.
Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer
EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA
.
XV
.
.
Quería volver y arrancarle la cabeza a ese vil traidor de Mike. Quería hacerlo sin pensar en ninguna de las consecuencias. Aun no entendía como Irina me había convencido para abandonar la taberna, pero ahí estaba, sintiéndome como un gato enjaulado en el interior de aquel coche.
La imagen de Bella y Mike juntos no dejaba de pasar por mi cabeza. De él acercándose a ella para consolarla; de él besándole en los labios como hacía poco tiempo lo había hecho yo. Me sentía como un completo imbécil.
–Tienes que tranquilizarte. – Me pidió Irina.
– ¿Era eso lo que querías decirme? – Pregunté entre dientes, aun con la rabia reinando en mi cuerpo.
–Sí. – Respondió. – Lo siento, Edward. Si hubiese sabido que…
– ¡Joder! – Mascullé dándole un puñetazo al salpicadero. Escuché a Irina suspirar. – Lo siento, Irina. – Hablé entre dientes. – Mike era mi mejor amigo. Pensaba que las cosas entre los dos podrían algún día volver a ser como antes. ¡Tenía pensado llamarle algún día!
–Debe ser duro. – El silencio se abrió paso de nuevo, aunque en mi mente no había paz y en mi cuerpo mucho menos. Quizá podría salir del coche, correr hacia la Taberna y sacar a Mike a rastras de allí para darle en la calle lo que merecía. – Pero es una realidad. Están juntos. – Fulminé a Irina con la mirada.
–No lo vuelvas a repetir. ¡No quiero escucharlo! – Bramé. Ella se encogió en su asiento, y yo intenté apaciguar mi cólera. – Mira, Irina, siento esto. Creo que lo mejor es que me lleves a casa.
Ella no dijo ni una palabra más. Arrancó y a los pocos minutos estacionó y me acompañó hasta el interior de mi casa. Me senté en el sofá tirando de mi cabello. ¿Tan ensimismada estaba con Mike que ni se había dado cuenta de que yo estaba también en la Taberna? ¿Es que le había importado alguna vez? ¡Joder!
Pronto sentí las manos de Irina sobre mis rodillas. – Eso era lo que he estado intentando decirte todo este tiempo, pero Josh no me ha dejado. – Fruncí el ceño.
¿Quién más sabía esto? ¿Era el único gilipollas que no se había dado cuenta? De pronto, me acordé de la persona que más admiraba en la vida: mi madre. ¿Cómo había sido capaz de ocultarme aquello también? Estaba seguro de que estaría al tanto de la relación de Bella con Mike.
–Josh no quería que sufrieras, pero creo que hay alguna razón más oculta detrás de esa exagerada preocupación por ti. – Continuó ella, disculpándose en cierto modo.
–Josh está loco por ti. – Le contesté. Que yo quisiera volver con Bella era dejarle el terreno libre a él con Irina. Por supuesto.
–Eso parece, así que tendrás que disculparlo. – Reí sin ganas y negué con la cabeza.
–De modo que soy un imbécil integral del que puede reírse todo el mundo. Por eso mi madre quería que hablara con Bella. – Dije encontrando la explicación. Irina frunció el ceño sin entender. – Nada. – Aclaré. – Y Josh debería dejar de ser tan cobarde.
La imagen de la taberna volvió a mi memoria y la sangre volvió a hervirme. Me sentía frustrado y lleno de un sentimiento amargo y peligroso: una bomba a punto de estallar.
–Por eso se puso nervioso aquel día que me lo encontré en Eclipse, por ello calló a Leah. Por eso Bella se contenía y por eso la otra noche no quiso besarme enfrente de todo el mundo. – Me sentí como el hombre más idiota del planeta. Mi orgullo pisoteado una vez más por esa provocadora.
–Así que os acostasteis. – Concluyó mi amiga. Me encogí de hombros.
–Sentí que tenía que hacerlo. Ella también lo deseaba. – Cogí una de las manos de Irina y la apreté buscando consuelo. – Creí por un instante que podríamos empezar de nuevo y que esta vez saldría bien. – Respiré profundamente. – ¿Cómo pude ser tan imbécil?
