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Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA


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XXVI


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Caminamos hasta entrar en mi apartamento, y el espacio limitado lo único que consiguió fue aumentar la tensión que ya se había establecido hacía apenas unos minutos entre nosotros. Bella se sentó en el sofá del comedor con las piernas cruzadas, moviendo insistentemente su pie enfundado en el zapato de tacón azul marino. Siempre se cambiaba sus cómodos mocasines por esos endemoniados tacones que tan bien le quedaban antes de salir de la taberna.

Yo no pude sentarme. Me quedé de pie, mirando hacia un lado y hacia otro sin encontrar las palabras necesarias para empezar a decir algo, mientras cruzado de brazos, ejercía fuerza sobre los bíceps.

–Ha venido a pedirme disculpas. – Rompió el silencio Bella de repente, muy seria. Fruncí la frente agrandando los ojos sin poder creer lo que acababa de escuchar. Después me eché a reír incrédulo.

– ¿Disculpas? – Solté otra carcajada y di un paso hacia ella. – Y por supuesto, tú crees que habla en serio. – Ella frunció el ceño algo molesta y se aclaró la garganta antes de ponerse en pie frente a mí.

–Estás lleno de odio. – Elevé las cejas.

– ¿Es que tú no lo odias? ¡Nos hizo polvo! – Me pellizqué el puente de la nariz y comencé a caminar intentando calmarme. – De modo que le crees. – Bufé. – Otra vez. – Remarqué. – ¡No me lo puedo creer! ¿Es que no has aprendido? – Le pregunté exasperado.

–Edward, evidentemente no está en mis planes volver a tener una relación de amistad con él. No puedo olvidar que por su culpa pasamos siete años engañados pensando lo peor del otro. – Me detuve al otro lado del comedor y me di la vuelta.

– ¿Entonces? Soy incapaz de entenderte. – Ella avanzó despacio hasta mí, hasta quedar a un metro.

–Las personas somos más felices si perdonamos. O al menos eso es lo que yo creo. – Me dolió que dijera eso cuando ella no había sido capaz de perdonarme antes de saber la verdad.

–Pero no cuando ha habido tanta maldad en sus actos. – Contesté. – ¡Le has dado la mano! – Grité, rodeando sus brazos con mis manos para acercarla bruscamente hasta mí, perdido entre las sensaciones de ira y desesperación que me presidían en aquellos momentos. – ¿En qué estabas pensando?

– ¡En perdonarle! ¡Eso no significa que te vaya a dejar o que él quiera volver a hacer algo! ¡Sería imposible, Edward! – Mientras hablaba con la furia controlando su voz, sus manos intentaban deshacerse de mi agarre sin éxito.

–No te das cuenta de nada. – Gruñí.

– ¡Claro que sí! ¡Me doy cuenta de que el odio te controla cuando tú antes no eras así! – Contestó, apuñando mi jersey y acercando mi rostro al suyo.

– ¿Es que acaso para ti no ha sido suficiente todo lo que ha hecho? Obtuvo de ti más de lo que jamás hubiese querido que tomara. ¡Mucho más, Bella! – Una vez más, angustiosas y repugnantes imágenes, en las que esa cucaracha la hacía suya, y que mi mente cruel e insensible era capaz de proyectar, acudieron a mi mente sin que pudiera evitarlas.

–No… – Murmuró con su nariz pegada a la mía. Su voz baja, no impidió que su corta respuesta sonara con el fervor y la frustración de alguien que se siente decepcionado y a la vez dolido.

Nos quedamos unos segundos observándonos en silencio. Sus ojos parecían los de un depredador irritado apuntando los míos con la furia de una tormenta tropical en sus oscuras profundidades. Pero había un destello que delataba otro estado. Quizá el tamaño de sus pupilas dilatadas era el que traicionaba el deseo que se había despertado en ella.

Nuestra respiración había aumentado debido a la discusión, y me estaba dando cuenta de que tanto ella como yo nos habíamos excitado. Mis manos seguían rodeando con fuerza sus brazos, y las suyas seguían acercándome a ella con la misma intensidad que yo lo hacía con ella, pero tirando de mi jersey. Los dos enfurecidos por motivos diferentes, tratando de hacerle entender al otro su punto de vista. Y eso activaba el deseo en mi cuerpo. El fuerte carácter que nunca antes había conocido en ella me excitaba hasta el punto de querer tomarla allí mismo, y no precisamente de forma lenta y suave.

