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Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA


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XXV


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Volví a la cama con el cigarro a medio acabar y me metí en ella sonriendo a causa la mirada que me había lanzado Bella al verme aparecer desnudo. Parecía haberse recuperado totalmente de la última culminación a la que nuestros cuerpos y corazones habían llegado. Estaba sentada, con la espalda apoyada en la cabecera de la cama, las mantas sobre su cuerpo y con un cigarro recién encendido.

– ¿Tienes idea del hombre tan increíblemente atractivo en el que te has convertido? – Después rio como si ella misma hubiese encontrado la respuesta, acercándose a mí. Rodeé sus hombros con mi brazo y la acerqué más a mi cuerpo. Ella dejó un beso en mi cuello. – Por supuesto que debes saberlo.

–Supongo que algo de eso debe ser verdad cuando tú has decidido estar conmigo. – Se separó para mirarme desconcertada, y yo aproveché para darle otra calada a mi cigarro. – Bueno, tú te has convertido en la mujer más atractiva que conozco, así que debería estar a tu altura. – Ella sonrió negando con la cabeza, pero era una sonrisa contenida. – Hablo en serio. – Continué diciendo cuando ella bajó la mirada y suspiró. Llevé el dorso de la mano con la que sostenía el cigarro a su mentón e hice que me mirara. – Eres preciosa, y Dios mío, te has convertido en un pecado andante. Cuando andas con esos tacones… – Ella sonrió y se acercó para darme un beso en los labios. Yo aproveché y tiré del suyo inferior.

–Supongo que tienes razón. Somos una pareja la mar de atractiva. – Reí.

Nos quedamos un par de minutos en silencio, disfrutando de nuestra compañía mientras nos acabábamos el cigarro. – Edward… – Me sorprendió el tono contenido con el que pronunció mi nombre.

– ¿Qué pasa? – Pregunté dejando un beso en su frente, al mismo tiempo que estiraba el brazo hacia la mesilla para dejar su cigarro con el mío ya acabado. Ella tenía la cabeza apoyada en mi hombro.

– ¿Tú…? – Fruncí el ceño. – ¿A ti… te gusta…? – Me separé de ella y cuando la miré tenía el labio inferior entre los dientes. Suspiré.

– ¿Qué te inquieta? – Me miró indecisa entre sus pestañas, y juro por Dios que me la habría comido a besos si mi curiosidad no hubiese sido mayor.

–Siempre eres muy dulce conmigo.

–Me gusta ser dulce contigo. – Contesté sonriendo, pero ella no contestó a mi sonrisa como yo esperaba. Me miró una vez más entre sus pestañas.

–Yo… – Suspiró. – Me tratas de diferente manera a cuando me secuestraste en aquel almacén de Eclipse o cuando vine a reclamarte que le habías pegado a Mike. – Pensé en lo que acababa de decirme, y recordé la manera en la que le había hecho el amor aquella vez que venía hecha una furia para defender a esa cucaracha.

–Te deseaba como un loco. No podía soportar ver como flirteabas con algún otro, o la manera en la que defen…

–Me gustó. – Dijo cortándome. Fruncí el ceño. – De verdad, me gustó.

–Pero… – Me quedé sin saber qué decir. Mi deseo por ella seguía siendo el mismo, pero deseaba hacerla sentir como la princesa que seguía siendo para mí. Sin embargo, me estaba diciendo que le había gustado la rudeza y la brusquedad con la que la había tratado aquellas veces.

–No quiero que me malinterpretes, me encanta también cuando eres dulce y tierno conmigo, Edward. – Posó una suave mano en mi mejilla y por primera vez, después de más de la media de segundos en los que alguien pestañea, lo hice yo. – Pero me excitaron muchísimo esas situaciones. – Reí entre dientes.

–De modo que esas tenemos, señorita Swan. – Su sonrojo me hizo sonreír con más ganas, y no pude contener la caricia del dorso de mi dedo índice sobre su piel enrojecida. – Lo tendré en cuenta. Si no estabas conforme con esto, deberías haberlo dicho antes.

–No, claro que me gusta. Es más, dudo que jamás haya sentido todo lo que tú me haces sentir cada vez que hacemos el amor. – Sellé sus labios con un beso.

–Te he entendido, preciosa provocadora. – Arrugó la frente.

– ¿Provocadora? ¿Yo?

