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Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA


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XXIX


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Entramos en el ascensor del Aspira y las maletas formaron un ruidoso estruendo cuando las dejé caer.

– ¡Eh! – La sorpresa impregnada en su exclamación murió en mi boca cuando mis labios sellaron los suyos.

Mientras una de mis manos presionaba su muslo, la otra presionaba su cintura al tener el brazo rodeándola. Me deleité al escuchar como su respiración aumentaba en pocos segundos y en como su deseo quedaba al descubierto cuando sus manos quedaron libres y presionaron mi cabeza, acercándome más a ella. Atrapé suavemente su labio inferior entre mis dientes y escuché un bajo gemido antes de que ella respondiera de la misma forma conmigo. Mi sed de sus besos aumentó al notar que su deseo competía con el mío y mi lengua acarició la suya sugerente y dispuesta a darle amor y placer con movimientos lentos y suaves.

Cuando mi mano consiguió introducirse bajo su jersey de punto blanco para acariciar la suavidad de su espalda baja, el timbre del pequeño cubículo nos informó de que habíamos llegado a nuestro piso. Me miró a los ojos divertida y se rio antes de que, a regañadientes, me separase de su cuerpo lanzándole una mirada prometedora, cogiese las dos maletas y saliese después de ella. Volví a abordarla en la puerta con mis labios sobre su cuello, mientras ella introducía la llave en la cerradura e intentaba abrirla lo antes posible. Dejó caer el pequeño bolso de viaje que llevaba, y antes de que yo soltara las pesadas maletas en el recibidor, se colgó de mi cuello.

Cegado por la necesidad apremiante de volver a hacerle el amor, la hice retroceder mientras nos besábamos hasta que quedó atrapada entre la pared y mi cuerpo. Se separó de mis labios lo suficiente para lanzarme una mirada enamorada y llena de pasión que me hizo arder la sangre, y llevando sus manos al borde de su jersey se lo quitó, dejándolo caer al suelo. Mis manos hambrientas de la suavidad de su piel, tomaron su cintura y la acercaron más a mi cuerpo para volver a besarla, pero ella retrocedió. Fruncí el ceño confuso por la negación traviesa impregnada en sus ojos, y la entendí.

Mientras yo me deshacía de mis prendas, ella terminaba de desnudarse con la misma urgencia que yo sin dejar de mirarme a los ojos. No había nada mejor que ser consciente de la predilección que sentía hacia mí; era un reflejo de la que yo sentía por ella. Le lancé una sonrisa traviesa que le hizo morderse el labio inferior dejando entrever otra igual, mientras yo paseaba lentamente mis manos sobre la piel de su cintura, sus caderas y la cogía del trasero para alzarla. Su gemido hizo eco en mi boca cuando nuestra intimidad se acarició, y pronto nuestros cuerpos comenzaron a moverse al ritmo de un vaivén cadencioso y necesitado, acompañado de los suaves golpes que la espalda de Bella dejaba sobre la pared.

Descansar era un verbo que aún, después de llegar de un viaje de luna de miel de dos semanas, se encontraba lejano en mi mente. Al día siguiente, cuando la realidad volviera para romper la burbuja de felicidad total en la que nos encontrábamos inmersos, tendría tiempo. Habíamos pasado unos días maravillosos en la isla de Mallorca durante los que habíamos disfrutado muchísimo el uno con el otro mientras descubríamos lugares preciosos.

Pasábamos las noches en un bungalow de piedra a pie de playa en la zona sureste de la isla, desde donde cada anochecer podíamos admirar una bonita puesta de sol mientras cenábamos, y cada mañana amanecíamos con el relajante sonido de las olas al romper tranquilamente en la orilla, y respirando el olor a salitre. Pero además, como habíamos alquilado un coche, habíamos explorado otras playas preciosas en el suroeste de la isla y al norte, y habíamos podido bañarnos en las aguas cristalinas de calas como Es Calò des Moro, Cala Llombards, Cala s'Almunia, y en el agua turquesa de la playa de Alcudia.