Pronto pareció ser consciente de la tensión sexual que nos había envuelto de repente también. La punta de su nariz se movió por mi rostro de forma tortuosamente lenta y sus labios besaron los míos, provocadores. Era imposible ignorar las sensaciones que ella producía en mí, y sentir el tacto de la piel de sus labios sobre los míos fue el detonante que mi cuerpo necesitó para explotar. Trabé mi boca en la suya y la besé con una necesidad apremiante, recibiendo por su parte la misma urgencia.

Sus manos dejaron de apoderarse de mi prenda y presionaron mi cabeza más hacia ella, dejando escapar un gemido. Las mías dejaron libres sus brazos para descender por su espalda hasta alojarse en cada una de sus nalgas para levantarla del suelo. Ella reaccionó rodeando mi cuerpo con sus piernas, y mientras seguíamos besándonos de la misma forma, dejando que nuestras lenguas entrasen en juego, caminé con ella hasta la mesa grande, la que se encontraba más cerca de nosotros, para sentarla allí y comenzar a deshacerme de su ropa.

– ¿Esto era lo que querías? – Murmuré sobre sus labios, al mismo tiempo que mi mano abría el botón de sus vaqueros ceñidos y urgía por meterse bajo sus braguitas. – ¿Te excita esto? – Ella respondió con un profundo gemido cuando mis dedos se deslizaron entre sus jugosos pliegues. – Estás tan húmeda. – Mi respiración se volvió más espesa. – Me matan los celos cada vez que me imagino que él te tuvo de esta manera.

–Edward, por favor. – Susurró con la respiración tan agitada como la mía. – Para mí siempre has sido el único. – Jadeó con fuerza cuando rodeé su clítoris. – Tú, solo tú.

Sus manos descendieron por mi pecho y abdomen, desesperadas por tocarme o por demostrar lo que acababa de decirme, hasta que lograron meterse bajo mi jersey. Me separé de ella solo para quitármelo por la cabeza, y para no perder más tiempo, le quité el suyo, rompiendo su sujetador en el acto y llevándome un gemido de sorpresa, por su parte, que me excito más.

–Salvaje. – Susurró llena de deseo, mientras con sus piernas y sus brazos me acercaba más a ella. – Eres un salvaje, pero me encantas.

Yo gruñí, y la besé al mismo tiempo que me deshacía de sus tacones y sus vaqueros y braguitas, dejándola completamente desnuda. – Tú a mí también. – Susurré volviéndola a besar, mientras una de mis manos se dedicaba a tirar de uno de sus pezones y la otra seguía estimulando su sexo empapado. – No vuelvas a hablar con él. – Mientras mis manos seguían trabajando, deslicé mi boca por su clavícula hasta llegar al seno desatendido.

– ¡Ah! – Gimió cuando mordí su pezón, y sus brazos me acercaron más a ella. Al no escuchar ninguna otra respuesta de sus labios, me detuve. – ¡Edward! – Se quejó. La punta de mi nariz, mientrastanto, acariciaba circularmente, de forma muy superficial, su pecho.

– ¿Vas a volver a hacerlo? – Pregunté de nuevo.

–No sé. – Susurró con dificultad, moviendo su pecho e incitándome a que lo mordiera. Sabía cuánto lo deseaba, su cadera estaba inquieta también.

– ¿Quieres que te ayude a aclararte? – Le pregunté suavemente, elevando mi rostro a la altura del suyo, y cambiando el tormento de mi nariz sobre su pecho por uno de mis dedos sobre el otro.

–Por favor. – Suplicó. – Te necesito.

–Dime, ¿Volverás a dirigirle la palabra? – Mi dedo se deslizó por su pecho dirección al sur y rodeó su obligo antes de pasearse por la zona en la que sus cuidados rizos comenzaban.

–No, ¡no! – Exclamó desesperada, moviendo la pelvis.

– ¿Seguro? – Volví a preguntar deslizando esta vez mi dedo por el principio de sus pliegues hasta acariciar muy suavemente su clítoris para después retirarlo hacía el inicio. Ella gruñó.

– ¡Sí! –Volvió a decir. – Por favor, Edward.

–De acuerdo. – Observé como su boca se abría con el gemido que soltó, cuando mi dedo índice se deslizó en su interior y el pulgar masajeó su clítoris.

Sus pechos subían y bajaban al ritmo de su agitada respiración y yo me incliné para besarlos, obteniendo un seguido de gemidos por su parte. Después paseé mi lengua hacia arriba y besé su cuello y su mandíbula hasta volver a sus labios que me recibieron gustosos, pero sin poder acallar los sonidos del placer que mis dedos la hacían sentir.

