.


Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA


.


XXVII


.

.

Casi inconscientemente mi mano se alzó y aterrizó en el despertador que descansaba en mi mesita de noche, silenciando el desagradable sonido que despedía para después darle la espalda y removerme hasta alargar la mano y encontrar a Bella. Me apreté contra su espalda cubierta por una de mis camisetas y ella se quejó un poco, como cada mañana, al mismo tiempo que se daba la vuelta para dejar un beso en mis labios de buenos días.

–Aun no me acostumbro a que seas tú la que tenga que marcharse y dejarme en la cama. – Protesté de morros, aun con los ojos entrecerrados por el sueño. Ella esbozó una sonrisa soñolienta y me abrazó.

–Y a mí me cuesta llegar aquí por la tarde y no encontrarte. – Respondió haciendo un irresistible puchero. Tuve que tirar de su labio inferior con mis dientes, un gesto que consiguió que me ganara un apasionado beso. – Voy a la ducha o llegaré tarde por tu culpa. – Dijo cuando se separó. A mi mano le dio tiempo a darle una palmadita a su trasero cubierto por las braguitas rosa palo de encaje que se había puesto después de la ducha la noche anterior.

–Voy a echarte de menos.

– ¿Eso me lo dices a mí o a mi culo? – Preguntó con un brillo divertido en los ojos.

–A los dos. – Contesté riendo entre dientes antes de besarle una vez más en los labios y darle un apretón a una de sus irresistibles nalgas.

Su risa se ahogó en mi boca cuando el beso se intensificó. Hubiese querido retenerla toda la mañana en la cama para estar besándola y acariciándola. – ¡Ay! Deja que me vaya a duchar antes de que me pase lo mismo de ayer. – Me pidió intentando retener la risa y apartando mis manos de su cuerpo.

La miré de manera inocente, dejándola libre y enseñándole las palmas de mis manos por encima de mi cabeza. No había nada que me gustara más admirar, que el brillo exagerado que desbordaban sus ojos cuando me veían cada mañana. Era evidente que su felicidad era yo, y no podía sentirme más afortunado al tener al amor de mi vida junto a mí, viviendo en un mismo apartamento, compartiendo armario, baño y cama. Si Damon pudiese verme por un agujerito, seguramente se caería de espaldas al conocer al verdadero Edward.

Me acurruqué en su lado de la cama respirando su aroma impregnado en la almohada, y me quedé dormido escuchando de fondo el agua de la ducha, imaginándome a mi preciosa provocadora bajo ella.

Me desperté un poco más tarde y me senté en la cama rascándome la nuca mientras veía como Bella se acababa de calzar sus zapatos de tacón grises. Por la hora que marcaba el reloj de mi mesilla, ya debía haber desayunado. Se había puesto una falda lápiz de lana gris oscuro con una camisa blanca que resaltaban sus delicadas curvas. Tenía el pelo recogido en una coleta alta algo despeinada. Estaba preciosa. Cuanto más la miraba más me gustaba lo que veía.

–Si no supiese y hubiese comprobado con mis propios ojos que Dean es homosexual, ahora mismo estaría celoso por tener que compartirte con él. – Mis palabras la hicieron girarse con una ceja alzada.

– ¿Compartirme? ¿Y desde cuándo estás dispuesto a compartirme? – Negué con la cabeza sonriendo, y me acerqué hasta ella, quien se había sentado a los pies de la cama.

–Yo no he dicho que esté dispuesto, pero es obvio que pasas mucho tiempo con Dean y que habéis congeniado muy bien. – Aparté el cabello que caía en su hombro desde su cola y dejé un beso en su cuello.

– ¿Y tiene eso algo de malo? – Preguntó apartándose para mirarme.

–En absoluto. – Contesté atrayendo su cuerpo al mío. – En realidad estoy más que encantado de que tengas un jefe gay. – La escuché reír entre dientes antes de que un escalofrío me recorriese la columna cuando sus labios besaron mi pecho.

–Me encantaría poder decir lo mismo de Connie y Dayana. – Su tono de voz de repente se convirtió en un murmullo bajo.

–Ya sabes que están casadas. – Alzó la cabeza y me dio un beso en los labios.

–Dayana me cae muy bien, pero Connie no deja de mirarte. – Elevé una ceja.

–No digas tonterías, Connie está muy enamorada de su esposo. Y además, ¡Me saca más de diez años! – Se mordió el labio mientras me acariciaba una oreja entre sus dedos.

– ¿Y qué?

–Pues que solo existe la posibilidad de que me guste una única chica. Es preciosa, y tengo la suerte de que vive conmigo. – A medida que hablaba Bella dibujó una sonrisa satisfecha entre sus labios y después me besó, impidiéndome continuar.

– ¿Sabes que me encanta que me repitas que soy la única chica a la que podrás querer? – No me pasó desapercibido la travesura que desfilaba de forma descarada en la profundidad de sus ojos, así que me las ingenié para dejarla tumbada sobre el colchón y comenzar a hacerle cosquillas. – ¡Edward! – Exclamó sin dejar de reír. – ¡Tengo que irme ya! ¡Por favor! – Accediendo a sus súplicas dejé el juego de lado y me aparté, no sin antes dejar un beso en sus labios.

