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Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA


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XVII


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Lo prohibido siempre tenía su encanto. De hecho Eva era la prueba irrefutable de que la tentación solo podía desaparecer sucumbiendo a ella. Me pregunté fugazmente si ella había dudado mucho de si probar la manzana que escogió del Árbol de la Ciencia; yo en esos momentos no tenía tiempo de reflexionar sobre ello. Mi manzana personal estaba ahí, frente a mis ojos, provocadora y apetitosa como ella sola. Aun con ese odio plasmado en sus ojos tenía un encanto especial, aunque seguramente solo se trataba de la tensión que había entre ambos; aquel magnetismo que era incapaz de ignorar a pesar del dolor que sentía por su causa.

Se llevó la mano con la que sujetaba el cigarro a la frente y bufó por la boca ruidosamente, claramente afectada por mi presencia. Después se recompuso e intentó pasar por mi lado sin dirigirme una sola palabra, pasando de largo, pero no lo logró, porque rodeé su muñeca con una de mis manos y no la solté por más que intentó zafarse de mi agarre.

– ¡Suéltame! – Exclamó presa de la rabia.

Tiré el cigarro que sostenía entre los dedos de mi otra mano y rodeé su otra muñeca, acercándola más a mi cuerpo y obligándola a retroceder hasta dejarla presa entre su coche y mi cuerpo. Arrugó su rostro intentando ejercer toda su fuerza, pero aun así logré inmovilizarla.

– ¡Estás loco! Si Mike te encuentra aquí conmigo…

– ¿Qué? ¿Qué pasará? – Le pregunté desafiante sin dejar que acabara.

Sus movimientos se volvieron más bruscos y fuertes hasta que sentí en mi cuello la quemadura del cigarrillo que aún seguía entre sus dedos.

– ¡Joder! – Me quejé dejándola libre al instante y llevándome una mano a la quemadura. Ella en seguida se alejó unos pasos de mí y me miró divertida y triunfadora.

–Vuélvete a acercar de esa manera y probarás un poquito más. – Me amenazó dejando entrever una sonrisa llena de complacencia, vengativa, enseñándome el cigarro. Esta vez solté una carcajada por su inesperado gesto.

–Está bien, tú ganas. ¿Pero no podemos hablar un poco? Aunque sea por el tiempo que hace que nos conocemos. – Ella eliminó todo rastro de emoción en su rostro y bajó la cabeza.

–Yo ya no te conozco, Edward. – Tampoco había emoción en su voz. Fruncí el ceño incrédulo por lo que acababa de escuchar.

– ¿Crees que estoy irreconocible? ¿Y qué me dices de ti? – De repente irguió la cabeza y clavó sus ojos en los míos transmitiéndome un sentimiento que no supe identificar; quizá esa rabia que acostumbraba a sacar a relucir siempre que nos veíamos, o resentimiento.

–Adiós, Edward. – Murmuró dándose la vuelta.

– ¡Espera! – Exclamé corriendo hasta llegar a su altura y rodeé su brazo, aunque sin la fuerza con la que la había agarrado antes. La electricidad recorrió mi cuerpo hasta alojarse en mi estómago. ¡Maldita sensación que me encadenaba a ella! Sacudió el brazo y quedó libre casi sin esfuerzo para enfrentarme de nuevo con los ojos llenos de lágrimas reprimidas. – Tenemos que hablar.

– ¡No quiero hablar contigo! – Parecía exasperada, y su grito me erizó la piel. – En serio, Edward. Déjame. – Continuó con la voz quebrada esta vez, casi en un susurro.

– ¡Es que no puedo, joder! – Contesté comenzando a notar como unas escasas pero gruesas gotas comenzaban a caer sobre nosotros. – ¡No puedo, Bella! – Repetí acortando la distancia que nos separaba para rodear su cuerpo con mis brazos y estrecharla fuertemente contra mi cuerpo.

Quizás fue un impulso estúpido por mi parte, pero aunque ella no correspondió a mi gesto, tampoco se apartó. Permanecí unos segundos así, llenando mis pulmones del aroma afrutado de su cabello y del calor de su cuerpo.

