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Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA


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XXII


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Tenía la impresión de que llegaba tarde a pesar de que faltaban cinco minutos para las 09:00 a.m., así que supuse que aquella sensación se debía a las ganas que tenía de volver a ver a Bella. Me sentía como el adolescente de dieciocho años que se había visto obligado a separarse de ella para ir a estudiar medicina a Boston. Estar sin verla durante unas horas parecía una eternidad. Aparqué frente a su casa y bajé del coche para ir a buscarla. Respiré aliviado cuando me di cuenta de que el coche patrulla del Jefe Swan no estaba por allí. Nada sucedía con la rapidez que me hubiese gustado: ni los pasos apresurados hasta la puerta de los Swan, ni mi dedo presionando el timbre, ni el que ella abriera la puerta a los pocos segundos.

Una radiante sonrisa y unos grandes y brillantes ojos achocolatados me recibieron acompañados de un delicioso y discreto rubor en las mejillas. Tenía una expresión en el rostro que la hacía ver preciosa, y por eso no pude evitar inclinarme para besar aquellos labios felices. Mi intención era dejar un suave y pequeño beso por si Renee estaba en casa, a pesar de que me moría por descargar todo el amor y las ganas que había tenido de verla. Pero, para mi sorpresa, ella enterró sus manos en mi cabello y me presionó para profundizar el beso.

Reprimí una pequeña sonrisa ante su inesperado entusiasmo mañanero, y me entregué a sus besos de la misma manera impetuosa con la que ella me besaba a mí. Mis manos viajaron a su cintura, y escuché un pequeño jadeo salir de sus labios antes de que se separara y dejara un pequeño beso más en los míos.

–Buenos días. – Murmuró, rodeando mi cuello con sus brazos para abrazarme con fuerza, volviendo a dejar un cálido beso en mi cuello que me provocó un dulce estremecimiento.

–Muy buenos he de decir. – Contesté respondiendo a su abrazo de la misma manera. – ¿Te has puesto cómoda? – La había llamado esa mañana para advertirle que lo hiciera.

Se alejó de mí un par de pasos y se puso las manos en la cadera con una de sus piernas flexionada. – ¿Te parece lo suficientemente cómoda?

Me había dado cuenta que los centímetros que ganaba con los tacones los había vuelto a perder cuando la había estado besando, y realmente me gustaba esa sensación. Llevaba puestas unas Converse grises, unos pantalones de chándal y una sudadera azul marino. Y por supuesto, seguía estando igual de preciosa que siempre.

–Estás perfecta. – Alzó una ceja desconfiada. – ¿Qué? Estás preciosa. – Me acerqué los dos pasos que nos separaban y entrelazando nuestras manos dejé varios besos en sus labios. Sabían tan bien que estaba convencido de que nunca iba a cansarme.

–La verdad es que tú también estás muy guapo. Te queda bien todo lo que te pones. – Dijo pasando el dedo índice de la mano que no tenía entrelazada con la mía por el dibujo de Nike de la sudadera verde oscuro.

–Pues igual que a ti. – Contesté sonriendo y besando su mejilla. – Anda, vamos. – Dije tirando de su mano.

Ella me siguió hasta el coche con nuestras manos unidas, después de cerrar con llave la puerta. Me había dicho que Renee había salido a comprar.

Cuando entramos al coche no pude evitar preguntarle sobre cómo se habían tomado sus padres el asunto de Mike. Me había estado preguntando todo el camino hasta su casa de qué manera se habrían tomado sus padres toda la historia, y sinceramente, esperaba que Charlie me hubiese perdonado. En el fondo sabía que tenía que haber luchado más por Bella, pero ella fue tan cortante al dejarme, que creí que ya no había esperanza alguna.

Charlie se había sorprendido y enfurecido hasta el punto de que casi fue a buscarlo, algo que me había esperado del padre de Bella debido a la sobreprotección que ejercía sobre ella. Me alegré de saberlo. Renee incluso había llorado al ponerse en la situación de mi preciosa chica.

–Mi madre está contenta de que estemos juntos otra vez. Dice que nunca debimos pasar por todo esto. – Suspiré y llevé mi mano a su rodilla.

–Tiene razón. ¿Y tu padre? – Sentí como se tensó levemente y después se aclaró la garganta.

–Bien, bien… – Elevé las cejas extrañado. – ¿Vamos a ir al prado? – Me preguntó alegremente cuando me desvié de la 101.

–No se lo ha tomado bien, ¿verdad? – No pude evitar el sonido bajo y apenado de mi voz.

–No es eso. – Chasqueó la lengua. – Cree que estamos yendo muy rápido. Ya sabes cómo es cuando se trata de mí.