– ¿Y qué pasó? – Preguntó clavando su azulada mirada en la mía.
–Se fue. Casi no me dio tiempo a reaccionar cuando ya casi tenía un pie fuera de aquí.
–Oh… – Irina me soltó la mano y rodeó mi cuello con sus brazos, aun frente a mí. Yo dejé que me abrazara, necesitado del apoyo de alguien que sintiera que le importaba. – Edward, lo siento mucho.
–He sido un estúpido. No he aprendido nada en todos estos años. – Musité levantando la cabeza y encontrándome a Irina muy cerca de mi rostro.
–No digas eso, Edward. Creo que eres un buen chico. – Susurró.
Bajó la mirada, mirando mis labios y yo repetí su movimiento con los míos. Pronto sentí la caricia de sus labios sobre los míos y me quedé inmóvil. Aun con los ojos abiertos, me di cuenta de que ella me miraba, esperando mi reacción.
E intenté dejarme llevar.
Moví los míos sobre los suyos y cerré los ojos con fuerza, deseando alejar el tormentoso recuerdo de Bella de mi memoria para poder disfrutar de otro modo. Quise por un momento tener la esperanza de que en mi vida podía abrirse una puerta hacía un nuevo camino que me llevase a la felicidad sin tener que vivir problemas tan tormentosos.
Me importaron poco los sentimientos de Josh. Solo quería salir del profundo agujero en el que me sentía atrapado en el mismo instante en el que vi a Bella besándose con el que alguna vez consideré mi amigo. Pero era imposible. No podía; ella seguía en mi cabeza mientras besaba otros labios sin sentir absolutamente nada, recordándome todo el daño que me había hecho una y otra vez, pero también las poderosas sensaciones que solo ella era capaz de despertar en mí.
Me aparté.
–Lo siento. – Musité lleno de remordimiento. Irina era buena, no podía hacerle daño. – No debía haber dejado que pasara esto.
Ella suspiró y se levantó para sentarse a mi lado en el sofá. –Tranquilo, ha sido un arrebato mío. No pasa nada.
–No quiero que pienses que… – Suspiré incómodo por la situación. – No estoy buscando una relación, Irina. Tengo que ser sincero contigo. No sé porque lo he hecho. – Ella sonrió, negando con la cabeza.
–No pasa nada. De verdad. – Después rio entre dientes. –La verdad es que me acabo de dar cuenta también de que he cometido una tontería. – Fruncí el ceño. – Me gustas. Creo que has podido darte cuenta. – Susurró agachando la cabeza.
–Irina, no valgo nada. – Le aclaré. Ella me miró ofendida.
– ¡Claro que sí! Lo siento, ¿vale? Pensaba que iba a sentirme diferente, pero lo cierto es que ha sido igual que besar a un amigo. – Se encogió de hombros. – Supongo que eres guapo y tienes algo especial aunque tú no seas consciente de ello. Edward, les gustas a las personas.
–A ti al principio te caía mal.
–Eso fue un mal entendido, si recuerdas bien. ¡Hazte valer! – Exclamó. – Hay muchas chicas ahí fuera esperando a que un chico como tú lo dé todo por ellas.
–Y yo no puedo hacer eso ahora, Irina. – Ella sonrió, pareciendo satisfecha.
–Has dicho "ahora"… Bueno, me conformaré, por ahora, con esa contestación. – Forcé una sonrisa, intentando agradecer de algún modo a Irina que estuviese conmigo en esos momentos. – Eh, me tienes aquí para lo que quieras, Edward.
–Gracias. – Dije tomando su mano de nuevo.
Irina se quedó un rato más conmigo intentando animarme y yo fingí que me distraía lo mejor que pude, pero la verdad era que de mi cabeza no se alejaba la imagen de Mike y Bella. Y peor fue cuando Irina se fue, dejándome solo. Me fui a la cama sin comer nada, solo con unos cuantos cigarrillos de más en mis pulmones. Prácticamente no pegué ojo en toda la noche, dándole vueltas al mismo asunto una y otra vez.
Mike.
Bella.