– Sí, tú. – Contesté dándole un leve toquecito a la punta de su nariz. – Siempre tentándome.

–Yo no soy ninguna provocadora.

–Eso cuéntaselo a tus tacones, a esos pantalones que te quedan tan malditamente bien y a esos vestiditos que te pones para ir a Eclipse; ya hablaremos de ellos, ya… – Dije fingiendo ponerme serio.

– ¿Cómo que ya hablaremos de mis vestidos? ¡Si crees que voy a deshacerme de mi ropa porque el señor no está conforme con alguna de mis prendas, estás muy equiv…! – Presioné mis labios sobre los suyos para que se callara. Cuando me separé, se perdió en mi mirada un segundo antes de volver a atacarme verbalmente. – Con un beso no vas a conseguirlo. Mi ropa me define, y no voy a tirar nada. – Me hizo gracia que se estuviese tomando tan en serio mi comentario y no pude reprimir una sonrisa. Eso pareció ofenderla más. – Tú crees que sí, ¿no?

–Estoy seguro de que si me lo propongo podría convencerte… – La mirada que le lancé a continuación fue una amenaza carnal que la hizo tragar saliva.

– ¿Estás jugando conmigo? – Preguntó con la voz baja y ronca a medida que me acercaba más a ella hasta cernirme sobre su cuerpo, dejándola boca arriba.

– ¿Tú que crees? – La punta de mi nariz se paseó lentamente por debajo de su oreja y por su cuello.

–Edward…

–Te quiero, Bella. – Susurré elevando la cabeza para mirarla. Tenía los ojos entrecerrados por la excitación.

–Yo también te quiero.

–Déjame amarte una vez más. – Le pedí besándola en los labios después.

Y entonces el amor se encargó de mantenernos distraídos los siguientes minutos.

Al día siguiente dejé a Bella durmiendo para irme a trabajar al hospital. Odiaba tener que dejarla tan temprano sola cuando lo que más me apetecía era quedarme abrazado a ella, pero el hospital me reclamaba, y tenía que cumplir con mi deber también. Sabía que ella tampoco estaría mucho más en la cama porque tenía que ir a trabajar a la taberna de Walter al mediodia y quería escribir antes de irse.

No era de mi gusto que estuviese trabajando allí, porque sabía que Mike podía aparecer en cualquier momento. Me resultaba extraño que después de tantos días no me lo hubiese topado de alguna forma, pero no me preocupó en exceso tampoco, pues seguía estando muy ocupado con Bella. Aun así seguía sin agradarme la idea de que Bella estuviese tan expuesta a un encuentro con esa cucaracha.

Cuando salí del hospital y llegué a mi apartamento, Bella aún no había llegado. Habíamos quedado en que la iría a recoger a su salida a las 6:00 p.m. para ir a casa de mi prima. Emmett y Rose también iban a ir. Jake se había disculpado diciendo que no se encontraba muy bien anímicamente, y Leah se había excusado de la misma manera. Me sentía triste por ellos, porque alguna vez habían sido personas muy importantes en mí vida y ahora no les deseaba nada de lo que estuviesen pasando.

– ¡Joder! ¿Quieres dejar de darme con el codito? – Emmett a mi lado, sin quitar la vista de la televisión de plasma y darle con los dedos a su mando, me dio más fuerte aun.

–Intento matar a todos los prometeos que aparecen, Emmett. – Intenté explicarme.

– ¡Vete a la mierda! – Exclamó.

No recordaba el nombre del videojuego, pero aunque hacía muchísimo tiempo que no jugaba a uno, tenía que admitir que no se me estaba dando tan mal. Emmett, en cuanto me había visto aparecer con Bella, me trató como si nunca hubiésemos dejado de vernos y tratarnos, algo que al principio me desconcertó un poco, pero tras la primera partida, ese desconcierto se transformó inmediatamente en familiaridad, y ahora hablábamos los dos como hacía siete años. Emmett parecía no haber cambiado mucho.

– ¿Y dices que no has tocado una Xbox en todo este tiempo? – Negué con la cabeza, pagado de mí mismo. – ¿Y qué coño has hecho entonces? – Me encogí de hombros.

–Un día tenemos que organizar un partido, me acuerdo de lo buenos que éramos juntos, Emmett. –Él me dio un golpe en el pecho.

– ¡Eso está hecho! Tengo muchas ganas. – La sonrisa con sus dos característicos hoyuelos se abrió paso entre sus labios y crujió los dedos de su mano.