Se levantó y se colocó bien la camisa bajo la falda mientras seguía sonriendo sin ningún remordimiento, por supuesto. – La próxima vez no te dejaré salir. – La amenacé.

–Vamos, solo quería que me dijeras eso precisamente. – Se acuclilló frente a mí y pasó la mano por mi cabello. – Sé cuánto me amas. Ya no tengo miedo, Edward. – Ignoré el impulso de sentarla en mi regazo porque sabía que tenía que irse, pero mi mano acunó una de sus mejillas.

–Nos vemos por la noche, preciosa. – Me despedí dejando un beso en sus labios.

–Te echaré de menos. Hasta luego. – Con mi rostro entre sus manos, me besó por última vez antes de desaparecer por la puerta.

Me dejé caer de espaldas con los brazos abiertos sobre la cama cuando la puerta del apartamento se cerró. Hacía tres días que entraba al hospital a las 03:00 p.m. y volvía a las 10:00 p.m., y aun me costaba horrores acostumbrarme al horario sin poder disfrutar de Bella al menos un rato por la mañana. Ella tenía un horario intensivo de ocho horas empezando a las 08:30 a.m. cada mañana, así que a las cinco solía estar en casa.

Hacía un mes que nos habíamos instalado en el apartamento, y aún quedaban un par de cajas cerradas que no habíamos tenido tiempo de abrir. Bella estaba muy feliz con su nuevo trabajo en McGregor Publishing Co, como asistente editorial. Por suerte, para ella, Dean no solía ordenarle como editor que hiciese muchas llamadas telefónicas, que reservase citas en restaurantes o pasajes de avión. Controlaba muchos manuscritos. Había empezado, hacía apenas una semana, a tener contacto directo con autores, escribía textos promocionales, supervisaba informes de los dictaminadores y otras actividades que la satisfacían. Afirmaba que había muchos nuevos autores con un potencial extraordinario e ideas muy originales y que muchos otros no se alejaban mucho de lo típico y aceptable.

Había conocido a Dean tres semanas atrás, durante una cena que él mismo organizó en el Restaurante Copperleaf. Su anterior asistente se había marchado a otra editorial, y estaba encantado con Bella. Era alto, de piel tostada y ojos claros. Para ser un hombre, debía admitir que era bastante atractivo, y que su rol sexual podía pasar desapercibido casi en su totalidad. Y decía casi, porque un hombre enteramente heterosexual como yo lo era, podía darse cuenta de algunos ínfimos gestos algo exagerados que no correspondían a un hombre recio y cien por cien varonil. Algo por lo que le estaría agradecido de por vida.

Su acompañante y compañero sentimental, Brad, era más menudo que él. Tenía los ojos color miel agradables, al igual que su sonrisa. Su pelo, unos centímetros largo, era rubio y rizado. No había hablado mucho al inicio de la cena, porque no parecía tener la misma personalidad extrovertida de Dean, quien no había cesado de bromear desde el principio, pero pronto se relajó y, como otro más, se integró en la conversación. Desde entonces, habíamos salido alguna que otra noche a tomar algo a un bar llamado Paragon, donde servían un whisky exquisito.

También habíamos salido con Dayana y Connie, dos de mis compañeras, y sus maridos a cenar una noche. Dayana y Steven estaban casados desde hacía cinco años, y eran padres de una niña de tres, Caroline. Ella era sobrina de Eleazar y desde el primer momento que había pisado el hospital, se había portado muy bien conmigo, junto con Connie, una componente del equipo esteril. Connie, por su parte, estaba casada felizmente desde hacía tres años con Francesco, un italiano que había conocido hacía poco más de tres años en una conferencia sobre Cirugía general; no habían tardado más de dos meses en darse el sí quiero. Las dos eran altas y rubias, Dayana de ojos azul cielo, como los de su hija; Connie grises.

Eleazar y yo habíamos congeniado muy bien también, tanto fuera del quirófano como dentro. Su experiencia era patente en la forma en la que utilizaba todos los utensilios a la hora de llevar a cabo una intervención, y estaba seguro de que con él iba a aprender muchísimo. Al igual que Bella, también estaba muy satisfecho con mi trabajo, ya que Eleazar solía confiar muchísimo en mí a la hora de interceder en las operaciones. A los pocos días de empezar, me di cuenta de que el sueño de compartir quirófano con mi padre ya había sido cumplido; ahora lo que realmente quería era pasar el resto de mi vida con Bella y superarme profesionalmente una y otra vez. Y con Eleazar, sabía que podría conseguirlo.

Mis padres y los de Bella se habían entristecido un poco cuando les informamos que no pasaríamos la Navidad en casa, pero entendieron que, con todo el alboroto de la mudanza y el inicio de una nueva vida, iba a ser mejor esperar al año siguiente. Ella y yo los habíamos echado de menos, pero habíamos paseado de la mano por las calles nevadas de Seattle, siempre que el frío no nos acobardaba demasiado. Habíamos parado en algún bar sin fijarnos en el nombre y nos habíamos tomado un chocolate caliente para entrar en calor después de visitar el Space Needle, Pioneer Square, y algunos museos. Me encantaba observar las mejillas sonrojadas de Bella debido al efecto que tenía el frío en su piel; me entusiasmaba que buscase en mi cuerpo calor cuando nos deteníamos en algún lugar y me abrazaba fuertemente, escondiendo su cara en mi pecho; me deleitaba escuchando sus risas en medio de alguna conversación divertida; y me complacía, en definitiva, darme cuenta de que era tan feliz conmigo a su lado.

