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Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer
EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA
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XXIII
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Me repantingué en el sofá después de comer y allí me quedé medio grogui mientras miraba la televisión. Esa mañana había ido un rato al gimnasio y después había ido a ver a mi madre. Me había hecho prometer que un día no muy lejano llevaría a Bella a casa porque tenía muchas ganas de vernos juntos y poder comprobar con sus propios ojos que estaba pasando de verdad.
Era increíble como el malhumor y la aversión que hacía poco tiempo sentía hacia las mujeres e incluso hacia mí mismo había desaparecido cuando la verdad salió a la luz. No era plato de buen gusto para nadie enterarse de que una persona que alguna vez había sido muy cercana había jugado con tu vida, destrozando la tuya y la de la persona que más te importaba, pero si tenía que buscar consuelo en algo, al menos podía pensar que nada de lo que había creído durante esos siete años había ocurrido de verdad.
Aun no me había encontrado a Mike después de lo que había pasado en estos días, pero sabía que pronto pasaría, y no sabía qué reacción iba a tener. Quizás darle la razón a Bella de que nos vendría bien alejarnos de Forks sería la elección que más nos convendría a ambos, y no solo a ella. Aun así no podía dejar de pensar en mi madre, quien parecía que nunca le bastaba el tiempo que iba a visitarla desde mi regreso, y el trabajo que desempeñaba junto a mi padre en el hospital.
Había estado preparándome todos esos años porque mi ilusión siempre había sido poder trabajar con él, pero era cierto que, después de lo que había pasado, quedarme en Forks no era viable si cabía la posibilidad de encontrarme a Mike en cualquier momento. Lo odiaba por lo que me había hecho, pero sobre todo por lo que le había hecho a Bella.
Mis párpados se abrieron de golpe cuando escuché el timbre y pasándome varias veces las manos por el rostro y los dedos por los ojos me dirigí hacia la puerta sintiendo como mi cuerpo reaccionaba ante la ansiosa y esperada visita de mi preciosa chica.
–Hola. – Murmuré al abrir la puerta.
–Mmm. – Respondió ella dejando un dulce beso en mis labios.
–Tenía ganas de verte. – Susurré volviéndola a besar.
Volvía a sentirme yo mismo cuando estaba con ella. Jamás había tratado a ninguna otra mujer del mismo modo que lo hacía con Bella, porque ninguna otra me había llegado al corazón. Era capaz de anularme la voluntad si ella lo deseara, y sería capaz de hacer cualquier cosa que me pidiera por hacerla feliz.
Esa tarde se había puesto unos zapatos de tacón y venía acompañada por una pequeña bolsa de deporte. Me la colgué del hombro y caminé junto a ella hacia el comedor. No sabía si iban a gustarle las películas que había escogido, pero siempre podíamos hacer otra cosa si ninguna le llamaba la atención.
Me ausenté un segundo para dejar la bolsa en mi habitación y cuando regresé estaba mirando las películas que había apilado sobre la mesa de centro. Tenía las piernas cruzadas, desnudas a causa de una falda que al menos le tapaba los muslos. Eran deliciosas, e intenté concentrar mi visión en algo que no fuera la sedosa piel blanca que se dejaba ver a través de sus finos pantys oscuros.
Me quedé de pie frente a ella detrás de la mesa de centro mientras observaba las películas.
–Hamlet. – Hizo una mueca con los labios como si le hubiese sorprendido y gustado al mismo tiempo. – Psicosis. Mmm. – Negó con la cabeza con los ojos muy abiertos. – El crepúsculo de los dioses. Buena elección. –Comentó. – 2001: una odisea del espacio. – Asintió. – ¿La Bella y la Bestia? – Se llevó una mano a la boca para reprimir una carcajada y yo me encogí de hombros sonriendo. – Oh, Los puentes de Madison y Casa Blanca. – Después rio entre dientes al ver la siguiente. – El Mago de Oz. Sí, señor. Con derecho a roce. – Hizo una mueca de aprobación. – No me importaría volverle a ver el culo a Justin Timberlake. –Y… Star Wars. – Elevó una ceja divertida mirándome tras sus largas y oscuras pestañas. – ¿En serio?
