Esta vez va a ir un poco más rápido de lo que fue la otra vez, por no meter otra vez todo el rollo de Kate embarazada y que no resulte repetitivo. Este capítulo es un poquito largo, pero yo creo que interesante. Espero que os guste.

Una vez más os agradezco los comentarios que me dejáis y os agradezco una y mil veces que leáis el fic, me alegra saber que está gustando.

*** He hecho un fan art sobre mi propio fic, si lo queréis ver (recomiendo que sea después de leer este capítulo, no antes) lo voy a subir a mi tweet ( berta_always) así que en mi imágenes lo encontraréis.


-¿Seguro que quieres ir? Podemos quedarnos e ir otro fin de semana – dijo Castle, mientras cerraba el equipaje.

Ambos iban a pasar un fin de semana con Jaime a las afueras de la ciudad, en la cabaña del padre de Kate. Sin embargo, Castle no estaba muy seguro de ello, ya que a Kate le quedaban tan solo tres semanas para dar a luz.

-Castle, te he dicho que estoy bien, el bebé no va a venir hasta dentro de tres semanas y después nos será difícil encontrar otro fin de semana.


Tres horas más tarde llegaban a la cabaña del padre de Beckett, un lugar apartado en las montañas, rodeado de árboles y un pequeño lago cerca de la casa. Ya habían estado varias veces allí con Jaime, por lo general hacían acampadas a la orilla del lago por la noche, pero esta vez, con Kate en ese estado, dormirían dentro de la cabaña.

-¿Podemos ir a bañarnos al lago? – preguntó Jaime al poco de llegar.

Aquella era una de las partes que más le gustaba al pequeño de ir allí. Ir al lago y bañarse con sus padres.

-Claro, ven cariño que te ponga el bañador – le dijo Kate – sube a la cama.

El niño subió a la cama, se quitó la ropa y con la ayuda de su madre se puso el bañador.

-¿Ya podemos ir? – preguntó Jaime, impaciente.

-Todavía no. Tengo que darte crema para el sol.

-Kate, ¿prefieres quedarte a descansar? Jaime y yo podemos ir solos.

Ella sonrió. Le encantaba que Castle se preocupase por su estado, aunque a veces resultase agobiante que lo hiciese a cada momento.

-Castle, me apetece ir – Antes de que el escritor pudiese alegar algo más, ella continuó – Me sentaré a la sombra mientras vosotros os bañáis, estaré bien.

Tal y como había dicho, la Detective se sentó en un banco que había bajo un roble, desde donde se veía el pequeño embarcadero del lago.

-¿Preparado? – preguntó Castle a su hijo.

-¡Si! Una, dos…

-¡Tres! – gritaron los dos al unísono antes de tirarse al agua.

Tras estar chapoteando un rato, Jaime salió a la superficie para tirarse varias veces a los brazos de su padre.

Minutos más tarde, todavía desde el agua, Castle vio cómo Kate cambiaba de postura varias veces o se levantaba para volver a sentarse al poco tiempo.

-Vamos Jaime, ya llevamos mucho rato en el agua.

-¡Papá!, pero yo no quiero salir – se quejó él.

-Escucha, mamá está cansada – le dijo él, mirando a Kate – y enseguida va a ser la hora de cenar e ir a dormir. Tenemos mañana todo el día para bañarnos, ¿vale?

-Joo – se volvió a quejar el pequeño, accediendo esta vez.

Castle subió a su hijo al embarcadero y después subió él, pero antes de que el escritor pudiese prevenir a su hijo, éste ya había echado a correr hacia su madre.

-¡Jaime, no vayas descalzo!

Pero ya era demasiado tarde, su hijo ya había empezado a cojear del pie izquierdo. Kate salió a su encuentro y lo acompañó hasta el banco en el que había estado sentada ella, para poder ver mejor el pie de su hijo.

-Ahhh mamá, me escuece – se quejó el niño, con varias lágrimas resbalándole por la mejilla.