–Sin embargo parece que aceptó de buen grado que empezaras a salir con Mike. – El silencio se hizo en el coche hasta que un par de minutos después aparqué al final del familiar camino de piedras. Miré a Bella, quien permanecía tensa y mirando al frente casi sin pestañear. – No te enfades.

–Es que estás diciendo tonterías. – Suspiré y agaché la cabeza. – Nadie se imaginaba lo que hizo Mike, y para tu información, a Mike le costó ganarse la confianza de mi padre. Empecé a salir con él hace menos de siete meses, y mi padre le dio un buen sermón cuando se lo dije. ¿Qué te crees? Parece que no lo conoces.

–Tienes razón. Lo siento. – Suspiré. – Es solo que cuando pienso en él, me hierve la sangre.

–Pues tranquilo, por favor. – Me pidió acunándome esta vez el rostro. – Estamos aquí. Tú y yo. – Murmuró dulcemente besándome en los labios. –Me has traído aquí supongo que para ir hasta el prado, y deberíamos salir ya.

–Sí. Lo siento. – Ella me sonrió y me besó.

–Vamos.

Entre árboles, piedras, hierbas y arbustos de todo tipo comenzamos a ascender por la montaña. Sonreí en mi fuero interno al darme cuenta de que Bella seguía siendo igual de torpe que hacía siete años atrás a pesar de ser capaz de llevar esas trampas mortales que tanto se calzaba últimamente. Caminaba en algunos tramos con suma lentitud y cuidado, y en un par de ocasiones, tuve que sostenerla para que no cayera. Me divertía secretamente esa dicotomía en ella entre andar con tanta seguridad sobre los tacones y con tanta vacilación sobre sus zapatillas, pero no iba a hacerle ningún comentario respecto a ello. Parecía realmente preocupada.

– ¿Desde cuándo no vienes aquí?

La expresión iluminada y deslumbrante de su rostro al llegar a aquel prado verde, lleno de flores de todos los colores y rodeado de árboles en el que yo había estado hacía tan solo tres días me impulsó a hacerle aquella pregunta.

Dejé sobre la hierba la mochila de montaña y rodeé su cintura con mis brazos, presionando mi pecho sobre su espalda y apoyando mi barbilla en su hombro. Ella seguía admirando la belleza de aquel lugar que habíamos descubierto cuando apenas éramos dos niños. No solo era hermoso por su pureza y la viva naturaleza de todas sus especies, sino por el significado que tenía para nosotros dos.

–Desde hace siete años. – Respondió al fin, llevando sus manos a las mías y acurrucándose más en mi cuerpo. Después suspiró. – Nunca tuve fuerzas ni razones para volver. – Dejé un beso en su cuello y la estreché más contra mi cuerpo. – Este era nuestro lugar; de los dos. Jamás habría podido venir sin ti.

–Lo entiendo. Yo estuve aquí hace tres días y los recuerdos me embargaron. – Ella se giró y me miró con el ceño fruncido. Yo me encogí de hombros. – Llámame masoquista, pero cuando discutimos aquella noche … – Bella frunció más el ceño. – Cuando me echaste en cara que te había engañado por primera vez, me quedé confundido. No sabía qué estabas diciéndome, aunque una parte de mí no dejaba de darle vueltas a la cabeza. Adiviné que algo había fallado siete años atrás, y aquí… – Aclaré levantando la cabeza para mirar a nuestro alrededor. – Decidí que lo mejor era recurrir a Alice. – Suspiré. – Tú no ibas a escucharme, era mi última opción. – Después sonreí de forma traviesa. – Aunque seguramente podría haberte cogido en brazos y salir corriendo.

–Lo siento. – Se limitó a decir con los ojos empapados en culpa.

–No, preciosa. No tienes que disculparte. – Murmuré atrayendo su cuerpo al mío y abrazándola con fuerza. – Solo de imaginar lo que tuviste que sentir al ver esas fotografías me provoca ir a buscar otra vez a ese descerebrado. – Ella apuñó mi sudadera y se acercó más a mi cuerpo, y entonces noté como el suyo comenzaba a temblar. – Eh, no. No llores, por favor. – Le pedí besando su coronilla.

–Es que fue muy doloroso, Edward.

–Lo sé, lo sé, pequeña. – Intenté consolarla. – Pero te he traído aquí para que pasemos un buen rato los dos.

–Quiero contarte qué fue lo que pasó. – Murmuró después de unos segundos, intentando acallar sus sollozos.

–No hace falta que vuelvas a revivir todo eso, Bella. Alice ya me lo contó. – Ella negó con la cabeza, separándose unos centímetros de mi cuerpo para alzar la cabeza y mirarme.

–No fue exactamente así. – Fruncí el ceño confuso. – A Alice le escondí un par de detalles. Yo ya había recibido una fotografía antes de que nos reuniéramos la última vez en Forks.