Aunque durante las dos últimas semanas que habíamos pasado en Forks, nuestra relación transcurría con más naturalidad, y Bella parecía más conforme con que la gente del pueblo nos viese cogidos de la mano o abrazados, sabía que para ella seguía suponiendo un gran esfuerzo. Por eso, ahora me encontraba eufórico al poder bromear con ella libremente por la calle, dedicarle arrumacos y besarla frente a todo el mundo.

También estaba feliz de que ese malnacido hubiese quedado en el pasado, atrapado en Forks. Mi tranquilidad por fin era plena de que no pudiese acercarse de nuevo a Bella y no pudiese tener ningún tipo de contacto con ella. Aunque había tenido intenciones de volver a hablar sobre lo que había pasado con Mike fuera de la taberna de Walter, decidí que era mejor dejarlo pasar, porque lo único que iba a conseguir era hacer estallar una discusión innecesaria en uno de los momentos más dulces que Bella y yo estábamos viviendo. Ya de nada servía, porque Mike jamás podría cruzarse con nosotros mientras estuviésemos en Seattle.

Jamás había podido respirar con tanta paz como lo estaba haciendo desde el tiempo en el que estábamos viviendo en Seattle a pesar de que teníamos a nuestra familia y amigos lejos. Era algo extraño de explicar. Solía acordarme de Esme y Carlisle muy a menudo. En ocasiones, tenía la necesidad de verlos, pero después miraba a Bella o recordaba algo que habíamos hecho durante el tiempo que hacía que nos habíamos mudado y la melancolía desaparecía para dibujar una sonrisa en mi cara. No podía estar más enamorado de ella.

Ese mismo día, al salir del hospital, llegué a casa y entré con mucho sigilo. Sabía que Bella me había dicho que nos veríamos por la noche, pero la anterior ella se había quedado dormida en el sofá con la televisión encendida y la había despertado sin querer. Así que no quise arriesgarme a hacerlo otra vez. La luz de la cocina y la del pequeño salón estaban apagadas; solo una luminosidad muy sombría provenía desde nuestra habitación, y sospeché que por fin había decidido encender su portátil, aunque quizá había terminado quedándose dormida.

Como imaginé, estaba sentada sobre la cama, con la espalda apoyada en el cabezal de madera y el portátil sobre las piernas mientras sus dedos no dejaban de teclear.

Nunca la había visto escribir. Seguramente, estaba tan concentrada, que ni me había escuchado llegar, y ahora, que prácticamente estaba en frente de ella, ni siquiera se había percatado de mi presencia. Así que pude deleitarme con la visión frente a mí. Tenía las piernas desnudas y sus pies no paraban de moverse al ritmo de su acelerado tecleo. Mi camiseta de algodón azul dejaba al descubierto casi todo el muslo finalizando a una altura casi indecente para mis ojos. Siempre le había gustado ponerse mis camisetas, y no iba a ser yo quien se lo prohibiera. Me recordaba a la Bella de siempre y a los juegos picantes con los que nos divertíamos al principio, cuando ella estaba en Berkeley. Era evidente que estaba muy metida en la historia, porque casi ni pestañeaba mientras se mordía el lado derecho de su labio inferior. Pero lo que más me fascinó, fue verla escribir con aquellas gafas de pasta negra tan jodidamente femeninas. Jamás la había visto con unas, y me di cuenta de que estaba realmente sexy con ellas.

Me apoyé en el marco de la puerta. – Si hubiese sabido que una Diosa como tú me esperaba sentada en la cama, tal vez me habría dado más prisa.

Detuvo sus dedos de inmediato, y sonrió antes de sostener una de las varillas de sus gafas entre sus dedos pulgar e índice y bajarlas un centímetro, para observarme sobre ellas. Me excité aún más ante la imagen. – ¿Ya estás aquí? – Sonreí y me acerqué a la cama, me quité los zapatos y me subí en ella. Inmovilicé su mano cuando con una sonrisa llena de complacencia intentó quitarse las gafas.

–No te las quites. Estás preciosa. – Murmuré besándola en los labios. – ¿Hay alguna manera en la que no me excites?

–Esa es una de las cosas que no han cambiado en ti. – Sus manos me acariciaron los hombros y descendieron lentamente por mis bíceps. – Y la verdad es que me encanta, porque no hace falta que me ponga guapa. – Fruncí el ceño.

–Tú no te pones guapa. Eres guapa. Preciosa. – Le aclaré. Acunó mi rostro y lo acercó más al suyo.

– ¿Me demuestras hasta qué punto soy preciosa? – El tono sugerente y pícaro que impregnaba su voz me incitó aún más. Sus labios me estaban provocando sin piedad, acariciando los míos, pero sin llegar a presionarlos.