-Te has clavado algunas piedras.

-Jaime, no puedes ir descalzo – le riñó su padre, alzando las chanclas del pequeño en la mano.

-Será mejor que vayamos dentro – sugirió Kate – hay que lavar la herida antes de curarla.

Con Jaime colgado a la espalda de su padre y Kate agarrada a su brazo, los tres llegaron a la cabaña. Una vez allí, Castle llevó a su hijo al cuarto de baño, donde se disponía a curarle, pero el niño prefirió que fuese su madre la que le curase.

-Jaime, mamá no puede agacharse para curarte – le dijo Castle, quien comenzaba a perder los nervios.

-Pero tú me haces daño – dijo el niño, entre sollozos – yo quiero que me cure mamá.

Sin ganas de discutir con él, Castle cogió a su hijo en brazos y salió del cuarto de baño en busca de Kate, a quien la encontraron sentada en el sofá.

-Ves, tu madre está cansada, Jameson.

-¿Qué ocurre? – dijo ésta al escuchar el tono enfadado de Rick.

-No quiere que yo le cure, quiere que lo hagas tú.

La Detective puso los ojos en blanco y después hizo un gesto a Castle con la mano para que sentase a su hijo a su lado y así poder curarle.

-Iré a cambiarme de ropa mientras tanto – dijo el escritor.

-Tienes que dejar que te cure papá – le dijo Kate a su hijo, una vez que Castle hubo salido del salón.

-Pero es que me gusta más cómo me curas tú ¿Papá se ha enfadado?

-Sí, un poquito – le dijo ella mientras colocaba una tirita en el pie de Jaime.

Cuando el escritor salió del cuarto de baño, su hijo corrió hacia él cojeando exageradamente y le dio un fuerte abrazo. Kate, con los brazos cruzados, observaba la escena desde el regazo de la puerta con una sonrisa.

-Perdón – dijo Jaime casi en un susurro – La próxima dejaré que me cures tú.


Mientras el escritor recogía la mesa después de haber cenado, Kate, que quería estirar las piernas, salió con su hijo a cazar insectos. Aunque la aventura no duró mucho ya que pronto comenzó a llover. A pesar de ese pequeño incidente, Jaime estaba contento por haber podido coger un par de hormigas, a las que tenía encerradas en un bote de cristal.

El niño no tardó en decir que tenía sueño, lo cual era una clara evidencia de que estaba realmente cansado, así que Castle lo llevó a la cama. Cinco minutos después solo se escuchaba su respiración lenta y acompasada.

Cuando Castle volvió al salón, Kate estaba poniendo un cubo en una de las esquinas de la habitación. Tras hacer un pequeño esfuerzo para agacharse, se llevó una mano a la tripa. Castle corrió a su lado.

-Estoy bien – dijo ella, intentando forzar una sonrisa. La verdad era que estaba realmente cansada, pero no quería desperdiciar aquel fin de semana – Estaba colocando este cubo aquí. El tejado lleva años sin arreglar y se estaba filtrando un poco el agua.

-Kate, no sé si ha sido buena idea haber venido. Si estás muy cansada, nos volvemos a la ciudad.

-Castle, estoy bien, de verdad.

El escritor torció el gesto. Miraba a la Detective con cierto tono de preocupación.

-Te lo prometo – le dijo ella, tratando de convencerlo.

-Es que… tengo un presentimiento - dijo él, mirándole a los ojos – creo que no deberíamos haber venido.

-Castle – dijo ella, esta vez en un tono más suave y cogiéndole su mano, para intentar tranquilizarle - que estoy bien, en serio. Solamente un poco cansada, nada que no sea normal.

Justo después un relámpago iluminó el salón.

-Anda, vamos a dormir – dijo ella. Intentando olvidar el tema.

Castle, aunque no más tranquilo, le hizo caso y ambos fueron a descansar.