Después de dos días pensaba que iba a volverme loco. Estaba claro que ninguno de los dos se había percatado que yo estaba a tres mesas de la suya, de lo contrario, cabía la posibilidad de que no se hubiesen comportado así. Mike no me había dicho en ningún momento que estaba saliendo con Bella, y ella… ¡Oh, ella!
Y entonces no pude evitar preguntarme algo. ¿Me dejo por Mike? ¿Él era el chico por el que rompió en pedazos mi corazón? Resultaba raro creerlo, porque en aquella época recordaba que Bella no solía gustarle mucho Mike. Aunque también tenía que recordar aquella llamada que mencionó Mike en una ocasión y que Bella había ocultado. ¿Ya estaban juntos cuando Mike viajó a Boston? ¿Por eso Bella intentó dejarme en Forks la última vez que nos vimos? Necesitaba poner a Mike en su sitio. Quería golpearle con mi puño hasta dejarlo inconsciente. Y eso fue lo que decidí.
Irina se había despedido de mí en el parking del hospital y yo había estado aguantando toda la mañana mis arrebatos y el estado al que me había visto sometido desde que los vi a los dos en la Taberna de Walter. Había reprimido mis impulsos sin saber aún cómo lo había conseguido, pero ya no podía más; había tocado fondo. Arranqué el coche y me dirigí a casa de Mike directamente. Antes de dejar de hablar por completo con él, en una de las últimas llamadas esporádicas, me dijo que se había independizado, y aun recordaba la dirección en mi cabeza. Solo esperaba que siguiese viviendo allí.
Las gotas de lluvia comenzaron a caer de forma suave en cuanto me bajé del coche. Por un segundo deseé tranquilizarme para volver a entrar en el vehículo y olvidar toda esta mierda. Pero era imposible. Cerré los puños con fuerza y apreté los dientes, sintiendo la rabia de mil demonios en mi interior. Jamás había sentido aquel sentimiento incontrolable que en esos momentos me dominaba por completo, y me sentí sin más opción.
Llegué a la puerta de madera pintada de color azul, y toqué el timbré. Al lado seguían viviendo los McCarty, como me había dicho Mike. Además, el buzón revelaba su nombre. Seguía aquí.
Escuché un portazo en el interior de la casa y pronto la puerta frente a mí se abrió por completo, dejando ver a un Mike más que sorprendido por mi inesperada visita. Aunque tampoco pudo reaccionar completamente, ya que levanté el puño y lo dirigí con fuerza a su pómulo, consiguiendo que retrocediera por el golpe y casi cayera al suelo.
– ¡Esto por traicionarme! – Le grité dando un paso al interior.
–Edward, ¿Qué haces? – Su voz sonó trémula y desconcertada. Sus ojos permanecían abiertos y la piel de su pómulo estaba comenzando a enrojecerse.
– ¿Pensabas que no iba a darme cuenta en un pueblo tan pequeño como este? – Pregunté. Di otro paso hacia él y una vez más fui a golpearle, pero esta vez consiguió esquivarme.
Me acerqué de nuevo a él y me lancé sobre su cuerpo, dejándolo bajo el mío para darle lo que se merecía.
– ¡Edward! – Gritaba desesperado intentando defenderse.
– ¡Pensé que eras mi amigo, pero solo eres un mierda! –Volví a exclamar. – ¡Era mía, era mía y me la quitaste, desgraciado!
Después de unos segundos detuve el impacto de mi puño al notar la sangre saliendo de su nariz. Pero lo peor de todo fue darme cuenta de que no me había arrepentido de ninguno de los golpes que le había propinado, y más aún, notar el sabor salado en mis labios de las lágrimas de rabia y decepción que caían descontroladamente por mis mejillas.
–Ella lo era todo para mí, Mike. – Murmuré poniéndome de pie y limpiándome las lágrimas, intentando recomponerme. – Y tú eras casi un hermano para mí. Por eso me dejaste de hablar, ¿no?
–Edward. – Se llevó una mano a la nariz e hizo un gesto de dolor.
–No tuviste los huevos de decirme la verdad. – Seguí. – Te lo mereces. Te mereces esto y más.