–Me ofende pensar que no recuerdes que significa para mí Star Wars. – Era la primera película que se lanzó de la serie de Star Wars en 1977, y a mí me encantaba.
–Era tu película preferida, ya lo sé. – Saqué las manos de los bolsillos de mis vaqueros y me senté a su lado con las cejas alzadas. – No me digas que sigue siendo tu preferida. – Sonrió divertida.
– ¿Tiene algo que objetar, señorita Swan? – Ella rio.
–No. Pero me sorprende. – Dijo dándole la vuelta a la carátula.
–Pues no sé por qué. Es buena. – Ella apretó los labios aguantándose la risa. – Y además, tiene un valor sentimental para mí. Me la regalaste en VHS y la vimos muchas veces juntos. Incluso el día que nos besamos por primera vez en mi habitación, después de terminar el trabajo de biología, la vimos. – Bella me miró en silencio. – Me ha parecido que tenía derecho a tener la oportunidad de ser elegida. Y la verdad es que pensaba que a ti también te gustaba, pero si no es así tienes otras cuantas para elegir. Y tengo más guardadas. Las más antiguas las cogí de casa de mis padres, pero hay más películas actuales. – Soltó el DVD de Star Wars que había alquilado sobre la mesa y cogió mis manos.
–A mí me apetece ver cualquier película de estas. Es más, ¿por qué no las vemos todas? – Fruncí el ceño. ¿Todas? – No ahora, claro. Poco a poco. Bueno, menos Psicosis, por favor. – Me miró con ojos de corderito degollado y pestañeó varias veces. Sonreí negando con la cabeza y la atraje a mi cuerpo.
–Lo estás diciendo para que no me sienta mal.
– ¡No! Venga, vamos a ver Star Wars. ¿Sí? – Me sonrió antes de dejar un sonoro beso en mi mejilla. Suspiré.
– ¿De verdad te apetece verla?
– ¡Qué sí!
– ¿Hago palomitas? He comprado cuando volvía de casa de ver a mi madre. – Me levanté y cogí la manta que descansaba en el respaldo del sofá para ofrecérsela.
–Vale, pero no tardes mucho. – Contestó sonriendo. – Quiero ver a Chewbacca y C-3PO.
Los minutos que tardó el maíz en hacerse en el microondas se me hicieron eternos al pensar que Bella me estaba esperando a tan solo unos pocos metros de la cocina. Las yemas de mis dedos me hormigueaban exigiéndome estar en contacto con ella. Estaba preciosa con esa falda de tubo azul marino y esa blusa blanca de manga larga.
Las palomitas duraron poco. Cuando acabamos, se quitó los zapatos de tacón y se tumbó en el sofá, apoyando su cabeza en mi regazo y recolocándose la manta. Había apagado las luces para ver mejor la película, y durante las dos horas que duró, por primera vez estuve más pendiente de Bella que de lo que pasaba en el filme.
Cada pocos minutos la miraba, y acariciaba su cabello, su cuello, su hombro. La quería como nunca antes la había querido, y eso ya era muchísimo. Poco antes de acabar la película cerró los ojos y sus labios se entreabrieron quedando relajada y dormida. Ni siquiera me preocupé por verla terminar, había algo mucho más interesante que reclamaba mi entera atención: el precioso rostro de mi chica descansando tranquilamente sobre mis piernas.
No pude evitar pensar en si Mike alguna vez la habría tenido de esa forma tan natural y hermosa como estaba ahora, descansando sobre sus piernas. Quise pensar que su relación era diferente y que ella jamás se entregó a él del todo, que había mantenido algunas reservas. Que jamás habría podido relajarse con él de la misma forma que hacía cuando estaba conmigo, o que jamás habría podido reírse con las mismas ganas y sinceridad con las que se había reído junto a mí hacia un rato. Ella me pertenecía a mí y yo le pertenecía a ella.
