.
Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer
EL INVIERNO QUE PRECEDE A LA PRIMAVERA
.
XXX
.
.
La poca esperanza que tenía se había desvanecido por completo. Distinguía en los ojos de Mike su desvarío; una expresión falta de naturalidad y que apenas le permitía pestañear mientras me observaba con aquellos ojos celestes. Se llevó una mano a la barbilla y rio emitiendo un sonido tan espeluznante como inadecuado por la situación en la que me encontraba. Parecía como si, de repente, se hubiese acordado de algo realmente gracioso. Estaba disfrutando.
Se me erizó la piel, porque no sabía qué esperar de él. El miedo recorrió mi cuerpo al pensar una vez más en Bella. Odiaba encontrarme atrapado y no poder abalanzarme sobre él para sacarle las palabras a golpes, pero sabía que, probablemente, reaccionase de un modo más agresivo si yo no me mostraba ante él con cierto grado de resignación. No sabía cuáles eran sus motivos para mantenerme encerrado y atado. Quizá quitarme del medio, o lo que era peor, hacerme daño a través de Bella. Y no pensaba arriesgarme a que un demente como él pudiera hacerle algo a ella.
– ¿Te acuerdas cuando al empezar el instituto tratábamos de adivinar el color de bragas de las chicas más mayores? – Volvió a sonreír, pareciendo nostálgico. Se encogió de hombros. – Era bastante bueno en eso, sobretodo porque solía fijarme más que tú en las que sobresalían de los pantalones.
No podía dar crédito a lo que mis ojos estaban viendo en esos momentos. Había apoyado uno de los tobillos en la rodilla de su pierna contraria y apoyaba su espalda en el respaldo, mirándome a los ojos con un brillo especial. Aquel brillo de camaradería y complicidad con el que tanto nos habíamos entendido años atrás.
–Me acuerdo de Cathy. – Se llevó una mano a la frente y se dobló soltando una carcajada. – ¿Te acuerdas de ella? La verdad es que estaba buenísima. – Después elevó una ceja. – Era de las pocas que llevaba esas tiritas tan finas, y podía imaginármela simplemente con su ropa interior puesta. – Después respiró hondo y se puso algo más serio. – Jamás me gustó nadie tanto como esa chica. Parecía la tentación en un cuerpo de ángel. – Suspiró. – Lástima que nunca tuve la oportunidad de acercarme a ella. – Cuadró los hombros y frunció el ceño, dejando que la hostilidad apareciese en su expresión. – Tú tuviste la culpa.
Lo miré sin entender a qué se estaba refiriendo. El dolor en mis costillas se había acentuado y el temor porque arremetiera contra mí no ayudó en absoluto. Mike parecía querer saltar en cualquier momento sobre mí, pero no lo hizo. Se llevó una mano al pelo y se levantó de su silla para caminar de un lado a otro como un león enjaulado.
– ¿Por qué siempre tienes que meterte dónde no te llaman? – Preguntó. – Siempre has querido lo que me gusta. – Habló entredientes, clavándome una mirada asesina. – ¡Di algo maldita sea! – Bramó dando una patada a una de las patas de la silla, provocando que retrocediera conmigo y que el pinchazo en las costillas se abriera de nuevo inmovilizándome por completo. Dejé de respirar a causa del inaguantable dolor. – ¿Qué coño te pasa? ¿La pequeña paliza que te he dado te ha enseñado a no hablar más de la cuenta?
Estaba paralizado por el dolor, pero sin embargo no fui inmune a sus palabras. Las estaba reteniendo todas y cada una en mi mente, absorbiendo la rabia que me provocaban, y deseando salir de allí para cuando me recompusiera poder darle su merecido. Pero ese fue un pensamiento que pasó fugazmente por mi cabeza, porque el dolor volvió con fuerza cuando agitó sin ninguna delicadeza la silla en la que me encontraba atado de pies y manos. Fue insoportable, inaguantable, y, sin poner ningún impedimento, me sorprendí a mí mismo dejándome llevar por la oscuridad, librándome del dolor por completo.
…
– ¡Despierta! – El grito de Mike me devolvió a la realidad con la ayuda de un cubo de agua helada.
Miré a mi alrededor, tratando de ubicarme, esperando que el sueño que había tenido hubiese sido solo una pesadilla, y que Bella pudiese tranquilizarme. Pero no era así. El punzante pinchazo en mis costillas despertó con gran ímpetu y gemí cerrando los ojos con fuerza. Quise morir por el dolor que estaba pasando; quise poder cerrar los ojos y que la oscuridad volviese a por mí, quería que el aturdimiento me recogiera una vez más y permanecer tranquilo sin sentir aquella tortura. Pero esa sería la salida fácil, y aun había una persona que no desaparecía de la profundidad de mis pensamientos. Me llamaba con un fervor apasionado, proporcionándome el coraje suficiente para que quisiese luchar.
– ¿Y Bella? – Mi voz sonó en un débil graznido. Intenté ignorar el dolor que me provocó hacer esa pequeña pregunta. Tenía que asegurarme de que no le había hecho nada.
– ¡Ah! La preciosa Bella. – Él rio y, cuando dejó el cubo ya vació en el suelo, se volvió a sentar en la silla frente a mí. – Supongo que estará bien. – Se encogió de hombros. – Tuve intención de traérmela también aquí contigo, pero luego lo pensé mejor. Quería pasar un tiempo a solas con mi mejor amigo.
– ¿Le…? - Apreté la mandíbula. – ¿Le has hecho al-go? – Quería ponerme a llorar como un bebé, pero eso lo único que conseguiría sería infligirme más dolor. Elevó una de sus cejas, y se inclinó hacia delante, apoyando sus codos en sus rodillas.