– ¿La vez que intentaste dejarme? – Ella asintió lentamente.

–Espera, Bella.

Me separé de ella y abrí la mochila para sacar una manta impermeable y extenderla sobre la hierba húmeda. También dos mantas polares para nosotros. Después de asegurarme de que Bella estaba bien abrigada, me senté a su lado con la mía.

– ¿De dónde has sacado todo esto?

–Las cogí anoche de casa de mis padres. – Ella asintió sonriendo. – Están encantados de que volvamos a estar juntos. – Ella se mordió el labio y yo elevé la mano para que dejara de hacerlo. – No hay manera de que te deshagas de esa costumbre, y me encanta. – Intentó sonreír pero no lo consiguió. – Cuéntame lo que desees, Bella. – Ella recogió un mechón de su cabello detrás de su oreja antes de empezar.

–Un anónimo me envió una fotografía en la que salías con Tanya besándote en un bar o algo parecido. Tenías… – Cerró los ojos con fuerza, como si recordar esa imagen aun le doliera. –… las manos en su trasero, y ella parecía encantada contigo. Casi me muero cuando la vi.

– ¿Por qué no se la enseñaste a Alice?

–Porque quise pensar que solo fueron un par de besos, Edward. – Fruncí el ceño. – Nunca creí ser una chica atractiva. Y era muy insegura e ingenua en aquella época.

–Para mí no había otra chica que no fueras tú. Pensaba que lo sabías, Bella.

– ¿Qué querías que pensara cuando vi esa foto? Tenías los ojos cerrados y parecías tan a gusto. Una chica como ella era más de tu estilo que yo.

– ¿Te estás dando cuenta de que no te valorabas? – Ella agachó la cabeza y suspiró.

–Me di cuenta después. Cuando vi las fotos en las que salías en la cama con ella… – Volvió a cerrar los ojos con fuerza. – Decidí que ya no podía soportarlo más. Si tú no ibas a respetarme, tendría que hacerme respetar yo, y fue cuando te dejé sin vacilar. Lo había intentado antes y fracasé.

–Aquel último día en Forks. – Recordé. – Casi me muero Bella. Sabía que algo andaba mal.

–Había hablado con Mike. Creo que estaba tan convencido de que te iba a dejar, que el papel de quedar como un buen amigo tuyo falló.

– ¿Qué te dijo?

–Que tú me querías y que Tanya solo fue una pequeña aventura. Algo así. No quiso admitir desde el principio que te había visto besarte con Tanya, y eso lo hizo más real a mis ojos.

–Maldito cabrón. No sabía nada de ti. Él no tenía derecho a… ¡Dios! – Gruñí cerrando los puños con fuerza. Ella abrió mi manta y una de sus manos destempladas estrechó la mía.

–Por supuesto que intenté dejarte, pero al mirarte a los ojos todo se resolvía. Tú me amabas; después de todo lo hacías, y yo era incapaz de dejarte por un par de besos.

– ¿Por qué no me lo dijiste? Si lo hubieses hecho, no habríamos pasado por nada de esto, pequeña. – Murmuré entrelazando nuestras manos.

–Porque en el fondo tenía miedo de que si te lo decía, me dejaras y la eligieras a ella. Cuando tú no estabas, cuando no podía mirarte a los ojos, todo se volvía oscuro y sin salida.

–Bella, por Dios. No puedes tener una autoestima tan baja. Eras más que suficiente para mí, tendrías que haberte vuelto loca y tratar de matarme a golpes, gritarme, pedirme explicaciones, pero…

–Ahora no te lo permitiría. – Me cortó con la voz llena de convicción, y la creí firmemente. – Edward, yo era así hasta que recibí las otras tres fotos en las que salías tan cariñoso con Tanya. Estabas desnudo junto a ella entre las sábanas. Ahí cambié y empecé a convertirme en lo que viste la primera vez que nos volvimos a ver en la taberna de Walter.

–Parecías tan fría. – Musité, llevando mi mano libre a su rostro. Ella cerró los ojos.

–Estaba dolida, envuelta en una coraza que se resquebrajó en cuanto te volví a ver e intenté arreglar en seguida. – Me miró con ojos desolados. – La seguridad que había conseguido reunir en todos esos años no podía decaer con tu simple reaparición. Y me concentré en mis tacones. – Sonrió al ver la expresión desorientada de mi rostro. – Los tacones me hacen sentir segura de mí misma. Aprendí a aumentar mi autoestima a medida que aprendía a llevarlos.

–Ahora entiendo porque no me dejabas pasar ni una. – Reí entre dientes con ella.

–Lo siento si fui injusta. He vivido siete años con esas fotografías en mi mente y la creencia ciega de que Mike había visto cómo te besabas con Tanya cuando te visitó en Boston. – La acerqué a mi cuerpo y besé su frente.