Durante la noche Kate se despertó varias veces por las patadas que el bebé le estaba dando, aunque el escritor dormía plácidamente, ajeno a las patadas del bebé y a la fuerte tormenta que estaba teniendo lugar fuera. Y por supuesto, Kate prefirió no decirle nada, ya que decírselo significaría desatar por completo el caos y no habría forma de convencerlo de no volver a la ciudad.


La tormenta duró toda la mañana y parecía que también iba a durar toda la tarde del día siguiente, por lo tanto, no tuvieron otra opción que rescatar algunos juegos de mesa de lo alto de un viejo armario del salón para que Jaime estuviese entretenido. Entre los pocos juegos que había se encontraban una baraja de cartas a la cual le faltaban la mitad de cartas; un juego de adivinanzas y un tablero de parchís con sus correspondientes fichas. Al final de la tarde, Jaime ya estaba aburrido de todos ellos y se posó junto a la ventana, con la esperanza de que la lluvia parase. Pero la tormenta no cesó.

Kate, se movió incómoda en el sofá.

-¿Mamá, estás bien? – dijo Jaime, acercándose a su madre. Al fin y al cabo, había heredado de su padre esa gran preocupación por las personas a las que quería.

Ella trató de ponerle una de sus mejores sonrisas, aunque le había dado un fuerte dolor en la tripa. Sin decir nada, Jaime se dirigió a la cocina. Kate hubiese preferido no decir nada, pero ya era demasiado tarde, Jaime volvió acompañado de su padre.

-¿Estás bien?

-Sí – mintió ella – es solo que quiero levantarme para ir al baño ¿me puedes ayudar? – dijo, tendiéndole una mano.

-No seas tan cabezona – le dijo él, mientras le ayudaba a levantarse – Sigo pensando que no deberíamos haber venido este fin de semana.

La Detective se calló, pues en ese momento ella también lo pensaba.

Cuando salió del baño, su hijo estaba ayudando a Castle a llevar un vaso de zumo a la mesa del salón, mientras el escritor llevaba los otros dos.

-¡Kate! ¿Qué ocurre? – dijo él, tras haber dejado los zumos, dirigiéndose rápidamente al lado de ella.

La Detective se había apoyado en la pared del pasillo después de haber salido del baño.

-No me encuentro bien – dijo, en un tono casi imperceptible.

-Vamos. Te ayudo a que te sientes en el sofá mientras preparo los bolsos. Nos vamos.

Castle le pasó un brazo por la espalda y ella apoyó parte de su peso en el costado del escritor. Estaban a punto de llegar al salón cuando un líquido comenzó a chorrear por las piernas de Kate, empapando todo el suelo.

-Kate, dime que te has hecho pis encima – dijo el escritor, esperando que aquello no fuese lo que creía que era.

-Acabo de romper aguas – dijo ella, asimilando lo que acababa de suceder.

-Vale. No hay tiempo de hacer las maletas ahora, nos vamos al hospital.

Jaime salió al pasillo tras escuchar los gritos de su padre.

-Jaime, el bebé va a nacer, tenemos que irnos ahora al hospital – el niño miraba a su madre, entre asustado y nervioso por la situación, mientras su padre le explicaba lo que iban a hacer – Voy a ir hasta el coche con mamá y luego vengo a por ti, ¿vale? Tú quédate esperándome en el porche, está lloviendo y no tenemos paraguas.

Castle cogió una chaqueta con capucha y Kate se la puso, para evitar mojarse tanto, aunque cuando salieron fuera el agua caía a cántaros y la capucha le sirvió de poco ya que llegó al coche empapada. En cuanto ésta estuvo dentro, Castle corrió hacia el porche a por su hijo, lo cogió en brazos e intentó taparlo todo lo que pudo de la lluvia.

-¿Cómo te encuentras? – le preguntó a Kate una vez estaban los tres montados en el coche.

Pero cuando se volvió lo pudo comprobar por sí mismo. Kate se estaba retorciendo de dolor en los asientos traseros. A su lado, Jaime le miraba, asustado.

