Siento haber tardado tanto en subir un nuevo capítulo, he estado algo más ocupada estos últimos días, intentaré no demorarme tanto con el próximo.

Este capítulo es a petición de varias personas, espero que os guste, tampoco he querido excederme mucho en algunos detalles por no perder la escencia del fic, en fin, espero que os guste.

Se agradecen comentarios, críticas, sugerencias... :)


Castle terminó de abrocharse la camisa y salió del dormitorio. Jaime estaba tumbado en el suelo, boca abajo, arrastrando un coche de juguete por el suelo; mientras tanto, Johanna estaba tumbada a su lado, pero ésta estaba boca arriba, apoyando la cabeza en la espalda de su hermano y pataleando en el suelo mientras sostenía en las manos a Fanty, su elefante de peluche. A su alrededor había un montón de juguetes esparcidos por el suelo.

-¿Todavía estáis así? – Les reprochó el escritor – Os he dicho que recogieseis.

Jaime se levantó de mala gana y comenzó a recoger.

-Venga Johanna, tú también – le animó Castle – Vamos a meter aquí todos tus peluches.

Con la ayuda de su padre, los dos niños terminaron de recoger, así que el escritor les ayudó a anudarse los zapatos y ponerse los abrigos. Castle y Beckett iban a salir a cenar con motivo de su séptimo aniversario como pareja.

-Yo no quiero ir con la abuela, no quiero cenar con ella – se quejó Jaime.

-Con la abela – dijo Johanna.

-¿Por qué no podemos ir con vosotros?

-Porque mamá y yo vamos a salir a cenar – le contestó Castle – los dos solos. Además, hoy no va a cocinar la abuela.

Jaime abrió sus ojos un poco más, interrogando a su padre con la mirada.

-Alexis va a estar allí.

-¿Alexis? – preguntó Jaime, emocionado. Su padre asintió - ¡Bieeeeen!

Alesis! – gritó Johanna también, revolucionándose a la vez que su hermano.

En ese momento, Kate salió del dormitorio y se dirigió a ellos.

-Estás deslumbrante – le dijo Castle, que no podía dejar de mirarla. Su musa llevaba un vestido ajustado de color morado que le quedaba precioso, con el pelo recogido y unos altos tacones negros.

-Tú tampoco estás nada mal – le contestó ella, mirándole de arriba abajo. El escritor vestía un traje negro con una camisa blanca debajo.

-¿Nos vamos ya? – preguntó Jaime, impaciente desde la puerta.


Minutos más tarde llegaron a casa de Martha, donde ya les esperaba junto a Alexis.

-¿Vas a hacer la cena tú? – le preguntó Jaime a Alexis en cuanto les abrió la puerta.

La actriz, que estaba junto a ellos balanceó la cabeza de un lado a otro, mientras el resto reían. Kate le entregó a la actriz una mochila con los pijamas de los niños, el peluche de Johanna que utilizaba para dormir y una película en DVD por si se aburrían.

-Llamadnos si pasa cualquier cosa – les dijo Castle.

-No os preocupéis, estarán bien – les dijo Alexis – disfrutad de la cena.

Castle y Beckett abrazaron y besaron a sus hijos antes de marcharse. Aunque costase creerlo, les costaba separarse de ellos aunque fuese solamente por una noche. Sin embargo, los niños se abrazaron uno a cada pierna de Alexis y entraron a casa de su abuela a jugar, olvidándose por completo de sus padres.


Cuando llegaron al restaurante, el camarero les guió hasta la mesa que el escritor había reservado. Ésta estaba en un cubículo separada del resto, para tener más privacidad.

-¿Desde cuándo tenías hecha esta reserva? – le preguntó la Detective, sabiendo que una mesa así debía de costar bastante dinero, a parte del tiempo de reserva que debía conllevar.

-Desde hace tiempo – le contestó él, esbozando una sonrisa.

El escritor, tan atento como siempre a aquellos pequeños detalles, retiró la silla de Kate, acompañándola a sentarse.

Estuvieron hablando de cosas trascendentales, riendo y compartiendo miradas de complicidad. A Kate le hizo pensar en que daba igual el tiempo que llevasen juntos, siempre seguiría sintiendo aquel fuerte sentimiento por él, aquel que la sacaba de sus casillas y le hacía completa y absolutamente feliz.

-Sobre lo que estuvimos hablando el otro día – comenzó el escritor – lo de mudarnos, he estado pensando en ello.

La Detective le había comentado días atrás a Castle la posibilidad de mudarse a las afueras, de comprar una casa familiar ya que el loft se les quedaba pequeño y su distribución no estaba pensada exactamente para tener a dos niños en el piso superior cuando ellos dormían abajo. Sin embargo, Kate sabía cuánto apreciaba Castle su loft y le había dado la oportunidad de pensárselo bien antes de tomar ninguna decisión.