–Lo comprendo, Bella. Te comprendo. – Volví a besarla. – Solo espero que sea verdad eso de que tu autoestima esté tan alta como dices.

–Ponme a prueba.

–Ya te he puesto a prueba varias veces desde que llegué. – Sonreí. – Me quemaste con tu cigarro. – Se tensó y se separó para mirarme llena de culpabilidad.

–Oh, Dios mío, es verdad. ¿Te hice mucho daño? – Me dediqué a hacer un puchero dramático que la hizo apretar los labios y elevar una ceja. – ¿Dónde?

–Creo que aún me duele aquí. – Respondí señalando la zona de mi cuello en la que ella me hirió.

Acercó su rostro lentamente a la zona que seguía señalando para acariciar con su dedo mi cuello deshaciéndose del mío y presionó sus cálidos labios sobre mi piel, dejando varios besos antes de erguirse con una pequeña sonrisa que se reflejaba en sus ojos. A pesar de la baja temperatura y de que las nubes no habían dejado asomar la luz del sol, un ligero calor se extendió desde el punto que sus labios habían besado al resto de mi cuerpo.

–Siento esa marca. – Susurró dejando de mirarme a los ojos para enfocar mis labios.

Rodeé sus hombros para atraerla de vuelta a mí y esta vez estampé sus labios sobre los míos. La calidez de su boca recibió agradecida las caricias que le regalaban la piel de mis labios y mi lengua, y poco a poco, nos tumbamos.

Ella permaneció un buen rato tumbada boca arriba, emitiendo sonidos placenteros que provenían de su garganta a causa de nuestros besos. Yo tumbado boca abajo a su lado, paseaba mis dedos continuamente por cada rasgo de su rostro y su cabello, por cada recoveco de su cuello.

No pude mantener a raya mi deseo por ella, y mi entrepierna vibró varias veces cuando una de sus delicadas manos se metió bajo la sudadera y la camiseta térmica y me acarició el pecho. Reprimiendo un gruñido de excitación me separé para observarla. Tenía las pupilas dilatadas, las mejillas coloradas y los labios hinchados a causa de los besos. Me pareció la imagen más hermosa y erótica que jamás había visto rodeada por tanta naturaleza, pero no iba a hacerla mía.

–Eres preciosa. – Ella sonrió y yo me tumbé de lado, provocando que ella me imitara y quedáramos de frente.

–No llevo maquillaje.

–Y no te hace falta. Me encantan estas pequitas que conservas. – Mis dedos que se habían dedicado a acariciar su cabello se desviaron por su sien hasta su nariz y sus alrededores. Ella sonrió una vez más y me acarició el rostro con una de sus manos también.

–Has cambiado. – Permanecí en silencio, disfrutando de las caricias que sus dedos dejaban en mi rostro. Cerré los ojos cuando se dedicó a acariciarme la nariz y después sentí las yemas de sus dedos en mis párpados. – Te has convertido en un hombre guapísimo y muy atractivo. – Sus labios dejaron un pequeño beso en los míos y abrí los ojos encontrándome a pocos centímetros los suyos.

–Solo para ti. – Ella sonrió.

–No, solo para mí no. Seguro que tengo que asombrarme por el número de mujeres que te ligaste en Boston. – A pesar de que ella se había esforzado para que su comentario sonase como algo natural y espontaneo, algo en su voz guardaba un profundo recelo. Fruncí el ceño.

– ¿Mujeres que me ligué en Boston? – Supuse que ella habría dado por hecho que en Boston seguramente había echado alguna que otra canita al aire, pero sus palabras parecían hacer referencia a muchas mujeres. Y no iba mal encaminada.

–No soy tonta, Edward. El hombre que me encerró en ese almacén de Eclipse que olía a humedad, en lugar de perder experiencia la había aumentado sobradamente.

–No he dicho que lo seas. – Suspiré algo nervioso. – Sí, algo hice. – Me limité a contestar.

– ¿Cuántas? – Hice un mohín reticente. – Solo dime cuántas. Te prometo que no te diré nada. – Puso los ojos en blanco cuando tensé la mandíbula. – ¿Diez? – Elevó las dejas. – ¿Quince? – Después bufó perdiendo la paciencia. – No es tan difícil.

–Es que no lo sé. No iba haciendo una lista ni nada por el estilo. – Le aclaré bajando la cabeza. – Salía cada fin de semana y en ocasiones…

–Termina. – Podía notar el enfado y la tensión de su voz.

–En ocasiones eran dos. – Elevé la cabeza cuando pasaron algunos segundos sin que ella dijese nada.

– ¿Estás tratando de decirme que tú… te acostabas con dos a la vez? – Preguntó con los ojos abiertos de par en par.

– ¡No! – Exclamé recordando lo que Tanya me había contado la noche anterior.

