A partir de ahora no actualizaré cada tres o cuatro días como hacía hasta ahora, aunque lo seguiré haciendo semanalmente.

Espero que os guste este capítulo :) Como siempre, gracias por leerlo y por los comentarios!


Kate recibió un mensaje de Esposito en el que le decía que los niños estaban bien, aunque algo tristes, y que se quedaban con Lanie, ya que él debía volver al trabajo.

Se sentó en el incómodo sillón negro de hospital que había al lado de la cama en la que Castle descansaba y pensó en todo lo ocurrido aquel día. El escritor había estado colgando unos aviones del techo del dormitorio de Jaime, cuando se cayó de la escalera en la que estaba subido, dándose un fuerte golpe en la cabeza que lo dejó inconsciente por unos minutos. Kate volvió a escuchar en su cabeza los gritos de Jaime, que se encontraba con su padre en el momento del accidente, llorando desesperadamente.

Tenía los ojos cerrados y estaba frotándose la frente con una mano, cuando una mano le agarró el brazo. Era Castle.

-Kate.

-Castle – dijo ella, incorporándose a su lado – debes descansar.

-Kate, vete a casa. Ellos te necesitan ahora más que yo.

La Detective arrimó su cara a la del escritor y le besó los labios.

-Creí que te perdía Castle – le susurró – Cuando te vi en el suelo, con la sangre en la cabeza… y Jaime llorando…

-Shh – le tranquilizó él, acariciando su cara – estoy bien, estoy aquí.

Ambos se quedaron así unos segundos. A pesar de que el médico había dicho que debía quedarse en observación un par de días aunque todo estaba bien y solo había sido el golpe, Kate necesitaba saber que realmente estaba bien.

-Te aseguro que me encuentro bien – le dijo el escritor, leyendo la mente de la Detective – Con dolor de cabeza, pero estoy bien.

Ella asintió, tratando de convencerse.

-Ve con ellos – le dijo el escritor, mostrándole una pequeña sonrisa - y dales un beso de mi parte.

Se despidieron con un largo beso en los labios. Antes de que Kate saliese por la puerta de aquella fría habitación de hospital, Castle le llamó:

-Kate. Gracias por estar conmigo.

-Siempre – le dijo ella, sonriendo.


Kate llegó a casa y se encontró a su hijo tumbado en el sofá, llorando, mientras Lanie, a su lado y con Johanna en brazos, intentaba animarle.

En cuanto el pequeño vio entrar a su madre, se levantó y corrió hacia ella. La Detective se agachó junto a su hijo y éste le rodeó el cuello con sus brazos, apoyándose en el hombro de ésta.

-Shh, ya pasó todo – le dijo dulcemente a su hijo, al mismo tiempo que le abrazaba y frotaba su mano por la espalda de Jaime – papá está bien.

-¿Podemos ir a verlo? – le preguntó Jaime, sollozando.

-Mañana. Ahora es tarde y tiene que descansar. Pero me ha dicho que te de un beso de su parte.

-¿Un beso de gnomo?

-Sí - rió Kate, frotando su nariz contra la de su hijo, como siempre hacía Castle con Jaime y Johanna.

-Mami – dijo Johanna, estirando los brazos hacia su madre.

Kate se dirigió hacia el sofá y se sentó con sus dos hijos, uno a cada lado, rodeándole con los brazos. Ellos también estaban cansados. Había sido un día horrible para todos.

-Lanie, gracias por quedarte con ellos.

-No me tienes que agradecer nada cariño. Si necesitas que me quede más tiempo lo haré.

-No, Martha vendrá más tarde para que yo pueda volver al hospital.

Tras despedirse de la Detective y de sus hijos, la forense se marchó.

Jaime estaba ahora más tranquilo. El cansancio del día comenzaba a hacer mella en los dos niños. Johanna, tumbada a la derecha de su madre, y con los masajes que Kate le estaba dando con los dedos en la cabeza, comenzaba a quedarse dormida. Con Johanna siempre funcionaba. Por su parte, Jaime, al otro lado de la Detective, continuaba abrazado fuertemente a ella. Su respiración comenzaba a ser más acompasada también.

Kate esperó a que ambos estuviesen dormidos y los llevó a su dormitorio. Así al menos los dos niños estarían juntos.

Se dio una ducha rápida e intentó cenar algo, aunque apenas tenía apetito había sido un día largo y complicado y sabía que era mejor reponer fuerzas para pasar toda la noche en el hospital.

Una lágrima resbaló por su mejilla al darse cuenta de lo silencioso que estaba el loft, de que ya lo echaba de menos. Había estado a punto de perderlo. El sonido del timbre la sacó de sus pensamientos. Se secó los ojos y fue a abrir la puerta.