Sentí odio hacia mi persona cuando me di cuenta de los sentimientos tan contrarios que sentía hacia aquella pequeña provocadora. No cabía duda de que necesitaba su cercanía y presencia, pero también había una parte de mí que deseaba hacerle pagar todo el daño que me había causado en todos estos años. Estar a su lado era como sentirme en el cielo y en el infierno a la vez. Ambas dimensiones apetecibles en cierto modo, al igual que el amor y el odio. ¿Era eso lo que sentía hacía ella? ¿Una mezcla de ambas emociones?

–Edward, por favor… – Murmuró suplicante, pero sin hacer nada para impedir que siguiese tan cerca de ella.

–Hablemos. – Pedí, con la esperanza de que eso era lo único que necesitábamos.

–Déjame ir. – Pidió otra vez.

– ¿Por qué te tuviste que enamorar de él? – Pregunté a sabiendas de que era inútil obtener una respuesta.

Por un segundo vi la lástima reflejada en sus ojos cuando alzó la cabeza, solo un segundo, pues al siguiente sus brazos se movieron hasta mi pecho quemándome con su tacto al mismo tiempo, y ejercieron fuerza sobre él, quedando libre de mi agarre. Me miró carente de emoción.

–Es mejor que te vayas, Edward. – Insistió suspirando. Miré sus manos libres de cigarros. Di un paso hacia ella, pero retrocedió.

–Merecemos zanjar esto como es debido. – Su mirada se endureció de repente y noté como su mandíbula se tensaba.

–Creo que ya te encargaste tú de ello. – Dijo entre dientes.

– ¿De qué hablas? – Pregunté confuso.

–Hablo de ti, tus fiestas y tu Ta…

– ¿Qué demonios haces tú aquí? – La voz presurosa de Mike me obligó a dejar de prestar atención a Bella.

Ninguno de los dos lo habíamos visto llegar. Avanzó hasta llegar a Bella y rodeó su cintura con uno de sus brazos para después inclinar su cabeza y besar los labios de ella. Por un momento ella pareció incómoda con el deliberado gesto de Mike.

–Tenemos una conversación pendiente desde hace tiempo, ¿verdad, preciosa? – Contesté con una sonrisa. Ella decidió mirar hacia otro lado.

–Déjala tranquila, Edward. Te lo advierto. – Y su tono sonó desafiante.

–Solo estábamos manteniendo una conversación muy entretenida. Díselo, Bella. – Esta vez la aludida puso los ojos en blanco.

–Te espero dentro. No tardes, ¿vale? – Le pidió preocupada. Me miró una vez más antes de alejarse.

–Que sea la última vez que te acercas a ella. – Murmuró Mike, acercándose a mi rostro con esa nueva actitud amenazante. – Ahora está conmigo, Edward. Conmigo. – Recalcó. Y no pude evitarlo, lo agarré de las solapas de su chaqueta con fuerza desatando toda la ira que sentía hacia él, y me acerqué aún más a su rostro, demostrándole que no sentía ni una pizca de miedo.

–Disfruta de ella lo poco que te queda, Mike. Porque va a volver conmigo. – Lo solté de un empujón y caminé rápido hasta mi coche sintiendo las gotas caer con más fuerza.

¿Qué había querido decir ella con eso de que yo ya me había encargado de zanjarlo todo? ¿De qué hablaba cuando nombraba las fiestas? ¿Qué fiestas? Si yo en Boston no salía casi nunca por las noches.

Me llevé la mano al cuello y lo miré a través del retrovisor interior del coche cuando llegué a casa. Estaba rojo y seguramente me quedaría una pequeña marca ahí difícil de eliminar. ¡Maldita provocadora! No le bastaba con llamar mi atención y atraerme de esa manera enloquecedora, sino que también me había agredido con un cigarrillo.

Aunque yo tampoco me había quedado corto, y quizás me lo había merecido.

Entré en casa y me dirigí directo al baño. Necesitaba una ducha caliente, algo que me ayudara a bajar la tensión que se había instalado en mis músculos nada más verla y aquella que la había intensificado cuando Mike apareció en escena.

Sus palabras volvieron a mi memoria. "Hablo de ti, tus fiestas y…". ¿Y… qué más? Me sorprendía que me acusase de salir por las noches, o de esas dichosas fiestas, porque solía ser conocedora de todos mis pasos cuando aún estábamos juntos. Ella también había salido alguna que otra vez, y yo no había dudado de ella cuando en realidad tenía que haberlo hecho. ¡Dios!

Iba a enloquecer pues por mucho daño que me hubiese causado debía admitir que la quería de vuelta conmigo. Aunque tampoco tenía claro de si se trataba de un deseo de venganza en contra de Mike.