– ¿Te preocupa? – Solo pude fruncir el ceño, y él miró a nuestro alrededor un momento, pensando algo. – Cuando me deshaga de ti me casaré con ella. – Sonrió. – Quiero que tengamos tres hijos. Te prometo que si tenemos un niño le pondremos tu nombre. – Intenté que sus palabras no me provocaran.
Cambió de postura y apoyó la espalda en el respaldo. Después se quejó un poco por la dureza de la silla y miró hacia abajo, dejando caer los hombros. Estaba asombrado por sus cambios de humor repentinos, por la forma tan fría con la que actuaba conmigo. Y ahora parecía que estaba solo en aquel cuartito asqueroso.
– Cathy se fue a vivir a Nueva York cuando se graduó. – Dijo después de un largo minuto, volviendo al primer tema, sin sentido alguno. – Me pasé el primer curso de instituto soñando con ella. – Elevó la cabeza para mirarme afligido. – Y entonces, justamente el día que pensaba que podría conseguir un primer contacto apareciste tú. – Soltó una pequeña carcajada vacía. – Tú siempre en medio. El brillante y guapísimo Edward Cullen con el que todas las chicas querían salir.
Quise gritarle que eso no era cierto, pero el dolor me acobardaba.
–Le hiciste creer que ibas distraído para acercarte a ella y la hiciste chocar contigo. – Negó con la cabeza. – Eres un imbécil. – Intenté recordar ese momento, pero mi mente estaba demasiado embotada intentando conducir el dolor de alguna manera más llevadera. Seguramente para mí no había significado nada. – Yo la estaba esperando en su casillero, preparado para pedirle unas clases privadas de matemáticas. – Sus ojos se entornaron al clavar su mirada en mí. – Y entonces ella levantó su suave y blanca mano, te tocó el pelo y te dio un beso en la mejilla. – Ese dato me bastó para recordar. Pero había sido un tonto accidente. Jamás me habría fijado en nadie cuatro años mayor, y además, en ese tiempo ya estaba profundamente enamorado de Bella aunque no fuera consciente de ello. – Me fui de inmediato de allí. Como un gilipollas. – Se levantó y pateó la mesa.
No conté cuántos golpes recibió una de las patas, pero el ruido resonó por toda mi cabeza, provocándome un fuerte dolor que se sumó al de mis costillas. Mike estaba loco, loco de verdad.
–Siempre nos habíamos llevado muy bien, te consideraba uno de mis mejores amigos. – Se pellizcaba el puente de la nariz con sus dedos. – No me importó lo que pasó con Cathy, y me resigné, porque eras mi amigo. – Recalcó. Abrió los ojos y volvió a mirarme. – Después de eso empezaste a usar todo lo que a mí me gustaba. Te peinabas como a mí me gustaba, andabas como a mí me gustaba… – No cabía duda, el que alguna vez fue mi mejor amigo tenía problemas psicológicos muy graves. – Y empecé a reprimirme hasta el día que te confesé que Bella me gustaba. – Respiró hondo, como si estuviese soportando un inmenso dolor. – Y te alejaste de mí. – Se acercó amenazante y se acuclilló para mirarme de frente. – Se suponía que era tu mejor amiga, y que tenías que ayudarme. ¡Pero no hiciste nada! – Bramó lleno de coraje.
–No… no… – Era incapaz de pronunciar nada más.
–En cambio la apuntaste en tu lista de "cosas que le gustan a Mike". – Me escupió con rabia. – E hiciste todo lo posible para conseguir que le gustaras cuando yo ya había conseguido acercarme un poco más a ella. – ¡ ¿Por qué? ! – Gritó. – ¡Me lo echabas todo a perder cada vez que estaba a punto de conseguirlo!
En mi mente no había forma de encajar su historia con mi estancia en el instituto. Mike siempre había sido alguien muy reservado e introvertido. Solía hablar con un grupo reducido de personas en los que un par de chicas más ampliaban al grupo que formaban Alice, Bella y Rose. No había nada más. Siempre me había sentido importante con él porque lo consideraba el amigo que más se volcaba en mí, pero nunca pensé que pudiese percibir los acontecimientos y situaciones de manera tan distorsionada.
Su relato lo único que consiguió fue hacerme llegar a una única conclusión. Me acusaba de todos sus fracasos, sobretodo emocionales, pero no se daba cuenta de que el que tenía realmente el problema era él. Reflejaba en mi persona su psicopatología, como si yo fuese quien le robaba la personalidad cuando en realidad era él, quien sin darme cuenta, intentaba plagiar la mía.
–Eras mi mejor amigo… Yo te confiaba todos mis secretos. – Continuó. – Intenté que funcionara porque para mí eras alguien importante. ¡Pero tú eras un puto egoísta de mierda! ¡Lo querías todo para ti! ¡No me dejaste nada! – Su respiración se elevó debido al nerviosismo y la furia. – Cathy te saludaba todas las mañanas después de ese encontronazo que tuvisteis. Después Bella cayó en tus redes… ¡Y Mike se quedó sin nada! – Los ojos se le enrojecieron de tan abiertos y llenos de lágrimas que estaban.
–Cathy no… – Mi voz rasgada dejaba al descubierto la gravedad de mi dolor. – Nun-nunca la vi así.
– ¡No mientas! – Exclamó cerrando un puño y levantándolo en el aire. Temí que me lo clavara en algún lugar del torso, pero no hizo nada. – Le sonreías cuando ella lo hacía, le saludabas mientras yo permanecía en la sombra.
–Yo qu-quería a Bella. – Me miró con una nueva resolución en la mirada; una oscura y sin opción de cambio. Temí lo peor.