–Espero que para entonces Jacob se encuentre mejor. – Comentó Jasper.

Después de cenar, Emmett, Rose, Bella y yo nos retiramos temprano. Bella y yo estábamos realmente cansados, y la verdad era que necesitábamos irnos a dormir si no queríamos terminar abrazados a los cojines que descansaban sobre el comodísimo sofá que adornaba el comedor de Alice y Jasper.

Ese lunes no tuve que ir al hospital, aunque Bella tenía que ir al mediodía a la taberna de Walter. Me desperté con su brazo rodeando fuertemente mi cintura y su cabeza apoyada en mi hombro. Ella no acostumbraba a quedarse a dormir todas las noches en mi apartamento, pero sí los fines de semana, así que trabajara o no, los adoraba. Apenas eran las 09:00 a.m., y quise deleitarme observando un poco más la forma en la que seguía sumida en aquel sueño tan profundo. Como siempre, aquella visión despertó en mi cuerpo aquel deseo que casi nadie podía entender, y que yo apenas podía controlar. Había algo en su manera de respirar de forma acompasada, en la forma de sus labios entre abiertos, y en el color de su piel que provocaban que mi cuerpo reaccionara así. Sonreí llevando mi dedo índice a su mejilla para acariciarla muy sutilmente sin querer despertarla.

Cada vez que pensaba en todo el tiempo que habíamos pasado separados por culpa de Mike, quería matarlo. Nadie tenía derecho a jugar con la vida de las personas y con sus sentimientos, y él lo había hecho de forma egoísta sin importarle en absoluto lo que ella o yo pudiésemos sentir, y sin importarle aquella relación tan fraternal que compartíamos. Había actuado sin escrúpulos para conseguir su objetivo, y eso jamás podría perdonárselo. Lo que más temía era que se volviesen a encontrar en algún momento y él la molestase. Y no solo eso. Me moría de celos solo de pensar en que él tuviese la oportunidad de dirigirle una palabra, fuese la que fuese. Por eso, después de haberlo pensado durante algunos días, decidí que lo que Bella me había comentado de irnos a Seattle tampoco era tan mala idea.

Era un hombre egoísta y rencoroso que lo único que deseaba era que esa cucaracha jamás volviese a tener la oportunidad de acercarse a mi pequeña provocadora. Que jamás volviesen a compartir una mirada, ni una palabra. Demasiado daño nos había hecho ya, como para permitir que tuviese la mínima oportunidad de acercarse a alguno de los dos. Pero la razón más importante y de mayor peso era el futuro de Bella. Ella tenía razón, necesitaba ir a otro lugar para ejercer la carrera que había estudiado de la forma en la que a ella le gustaba. Tenía derecho a cumplir su sueño también.

–Mmm. – Un murmullo ronco salió de su garganta y se removió, acariciando con su mano mi estómago.

–Buenos días. – Musité, dejando un beso en su frente. Ella abrió los ojos y me sonrió.

–Muy buenos. – Contestó acercando sus labios a los míos y dejando un beso en ellos. Llevé mi mano a su cintura y la estreché más a mi cuerpo. – Qué bien se está aquí. – Yo reí entredientes.

–Ojalá pudiésemos quedarnos todo el día en la cama. – Besé su frente otra vez. – Podría conformarme con estar así toda la vida. – La que rio esta vez fue ella.

–Vago.

–Señorita, tendría que retirar eso al final. Estoy seguro. – Volvió a reír.

– ¿Y qué harías para conseguirlo? – Su tono de voz se transformó en un ronroneo muy sugerente que envió un latigazo a mi ya endurecida entrepierna. Me acerqué a ella y la besé en los labios.

–Muchas cosas que te encantarían. – Ella sonrió y volvió a besarme.

Estaba convencido de que una vida no bastaría para saciarme de ella y de sus besos, por eso tenía que hacer todo lo posible para llegar al nivel máximo de felicidad que nos fuera posible. La quería y la deseaba como nunca lo había hecho con nadie. Y quería demostrárselo día tras día.

Pronto quedó a horcajadas sobre mi cuerpo mientras seguíamos besándonos y nuestra respiración seguía en aumento. Se separó y me miró con un brillo especial en los ojos, con la felicidad y la dicha apuntando directamente a los míos.