Cuando salí de la ducha, dándole vueltas en silencio al mismo tema de siempre, el teléfono sonó.

– ¿Sí?

– ¡Ey, Edward! – La inconfundible voz de Yuu se escuchó al otro lado del aparato. – ¿Cómo estás?

–Vaya, hola Yuu. – Contesté sonriendo, alegre por su llamada. – Estoy bien, ¿tú cómo estás? – Le respondí mientras me quitaba la toalla y me ponía la ropa interior, sujetando el teléfono con mi hombro.

–Bien. Acabo de dejar a Ben y Angela en casa. Hemos salido a cenar algo. – Explicó.

–Yo acabo de llegar a casa hace nada. He ido a tomar algo con una amiga después de trabajar. – Esta vez me colé los pantalones del pijama.

– ¿Una chica? ¿Desde cuándo tomas algo con chicas que no sean Angie? – Reí entre dientes ante aquella pregunta. Lo cierto era que en Boston no salía con ninguna de las chicas con las que me acostaba; en realidad con ninguna chica. – No me digas que te has enamorado. – Aproveché para alejar el teléfono y ponerme una camiseta blanca de algodón antes de contestar y caminar hasta el sofá del comedor.

–Es solo una amiga. Su novio trabaja en el equipo también. Creo que ya te había hablado de ella. – Le informé.

–Ah, no lo sé. – Y su respuesta sonó a fastidio. – ¿Y cómo lo llevas en el hospital?

–Bien, me gusta mucho trabajar con mi padre, bueno y en general con todos. Cada día más.

– ¿La has vuelto a ver desde aquel día en tu apartamento? – Aquella pregunta me obligó a mirar la puerta de entrada. Todo había sido tan urgente. Pensar en ello me hizo desearla de nuevo. – ¿Edward?

–Sí, perdón. Justo la he visto hace nada, cuando salía de la taberna.

–No pareces muy animado. – Me encogí de hombros aun sabiendo que no podía verme. – Creo que aun la quieres. – Había negado hasta el cansancio ese sentimiento, pero ya no había forma de seguir con esa farsa.

–Sí. – Contesté en tono inseguro. Sabía que la quería conmigo, pero estaba confundido por todo lo que había pasado desde que había llegado a Forks. – Pero ella no quiere escucharme. Creo que de verdad quiere a Mike.

–Tú mismo me comentaste lo que pensabas el día que estuvo en tu apartamento. Y tienes razón, ¿sabes? – Fruncí el ceño. – Si ese Mike no la satisface del todo y ella es incapaz de resistirse completamente, es muy posible que aun sienta algo por ti.

–Yo no dije eso. Solo dije que…

–Sé lo que dijiste, solo lo he versionado un poco desde mi punto de vista también. – Sonreí.

–Gracias, tío. – Él rió.

–Bueno, y ahora me toca a mí. He conocido a alguien. – Su tono de voz sonaba más entusiasta que en todo el tiempo en el que llevábamos de amigos.

Yuu era laringólogo y desde hacía un año estaba trabajando en una clínica de Boston. Según me contó hacía cosa de un mes que había conocido a una chica india que estaba haciendo las prácticas de su carrera allí y se habían caído muy bien. Parecía más ilusionado que nunca y me alegré por él.

Todo el mundo iba encontrando la felicidad poco a poco, sin embargo ahí seguía yo, con mi corazón solitario, aun lleno de amor por alguien que no lo merecía; por la causante de mi soledad.

Había pensado que sería capaz de comportarme con ella como me había comportado con todas aquellas mujeres en Boston, que podría utilizarla y después olvidarme de ella, pero estaba claro que me era imposible. Por más que me esforzaba terminaba sintiéndome débil ante ella; como si yo fuese un diminuto y frágil grano de arena que las aguas marinas dirigían con su fuerza hacia donde deseaban.

–Cariño, ¿cómo te encuentras? – Mi madre me besó en la mejilla y después volvió a sentarse en el sofá.

Era mi segundo día libre en el hospital esa semana, así que había decidido ir a cenar con mis padres. No siempre conseguía reunir más de un día entero, y el que en esa ocasión tuviese tres me había venido mal. No podía dejar de pensar en ella, incluso salía de manera compulsiva a la taberna de Walter para provocar otro encontronazo, algo que no había dado resultado. Estaba enfermando gravemente, era consciente que esa fijación que sentía por verla no era buena para mí, y no quería que se convirtiera en una obsesión.