Sentía mi miembro imposiblemente erecto bajo la tela de mis vaqueros, y lo único que deseaba era deshacerme de ellos para poder entrar en la gloria de su cuerpo, pero era capaz de aguantar unos segundos más. Aunque fue ella la que deslizó las manos por mi pecho y desabotonó mis vaqueros para deslizarlos junto a los boxers por mis piernas y comenzar a acariciarme.

–No sigas. – Le pedí. – Quiero estar dentro de ti.

–Pues hazlo, yo también te quiero dentro. Muy dentro. Quiero sentirte completamente dentro de mí. – Me incitó con la voz ronca. Después deslizó la punta de su lengua por mi labio inferior.

Gruñí, antes de llevar una de mis manos a la parte más baja de su espalda y la acerqué al borde de la mesa para después abrirme paso en su interior de un solo envite que envió una sacudida eléctrica por todo mi cuerpo. Bella inclinó su cabeza hacia mi hombro y lo mordió ahogando un sonoro gemido. Yo acaricié su espalda un segundo antes de salir de su cuerpo para volver a entrar con la misma fuerza. Esta vez sus uñas se clavaron en la parte superior de mi espalda.

Éramos llamaradas de fuego resplandeciendo insistentemente. Su cuerpo quemando el mío con cada caricia desde el centro de mi cuerpo, y el mío quemando el suyo desde su interior. Sus piernas y brazos eran como enredaderas alrededor de mi cuerpo, dificultándome los movimientos con su fuerza pero tornando nuestro encuentro mucho más fogoso, excitante y apasionado. Aun sintiéndome enteramente en ella, deslicé una de mis manos por su suave y húmeda espalda.

–Más. – Jadeó con su boca pegada a mi cuello.

Mi otra mano se deslizó entre ambos y acaricié sus pechos para después dirigirme hasta su clítoris al mismo tiempo que empujé contra su cadera. El fuego se acumuló en el lugar en el que nuestros cuerpos se unían hambrientamente, enviando oleadas de placer desde el centro a las extremidades. Aunque lo intentaba, no podía alejar de mi mente la imagen de Bella con la mano de Mike, y la rabia y los celos me cegaron, provocando que mis acometidas fuesen más bruscas. Pero a ella no pareció importarle; contra todo pronóstico, sus gemidos contenidos lograron salir de entre sus labios, con los ojos cerrados. Y eso me animó a sacar mi rabia de aquella manera.

–Edw… ard. – Suspiró casi ininteligiblemente, con la voz entrecortada y ronca.

Mis manos se deslizaron hasta su trasero, y ella rodeó con más fuerza mi cuello. Ahora ya no estaba sobre la mesa, y sus movimientos y la nueva postura, facilitaban aún más la profundidad de nuestro encuentro. Podía sentir sus pechos deslizándose sin ninguna dificultad sobre mi torso, clavándome sus pezones. Notaba el movimiento de su abdomen al compás del que hacía su cadera para encontrarse con la mía en cada empujón que yo daba. Sentía el calor emanar desde el centro de mi cuerpo en todas direcciones, el dolor placentero de sus uñas clavadas en mis omóplatos, nuestro aliento entre mezclado frente a la boca del otro, las torpes y ansiosas caricias que nuestras narices se dedicaban, sus pestañas acariciando mis mejillas cuando abría y cerraba los ojos…

No, ella jamás se sintió así con nadie. La tenía sobre mí, haciéndola mía de aquella manera tan primitiva y visceral, deshaciéndose entre mis brazos por el enorme placer que la embargaba. Y el mío no era menor. Sentía aquel calor casi doloroso recorrer cada fibra de mi ser hasta alojarse en mi estómago: insistente, burbujeante, agradable, adictivo, excitante… Solo ella podía hacerme sentir así. Rodeó mi cuello con sus brazos de la misma forma que una serpiente estrangula a su presa y siguió gimiendo hasta llegar a su ansiada cúspide. Pocos segundos después me dejé llevar también por el placer y llegué a la mía, desplomándome sobre su cuerpo.