–Bella será mía. Cuando acabe contigo podremos ser tan felices como lo fuimos hasta hace poco. – Llenó sus pulmones de aire, intentando tranquilizarse. – Lilibeth fue una distracción bastante complaciente, pero nunca llegó a ser ni Cathy ni Bella.
–E-lla no… – Tensé la mandíbula y tragué saliva antes de continuar. –No t-te quiere.
– ¡Eso es lo que tú le has hecho creer! – Caminó hasta quedar a mi espalda. –Tenía que hacer algo para que ella fuese consciente de sus verdaderos sentimientos. – Murmuró. –Y que os separarais al empezar la universidad fue una gran oportunidad para conseguir que la verdad saliese a la luz.
Me tensé y me arrepentí al instante, pues el dolor volvió a inmovilizarme por completo. ¿De qué verdad estaba hablando? Todo fue inventado por él, por esa mente enferma que calculaba cada movimiento para salirse con la suya. Estaba encerrado con un psicópata que era capaz de hacer cualquier cosa sin escrúpulos para conseguir lo que él quería. Y yo me encontraba frustrado y atrapado en esa silla, con una costilla rota y sin apenas poder respirar.
–Vi como mirabas a Tanya y no dudé en aprovechar la oportunidad. – Dio la vuelta con paso lento hasta ponerse de nuevo frente a mí. –Tarde o temprano tu polla te fallaría y le habrías puesto los cuernos a Bella. Solo te hice un favor.
–Enf-fermo. – Susurré entredientes. Quería decirle tantas cosas…
–La escopolamina fue una colaboradora muy leal junto con la misma Tanya, quien tampoco te quitaba ojo de encima. – Se sentó de nuevo en la silla después de sacarse una navaja de uno de sus bolsillos y desplegarla, sonriendo. – Pero después volviste a Forks y lo jodiste todo de nuevo. – Su semblante se volvió iracundo. – Y tuve que pensar en algo cuando me arrebataste a Bella por segunda vez. – Acarició la hoja plateada y afilada y volvió a sonreír de una manera demasiado satisfactoria. – Pensé en jugar a las notas amenazantes, pero enseguida te fuiste a Seattle. Pensaba que iba a perderos la pista por completo, pero por suerte este sigue siendo un pueblo pequeño.
Fruncí el ceño. Sabía que no era un dato muy relevante para librarme de él debido a mi situación, pero al menos sabía que estaba en Forks, aunque no entendía cómo había llegado allí. Debían ser los efectos de la escopolamina. Solo recordaba a una chica joven pedir una dirección a la que no sabía llegar.
–Y aquí estás. – Suspiró. – Juliett ha hecho un magnífico trabajo acercándote ese papel impregnado de escopolamina. – Rio. – Oye, por cierto, no podrás quejarte de la bienvenida, aunque parece que tienes algo de frío.
Hasta ese momento no me había dado cuenta de que mis dientes no castañeaban porque mantenía la mandíbula tensa, pero lo cierto era que estaba helado. Elevó una ceja sonriendo, parecía divertirle el estado indefenso en el que me encontraba. Se acercó lentamente hasta a mí con su navaja y presionó un poco la hoja por mi garganta. El corazón se me disparó.
–He pensado en torturarte un poco antes, espero que no te importe. – Rio entredientes. – Tómatelo como una forma de cobrarte todas las putadas que me has hecho tú a mí.
Loco, lunático, sádico. Si consigo salir de aquí con vida me las pagarás, desgraciado. No toques a Bella, no la toques. Ella no quiere que lo hagas, no te quiere. Déjala. Déjanos… Mi mente no dejaba de pensar en todo lo que saldría de mi boca si el malnacido no me hubiese jodido de esa manera. Habría encontrado más esperanza en mí de haber podido respirar en condiciones al menos, pero aunque luchaba por seguir llenando un poco mis pulmones de aire, cada vez me encontraba más agotado y la rendición me perseguía a gran velocidad a pesar de que yo intentaba escapar de ella con todas mis fuerzas.
– ¿Te cuento un secreto? – Preguntó en un susurro gozoso. – ¿Quieres saber qué parte del cuerpo de Bella me gusta más? – ¡No! No pude verbalizar mi exclamación mental, el dolor me estaba consumiendo poco a poco. – ¿Quieres saber qué le gustaba a ella que le hiciera? – De haber estado en unas condiciones dignas ya lo habría derribado, pero me encontraba tan débil que tenía la impresión de que la rabia también estaba desapareciendo de mi cuerpo. – Me encanta ese lunar que tiene debajo del pecho izquierdo. Solía lamerlo durante muchísimo tiempo antes de succionarle el pezón. – Cerré los ojos con fuerza. La ira iba remitiendo, pero el dolor aumentaba a medida que las palabras seguían saliendo de sus labios. No quería escucharlo, y sin embargo me obligaba a hacerlo. – Jode, ¿verdad? Y ahora para rematar mi pequeña venganza…
Su susurro fue acompañado por un agudo pinchazo en mi hombro derecho. Abrí los ojos llenos de lágrimas a causa del dolor que me causó su puñalada y porque mis pulmones se llenaron de aire debido a la sorpresa provocando que la costilla se clavase también en el órgano. Nunca había sufrido tanto dolor físico como en ese momento, pero pareció no bastarle porque giró la navaja cuando aún estaba clavada en mí antes de sacarla.
–Tal vez pueda hacerte un par de cortes más antes de hundírtela en el corazón. – Rio y pasó su dedo índice por la hoja, limpiando el rastro de mi sangre. – Aun no he pensado qué haré contigo cuando estés muerto.
