la puerta-. Prefiero entendérmelas con los caballos que pelar patatas -en cuanto la primera ráfaga de aire helado le golpeó el rostro, echó la cabeza hacia atrás-. Espero que sepas cómo se va al establo, porque yo no.
-Creo que conozco el camino.
Sigmund llegó saltando desde una de las esquinas de la casa y se abalanzó sobre Alice con la lengua colgando. Alice lo esquivó con la misma desenvoltura con la que una mujer se podía abrir camino en medio de un atasco o de una acera abarrotada. Se inclinó hacia el perro y lo acarició vigorosamente con ambas manos hasta conseguir que se tranquilizara.
-No sé qué pensar de ti, Edward -todavía inclinada sobre el perro, volvió la cabeza hacia él-. Casi había decidido que no me gustabas, hasta que te he visto con los niños. En general, creo que los niños son los que mejor juzgan a las personas, y parece que les gusta -como Edward no decía nada, se enderezó y lo miró directamente a los ojos-. El principal motivo por el que he venido a ver a Bella has sido tú.
Edward decidió que los caballos podían esperar y se encendió un cigarrillo.
-Creo que no te entiendo.
-Cuando hablé con Bella la semana pasada, me pareció que estaba nerviosa. Y cuesta mucho poner nerviosa a Bella -Alice se metió las manos en los bolsillos, pero no apartaba de Edward su mirada franca y amistosa-. Mi hermana ha tenido que pasar por todo tipo de cosas. Yo no siempre he podido estar a su lado y tampoco Rosalie. No hemos podido apoyarla cuando más nos ha necesitado. Esa es la razón por la que estoy aquí ahora.
Edward soltó una larga bocanada de humo.
-A mí me parece que Bella puede cuidar perfectamente de sí misma.
-Desde luego -se pasó la mano por el pelo, que el viento volvió a lanzarle hacia delante-. Mira este lugar. Lo adora, y no sé si te lo habrá contado o no, pero todo esto lo ha hecho ella sola. Todo. No sé que te habrá dicho o qué te contará sobre Jacob Black, pero todo lo que está aquí es de Bella.
-Parece que Black no te gustaba.
-Me temo que para ser actriz soy demasiado transparente. No, no me gustaba, y hay pocas personas de las que pueda decir eso. Pero mis sentimientos son míos y los de Bella son los de Bella. Aun así, no estoy dispuesta a permitir que vuelvan a hacerle daño -sonrió ligeramente, pero su sonrisa no tenía nada que ver con la firmeza de su tono-. La cuestión es que venía esperando tener que interponerme entre Bella y tú con los puños levantados. Pero no creo que vaya a ser necesario.
-No me conoces.
-Pero creo que Bella sí -respondió con sencillez-. Si ella te quiere, es que hay alguna razón para ello. Supongo que eso es suficiente -lo agarró del brazo, como si lo conociera desde hacía años-. Vamos a dar de comer a los caballos.
La cena fue un alboroto de conversaciones. La comida podía ser sencilla, pero fue consumida con entusiasmo. No quedó ni una sola miga. Cuando llegó el momento de despejar la mesa, Carlisle se escapó con su banjo. Como era un divertimento para los niños, Bella no dijo nada y continuó recogiendo ella misma. Ya era suficiente recompensa escuchar la voz de su padre por encima del repiqueteo de los platos y cubiertos.
-Déjame hacer eso a mí.
-Mamá, estás de vacaciones.
-¿Sabes cuándo fue la última vez que quité una mesa? -Esme apiló los platos rápidamente, con un estilo que ponía de manifiesto los años que había pasado trabajando de camarera-. Dios mío, ya ni me acuerdo. Creo que me resultaba relajante.
Alice arrugó la nariz y se llevó unos cuantos vasos.
-Pues me gustaría que vinieras a mi apartamento a relajarte. Venga, Rosalie, agarra esa fuente.
-Yo he pelado las patatas -miró críticamente sus manos-. A menos que tengas guantes, no pienso meter las manos en agua.
-Vanidosa -gruñó Alice mientras recogía unos cuantos platos-. Siempre igual de vanidosa.
-Solo es vanidad si no tienes derecho a tenerla -Rosalie sonrió y se levantó del taburete-. Creo que voy a echarle una mano a papá.
Edward comenzó a meter los platos en el lavavajillas.
-Creo que tú ya has hecho bastante por hoy -le dijo a Bella-. ¿Por qué no te sientas con tu padre?
