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Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer
EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA
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XXVIII
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La observé sonreír con verdadera sinceridad y alegría mientras hablaba rodeada por Rosalie, Leah, Alice, Ángela e Irina. La había dejado sola un momento, a regañadientes, para ir en busca de una copa de champagne para los dos y ya me la habían robado. Aunque realmente quedarme de pie, a unos diez metros de distancia, para tener la oportunidad de volver a observarla en toda su magnificencia merecía la pena. Me miró por encima del hombro de Rosalie unos segundos, con el rubor característico de la burbujeante bebida mezclado con el sofoco propio que se obtiene al no parar de bailar. Un par de mechones se habían desprendido del recogido que se había hecho por la mañana, creando un aspecto de sensual inocencia al ser contrastado con su vestido blanco. Sus ojos brillaban de felicidad, y cuando se mordió el labio inferior, le guiñé un ojo.
Decir que había sido el mejor día de mi vida era quedarse corto. Me desabroché un botón más de la camisa; ya era el cuarto botón. Habíamos llegado hacía dos días a Forks y casi no nos habíamos podido ver por diferentes motivos, pero el que más me había desagradado había sido Alice. Durante las últimas horas no la había dejado ni a sol ni a sombra. Incluso le había organizado una despedida de soltera de la que ninguno de los dos habíamos sido sabedores hasta la misma tarde. Aunque claro, si a Bella le habían organizado una despedida de soltera, mis amigos tampoco se habían podido quedar tranquilos sin organizarme una a mí.
Nos habíamos recorrido casi todos los bares de Forks, y habíamos bebido más cerveza de la que nuestros cuerpos podían tolerar. Emmett había contado muchas cosas que Rosalie seguramente habría preferido mantener en secreto, Jasper se había deshinibido por completo cuando llegamos al cuarto bar, Jake se parecía mucho más al chico de hacía ocho años, y a Josh le llamaron la atención por subirse a una mesa para recitar unas palabras en mi honor.
No había tenido mucho tiempo de pensar en si Alice se habría atrevido a alquilar el servicio de algún imbécil con músculos conseguidos mediante anabolizantes para que se desnudase frente a mi novia y le permitiese tocar algo de él. Me enteré al día siguiente, cuando Bella me contó que había sido Rosalie la que se había encargado de ello y lo había llevado a casa de mi prima. Como siempre, pensar que algún hombre, fuese de forma profesional o no, si se le podía llamar así, se le había estado insinuando de alguna manera, provocó que la sangre me hirviera un poco, aunque no demasiado tampoco.
Mis amigos de Boston llegaron a Forks el día antes de la celebración, y al menos ese día, Bella y yo tuvimos un poco de tiempo por la tarde para hacer las presentaciones y tomar algo en la taberna de Walter. Ángela se había encariñado con Bella desde el primer momento, y Bella pareció estar muy a gusto con ella también. Me alegré, ya que Ángela había formado parte de una etapa importante en mi vida; la etapa en la que más había necesitado un amigo incondicional. Las novias de Yuu y Damon también parecieron estar a gusto, y me sorprendí al observar a Damon mirar a su chica con un brillo en los ojos especial que jamás le había visto antes con ninguna otra mujer. Estaba más calmado, aunque no más serio. Pero no cabía duda de que se había enamorado.
–Cullen, espero que hagas feliz a mi hija. – Me tensé al escuchar a mi espalda la voz seria del padre de Bella, y mis pensamientos se esfumaron.
–Jefe Swan… – Murmuré tragando saliva. – ¿Quiere? – Le ofrecí una de las copas de chispeante champagne que aun sostenía.
Había hablado con el padre de Bella durante los días que ella y yo habíamos viajado a Forks para dejar preparada la fecha y entregar la documentación pertinente. Al menos no fue tan duro conmigo como yo esperaba. Me invitó a tomar algo en el bar de Freeman una de las tardes que fui a recoger a Bella, y allí de forma muy elegante, me amenazó con que si alguna vez hacía llorar a Bella me las tendría que ver con él. No fue la tarde más divertida de mi vida, pero tenía que admitir que cuando volvimos a su casa, las cosas entre él y yo se habían suavizado muchísimo.
–Chico… – Esta vez la severidad en su voz se convirtió en un sonido divertido. – No me llames Jefe Swan, después de todo ya podemos considerarnos familia. – Asentí al mismo tiempo que él aceptaba la copa.
Los dos nos giramos para observar una vez más a Bella, quien ahora acariciaba la falda del vestido con una de sus manos, mientras Alice le colocaba la larga cola y se ponía a su lado junto a las demás chicas para hacerse una foto.
–Le prometo que cuidaré de ella. No hay nada que me importe más en la vida que su bienestar.
–Lo sé. – Contestó, bebiendo un poco de la copa. – Me ha costado mucho tiempo creer en la realidad, pero creo que por fin puedo dejar que mi hija sea completamente feliz con quien desea. – Suspiró. – Tú eres quien ella ama, y yo por fin confío en que serás capaz de protegerla. – Abrí los ojos y enfoqué a mi suegro y a ese bigote negro que tanto le caracterizaba.