Aun no entendía cómo podía hablar con tanta frialdad. Le hubiese gritado que no se iba a salir con la suya, que ya me estarían buscando porque Bella se habría encargado de ello. Lo único que temía era que no buscase por dónde debía. Estaba en Forks y había desaparecido en Seattle, por eso esperaba que tuviese en cuenta a Mike. Aunque probablemente eso no sería suficiente para encontrarme. Me sentía agotado a causa del dolor y el sufrimiento. Mis párpados pesaban cada vez más, aunque intentaba no perder de vista la sonrisa maquiavélica de Mike y la navaja acercarse de nuevo a mí, a mi hombro izquierdo. No, quise suplicar. Otra vez no, no podría soportarlo.
De repente la puerta chirrió y se abrió. Abrí los ojos debido a la sorpresa y la fina silueta de Bella vestida con un chándal y con el pelo mojado recogido en una coleta apareció, consiguiendo que me alarmara en el mismo instante. El dolor punzante se abrió paso de nuevo en mi torso y apreté los dientes. Bella.
Mike se giró de inmediato desconcertado por la interrupción, y el tiempo pareció suspenderse. Bella clavó sus ojos en mí aterrada y con la respiración agitada. Quería gritarle que escapara, que este no era un buen sitio para ella. No me importaba no saber de qué manera había averiguado mi paradero, solo quería que corriera para que Mike no pudiera hacerle daño. Pero estaba claro que no estaba en sus planes escapar. Su mirada dejó de hacer contacto con la mía cuando enfocó a Mike, quien aun tenía la navaja en la mano aunque no parecía tener la más mínima intención de volver a utilizarla.
No podía verle la cara a Mike, pero podía darme cuenta de que su actitud agresiva había cambiado. No parecía querer atacarla, y eso me tranquilizó un poco.
–Bella. – El susurró que salió de sus labios fue casi inaudible. Estaba claro que no se esperaba que Bella apareciese.
Mi pequeña y preciosa esposa no quitaba sus ojos de su rostro. Tenía el ceño fruncido y los ojos aterrados, decepcionados, enfadados y dolidos. Dio un pequeño paso al interior y dejó la puerta abierta. Cautelosa, y viendo que Mike no intentaba hacer nada, solo mirarla, volvió a dar otro pequeño paso en mi dirección, pero esta vez no tuvo tanta suerte porque Mike se interpuso en su camino.
–Déjame que lo ayude. – Le pidió con la voz temblorosa y la respiración agitada.
–Tú no tenías que estar aquí. – Contestó Mike. Bella miró la navaja y de nuevo su rostro. Tragó saliva. El enfado y la decepción se habían esfumado y ahora solo el terror dominaba la expresión de sus ojos. Vete, corre.
– ¿Qué le has hecho? – Preguntó en un hilo de voz, estirando su cuello para poder mirarme por encima del hombro de Mike. Sus ojos se agrandaron al mirar mi hombro derecho. – ¡Está herido! Déjame que lo desate, está perdiendo sangre. ¡Déjame hacerlo! – Las palabras salieron de su boca desesperadamente y de forma nerviosa al mismo tiempo que su llanto se iniciaba.
La vi querer esquivar a Mike para llegar hasta mí, pero él no se lo permitió. Dejó caer la navaja en el suelo y rodeó sus brazos con cada una de sus manos para alejarla un paso de mí. Bella intentó resistirse, pero Mike la llevó hasta la puerta y la presionó allí con su cuerpo cerrándola en el acto. Maldito bastardo, ¡suéltala! El dolor volvió…
–Bella, podremos ser felices cuando acabe con él. – Murmuró cerca de su rostro, acariciándolo con una de sus manos mientras con la otra la sujetaba por la cintura y seguía presionándola con su cuerpo. – Solo tienes que tener un poco de paciencia, pequeña.
–No… ¡no! – Exclamó entre sollozos. – Está mal herido, tienes que soltarlo. – Le rogó.
– ¿Para que vuelva a regalarte los oídos y vuelvas con él? – Preguntó reprimiendo una sonrisa. – No, esta vez no te engañará. Ya me encargaré de eso yo. – Suspiró y dejó un beso en su frente. Ella se removió. – Shh, ya está, pequeña, ya está. – La abrazó.
Y ese abrazo permitió que nuestras miradas se cruzasen de nuevo y pudiese verla con más claridad. Tenía la cara llena de lágrimas y el terror que transmitía su mirada me inquietó tanto que volví a sentir una vez más el horrible pinchazo en mi pulmón.
– ¿Qué le pasa? – Preguntó frenética. – Mike, suéltame. – Le pidió. Suéltala malnacido.
–Sí, pequeña. En cuanto me deshaga de él, podremos volver a Forks y vivir tranquilos. – Suspiró y se alejó un poco de ella cogiendo una de sus manos. – Si quieres podemos venir a vivir aquí. Llenaremos este lugar de niños. – Ella cada vez lo miraba más horrorizada y enfadada.
– ¡No! – Exclamó levantando su rodilla y propinándole un buen golpe en su entrepierna. Mike se dobló del dolor y se llevó las dos manos a aquel lugar, maldiciendo continuamente. Entonces ella aprovechó aquella oportunidad y corriendo se acercó hasta mí. – ¡Edward! ¡Edward! ¿Estás bien? – Preguntaba mientras deshacía torpemente el nudo que sujetaba mis muñecas. – Oh, Dios, dime algo, por favor.
Pero el dolor era insoportable y no podía decir ni una sola palabra. Quería pedirle que huyera, que Mike estaba loco y que su impulso de valentía tan solo iba a darnos unos cuantos segundos. Sentía que iba a ser de muy poca ayuda porque me pesaba todo el cuerpo y el dolor me había dominado por completo. Mi desesperación lo único que causaba en mí era más dolor.