–Vayámonos a Seattle. – El desconcierto cruzó su mirada de repente. –Hagámoslo. Dejemos todo esto atrás. – Volví a susurrar, paseando mis manos por sus muslos. – ¿No era lo que querías? – Negó con la cabeza en un gesto de incredulidad mientras sonreía, y se dejó caer a mi lado.

– ¿Estás hablando en serio? – Ahora su sonrisa era tan ancha que podía iluminar toda la habitación.

–Claro que sí. Jamás bromearía con algo así. Quiero irme contigo, quiero que nos vayamos de aquí. – Ella se mojó los labios y suspiró. – Quiero que nos alejemos de Forks y empecemos una nueva vida. – Después frunció el ceño.

–Pero tú… ¿Qué va a pasar con el hospital? ¿Con tu padre? – Sonreí, porque sabía que terminará preguntando algo así.

–Hablé con él. Mi contrato acabará en unos días. Mi padre conoce a una eminencia de la cirugía en Seattle con quien le une una gran amistad.

–Yo me refiero a tu sueño. Tu padre y tú juntos… – Me enterneció que se acordara de ello, y eso me hizo sonreír, llevando una de mis manos a su rostro para acunarlo.

–Mi sueño eres tú. Siempre lo has sido. – Se quedó perpleja y sus mejillas se colorearon levemente. – Seré feliz donde esté tu felicidad. Y si ese lugar es Seattle, no hay más que hablar.

–Pero… Pero tengo que encontrar trabajo. – Elevé una ceja.

–Estoy seguro de que lo conseguirás. La semana que viene podrías pedirle un día a Walter para ir y buscar algún apartamento. Tendríamos que comenzar a mirar algo por alguna agencia que tenga una web por internet para empezar.

–Dios, eso sería genial. – Dijo llena de ilusión, acercándose a mi rostro para besarme en los labios.

–Te quiero. – Sonrió enternecida, y volvió a besarme hasta quedar de nuevo a horcajadas sobre mi cuerpo, pero esta vez sin que ninguno de los dos volviésemos a interrumpir lo que más deseábamos en esos momentos.

Me quedé en mi apartamento cuando Bella salió a trabajar. Había salido con una enorme sonrisa e irradiando felicidad y satisfacción a su alrededor. Sabía que iba a ser muy difícil que alguien pudiese cambiar su humor un día como aquel. Me había dejado su currículum con una lista de direcciones de correo electrónico de diferentes editoriales de Seattle que hacía un tiempo ya había recogido para que yo me encargase de enviarlos.

Fui a ver a mi madre cuando acabé. Desde que Bella y yo habíamos vuelto parecía mucho más sonriente y complacida. Me riñó porque hacía días que no había ido a verla, pero detrás de ese pequeño reproche sus ojos brillaban felices, así que no me preocupó. Sabía que estaba feliz por los dos, y más contenta se puso cuando le conté que poco a poco todo en mi vida iba volviendo a su lugar porque mis amigos poco a poco también me iban aceptando de nuevo en sus vidas. Pero no tomó de la misma manera la noticia de que pronto volvería a abandonar Forks.

–No estés triste. – Le pedí.

–No, cariño. No estoy triste. – Me contestó dándome un pequeño apretón en la mano. – Sólo es que acabas de llegar y ya te vuelves a ir. – Suspiró y se encogió de hombros sentada a mi lado en el sofá. – Pero esta vez sé que estarás bien porque te irás con la mujer de tu vida. Y sé que Bella te cuidará tanto como tú lo harás con ella. – Sonreí.

–Gracias mamá.

– ¿Bella y tú vais a cenar por separado para Acción de Gracias? – La miré disculpándome con la mirada.

–Me comprometí a cenar en casa de los Swan. – La sonrisa de mi madre fue comprensiva, aunque en sus ojos brillaba la desilusión. – El año que viene cenaremos aquí los dos. – Ella asintió.

–Lo comprendo, hijo. – Suspiró. – Y me hace muy feliz que tú lo seas con ella. – Acarició con una de sus manos mi mejilla. – Bella es tu futuro. Me conformaré con teneros aquí el año que viene. – Concluyó más conforme, dejando un beso en mi mejilla.