–Nunca será suficiente… – Susurré, cogiendo el portátil y cerrándolo para dejarlo sobre la mesita de noche mientras notaba sus dedos temblorosos, por la urgencia contenida, abrirme la camisa. – Jamás me cansaré de demostrártelo. – Mi mano voló a su muslo y comencé a cernirme sobre su cuerpo, empujándola para que se tumbara. – Y estoy seguro de que tú cada vez estarás más ávida porque te lo demuestre.

–Sí… – Susurró rodeando mi cuerpo con sus brazos después de deshacerse de mi camisa.

Un gruñido se escapó de mi garganta cuando me di cuenta de que no llevaba nada debajo. – ¿Eres consciente de lo enardecedoramente provocadora que eres? Un día vas a matarme. – Murmuré mordisqueando su cuello, enfebrecido por el deseo

–Me gusta provocarte. Quiero que te vuelvas loco por mí. – Sus manos recorrieron con movimientos frenéticos la cinturilla de mi pantalón hasta conseguir desabrocharlo.

–Ya lo estoy. – Jadeé sobre su boca, ascendiendo con mis manos por sus costillas y subiendo con el movimiento la camiseta. – Me has vuelto loco desde que me di cuenta de que deseaba tocarte así. – Una de mis manos voló a su pecho y lo ahuequé suavemente, notando como su pezón se endurecía bajo la palma de mi mano y su respiración se aceleraba también.

– ¿Desde cuándo, Edward? – Un intento de sonrisa granuja se extendió entre mis labios.

– ¿Los doce? ¿Los trece? No sé… Quizá antes. – Confesé, al mismo tiempo que la ayudaba a deshacerse de la camiseta que llevaba puesta y dejándola desnuda. Ella me miró sorprendida, sin perder esa cadencia acelerada en la respiración.

– ¿Cómo no me di cuenta?

–Disimulaba muy bien, y tú, en aquel entonces, jamás te habrías dado cuenta. – Exhalé mi aliento en sus labios. – Pero ya me tenías comiendo de tu mano. – Se mordió el labio mirándome a los ojos, y entonces nos besamos, manifestando el deseo y el amor que nos teníamos.

No me había detenido a pensar si en algún momento nos aburriríamos el uno del otro porque esa idea no tenía cabida en mi cabeza. Hacer el amor con Bella suponía sentir miles de sensaciones maravillosas que solo ella era capaz de despertar en mí. Y lo sabía, porque solo Dios estaba al corriente del número de mujeres con las que me había acostado, y ninguna de ellas me había hecho sentir tan poderoso y vulnerable al mismo tiempo. El dulce olor que desprendían los poros de su piel y su cabello, la suavidad de sus manos paseándose libremente por mi pecho, mi abdomen, mi espalda, presionando mi trasero para sentirme más aun… Nada era comparable con la manera en la que nuestros cuerpos se reconocían una y otra vez, en la manera en la que me tocaba, en la manera en la que mis manos la acariciaban.

Sentir la unión de nuestros cuerpos era la mejor experiencia que había vivido, y cada vez que estábamos tan pegados, tan mezclados el uno en el otro, me preguntaba cómo había podido vivir tanto tiempo sin tenerla a mi lado. Pero estallar junto a ella era lo más sublime; era la plenitud elevada a la máxima potencia. Nuestros cuerpos convertidos en volcanes, descargando sentimientos, sensaciones maravillosas y las palabras más sinceras detonando una y otra vez en el corazón del otro. El éxtasis era esto: perder toda consciencia del lugar en el que estás, olvidar el mundo y sentir que la mujer de tu vida se entrega en cuerpo y alma totalmente y de manera incondicional a ti, ofreciéndote el mayor de los placeres carnales y espirituales.

Bella era como una Diosa creada especialmente para mí, que había descendido desde el mismo Limbo para hechizarme, para pedirme cuanto quisiera, para robarme el corazón y los sentidos.

–Cásate conmigo. – Mi voz me sorprendió en el mismo momento en el que fui consciente de lo que había salido de mis labios aun con la respiración agitada. Ella se quedó callada, e intentó removerse bajo mi cuerpo sin éxito.

Mi subconsciente me había traicionado, o había jugado a mi favor para dejar al descubierto mi mayor deseo. Pero ella seguía callada. Por eso hice un esfuerzo por apoyar mis codos a cada lado de su cabeza y erguir la mía para observarla. Tenía los ojos abiertos al igual que los labios, a través de los cuales no dejaba de tomar aire. Me miraba sin pestañear como quien ve algo que hace mucho tiempo que desea. Tragué saliva, tratando de seguir llenando mis necesitados pulmones de aire.

–Dime que sí. Di que serás mi esposa.

Conforme los segundos seguían sucediéndose mi paciencia se iba consumiendo. Por su reacción, estaba casi seguro de cuál sería su respuesta, pero necesitaba escucharla de sus labios. Sintiéndome con algo más de fuerza, me incorporé un poco más para poder mirarla mejor. Pero los brazos me fallaron cuando ella con los suyos, de manera repentina, rodeó mi cuello y me atrajo de nuevo hacia su cuerpo, rodeándome también con sus piernas. Aun permanecíamos íntimamente unidos.

– ¿Hablas en serio? – Su voz susurrante y esperanzada me hizo sonreír.

–Nunca he hablado más en serio en toda mi vida. Te quiero. – Dije dejando un beso en su cuello. – Y quiero que estemos juntos para siempre.