–No lo dude. – Respondí.
–Una vez pensé que tú fuiste el causante de su infelicidad y que la persona que os había hecho daño a los dos sería la que por fin podría hacer feliz a mi pequeña. Pero me equivoqué. – Volvió a beber de su copa. – Ahora me complace muchísimo saber que alguna vez recibió su merecido y que le diste unos buenos golpes. – Sonreí.
–Se merecía algo mucho peor. – Dije encogiéndome de hombros, y dando un pequeño trago a mi copa.
–Sigues siendo el buen chico que desde siempre esperé que se hiciese cargo de la felicidad de Bella... – Su bigote se torció al sonreír brevemente. – …aunque alguna vez hayas cometido alguna estupidez infantil con mi hija y haya querido matarte. – Rei entredientes.
–Gracias.
–Ya era hora de que mi niña fuese feliz. Está preciosa. – El orgullo de Charlie era evidente en su voz y en la forma en la que miraba a Bella.
–Siempre lo ha sido. – Él me miró, alzó su copa para brindar con la mía, nos bebimos de golpe el resto del champagne, y se alejó.
Ver aparecer a Bella del brazo de Charlie, acercándose a mí paso a paso, había sido uno de mis momentos preferidos del día. La ceremonia la habíamos celebrado en el jardín de casa de mis padres, y Alice se había encargado de llenarlo todo de flores que rodeaban a la belleza que, con un discreto rubor y los ojos fijos en mí, me sonreía llena de dicha. No llevaba un vestido ostentoso; la hermosa sencillez de la prenda contrastaba con la de su rostro, maquillado discretamente. La suave tela, caía con una gracia infinita sobre su cuerpo, acariciando cada una de sus delicadas curvas, y dejando rastro, unos tres metros por detrás, de una preciosa cola que la seguía con cada pequeño avance de sus piernas.
Una pequeña descarga eléctrica muy familiar me recorrió la mano y viajó por todo mi brazo hasta la columna, cuando Charlie me la entregó. La miré por unos segundos, corroborando que el reflejo de mi placer, también se alojaba en sus brillantes ojos marrones, y después no pude evitar presionar durante un largo segundo mis labios en una de sus mejillas. Por fin había llegado el momento. La ceremonia transcurrió felizmente. Apenas podía ser consciente de las palabras del , al otro lado del altar, porque no podía apartar la mirada de los ojos de Bella, absorbiendo el amor y la felicidad que irradiaban al observarme a mí con la misma dedicación con la que yo lo estaba haciendo.
Tras el ansiado beso que llegó acompañado de un caluroso y reconocido aplauso, nuestros familiares y amigos comenzaron a desfilar para llenarnos de felicitaciones. A todos los recibimos con abrazos y algún que otro beso, y todos nos desearon un feliz matrimonio de forma sincera.
Después de toda la recepción, tras la cena y ayudar a que Bella cortase el enorme pastel blanco con un respetuoso cuchillo muy afilado, nos ofrecimos un bocado del mismo trozo que sosteníamos ambos al mismo tiempo que nos sonreíamos con los ojos. No pude evitar robarle un beso aun cuando ella estaba masticando y yo no había terminado de tragar, ganándonos la aclamación de nuestros invitados y sus risas. Bella lanzó su ramo al pequeño grupo de chicas formado por un par de primas nuestras, las novias de Yuu y Damon, Angela e Irina. Finalmente, Mary, la novia de Damon, fue la que atrapó el ramo. Mordiéndose el labio y sonriendo, le lanzó una miradita a Damon de lo más sugerente. También le quité la liga a Bella; una preciosa liga de encaje blanco con un lazo azul. Tal vez me tomé más tiempo del necesario, pero disfruté cada segundo.
La vi caminar en mi dirección en un descuido de las chicas, quienes se habían reunido para mirar alguna foto de la cámara digital de Alice. – ¿Qué haces aquí tan solito? Estaba esperando a que volvieras. – Abrí mis brazos y rodeé su cuerpo, sintiendo a la vez como los suyos me recibían de la misma manera.
–Estabas ocupada, y además, realmente es un espectáculo verte vestida de blanco. ¿Te he dicho ya que estás preciosa? – Pregunté mirándola a los ojos. Ella sonrió.
–Mmm, creo que es la trigésima primera vez que me lo dices. – Contestó aleteando sus pestañas. Solté una carcajada.
–Me parece que estás exagerando un poquito. – La mezcla entre el alcohol y la felicidad parecía haberla desinhibido por completo.
–Puede, pero puedes seguir repitiéndolo el resto de la noche. – Me incliné hasta que mis labios rozaron los suyos.
–Te lo repetiré toda la vida.
–¿De verdad? – Preguntó riendo mientras acariciaba con la punta de su nariz la mía.
