Os tengo que dar las gracias infinitamente por vuestros comentarios y por leer el fic. Jamás creí que superaría los treinta capítulos, así que, GRACIAS.
Este capítulo no es muy largo, pero espero que os guste igualmente.
Una pequeña y regordeta mano agarró su nariz, para después pasar a tocar sus ojos y darle pequeños golpes por la cara. El escritor abrió los ojos y se encontró a su hija tumbada, a su lado. La pequeña estaba boca abajo, inclinada hacia su padre y con la mirada fija en él. Al abrir los ojos el escritor, Johanna emitió un balbuceo y sonrió.
Unas dulces notas musicales llegaron desde el salón. Jaime acababa de comenzar las clases de piano hacía dos meses, pero aquellas notas sonaban demasiado bien. A aquellas les siguieron otras, se trataba de la misma melodía, aunque ahora había fallado alguna de ellas.
El escritor cogió a su hija en brazos y salió del dormitorio. Al salir, se quedó en el umbral de la puerta, viendo y escuchando. Johanna, mientras chupaba la manga de la camiseta de su padre, también contemplaba la escena en silencio.
Ante sus ojos se encontraban Kate y Jaime, los dos sentados frente al piano. Kate desplazó sus dedos por el piano, haciendo sonar de nuevo aquella preciosa melodía. Jaime seguía atento los dedos de su madre por las teclas y cuando ella terminó, lo intentó él. Volvió a fallar en varias notas, que Beckett le corrigió.
Johanna, en los brazos de su padre, emitió una risa sonora que hizo que su madre y su hermano se volvieran hacia ellos.
-¿Papá, has visto cómo toco? Mamá me está enseñando una canción que tocaba con la abuela – dijo Jaime, orgulloso.
Castle miró a Kate, sorprendido mientras se acercaba a ellos. Kate le había contado una vez que su madre le enseñó a tocar el piano y solían tocar juntas alguna canción, pero nunca le había escuchado tocar la canción a ella. Y verla hacerlo acompañada de su hijo le producía una enorme ternura.
-Se llama Sadness and Sorrow – le dijo ella al escritor, al mismo tiempo que cogía a Johanna de los brazos de su padre, ya que la pequeña había alzado sus pequeños brazos hacia Kate.
-Es preciosa – dijo el escritor.
Jaime miraba al suelo, pisando las hojas que la nieve de días atrás había dejado húmedas, agolpadas en el suelo. Su madre le daba la mano derecha y su padre, la izquierda, mientras sostenía a Johanna con el otro brazo. A pesar del gorro y la bufanda, tanto Jaime como Johanna tenían la nariz roja por el frío.
Unos pasos más tarde, los tres se detuvieron. Y allí estaban una vez más, como cada ocho de enero desde hacía tres años. Al principio Kate prefería ir sola, pero a medida que pasaba el tiempo, su muro terminaba por caerse del todo ante su familia.
Jaime se soltó de la mano de su padre, miró a su madre y cogió una de las cuatro rosas que ésta sostenía en la mano izquierda. El pequeño fue el primero en depositar la flor junto a la tumba de su abuela, después se agachó y se besó la palma de la mano para después pasarla junto a la lápida, justo como había visto hacer a su madre el año anterior. El siguiente en hacerlo fue Castle.
Mientras tanto, Jaime se agarró a la mano de su madre y se apoyó contra ella, contemplando todavía la tumba de Johanna Beckett. El escritor volvió unos pasos atrás, después de haber depositado su flor junto a la de Jaime y miró a Beckett.
-¿Estás bien?
Kate asintió, aunque el escritor sabía que no era cierto. Como cada año una enorme tristeza se apoderaba de ella en esa fecha. El dolor que sentía por haber perdido así a su madre, por no haber podido compartir ciertos momentos con ella la invadían.
La Detective cogió a Johanna de los brazos del escritor, todavía con su rosa y la de su hija en la mano.
-Me voy a quedar un poco más – le dijo a Castle.
El escritor comprendió que Kate quería quedarse un rato más allí, a solas, así que cogió a Jaime de la mano y abandonaron el lugar.
Kate se acercó a la tumba de su madre, con la pequeña Johanna en brazos. La Detective depositó ambas flores, la suya y la de su hija, al lado de las que Jaime y Castle habían dejado minutos antes. Al hacerlo, varias lágrimas resbalaron por su mejilla.
La pequeña Johanna, mientras tanto, miraba las rosas y a su madre con atención. Segundos después, comenzó a reír mirando hacia el árbol que tenían de frente, tras la tumba de Johanna Beckett, desde el cual, dos pájaros salieron revoloteando. La risa de Johanna aumentó al verlos, para después mirar de nuevo a las flores. Justo después se abrazó fuertemente al cuello de su madre y hundió su cara entre el pelo de ésta. Kate sonrió y recordó una frase que su padre le había dicho años atrás: Incluso en los peores días es posible la alegría.
Se agachó junto a la tumba de su madre y, tras darle un beso, se alejó con su hija de aquel lugar.
Gracias por leerlo :), se agradecen comentarios.