– ¿Entonces? ¿Dos en una noche? – La miré disculpándome. – ¡Joder! – Exclamó dándose la vuelta y quedando boca arriba con un brazo apoyado en la frente.

–Pero ellas no significaban nada. Te lo juro, Bella. El único objetivo que tenía cuando me dejaste era jugar con las mujeres a mi antojo. Me quedé tan mal que no quería abrirme sentimentalmente a ninguna otra mujer. Y aunque hubiese querido habría fracasado en el intento.

–Y supongo que hacías bien las cosas. – Me quedé en silencio un par de segundos hasta dar con lo que se estaba refiriendo.

–Por supuesto, no tienes que preocuparte de nada. Además, me he hecho muchas pruebas durante todos estos años, recuerda para lo que he estudiado. Soy un maniático.

–Sí, menos para fumar y acostarte con mujerzuelas. – Refunfuñó. Después suspiró, parecía estar pensando en algo que no le gustaba.

–Bella…

– ¿Te acostaste con Tanya? – Su pregunta me hizo tragar saliva. Seguía en la misma postura, y parecía realmente enfadada. – ¿Te acostaste con ella o no? – Me apremió. No quería tener que decírselo, pero tampoco iba a mentirle. No quería más mentiras.

–Sí.

– ¿Cuántas veces?

–No lo sé. – Una lágrima cayó por la comisura de uno de sus ojos y me acerqué a ella. – Te juro que no fue nada.

–La odio. – Dijo entre dientes, sorbiendo con la nariz. – No sabes cuánto, y no solo porque te acostaste con ella, sino porque se prestó a colaborar con Mike en esa mentira.

–Anoche la llamé. – Sabía que me la estaba jugando pero en aquel momento tuve la necesidad de decírselo. Me miró con los ojos abiertos como platos y después frunció el ceño realmente irritada.

– ¿Tú? ¿Y para qué la llamaste? Dios, Edward. Te juro que ahora te daría un buen bofetón. – Murmuró con la mandíbula tensa.

–Hazlo si te vas a sentir mejor. – Ella suspiró, volvió a ponerse boca arriba y se cruzó de brazos bajo la manta. – Quería asegurarme de que era ella quien salía en las fotos y de que me diese alguna explicación.

– ¿Y?

–Lo admitió y me dijo que me habían dado escopolamina. – Pareció relajarse un poco, y cambió de postura, quedando otra vez frente a mi rostro. Ahora parecía preocupada.

– ¿Qué es?

–Por lo que sé es una sustancia que anula la voluntad de quien la consume cuando se hace en ciertas cantidades. Hace algunos años, leí algunas noticias que aseguraban que muchos delincuentes la usan para violar a mujeres o para cometer otros delitos. – Suspiré. – Naturalmente, bloqueada como tenía la mente cuando me dejaste, no se me pasó por la cabeza que la hubiesen utilizado conmigo en aquel entonces. Estaba centrado en acabar mis estudios cuanto antes y descargar mi dolor y frustración a través del sexo.

–Siento que tuvieses que pasar por eso. – Mi mano voló a su mejilla. – Aunque no me gusta que hayas estado con tantas mujeres, y menos con esa… – Se calló apretando los labios.

–Ya está, Bella. Las mentiras, tarde o temprano, salen a la luz. Lo que tiene que importarte es que a pesar de todo seguimos queriendo estar juntos, y eso solo puede significar una cosa. – Se me quedó mirando esperando que continuara. – Que estamos hechos para amarnos, que nacimos para eso. – Hizo un gesto de disgusto.

–Lo sé.

–Oye… - La llamé con cautela. Ella me miró esperando que continuara. – Tanya también me dijo que…

– ¿Qué? – Me presionó.

– ¿Por qué no me contaste que te hizo creer que había estado con las dos a la vez? – Dejó de mirarme y se encogió de hombros.

–El mensaje de texto que acompañaba a esas fotos fue muy duro. Y me dolió muchísimo ver con mis propios ojos tu supuesto engaño. – Suspiró. – Pero yo ya odiaba a Tanya antes incluso de ver ninguna foto. Ni si quiera sé cómo se llama la otra chica. Solo salías con Tanya, se supone que la otra hacía las fotos. – Volvió a suspirar.

–Lo siento. No sabes cuánto. – Bella suspiró. – Ojalá hubiese podido ahorrarte todo ese dolor.

– ¿Mantienes contacto con Tanya? – Preguntó en un murmullo.

–No. Solo la llamé para lo que te he dicho. Tanya nunca ha sido amiga mía. – Seguía mirándome con una pequeña duda brillando en sus ojos. Me acerqué a su rostro. – ¿No me crees?