–De verdad. – Respondí atrapando dulcemente su labio inferior con los míos, y paseando la punta de mi lengua por él. – Quiero que lo escuches continuamente y que sepas que no habrá más mujer para mí que no seas tú. – Sus manos acercaron mi cabeza a la suya, hundiendo los dedos en mi pelo y me besó lentamente.
–Sé que no habrá otra. – Susurró dejando un beso en mi mandíbula. – En mi vida tampoco habrá otro.
–Lo sé, mi amor. – Sonrió, y se acercó una vez más para besarme en los labios de nuevo.
El ruido de la fiesta había cesado en mis oídos y todas las personas habían desaparecido porque de lo único que podía ser consciente era de la respiración jadeante de Bella al besarme, de sus manos acariciándome el rostro y la espalda tranquilamente, de la suave piel de su rostro y de su cuello bajo la punta de mis dedos y de la forma de su cintura al acariciarla con mis manos. No podría estar en ningún lugar mejor que donde me encontraba en esos momentos: entre sus brazos, recibiendo su amor a través de la caricia de sus labios y manos.
Sonrió rodeando mi cuello con los brazos al mismo tiempo que dejaba escapar un suspiro de confort, y dio un vistazo a la gente que seguía bailando en la pista. Rosalie con Emmett, Alice con Jasper, Irina con Josh, Angie con la novia de Yuu y Damon. Jake con Leah, aunque un poco más despegados que los demás, se sonreían y hablaban amigablemente.
–Me alegro de que estén mejor. – Dijo refiriéndose a la última pareja.
–Yo también.
– ¿Crees que algún día volverán? – Preguntó volviendo su rostro al mío.
–La verdad es que no. – Contesté sinceramente. – Jake no la quiere, al menos no la ama en un sentido romántico. – Mis manos seguían acariciando la parte más baja de su espalda y la cintura distraídamente. – A lo mejor me equivoco, pero me parece que tanto uno como el otro están mejor como amigos.
–Al menos no se pasan la mayor parte del tiempo que pasan juntos discutiendo. – Nos giramos de nuevo al escuchar unos silbidos y vitoreos desde la pista. Emmett tenía en brazos a Rosalie y la giraba con algo más que entusiasmo y pasión. Los dos soltamos una carcajada. –Está demasiado feliz y eufórico desde que sabe que va a ser papá.
Emmett y Rose hacía dos semanas que nos habían dado la noticia de que estaban esperando un bebé. Mi amigo parecía mucho más niño de lo que ya era, y Rosalie no paraba de sonreír una y otra vez, dejando atrás aquella expresión fría que solía acompañarla, sin poder ocultar su felicidad. A pesar de que faltaban casi siete meses para que ese renacuajo naciera, Bella ya le había comprado más ropa de la que podría ponerse.
– ¡Eh! ¿Qué hacéis ahí escondidos? – El grito de Emmett desde la pista, se escuchó perfectamente por encima de la música. – ¡Venid aquí! – Ordenó, acompañando la petición con un gesto de la mano. Suspiré y me separé para entrelazar una de mis manos con la suya. Emmett puso los ojos en blanco, y volvió a prestarle toda la atención a Rosalie.
–Toma. – Le ofrecí la copa de champagne que no había podido darle antes. – Y ésta para mí.
–Por el día más feliz de nuestra vida. – Dijo ella.
–Por la maravillosa mujer que me acompañará para siempre.
–Y por ti, que me has recordado que la vida a tu lado es como un cuento de hadas. – Sonrió. – Bueno con algunos episodios un poco más desagradables, pero que después se solucionan con mucho amor.
–Y pasión. – Continué guiñándole el ojo. Ella se mojó los labios. – Te quiero.
–Te quiero. – Contestó, antes de brindar y bebernos la copa entera. Elevé una ceja. – ¿Qué? Tenía sed.
–Creo que estás bebiendo mucho champagne. – Ella rio.
–Estoy algo achispadita. – Dijo dejando un corto beso en mis labios.
– ¿Puedes seguir bailando un poco más? – Asintió.
–Vamos. – Y tiró de mi mano hasta sumergirnos entre la multitud que no dejaba de bailar en la pista.
Pasó una hora más antes de que tuviésemos que irnos. Charlie, Emmett, Jasper y Jacob me habían robado alguna que otra vez a mi esposa. Incluso Carlisle, había dejado de hablar con Eleazar, quien también había asistido a la ceremonia, para tener el placer de bailar con una belleza como ella. Yo lo había hecho con Esme, con Renee, con Alice, con Irina y con Angie, pero ninguna de las veces había perdido de vista a Bella completamente. Lo que realmente disfruté fueron los momentos que pasaba con mi reciente esposa hablando en susurros, tratando de bailar sin pisarle los pies ni que ella me los pisase con esos tacones afilados debido al probablemente exceso de Champagne, repartiendo besos en diferentes lugares de su rostro, gozando sus abrazos…
No veía el momento de tenerla desnuda, besándola y acariciándola, para poder hacerle el amor como mi esposa. Pero para mi desgracia, tendría que esperar algunas horas más, porque al salir de la fiesta tendríamos que coger un taxi hasta Port Angeles, después subirnos a una avioneta que nos llevase hasta Seattle, y allí por fin embarcar un avión que nos llevaría hasta España, aunque no sin hacer antes escala en Gran Bretaña.