Me moví debajo de ella estirándome con cuidado, tratando de no despertarla, para coger el mando de la televisión y cambiar a otro canal. Pero no lo conseguí. Se puso boca arriba y flexionó las rodillas.
–Mierda. ¿Me he dormido? – Elevé una ceja.
–Creo que has terminado aburriéndote. – Ella refregó sus ojos con los puños y se irguió, sentándose a mi lado.
–No es eso.
La manta se había movido al ritmo de ella y había dejado uno de sus muslos al aire ya que la falda también había ascendido bastante. Alcancé a ver un centímetro de algo oscuro, parecido al encaje, rodear su pierna y me removí incómodo a su lado al sentir un latigazo en mi entrepierna.
–Vas a volverme loco. – Musité.
–En serio. Me estabas acariciando y he debido relajarme. – Suspiró. – Tienes unas manos maravillosas. – Sonreí al ser consciente de que no me había entendido.
– ¿Cómo de maravillosas? – Mi sonrisa se convirtió en una sugerente proposición cargada de intenciones también maravillosas. Me acerqué a ella de manera sinuosa.
–Muy, muy maravillosas. – Murmuró devolviéndome la sonrisa y acunando mi rostro.
– ¿Crees que aún pueden ser más maravillosas? – Pregunté rozando sus labios con los míos.
–Mmm, ¿por qué no lo intentas?
La habría llevado a mi cama cuando la recibí en mi casa. Justo en el momento en el que su rostro apareció tras la puerta, la habría cogido en brazos y habría caminado impaciente hasta mi habitación para calmar el deseo acumulado desde hacía dos días. Pero había algo que estaba por encima de mis propios deseos y eran los suyos y su bienestar. Por eso me había negado a hacerla mía en el prado.
Sus labios volaron hacia los míos y comenzó a dejar besos insinuantes. Parecía que no tenía prisa o que estaba tratando de colmar mi autocontrol para que la tomase en ese mismo instante, pero no iba a hacerlo. Respondí a sus besos mordiendo el suyo inferior y jadeó. Llevé mis manos a su cabello y mientras una se enterraba en sus hebras, la restante se dedicaba a acariciar su cuello para bajar por su pecho por encima de su camisa, su cintura, su cadera hasta llegar a aquella parte de ella que había estado deseando desde que había entrado. La suavidad de sus medias oscuras me recibió a la altura de sus rodillas. Y seguí ascendiendo…
–Dios, ¿Qué llevas? – Pregunté jadeante al notar la liguilla rodear uno de sus muslos.
Ella se separó de mí con una risita insinuante y bajó sus manos hacia su falda para subirla más aún. Mi miembro vibró al corroborar lo que mi mente se había estado imaginando desde que había visto al descubierto ese centímetro de encaje rodear su pierna. Las medias le cubrían tres cuartas partes de sus preciosas piernas y estaban adornadas con unas liguillas de encaje negro. Pero además, eso no era todo, pues parecía que estaban sujetas con un portaligas. Tragué saliva pesadamente.
– ¿Te gusta? – Su voz estaba llena de elegante provocación y no pude evitar acortar la distancia que nos separaba para cogerla en brazos y llevarla a mi habitación. No podía perder un solo segundo más.
–Me encanta.
–No, ¿dónde vas? – Apreté la mandíbula cuando ella seguidamente comenzó a juguetear con el cuello de mi camiseta y paseaba incitantemente la punta de su lengua por la base de mi cuello.
–A la cama.
–Aquí, Edward. – Volví a tragar saliva.
–Pero… – Ella se levantó después de calzarse los zapatos de tacón al mismo tiempo que ponía su dedo índice sobre mis labios.
–Aquí. – Repitió. Después se dio la vuelta. – ¿Me bajas la cremallera? – Mis manos deseosas no pudieron llegar tan rápido, como a mí me hubiese gustado, a su cintura para bajarla.