–Edward… – Quise erguirme para poder ver su rostro ya que su voz había sonado quebrada, pero me tenía sujeto con tanta fuerza que preferí no hacerlo, y volví a besarla.

– ¿Qué dices, preciosa? – Susurré en su oído. – ¿Aceptarás ser mi esposa? ¿Quieres casarte conmigo? – Su pecho tembló de repente.

– ¡Sí! – Exclamó en un sollozo. – Por supuesto que sí.

Me emocioné tras su aceptación y al ser consciente de lo importante que había sido para ella también. Bella quería ser mi esposa. Estaba tan loca por mí, como yo lo estaba por ella.

Conseguí erguirme, deshaciendo a regañadientes la presa de sus brazos y me tumbé a su lado, para mirarla. Tenía las mejillas llenas de lágrimas, pero sonreía enseñándome todos sus dientes también. Se acercó más a mí y me acarició la mejilla con una de sus manos. Los ojos le brillaban a pesar del color rojo que le provocaban las lágrimas. Quería vivir momentos tan dulces como este en mi vida.

Estábamos el uno frente al otro, sin decir ni una sola palabra, comunicándonos a través de nuestras miradas. Después de nuestra forzosa y manipulada ruptura, no pensé que mi corazón volviera a latir de aquella manera tan viva como la que bombeaba en aquellos momentos cuando su dueña lo miraba a través de mis ojos. Le sonreí de vuelta, llevando mi mano a su cintura, pero mi sonrisa se desvaneció en el mismo momento en el que recordé algo.

– ¿Qué? – Preguntó ella, paseando su dedo índice por mi patilla.

–Joder… – Me quejé, cerrando los ojos y la mandíbula con fuerza.

– ¿Te acabas de arrepentir? – Ahora parecía un poco ofendida. Abrí un ojo y la miré tratando de disculparme antes de hablar. – ¿Qué? ¿Qué pasa?

–Lo siento, cariño. – Me volví y me puse boca arriba, tapándome los ojos con un brazo. – Dios, soy un imbécil. – Ella no dijo nada, así que la miré, dejando caer mi brazo sobre mi pecho, incómodo. – Sé que ahora tendría que regalarte un anillo y ponértelo en el dedo anular de la mano izquierda. – Negué con la cabeza. – Pero te he soltado la pregunta a bocajarro sin pensar en nada. No lo tenía planeado, y no tengo anillo. – se quedó un segundo en silencio antes de soltar todo el aire de sus pulmones.

–Me has dado un buen susto, canalla. ¡Pensaba que lo habías pensado mejor! – Exclamó dándome un golpecito en el pecho. La miré confundido.

–Acabo de decirte que no tengo anillo.

–Y yo tampoco para ti, tonto. – Contestó sonriendo y acercándose hasta mí para dejar un suave beso en mis labios. – ¿Qué te parece si mañana vamos a comprarlos juntos? – Pero en seguida se contestó ella misma. – Mañana no volveré a verte hasta por la noche. – Me dedicó un puchero irresistible.

– ¿De verdad no te molesta?

– ¿Bromeas? ¡Acabas de pedirme que sea tu esposa! – Suspiró. – No sé cómo les gusta a las demás mujeres que les pidan matrimonio. Confieso que más de una vez, durante estas semanas, me he preguntado cómo lo harías tú. – Me besó en los labios y después volvió a sonreír. – Has sido impulsivo, pero bueno… También romántico. – Elevé una ceja. – Has elegido un momento muy íntimo. – Aclaró, acariciándome la mejilla y dejándome un dulce beso en la misma.

–La verdad es que no he tenido tiempo de elegirlo. – Le devolví el beso, pero en la mandíbula. – Te ha hablado mi corazón en primera persona, Bella. – Me sonrió dichosa y se acomodó en mi pecho.

Mis brazos rodearon su cuerpo, cobijándola como mejor sabían, y cerré los ojos, sintiendo como el calor que desprendía su cuerpo traspasaba mi pecho hasta alcanzar mi corazón. Nunca antes había latido tan emocionado bajo mi pecho. No quedaba rastro del frío que lo poseyó durante siete largos años; ahora podía disfrutar de la calidez bajo nuestro propio sol. Un sol lleno de amor y harmonía, lejos de mentiras crueles.

Abrí los ojos después de unos minutos cuando el cuerpo de Bella se sacudió soltando una pequeña carcajada. – ¿Qué te hace gracia? – Pregunté con curiosidad.

–Tú… – Su dedo no dejaba de hacer círculos imaginarios alrededor de uno de mis pectorales. – Siempre me propones cosas importantes en la cama. – Reí entredientes. – Primero que viniésemos a vivir a Seattle, después que dejásemos el tabaco y ahora que nos casemos. – Volvió a reír.

–Bueno, me falta pedirte que me des un hijo. – Irguió la cabeza con los ojos como platos, pero al notar el humor en mis ojos, sonrió.

– ¿No crees que aún es un poco pronto? Todavía no he tenido suficiente, y creo que tú estás en la misma situación. – Elevé las cejas.

–La verdad es que quiero tener mucho más tiempo contigo a solas. Necesito que recuperemos el tiempo que nos robaron. – Suspiré y la estreché contra mí cuando volvió a acomodar su cabeza sobre mi pecho. – Pero algún día quiero formar una familia contigo. Y eso seguro que tendrá que tener la cama de por medio.