–Ella me quería. – Apreté los puños de nuevo, sintiendo un nuevo ataque de ira azotar mi cuerpo, y reprimí las ganas de darle un puñetazo más.
Bella jamás había demostrado ningún interés hacia él abiertamente, y por eso me pregunté por qué parecía odiarlo cuando los dos éramos amigos. Tenía la cabeza hecha un lío, y la sangre me hervía cada vez más al verlo delante de mí tras pronunciar aquellas palabras.
–Púdrete, Mike. Espero que algún día vivas el infierno que yo viví. – Escupí entre dientes dándome la vuelta. – Y ah… – Murmuré a la altura de la entrada, girándome para ver cómo se sentaba en el suelo. – Me encantó follarme a Bella de nuevo hace unos días.
Me sentí un imbécil por pensar que en algún momento él y yo todavía tendríamos cosas en común y ganas de recuperar aquella amistad tan estrecha que nos unía, pero al menos darle esos golpes me aliviaron un poco también.
Un poco más relajado y con una sonrisa malévola por la reacción sorpresiva de Mike hacía mi último comentario, me alejé de allí hasta mi coche, sintiendo la lluvia caer con fuerza, empapándome. Llevaba el puño derecho lleno de sangre, y lo único que me apetecía en esos momentos era ir a casa y darme una buena ducha reparadora.
Nunca le había pegado a nadie; jamás me había metido en ninguna pelea, pero lo cierto era que me sentía muchísimo mejor. Esos golpes se los tenía merecidos. Había sido como deshacerme de una carga pesada. Al menos una parte de ella, porque lo cierto era que mi corazón seguía igual de destrozado que aquel día en el que fui consciente de que ellos dos estaban juntos. Ella desconsolada por alguna razón que desconocía y él a su lado, apoyándola, ayudándola, o quien sabía qué haciendo.
Me senté en la cama y me encendí un cigarro. Estaban televisando la película Hitman, pero apenas era capaz de seguir la trama. Por más que me esforzaba en olvidarla, la imagen de Bella y Mike seguía en mi cabeza como si me la hubiesen tatuado en alguna neurona indestructible. Y era verdaderamente frustrante. Así que decidí ponerme unos vaqueros y un jersey y salir a algún sitio a tomar algo. Quizás el ambiente de algún bar me ayudase a conseguir que esa imagen se alejase un poco al menos. Metí el paquete de tabaco en mi bolsillo trasero, cogí las llaves y la cartera y salí.
Nunca había entrado al pequeño bar de Freeman, pero me pareció una buena opción. Allí seguro que no me encontraría con Bella o Mike, o al menos eso esperaba. El viejo Freeman me atendió en cuanto entré, ya que solo había unas siete u ocho personas sentadas en la barra y un par de hombres en una de las escasas mesas; todos hablando muy animadamente.
Sorbí el licor fuerte del Bourbon notándolo quemar mi garganta, pero no era más molesto que la imagen de esas dos personas que me amargaban la existencia. Así que de un trago más me acabé la copa y la dejé sobre la mesa con un ruidoso golpe para llamar otra vez la atención de Freeman, quien frunció el ceño sorprendido por mi comportamiento. Pero no objetó nada y volvió a añadir más Bourbon en mi vaso con el hielo aun por derretir.
Volví a beber, esta vez un trago más corto, pero la imagen no se iba de mi cabeza. Quería olvidar.
–Eres el joven Cullen, ¿cierto? – La voz de Freeman me obligó a alzar la cabeza para mirarlo. Se colocó bien las gafas y se apoyó frente a mí en su lado de la barra. – Margaret me contó que te había visto en el hospital con tu padre hace un tiempo. Elevé una ceja.
–Sí. – Respondí únicamente. Recordaba el encontronazo con la mujer de Freeman un día en el hospital cuando ya se iba.
–No entiendo que hace un chico como tú bebiendo eso en un bar como este. – Comentó señalando con la mirada mi vaso. Me encogí de hombros.
–Problemas. – Contesté de forma seca, sin querer entrar en detalles y esperando que acabase con la conversación. Escuché un suspiro por su parte.