– ¿Por qué no me hablas? Dios mío, no. – Un sollozo se escapó de sus labios mientras me desataba los tobillos. – Pronto van a venir. Ya vienen, mi amor. He sido una tonta y una estúpida de nuevo. Perdóname. – Tiró de mi mano bruscamente cuando logró desatarme del todo pero no podía moverme, y para colmo el dolor volvió con fuerza consiguiendo que contrayera todos los músculos de mi cara. – Cariño, ¿Qué tienes? Edward… ¡Ah! – Mike la cogió de la cintura y volvió a arrancarla de mi lado para literalmente lanzarla sobre una de las paredes de madera. Bella gritó por el golpe y se tocó el hombro.
– ¿Quién coño va a venir? – El tono amenazante de Mike me llenó de miedo. Estaba delante de Bella, quien se encontraba tirada en el suelo tocándose el hombro, mientras él con una postura peligrosa la acechaba. – ¡Contesta! – Gritó dándole una patada a la mesa.
Miré a mi alrededor, en busca de algo que me sirviese para detener la locura que estaba cometiendo por miedo a que le hiciese algo a mi preciosa Bella, quien tenía los ojos como platos mirándole a él. Mike volvió a girarse hacia ella descontrolado por la furia y volvió a gritarle: – ¿Te presentas aquí sin avisarme, y ahora me dices que viene más gente? – Se llevó una de sus manos al cabello y estiró de él. – ¿Qué voy a hacer contigo, Bella? Espero que cuando estemos casados sepas comportarte como una buena esposa sino quieres que…
Ya era suficiente. Me aterraba que pudiera darle una de esas fuertes patadas que propinaba a la pata de la mesa a Bella. A medida que le hablaba a ella, encontré las pocas fuerzas que pude reunir para levantarme y sigilosamente coger un listón de madera cuadrado. El silencio reinó durante unos segundos el lugar en cuanto golpeé su cabeza con él y cayó desplomado al suelo.
Solo cuando estuve seguro de que Mike había perdido la conciencia, perdí la fuerza de nuevo. Y mientras sentía la sorprendida y horrorizada mirada de mi esposa, dejé que las piernas me fallaran para caer al suelo sintiéndome más débil de lo que me había sentido en todo el tiempo en el que había permanecido allí.
– ¡Edward! – Su grito me hizo abrir los ojos tumbado en el suelo. – Dios, ¿qué te ha hecho? – Mis ojos se mantuvieron abiertos admirando su piel y su cara, tratando de memorizarla mientras ella seguía hablando. – Llamé a tu padre y al mío cuando me dirigía hasta aquí, no deben tardar. Aguanta, por favor. Hazlo por mí. – Lo intenté, pero me sentía derrotado. No sentía nada, solo un inmenso dolor que a medida que pasaban los segundos iba menguando al mismo ritmo que mi respiración para abrirle paso al silencio tranquilizante. Quería luchar, quería decirle que no iba a irme, pero me resultaba imposible. Mis ojos apenas cumplían mis órdenes y se cerraban. – ¡No! – Exclamó acariciándome la cara, consiguiendo que los entornara. – No te duermas, quédate aquí conmigo. – Pero el agotamiento era tal que por más que luchaba mis párpados se negaban a obedecerme. – Mírame, mírame. Estoy aquí. Mírame.
La luz se apagó por completo, pero sus sollozos se mezclaron con otros sonidos: sirenas de ambulancias y coches de policía, voces, manos… Y entonces, solo entonces, me dejé llevar por completo.
…
Unas luces amarillas y blancas se movían sobre los párpados de mis ojos cerrados al mismo tiempo que volvía a escuchar voces, y supe que estaba en buena compañía. Mi padre, mi madre, Irina… Bella. Pero la oscuridad era más poderosa que la luz y consiguió llevarme de nuevo hasta ella.
…
–Eres un pesado, tío. – Reí internamente al reconocer a Jake. – Siempre quieres ser el protagonista y luego te pasan estas cosas. – Esta vez escuché su risa. – Venga, ya. Deja de hacerte el remolón que tu chica no para de dar el coñazo.
– ¡Jake! – Escuché reñirle a Bella.
–A callar, que Jake tiene razón. – Contestó Emmett, dejando entrever una sonrisa. – ¿Escuchas, mimado? Nos tienes aquí a todos y tú ahí durmiendo como un lirón. ¡Despierta y no nos hagas estos desaires!
–Dejadlo descansar. – Pidió, Bella. Se abrió el silencio durante tres segundos.
–Lleva más de veinticuatro horas así. ¡Venga tío, que te gusta mucho el cuento! – La silenciosa risa de Jasper me hizo reír internamente a mí también.
–Tenemos que irnos a trabajar, Bella. – Mi prima.
–No os preocupéis, yo me quedo con este campeón.
Poco a poco, podía ir sintiendo la movilidad en mi cuerpo. Conseguí estrechar la mano de Bella.
–Se ha movido. ¿Edward? – Su voz llena de esperanza me animó a seguir esforzándome a abrir los ojos.
–Lo que yo he dicho… Qué remolón eres. – Una vez más Jake.