La ayudé también a bajarla, acariciando deliberadamente sus piernas. El largo de la blusa llegaba justo a la parte donde terminaba su trasero y empezaban sus muslos. Se giró respirando agitadamente desprendiendo seguridad y sensualidad a partes iguales. Sus manos comenzaron a desabrochar los botones de su blusa y se la quitó dejando que cayera al suelo.
Me quedé observándola durante algunos segundos abstraído y encandilado por la hermosa y placentera visión de la que mis ojos estaban siendo testigos. Tenía una de sus manos sobre su cintura y una de sus rodillas levemente flexionada. Me fijé en la sensualidad de las bandas negras elásticas que sujetaban las medias con ganchos y que descendían de aquel trozo de encaje ubicado a la altura de su cadera del mismo color. Justo encima de su plano y precioso abdomen, su pecho ataviado con aquel sujetador también negro de encaje, que parecía hacer juego con sus pequeñas braguitas, realzaba su pecho de una manera increíble y extraordinaria.
Me dejé caer en el sofá, abatido por la increíble belleza que se encontraba frente a mí y excitado sin piedad. –Si querías matarme, deberías haber tenido la gentileza de avisarme antes, porque estoy muriendo de la forma más dulce que alguna vez me he podido imaginar. – Escuché un suspiro proveniente de ella y alcé mi mirada a su rostro.
Parecía complacida. Aún estaba oscuro pues no había encendido la luz, pero la iluminación del televisor me bastaba para apreciar su encanto y su atractivo. Alcancé el mando a mi lado para silenciar las voces y me erguí hacia delante para dejar un casto pero sugerente beso en la parte baja de su abdomen.
Una de sus manos me acarició la cabeza y la elevé para mirarla. Se le veían los ojos muy brillantes a pesar de la tenue luz que desprendía el televisor. Paseé mis manos por su cintura, y bajé hasta detenerme en el encaje del portaligas.
–Estás preciosa. – Se inclinó, pellizcó mi barbilla y dejó un dulce y lento beso en mis labios antes de apartarse y comenzar a quitarse esas prendas que al final conseguirían volverme loco.
– ¿No piensas quitarte la ropa? – Preguntó inclinada mientras desenganchaba sus medias, ofreciéndome una visión insuperable del volumen de sus pechos.
–Ahora mismo estoy muy entretenido con algo más interesante. – Se mordió el labio bajando poco a poco la media restante y se quedó únicamente con sus braguitas y sujetador.
–Entonces tendré que ayudarte. – Murmuró inclinándose para deshacerse de mi camiseta.
Fue imposible que me contuviera a acariciar de nuevo sus piernas, esta vez sin el estorbo de las bandas y las medias, que aunque le quedaban increíblemente bien, no superaban su desnudez. Mis labios besaron su cuello y fueron descendiendo hasta el nacimiento de sus pechos cuando ella trataba de quitarme los vaqueros. Jadeó.
–Agradecería un poco de colaboración. – Susurró en mi oído dejando un beso en mi lóbulo. Me levanté y me deshice de mis pantalones y mis bóxers respondiendo a su petición.
–Eres increíble. – Murmuré bajando sus braguitas. – Mis manos maravillosas no pueden compararse con nada referente a ti. – Continué mientras acariciaba sus nalgas. – Mi Bella. – Se sentó a horcajadas sobre mí.
–Edward. – Susurró sobre mis labios, llevando sus manos a su espalda para quitarse al fin su sujetador.
– ¿Por qué no me dejas llevarte a la cama? – Mi miembro vibró entre los dos cuando comenzó a dejar pequeños mordiscos en mi cuello.
–Porque te empeñas en tratarme como si fuera a romperme en cualquier momento. – Fruncí el ceño sin entender a qué se estaba refiriendo. Ella me miró cuando acuné su rostro. – No voy a desaparecer.
– ¿Qué…?
–Te deseo. – Su mano voló a mi palpitante erección. – Ahora, aquí. – Entorné los ojos al sentir la presión de su mano ascender y descender sobre mí y sus labios sobre mi cuello.