Solo quería que habláramos, ¡por Dios! No podía ser tan difícil.

–Bien, mamá. – Contesté tomando asiento a su lado.

–Tu padre no tardará en bajar. Se ha metido en la ducha hace unos minutos. – Dio un apretón cariñoso a mis manos, que estaban unidas en puños.

– ¿Tú cómo estás?

–Ahora que estás aquí mucho mejor. – Respondió acortando la poca distancia que nos separaba para dejar un beso en mi mejilla. – Ya te echaba de menos. – Reí.

–Hace cuatro días que estuve aquí. – Ella me miró con los ojos llenos de amor y me sonrió como solo una madre podía hacerlo mientras con una de sus manos me acariciaba la mejilla.

– ¿Solo? – Frunció el ceño. – Entonces debe ser que has pasado tanto tiempo fuera que me gustaría tenerte todos los días aquí. – Esta vez fui yo el que le dio un apretón a su mano.

–Hola, hijo. – La voz de mi padre nos hizo girarnos a ambos.

Venía vestido con unos vaqueros y un jersey gris. Su pelo color dorado, y ya salteado de canas, lucía húmedo. Se sentó al lado de mi madre, y dejó caer su mano en la rodilla de ella, quien con la suya libre que tenía libre se la acarició.

–Le estaba diciendo a Edward que le echaba de menos. – Mi padre solo contestó riendo entre dientes.

– ¿Cómo ha ido por allí hoy?

–Como siempre, hijo. – Respondió. – Charlie me ha llamado hoy. – Le comentó a mi madre.

Ella me miró precavida antes de enfocarlo a él. – ¿Y qué quería?

–Nos invitan a cenar este fin de semana. – Mi madre asintió.

Siempre había evitado esas pequeñas conversaciones entre ambos referentes a los Swan desde que había llegado de Boston, pero en el estado en el que me encontraba no podía morderme la lengua como en realidad deseaba.

– ¿Bella suele estar en esas cenas? – La pregunta sorprendió a pesar de que la intenté formular de la forma más indiferente que pude.

–Edward… – Mi madre había fruncido el ceño sorprendida.

–A veces, y las veces que no... – Respondió mi padre distraídamente, hasta que se calló de repente.

– ¿Qué? – Hice la pregunta, esperando que siguiese. Mi madre había girado su cuello para mirar a mi padre y no podía verle la cara.

–Nada, eso. Que a veces sí, y otras no.

Había estado intentando callarme esos días. Había querido evitarle un disgusto a mi madre no diciéndole que sabía lo que me estaba ocultando, pero no podía soportarlo más. Me levanté del sofá y me llevé una mano al pelo para intentar tranquilizarme, aunque aun así podía sentir la tensión en mi mandíbula y en los músculos de mis hombros y espalda.

– ¿Por qué no me habíais dicho que estaba con él? – Mi padre frunció el ceño confundido, aunque después reaccionó de igual forma que mi madre, quien me observaba estática y con los ojos abiertos como platos. – Sé que Mike y ella están juntos. ¿Por qué nadie me dijo nada? – El silencio acabó con mi poca paciencia y comencé a caminar de un lado a otro desesperado. – Tarde o temprano iba a enterarme, no lo entiendo. – Gruñí.

–Yo sabía que iba a dolerte. – Murmuró mi madre, provocando que me quedase quieto. Ella se levantó, y con paso firme pero lento se acercó hasta mí y volvió a acariciarme la cara. – No quería que sufrieras.

–Pero tú me diste a entender que podía arreglar las cosas con ella. ¿Por qué? Si sabías que estaba con ese…

–Esa relación es un error, Edward. – Mi madre bajó sus dos manos hacia las mías, que descansaban en fuertes puños a cada lado de mi cuerpo. – Bella nunca ha vuelto a tener aquel brillo en los ojos. Contigo era feliz, pero con Mike…

–Ella le quiere. – Mi voz había bajado el tono. Miré a mi padre, que se había levantado y me miraba al lado de mi madre, a quien había rodeado con un brazo sus hombros.