También habíamos tenido tiempo para visitar el Torrent de Pareis cuando hicimos una excursión a Sa Calobra, en la Sierra de Tramuntana, donde pudimos admirar estampas preciosas desde algunos miradores como el de Sa Foradada o el de Ses Barques, y terminamos en el Cap de Formentor. Habían sido unos días perfectos, en los que habíamos podido ver maravillas de la naturaleza, pasear por la arena fina y blanca de la mano, y en los que habíamos tomado el sol también.

–Edward… – La susurrante y complacida voz de Bella tras llegar al orgasmo me erizó la piel y me hizo tensarme para preparar mi final. Moví mis caderas hacia arriba un par de veces más hasta que a la tercera gruñí rindiéndome al mayor placer de mi vida.

– ¿Estás bien? – Pregunté cuando aún sentía sus piernas y brazos aprisionarme fuertemente. Estaba haciendo un gran esfuerzo por mantenerme en pie con ella en brazos.

–Mmm… – Murmuró perezosamente, acariciándome el hombro con su mejilla vagamente.

Era una suerte que la pared me ayudase a sostenerla en cierta manera. Afiancé mi preciosa presa con los brazos antes de que intentase ponerse en pie después de un par de minutos, y me dirigí con ella en brazos hasta dejarla tendida sobre la cama. Se metió como una gatita mimosa bajo las sábanas boca abajo y, antes de que me acomodase a su lado después de volver del baño y programar el despertador, ya se había quedado dormida. Sonreí y le acaricié el rostro consciente de mi cansancio también.

Sabía que al día siguiente me costaría volver al hospital porque eso significaba dejar de estar con ella, pero no había más remedio, y los días que habíamos pasado en nuestra luna de miel los guardaría en mi memoria como unos recuerdos muy valiosos. No podría olvidar sus labios manchados de helado de chocolate mientras nos comíamos una tarrina sentados en la arena de la calita que estaba frente a nuestro bungalow, la suave brisa juguetear con los mechones de su cabello, su risa cuando me sorprendía en el agua y me salpicaba, la expresión maravillada en sus ojos cuando admiraban algún monumento, tampoco la increíble visión de su trasero cuando se ponía de espaldas a tomar el sol o su mirada cada vez que estaba hambrienta de mí.

Me acerqué a mi preciosa provocadora y rodeé su cintura con uno de mis brazos antes de quedarme tan dormido como ella.

Mi paraíso terrenal aún permanecía muy cerca de mí porque una suave caricia aterrizó en mi mejilla, obligándome a despertar de un placentero y reparador sueño. Aun así me quedé con los ojos cerrados disfrutando de la calidez y la textura de la piel que me acariciaba dulcemente y sin prisas. Dibujó el contorno de mis labios, y tras una risita divertida, me di cuenta de que mi estómago había rugido con fuerza. Abrí los ojos y respondí con la misma sonrisa plácida con la que me observaba Bella.

–No he escuchado el despertador. – Murmuré con voz soñolienta acercándome para dejar un beso en sus labios.

–Lo he desprogramado antes de que sonara. – Contestó acariciándome la mejilla.

– ¿Llevas mucho tiempo despierta? – Elevó las cejas.

–Unos minutos. – Después miró hacia abajo antes de volver a enfocarme. – Y no quiero ir a trabajar. – Rezongó pasando uno de sus brazos por mi cintura para acercarse más a mí.

– ¿No es un poco pronto? – Pregunté mientras rodeaba su cintura con mis brazos y hacia igual que ella.

–Le dije a Susie que desayunaría con ella para contarle toda la luna de miel. Aunque la verdad es que me muero de hambre ahora mismo. – Suspiró. – ¡Y no quiero irme! – Refunfuñó.