–Mi hijo podría tener tu edad. – Volvió a comentar. Su hijo menor Daniel había muerto atropellado por un coche en Seattle cuando apenas tenía cuatro años por un conductor ebrio. Una desgracia sin duda para la familia Freeman y para el pueblo.
–Lo sé.
–Si él estuviese aquí con ese aspecto mustio que tú tienes y con esa copa de Bourbon seguramente habría adivinado que es un lío de faldas. – Dijo acercándose un poco más – ¿Y sabes qué? Sea lo que sea, no hay nada en esta vida que sea lo bastante fuerte para acabar con nosotros. – Pestañeé.
– ¿Qué le habría dicho a su hijo de ser así? – Le pregunté realmente curioso esta vez. Freeman sonrió y vi en sus ojos por un instante el amor de un padre.
–Le habría dicho que dejase esa copa y que luchase contra la negatividad. No hay nada que supere la muerte de un hijo, y aquí estoy. ¿No es esa una prueba para ti de que es posible sobreponerse a cualquier dolor? – Me sentí mal por un instante. Posiblemente sobrevivir a un hijo debía ser verdaderamente doloroso, pero en esos momentos lo único que podía sentir era dolor y rabia.
–A veces no es suficiente luchar contra la negatividad. – Freeman estiró el brazo y dio un golpe a mi hombro de ánimo.
–También es cierto, chico, aunque por más que bebas el dolor no va a desaparecer. Corren a mi cuenta. – Contestó mirando mi vaso de nuevo y me dejó solo para atender a dos de sus clientes.
Me acabé mi Bourbon y salí de allí encendiéndome un cigarrillo. No podía quitarle parte de razón a Freeman; por más que bebiese y me ahogara en el alcohol, el dolor seguiría ahí y la rabia también y la decepción y todos esos sentimientos que me tenían atrapado en esa oscuridad fría y solitaria.
Llegué a casa y decidí meterme en la cama para intentar descansar. Ese día había sido demasiado intenso para mí. Había ido hasta casa de Mike para golpearlo y para gritarle que sabía que estaba con Bella, aunque también para hacerle partícipe del revolcón con su novia. ¿Romperían? Ahora Mike seguramente había tomado de su propia medicina.
Me acababa de quedar en bóxers cuando el timbre sonó. – Mierda. – Murmuré, poniendo los ojos en blanco. ¿Quién coño podría ser ahora? Solo esperaba que no fuese Josh, lo que menos me apetecía en esos momentos era tener otra charla con él. Golpearon fuerte la puerta acompañándola con el sonido del timbre mientras me ponía los vaqueros. A alguien se le había quedado pegado el dedo en el timbre, y por si fuera poco seguían aporreándola, así que decidí dejar la camiseta donde estaba y caminé rápidamente hasta la puerta de entrada con la paciencia a punto de terminárseme.
– ¿Pero qué cojones…? – Y me callé de inmediato cuando Bella hecha una furia se abalanzó sobre mí y me empujó con todas sus fuerzas. – Uau, qué sorpresa ¿Qué haces tú aquí? – Pregunté sonriendo a esa pequeña provocadora. No era una sonrisa de felicidad, sino bastante altanera y presuntuosa, curiosamente contraria a como me sentía.
– ¿Por qué has atacado a Mike de esa manera? ¡Salvaje! – Me gritó empujándome el pecho con fuerza con sus dos manos de nuevo y provocando, por aquel movimiento que diera dos pasos más para atrás. – ¡Eres un salvaje! ¿Y él algún día fue tu amigo? ¡No sé a qué llamas amigo, pero creo que tú jamás vas a poder querer de verdad a alguien! – Sus palabras, pronunciadas con tanta certeza y convencimiento incluso me hicieron sentir remordimiento por un microsegundo. ¿Qué le pasaba? ¡Pero si se estaba describiendo a ella misma!
–No sabes de lo que estás hablando. Además, eres una cínica. – Ella iba a contestar pero conseguí que se callara. – Y ¿sabes qué? No sé qué le puedes ver a Mike. – Comenté sorprendentemente tranquilo, pasando mi mano por mi pecho.