Se quedó tumbada en la mesa, cuando al terminar conseguí apoyarla allí, con mi torso sobre su cuerpo, sus piernas aun tensas alrededor del mío y mi rostro escondido en su cuello. Y entonces, fui consciente de la brutalidad del encuentro. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, debido a la falta del oxígeno que mis pulmones exigían, levanté la cabeza encontrándome su rostro con los ojos cerrados y los labios hinchados abiertos, tomando aire. Respondió casi en un susurro y un gran esfuerzo un mejor que nunca, a la pregunta que había conseguido formular, y más tranquilo descansé un poco más sobre ella.

Cuando recuperé mi respiración, la cogí en brazos y la llevé a la cama para que estuviese más cómoda. Terminé de quitarme los pantalones y los boxers, cogí el paquete de tabaco y encendí uno para ella y otro para mí. Apoyó su cabeza en mi hombro, y yo rodeé los suyos con mi brazo libre, mientras fumábamos en silencio. La había sentido diferente esta vez. La delicadeza con la que siempre la trataba se había esfumado de repente para transformarla en algo mucho más animal. La necesidad y la lujuria unidas para desencadenar una descarga física increíble.

¿Esto era a lo que se refería cuando me repetía que no era una muñeca de porcelana? Era consciente de que ella había disfrutado tanto como yo. La miré y sonrió mientras expulsaba el humo del cigarro. Parecía satisfecha; mucho realmente. Y eso me hizo sentirme ufano y orgulloso.

Se estiró sobre mi cuerpo para dejar su cigarrillo consumido sobre el cenicero de mi mesita de noche, me quito el mío de la boca para apagarlo también, y después, sorprendiéndome, sacó dos cigarrillos más. – ¿Otro? – La miré frunciendo el ceño. Ella jamás solía ofrecerme cigarros después del sexo. Se me ocurrió una idea impulsiva, que no estaba seguro de poder cumplir, pero que estaría encantado de comprometerme si ella también lo hacía. – ¿No crees que deberíamos firmar un acuerdo, sellar un trato, o no sé, algo para dejarlo? – Pregunté mirando los cigarrillos que aun sostenía entre sus dedos. Ella se quedó pensativa, mirándolos también.

– ¿El doctorcito comienza a preocuparse? – Preguntó de forma burlona, acercándose hasta dejar un beso en mis labios.

–Bella, que fume no significa que no sepa lo nocivo que es el tabaco. Y la verdad es que me preocupa que tú lo hagas. – Ella puso los ojos en blanco. – Si tú te comprometes a dejarlo, yo también lo haré. – Eso pareció gustarle, pues intentó reprimir una sonrisa de satisfacción mordiéndose el labio. Se sentó a horcajadas sobre mí.

– ¿Qué propones? – Me preguntó con una sonrisa receptiva.

Cogí los cigarrillos de su mano y los dejé sobre la mesita de noche, inclinándome sobre su cuerpo hasta dejar su cabeza a los pies de la cama, y acerqué mi rostro al suyo. Tenía la impresión de que mi oferta iba a ser irresistible.

– ¿Qué te parece si cada vez que tengamos ganas de fumarnos uno de esos asesinos hacemos otras cosas más divertidas y sanas? – Pregunté en un susurro. Ella mordió sus labios con una sonrisa y miró los míos que se morían por besar los suyos.

– ¿Qué cosas? – Cuestionó con dificultad. Yo exhalé mi aliento en sus labios y ella cerró los ojos dejando los suyos entreabiertos y dándome la oportunidad de atrapar con mis dientes el inferior.

– Activar nuestro cuerpo, darle acción a nuestro corazón, ¿Comernos a besos? – Propuse al mismo tiempo que volvía a atrapar entre mis labios uno de los suyos. – Tocar el cielo. – Volví a susurrar llevando mi mano a su entrepierna. Ella gimió.

–Mmm… sí, sí… Tu propuesta me está encantando. – Su voz era baja y ronca. Estaba seguro de que estaba haciendo un gran esfuerzo por hablar. –Pero… – Se interrumpió ella misma suspirando de placer. – ¿Y si…? – Tragó saliva, y dejé temporalmente de acariciar esa parte de su cuerpo para que pudiese hablar. – ¿ Y si nos ocurre en un lugar público, en casa de tus padres o en mi casa? – Le sonreí mojándome los labios antes de volver a pasear dos de mis dedos por su hendidura.

–Ya nos las arreglaremos. Seguro que encontramos la forma. – Rio de forma sofocada y después cerró los ojos y abrió los labios, dejando escapar un gemido, cuando los introduje en su interior. – Entonces ¿aceptas? –Pregunté presionando un poco su clítoris con mi pulgar al mismo tiempo que sacaba mis dedos para volverlos a introducir. Esta vez apretó los dientes y bajó una de sus manos hasta mi miembro erguido y duro. Solté todo el aire de mis pulmones.