–Tu madre quería que hablaras con Bella porque sabía que si te enterabas de que estaba con Mike Newton sería más difícil convencerte, que lo darías todo por perdido. – Fruncí el ceño, porque parecía que justamente había sucedido lo contrario a lo que ella había pensado. – No lo hizo con mala intención. – Sentí un pequeño apretón de disculpa en mis manos.

–Perdona, hijo. – Musitó ella disgustada.

–No lo entiendo mamá. – Suspiré. – Además, creo que tenía derecho a saberlo.

–Lo sé. – Las lágrimas comenzaron a agolparse en sus preciosos ojos. – Pero ella jamás debió cometer ese error. Se os veía tan enamorados...

–Si era lo que quería yo no podía hacer nada.

–Sí podías. ¿Por qué permitiste que la distancia os ganara?

–No fue la distancia. A mí nunca me importó la distancia.

–Pero Alice y Bella me dijeron que…

– ¡Te dijeron mentiras! – Exclamé liberándome de sus manos y dando un paso hacia atrás. – Me dejó por otra persona. ¡Y estoy casi seguro de que fue por Mike! – Mi madre se llevó las manos a la boca.

–-No, no puede ser.

–Edward, tranquilízate, hijo. – Me pidió mi padre. Intenté respirar profundamente unas cuantas veces antes de volver a hablar.

–Me llamó para decirme que había otro. – Continué. – Y desde ese día me juré que no volvería a saber nada más de ella.

–Pero ella empezó a salir con Mike hace poco. – Fruncí el ceño.

–A lo mejor lo mantuvieron en secreto. O fue otro chico y después empezó con Mike. No lo sé, mamá. Pero ella me hizo mucho daño. ¡Mucho! – Exclamé separándome de ellos y volviendo a caminar como un animal enjaulado.

El silencio se apoderó por unos minutos de nosotros y yo de lo único que era capaz de pensar era en todo lo que había pasado desde que había vuelto a Forks: su odio reflejado en esa mirada chocolate pero su nerviosismo también cuando me miraba, sus duras palabras cuando nos cruzábamos y las veces que nos habíamos acostado, su nueva seguridad y aquel beso que le dio a Mike, pero también las sensaciones que yo le provocaba.

Quería odiarla por todo el daño que me había hecho y el que me estaba haciendo, por confundirme una y otra vez, por atraparme cada vez que le daba la gana, por ser una provocadora tan exasperante y apetecible al mismo tiempo. Pero por más que lo intentaba no podía.

–Aún recuerdo la primera vez que viajó después de que lo dejarais. – Detuve mis piernas cuando escuché a mi madre quedando de espaldas a ella. – Renee y Charlie estaban muy preocupados. Yo había intentado excusarte con ellos, pero… – Contuvo las siguientes palabras y suspiró. – Edward, Bella ya no era la misma preciosa chica que se fue después de Navidad a California. Parecía un alma en pena, tenías que haberla visto, y luego cambió. Empezó a calzarse esos zapatos de tacón con los que jamás me la habría imaginado, comenzó a vestirse de manera diferente y, aunque la adorable chica que siempre ha sido nunca ha desaparecido, se volvió algo más pretenciosa.

– ¿Entonces como explicas el que me dejara, mamá? – Pregunté dándome la vuelta, cansado de todo. Ella se encogió de hombros y avanzó una vez más hasta mí. –Tal vez le salieron mal las cosas con ese otro chico por el que me dejó.

–Veo mucho resentimiento en ti. Tú no eras así. ¿No lo ves? Eso te impide ver más allá de lo que crees firmemente. – Musitó mi madre apenada. – Por favor, hijo. Habla con ella. – Me suplicó pronunciando lentamente las palabras.

–No quiere hablar conmigo. No quiere escuchar hablar del tema. ¡Pero lo que más me cabrea es que es ella quien parece la humillada, cuando lo fui yo! – Volví a sentir la caricia de la mano de mi madre en mi mejilla.

–A veces las cosas no son lo que parecen, Edward. – Negué con la cabeza intentando despejar mi mente y me alejé hasta el sofá para sentarme.

–Vamos a dejar el tema. – Por el rabillo del ojo me di cuenta de cómo mi padre le lanzaba una mirada de rendición a mi madre.

–Está bien… ¿Qué te apetece cenar, cariño? – Preguntó sentándose de nuevo a mi lado.

Al menos no volvieron al tema de Bella. Conseguí, por unos minutos, dejar el recuerdo de esa provocadora en algún lugar que no rondaba muy lejos de mí, aunque sí parecía lo suficientemente lejano para distraerme un rato.