–Hasta que te has echado la soga al cuello. – Las palabras arrastradas de Emmett llegaron hasta mis oídos después de que sintiera el peso de su cuerpo caer en el mío. Traté de mantener el equilibrio y sujeté la mano que colgaba por mi hombro izquierdo para que no nos cayéramos los dos. – No sabes cuááánto me alegra que hayas vuelto. – Reí.
–Yo también me alegro de haber vuelto. – Emmett tropezó con algo mientras caminaba y frené en seco, ejerciendo toda la fuerza que podía para que no cayera. Se rio.
–Yo me quiero casar con Rosie, aunque parece que ella no tiene mucha prisa.
–Habrá tiempo. – Le contesté.
–Pero, ¿dónde vais? – La voz de Jacob se unió en un tono más normal y con el paso más ligero.
– ¿Tú qué coño haces sobrio? – Reí ante la indignación de Emmett.
– ¿Vais al baño juntitos? – Volvió a preguntar nuestro amigo, de manera jocosa.
–Ha sido él. – Respondí. – Tengo que vaciar la vejiga antes de cambiarme de ropa.
– ¿Ya te vas? – Los ojos casi cerrados de Emmett me miraron. – ¿No vamos a jugar un partidito? – Preguntó frunciendo el año. – ¡Vamos, los invencibles contra los perdedores! – Lanzó el puño libre al aire con tal entusiasmo que se inclinó hacia adelante, y si Jake no llega a ponerse delante de él, habría caído de boca.
–Emmett, deberías valorar un poco más tu vida. – Se burló Jacob. – Anda, yo me encargo de éste, si no, no vas a llegar con tiempo suficiente a Seattle. – Sonreí negando con la cabeza. – Esa sonrisa es de borracho. – Reí entredientes.
–Gracias, tío. – Emmett había abierto los brazos al mismo tiempo que Jacob intentaba sostenerlo para que no cayera, y se había puesto a cantar, sin sentido alguno, el himno estadounidense. – No sé si podrás moverlo.
–Creo que sabré manejarlo.
–Jake. – Lo llamé antes de que se alejara. Emmett miraba al cielo y Jake intentaba que no cayera de espaldas mientras seguía cantando. – Me alegra verte mucho mejor con Leah. – Se encogió de hombros.
–Es una gran mujer. Y me alegra que podamos seguir siendo amigos. Creo que ella también se ha dado cuenta que lo que sentía por mí no era amor. – Sonreí.
–Esa es una gran noticia para los dos. – Jake asintió, alargó un puño para golpearlo con el mío, y se alejó trastabillando con Emmett por el jardín.
Me giré al notar una mirada intensa tras mi cabeza al pensar en que Jacob tal vez tenía problemas para llevarse a Emmett, pero mis dos amigos seguían alejándose poco a poco. Estaba claro que a Jake le suponía un esfuerzo, pero tampoco necesitaba ayuda. Miré a mi alrededor, con la mayor atención que pude, buscando a alguno de mis amigos o a Bella, pero lo único que pude ver fueron las hojas de los árboles y los arbustos en silencio. Llené mis pulmones de aire e intenté deshacerme de la sensación que me obligaba a dirigirme al grueso tronco que se alzaba a un par de metros de una de las esquinas de la casa de mis padres. Seguro que solo se trataba de algún efecto del alcohol, y nada más.
Cambiarme de ropa hubiese sido muy fácil de no ser porque me costaba alzar las piernas cada vez que me tenía que poner un calcetín o el pantalón. Aun así, logré mantenerme en pie con bastante naturalidad mientras me miraba al espejo y me colocaba el cuello de la camisa verde que llevaba. Sonreí al escuchar unas risas en la habitación de al lado. Podía distinguir la tímida de Bella, la chillona de Alice y la contenida de Rose. Era evidente en mi rostro que era feliz. Después de todo lo que habíamos pasado durante tantos años por fin la vida nos concedía lo que tanto habíamos ansiado, y yo me comprometía a saber valorar el mayor regalo que me podía hacer.
Bajé las maletas que Bella y yo nos llevaríamos a nuestra luna de miel hasta el recibidor, y después volví a subir para tocar con los nudillos la puerta de la habitación donde aún permanecían encerradas. Un grito ahogado se escapó seguramente de la boca de Alice.
– ¡Un minuto! – Exclamó mi prima.
–Al final se nos va a hacer tarde. – Comenté tras la puerta. Unas risitas grupales se volvieron a escuchar tras la misma. – ¿Quitarse un vestido es tan aparatoso? – Pregunté de manera sugerente. Hubiese preferido hacerlo yo, pero las circunstancias no me lo habían permitido. La puerta se abrió de repente y me encontré a mi prima de frente.