– Dios, acepto. – Mis dedos volvieron a entrar en ella y comencé a moverlos en círculos en su interior. Un alto gemido se escapó de sus labios. – ¡Sí! ¡Claro que acepto! – Exclamó antes de apretar mi entrepierna con una mano, y rodear con su brazo mi cuello para besarme en los labios.

Parecía que había encontrado un método muy placentero de persuasión, y estaba seguro de que no me costaría trabajo utilizarlo siempre que lo necesitara.

Retozar con Bella en mi cama se había convertido en mi actividad predilecta. Era una lástima que tuviese que llevarla a casa de sus padres. Por más que lo había intentado, con mi nueva táctica de convencimiento, había sido imposible persuadirla, así que tendría que buscar un modo de perfeccionarla. Estaba muy seguro de pasarlo realmente bien durante las fases de prueba.

Cada vez que se iba, el apartamento se volvía un dolmen solitario y frío. No podía esperar para que nos fuésemos a Seattle. Bella no había vuelto a sacar a colación el tema de Mike, y no estaba seguro de si no lo había hecho porque realmente mi método era productivo y solo tenía pequeños agujeros, o porque no había querido echar a perder la excelente conexión que se había establecido entre nosotros tras la discusión. Tampoco había querido ser yo el que turbara nuestro momento dulce después de aquellos dos excelentes asaltos, así que preferí quedarme callado.

–Creo que deberías volver a llamarlo. – Opinó cuando apagué el motor frente a su casa.

Jake seguía estando algo depresivo, y ahora que se había enterado de que Leah no salía de su casa, su sentimiento de culpa había aumentado. Bella había hablado con él el día anterior, pero parecía que ninguno de los chicos había sido capaz de entrar completamente en su interior para ayudarlo desde que lo sabía hacía cuatro días.

–En serio. – Prosiguió. – Creo que siempre os habéis entendido muy bien.

– ¿Qué puedo decirle yo que ya no le hayáis dicho? Yo mismo se lo he repetido miles de veces. – Suspiré porque realmente me importaba el estado de Jacob también. Yo siempre lo había recordado sonriendo, y encontrarme con un Jake, que casi siempre estaba cabizbajo me sobrecogía. Bella se encogió de hombros y acunó mi rostro con una de sus manos. La otra permanecía unida a las mías.

–Erais muy amigos. Estoy segura de que tu manera de expresarle tus consejos le servirán de mucho. – Después suspiró. – No sabes lo que le costó aceptar la mentira de Mike. Incluso hubo un tiempo en el que dejó de hablarme. También a Mike. – Se encogió de hombros. Fruncí el ceño por la información que me acababa de dar. Me sorprendió porque él tampoco trató de ponerse en contacto conmigo. – Supongo que poco a poco Leah lo fue convenciendo.

–El poder de las mujeres. – Dije poniendo los ojos en blanco. Después no pude evitar bajar la mirada hacia su jersey a través del cual se marcaban sus pezones debido a la ausencia del sujetador que le había roto. – Aunque admito que puede ser muy efectivo. – No iba a aceptar que ella podía hacer conmigo cuánto quisiera en su presencia. – Estás realmente apetecible así, recuérdame que rompa más sujetadores. – Ella alzó una ceja escrutadora de miradas pervertidas como la mía.

–Tú, a veces, te comportas como un egocéntrico que cree que puede conseguirlo todo con cuatro caricias, pero las mujeres también tenemos poder de persuasión. – Su mirada era retadora y malditamente sugerente, mientras se ponía su abrigo negro. Si no estuviésemos ya en frente de su casa le habría enseñado lo que podía conseguir con las cuatro caricias a las que ella había hecho referencia con tanta insulsez. Reprimí una sonrisa.

– ¿Sabes qué? Me encantaría demostrarte qué puedo conseguir con esas caricias, pero… – Miré por encima de su hombro. –… Charlie ha decidido sacar la basura ahora mismo.

–Siempre tan oportuno. – Ironizó. Después suspiró. – Justamente en el momento más interesante. – Esta vez me tuve que reír, y ella me acompañó.

–No importa, te lo demostraré en otro momento.

–Eso espero. – Ronroneó acercándose a mi rostro para dejar un suave beso de despedida en mis labios.