Ella miró perpleja mi acción y luego rio irónica. ¿Por qué trataba de comportarse como alguien que no era?
–Eso es lo único que te importa.; tu físico, tu apariencia. – Dijo señalándome con su mano. – Pues que sepas que Mike es mejor que tú. – Gruñó acercándose a mi cara, quedándose muy cerca. – ¡Siempre he sido la primera para él, me quiere de verdad! Y lo mejor de todo es que estoy completamente segura de su amor hacia mí. – Terminó clavando un dedo en mi pecho, con la misma rabia del principio en su mirada.
Cada palabra suya me enfurecía más y más, ¿cómo era posible que fuese tan cínica? ¿Estaba insinuando que yo jamás la había amado?
– ¿Por qué le has dicho que nos acostamos? – Exclamó volviéndome a empujar. – ¿ ¡Es que no eres capaz de dejarme vivir! ? – Preguntó pegándome con todas sus ganas en los hombros y en el pecho.
– ¿Te ha dejado? – Mi pregunta sonó impaciente y esperanzadora, no pude evitarlo, pero no me moví, sintiendo cada uno de los golpes que me propinaba con fuerza.
– ¡No! – Gritó con los ojos llenos de lágrimas reprimidas. – ¡Él nunca me haría daño! Y tú… tú… – Cogí sus muñecas con fuerza para inmovilizarla y le di la vuelta atrapándola entre mis brazos.
Ahora tenía su espalda pegada a mi pecho y la sentía implacable queriéndose zafar de mi agarre. Caminé con ella un par de pasos y cerré la puerta de un portazo ayudado por uno de mis pies descalzos. Volví a darle la vuelta para que me diera la cara y abrí sus piernas con una de las mías atrapándola entre mi cuerpo y la madera.
– ¡Salvaje! ¡Déjame! – Gritó. Subí sus brazos por encima de su cabeza y agarré con fuerza sus dos muñecas con una mano para con la otra amordazar su boca.
–Deja de gritar. – Le pedí, sintiendo consciencia del repentino deseo que había sobrecogido mi cuerpo en apenas pocos segundos.
Ella gruñía y seguía con sus insistentes movimientos, pero no la iba a dejar escapar. Me apreté más contra ella, y eso, como consecuencia, provocó que mi erección se presionase en su cadera. Abrió los ojos, dejando de resistirse y de emitir ruidos con la boca, sorprendida. Pero solo desistió un segundo, porque al siguiente quería intentar escapar aun con más obstinación, mordiéndome la mano.
Me quejé por el dolor, pero eso no impidió que la soltase. Solo dejé de amordazarle la boca y sostuve la muñeca que había conseguido deshacerse de mi otra mano.
– ¡Ni lo pienses! – Exclamó de nuevo. – ¡No estoy aquí para eso, perturbado! – Pero sus palabras y la situación lo único que conseguían era excitarme más.
–Sé que me deseas. – Murmuré en su oído, aun sufriendo los movimientos de sus piernas y brazos. Dejé un beso bajo su oreja. – Quieres esto tanto como yo. ¿Recuerdas cuando estuvimos aquí hace unos días? – Mi corazón vibró enfurecido conmigo al recordar esa noche en la que le hice el amor, porque yo la había amado. De una manera frenética y necesitada, pero le había hecho el amor.
–Edward, por favor. – Su voz se convirtió en un murmullo. Sabía que estaba perdiendo la voluntad; sus movimientos también habían perdido fuerza.
–Me dejaste por él, ¿no? – Volví a hacer referencia a Mike sin poder evitarlo. Y solo bastó el nombré de Mike para que sus movimientos volviesen a ser descontrolables. – ¿Por qué te importa tanto?
– ¡Deja a Mike tranquilo!
– ¿Y en la cama? ¿Cómo es en la cama? – Ella seguía forcejeando conmigo así que llevé sus dos brazos hacia su espalda, inmovilizándola de nuevo.
– ¡Suéltame!
–No. – Murmuré cerca de sus labios.
–Por favor. – Susurró ella llena de esperanza. – No me hagas esto. – Musitó entre jadeos desesperados. Una vez más su voluntad se vio reducida a la nada. Y yo no pude contenerme; sabía que ella también quería esto.