–Sí cuando es un vestido de novia que guarda bastantes sorpresas debajo.
– ¡Alice! – El ruego de Bella iba acompañado de un pequeño sonrojo cuando se puso a su lado.
–Sí, sí. De acuerdo. – Respondió la aludida. – ¡Felicidades otra vez, primito! – Se arrojó a mis brazos y me tambaleé levemente. – Menos mal que le dará tiempo a deshacerse de lo que lleva encima… – Le comentó a Bella con un mensaje oculto tras sus palabras que en seguida identifiqué.
–Estoy en plenas facultades. – Me defendí cuando se separó. – Y más cuando se trata de ella. – Bella se mordió el labio antes de avanzar y rodear mi cintura con su brazo.
Se había puesto un vestido de un color muy similar al verde de mi camisa que le llegaba hasta las rodillas. Estaba preciosa.
–Ya, claro. – Se limitó a contestar Rose poniendo los ojos en blanco. – ¿Bajamos? – Iba a contestarle algo referente a Emmett, pero preferí morderme la lengua.
Después de una emotiva despedida en la que nuestros padres fueron los protagonistas, un taxi nos condujo hasta Port Angeles para comenzar la que, estaba seguro, que sería una perfecta, apacible y maravillosa luna de miel.
…
Sentí el sabroso olor salino del mar al respirar, la agradable calidez que desprendía el sol sobre mi cuerpo descargando la vitamina E, y el sonido inconfundible del barco al abrirse paso entre el agua del mar. Un paraíso terrenal que avanzaba sin descanso hasta su próximo destino, en el que nos quedaríamos una semana más antes de volver a Seattle. Imaginar el bienestar de un día entero tumbado al sol después de recorrer ciudades maravillosas de España, Francia e Italia había sido una minucia que nada tenía que ver con la verdadera sensación de convertirse en alguien libre a merced de la suave brisa mediterránea que me acariciaba mientras paseaba por pequeños trocitos del viejo mundo y disfrutaba de la compañía de mi esposa.
Pero, aunque todo aquello podría derretir hasta a la persona más estresada del mundo y lograría embelesarla hasta conseguir apresarla en una de las tumbonas que descansaban cerca de uno de los laterales del barco, tenía que admitir que nada sería lo mismo sin la preciosa mujer que estaba tumbada a mi lado boca arriba, con un pequeño bikini verde que dejaba a la vista más de lo que a cualquier hombre le gustaría mostrar de su mujer. Estaba tan serena como el mar azul que nos rodeaba, sin soltar la mano que yo había entrelazado con la suya desde hacía ya un rato. Parecía que se le había oscurecido un poco la piel con el paso de los días, y estaba todavía más hermosa de lo que ya era.
Sin poder evitarlo, me levanté de mi tumbona sin deshacer la unión de nuestros dedos, me acuclillé a su lado y acaricié con la punta de mi nariz su cuello de arriba abajo, percibiendo la sal del agua de la piscina. Un ronroneo de pura satisfacción emergió desde su garganta y se removió juntando sus rodillas. La punta de mi lengua desfiló desde su mandíbula hasta dibujar el contorno de su labio inferior y me encontré sus ojos abiertos, mirándome con la pasión desbordante que se había alojado con verdadero ahínco en su ser desde que habíamos aterrizado en la isla de Mallorca.
–Hola. – Susurró acariciando mi rostro con la mano que le quedaba libre. – No hay nada como verte a ti al abrir los ojos.
–Me alegra saber eso.
Mis labios presionaron los suyos, y entonces, la definición de paraíso se transformó. Ya no había brisa más agradable que la suave cadencia de su propia respiración al golpear mi rostro, tampoco la calidez que desprendía el sol podía compararse con el calor de las caricias que me propinaban su lengua, sus manos y, en definitiva, su cuerpo cuando las mías le regalaban caricias a la altura de su vientre. Ni siquiera el sonido del agua cuando la proa del barco rompía las olas del mar, se podía comparar con los sonidos que hacían nuestros labios al besarnos. Realmente, esto sí que era el paraíso.
Sabía que terminaría nuestra luna de miel y aun no me habría saciado de ella porque jamás me sentiría satisfecho, pero había intentado disfrutar de su compañía todo lo que me había sido posible desde que habíamos llegado a España la noche antes de embarcarnos en el maravilloso crucero que ahora nos llevaba de vuelta al lugar desde donde habíamos salido. Habíamos llegado a Mallorca a las 07:00 p.m. del día siguiente a nuestra boda, y casi no habíamos cerrado la puerta de nuestra habitación del Hotel Palas Atenea, cuando ya la había abordado, cogiéndola en brazos para tumbarla en la cama. Había tenido que resistir las ganas desde que habíamos salido de Forks, y no estaba dispuesto a esperar ni un segundo más.