–Solo quiero darte lo que te mereces. Nunca has dejado de ser una princesa. – Se me hacía muy difícil hablar cuando mi cuerpo estaba sintiendo todas aquellas sensaciones que solo ella era capaz de emerger de él. Mi corazón palpitaba rápido y fuerte bajo mi pecho.
Mis manos se pasearon por su espalda y pronto se alzó sobre mí para después dejarse caer poco a poco. Me sorprendió que estuviese tan preparada cuando apenas había tenido la oportunidad de acariciarla debido al estado fascinado al que me había visto sometido. – Tu princesa. – Musitó con la voz ahogada en placer.
–Sí.
Comenzó a moverse lentamente sobre mí, mientras nuestros labios y lenguas se acariciaban al mismo ritmo que nuestros cuerpos se balanceaban. Nunca en la vida podía haberme imaginado que volvería a tenerla de la forma en la que ahora estaba sobre mí cuando hacía pocos días incluso había parecido muy capaz de agredirme.
Acaricié su punto más sensible para ayudarla a llegar al éxtasis junto a mí, y volvió a ser increíble una vez más. Nada podía compararse con ello. La tenía sobre mí, gimiendo y abrazándome fuertemente como si no quisiera dejarme ir nunca. Y yo solo podía corresponderla de la misma manera porque ahora nada ni nadie sería capaz de separarnos.
–Tú sí que eres maravillosa. – Musité sobre la piel de su cuello, aun con la respiración agitada.
–Tú también. – Contestó abrazándome más fuerte.
–Aun no sé porque te has negado a ir a la cama. – Movió su rostro aun escondido en mi cuello.
–Te deseaba aquí. En el sofá. – Su voz era un hilito muy fino a punto de romperse.
–Al menos no estábamos al aire libre con todo ese frío que está haciendo ahora. – Ella rio.
–Te deseo en cualquier lugar, Edward. Y quiero tenerte en cualquier lugar.
–Está bien. – Suspiré, dejando un beso en su mejilla. – ¿Te apetece un cigarro?
–Mmm… – Murmuró. – Si lo compartes conmigo. – Sonreí, y cuando se bajó de mi regazo me agaché para coger la caja de uno de los bolsillos traseros de mis vaqueros. Lo encendí y se lo pasé.
– ¿Quieres que prepare un baño? – Se le iluminaron los ojos.
–Me encantaría volver a bañarme contigo. – Respondió después de soltar el humo del cigarro y pasármelo.
– ¿Te acuerdas del día que Esme llamó a la puerta del baño? – Reí al acordarme.
Mis padres se habían ido todo el día con los padres de Bella a una de sus famosas excursiones. Y nosotros dos habíamos decidido quedar con los chicos por la mañana para pasar un rato juntos, yo jugar un partido de fútbol y estar un rato en la playa. Después almorzamos en casa, y la comida dio paso a un postre muy dulce, por lo que preparé un baño para los dos.
–Ni me lo recuerdes, qué vergüenza.
–Te pusiste como un tomate. – Ella sonrió. – Luego no querías salir.
–No sé qué debió pensar…
–Que nos estábamos divirtiendo o relajando. – Me encogí de hombros. Y le volví a pasar el cigarro después de darle otra calada.
–Aun así, prefiero no acordarme. – Rio. – Al menos aquí nadie nos pillará. – Se llevó de nuevo el cigarro a los labios.
–Ajam. Voy a prepararlo. – Le quité el cigarro, di un par de caladas seguidas y un beso cuando solté el humo antes de alejarme al baño.
…
– ¿Emmett sigue con la escayola? – Le pregunté a Bella. No había vuelto a verlo desde aquel día en el hospital.
Ella estaba acurrucada en mi cuerpo, sentada a mi lado en el sofá. Tenía la cabeza apoyada en uno de mis hombros, y las piernas descansaban flexionadas y relajadas sobre las mías. Después del baño, nos entró hambre así que, aunque era un poco temprano, decidimos cenar. Y ahora nos estábamos acariciando de forma perezosa. No quería ir a ningún sitio.