Poco a poco, los días seguían pasando, incluido el de Acción de Gracias. Cada día Bella se dedicaba a enviar currículums a Seattle desde su casa. Había notado el cambio cada vez más notorio de opinión de Charlie en cuanto a mí se refería, y, para mi sorpresa, la noticia de que Bella y yo nos fuésemos a Seattle la había tomado realmente bien. Renee se había vuelto loca, y me había hecho prometer que pronto iría a cenar alguna noche a su casa.

Alguna tarde me había escapado con los chicos a jugar un partido en La Push mientras observaba como Bella hablaba con sus amigas de toda la vida. Esos pequeños detalles hacían más veraz el cambio que había hecho mi vida. Para mí había sido muy fácil acostumbrarme a estar con las personas que habían compartido alguna vez grandes etapas de mi vida, y me agradaba darme cuenta de que para ellos el cambio había sido igual de natural que lo era para mí.

Jake se había cortado el pelo. Después de muchos años de tener aquella melena oscura como el tizón que le sobrepasaba los hombros, había decidido que un nuevo aspecto le vendría bien para sobrellevar mejor su separación con Leah. Realmente estaba muy afectado porque no deseaba hacerle daño a una de las mujeres que más habían significado para él, pero es bien cierto que a nadie se puede hacer feliz si uno mismo no lo es. Y Jake no era feliz con ella.

Nuestra relación se había estrechado con el paso de los días. Había compartido momentos con Jake, Emmett y Jasper en los que el único objetivo era apoyarlo en la decisión que había tomado y animarlo, pero otra veces había quedado con él a solas. La conexión especial que siempre había habido entre los dos no había desaparecido y eso era como vivir la amistad sin la necesidad de forzar nuestros comportamientos, algo que estaba convencido, de que habría provocado que nuestra relación no funcionase bien de no ser así.

Mis amigos también se habían alegrado por la decisión que habíamos tomado al querer irnos a Seattle, incluidos Angela, Ben, Yuu y Damon. Incluso Alice pensaba que necesitábamos salir de aquel pueblecito para vivir sin la presión de un pasado tormentoso, del cual era responsable un ciudadano que también residía en el mismo lugar. Aunque para mí era como si se lo hubiese tragado la tierra, porque por más que pasaba el tiempo no había manera de tener un encontronazo con él. Y no era que desease verlo, porque era lo que menos me apetecía en esos momentos, pero tampoco me gustaba su actitud.

– ¿En serio nos vas a abandonar? – La pregunta de Irina impregnada de pena provocó que mi sonrisa desapareciera en seguida.

– ¿Es que no te alegras por mí? – Se detuvo en el acto, en medio de uno de los pasillos del hospital con la tabla con pinza entre sus brazos, pegada a su pecho. Suspiró.

–Sí, claro. – Después sonrió, o al menos lo intentó. – Es solo… que te voy a echar mucho de menos, Edward. – Respondí a su sonrisa.

–Te prometo que vendré seguido, y Josh y tú podéis venir a visitarnos cuando queráis. – Ella dio un paso hacia mí acortando un poco más la distancia que nos separaba, y sus ojos del color del cielo se clavaron en los míos con una intensidad agradable.

–Mereces ser feliz. Eres un gran hombre, Edward.

–Tú también eres una mujer increíble, Irina. – Su sonrisa se ensanchó y entrelazó su brazo con el mío para seguir caminando.

–Josh se va a desesperar cuando se entere.

–No te creas. Sigue estando loco por ti. Lo superará. – Comenté entre risas.

–De verdad que te apreciamos muchísimo aquí.

–Lo sé. No solía verme con claridad, tú me lo dijiste una vez, pero estoy comprendiendo que hay gente a la que de verdad le importo.

– ¿Se lo has dicho a Maira? Esa mujer te adora.

–Esta mañana. – Sonreí acordándome de su reacción. – Se ha colgado de mi cuello. Casi me deja sin respiración. – Comenté de forma burlona.

–No te metas con ella. – Me reprendió.

–Jamás lo haría. Se porta muy bien con todos. – Me encogí de hombros, e Irina volvió a detenerse.

–Vamos a echarte mucho de menos, pero estoy segura de que todos deseamos que seas muy feliz estés donde estés. – Volví a sonreír.

–Gracias, Irina. – Le agradecí, y ella me abrazó.

Se había convertido en una gran amiga, y sabía que también iba a echarla de menos, pero la dejaba en las manos de Josh, y no habría mejor persona que cuidase de ella. Estaba seguro. – Cullen, las manos quietecitas. – La voz de Josh interrumpió nuestra demostración de afecto y nos separamos con una pequeña sonrisa. Josh se adueñó de la cintura de su novia al segundo siguiente.