A Bella le bastaba mirarlo para recordar las duras palabras que le había dedicado aquella mañana. Intentando evitar una escena delante de su familia, retrocedió.
-Parece que lo tenéis todo bajo control -comentó, y se dirigió al salón.
Se oyó una canción a tres voces que llegaba desde el salón.
-Carlisle estará en la gloria -comentó Esme-. Va a poder volver a cantar con sus tres hijas. Venga, Alice, aquí estamos a punto de terminar.
Alice no necesitaba que la urgieran a salir de la cocina y ponerse a actuar. En cuestión de segundos, su voz se unió a las de sus hermanas. Carlisle llevaba el ritmo con el banjo y preparaba ya el próximo número. Esme se puso a canturrear mientras limpiaba el mostrador.
-Supongo que soy una sentimental -le dijo-. Pero me reconforta oírlos.
-Tiene una familia estupenda, señora Cullen.
-Oh, por favor, no me llames a sí. Cada vez que lo dices me recuerdas que soy demasiado vieja para andar vagando por todo el país disfrazada y pintarrajeada. Esme, simplemente Esme.
Edward cerró la puerta del lavavajillas y la miró, la miró de verdad. Era una mujer adorable, con aquellas suaves facciones y su boca llena y juvenil. Las arrugas no le restaban ni un ápice de atractivo.
-Yo nunca diría que simplemente.
Bella se echó a reír; fue la suya una firme y sonora carcajada que contrastaba con su altura y complexión.
-Oh, eres un chico inteligente... Y muy bueno con las palabras. Leí tu último libro, ese que narraba la vida de una actriz -dejó la bayeta en el grifo.
-¿Y? -sabía que había algún pero, y que seguramente no sería muy halagador.
-Eres un hombre duro, de esos que ven las cosas que probablemente sería mejor ignorar. Pero eres justo.
Cuando se volvió y lo miró otra vez, Edward se dio cuenta de que sus ojos eran como los de Bella, profundos y vulnerables.
-Sé justo con mi hija, Edward. Eso es lo único que quiero. Es una mujer fuerte. A veces me asusta que lo sea tanto. Cuando alguien la hace sufrir, nunca pide ayuda, sino que se venda ella sola sus heridas. Pero no me gustaría que tuviera que hacerlo otra vez.
-Yo no he venido aquí para hacerle daño.
-Pero al final puedes llegar a hacérselo, aunque sea involuntariamente.
Suspiró levemente. Sus hijos habían crecido. Hacía años que habían comenzado a caminar por el mundo sin su ayuda.
-¿Sabes cantar? -le preguntó en un impulso.
Edward la miró totalmente desconcertado y soltó una carcajada.
-No.
-Entonces ya va siendo hora de que aprendas –lo agarró del brazo y lo llevó al salón, con todos los demás.
Eran más de las doce cuando la casa se quedó en silencio. Bella pensó que seguramente Rosalie y Alice todavía estarían hablando y riendo en la habitación que compartían. Sus padres estarían dormidos, tan cómodos en aquella cama extraña como lo habían estado en otras cientos de camas desconocidas a lo largo de su vida. Pero ella estaba nerviosa, demasiado inquieta para dormirse o para reunirse con sus hermanas. De modo que se puso el abrigo y salió al establo. El potro que tanto le había gustado a Alice estaba dormido, acurrucado satisfecho en el heno bajo la mirada vigilante de su madre. Gladys estaba despierta, quizá demasiado cerca del parto para poder descansar. Bella la acarició, esperando poder serenarse a la vez que tranquilizaba a la yegua.
-Tienes que dormir.
Bella tensó los dedos sobre la yegua y los relajó lentamente antes de volverse hacia Edward.
-No te he oído llegar. Pensaba que todo el mundo se había acostado.
-Deberías acostarte tú, pareces cansada -se acercó a ella con cierto recelo, como si temiera tocarla-. Te he visto salir, estaba asomado a la ventana.
-Solo he venido a ver cómo estaba Gladys.
Bella posó la mejilla contra la yegua. La discusión de aquella mañana parecía haberse disipado. Y parecía también que habían pasado años desde que había estado tumbada junto a Edward en la cama, sintiendo crecer su excitación.
-Estando aquí mi familia, va a ser un poco difícil trabajar durante un par de días.
-Ya tengo suficientes datos para trabajar yo solo durante una temporada, Bella...