–O no… Existen muchas superficies planas. – Sonreí por su entonación traviesa. – Te quiero, Edward. – Me dijo en un murmullo después de varios minutos.

–Y yo a ti. – Respiré hondo. – ¿Sabes qué? Ahora mismo tengo unas ganas desmesuradas de fumarme un cigarrillo. – Un bufido se escapó de entre sus labios.

– Acabas de cargarte el momento más mágico de mi vida. No lo dices en serio. – Elevé las cejas. – Aunque si lo dices porque quieres hacer el amor de nuevo…

–No niego que quiero hacerlo, pero es cierto que me fumaría un cigarro. – Apoyó la cabeza sobre la almohada y me miró analizándome con los ojos.

–Entonces, creo que tendremos que hacer algo al respecto. – Y mis labios volvieron a tomar los suyos.

A partir de ese momento, me propuse no perder el tiempo ya que quería que Bella fuese mi esposa cuánto antes. Alice me llamó al día siguiente justo cuando el ascensor llegaba a la doceava planta del Aspira y me saludó con un chillido que temí que me dejara sordo el resto de mi vida. Me hizo feliz que ella lo estuviera, aunque sus extremadas ganas por organizar nuestra boda por un momento me hicieron sopesar la idea de llevarme a Bella a las Vegas y olvidarnos de todo el follón que suponía una celebración así con mi prima de por medio. Bella la había llamado esa misma mañana para informarla y parecía no caber en ella de lo contenta que estaba.

También recibimos las más sinceras felicitaciones por parte de Carlisle y Esme, y el resto de nuestros amigos. Esme se había emocionado muchísimo al saber que pronto me vería vestido de novio para casarme con la mujer que siempre había querido, y Carlisle también se sintió muy orgulloso. Cada vez que alguien se alegraba, la felicidad me hinchaba más el corazón, hasta que Bella llamó a su padre. Mi preciosa provocadora no había querido decirme sus verdaderas sensaciones después de hablar con Charlie. Ella solo me había dicho que a su padre le había parecido bien, y que le había dicho que él sería feliz si ella lo era. No dudé de su palabra en ningún momento, pero algo me decía que no me lo había contado todo por la expresión forzada de sus ojos al querer aparentar estar satisfecha.

En Boston también se alegraron por mí y por Bella. Ángela prometió arreglarlo todo para poder acompañarme en un día tan importante para mí junto a Ben, quien también se sentía feliz por mi compromiso. Yuu, aunque era más introvertido, le entusiasmó la idea de poder viajar hasta Forks con la que ya era su novia, así que, al igual que Ben y Ángela, me hizo prometer que le informara de la fecha en cuanto estuviese fijada. Damon reaccionó de manera diferente. Él seguía felizmente saliendo con la chica que me presentó antes de que volviera a Forks. Mi amigo de juergas se quedó estupefacto ante la noticia. Podía comprender su reacción. No habíamos hablado mucho desde que me había ido de Boston, y le sorprendió muchísimo todo, al no saber tan siquiera, que Bella y yo habíamos vuelto. Aunque finalmente, se alegró muchísimo.

Una mañana, mientras buscaba en su cartera su Licencia de conducir entre un blíster casi entero de anticonceptivos, un sinfín de tickets de sabe Dios qué tiendas y algunas monedas sueltas, encontré algo que me resultó muy familiar. Hacía una semana que nos habíamos hecho unos análisis de sangre para certificar nuestra no consanguinidad, y el fin de semana siguiente volveríamos a Forks cuatro días para poner la fecha de nuestro matrimonio. Un anillo de acero, compañero del modelo femenino que llevaba también Bella, brillaba en mi dedo anular orgullosamente sobre una foto.

Bella había terminado convenciéndome de que yo también tendría que llevar uno si quería que aceptase el que yo le regalaba, y no pude negarme a ello. Era un gesto bonito. En el interior rezaba grabado: "Tu Bella que te ama."

Tiré hacia arriba del papel que tenía las esquinas descoloridas pero que seguía siendo duro, como el papel de las fotografías, de detrás de una foto de Bella con Alice. Mis ojos me observaron doce años más joven, con los brazos delgados y el torso sin forma, aunque con el pelo tan revuelto como siempre. Sonreí sosteniendo la foto entre mis dedos y reconociéndola. La había descubierto años atrás, la primera vez que nos habíamos reunido en Forks, la noche de Acción de Gracias que mi preciosa provocadora pasó en mi habitación. Me hizo feliz saber que no se había deshecho de ella y que continuaba guardándola como un tesoro.

– ¿Qué haces? – Preguntó saliendo envuelta en una toalla, mientras se secaba el pelo con otra.

–He encontrado esto. – Respondí enseñándole la fotografía. Se mordió el interior del labio y se ruborizó. – ¿Aun la tienes? – Ella miró mi mano, en la que todavía estaba la foto. – Desde luego que ha sido una sorpresa encontrarla. Sigo pensando que salgo horrendo, pero ya no me parece tan terrible que la tengas. – Me apresuré en contestar. Ella sonrió y se sentó a mi lado.