–Sí, pero me pone de muy mal humor pensar que ella y tú… ya sabes. – Sonreí, y me acerqué más, acariciando con la punta de mi nariz su mejilla.

–Contigo todo es diferente.

–Lo sé, pero te tuvo.

–Solo físicamente. No te pongas celosa. – Murmuré rozando sus labios.

–Lo estoy, físicamente ya es suficiente para mí. – Su voz había bajado hasta prácticamente convertirse en un susurro que formaba parte de la suave brisa que de vez en cuando nos acompañaba. – Edward, fue duro darme cuenta de lo que supuestamente me estabas haciendo a mis espaldas. Me veía casada contigo en un futuro, deseaba que pudiésemos volver a reunirnos para que la distancia nunca más se interpusiera entre nosotros. – Suspiró con los ojos brillantes por la fina capa lagrimosa. – Pensé que yo siempre iba a ser la única chica para ti, y que eso era lo más bonito de nuestra relación. – Sonrió entristecida. – No importa si no le diste a ninguna de esas mujeres tu corazón porque el que disfrutaran de ti físicamente, de tus besos, de tus caricias… – Cerró los ojos con fuerza. – No quiero pensarlo.

Pude ponerme en su lugar. Pensar tan solo en que esa sucia cucaracha alguna vez le había puesto las manos encima me ponía realmente de muy mal humor, y más al pensar que todo había sucedido por la inseguridad y la inexperiencia propia de la edad, por no saber afrontar los problemas y por no reunir el coraje necesario para luchar.

–Te entiendo, amor. – Susurré. – Te entiendo. Lo siento. – Murmuré rozando muy suavemente con un dedo el lóbulo de su oreja y la piel de debajo.

Mis labios se pasearon por la línea de su nariz y volvieron a rozar sus labios casi imperceptiblemente al mismo tiempo que mi dedo bajaba por su cuello lenta y tortuosamente. Su respiración parecía aumentar a cada segundo más, hasta que sin poder soportar más toda aquella estimulación, rodeó mi cuello con sus brazos y me besó de forma demandante.

Recibí el golpe de su dulce hálito acompañado de un gemido que se ahogó en mi boca debido al fervor de su ataque. Ejercí fuerza con mis antebrazos a cada lado de su cuerpo, cuando me impulsó hacia ella, para no aplastarla, pero era muy difícil porque ella misma insistía una y otra vez y sus brazos me oprimían hacia su cuerpo. Abrió más los labios y me acarició con la lengua hasta el punto en el que me vi obligado a dejar salir un gruñido de excitación. Los dedos de sus manos tiraban de mis cabellos y sin darme cuenta, de repente me vi sobre ella, entre sus piernas, tirando con mis dientes de su labio inferior y recibiendo un gemido placentero cuando la dureza que se había formado en mi entrepierna se atrevió a rozarse sobre su centro.

–Eres mío. – Jadeó en mi oído, rozando con la punta de su lengua mi lóbulo. Mi erección vibró.

–Tuyo. – Contesté en un susurro junto a su oreja. – Y tú eres mía. Solo mía, Bella. – Mis dientes mordisquearon su lóbulo y ella gimió elevando sus piernas para rodear mi cintura y poder rozarse conmigo.

–Demuéstramelo – Pidió entre besos. –Hazlo.

Me vi cegado por el deseo. Solo podía ser consciente de sus manos en mi pecho bajó las capas de mi ropa. Estaban calientes y sentía mi corazón latir frenéticamente por ella bajo las mismas. Su cadera me invitaba a seguir contestando sus constantes, sinuosos y adictivos movimientos, y mi voluntad se estaba viendo cada vez más reducida.

Abrí totalmente su manta y bajé mi cabeza para comenzar a besar la piel de su abdomen a medida que subía las numerosas capas de ropa que llevaba. Los sonidos de su garganta me estaban enloqueciendo y sentir como se retorcía bajo mi cuerpo me hacía desearla aún más. Pero conforme subía aquellas capas de ropa, la tela acumulada y unida se volvía más gruesa y se ceñía más a su cuerpo impidiéndome que llegara a la piel de sus pechos.

Seguí besándola al mismo tiempo que intentaba regular de nuevo mi respiración. Me di cuenta de que casi había perdido el control, y reduciendo la intensidad de los besos, volví hasta el borde de sus pantalones de chándal.

–Tienes demasiada ropa. – Murmuré dejando un beso más antes de erguirme y darme cuenta de su expresión desconcertada.

–Pues quítamela. – Contestó como si me estuviese diciendo que dos más dos son cuatro.

–Hace mucho frío. – Dije tapándola de nuevo con la manta y tumbándome a su lado.

Pero ella parecía tener otros planes. En un movimiento rápido, se sentó a horcajadas sobre mí colocándose la manta sobre la espalda y comenzó a besarme de la misma forma que antes. Insistente, continuó rozando descaradamente nuestra intimidad y se apoderó de mi cuello, provocándome con cada caricia y cada beso.