A la mañana siguiente amanecimos frente a una espectacular panorámica de la bahía palmesana, la hermosa Catedral de la ciudad y el paseo marítimo. Paseamos a lo largo de un camino embaldosado, admirando la cantidad de lanchas, veleros y enormes y lujosos yates atracados religiosamente en el puerto deportivo hasta llegar al Parque del Mar, donde imponente, la catedral de estilo gótico, protagonizaba una preciosa estampa. Estaba situada en la acrópolis de la ciudad romana de Palma, mirando al mar, con una muralla a sus pies y el guiño de una fuente que expulsaba agua en vertical a muchos metros de distancia en medio de un jardín de césped, plumeros, algunos árboles y flores.
Esa misma tarde, nos embarcamos en el Buque Zenith, y al día siguiente, después de una noche bastante ajetreada, desembarcamos en la ciudad de Barcelona. El absoluto cielo azul nos recibió nada más pisar tierra. Tenía un matiz especial que conseguía envolverme, llenándome de la energía que parecía desprender. Caminamos muchísimo descubriendo las maravillas diseñadas por el arquitecto Gaudí como el espectacular símbolo de la ciudad, la Sagrada Familia, ubicada en pleno centro de Barcelona; un hito de la arquitectura neogótica que destacaba por la grandeza de su perfección y magnificencia, pero que aún seguía en construcción. También visitamos el Parque Güell, el cual nos recordó al escenario de un cuento; la casa Batlló, la Casa Milá y la Rambla.
Después de comer, y antes de volver a embarcar, nos escapamos, con una pareja londinense, que habíamos conocido durante la comida y que viajaba en nuestro buque, al Mercado de La Boquería para admirar el maravilloso colorido embaucador que desprendía. Se llamaban Amber y Byron, y también estaban de luna de miel. Los dos de tez pálida y rubios como los rayos del sol. Amber tenía los ojos color miel, y Byron azules como el mar. Parecían también muy felices y con ganas de divertirse.
Esa tarde estuvimos tomando el sol en cubierta, escuchando como el barco zarpaba tomando el nuevo rumbo hasta Marsella, en Francia. Allí visitamos el pintoresco y curioso Barrio del Panier, el bohemio Patio de Julian y el palacio del Faro desde donde pudimos obtener las mejores vistas de la ciudad. También hicimos una parada en el extravagante y espectacular palacio de Longchamps, donde la fuente de la fachada principal, nos sorprendio con una representación de un carro tirado por cuatro toros.
Al volver a embarcar, Bella casi no podía mantener los ojos abiertos del cansancio que tenía. Así que nos duchamos, cenamos y nos fuimos directos a la cama para descansar. Los siguientes tres días tuvimos el placer de conocer un poco Italia.
En Savona visitamos la Pinacoteca Municipal, en la cual pudimos admirar la colección de cerámicas de algunos artistas locales. También vimos la Catedral de Santa María Assunta, de comienzos del siglo IX, y la única Capilla Sixtina que existe a parte de la del Vaticano, y que originariamente fue construida para ser un monumento funerario. El día que desembarcamos en Civitavecchia, tuvimos un día entero para ver las maravillas de la ciudad de Roma. Visitamos la preciosa Fontana de Trevi, el Coliseo, el Foro Romano, el Panteón de Agripa, el Arco de Constantino y paseamos por la Villa Borghese. Tuvimos suerte de que la pareja londinense con la que solíamos hacer todas las excursiones hubiese visitado antes Roma, así se nos hizo mucho más fácil llegar a todos los lugares que queríamos ver.
El último día de visita en Olbia, al norte de Cerdeña, nos maravillamos con la visión espectacular de la isla de Tavolara. Parecía que alguien había cogido una enorme roca alargada y afilada y la hubiese dejado allí flotando. Amber y Byron nos comentaron que cuando viajaron a Roma y a Cerdeña tuvieron la suerte de conocer una de las más bonitas playas que habían visto nunca cuando visitaron Tavolara, y en mi fuero interno, me prometí que algún día la visitaría con Bella. Después de todo lo que habíamos visto, Olbia no fue la parada más espectacular, pero nos gustaron el Palacete Humbertino, la Iglesia de San Simplicio y la Iglesia Pisana-Romanesca. Ese día pudimos relajarnos un poco más antes de volver a subir al barco. Nos quedamos hablando tranquilamente en el restaurante donde comimos y pudimos pasear y descansar por una de sus playas de aguas cristalinas.
Habían sido unos días maravillosos que habíamos inmortalizado con muchísimas fotos del uno con el otro, con recuerdos en los lugares donde nos habíamos detenido para besarnos y abrazarnos. Habíamos paseado de la mano por verdaderos monumentos históricos sobre los cuales recaían muchísima historia, y lo mejor de todo, era que lo habíamos hecho juntos.
–Te llevaría a la cama ahora mismo. – Murmuré en su oreja, dándole un pequeño mordisquito que la hizo jadear discretamente.