–Te recogeré a las 07:00 a.m. – Susurré volviéndola a besar. Ella acarició con sus manos mi cuello y mi cabeza, y yo hice lo propio con ella.

–Ajam. – Consintió dejando un último beso. – Llama a Jacob. – Insistió antes de salir del coche. Puse el motor en marcha, y bajé la ventanilla cuando Bella cerró la puerta, para saludar a Charlie con la mano. Él hizo un gesto con la cabeza en mi dirección.

–Hasta mañana, preciosa. – Me despedí con una sonrisa.

–Hasta mañana. – Sonrió ella. Tenía un brillo divertido en sus ojos color chocolate cuando se apoyó en el marco de la ventanilla antes de hablar. – Y Edward… – Me llamó. – No tienes derecho a prohibirme que le hable a nadie. – Con un beso al aire, y dejándome con la mandíbula desencajada, se alejó acompañada de su hipnotizante contoneo y el ruido de sus tacones al golpear sobre la acera.

Me puse de mal humor en cuanto la perdí de vista a ella, a sus tacones y a su movimiento de caderas. Tal parecía que tendría que buscar una alternativa como táctica persuasiva, puesto que el sexo no parecía servir. Por un momento deseé que siguiese siendo la misma Bella de hacía siete años, quien había parecido más sensata en algunas ocasiones. Pero tenía que admitir que la madurez y su cambio de personalidad eran muy atrayentes. La tenacidad con la que caminaba; la seguridad que transmitía con aquellos tacones, era un espectáculo digno de admirar. ¿Y por qué no? Aquel malhumor que sacaba cuando intentaba defender alguna causa u opinión me excitaba tanto, que estaba seguro de que nuestras futuras discusiones concluirían en un sexo realmente sublime.

Ahora que había descubierto que esa parte de nosotros también la excitaba a ella, no pensaba desaprovechar ninguna ocasión. Me sentía incluso más conectado a mi pequeña provocadora que antes. Seguía siendo la tímida y dulce Bella, pero se había convertido en una mujer fuerte que sería capaz de cualquier cosa por defender sus ideales. Mi nueva y provocadora Bella.

Llamé a Jake en cuanto llegué a casa y quedamos para salir a cenar al día siguiente cuando llegase de Seattle. Siempre me asombraba la sorprendente camaradería con la que los dos hablábamos. Me había dicho que esa tarde había acompañado a Emmett a comprar unos tornillos, tacos y un nuevo taladro para fijar unas estanterías que había comprado Rose hacía un tiempo. Después Emmett le había dicho que fuese un rato a casa, y Rose comenzó a discutir con su novio al encontrarlos jugando a la Xbox. Aun así, aunque reía mientras me contaba la cara que se le quedó al grandullón de Emmett ante el enfadó de su novia, se le notaba que había algo en él que no estaba del todo bien.

Me fui a dormir antes incluso de que diesen las 10:30 p.m. Mi novia tampoco había mostrado signos de estar muy despierta cuando nos estábamos enviando mensajes instantáneos al móvil en la cama. Así que la perdoné cuando dejó de contestarme, pues seguramente se había rendido al sueño. No había querido decirle nada respecto a las últimas palabras que me había dirigido antes de alejarse del coche, pero tampoco pensaba dejar de lado el asunto.

A la mañana siguiente el entusiasmo se apoderó de mí al ser consciente de que nuestra vida juntos en Seattle se acercaba a pasos agigantados. Estaba seguro de que a Bella le iría bien en su entrevista en McGregor Publishing Co, y yo por supuesto, tenía un puesto de trabajo asegurado en el equipo quirúrgico del prestigioso cirujano Eleazar Denali. Conocía la reputación del Doctor Denali, y sabía a ciencia cierta que trabajar con él me abriría en un futuro muchas puertas fuese a donde fuese.

Jamás se me había hecho tan largo el viaje a Port Angeles en coche, y la avioneta desde allí a Seattle. Tres horas después de salir de Forks, sobre las 10:15 a.m. me encontraba despidiendo a Bella en la entrada del alto edificio donde tendría su entrevista.

–No estés nerviosa. Todo va a ir genial, ya lo verás. – Ella sonrió retorciendo sus dedos entre mis manos. – Solo tienes que concentrarte en tus tacones; ya lo sabes. – Añadí guiñándole un ojo. Eso pareció convencerla del todo. Respiró hondo y cuadró los hombros, apretando mis manos firmemente.

–Tengo unas ganas terribles de fumar. – Reprimí una sonrisa traviesa pero mis ojos me delataron. – ¡No me refería a eso! – Aclaró riendo al final.