-Castle date prisa – le suplicó Kate, entre dientes.

-¡Mamá! – el niño, asustado cogió la mano de su madre.

Castle arrancó el coche e intentó echar marcha atrás para poder colocar el vehículo en la carretera, pero debido a la lluvia se había formado un charco de barro alrededor de los neumáticos y no conseguía dar marcha atrás. El escritor comenzó a soltar juramentos.

-Ahora no, venga.

-Castle, déjalo, llama a una ambulancia por favor – le suplicó ella.

Castle cogió su teléfono móvil del bolsillo y marcó el 911, pero cuando se acercó el teléfono a la oreja, éste comunicaba. El escritor volvió a mirar el móvil y descubrió que no tenía cobertura. Tal y cómo él había supuesto, su presentimiento se estaba cumpliendo. Por si se trataba de un error, intentó volver a llamar, pero nada.

-Eh… Kate, ¿me dejas tu móvil?

-Castle ¿qué pasa?

-Me gustaría decirte cualquier otra cosa, pero… no hay cobertura. No podemos llamar a una ambulancia.

-¡Castle! – gritó ella. En realidad él no tenía la culpa, pero estaba demasiado nerviosa.

-Solo déjame tu móvil, quizás el tuyo tenga cobertura.

Después de comprobar que ninguno de los dos teléfonos tenía cobertura y que de ninguna manera iban a poder salir de allí con el coche, la mejor opción era volver a entrar a la cabaña para que Kate se pudiese acomodar, al menos antes de encontrar otra opción.

-Kate, ¿a cuánto está la cabaña más cercana? – preguntó Castle, una vez estaban dentro.

-A unos quince quilómetros bosque arriba, no lo sé Castle, pero no hay tiempo para eso.

El escritor volvió a comprobar la cobertura en sus teléfonos, sin resultados.

-Richard Castle – dijo ella, agarrándole del brazo – estamos en mitad de una tormenta, en las montañas, lejos de la ciudad, no podemos mover el vehículo ni tenemos cobertura, así que deja de buscar alternativas, no las hay. El bebé vine ya – al terminar de hablar, Kate tenía los ojos empapados en lágrimas.

La mirada asustada de la Detective se cruzó con los ojos del escritor, que comenzaron a mostrar también cierto miedo, cuando fue asimilando la realidad de la situación.

-Está bien, está bien, – dijo, él, agarrando la mano de la Detective – Mírame – le dijo, posando su otra mano en la barbilla de Kate – todo va a salir bien – dijo, resaltando la palabra todo.

En ese momento una pequeña mano tocó la cara de Kate. Era Jaime, que hasta entonces había estado en el salón, viendo cómo sus padres perdían los nervios ante lo que se les avecinaba.

-Mamá, tengo miedo – El labio inferior le temblaba, el pobre estaba muy asustado y las lágrimas empezaban a agolparse en sus ojos azules. La idea de que algo le pudiese suceder a su madre le aterraba.

-Eh, no pasa nada – le dijo Castle, tratando de tranquilizarlo – El bebé va a nacer y necesito que me ayudes, ¿vale?

Jaime asintió. Las lágrimas, hasta entonces contenidas, comenzaban a resbalar por sus mejillas.

-Pero no puedes tener miedo ahora. Necesito que seas valiente, para que ayudes a mamá. Ahora ve al baño, abre el armario que hay al lado de la puerta, coge todas las toallas que encuentres y llévalas al dormitorio.

Jaime salió corriendo al cuarto de baño a por lo que su padre le había pedido. Mientras tanto, Castle cogió a Kate por la espalda con una mano y con otra por la flexión de las piernas y la llevó al dormitorio.

Lágrimas ardientes de dolor caían por el rostro de Kate, que apretó fuertemente sus puños, agarrando las mantas de la cama.

-Castle, ya viene – gritó, antes de coger aire, mientras cerraba fuertemente sus ojos.

El escritor corrió al cuarto de baño, donde su hijo salía con unas cuantas toallas en los brazos.