–No podía deshacerme de ella. – Suspiró quitándomela de las manos, y como ocho años atrás, acarició mi treceañero rostro con suma delicadeza. – Lo intenté, pero fue imposible. Se suponía que habías hecho algo terrible, pero tus ojos aquí decían la verdad, y quise quedarme ese recuerdo. Deseaba quedarme con mi Edward; el chico del que me enamoré. – Me miró de nuevo. – No sé cómo pude dejar que Mike me convenciera.

–Shht. – Siseé llevando mi dedo índice a sus labios cuando su mirada se entristeció. – No quiero que vuelvas a esos recuerdos. Vamos a casarnos, y quiero que sonrías. – Sus labios se curvaron sutilmente pero de forma sincera. – ¿Entonces nos inclinamos por el crucero por el Mediterráneo para nuestra luna de miel? – Ahora sus ojos brillaron intensamente ante el agradable y repentino cambio de tema.

–Sí. – Contestó. – Dean lo hizo con Brad el año pasado y me ha hablado maravillas de él. Sé que podríamos ir a Paris, a Venecia o a Berlín. Pero la verdad es que abril es un buen mes para pasear por España, Francia e Italia. – Sonrió. – Aunque si tú prefieres ir a otro lugar como a los Fiordos Noruegos, a mí también me haría ilusión. – Sabía que era sincera.

–Ya habrá tiempo para visitar Noruega y ver juntos la aurora boreal. – Contesté abrazándola y dejando un beso en su hombro desnudo.

–Qué ganas de que tengamos unos días para nosotros. – Murmuró respondiendo a mi abrazo.

Fueron dos meses intensos en los que los preparativos y el trabajo nos sumían a los dos en un estrés agotador. Alice nos había visitado una semana entera para ayudarnos, y aunque su organización fue lo que necesitamos para rebajar la tensión que llevábamos acumulada, no fue suficiente del todo. Sabía que el mayor peso de la boda estaba recayendo en Bella, quien parecía haber perdido algún que otro kilo que yo mismo me aseguraría que recuperara en la luna de miel, y por eso también la preocupación estaba haciendo mella en mí. Y aunque, en más de una ocasión había querido ser yo quien se ocupara de más de una cosa, o era Bella quien me lo impedía alegando que quería hacerlo ella, o era Alice.

Justo una semana antes de que se celebrara la ceremonia, a cinco días de que nos trasladáramos a Forks, Bella y yo estábamos en el Starbucks de la Primera Avenida, tomando un café. Por fin todo había quedado preparado y listo para el catorce de abril, y esa tarde, habíamos ido a pasear después de que saliese del hospital para relajarnos un poco. Aunque a menudo el cielo seguía cubierto de nubes, las temperaturas habían cambiado para elevarse. Bella estaba distraída mirando fijamente a través de la ventana mientras daba pequeños sorbos a su Caffè Latte. La miré deleitándome una vez más con su perfil, felicitándome otra vez a mí mismo por tener la suerte de estar a punto de casarme con la mujer más maravillosa del planeta.

– ¿En qué piensas? – Pregunté antes de dar un sorbo a mi Espresso y terminarlo. Bella me enfocó con una sonrisa algo reservada y volvió a beber de su taza.

–En cómo será mi vida de casada. – Respondió dejando el pequeño recipiente sobre la mesa, y extendiendo su brazo para posar su mano izquierda sobre la mía, acariciando con el dedo índice mi anillo. – Me pregunto cuántos días totalmente felices viviremos, cuántas discusiones y reconciliaciones, si tendremos alguna crisis importante que superar. Cuantos hijos criaremos, si se parecerán a ti o a mí y a qué lugares los llevaremos. – Me sonrió. – No sé, solo estaba intentando visualizar el futuro. – Concluyó entrelazando nuestros dedos.

– ¿Una crisis importante? – Pregunté frunciendo el ceño. – ¿A qué te refieres?

–Bueno, algunas parejas pasan por momentos difíciles. Y nosotros ya hemos tenido algunas discusiones bastante fuertes.

–Por tonterías y a causa del estrés. Bella, vamos a estar bien. – Le dije.

–A veces me pregunto si es a causa del tabaco. – Negué con la cabeza.

–La ansiedad desaparece poco después de dejarlo. Normalmente, si estás ocupado y te esfuerzas por alejar la imagen del cigarrillo no deberías tener más problemas. – Suspiré. – ¿Estás asustada por lo que vendrá en unos días?

–No. – Respondió inmediatamente. – Quiero casarme contigo. Ahora mismo es lo que más deseo.

– ¿Entonces? – Volvió a encogerse de hombros.

– Te quiero y me quieres, y quiero que hagamos todo lo que esté en nuestra mano para que no dejemos de sentir lo que sentimos. – Elevé su mano, que seguía entrelazada con la mía y besé su dorso, mirándola fijamente a los ojos.

–Bella, yo jamás voy a dejar de quererte.

–Eso lo sé. Yo tampoco. Estoy segura de que nunca podré querer a otro hombre como te quiero a ti. – Acarició mi mejilla con el dorso de su mano. – Pero, ¿y la complicidad? ¿El deseo? ¿Las ganas de volver a casa después del trabajo para pasar tiempo juntos? Me refiero a ese tipo de cosas.