Sentía la boca muy seca y quería beber. La niebla espesa de inconsciencia quedaba cada vez más atrás y sentí que este despertar no sería tan cruel como para volver a llevarme de nuevo a los sueños placenteros en los que Bella y yo paseábamos por la playa de la Push dejando que nuestra piel se tostara bajo los rayos de un sol asombrosamente mediterráneo. La fuerza acudió a mis aun débiles dedos y de nuevo pude moverlos. El bienestar junto a la inconsciencia se iba alejando a medida que era consciente del cansancio de mi cuerpo. El silencio de las personas a las que había escuchado hablar me incomodó; quería saber qué estaba pasando, por qué se había callado todo el mundo de repente. Por fin, mis ojos cumplieron la ansiada orden que desde hacía tanto tiempo mi cerebro le enviaba y mis párpados comenzaron a abrirse. Se entreabrieron, encontrándose con el molesto fulgor que reinaba en la habitación y me quejé, sintiendo una pequeña punzada en el pecho.
Pero ello no me impidió ver por fin los preciosos ojos color chocolate que me miraban expectantes y emocionados. Por fin estaba de vuelta.
– ¡Edward! – Exclamó Bella llena de alegría y emoción. Sus labios besaron cuidadosamente el dorso de mi mano. – Cariño, estás aquí. – Le sonreí. Quería incorporarme y abrazarla. Deseaba acunar su rostro y acariciarle los labios con los míos, decirle que ya todo había pasado, que no tenía que temer nada porque ya no iba a irme a ningún sitio.
– ¿Qué? ¿Cómo estás, dormilón? – Quise poner los ojos en blanco por interrumpir abruptamente el dulce reencuentro con mi preciosa provocadora, pero la realidad era que me alegraba de verlos a todos. – Pensábamos que ya nos tendríamos que ir sin recibir un saludo.
–Como siempre, sois unos aguafiestas. – Conseguí pronunciar con la voz ronca.
–El aguafiestas eres tú, que no dejas de babear la almohada. – Contestó Emmett sonriendo abiertamente. Intenté reír, pero un dolor en el pecho me hizo contener el aire.
–Voy a llamar a tu padre. – Dijo Rosalie saliendo de la habitación
– ¿Te duele mucho? – Preguntó Bella preocupada.
El tono inquieto que impregnaba su voz me llevó al último suceso del que tenía memoria. La silla, mis muñecas atadas al igual que mis tobillos. El dolor, el miedo, la preocupación, Mike. La aparición de Bella, el terror a que le sucediese algo. La ira consiguió que me envarara en la cama y la punzada volvió sin que pudiese evitar otra mueca que hubiese preferido ahorrarme.
– ¿Y Mike? – Cuestioné ignorando la anterior pregunta.
–Edward, tranquilízate. Ya hablaremos de eso. – Me pidió Bella, acariciándome la mejilla.
–Detenido y acusado de acoso, secuestro e intento de asesinato. – Respondió de repente Jake. –Rosalie y Emmett se están encargando de él. – Me di cuenta del suspiro y la mirada represiva que le lanzó Bella a nuestro amigo. Él solo se encogió de hombros.
–Sí, déjalo en nuestras manos mientras tú sigues durmiendo. – Se mofó Emmett, sonriendo divertido.
–Lo quiero tras las rejas, no quiero que vuelva a acercarse a Bella. – Respondí intentando hacer fuerza con los brazos para incorporarme un poco, pero otro pequeño pinchazo en el hombro, menos molesto que el del pecho, consiguió que me quejara de nuevo y, como consecuencia, una vez más el dolor en mi pecho se volvió a manifestar.
–Edward, por favor. – Me suplicó Bella.
–Tranquilo, amigo. – Habló por primera vez Jasper. – Para recuperarte cuanto antes tienes que tener un poco de paciencia. – Dijo acercándose un paso junto a mi prima, quien me observaba sonriendo emocionada. – Bella ha estado muy preocupada por ti, no la hagas preocuparse más.
La miré. Jasper tenía razón. Tenía que tranquilizarme aunque deseara levantarme y encargarme personalmente de ese mal nacido que casi había vuelto a separarnos de nuevo. Su mano seguía unida a la mía y le di un apretón antes de llevármela a los labios para dejar un suave beso. Su piel sosegó mi ira y las ganas de darle una paliza a Mike. Le sonreí.
–Tengo sed. – Expresé por fin. Bella contestó a mi sonrisa cuando fue consciente de que estaba decidido a colaborar.
–Déjame que te revise y luego te daré permiso para eso. – Mi padre apareció por la habitación con una enorme sonrisa y se acercó hasta mí. – Hijo… Gracias a Dios. – Me alegré de verlo. Nunca hubiese deseado que el reencuentro se produjera en estas circunstancias, pero me satisfacía muchísimo saber que había sido él quien se había encargado de mí.
–Gracias a ti. – Le corregí. – Estoy aquí gracias a Bella y a ti. – Contesté mirándolo a él y apretando de nuevo la mano de Bella.
–Eso es cierto. – Contestó Jake. – Tienes una mujercita detective preciosa. – Continuó pasándole un brazo por los hombros.
Quise preguntarle inmediatamente cómo supo dónde encontrarme, qué o quien le había dado la pista, si Mike la había llamado o si la había amenazado, pero no lo hice. Intenté olvidarme de esas preguntas para hacerlas en otro momento y me decanté por bromear.
–Tú, quítale las manos de encima a mi mujer, sino quieres que te las corte cuando me levante de esta cama. – Jake me sonrió abiertamente, y en lugar de alejarse, estrechó más a Bella. Ella rió. –Te lo he advertido. – El aludido puso los ojos en blanco.
–A ver chicos, despejad la habitación, tengo que revisarlo. – Pidió mi padre.
–Ya nos vamos, tío. Solo veníamos a ver como seguía. – Contestó mi prima.
–Adiós, bello durmiente. – Se despidió Emmett, saliendo detrás de Rose quien se despidió de mí agitando la mano sonriente.