Me lancé a sus labios como un poseso, como si fueran una fuente en medio del desierto capaz de calmar una sed insoportable. Pero lo que más me sorprendió fue su rendición inmediata. Solté sus manos, rodeando su cintura con fuerza, acercándola más a mí y arriesgándome a que me empujase. Sin embargo sus manos se afianzaron con fuerza a mi cabello besándome con la misma vehemencia y necesidad con la que yo lo hacía.
Mis manos viajaron a su trasero y la alcé subiendo su falda con el mismo movimiento. Siempre tan provocativa. Ella rodeó mi cintura con sus piernas y yo conseguí desabotonarme el vaquero y bajarme la cremallera y los boxers. Rompí sus braguitas con los dedos y me adentré en ella de una sola embestida.
El profundo gemido que dejó escapar junto a mi oreja resonó en mi cabeza. Pero me sentí frustrado una vez más por sentirme tan bien en su interior, por sentir que le seguía perteneciendo. Salí de ella y volví a entrar con fuerza repitiendo los movimientos una y otra vez de forma ruda y exigente, necesitada también. Y ella se deshacía en gemidos, agarrándose con fuerza a mí con sus brazos y sus piernas, dejándose llevar por mis movimientos, encajándolos uno a uno.
La apreté más contra la puerta y me hundí aún más en su interior, una y otra vez, hasta que sentí el amargo, placentero y brutal orgasmo arrasar mi cuerpo por completo. Ella todavía se aferró con más fuerza a mí al mismo tiempo y dejó un fuerte mordisco en mi cuello que me hizo gruñir. Aun con la respiración agitada, me aparté de ella ayudándola a que quedase de pie. Bella se quedó abrazada a mí unos segundos más, hasta que yo mismo rompí el silencio que únicamente violaba nuestras respiraciones.
– ¿Y ahora qué vas a decir? ¿Es mejor que yo? – No pude evitar que de mi boca saliese tal pregunta porque, aunque acababa de hacerla mía de nuevo, ella estaba decidida a volver a irse con Mike. Lo presentía. Me dio un empujón y se irguió rápidamente para colocarse la falda con la cara sofocada por lo que acababa de pasar entre ambos. – ¿No vas a contestarme? Quien calla otorga, ¿lo sabías? – Y no pude evitar sonreír. Aunque acababa de llegar a un grandioso orgasmo, me sentía en llamas por dentro.
–Es mil veces mejor que tú, ¡desgraciado! Y por supuesto que te supera en este aspecto también.
Solté una carcajada involuntaria y me crucé de brazos, deleitándome al ver como su mirada no pudo evitar mirar mi pecho. Si era verdad que prefería a Mike en todos los aspectos nunca habría pasado esto ni lo que había pasado días atrás. Cuando alguien deja que pase algo así es porque le falta con esa otra persona. Ay, Mike, Mike…
– Adiós. – Pronunció mirándome para que le dejara espacio. Le enseñé las palmas de mis manos y retrocedí recolocándome los bóxers.
Ella se giró y abrió la puerta para marcharse. Y yo saqué el paquete de tabaco que aún permanecía en el bolsillo de mis vaqueros. Por alguna extraña razón me sentía mejor que antes. ¿Sería porque ahora era consciente de que Mike iba a pagármelas todas juntas? Mi cabeza no podía dejar de pensar de que así sería.
– ¿Cuándo piensas volver, preciosa? – Pero no me contestó. Siguió alejándose con ese contoneo de caderas, segura de sí misma mientras yo encendía mi cigarro. Alzó uno de sus brazos y sin girarse me enseñó el dedo del medio.
Vaya. Además de provocadora, maleducada.
.
Bueno chicas, hoy hasta aquí ;) Me parece que muy pronto alguien va a llegar a su límite... A ver si sabeis quien... Por cierto, el viernes se me olvidó subir una imagen del capítulo, pero la subo hoy :). Si la queréis ver, podéis ir a mi perfil :)
Muchas gracias por todos los rr, nos leemos el viernes.
Hasta entonces, un besito! :)