–A mí tampoco me apetece. – Un suspiro de derrota se escapó desde su pecho y me abrazó con fuerza antes de dejar un último beso en mis labios y levantarse de la cama. Seguí su cuerpo desnudo que caminaba decidido hasta el cuarto de baño.

– ¡Se acabó! – Exclamó en un dramático lamento antes de desaparecer por la puerta.

–Que camines desnuda como Pedro por su casa es una provocación que podría castigar a mi antojo. – Comenté en un tono más alto para que me escuchara al mismo tiempo que abrió el agua de la ducha. Su rostro se asomó por la puerta con las cejas alzadas, incrédula.

–Estoy en mi casa. – Contestó enfatizando el posesivo. – Y ni se te ocurra meterte conmigo en el baño porque no quiero llegar tarde. – Puse los ojos en blanco cuando desapareció por la puerta. Definitivamente, mi paraíso terrenal había desaparecido.

Me levanté tal como me metí en la cama, y caminé hasta la entrada buscando mis bóxers para ponérmelos. Mi estómago volvió a rugir cuando recogí la ropa que habíamos desperdigado la noche anterior, y cuando la metí dentro de la lavadora, me dispuse a hacer algo para desayunar. En vista de que no habíamos dejado gran cosa, tosté unas rebanadas de pan de molde que permanecían en perfectas condiciones y saqué un brik de zumo de naranja. Sonreí de forma petulante cuando una de las manos de Bella dio un apretón cariñoso y provocador a una de mis nalgas mientras llenaba dos vasos con el líquido naranja.

–Tienes suerte de que no sean comestibles, porque son muy apetecibles y me muero de hambre. – Murmuró antes de dejar un beso en mi mejilla, coger el plato con las tostadas y llevarlo a la mesa.

–Espero que tengas el suficiente como para desayunar dos veces. – Dije recordándole su cita con Susie, una de sus compañeras. – Y discrepo con lo de que no sean comestibles. – Discutí dejando los vasos sobre la mesa. – Más de una vez me has mordido aquí. – Dije señalando mi cuello. – O aquí. – Señalé mis pectorales. Después sonreí. – Y ya no voy a señalar ninguna otra parte más de mi anatomía. – El rubor cubrió sus mejillas y frunció un poco las cejas antes de coger una tostada.

–Nunca te he mordido ahí.

–Yo no he dicho que me mordieras ahí. – Me divertía ponerla nerviosa. Ella asintió y dio un mordisco a su tostada muy seria. Reí. – Bella, era una broma.

–Ya lo sé. – Dijo sonriendo antes de volver a morder su tostada.

– ¿Cómo puedes ser tan tímida para según qué cosas? – Le pregunté. – Te paseas desnuda por ahí, me provocas halagando mi trasero, y después hago un comentario inocente y te da vergüenza.

– ¿Inocente? – Preguntó abriendo los ojos. – De inocente no tenía nada. – Apreté los labios intentando no sonreí.

–De acuerdo. – Contesté mordiendo mi tostada y bebiendo después zumo.

–Supongo que se trata solo cuando te diriges a mí. – Dijo después de unos minutos de silencio. La había observado pensativa mientras nos comíamos la segunda tostada y nos terminábamos el zumo. La miré sin entender a qué se estaba refiriendo. – No estoy segura. – Dijo mirando su vaso vacío. – Pero creo que me pasa cuando me sorprendes con algún comentario un poco obsceno.

–Creo que no te sigo. No te ha pasado lo mismo antes de meterte en la ducha. – Se levantó de la silla y llevó el plato vació y los vasos al fregadero pensativa.

–Porque estaba de mal humor.

– ¿Por qué? – Pregunté poniéndome a su lado. Se encogió de hombros y encendió el grifo.

–Porque la luna de miel se ha acabado. – Asentí.

–Creo que te voy entendiendo… ¿Te pasa cuando es algo que no te esperas? – Miró hacia arriba pensando en lo que había dicho y después cogió el plato para enjabonarlo.