–Por cierto, Leah se ha tenido que ir antes de que te dignaras a abrir los ojos. – Comentó Jacob acercándose a la puerta. –Y no duermas más, que tienes a Bella demasiado aburrida. – Se despidió saliendo delante de Alice, quien me envió un beso antes de desaparecer.
Jasper simplemente se llevó dos de sus dedos a la frente para despedirse y desapareció por la puerta.
–Bella se queda, papá. – Le dije. Mi voz no permitía otra alternativa. Mi padre se rió mientras me tomaba el pulso.
–De acuerdo, aunque mientras tanto puede llamar a tu madre. – Dijo después de unos segundos. –Tampoco se ha despegado de ti. Ha salido hace una hora a casa para darse una ducha con Renee. Ahora volverán. – Asentí.
– ¿Qué me ha pasado? Me perforó el pulmón, ¿verdad? – Mi padre suspiró y me acercó una botellita con agua en la que asomaba una pajita.
– Bebe a pequeños sorbos. – Me advirtió. –Y sí. – Contestó a mi pregunta anterior, comenzando a deshacerme el vendaje. – Nunca he sentido más miedo que el que sentí cuando te vi en ese estado, Edward. – Parecía emocionado. – Tuviste que pasar un dolor atroz.
–Aun duele, la verdad. – Murmuré. Bella se había ido a la puerta, y podía escuchar como hablaba con mi madre.
–Cuando llegaste aquí la cianosis que sufrías nos alertó a todos. Además, tenías una hemorragia importante y habías sufrido un estado de shock.
–Gracias, papá.
–Eso sí. – Dijo dejando al descubierto la herida. – Te enseñaré las radiografías que te hicimos. Te puedes imaginar cómo tienes los pulmones por el tabaco. – Eso sonó a regañina.
–Papá… – Le advertí.
Tenía un fino tubo que salía de un lado del pectoral unos veinte centímetros por debajo del hombro. Sabía lo que era, lo había visto unas cuantas veces. El drenaje era necesario para que todo saliese bien, y ahí estaba yo, con un agujero que no tenía antes en el pecho. Di gracias una vez más por estar bien.
–La herida aún está fresca. – Yo asentí al mirarla también.
–Sí, eso parece, pero tiene buen aspecto.
– ¿Cómo te encuentras? – Me preguntó mientras revisaba las conexiones del drenaje y el aspecto del agua destilada.
–Bien. – Dije simplemente. Me miró de reojo algo divertido.
–Tendrás que hacer ejercicios con el Inspiron en cuanto estés un poco mejor. – Puse los ojos en blanco pensando en el tubito por el que tendría que soplar.
–Qué remedio. –Me quejé cuando una punzada de dolor me erizó la piel al querer incorporar un poco más la cabeza.
–Tienes que descansar, recuerda que también tienes una costilla rota. Te administraré un calmante. – Quise pedirle que no lo hiciera, que estaba bien y que quería hablar con Bella sobre lo que había pasado, pero ella se acercó entonces.
– ¿Cómo está, Carlisle?
–Bastante bien, hija. Tiene muy buen aspecto. Tanto él como esta de aquí. – Dijo señalando el pequeño agujerito. Ella se mordió el labio y me miró a los ojos algo aprensiva.
–No te preocupes, cariño. – Le sonreí. Mi padre me quitó el pequeño vendaje del hombro.
–Este ni siquiera me preocupa, aunque también debió doler. – Asentí acordándome de la frialdad con la que giró la navaja clavada en mi carne, y me estremecí. – Voy a llamar a Hilda para que venga con el calmante.
– ¿Te duelen mucho? – Preguntó Bella en cuanto mi padre salió.
–No, estoy bien. – Contesté, sintiéndome un poco mentiroso.
–Lo siento, lo siento muchísimo. Debí darme cuenta antes, tenía que haberte buscado antes de que te pasase todo esto. – Mi brazo seguía débil, pero aun así conseguí elevar la mano y silenciarle los labios con un dedo.
–Quiero hablar contigo sobre todo lo que pasó, y tendremos tiempo. Pero antes de que el doctor Cullen venga con una jeringuilla llena de algún calmante lo suficientemente fuerte como para dormirme, dime algo: ¿Cómo supiste dónde estaba? – Murmuré acariciándole los labios. Ella cogió aire y se separó un poco sin dejar de mirarme.
–Edward fui una tonta. Podía haberte encontrado antes. – Su labio inferior comenzó a temblar y yo lo acaricié con un dedo, esperando así poder detenerlo. – Lo siento. – Se lamentó.
–Mi amor, gracias a ti estoy a salvo. – Murmuré. Ella se encogió de hombros.
–Menos mal, no me lo podría haber perdonado jamás. – Contestó acariciándome la mejilla suavemente.
– ¿Qué pasó? – Insistí.
–Te esperé. – Dijo agachando la cabeza. – Y seguí esperando hasta que me cansé y te llamé al móvil, pero estaba apagado. – Después me miró algo avergonzada. – Me enfadé muchísimo, y pensé que te estabas pasando. Mi cabreo aumentó a medida que pasaba el tiempo hasta que me di cuenta de que había estado esperando demasiado y la preocupación me invadió. – Volvió a suspirar. – No sabía qué hacer. No quería llamar a tus padres para no preocuparlos sin tener la certeza de que te había pasado algo. Hasta que…
– ¿Qué? – Su frase inacabada me tensó un poco y sentí un pinchazo en mi torso.
–Edward, podemos hablar de esto en otro momento, no quiero que te alteres.
–Necesito saberlo.
–Mike me había llamado antes de la boda. – Apreté los dientes, consciente de que no podía moverme de la camilla.
– ¿Por qué no me lo dijiste?