–Eso esperaba, cariño. Porque realmente no tendríamos mucho tiempo. – Ella me golpeó juguetonamente el hombro.

– ¿Estoy presentable?

–Estás preciosa. – Sonreí elevando una de sus manos para besar su dorso.

Estábamos casi a solas en la entrada del famoso Columbia Center, y los dispersos hombres y mujeres trajeados y otras personas con un aspecto más informal que salían y entraban de vez en cuando, no tenían ni idea del significado que tenía para nosotros estar allí. Significaba comenzar una nueva vida lejos de Forks, y no había nada que deseara más en esos momentos que Bella comenzase a conseguir su sueño junto a mí en aquella ciudad.

–De acuerdo, voy a por ello. Deséame suerte. – Se encogió de hombros en un gesto que denotaba ilusión y expectación, y se acercó para darme un fuerte beso.

–No la necesitarás. – Susurré aun en sus labios, acariciando su cintura. – En cuanto vean tus ganas y des a conocer todo lo que tienes en esta preciosa cabeza, te querrán. – Besé su frente.

–Gracias. – Sonrió antes de abrazarme.

–Llámame en cuanto salgas. – Asintió separándose de mí para mirarme. – Te quiero. – Y la besé antes de dejarla ir.

No había tenido el placer de conocer antes a Eleazar Denali, pero pude comprobar que los halagos de mi padre hacia él no solo se referían a sus habilidades en el campo de la cirugía. Era moreno y alto; un hombre imponente de unos cuarenta y tantos años. A simple vista, guardaba una expresión reservada y seria en el rostro que a cualquiera le incomodaría, y que en absoluto concordaba con su hospitalidad y amabilidad. Se quitó su bata blanca y salió conmigo a una cafetería cerca del Hospital Northwest, en el que trabajaría en poco tiempo.

Me estuvo preguntando por mis padres y Bella, para después seguir hablándome orgullosamente de su familia antes de preguntarme por qué había decidido estudiar mi carrera, y sumergirnos en una conversación llena de jerga médica. No iba a seguir trabajando con mi padre, pero al menos lo haría con alguien que parecía justo en su trabajo y con su equipo, y además con uno de los mejores. Se comprometió desinteresadamente a aceptarme en su equipo cuando lo necesitara, así que le hice saber que, aunque no se lo podía asegurar del todo, muy pronto estaría viviendo en Seattle y que necesitaría el trabajo.

Intercepté a Bella con el móvil entre unas manos temblorosas justo cuando subía el último tramo hacía la puerta de entrada del Columbia Center. Parecía tan concentrada en sus nerviosos movimientos que no levantaba la cabeza. En cuanto llegué a su lado, detuve lo que estaba haciendo, cogiendo sus manos heladas entre las mías. Irguió la cabeza súbitamente por la sorpresa y sus ojos se abrieron un segundo antes de sonreírme eufóricamente y abalanzarse sobre mí.

– ¡Empiezo el lunes! – Exclamó.

–Enhorabuena, preciosa. – La felicité abrazándola con fuerza. – Sabía que todo iba a salir genial.

–Mi jefe es encantador. – Comentó separándose para poder mirarme. Me puse un poco serio ante ese comentario. – Es gay. – Aclaró.

– ¿Tienes un jefe gay? – Su alegre sonrisa, se convirtió por un par de segundos, en una sonrisa incrédula. – Desde luego que nada podía salir mejor. – Intentó parecer ofendida cuando me dio un golpe en el hombro, pero no pudo evitar soltar una carcajada.

–Cinco días. ¡Dios! ¿Cómo vamos a arreglarlo todo en cinco días? – De repente pareció agobiada. Entrelacé nuestras manos y la miré a los ojos.

–No te preocupes, nos las arreglaremos. Nos quedaremos en un hotel las dos últimas semanas de diciembre, y lo arreglaremos todo para ocupar el apartamento en enero. Todo va a salir bien, cariño. – Murmuré besando su frente antes de coger su mano. – ¿Tienes hambre?

–La verdad es que con todo esto, ahora mismo no lo sé. – Suspiró, llevando una de sus manos a mi rostro. – Me alegro mucho de que estés conmigo.

–Tu sueño está empezando a cumplirse. – Le sonreí, cogiendo su mano y comenzando a caminar.