–Bueno, no sé, Edward. Pero creo que sí. – Volvió a encogerse de hombros. – Cuando estoy relajada y eso. – Le di un beso en la mejilla.

–Tengo que ir a ducharme, o se me hará tarde. ¿Estarás aquí cuando salga de la ducha? – Miró el reloj y suspiró.

–No creo. – Contestó abatida. – Ya tengo que irme.

–De acuerdo, cariño. – Terminó de fregar y se giró para estar frente a mí. – Voy a echarte muchísimo de menos.

–Y yo a ti. – Mis brazos rodearon su cintura y ella respondió de la misma manera acariciando mi espalda desnuda de arriba abajo. – Al menos estás de mañana.

–Te haré una llamada en algún momento. – Ella asintió y se puso de puntillas para besarme en los labios. Un beso que me supo a poco aunque lo profundizáramos. Le sonreí cuando nos separamos y volví a dejar un beso en sus labios antes de dirigirme hasta la ducha a regañadientes.

Hasta que no volví al hospital y me involucré de nuevo en mi trabajo y en la relación con mis compañeros, no fui realmente consciente de lo satisfactorio que era para mí dedicarme a mejorar la calidad de vida de las personas o salvarlas. Echaba de menos a Bella, eso era inevitable, pero mi trabajo también se había convertido en una parte importante de mi vida, y de todas maneras, ¿qué clase de cirujano sería si no me apasionara mi trabajo?

Solía llevarme muy bien con el equipo en general, pero Eleazar se había convertido realmente en alguien muy admirado por mí. Trabajaba con una experiencia y destreza fascinantes que me hacían desear poder convertirme en un profesional como él. Por eso había confiado en él cuando me había propuesto asistir a una conferencia en la que él mismo hablaría sobre la importancia de la buena preparación del paciente a la hora de una intervención de urgencia.

–Me alegro de que tú y Bella os hayáis relajado. – Comentó Dayana a mi izquierda.

–Tenías que haber estado en la enterectomía que practicamos. – Negó con la cabeza Connie a mi izquierda mientras Dayana daba un sorbo a su café. – No había visto cosa más fea en mi vida. Fue espectacular.

– ¡Connie! Deja que el chico aterrice. – Exclamó la sobrina de Eleazar con una sonrisa. – Tienes un colorcito que te sienta genial, Edward. – Sonreí.

–He aterrizado esta mañana en casa, Dayana. – Suspiré. –No te preocupes que por lo visto también he echado de menos esto. – Dije haciendo referencia al hospital con un gesto de la mano mientras con la otra sostenía mi cortado. – Estoy aquí al cien por ciento.

– ¿Esta mañana? – Elevé una ceja sin saber a qué venía esa pregunta. – ¡Venga, campeón! – Me animó ella. – ¿El despertador te ha cortado el rollo?

–Quizá haya sido la reciente esposa. – Continuó Connie moviendo las cejas sugestivamente. Bebí de mi cortado y sonreí negando con la cabeza.

–Esas son cosas de las que no voy a hablar con vosotras. – Dayana abrió los ojos como platos con una sonrisa pilla.

–Pues tú verás. Pero Connie y yo seguro que podemos ayudarte con algún consejo femenino a cambio de algunas anécdotas picantonas. – Reí entredientes, a lo que ellas me siguieron.

–No lo conseguiremos, Dayana. – Comentó Connie.

–Me parece que algún día tendremos que llevárnoslo de cervezas. – Reí de nuevo.

–Me parece que te hará falta algo más fuerte que unas cervezas para poder sonsacarme algo. – Dayana rio, dejó su taza en la mesa y me dio una pequeña palmadita en el brazo.

– ¿Al menos vas a contarnos si te gustó lo que viste?

–Me encantó, a Bella también. – Sonreí acordándome de lo sorprendida que se quedó cuando vio el Coliseo Romano.