–Porque no quise preocuparte. – Intenté relajarme por ella, porque no quería que se sintiera más culpable de lo que parecía sentirse. – Volvió a pedirme perdón y a decirme que si estuviese en su mano haría lo posible para que tú también pudieses perdonarle.
–Maldita cucaracha. – Cerré los ojos con fuerza antes de volver a enfocarla. – Y tú le creíste. – Ella asintió.
–Pero esa fue la pista que me llevó hasta ti. Recordé tu opinión sobre el arrepentimiento de Mike, me acordé de cuánto te enfadaste y de lo indignado que estabas. – Después suspiró. – Supe en ese momento que solo una persona podía ser culpable de tu desaparición. Tú jamás me abandonarías. De eso ya no me cabe la menor duda. – Sonreí por sus últimas palabras, orgulloso de ella. – Lo más difícil fue adivinar donde te tendría escondido. – Negó con la cabeza. – Cuando llegué a Forks estaba tan desesperada por encontrarte que cometí el error de no llamar a mi padre. Primero te busqué en su casa, recordaba donde Mike tenía escondida una llave. Pero allí no había nadie.
–Esa no era su casa. Era demasiado pequeño y de madera.
–Era la caseta del jardín de los Newton. Supongo que la preparó porque ya tenía planeado secuestrarte desde hacía tiempo. – Los recuerdos me tensaron y volví a quejarme involuntariamente. – Edward, tranquilízate. – Me pidió.
–Estoy bien. – Ella me miró sin estar nada convencida. – ¿Desde cuándo los Newton tienen esa propiedad? – Se encogió de hombros.
–Desde hace dos años. Ellos jamás se enteraron de que Mike te había llevado hasta allí. Están desolados, Edward.
– ¿Y tú cómo sabías donde estaba? – Se encogió de hombros.
–Mike me llevó en alguna ocasión. – Contestó sin mirarme. Pensar en ello me alteró y no pude evitar la mueca. – Por favor… – Volvió a pedir.
–No te preocupes, mi padre ya vendrá con el calmante. – Intenté tranquilizarla.
–Eso es porque te duele. No me engañes. – Suspiré llenando mis pulmones de aire como respuesta inintencionadamente, arrepintiéndome en el acto. – ¿Ves?
–Bella, estoy bien si estás a mi lado, y aquí estás. Anda, ven aquí y dame un beso. Es lo único que necesito ahora.
Y era la verdad. Lo que más me urgía en esos momentos, tras escuchar su pequeño relato, era tener ese contacto íntimo tan significativo entre dos personas. Fue dulce y ligero, casi como el roce de una pluma, pero en él encontré aquello que me hacía falta. Fuerza, luz, esperanza, seguridad. Las sensaciones llenaron la sangre de mis venas de alegrías que consiguieron cosquillearme la piel. También fue breve, demasiado. Ni siquiera me dio tiempo a saborearlo y disfrutar de su cercanía.
–Tenía mucho miedo. – Confesó rozando su nariz con la mía. – Cuando te vi… – No pudo continuar, porque un sollozo ahogado se escapó de su garganta. Mi mano se elevó hasta su rostro y acaricié su mejilla con el pulgar.
–Shh. Estoy aquí.
–No sé qué habría hecho si… si…
–Mi amor, de nada sirve que le des vueltas a algo que ya no tiene caso. Mírame. – Le pedí. Cuando lo hizo tenía los ojos rojos, dispuestos a empezar a descargar lágrimas en cualquier momento. – ¿Me ves? ¿Sientes cómo te acaricio? – Ella suspiró, dejando que su dulce aliento golpeara mis labios. Cerró los ojos y al abrirlos de nuevo, me sonrió.
–Tienes razón. – Murmuró. – Te quiero.
–Pues dame otro beso, pero que no sea tan cortito. – Conseguí que riera entre dientes antes de que volviera a acercarse y esta vez sus labios presionaran los míos con algo más de fuerza.
Abrí los míos necesitado por sentir un poco más de ella en mí y atrapé el suyo inferior. Parecía que hacía muchísimo tiempo que no los probaba. Respondió a mi gesto abriendo los suyos y dejando que su lengua se encontrara con la mía, que la acarició lenta y dulcemente. Me sentí lleno en la intimidad de nuestro beso, aunque tan entusiasmado estaba disfrutando de Bella, que no me di cuenta de que me estaba dejando llevar y que los pulmones me exigían más aire. Me quejé y Bella se separó de mí ipso facto, como si de repente mis labios le hubiesen quemado.
– ¡Dios mío! Lo siento, ¿estás bien?
–Mucho mejor que bien. – Contesté regularizando de nuevo la respiración con los ojos cerrados.
–Vas a tener que controlarte o no podré besarte. – Elevé una ceja.
–Ya me las apañaré.
– ¡Cariño! – De repente la puerta se abrió, y mi madre corrió hasta el otro lado de la cama en el que no había nadie, seguida de Renee y mi padre unos pasos más atrás. – ¡Mi amor! ¿Cómo estás?
–Bien, mamá. – Dije mirando a Renee con una pequeña sonrisa. Ella me miraba con los ojos brillantes de felicidad contenida.
– ¿Hace mucho que estás despierto?
–Solo un ratito.
–Y tiene que descansar más. – Contestó mi padre cuando entró Hilda.
Puse los ojos en blanco cuando la enfermera se acercó hasta mi gotero.
.
Ais... bueno pues al menos tenemos a Mike controlado... Pobre Edward y pobre Bella... En fin chicas... Este es el penúltimo capítulo de la historia... El lunes se acaba... :(
Espero que os haya gustado el capítulo. Un besazo para todas y gracias por vuestros reviews