–Sí, le dijeron que tenía que llevarla unas tres semanas, aunque no para de moverse. Rose se enfada con él cada dos por tres. A veces no me puedo creer que vivan bajo el mismo techo. – Añadió, dejando transparentar una pequeña sonrisa.
– ¿Viven juntos? – Pregunté haciendo círculos imaginarios con un dedo en su espalda.
–Sí, en una casita cerca del instituto, desde hace unos meses. Lo decidieron así cuando volvieron. – Fruncí el ceño y dejé de acariciarla extrañado.
– ¿Han estado separados? – Bella se removió vagamente y suspiró.
–Sí. La verdad es que se armó un lío increíble. Emmett empezó a trabajar en el mismo bufete en el que trabajaba Rose en Port Angeles poco tiempo después de que ella empezara. Ella se hizo muy amiga de una abogada que parecía ser que le gustaba Emmett. – Hizo una pausa, rodeando con uno de sus dedos uno de mis pectorales lentamente. – Creo que Rose vio un SMS de ella en el móvil de Emmett bastante sugerente y ya sabes que ella es muy impulsiva. Lo dejó sin que él pudiese explicarse.
Sabía a qué se refería, y podía recordar la personalidad absorbente que tenía Rose en ocasiones con Emmett. Eran una pareja muy peculiar. Él tan alto y fuerte, y a la misma vez tan ingenuo y ávido por satisfacer todos los deseos de su novia. Ella preciosa a ojos del género masculino; el ideal femenino de muchos hombres del pueblo si no fuera por su aspecto frío y la personalidad arisca y posesiva que la caracterizaba. No dudaba de los sinceros sentimientos de Rose hacia Emmett, pero a veces sí que había sido testigo de algunas injusticias entre la pareja.
Aunque no solía preocuparme demasiado porque Emmett era feliz junto a ella y la amaba tal como era. Y ese era el principal precepto en una relación. No importaba cuan injusto lo pudiesen ver otras personas de forma objetiva, solo lo hacía el bienestar, la necesidad y el amor que encontraban el uno en el otro estando juntos.
– ¿Y qué pasó al final? – Pregunté curioso. Ella dejó un beso en mi pecho.
–Que Rose se anticipó a los hechos y antes de que Emmett pudiera hablar con esa mujer y dejarle claro que no tenía la más mínima oportunidad, Rose ya le había dado unos buenos tirones de pelo y le había ordenado a Emmett que no se acercara a ella en un radio de 20 km. – Rió entre dientes. – Ahora me rio, pero estuvieron sin hablarse al menos seis meses.
–Veo que Rose sigue siendo igual de orgullosa. – Mis dedos volvieron a enterrarse en su cabello.
–Sí.
–Y adivino que a Emmett le costó muchísimo encontrar una oportunidad para hablar con ella.
–Rose lo evitaba en el bufete, aunque estaba destrozada. Soy testigo de ello. – Suspiró. – Nunca la había visto llorar de esa forma. En la vida. – Friccioné uno de sus brazos con mi mano y le planté un beso en la cabeza. – Pero por más que Alice, Leah y yo intercedíamos por Emmett, no había manera.
–Es increíble como una situación que para alguien puede ser insignificante se puede volver en su contra. – Comenté, compadeciéndome de Emmett y de mí. Después algo se me vino a la cabeza, mientras continuábamos acariciándonos en silencio. – ¿Sabes que hubo un pequeño periodo de tiempo en el que, aun sumergido en toda la mentira de Mike, había querido volver contigo? – Ella irguió la cabeza y me miró interrogante. – Aun no sabía que estabas con Mike, pero continuabas atrayéndome inexplicablemente a pesar de todo el daño que pensaba que me habías hecho. Y la noche que te traje aquí, te sentí como hacía siete años, y quise olvidarlo todo. Pensé que tú habías sentido lo mismo.