Disfrutaba de esos momentos con mis padres durante una cena o una comida. Boston no había sido razón suficiente para alejarme de ellos en ninguno de los sentidos. De hecho, me sentía mejor que nunca trabajando con mi padre en el hospital y si había algo, o mejor dicho alguien, que en algún momento empañaba mi vida de algo parecido al odio y a la lujuria, o incluso podía arriesgarme ya en esos momentos a decir que al amor, era esa mujer fatal y ese traidor.

Aunque estaba aprendiendo a llevar la situación. Hablaría con ella, y aunque no sabía qué iba a pasar, si me llevase una grata sorpresa o por el contrario desapacible, tenía muy claro que Mike no iba a salirse con la suya de ninguna de las maneras. Me lo debía.

Me despedí de mis padres cuando Irina me llamó diciéndome que Josh y ella salían hacia Eclipse. Habíamos quedado para ir a tomar algo, y yo guardaba la esperanza de que algún día tenía que encontrarme a Bella. No podía esconderse siempre.

Eclipse me recibió con una versión actualizada de I Will Survive de Gloria Gaynor. Esa canción jamás había significado nada más allá para mí que un buen tema. Sin embargo parecía que esa noche eso iba a cambiar. No sabía si por solo unos instantes o más tiempo, pero la estrofa que sonaba en aquellos momentos unida a la mirada de aquella mujer que se había quedado asombrada y que parecía haber cambiado algo en ella, me hicieron sonreír en su dirección. Sus ojos habían aparecido al mismo tiempo que la música había impactado en mis oídos con toda su fuerza nada más dar un paso al interior.

Y ahora vuelves

del espacio exterior.

Simplemente entré y te encontré aquí

sin esa mirada en tu cara.

Y no comprendí que había curvado mis labios hasta que un fuerte golpe en la espalda me hizo reaccionar. – ¡Eh! – Josh se carcajeó casi arrastrándome hacia la barra, donde estaba Irina. – Tío, pensábamos que ya te habías arrepentido.

– ¿Tanto he tardado? – Pregunté, mirando de reojo hacia la dirección en la que Bella se sentaba con mi prima en unos de los sofás. Ya no me miraba, y había agachado la cabeza.

–No ha sido para tanto. – Contestó Irina levantándose para besarme la mejilla. Josh se sentó a su lado. – Solo llevamos diez o quince minutos, pero Josh cada vez se vuelve más impaciente. – Elevé una ceja.

– ¿Cómo estáis? – Pregunté intentando cambiar de tema, fijándome en su cabello oscuro semirecogido y en sus labios al hablar y pausarse para hacer alguna mueca.

–Pues nosotros bien, aunque si quieres podemos ir a otro sitio. – Propuso Josh. Me di cuenta de que otra vez estaba mirando a Bella cuando tuve que girar la cara para contestarle.

–Eh… no. Estoy bien.

–No dejas de mirarla. – Dijo esta vez Irina, girándose para observarla. – Llevan aquí desde antes de que llegásemos nosotros dos. – Volvió a mirarme con sus preciosos ojos preocupados.

–En serio. Estoy bien. – Josh se encogió de hombros, aparentemente conforme, e Irina no dijo nada más.

Pedí un Bourbon y tras beber el primer trago volví a mirarla. Vestía unos pantalones ajustados oscuros y una blusa azul. Preciosa, como siempre.

– ¿Te has hecho adicto a esa mierda? – Preguntó Josh mirando mi vaso. Yo reí entre dientes, di un sorbo y se lo ofrecí. – No me gusta.

–Pues entonces cállate. He descubierto que el ardor que me hace sentir en la garganta me alivia otros dolores. – Irina rio y Josh se quedó mirándome sin entender nada.

–Genial. – Respondió.

– ¿Mañana vuelves al hospital? – Preguntó Irina.

–No, me temo que tardaré un día más.

–Ag. – Se quejó haciendo un gesto de decepción. – No me cae bien Henry.

–Es buen tío. – Le contradijo Josh.

–A ti todo el mundo te parece bueno. ¿No te has dado cuenta de qué manera nos mira? No sé quién se cree que es.

Mientras ellos hablaban, yo no dejaba de mirar a Bella. Alice y ella se acabaron de beber lo que se estaban tomando y se pusieron de pie. Me entró el pánico por un momento. Quería hablar con ella, y no sabía cuándo iba a volver a presentarse una oportunidad así en la que Mike no estuviera presente.