–Eres tan mono. – Connie alzó una mano y me pellizcó la mejilla como si tuviese cinco años. La miré sin entender. – Estás muy enamorado de ella. – Me encogí de hombros.

–No puedo negarlo.

–La verdad es que no puedes. – Rió Dayana. – Y Bella tampoco se queda atrás. Se os nota a leguas lo que sentís el uno por el otro. – Reí.

–Yo también me doy cuenta de que estáis enamoradas de vuestros maridos. No le veo lo especial.

–Me refiero a que da la impresión de que no podéis estar sin tocaros o sin miraros menos de dos minutos. – Me quedé sin saber qué decir. – ¿No lo crees tú también, Connie? – Después volvió a mirarme. – Tenéis una conexión especial. – Sonreí. Quizá lo que veía Dayana en nuestra relación era consecuencia de lo que creímos durante los años que vivimos engañados, pero no iba a entrar en ello.

–Sí, yo también lo creo. Llevo tres años casada con Francesco, y sigo muy enamorada de él, pero no creo tener el grado de dependencia que parece que Bella y tú tenéis el uno con el otro.

–Bueno, existen tantos tipos de relaciones como parejas. – Contesté encogiéndome de hombros.

–Y no es una crítica, me parece genial. A mí me encanta la pareja que hacéis. – Sonreí.

–Gracias.

– ¿Y el sol? ¿Las playas? – Continuó preguntando Dayana.

–La verdad es que lo que vimos de Mallorca también nos encantó, aunque me quedé con las ganas de ver Tavolara. Quizá vuelva algún día a Italia solo para verla.

– ¿Bella también ha cogido color? – Volvió a preguntar.

–Algo. – Reí.

– ¿Tampoco la dejaste tomar el sol? – Dayana fingió escandalizarse y después rio. Puse los ojos en blanco.

–Estás ruborizando al jovencito. Déjalo que disfrute mientras pueda. – Le siguió Connie. Negué con la cabeza y enfoqué a Dayana cuando sentí como posaba su mano en la mía.

–Os deseo que seáis muy felices. – Me dijo mirándome a los ojos con los suyos celestes, sonriéndome con sinceridad.

–Quedan cinco minutos. – Comentó Connie mirando su reloj. – ¿Subimos o qué hacemos?

– ¡Sí! – Exclamó Dayana poniéndose en pie.

–Adelantaos, en un minuto os alcanzo. – Dayana y Connie se alejaron y desaparecieron de la cafetería mientras yo marcaba el número de Bella.

–Ey. – Saludó ella suavemente.

– ¿Cómo va?

–Bien, ahora saldré a tomar un café con Dean. – Sonreí. – Te echo de menos.

–Y yo a ti. – Suspiré. – ¿Te apetece ir a cenar esta noche a algún sitio?

–Mmm… Tendría que mirar mi agenda.

– ¿Está muy ajetreada, señora Cullen?

–No de la forma en la que me gustaría estarlo. – Reí.

– ¿Entonces te parece bien que reserve mesa?

– ¿No deberíamos ir a comprar algo? En casa no hay nada. –Elevé las cejas.

–Iré yo. – Contesté. – Aunque eso suponga que tarde unos minutos más en verte. Te llamaré cuando salga para que me digas qué hace falta.

–Te puedo acompañar.

–Tú ve a casa y arréglate tranquila, ya me encargo yo.

– ¿Serás así de atento siempre? – Preguntó después de un par de segundos.

–Depende de cómo te portes conmigo. – Contesté sonriendo a sabiendas de que no podía verme.

– ¿Y eso qué quiere decir?

–Que si me provocas tienes que acabar con lo que empiezas, cariño.

– ¿Aun me guardas lo de esta mañana?

–Sí. Y pienso cobrármelo esta noche. – Escuché su respiración, quizá un suspiro.

–Interesante. – Contestó.

–Bueno, preciosa. – Dije levantándome de mi silla. – Tengo que subir, te llamaré después.