– ¿No vas a contárselo a él también? – Preguntó maliciosa la que pensaba que era mi amiga. Suspiré y le solté la noticia a Josh.

–He hablado con Walter y se alegra de que me hayan llamado ya de McGregor Publishing Co. – Le sonreí al techo, con el teléfono pegado a mi oreja.

– ¿Quién no se alegraría? – Le pregunté. – Tú te mereces lo mejor. – Ella rio. – Entonces mañana tenemos el día hecho. Estoy seguro de que esa entrevista irá genial.

– ¿Has hablado con el amigo de tu padre?

–Sí, mientras tú estés en tu entrevista yo iré a hablar con él también.

– ¿Y si no me va bien? – Puse los ojos en blanco.

–Irá bien, cariño. – Escuché su suspiró nervioso. – ¿Te recojo en media hora? – Ella esperó unos segundos.

–Sí, hoy no ha habido mucha gente.

– ¿Está vacía?

–Un poco. Se han pasado por aquí Irina y Josh. – Sonreí.

–Sí, me dijeron que se pararían un rato.

–Me caen muy bien los dos.

–Son muy buenas personas, y yo les debo mucho.

–Ya solo por eso se han ganado un hueco en mi corazón. – Suspiró. – En fin, aunque no haya gente, tengo que dejarte.

–Nos vemos en nada.

–Hasta ahora. – Se despidió antes de colgar.

Hacía unos tres días que habíamos ido a Seattle a buscar un apartamento y habíamos encontrado uno que nos había interesado mucho porque aparte de ser económico estaba ubicado a pocos metros del Parque Kinnear, un lugar lleno de árboles, a simple vista excelente para pasear de la mano junto a la mujer de mi vida y escapar del estrés palpable de la ciudad de vez en cuando. Sin duda pensaba que habíamos hecho una buena elección. No era muy grande, y quizás las paredes necesitaban una mano de pintura, pero era un lugar decente para comenzar nuestra aventura.

Podía imaginarnos viviendo una vida juntos lejos de Forks. Podía vernos pasear, esperar a que el otro viniese de trabajar, salir a divertirnos, ver la televisión juntos sentados en el sofá… Deseaba tener una vida junto a ella lejos de todo lo que había pasado, y estaba seguro de que podríamos ser felices en Seattle.

Treinta minutos después de la llamada de Bella, salí de mi apartamento directo a la Taberna de Walter deseando volver a ver a Bella. Hacía tres días que ya no trabajaba en el hospital, y me sentía realmente extraño sin tener nada que hacer. Solo esperaba que al día siguiente todo fuera bien en Seattle. Al menos, ahora que me encontraba sin ir al hospital, me entretenía más en el gimnasio y leyendo un libro que me había recomendado mi padre y con el que podía seguir ampliando mis conocimientos.

Justamente había dejado atrás mis pensamientos de cardiología sobre el libro que me estaba leyendo de Braunwald, cuando una visión me hizo detenerme al otro lado de la calle frente a la Taberna. Era una reacción que no llegaba a comprender, porque mientras mi mente deseaba llegar a grandes zancadas hasta el lugar en el que Bella estaba de espaldas hablando, o eso parecía, con Mike, mis pies se habían clavado en la acera. Tampoco era capaz de abrir la boca, la tensión se había apoderado de mi cuerpo.

Mike tenía el ceño fruncido y una expresión de súplica le cruzaba la expresión facial frente a Bella. Tenía los brazos extendidos hacia ella, y podía leer una clara intención en su mirada azul de querer acortar la distancia para abalanzarse sobre ella. Desgraciadamente, para mi sorpresa, fue ella quien avanzó un paso, y elevó una de sus manos para coger una de las de él. Me di cuenta de que mi mente y mi cuerpo se habían vuelto a coordinar cuando sentí como tensionaba más la mandíbula y como mis manos se cerraban en puños fuertemente, y entonces pude moverme, aunque no lo rápido que a mí me hubiese gustado.

Jamás apenas seis o siete metros me habían parecido tanta distancia, y tuve la impresión de que mi mente luchaba por calmar los instintos que tenía mi cuerpo de volver a golpearlo a medida que me iba acercando.