–No es mi persona favorita en el mundo, pero he de admitir que trabaja muy bien. – Contesté sin apartar la vista de ella. Sus zapatos de tacón eran de color oscuro también y sabía muy bien como caminar sobre ellos para parecer una verdadera ninfa.

–Deja de mirarla. – Me pidió Irina con la voz suplicante. – Olvídate de ella. Ya debería acabar todo este asunto que te tiene así.

Miré a mi amiga, quien solo intentaba aconsejarme con buena intención. – Te equivocas, aun no. – Dije mientras me levantaba de mi taburete y caminé a paso rápido para salir de allí.

– ¡Ey, Edward! – Escuché vagamente la voz de Josh, pero no me giré.

Bajaba junto con Alice los escasos escalones que estaban a un par de metros de la entrada, cruzada de brazos y friccionándolos con las manos para darse algo de calor a través de su chaqueta. Iban hablando algo, aunque solo podía escuchar leves susurros debido a las consecuencias de haber estado dentro escuchando esa música a un volumen tan alto.

Bajé los escalones, y antes de que ella pisase el último, se detuvo de forma súbita sin girarse cuando mi mano toco su hombro. Sentí en ese instante aquella extraña sensación que jamás había abandonado mi cuerpo y que en menor o mayor medida siempre lo recorría cada vez que se trataba de ella.

–Te lo he dicho muchas vec… – Alice se calló también, y ya en la acera se giró buscando a Bella. – Edward… – Mi nombre salió como una regañina entre sus labios y se llevó una mano a la cadera. Estaba claro que ella sabía que habíamos coincidido en Eclipse pero había preferido ignorar ese hecho. – ¿Qué haces aquí?

–Quiero hablar con Bella. – Murmuré sin apartar la vista de la coronilla castaña.

–Pensaba que te había quedado claro que no quería hablar contigo. – Contestó Bella sin inmutarse.

–Por favor, Bella. Solo quiero hablar, te lo prometo. – Le pedí. Ella suspiró.

–No quiere, Edward. Déjala ya. – Mi prima avanzó y la cogió de la mano consiguiendo que ella terminase de bajar los escalones.

–Mira… – Miré hacia el cielo, intentando encontrar algo que me ayudase a convencerla, pero no había nada. – Espérala si quieres, pero tengo que hablar con ella. Necesito hacerlo.

– ¿Me dejarás tranquila si lo hago? – Su pregunta me cogió por sorpresa. Había algo en sus ojos, ahora que me miraba, diferente a la última vez que nos vimos. Como antes al entrar en Eclipse. – Prométeme que me dejarás tranquila si respondo a lo que me preguntes. – Me lo estaba suplicando, y no pude resistirme a asentir con la cabeza.

–De acuerdo. – Alice bufó fastidiada, y se cruzó de brazos poniéndose entre ambos.

– ¿Y bien? – Presionó mi prima. Puse los ojos en blanco.

–Te agradecería que nos dejaras un poco de intimidad.

–Me has dicho que podía esperarla. – Discutió.

–Bueno, me refería a un lugar más lejano. Esa farola. – Dije señalando una que estaba a unos diez o doce metros de allí. – O tu coche.

–No pienso moverme de aquí. – Insistió.

–Alice, no pasa nada. Estoy bien, espérame en el coche. – Habló Bella.

–Pero…

–Pero nada. No tardaré. – Alice hizo un puchero, después se giró para mirarme con el ceño fruncido y me señaló con un dedo amenazante.

–Te estaré vigilando, primito. – Puse los ojos en blanco al escuchar el desdén en su voz cuando se refirió a mí. Me dio lástima otra vez pensar en lo que habíamos sido y ver lo que éramos ahora.

Se alejó a regañadientes, girándose de vez en cuando, hasta que la vi desaparecer dentro del coche. Se acomodó de tal forma que quedó frente a nosotros. ¡Joder, no iba a hacerle nada, pero quería un poco de intimidad!

Bella miraba la acera, y yo bajé los dos escalones que me quedaban hasta llegar hasta ella en silencio. Había dejado de friccionar sus brazos, y ahora caían sin consistencia a cada lado de su cuerpo.