–De acuerdo.

–Un beso.

–Otro para ti.

Me la imaginé despidiéndose de mí con sus gafas puestas y tuve que respirar hondo para relajarme al mismo tiempo que colgaba. Sin duda casarme con ella había sido la mejor decisión que había tomado en mi vida.

Cuando salí del hospital y llamé a Bella, me dirigí a Phnom Khiev a comprar algunas cosas. No veía el momento de acabar con la compra para llegar a casa y verla a ella. No había sido fácil volver a la realidad después de estar en el paraíso durante dos semanas con mi preciosa mujer. Me llevó más tiempo del que pensaba comprar todo lo que me había encargado.

En el momento en el que metía la última bolsa en el maletero del Volvo, una chica muy joven llamó mi atención alegando que se había perdido y que no encontraba una dirección. Cerré el maletero, y tratando de disimular la molestia del breve retraso que me suponía ayudarla, le pregunté hacia dónde quería ir.

–Es esta dirección de aquí. – Dijo mostrándome un trozo de papel.

–Veamos. – Fruncí el ceño cuando me di cuenta de que era incapaz de leer aquella letra tan minúscula, y entornando los ojos, me acerqué al papel para poder distinguir las pequeñas letras.

El frío me despertó. Me sentía aturdido y a duras penas podía sentir alguna parte de mi cuerpo. La fuerza parecía haber huido también. El continuo sonido sordo y seco de gotas cayendo en algún recipiente llamó algo mi atención. Tenía sed, mucha sed. Distinguí el olor a humedad, madera mojada y suciedad a mi alrededor, y entonces me di cuenta de que estaba en un lugar al que no recordaba haber llegado. Abrí los ojos y alcé la cabeza, sintiendo un dolor punzante en la nuca, seguramente debido a que había estado demasiado tiempo en la misma postura. Pero no solo me dolió la nuca, el esfuerzo me hizo descubrir otro dolor; uno punzante en mis costillas que se abrió paso por todo el torso. Me di cuenta de que había fractura cuando al respirar el dolor fue insoportable.

Sin embargo, todo el dolor y cansancio físico que sentía no se comparaba con la preocupación y el miedo que sentí cuando me acordé de Bella. Intenté mover las muñecas, pero permanecían atadas fuertemente al igual que mis tobillos. Intenté pedir ayuda, pero el dolor en las costillas me lo impidió. Solo podía ver las paredes de madera encerrándome, una mesa metálica, algunas tablas de madera, un cubo grande bajo una gotera y mucho polvo. Las paredes se estremecieron cuando un trueno resonó en el lugar.

–Bella. – Susurré intentando reprimir una mueca de dolor.

En lo más profundo de mi mente fui consciente de que mi pasado había vuelto con más fuerza que nunca. No pude evitar relacionar mi actual situación con la de hacía ocho años. ¿Cómo había llegado a este lugar? No recordaba haber conducido hasta allí. Tampoco que nadie me pegase y me dejase sentado en una silla metido en una caseta de madera que no constaba de muchos metros cuadrados. Y la imagen de Mike, con la nota que encontré en el buzón de mi apartamento en Forks y el presentimiento de que alguien me observaba el día de mi boda, recurrieron a mi mente de inmediato.

Hijo de puta. No pronuncié las palabras, pero solo bastó sentir aquel inmenso sentimiento de ira para que el dolor me inmovilizara. Apreté la mandíbula queriendo calmar de alguna forma el dolor, pero no funcionó. Me enderecé en la silla con el mayor cuidado posible y traté de llegar con una de mis manos atadas al bolsillo trasero de mi pantalón confirmando que mi móvil había desaparecido.