– ¿No crees que el amor incluye todo eso? – Pregunté llevando de nuevo su mano a mis labios.

–Quiero pensar que sí, pero hay gente…

– ¿Estás sintiéndote insegura otra vez? – La corté. – Porque no voy a permitir que de nuevo la inseguridad estropee nuestra relación. No estoy dispuesto. – Ella bajó la mirada, y le di un apretón a su mano para que volviera a mirarme, pero no lo hizo. Así que con la otra mano libre acuné una de sus mejillas, elevando su rostro. – Bella, desde luego que hay gente que no tiene tanta suerte, pero tú y yo somos afortunados de tenernos el uno al otro. – Mi dedo pulgar se deslizó suavemente bajo su ojo. – No pienses en la gente, siempre serán un mal ejemplo porque todo el mundo es diferente. Te quiero de una manera única. Tengo el hábito de pensar siempre en que nadie podrá querer a otra persona como yo te quiero a ti. – Sus ojos se cristalizaban a cada momento más. – Y voy a seguir pensándolo toda la vida. No hará falta que estemos pendientes de si nuestra relación irá mejor o peor porque yo me veo felizmente casado junto a una ancianita dulce y preciosa de unos vivos ojos color chocolate a mi lado.

–Edward… – Murmuró sonriendo y dejando que una lágrima emotiva rodase por su piel hasta encontrarse con mi pulgar. – Eres capaz de hacerle ver la luz a un ciego.

–Tú eres mi luz. – Contesté. – Así que no quiero que pienses en lo que puede o no puede ser. Vive el momento, confía en nuestros sentimientos y todo irá sobre ruedas. Ya lo verás. – Volví a besar el dorso de su mano.

–Gracias. – Me dijo cuando uní la mano que acariciaba su rostro a las que ya teníamos entrelazadas.

– ¿Por qué?

–Desde que volviste, los tacones a veces me fallan y solo tú eres el único que tiene el poder de hacerme sentir segura y querida. – Le sonreí. – Siempre me bastó una mirada tuya para saber lo que sentías por mí. Y eso fue lo que me faltó hace ocho años.

–Bella, nadie tiene que hacerte sentir segura. Tú misma tienes que darte cuenta de quien eres, y en lo que te has convertido. – Le di un apretón a su mano. – Yo ya te valoro, y no sabes cuánto, pero eres tú quien tiene que aprender a valorarse. Siempre, ¿vale?

–Sé que tienes razón. – Suspiró. – Lo voy a intentar de verdad.

– ¿Volverías a desconfiar de mí? – Pregunté volviendo a uno de los aspectos a los que había hecho referencia antes.

–No, ya no. Aprendí la lección. Y he aprendido mucho más, pero a veces las debilidades salen a flote en momentos como el que estamos viviendo ahora, supongo.

–Sí, tienes razón. – Ella sonrió agachando la cabeza, y volvió a hablar después de unos segundos. –Creí encontrar seguridad con los zapatos de tacón, pero en realidad lo único que consiguieron fue construir una fortaleza a mi alrededor incapaz de que ningún hombre la traspasara. – Me miró sonriéndome con los ojos. – Excepto tú.

–Eso no es verdad. Me costó semanas de duro trabajo derribarla. – Sus labios acompañaron a sus ojos esta vez, con un brillo pícaro, y negó despacio con la cabeza.

–Eso es lo que yo quería creer y hacerte creer a ti, pero está claro que me importó poco reencontrarme contigo con esos aires de soberbia y comemundos.

– ¿Soberbia? Me gustaría saber quien era más soberbio de los dos a ojos de los demás. – Ella sonrió. –Aunque… Fui muy grosero cuando te encerré conmigo en Eclipse. – Aunque ya había pasado mucho tiempo, no podía olvidarme de ese momento. Elevó una ceja y se mojó los labios.

–En realidad no fuiste tan grosero.

–Lo fui. – Se encogió de hombros.

–Estaba luchando contra mis propios deseos. – Suspiró, y un leve sonrojo anidó sus mejillas. – Si hubieses insistido un poco más al final me habría rendido.

–Pero estuvo mal. – Dejé caer los hombros. – Como el día que lo hicimos en la entrada de mi apartamento contra la puerta. – El rosa de su piel aumentó un tono más oscuro. Negó con la cabeza.

–Métete en la cabeza que nunca he hecho nada que no haya querido. – Me quedé serio. – Y tú no me habrías persuadido tan fervientemente de no conocer mis deseos ocultos. – Sonreí.

–Tienes razón. –Concedí. – Te quería aunque me intentaba hacer creer a mí mismo que te odiaba. Jamás habría hecho algo que te perjudicase.

– ¿Ves? – Mi dedo pulgar se deslizó lentamente por el contorno de sus labios, y sonreí.

–No veo el momento de hacerte mi esposa.

–Pronto… - Respondió con una preciosa sonrisa.


.

Aiiis! Que se casan! jajaja Bueno chicas, pues ya sabéis, para el próximo capítulo venid arregladitas y traed algo de ropa cómoda también ;)

Espero que lo hayáis disfrutado!A cuatro capítulos del final :(

Muchas gracias por todos los reviews

Un besito y hasta el viernes!