Disclaimer: Los personajes de Hetalia no me pertenecen, sino a su autor Hidekaz Himaruya-sama, este fic lo hice sólo y únicamente como diversión.
Aclaraciones y Advertencia: Este fic está ambientado en los juegos de calabozos y dragones y contiene, fantasía, yaoi, lemon y AU.
Parejas: Ninguna hasta el momento.
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Hetalia Fantasy
Capitulo 3 El dios del Caos parte II
Dos días hicieron falta para que llegaran al pueblo de Smederth; era pequeño y rustico; la mayoría de sus habitantes se dedicaba al campo o a los textiles. Había sólo una posada en el centro del poblado.
—Nos quedaremos aquí a descansar y mañana retomaremos el camino —dijo Elizabeta.
—Bueno entonces, Antonio y yo iremos a pasear por ahí —habló Gilbert y su compañero asintió con la cabeza, seguro de que irían a alguna taberna a beber un poco.
—Voy con ustedes —dijo Francis conociendo las intenciones de los dos ladrones. Desde que Gilbert y Antonio se les habían unido; ellos y Francis se habían vuelto muy unidos.
—Ni se les ocurra hacer de las suyas —les advirtió Arthur mirándolos con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido.
El trío se dirigió a una taberna cercana. Se sentaron en una de las mesas más apartadas.
Mientras bebían, una mujer llamó la atención de Antonio, no por su belleza: era pequeña, robusta, parecida a un enano de brazos muy delgados, y manos casi cadavéricas, su piel era de un tono pálido, sus ojos eran grandes y negros. Su rostro tenía rasgos de roedor, incluso un par de dientes se asomaban por entre sus finos labios; la mujer se encontraba hablando con un hombre a unas cuantas mesas. Por la forma en que ella vestía, Antonio pudo deducir que se trataba de una prostituta; se preguntó quién sería capaz de acostarse con una criatura como esa.
—Que feos gustos tienes, mon cherry—le dijo Francis al darse cuenta de la atención que su amigo parecía tener en la mujer.
—No es eso… —se defendió inmediatamente, se había puesto un tanto azul de solo pensar en tocarla.
—¿Entonces? –cuestionó Gilbert levantando una ceja.
—Hay algo extraño en ella… —respondió nuevamente.
—Oui, toda ella —dijo Francis y comenzó a reír siendo coreado por Gilbert.
Antonio se levantó de su lugar al ver que la extraña mujer se iba con el hombre, Gilbert y Francis se miraron entre sí para luego seguir a su amigo. Algo no estaba bien.
Mientras tanto en la posada; los demás estaban por terminar de comer, cuando algunos hombres con armaduras y lanzas, entraron al lugar y rodearon su mesa. Arthur se había ido por su lado, seguramente a alguna tienda de magia que hubiese en el pueblo.
— ¿Se les perdió algo? —habló Elizabeta en tono molesto; no estaba de humor para andar soportando a humanos molestos, aunque nunca estaba de humor para eso.
— ¿De quién es el jaguar? –preguntó uno de los hombres mirando a Miquiztli quien estaba a los pies de Itzamma, terminando el guiso que le habían dado para comer.
—Es mío —dijo Itzamma un tanto confundido por la presencia de los hombres.
— ¿Sucede algo oficiales? —Elizabeta se levantó de su lugar y mirando al que parecía ser el líder.
— ¿Quién es usted? —preguntó el líder.
—Elizabeta Héderváry, guerrera de la orden de Karnash; servidora del dios dragón, Paradie.
Los gestos del hombre se relajaron y sus ojos brillaron en reconocimiento; Elizabeta llevaba una armadura blanca con la capa bordada con el escudo de la deidad; el guardia no era ignorante, sabía que los de la orden de Karnash eran fieles protectores de la justicia y de todo lo bueno.
—Entonces como servidora del dios Paladie, debe entender nuestro proceder… —habló el guardia.
Iván se levantó de su lugar molesto, al igual que Itzamma y Alfred; no iban a permitir que se llevaran al jaguar por ningún motivo.
—Iván, Itzamma, Alfred —los llamó la guerrera —. Tranquilos.