–Podemos ir a mi coche, no quiero que pases frío. – Le dije. Levantó la cabeza y me clavó su mirada chocolate bajo su ceño fruncido.

–No pienso moverme de aquí. Así que ya puedes empezar a preguntar porque como mañana me despierte resfriada solo tú vas a ser el culpable. – Reí entre dientes. – ¿Te hace gracia? – Levanté las manos enseñando mis palmas en petición de paz.

–Solo quiero saber qué fue lo que pasó. – Le pedí. Ella dejó de mirarme y decidió que las bastas baldosas de la acera eran mucho más interesantes que yo.

–No creo que eso tenga importancia en estos momentos. – Se limitó a contestar.

–Yo creo que sí. – Me acerqué un paso más y ella retrocedió mirándome con advertencia. – Mi madre cree que fue la distancia, ¿por qué cojones no le dijiste que me dejaste por otro? – Mi tono de voz subió un poco involuntariamente.

–No quise hacerle daño a Esme. Además, vuelvo a repetírtelo, nada de eso tiene importancia ahora. – A su rostro había vuelto esa máscara carente de emociones, aunque mucho más débil que las anteriores veces. Parecía cansada.

–Sí la tiene. ¡Joder! – Exclamé llevándome una mano a la cabeza para tirarme del pelo. – ¿Por qué no puedo borrarte de mi cabeza? Necesito saber qué pasó para librarme de ti, y solo tú puedes contármelo. Quiero escucharlo de tus labios mientras te miro a los ojos. Esa es la única manera de dejarte en paz. – La ira volvió a ellos cuando volvió a mirarme. Avanzó un paso, y para mi sorpresa, me dio un bofetón en la cara que me hizo llevarme la mano a la mejilla a causa del picor que me provocó.

– ¡Entonces quitémonos las máscaras! – Gritó ella volviendo a abofetearme en la otra mejilla.

–Pero, ¡ ¿qué haces? ! – Pregunté agarrándola de la muñeca antes de que volviese a repetir el golpe.

– ¡Darte lo que no te di en su momento!

– ¿De qué hablas? – Le volví a cuestionar forcejeando con ella y agarrando su otra muñeca, viendo cómo se retorcía intentando deshacerse de mí.

– ¡De todo, de ti, de Boston! – Exclamó.

–Pero, ¡ ¿Qué coño estás diciendo? ! – Ella gruñó, y vi como enrojecía de la ira, dejando que sus lágrimas cayeran desconsoladas por sus mejillas.

– ¡Ya no puedo más! ¡Lo sé todo, Edward! – Respondió. – ¡Lo vi también! – Un sollozo se escapó de su garganta. – ¡Te acostaste con Tanya! ¿Cómo fuiste capaz? – Aflojé la presa que mis manos ejercían alrededor de sus muñecas, escuchando su llanto desesperado, sus hipidos, sus puños dándome golpes con fuerza en el pecho. – Yo te quería, y tú…

–No… ¡No! Yo nunca me fijé en nadie. Jamás pasó nada entre Tanya y yo. ¡Nunca! Tú, fuiste tú.

– ¡Mentira! – Y ahí, en el momento en el que detuvo el constante golpe de sus puños e irguió su rostro bañado en lágrimas, mirándome con aquel dolor que aun parecía reciente, sin saber por qué, me vino a la memoria fugazmente algo: Boston, las extrañas borracheras y las espantosas lagunas.

–Bella, no. – La llamé e intenté acunar su rostro, esperando que razonase de alguna forma, pero ella luchaba para deshacerse de mi contacto. – ¡Escúchame! Estoy confundido, ¡escúchame! – Grité. No tenía nada claro, pero aun necesitaba preguntar más para salir de dudas.

– ¡Eres un maldito mentiroso, Edward Cullen! ¡Te odio!

– ¡Bella, por favor! – Supliqué, tratando de que me dejara explicarme, pero ella seguía revolviéndose.

– ¡Déjala! – La voz de Alice me interrumpió y la alejó de mí. – Ya tienes todo lo que querías, y ahora vete. Déjala de una vez. – Me pidió. Abrazó a Bella y después se alejó con ella, dejándome desconcertado y más confundido que nunca.


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Bueno... por fin Bella tocó fondo! Ahora que Edward sabe las razones por la que Bella se comporta así con él... ¿qué hará? ;)

Muchas gracias por todos vuestros rr, nos leemos el viernes!

Un besazo enorme!