Volví a mirar la caseta, intentando encontrar algo, aunque prácticamente era imposible porque allí no había nada. Volví a tirar de mis muñecas, desesperado por huir de aquel lugar, pero solo un milagro podría cumplir mi deseo. Entonces opté por intentar tranquilizarme y pensar. Estaba claro que no podía salir de aquel lugar de ninguna de las maneras, así que tendría que estar preparado para cuando apareciera la persona que me había secuestrado, y si la intuición no me fallaba, estaba casi seguro de que esta locura la había cometido Mike.

Maldije interiormente y miré hacia el techo desesperado cuando me pregunté si Bella estaría bien. A lo mejor me había secuestrado para poder llegar hasta ella. Iracundo y aterrorizado, traté de deshacerme de las cuerdas que me inmovilizaban las manos y los tobillos en un estúpido impulso desesperado, aguantando el insoportable dolor que eso producía en mis costillas. Y me dio rabia no poder soportarlo. El inaguantable dolor físico y la impotencia por no poder hacer nada para proteger a la persona que más amaba en la vida me llenó los ojos de lágrimas. En mi fuero interno rogué que todo saliera bien, que ella no sufriera ninguna de las locuras de Mike.

Pasó un tiempo. Quizá unos minutos que me parecieron horas. Había comenzado a llover de manera violenta y los truenos sonaban después de que los relámpagos alumbraran tenuemente de azul el apenas iluminado espacio entre las finas separaciones que dejaban las tablas entre ellas. Cada vez me resultaba más difícil llenar mis pulmones de aire, pero al menos intenté tranquilizarme para que el dolor no me dominara. Una lágrima solitaria se escapó de uno de mis ojos cuando recordé una vez más a Bella. Su imagen no se había ido de mi cabeza, y estaba seguro de que esta vez no iba a dudar de mí. Si lo que quería Mike era volver a engañarla, esta vez iba a ser imposible, porque ella estaba segura de mis sentimientos y jamás pasaría por su cabeza que la volviese a abandonar.

El dolor en mis costillas había empeorado y tenía miedo de que la rotura hubiera perforado el pulmón. Intentaba respirar despacio, apenas inhalando aire, sabiendo que no era suficiente. En ese mismo instante fui consciente de la verdadera gravedad de la situación. No sabía si iba a salir con vida de allí, o de si volvería a verla a ella. Lo único que deseaba era que Bella estuviese bien y que el malnacido que me había hecho esto no la tocase a ella.

Si éste iba a ser mi final, que fugaces habían sido los buenos momentos; la felicidad en mayúsculas. Me frustraba pensar en la idea de que a Bella y a mí nos separaba siempre la misma persona de un modo u otro, y que había sido incapaz de protegerla. Se suponía que yo era gran parte de su vida, y que para que ella estuviese bien, tenía que permanecer a su lado. Sin embargo, una vez más, había sido incapaz de conseguirlo.

El chirrido de la puerta al abrirse bruscamente me hizo alzar la mirada. Reconocí de inmediato a mi secuestrador aunque llevase la capucha de un chubasquero oscuro cubriendo su cabeza. La rabia volvió a reunirse en mi cuerpo y el dolor volvió a estallar como si me estuviesen clavando un afilado puñal.

– ¿Estás cómodo? – Suspiró, quitándose el impermeable y dejándolo sobre la mesa metálica. – Veo que has sido un buen chico y que me has esperado sentado en la silla – Sonrió en un gesto de aprobación.

Traté por centésima vez librarme de mis ataduras sin éxito, sintiendo el fuerte dolor abrirse paso por mi cuerpo. Mike me guiñó un ojo al mismo tiempo que hacía más grande su sonrisa y cogía la silla de al lado de la mesa para sentarse frente a mí.

–Creo que tú y yo tenemos que dejar un par de puntos claros.


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Bueno, no me mateis... yo ya advertí que se acercaban curvas y que estaba siendo todo demasiado bonito... qué creéis que va a pasar ahora ? ! Yo lo sé... ;) jajaja

En fin... el viernes subiré el próximo capítulo :) Muchas gracias por los reviews.

Un besito enorme!