—No voy a permitir que unos insectos se lleven a Miquiztli —advirtió Itzamma, mandándoles una mirada de odio a los guardias que los hizo retroceder un paso; los ojos del joven se habían vuelto rojos por un momento.
—¡El héroe tampoco lo permitirá! —exclamó Alfred apuntando a uno de los oficiales con su arma.
— ¿Cuál es el motivo por el que se quieren llevar al jaguar? —preguntó Elizabeta en tono tranquilo, tratando de que las cosas no se salieran de control.
El guardia le explicó al grupo la razón por la que necesitaban llevarse a Miquiztli. Últimamente había habido aldeanos asesinados; sus cuerpos fueron destrozados a tal grado qué poco quedaba de ellos, pero las marcas indicaban que el responsable era un animal grande, como lo era Miquiztli.
—Les prometemos que el animal no será sacrificado —dijo el líder —, sólo es por precaución.
—Está bien, pero yo iré con él —Itzamma no quería dejar a su compañero, pero tampoco podía iniciar una pelea o el que la pagaría sería Miquiztli.
—Y nosotros —agregó Elizabeta en con un tono que no daba cabida a negativas.
—Bien —dijo el guardia dejando escapar un pequeño suspiro—, por favor, acompáñenos.
Los cuatro fueron escoltados por los guardias hasta la comisaría, en donde metieron a Miquiztli en una de las celdas. El jaguar tenía las orejas gachas y miraba a su compañero con ojitos tristes; como preguntándole: ¿Por qué permitía que lo encerraran cuando no había hecho nada?
—El animal permanecerá aquí… —dijo el carcelero mientras cerraba la celda mirando a Miquiztli con asco.
—Kolkolkol —Iván tenía un aura oscura a su alrededor y observaba al hombre con odio. El celador se encogió en su lugar al sentirse objeto del rencor del joven, se encogió en su lugar.
—Bueno, parece que no podemos irnos —dijo Elizabeta suspirando. Parecía que su viaje tendría un pequeño contratiempo.
—Mon ami, sácanos de aquí —dijo alguien sacando las manos desde una de las celdas más lejanas.
— ¿Quién está en esa celda? —preguntó Elizabeta; aquellas voces le sonaban muy familiares.
—Unos tipos sospechosos de asesinato –respondió el carcelero en un gruñido.
Por otro lado; Gilbert, Francis y Antonio se encontraban encerrados en una de las celdas de la comisaría.
—Bien hecho chicos —le reprochó Francis mirándolo con los ojos entrecerrados —, por tu culpa estamos encerrados.
— ¡Oye, la culpa fue de Antonio! —se defendió Gilbert haciendo un puchero y cruzándose de brazos.
—Yo no fui quien golpeó al encargado, rompió una puerta y robó cuanto objeto valioso encontró —habló el aludido, mirando a sus dos compañeros.
Los tres iban a comenzar a pelear cuando escucharon voces muy conocidas para ellos; se miraron entre si y rápidamente se acercaron a los barrotes, sacando sus manos para llamar la atención.
Miquiztli con asco.
—Kolkolkol —Iván tenía un aura oscura a su alrededor y observaba al hombre con odio. El celador se encogió en su lugar al sentirse objeto del rencor del joven, se encogió en su lugar.
—Bueno, parece que no podemos irnos —dijo Elizabeta suspirando. Parecía que su viaje tendría un pequeño contratiempo.
—Mon ami, sácanos de aquí —habló Francis moviendo las manos.
— ¡Sáquenos de aquí! —lloriquearon Antonio y Francis a la vez.
Elizabeta, Iván, Itzamma y Alfred, aparecieron frente a los tres prisioneros, junto al carcelero.
—Hola mon petit —dijo Francis a Elizabeta, sin perder su estilo elegante y coqueto que siempre tenía; en especial frente a una mujer.
— ¿Qué demonios hicieron para que los metieran aquí? –les preguntó Elizabeta mirándolos con el ceño fruncido.
—Eh… —ninguno de los tres sabía que decir sin que su vida estuviera en peligro, pero el carcelero se les adelantó.