-Muy bien. Llévalas y trata de tranquilizar a mamá – dijo Castle, mientras cogía un barreño y lo llenaba de agua. Después, se lavó las manos varias veces.

Cuando volvió al dormitorio, Jaime había colocado varios cojines, seguramente a petición de Kate, detrás de la espalda de su madre, lo cual le proporcionaba algo de comodidad. Castle cogió una de las toallas que Jaime había cogido y la mojó en agua, después se la dio a su hijo.

-Frótale despacio a mamá en la cara con ella.

Jaime obedeció. Estaba demasiado asustado como para desobedecer o quizás era realmente consciente de lo peligroso de la situación. Sea como sea, no estaba siendo ningún estorbo y podría mantener a Kate en calma un poco más.

El escritor cogió una sábana del armario y la puso sobre las piernas de Kate.

-Vale, ahora necesito que empujes, fuertemente – Por suerte había asistido al parto de sus dos primeros hijos y no le pillaba por sorpresa, a pesar de lo extraño de la situación esta vez y dejando a un lado que esta vez, él ejercería de médico.

La Detective cogió aire, agarró con fuerza las mantas y empujó, al mismo tiempo que chillaba. Jaime, a su lado, miraba cómo su madre lloraba de dolor; las lágrimas volvieron a azotarle los ojos, pero aquella vez no emitió ningún sollozo, por el contrario, volvió a mojar la toalla en agua y se la pasó a su madre por la frente.

Tras varios esfuerzos empujando, Castle pudo ver que aquel parto iba a ser mucho más rápido que el de Jaime. La cabeza del bebé comenzaba a asomar.

En ese momento se escuchó el estruendo de un fuerte trueno, asustando todavía más a Jaime.

-Lo veo, Kate, lo estoy viendo, empuja un poco más.

Esta vez, ella volvió a empujar con todas las fuerzas que fue capaz.

-Una vez más – gritó Castle.

Ella volvió a hacer el esfuerzo una vez más, intentando sacar todavía más fuerzas.

Castle agarró suavemente la cabeza de su bebé y tiró despacio hasta que pudo agarrar sus hombros y tirar un poco más hasta que al fin consiguió sacarlo del todo.

-¿Rick? – dijo Kate, asustada, al ver que el bebé no lloraba - ¡Rick, qué le ocurre!

Castle colocó al bebé boca abajo, de la misma manera que había visto hacer a los médicos anteriormente, hasta que el bebé reaccionó y comenzó a llorar. Kate suspiró, aliviada.

-Es una niña – comentó el escritor, con una carcajada de alegría. El escritor lloraba de alegría, acababa de traer a su hija al mundo.

Kate, por su parte, comenzó a sollozar. En realidad lloraba por la enorme alegría que sentía en esos momentos.

Castle cogió una toalla y envolvió al bebé. Kate, se inclinó un poco y Castle le acercó a su hija, para que pudiese cogerla en brazos. La niña todavía lloraba. Kate la cogió en brazos y le dio un beso, mientras la arrimaba a ella para darle calor.

-Johanna – susurró antes de volver a besar sus labios.

El niño se inclinó, para poder verla mejor y miró a su madre, el miedo de ella había desaparecido, así que él también comenzó a tranquilizarse. Kate le dio un beso en la mejilla también a él.

Justo en ese momento, un teléfono móvil sonó y Castle salió corriendo al salón, donde los habían dejado antes. Había vuelto la cobertura. Era el móvil de Kate, el nombre de Jim aparecía en la pantalla.

-Jim, qué momento tan oportuno. Necesitamos ayuda.

Sobra decir que se agradecen los comentarios, críticas o sugerencias que queráis hacer. La mayoría de los que leéis los fics no comentáis y de verdad que para la persona que los escribe se agradece mucho ya que anima a continuar y/o mejorar. Yo personalmente estoy muy contenta con los comentarios que recibo, pero en general os animo a dejarlos en todos los fics que leáis :)