–Te necesito. – Susurró moviéndose lentamente sobre mí, con únicamente la tela maleable de algodón de por medio. – Dijiste que hiciera algo, y no he acabado.

–Bella. – Susurré sorprendido por su irresistible impetuosidad. – No voy a desnudarte.

–Pues no lo hagas. Yo solo necesito sentirte cerca. Esto me basta. – Continuó hablando con la voz ronca. – Te excito. – No sabía cuánto más podría soportar. – Y me quieres.

Se silenció después únicamente para seguir besándome y rozando su cuerpo contra el mío sin piedad. Me vi tentado en más de una ocasión por bajarme los pantalones y hacerla mía, pero no era lo que quería para ella. Mi preciosa provocadora celosa, estaba tomando lo que era suyo y entregándose a partes iguales.

Detuve su mano cuando intentó introducirse bajo mis pantalones, pues si dejaba que me acariciase, entonces sí que estaría perdido. Y ya no era un adolescente de dieciocho años al que le costaba mantener a raya su autocontrol. Por muy excitante y urgente que me pareciera la idea de hacerla mía en el prado de nuevo, no iba a exponerme a que ella se enfermase. – ¿Por qué? – Preguntó separándose de mí con la respiración agitada. Dejé de acariciar su espalda por debajo de la ropa y me enderecé.

–Quiero que estés cómoda y caliente. Aquí hace frío, por Dios. ¿Quieres que tu padre me odie más cuando cojas una gripe? – Intenté bromear, pero ella se lo estaba tomando en serio.

–Mi padre no te odia. – Suspiró. – Y no soy ninguna muñeca de porcelana, Edward. – Me besó en los labios. – Aquí estaré cómoda y caliente. Siempre lo he estado. – Musitó acompañando sus palabras con un movimiento de su cadera más que sugerente sobre la parte más despierta de mi anatomía en aquellos instantes. – Te deseo. – Continuó volviéndome a besar.

–Tú te mereces lo mejor. – La contradije.

Ella respiró de forma hastiada y después me miró por un breve segundo como si estuviese sopesando algo. – Aguafiestas. – Me espetó sacándome la lengua, y después se sentó a mi lado. Yo intenté no reírme y miré el reloj, sorprendiéndome.

–Además, deberíamos comer. Te recuerdo que entro a las 03:00 p.m. en el hospital y tenemos que bajar. – Ella asintió seria, y yo no pude evitar acercarme para besarla en la mejilla. – No te enfades. – Después cogí la mochila y saqué los dos sándwiches que había preparado. – ¿No tienes hambre? – Le pregunté poniéndole uno delante. – Son vegetales. He traído dos trozos de tarta de chocolate también. Se los robé a mi madre. – Se me quedó mirando tan seria como antes, pero al final una sincera sonrisa imposible de reprimir se le escapó y negando con la cabeza aceptó el sándwich dándome un fugaz beso en los labios.

Al final nos tuvimos que comer el trozo de tarta con prisas. El ajetreo siempre nos jugaba malas pasadas, sobre todo a mí, que tenía que entrar a trabajar al hospital y no sabía si me daría tiempo a ducharme antes de ir.

Me agradecí a mí mismo el no haber sucumbido a los encantos de la preciosa mujer que me había acompañado toda la mañana. La temperatura, según mi Smartphone, no había pasado los 6,5º y aunque nos habíamos dado mutuamente mucho calor, estaba claro que desnudar a Bella no era una opción por muy excitante que a ella y a mí nos pareciera. Y tampoco era plan de bajarme los pantalones simplemente. Ella merecía mucho más que eso.

Me había encantado pasar con ella la mañana en nuestro prado. Aunque hubiese preferido que el pasado no hubiese hecho acto de presencia, también entendía que ella quisiese aclarar cómo ocurrieron verdaderamente los hechos y saber un poco qué había sido de mi vida durante esos siete años.

–Mañana podrías venir a casa a ver una película. – Le dije cuando aparqué frente a su casa y nos estábamos despidiendo. – Tengo que hacer guardia con mi padre en el hospital por la noche, pero puedes quedarte a dormir si quieres y esperar a que vuelva. – Me acerqué un poco más a su rostro, sintiendo sus manos sobre mi cuello, mis orejas y mis mejillas. – Sería una maravillosa bienvenida. – Murmuré rozando su nariz con la mía.

–De acuerdo. Iré después de comer. – Sus brazos rodearon mi cuello y yo estreché su cuerpo al mío todo lo que el coche permitía. – Gracias por todo lo de hoy.

–Gracias a ti. – Respondí dejando un beso en su cuello y separándome. – ¿Qué harás esta tarde?