–Lo sentí. – Contestó acariciándome la mejilla con una de sus manos. – Pero no podía permitir que volvieras a hacerme daño de la misma manera que lo habías hecho siete años atrás. Por eso me fui. – Yo respondí a su leve sonrisa, y me acerqué para dejar un beso en sus labios. – Mi relación con Mike jamás fue un cuento de hadas para mí por más que él se esforzara, y cuando llegaste lo revolviste todo con tu sola presencia. Comencé a discutir con Mike más a menudo, e intenté dejarlo un par de veces pensando que no se merecía que yo estuviese pensando en ti mientras salía con él. – Suspiró agachando la cabeza. – Incluso le confesé lo que pasó esa noche que vine aquí por primera vez después de que tú se lo dijeras. – Se encogió de hombros y yo me sentí mal por haberle causado un problema. – Pero él me lo perdonaba todo y se llenaba la boca de insultos dirigidos a ti. – Se me tensaron los puños en su espalda.
– ¿Te hizo daño alguna vez? – Ella negó con la cabeza. Y, al menos, eso me dejó más tranquilo. Después volvió a acurrucarse en mi pecho.
–Te quiero, Edward. – Musitó dejando un beso en mi cuello.
–Y yo a ti, preciosa.
Se quedó dormida poco después. Así que reuniendo las pocas ganas que tenía de moverme de donde estaba, cuando el reloj marcó las 10:30 p.m., la cogí en brazos para llevarla hasta mi cama. Me fijé en sus delicados rasgos una vez más mientras descansaba; en sus ojos cerrados, en su boca entreabierta, en sus mejillas arreboladas. Y me di cuenta de que mi cuerpo seguía siendo muy vulnerable ante aquella visión preciosa, y sobre todo una parte de mi anatomía en especial. Negué con la cabeza con una sonrisa, acordándome de aquel día en la playa en el que Emmett se carcajeó de mí cuando se enteró que Bella me excitaba cuando estaba dormida.
Me sentí bien dándome cuenta de que verla dormida seguía provocándome tanto como hacía siete años. Así que antes de que me convirtiera en una causa perdida, decidí alejarme después de dejar un beso en su frente.
– ¿Edward? ¿Te vas? – Habló en voz baja y con los ojos cerrados.
–Sí, cariño. – Sonreí acariciándole el pelo. – Duerme tranquila.
Ella bisbiseó algo ininteligible, antes de que su respiración volviese a ser pausada y constante.
Llegué a las 07:15 a.m. a casa con los ojos casi cerrados. Nunca antes había hecho guardia, y la verdad era que lo único que me había mantenido despierto habían sido los dos cafés que me había tomado, y una intervención de urgencia que nos había surgido. Había estado casi toda la noche hablando de temas, que en cualquier otro momento del día me habrían parecido muy interesantes, pero no en ese momento, cuando pensaba en Bella metida bajo las mantas con sus mejillas rosadas y descansando tranquilamente.
Estaba boca arriba, con el cabello esparcido por una de las almohadas, y una mano junto a su rostro, tapada con las mantas hasta el cuello. Sonreí complacido mientras me quitaba la ropa, al ser recibido en mi casa por aquella preciosa mujer.
Nada más tumbarme a su lado, ella se removió y abrió los ojos con dificultad, mirándome por un segundo desconcertada. Después se relajó.
–Soy yo. – Susurré acercándome a ella.
–Menos mal que ya has vuelto. Te he echado de menos. – Uno de sus brazos rodeó mi pecho y acomodó su cabeza en mi hombro. – ¿Estás muy cansado? – Preguntó para después alzar sus labios de manera perezosa hasta mi cuello y dejar un suave y dulce beso.
–Sí. – Fue lo único que salió de mis labios, cerrando los ojos, y atrayéndola a mi cuerpo.
–Entonces descansa.
No fui capaz de contestar a nada más. Me sumergí en el mundo de los sueños pocos segundos después, complacido y contento de que aquella preciosa mujer se quedase a mí lado abrazada.
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Bueno, chicas. Hasta aquí. Un poquito de tranquilidad y relax para estos dos, que se lo merecen después de tanto tiempo :) El viernes volveré a subir capítulo. Espero que lo hayáis disfrutado.
Muchas gracias por los rr!
Un besazo enorme