– ¿Y por qué no lo haces? – Me sostuvo la cabeza delante de la suya, mirándome con verdadero apetito carnal al mismo tiempo que se mordía el labio. Me alejé de ella, incapaz de mantener las manos en otro lugar que no fuese alguna parte de su anatomía, y me senté en mi tumbona.
–Byron me dijo que vendrían a tomar un poco el sol hace un rato. – Elevó las cejas.
– ¿Cuándo?
–Cuando he ido por los cócteles. Ellos subían al camarote. – Esta vez frunció el ceño y una de sus manos descendió distraídamente por uno de mis brazos hasta llegar a mi pecho y abdomen desnudos.
–No me has dicho nada. – Sonreí y negué con la cabeza divertido.
–Normal. – Suspiré. – Lo olvidé en el momento en el que te vi sumergida en la piscina. – Frunció los labios, intentando reprimir una sonrisa.
– ¿Y eso? – Sus dedos, dejaban suaves caricias a la altura de la cinturilla de mi bañador rojo.
–Porque parecías un ser sobrenatural con el pelo mojado, la piel brillante y los pechos flotando. – Dije paseando mi dedo índice por la parte exterior de uno de sus muslos. Se carcajeó.
–Eres un payaso.
–Pues el payaso habla muy en serio. – Dije acercándome hasta ella y plantándole un húmedo y acalorado beso en los labios. – Anda, vamos.
–Pero acabas de decir que… – No la dejé acabar porque la volví a besar.
–Sé lo que acabo de decir. – Mis labios se movieron hasta su cuello y le di un mordisquito. – Pero lo he pensado mejor.
–Mmm… Edward…
–Se me había olvidado que Byron y Amber también están de luna de miel y tal vez están haciendo honor a esa palabra. – Mi nariz acarició la suya. – Miel, dulce miel; eso es lo que me apetece ahora. ¿Tú tienes miel? – Se removió inquieta hasta conseguir ponerse de pie y comenzó a colocarse el pareo blanco.
–Dios mío, ¿y tienes el morro de llamarme provocadora? – Preguntó alterada, con un precioso rubor en las mejillas, mientras se ponía las chanclas. Me aguanté las ganas de reír al ser consciente de su repentina urgencia. – Ven, voy a enseñarte de donde emana una miel muy dulce. – Y tirando de mi mano impacientemente, me condujo hasta nuestro camarote.
El resto de la mañana la pasamos en la habitación, entre caricias, besos, palabras sinuosas y provocadoras, y un relajante baño. Si hubiésemos querido, nos habríamos olvidado hasta de comer, pero estaba claro que nuestras necesidades más primarias a veces nos importunaban sin que pudiésemos hacer nada para controlarlas. Volví a reír entredientes cuando escuché rugir por segunda vez el estómago de Bella. Estaba sentada entre mis piernas en la bañera, y yo elevaba uno de sus brazos acariciándolo con la punta de mis dedos, para después entrelazar nuestras manos y estrecharla en un abrazo contra mi pecho.
–Por muy bien que esté aquí contigo, no quiero matarte de hambre. – Murmuré con la barbilla apoyada en su hombro.
–Yo estoy muy bien. – Susurró, apoyando su cabeza en mi hombro y dejando su cuello a mi merced. No pude evitar besarla, sacando la lengua y dejando un mordisquito al final. Se le escapó un gemido.
–Ahora mismo podría hacer contigo lo que quisiera. – Susurré mientras acariciaba su vientre. – Tienes un cuerpo tan bonito.
–Edward… – Suspiró, cogiendo mis manos para llevarlas a sus pechos.
–Ah, ah… – Negué, al mismo tiempo que acariciaba la suave piel de sus senos. –Eres preciosa y muy tentadora, pero pretendo mantenerte con vida muchísimos años.
– ¿No será que algo falla por ahí abajo? – Su voz era un murmullo provocador, pero no iba a entrar en su juego.
–Si intentas insinuar que mi virilidad ha dicho basta por hoy es que no estás sintiendo esto. – Contesté acercándola más a mí, y empujando mi cadera contra la parte baja de su espalda, para que supiera de qué estaba hablando. Escuché como soltaba de golpe el aire de sus pulmones.
– ¿Entonces? – Preguntó dándose la vuelta, como si no entendiera por qué me negaba.
–Entonces… – Sonreí acariciando su barbilla. –… Vas a ser buena, vas a comer mucho para reponer fuerzas y después hacemos lo que quieras. – Mi dedo índice le dio un débil golpecito a la punta de su nariz.
– ¿Volver aquí? – Preguntó besándome en los labios.
–O tomar el sol… – Susurré contra sus labios, aunque francamente yo prefería volver.
–Vamos a tener muchos días de sol y playa. Quiero quedarme todo el día aquí contigo. – Habló con resolución, al mismo tiempo que rodeaba mi cuello con los brazos, pero se separaba para verme mejor el rostro.
–Si es lo que quieres… – Asintió, y se acercó para dejar otro beso más en mis labios.