-Querida – dijo la actriz, abrazándola fuertemente - ¿qué tal estás?

-Ha sido un gran susto – le confesó ésta.

-Lo sé – dijo Martha, volviendo a abrazar a Kate tras ver el miedo en sus ojos y adivinar que había estado llorando.

-Los niños están dormidos, en nuestro dormitorio – le dijo Kate – Si se despiertan en mitad de la noche…

-No te preocupes, está todo controlado – le tranquilizó está.


A la mañana siguiente, tras la visita rutinaria del médico a Castle para comprobar que todo seguía bien, Kate volvió a casa. Cuando llegó al loft, sus dos hijos la recibieron con un abrazo. Martha les había preparado el desayuno.

-Los médicos han dicho que todo está bien, pero deberá quedarse hasta mañana en observación – le informó Kate a Martha.

-¿Podemos ir a verlo? – preguntó Jaime a su madre.

-Sí cariño – dijo Kate, besando a su hijo.

-¡Bien! – gritó Jaime.

-Been – le imitó Johanna.

Martha ayudó a Kate a vestir a los niños y los cuatro juntos fueron al hospital.

-No alcéis mucho la voz, ¿vale? Esto es un hospital y no se puede gritar – les advirtió Kate a los niños – Johanna, shh – le dijo a ésta, dándole instrucciones más sencillas llevándose el dedo a los labios.

Aunque sus advertencias se vieron reducidas a nada en cuanto abrió la puerta de la habitación y los niños vieron a su padre.

-¡Papá! – gritó Jaime, saliendo disparado hacia él. Johanna, como siempre, imitó a su hermano, corriendo también tras él.

Martha y Kate se miraron, riendo, al mismo tiempo que balanceaban la cabeza.

-¿Papá estás bien? – Jaime se había subido a la cama con su padre y observaba la herida, tapada, que éste tenía en el lado superior derecho de la frente.

-Estoy bien – le contestó él, abrazándolo.

-¡Te he hecho un dibujo! – le dijo el niño, entusiasmado, mostrándole el papel que llevaba en la mano. Los dibujos de Jaime comenzaban a dejar de ser garabatos para distinguirse figuras de personas. En este dibujo había dos personas, lo que parecían ser un niño y un adulto de la mano. Cada uno de ellos sostenía un palo de color verde y otro de color rojo.

Al escritor, que tenía más imaginación que su hijo, no le costó comprender de qué se trataba.

-Déjame adivinar – le dijo a éste – Somos tú y yo, jugando a las espadas láser.

Jaime asintió sonriendo, orgulloso de que su padre lo hubiese comprendido y le abrazo fuertemente.

-Papá, lo siento.

-Eh, campeón, ¿por qué lo sientes? – le preguntó el escritor, confuso.

-Fue mi culpa. Yo te pedí los aviones en mi habitación.

-Eh, mírame – le dijo Castle, alzando la cabeza de su hijo hacia él – no fue culpa de nadie, ¿me has oído? No fue tu culpa, fue un accidente.

Jaime asintió, abrazando de nuevo a su padre.

-Papá toma – dijo Johanna, quien cada día hablaba más claro. La niña le estaba extendiendo un dibujo a su padre.

-Oh, ¿tú también me has hecho un dibujo? – dijo el escritor, con una gran sonrisa de felicidad.

-Si – dijo la niña, sonriendo.

Kate ayudó a Johanna a subir a la cama con su hermano y su padre y éste último observó con atención el dibujo que su hija le había hecho, después de darle un beso y abrazarla a ella también.

-¿Qué será, qué será? – Dijo Castle, pensativo, tratando de adivinar de qué se trataba el dibujo. Jaime trató de comprender con él de qué se trataba, sin adivinarlo. El dibujo consistía en un montón de garabatos rosas y púrpuras.

-Papá y Jaime no se enteran – le dijo Kate a su hija.

-¿Acaso tú sabes lo qué es? – le preguntó Castle.

-Rayas rosas y púrpuras, es cómo el vestido que ella lleva hoy – rió Kate – es ella.

-¿Eres tú Johanna? – le preguntó Castle

-Siii, es Johanna! – gritó está, emocionada. Todos en la sala comenzaron a reír.


Minutos después Jaime y Johanna seguían sentados en la cama con Castle, así que el escritor se puso a jugar con el mando de la cama, subiéndola y bajándola una vez tras otra mientras los niños reían a carcajadas.

-¿Quiénes son los niños, ellos o él? – dijo Martha.

La Detective rió ante el comentario, mientras miraba a sus hijos y a Castle, que irradiaban felicidad en ese momento.


Gracias por leerlo :)