La deseaba. Quería acercarse a ella y fingir que las cosas eran tan sencillas como sentarse en el salón a cantar. Quería ofrecerle el tipo de apoyo incondicional que su familia le brindaba, pero parecía haber un muro entre ellos.
-Me gustaría hablar contigo sobre lo de esta mañana.
Bella se lo esperaba. Durante algunos segundos, continuó acariciando a Gladys.
-De acuerdo. ¿Quieres que vayamos dentro?
-No -la agarró cuando Bella se volvió. La agarró antes de darse oportunidad de recordarse que debería guardar las distancias-. Quiero estar contigo a solas. Maldita sea, Bella, quiero respuestas. Me estás volviendo loco.
-Me gustaría poder darte todas las respuestas que buscas -tomó aire y posó las manos en sus brazos, en busca de consuelo y queriendo imprimir énfasis a sus palabras al mismo tiempo-. Edward, cuando volvía hoy a casa, había decidido decírtelo todo, ser completamente sincera contigo. Es posible que no tenga todas las respuestas que buscas, pero voy a decirte la verdad.
Eso era todo lo que Edward quería de ella, o al menos eso se decía a sí mismo. La observó bajo la tenue luz del establo.
-¿Por qué?
Bella podría haberlo evitado, o quizá debería haberlo hecho. Pero la sinceridad debería empezar en algún momento.
-Porque estoy enamorada de ti.
Edward no retrocedió, pero fue bajando la mano lentamente hasta dejar de tocarla. Bella sintió una ligera punzada de dolor.
-Ya te he dicho que quizá no fuera la respuesta que esperabas.
-Espera un momento, espera un momento -repitió mientras se volvía. A pesar de su propia impresión, había visto el fogonazo de dolor de su mirada-. No puedes esperar que no me quede un poco desconcertado después de decirme una cosa así -cuando Bella se volvió hacia él, tampoco intentó tocarla. Estaba aterrorizado-. No sé qué decirte.
-No tienes por qué decirme nada -sus palabras sonaban tranquilas, graves. Incluso había una brizna de diversión en su mirada-. Soy responsable de mis propios sentimientos, Edward. Eso es algo que aprendí hace mucho tiempo. Te he contestado sinceramente. He decidido que evitar esta y el resto de tus preguntas solo me serviría para meterme en un agujero del que nunca podría salir. Acerca de lo de esta mañana...
-Al infierno con lo de esta mañana -tomó su rostro entre las manos y la miró fijamente, como si la estuviera viendo por primera vez-. No sé qué hacer contigo. Maldita sea, Bella, no sé qué hacer contigo.
Habría sido tan fácil arrojarse a sus brazos. Pedirle que la abrazara. Sabía que él no se negaría. Pero Bella sacudió la cabeza y mantuvo los brazos inertes a ambos lados de su cuerpo.
-Ese es un problema con el que no puedo ayudarte.
Estaban más cerca, pero Edward ni siquiera se había dado cuenta de que había sido él el que había acortado la distancia entre ellos.
-No te estoy pidiendo una relación, Edward. No te estoy pidiendo absolutamente nada.
-Ese es el problema, maldita sea. Si me lo pidieras, podría decirte que lo olvidaras -o al menos eso esperaba-. Si me lo preguntaras, podría darte una docena de razones por las que nunca funcionaría.
Bella lo miró, con los ojos serenos, en calma. Edward soltó un juramento y se maldijo a sí mismo antes de estrecharla en sus brazos.
-Te deseo. Y parece que no puedo hacer nada para evitarlo.
-No tienes por qué hacer nada.
-Cállate -susurró. Y cerró sus labios con un beso.
Fue como si aquel día no hubiera existido. El calor, la pasión, el ardor, eran tan intensos como siempre. Bella se estrechaba suavemente contra él, como si supiera que necesitaba ser suave. Sus labios acariciaban ávidos y hambrientos los de Edward, encontrándolos igualmente demandantes. Bajo la luz del establo, Edward podía ver sus ojos cerrarse y abrirse para observarlo mientras sus bocas se fundían. El olor de los animales, del cuero y del heno era fuerte, pero cuando Bella le rodeó el cuello con los brazos, Edward ya solo fue sensible al olor fresco y sugerente de su piel.
-No quiero hablar -posó los labios en su mejilla antes de retroceder-, no quiero pensar.
-No -Bella entrelazó los dedos con los suyos-. Esta noche no. Pero te daré todas las respuestas, Edward. Te lo prometo.
Edward asintió, como si ya lo hubiera hecho.
Un capitulo intenso cierto?
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