–Mi guapísimo marido, no tarde usted en salir de la bañera. –Dijo a medida que emergía del agua y su hermosura en su máximo esplendor quedaba expuesta ante mis ojos. Me acarició el pelo, provocando que la mirase a los ojos y, dedicándome una preciosa sonrisa, salió para envolver su cuerpo con una toalla.
Y como deseó mi preciosa y provocadora esposa, después de comer y dar un paseo por cubierta donde nos encontramos a Amber y Byron, nos pasamos el resto de la tarde en la habitación aprovechando al máximo los días que podríamos disfrutar de nuestra compañía. Después nos duchamos y salimos a cenar, antes de visitar un bar de copas, y despedirnos definitivamente de la pequeña amistad que habíamos hecho en el Zenith.
–Tu camisa es preciosa. – Escuché que le decía Bella a Amber.
–Gracias. – Respondió ella mirándosela y tocándose un botón. – Aunque tu falda también es muy bonita. – Bella le contestó algo cuando Byron se dirigió a mí.
– ¿Cuántos días vais a quedaros en Mallorca?
–Una semana. – Suspiré moviendo mi copa en círculos y observando el líquido color coral responder a la suave cadencia al que le había sometido, después bebí. – Alquilaremos un coche para ir a algunas calas que hemos visto por internet. – Él asintió.
–Tengo un par de amigos que han visitado la isla, y les ha gustado mucho.
– ¿Vosotros volveréis a Londres?
–Sí. – Suspiró algo desanimado tras beber de su sex on the beach. – Vuelta a la rutina. – Yo miré a Bella, quien sonreía mientras escuchaba algo que le contaba Amber.
–Cuesta volver después de estar unos días en el paraíso, ¿verdad? – Él miró a Amber.
–Sí. – Reí entredientes.
–Por nuestras chicas. – Dije alzando la copa.
–Por ellas.
– ¡Vamos a bailar! – El reclamo de Bella me hizo apartar el dulce cóctel de mis labios para prestarle toda la atención del mundo. Amber estaba de pie, abrazada a su marido y tirando también de él. Le lancé una fingida mirada de resignación a Byron y seguí a Bella. – ¿A qué ha venido esa miradita? – Preguntó poniéndose a mi lado. Yo reí, la empujé para que quedase delante de mí y la abracé por la espalda al mismo tiempo que seguíamos avanzando hasta la pista.
–Era una broma. – Le dije en su oído. – Bailar contigo tiene sus ventajas. – Se giró cuando llegamos y me miró sonriendo mimosa al mismo tiempo que rodeaba mi cuello y empezaba a moverse.
– ¿Ah, sí? ¿Cuáles?
–Tocarte, abrazarte, y besarte. ¿Te parece poco? – Para dar más énfasis a mis palabras la besé mientras mis manos se movían por su cintura y la pegaba a mi cuerpo al ritmo de una salsa.
–Mmm. – Murmuró cuando después de un largo minuto se separó de mis labios, abrazándome con fuerza y dejando un suave beso en mi oreja. – Sí, cuando podría tenerte desnudo en el camarote. – Respondió dándome un pequeño mordisquito que me envió una corriente eléctrica a través de la columna hasta aterrizar en mi entrepierna.
Seguí bailando con ella, dándole vueltas, abrazándola después para intentar dejarme llevar por la música. Nunca había sido muy agraciado a la hora de dar pasos de baile, pero parecía que bailar con Bella lo hacía todo más fácil. Mis manos le acariciaron el trasero más de una vez, incapaz de mantenerse quietas tras lo que me había dicho anteriormente en el oído.
En un momento dado, le di la vuelta para pegar su espalda a mi pecho y comencé a mover mis caderas contra su trasero. Ella elevó uno de sus brazos hasta mi cabeza y respondió a mi movimiento, encontrándose con la dureza procedente de mi excitación. Verla moverse, cerrar los ojos para sentir la música, observar sus piernas subidas a esos tacones, sus caderas y su estrecha cintura zarandeando su falda de vuelo color coral, me estaban volviendo loco.
–No me puedo creer que aun tengas fuerzas para un asalto más. – Murmuró en mi oído después de unos segundos, quedando frente a mí. – Vámonos, no quiero ofrecer ningún espectáculo aquí. – La miré encontrando el mismo deseo que yo sentía en sus ojos.
–Tus deseos son órdenes para mí.
Y tras despedirnos de Amber y Byron, nos encerramos en nuestro camarote hasta la mañana siguiente.
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Ains... Bueno chicas, pues espero que os haya gustado el capítulo. No he podido evitar mandarlos al Mediterráneo y una semana a la isla de Mallorca... Yo vivo ahí, y de verdad que es una maravilla :) Después de haber escrito tantas historias, he tenido el impulso de hacerlo en esta.
En fin, en el próximo capítulo no sé si pediros que os preparéis... porque... esta siendo todo muy bonito, ¿no? Ains... os dejo.
No puedo creer que ya se esté acabando. Muchísimas gracias por todos vuestros rr.
Un besazo enorme, y hasta el lunes.