– ¿Qué está pasando aquí? – Al escuchar la furia que empapaba mi voz, la mano de Bella se soltó inmediatamente de la de Mike y, con los ojos abiertos de par en par, se giró.

–Edward…

–Siempre en medio. – Farfulló él. – Estaba hablando con Bella, y nos acabas de interrumpir. – Su osadía lo único que hizo fue enfurecerme más y di un paso hacia él cargado de ira.

– ¡No! – Exclamó Bella, agarrando con sus manos fuertemente mi brazo. – Vámonos, Edward. Por favor. – Suplicó.

Mi respiración agitada y la rabia hacia la persona que tenía delante me empujaban a terminar de avanzar hacia Mike y darle un buen golpe merecido, pero intenté pensar en frío al escuchar y sentir en mi propio cuerpo, a través de la presión de sus manos en mi brazo, el ruego de mi pequeña provocadora. Odiaba a Mike, y odiaba el hecho de que ella le hubiese tendido la mano. Odiaba el sentimiento de furia que había conseguido emerger de mí y que se apoderaba de mi cuerpo cada vez que pensaba en todo lo que nos había hecho.

Deseaba eliminarlo de mis recuerdos o no haberlo conocido nunca, porque la amistad que habíamos tenido hacía años lo único que había conseguido era acrecentar aquel sentimiento de odio hacía él.

–Por favor. – Volvió a suplicar Bella.

Respiré hondo, y advirtiéndole una vez más en silencio a su mirada, llena de petulancia y reto, que no se acercase más a Bella, rodeé con mi mano un brazo de ella por encima del codo y casi la arrastré hacia el coche. Arranqué sin querer emitir ni una sola palabra de mis labios para evitar hacer estallar una discusión, pero la mujer que tenía en el asiento de al lado no parecía ser consciente realmente del nivel al que podía llegar mi enfado.

–Edward… – Murmuró después de un largo minuto, y yo aceleré. – ¿Quieres ir más despacio? – Apreté el volante más fuerte, tratando de ahogar mi rabia. – Dime algo, por favor. – Suspiró al recibir únicamente mi silencio. – No te pongas así.

– ¿Qué no me ponga así? ¿Y cómo coño quieres que me ponga, Bella? – Vociferé sin poder soportar más su insistencia. – ¿Tengo que ignorar que mi novia le haya dado la mano al gilipollas que consiguió que nos separásemos? ¿Crees que tengo que soportarlo? ¡Joder! ¿Piensas que para mí es agradable ver que se te acerca ese mal nacido?

–Tienes que tranquilizarte. – Respiré hondo.

–Créeme que lo estoy intentando, pero es muy difícil. – Contesté con la voz contenida, entredientes.

–Jamás te cambiaría por él.

– ¡Lo hiciste una vez!

– ¡Eso no es verdad! ¡Edward, por Dios! Intenta tranquilizarte si no quieres que me vaya a casa. – Sonó firme en su amenaza y eso lo único que consiguió fue enfurecerme más.

– ¡Pues vete si es lo que quieres! – Gruñí saliendo del coche, ya aparcado frente a mi apartamento, pero en seguida me arrepentí. Bella endureció su gesto al mirarme cuando también salió del coche. – Joder… – Murmuré. – No he querido decir eso. – Intenté disculparme. – Es solo que…

Estábamos separados aun por el vehículo, y me di cuenta de que mi estado no iba a ayudarme en absoluto. Quería respirar y que el oxígeno consiguiese aclarar un poco la imagen que había visto fuera de la Taberna de Walter, pero lo único que conseguía recordando una y otra vez ese momento, era aumentar mi ira.

Bella pareció notar mi incontrolable nerviosismo en esos momentos, pues no salió disparada caminando en ninguna dirección. Aun así, su gesto evidenciaba su desacuerdo en cuanto a mi reacción.

–Sube conmigo, por favor. – Miró al cielo encapotado de Forks pareciendo encontrar algún antídoto para curar mi rabia antes de enfocar la vista en mí.

–Vamos. – No encontré ningún rastro de emoción en aquella palabra, pero decidí no empeorar la situación y hacerle caso.


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Bueno, pues sí, era el indeseable de Mike... Vamos a ver cómo sigue todo esto en el próximo capítulo... :P Y ains... que se van a Seattle...! El jueves volveré con el siguienteee!

En fin, muchísimas gracias por los rr :)

Un besazo enorme!