–Sí, aunque debo admitir que mi mayor sueño era hacer esto contigo. – Me detuve y la miré a los ojos. Su color parecía un poco más claro y brillaban de una manera especial mientras se mordía el labio. – Te quiero, Edward.

No pude contenerme, ni quise hacerlo. Avancé un paso más hasta ella, sin dejar de observar su precioso rostro mirándome con ojos felices y radiantes, y la besé.

Mientras estuvimos comiendo, hablamos sobre todos los preparativos. Decidimos que no pasaríamos Navidad en Forks debido al poco tiempo que quedaba para comenzar a preparar nuestra vida en Seattle. Sabía que iba a disgustar a mi madre una vez más, pero esperaba que Bella pasase Año Nuevo con mi familia, para compensar mi ausencia en casa cuando fue Acción de Gracias.

Llamamos a ForRent para comunicar que ya era seguro de que en enero nos instalaríamos en el apartamento. Estaba situado en el edificio Aspira, y era el que más nos había gustado. No había ningún apartamento libre para el mes de diciembre, pero el día que habíamos ido a verlo, la señora Eastmond, quien nos atendió, nos aseguró que en enero quedarían varios libres. También me tomé la libertad de llamar a Eleazar para hacerle saber que cuando quisiera podía contar conmigo.

Pronto las palabras comenzaron a convertirse en hechos, y al menos yo, no asimilé que me iba de Forks con Bella hasta la noche antes de que tuviésemos que irnos. Habíamos pasado tres días en los que ninguno de los dos habíamos parado de hacer cosas. Habíamos decidido llevarnos una maleta con lo preciso para los quince días que pasaríamos en el hotel antes de ingresar al apartamento, y dejar las cajas preparadas para enviarlas más tarde.

Acababa de aparcar el Volvo después de dejar a Bella en su casa, cuando cogí mi correspondencia del buzón. Había salido esa mañana y no había vuelto hasta ese momento. Fruncí el ceño cuando me encontré un sobre que no tenía escrito remitente, y receloso lo abrí. Era un trozo de folio en el que habían pegado letras recortadas de revistas y periódicos.

"Aguardaré el momento perfecto para obtener lo que me pertenece. Espéralo."

Miré con ansiada extrañeza el papel al leer su contenido, y no pude evitar relacionarlo con Mike. Había actuado con sangre fría en el pasado, consciente del dolor que nos causaría a ambos con tal de conseguir algo que no le pertenecía y que jamás podría pertenecerle. Ahora que la verdad había salido a la luz no había salido demasiado a la calle, porque seguramente la vergüenza lo estaría carcomiendo, o al menos eso esperaba.

Preocupado, me quedé inmóvil frente a los buzones, deseando estar equivocado y que Bella no sufriera las consecuencias de lo que parecía ser una psicopatología grave. Respiré hondo, intentando abrir mi mente hacia otras respuestas que evidenciasen ese misterioso sobre en mi buzón, pero no se me ocurría nada lógico más que fuera de la novia de uno de mis vecinos. Lo había escuchado alguna que otra vez con su novia; no se caracterizaban por ser silenciosos, pero tampoco me los imaginaba haciendo estos tipos de juegos. La verdad es que era bastante bochornoso imaginarse a cualquiera teniendo esos tipos de juegos tan íntimos, así que decidí llevarme el sobre conmigo y tirarlo. De corazón esperaba que no fuese de Mike, aunque eso parecía ser un pensamiento demasiado optimista.

Mi sorpresa fue encontrarme a Jake, Emmett y Jasper en la entrada de casa, cada uno con algo en la mano. Emmett la Xbox, Jake unas cervezas y Jasper un juego que no alcancé a ver. Elevé las cejas incrédulo por la escena que veía frente a mí. Al menos Jacob parecía más animado después de la conversación que tuvimos a solas. Fue el primero en perder la paciencia de todos.

– ¡Tío, ya van a llegar las pizzas! ¿Quieres abrir la puerta? – Su impaciencia me hizo reír.

–De acuerdo. Llamaré a Josh también. – Respondí antes de dejarlos entrar y que mi apartamento se inundase de voces, cervezas, risas y, en definitiva, buena compañía.


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Ains! Me gusta el final de este capítulo porque a pesar de los años y las mentiras de Mike, se nota que los chicos lo quieren mucho ;) Parece que todo está dicho... Se van a Seattle...

Chicas, a la historia le quedan a partir de ahora cinco capítulos más... :( Esto se acaba...

Bueno... muchas gracias por vuestros reviews.

Un besazo enorme, nos leemos el lunes