—Golpearon al encargado de una posada, rompieron una puerta de una de las habitaciones, robaron y posiblemente mataron al que se encontraba en ella, rompieron una ventana, se resistieron al arresto y golpearon a muchos guardias que intentaron arrestarlos —dijo el carcelero mirándolos de forma asesina; él también había sido golpeado por ellos, prueba de ello, era el ojo morado que tenía.
—Se lo tienen merecido — se burló Itzamma encaminándose a la puerta.
—Da —agregó marchándose junto al moreno de la prisión.
—Mon chery, ¿No piensa sacarnos? —le preguntó Francis poniendo ojos de cachorro, hambriento y abandonado en la lluvia.
— Mi maravillosa persona no puede estar en un lugar tan horrible como este —se quejó Gilbert.
—No lo sé —dijo la guerrera cruzándose de brazos —, después de todo su proceder fue irresponsable y estúpido, —les dijo mirándolos seriamente — ¿Qué hacían en ese lugar?
—La culpa fue de Antonio —chilló Francis señalando a su compañero —Si él no hubiera seguido a ese horror de mujer…
— ¿De qué mujer hablan? —lo interrumpió el carcelero. Nada habían escuchado de una mujer en la escena del crimen.
—Lo que decimos es verdad, por favor Elizabeta. Sé que Gilbert y yo no los conocimos en las mejores circunstancias y que tienes todo el derecho de desconfiar de nosotros, pero… por favor, tienes que creernos —la guerrera miró a Antonio a los ojos y comprendió que le decía la verdad.
Elizabeta logró convencer a los guardias de dejar libre al trío de tarados, aunque, claro, bajo su responsabilidad; sus armas les fueron confiscadas y obviamente, los tres no se escaparon del sermón que les dio la mujer mientras retornaban a la posada en la que se hospedaban.
En la casa del alcalde; Arthur se encontraba frente al dirigente de la ciudad y junto a éste, un joven enlutado de negro.
—Usted debe ser el hechicero del que me habló el Sr. Harry —dijo el alcalde; un hombre anciano de larga barba.
—Así es —respondió el rubio en tono serio —, mi nombre es Arthur Kirkland —se presentó — ¿Por qué me llamó?
—¿Ha escuchado de Jagadht? —le preguntó el joven de negro, su voz era un matiz de misterio.
—Sí —respondió un tanto confundido —. Se dice que en el inicio de los tiempos; cuando la vida aun era joven, Jagadht asolaba el mundo, hasta que Quetzalcóatl y él se enfrentaron.
—Es correcto —le dijo el joven —, pero, ¿Cómo Quetzalcóatl logró derrotarlo? Es un misterio bien guardado por los habitantes de Uxmal.
Al escuchar esto, Arthur recordó a Itzamma: el hechicero que decían venir de aquel misterioso y enigmático país.
—No entiendo, ¿Qué tiene que ver ese relato? —preguntó después de unos segundos de silencio.
—Antes de explicarle, me presentaré —dijo el joven —. Soy Luka de la orden del Oso polar.
— ¿La orden del Oso polar? —Repitió Arthur sorprendido —, pensé que esa orden había sido destruida.
—En parte es verdad —le respondió —. Sólo quedamos unos cuantos.
Arthur permaneció en silencio, esperando que el joven continuara su relato; algo le decía que su actual misión y lo que el hechicero le contaba, de alguna manera, estaban relacionados.
—Los dioses me han informado que usted, podrá ayudarme —dijo Luka, su mirada, aunque seria y fría, tenía un ligero brillo de preocupación.
— ¿Ayudarle? –repitió sin entender —¿En qué?
—Para evitar el resurgimiento de Jagadht.
—No comprendo.
Luka le explicó que existían rumores de que una organización de hechiceros, estaba tratando de traer de regreso al dios; sí eso llegara a suceder, posiblemente sería el fin de todo.
—En ese caso… —dijo Arthur en tono serio — cuente conmigo —le aseguró con decisión. Si lo que Luka decía era verdad, significaba un gran peligro para todos.
El alcalde suspiró un poco mas aliviado. Arthur era uno de los hechiceros más conocidos, quizás, no tanto por su fuerza como por su astucia e inteligencia y con ese hechicero de grandes poderes, había una esperanza para el mundo.
Continuará…