–Creo que llamaré a las chicas. – Asentí. – Deberías quedar con Jake, Emmett y Jasper algún día. – Suspiré.

–No quiero forzar las cosas, Bella. – Sonrió apenada.

–Debiste odiarme. Todos se pusieron de mi lado. – Esta vez, quien sonreí fui yo.

–Por más que lo intenté nunca he conseguido odiarte. – Suspiré. – Y anda, no quiero echarte, pero voy a llegar tarde.

–Sí, perdona. Nos vemos mañana. – Se acercó para besarme y después abrió la puerta. – Me lo he pasado bien a pesar de todo.

–Yo también. – Sonreí.

–Hasta mañana.

–Hasta mañana. – Contesté, observando cómo se alejaba hasta desaparecer tras la puerta de su casa.

Conseguí llegar al hospital diez minutos antes. La tarde estuvo bien. Estuvimos repasando algunas intervenciones y hablando sobre los nuevos anticoagulantes orales en la fibrilación auricular. Muy interesante, por cierto, y que logró que el recuerdo de Bella quedase por algunos minutos en segundo plano. Solo había algo que podía trasladar momentáneamente mi atención del foco de Bella, y eso era la pasión por mi trabajo.

Josh y Maira se dirigieron a la cafetería mientras Hanna me acompañó a fumarme un cigarrillo. No había probado el tabaco en toda la mañana pues Bella resultaba ser más adictiva, pero ahora volvía a sentirme algo inquieto y mi cuerpo necesitaba una pequeña dosis de nicotina.

–Necesitaba un poco de aire. – Le dije dando una bocanada a la boquilla.

–Y un cigarro. – Contestó Hanna sonriendo, apoyada en la misma pared, a mi lado.

–Sé que debería dejarlo. – Miré el cigarrillo dándole vueltas con el dedo índice y pulgar.

–Quizá ahora lo consigas. Irradias buen humor. – Sonreí y la miré.

–Será porque estoy feliz. – Ella rio entre dientes y un rubor se expandió por sus mejillas. Sabía que no le era del todo indiferente a Hanna, y estaba en mi deber hacer algo antes de que se hiciese ilusiones.

–Eso parece. Quizá deberíamos volver a salir alguna otra noche con Irina y Josh. La verdad es que me lo pasé muy bien. – Suspiré y me llevé el cigarro a los labios.

–Sí, claro. – Le contesté.

Tenía que decirle algo, pero no sabía cómo. Hanna parecía una buena chica. Había resultado ser introvertida y muy tímida. Sabía que le estaba costando mantenerse a mi lado a solas debido a su personalidad y que estaba haciendo un gran esfuerzo.

–Mañana vienes por la noche, ¿no? – Preguntó después de un par de minutos. Tiré la colilla y sonreí.

–Sí, es la primera guardia que hago con mi padre. – Ella asintió y me di cuenta de que jugueteaba nerviosamente con sus dedos.

–Me preguntaba si te gustaría tomar un café conmigo mañana por la tarde. – Quizá ahora era un buen momento para desilusionarla. El momento que había esperado.

–Me gustaría, Hanna, pero mañana no puedo. – Contesté. – He quedado con Bella. – Sus manos se crisparon y, aunque seguía cabizbaja, conseguí notar como fruncía el ceño.

– ¿Ella es…? ¿La novia de Newton? – Tensé la mandíbula al escuchar esa pregunta, pero intenté relajarme. – Vaya, lo siento. Yo… Edward, no quería decir eso. – Parecía realmente arrepentida y eso me hizo reaccionar.

–No, no, tranquila. Lo comprendo. – Suspiré. – Mira Hanna, pasaron cosas terribles en el pasado que nos obligaron a Bella y a mí a separarnos, pero ahora todo se ha aclarado y volvemos a estar juntos. – Hanna tragó saliva pesadamente y pareció realmente afectada, algo que me hizo sentir mal a mí. Negó con la cabeza, intentando sonreír.

–Ya, pues me alegró, Edward. – Noté que se esforzó mucho para pronunciar esas palabras. – Bueno, tengo que irme a… – Se sonrojó. – Tengo que pedirle algo a Irina. – Y con una sonrisa forzosa se alejó.

Estaba seguro de que había sido una excusa, pero al menos había podido dejarle las cosas claras, y ella ya dejaría de hacerse cualquier ilusión que tuviese que ver conmigo.

Miré la hora cuando desapareció al cruzar la esquina. Me quedaban diez minutos aun, así que decidido y sin poder contenerme, saqué el móvil para marcar el número de Bella.


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Pues hasta aquí hoy, chicas :). Todo tranquilo... por ahora ;) Vamos a ver cómo sigue el asunto...

Muchas gracias por vuestros reviews!

Un besazo enorme! Nos leemos el lunes