-Y creo que tienes razón – continuó - Me da pena abandonar el loft, pero tengo que mirar por nosotros, por nuestra familia.

Kate sonrió de una manera sincera a Castle, realmente apreciaba su decisión.

-Y me he tomado la libertad de mirar algunas casas – dijo mientras sacaba su iPhone del bolsillo.

-Sorpréndeme – dijo ella, temiendo lo que el escritor le iba a enseñar.

Cuando Castle hubo seleccionado en su móvil la foto deseada, giró el teléfono hacia Kate para que pudiera verlo. Ella puso los ojos en blanco para sus adentros y miró directamente a Castle:

-Dime que estás bromeando.

-¿Qué le pasa? – dijo él, mirando el móvil por si había confundido la foto.

-Castle, eso parece el rancho de George Lucas – objetó ella – Quiero una casa normal, una casa familiar.

Él chasqueó la lengua, con algo de resignación.

-Está bien, pero con una condición – dijo el escritor. Ella escuchó atenta – El jardín será lo suficientemente grande y tendrá piscina. Y una zona para barbacoas.

-¿No tienes suficiente con la piscina de los Hampton?

-Es mi única condición – sonrió él, poniendo cara de niño bueno.

-Está bien – aceptó ella, intentando simular una sonrisa.


Después cenar y lavarse los dientes, Jaime se dirigió hacia la mesa del comedor, encima de la cual su abuela había dejado la mochila de los niños. La abrió con cuidado y sacó el DVD que su madre le había metido en la mochila unas horas antes, era una versión de Batman en dibujos animados que al pequeño le encantaba.

-Alexis, ¡quiero verla contigo! – le dijo, alzando la caja del DVD ante su hermana mayor.

Alexis, encantada de que su hermano quisiera ver una película con ella encendió el televisor y metió el disco, sentándose después al lado de Jaime.

Mientras tanto, en el dormitorio principal de la casa, Johanna estaba metida en el vestidor de su abuela, probándose los tacones de ésta.

-Ahora esto abela – dijo la niña, mientras estiraba de un vestido estampado de varios colores que colgaba de una percha.

Martha, encantada de que a su nieta le gustase su ropa le alcanzó el vestido de la percha y le ayudó a ponérselo. La prenda arrastraba por el suelo, tapando los tacones de color rosa chillón que Johanna llevaba puestos en ese momento.

-¡Ahora te voy a poner unas joyas, ya verás qué guapa vas a estar! – le dijo Martha.

-¡Sii! – dijo Johanna mostrando una enorme sonrisa en su cara y siguiendo a su abuela al otro extremo del dormitorio.

Martha le prestó a su nieta un collar y unas pulseras y le puso un pañuelo sobre la cabeza, a modo de diadema.

-La nena guapa – dijo Johanna, mirándose al espejo.

-Sí cariño, estás muy guapa.

La niña salió del dormitorio, haciendo un estruendoso ruido a su paso con los tacones y se dirigió al salón, donde sus hermanos estaban viendo la película. Tanto Alexis como Jaime apartaron la vista de la pantalla al verla aparecer así vestida.

-Mira – dijo, mientras giraba sobre sí misma para mostrar el vestido que llevaba puesto.

Jaime se rió, divertido por las pintas de su hermana pequeña.

-¡Qué guapa estás, eres toda una modelo! – le dijo Alexis.

Johanna se dirigió hacia el lado del sillón en el que estaba sentada su hermana y, tras quitarse torpemente los tacones, alzó los brazos hacia ella, para que le cogiese. Alexis la sentó sobre sus piernas y la rodeó con sus brazos. La niña se recostó sobre el pecho de Alexis, al mismo tiempo que emitía un gran bostezo.

Martha, que aparecía en ese momento por el salón, se acercó hasta la mochila de los niños y cogió de dentro el peluche de su nieta, sabía que le gustaba para dormir. Se lo acercó y le dio un beso en la mejilla. La niña lo abrazó con fuerza mientras continuaba recostada en el regazo de Alexis y centró su atención en el televisor, mientras sus párpados se cerraban lentamente.

Jaime tampoco tardó en dormirse después de escuchar el cuento que Alexis le narró. Sin embargo, a media noche, despertó, sobresaltado por algún mal sueño. Tardó unos segundos en comprender que estaba en casa de su abuela y recordar que sus padres habían salido a cenar. Se dio la vuelta y vio a Alexis durmiendo junto a Johi en la cama de al lado.

-Alexis – dijo, en un susurró.

A pesar de llamarla varias veces, su hermana parecía estar sumida en un profundo sueño. Miró hacia la puerta y vio que había una luz encendida, justo como le había pedido a su abuela que la dejara. Bajó a tientas de la cama y, con los pies descalzos, corrió hacia el dormitorio de su abuela. Todo estaba oscuro, así que dejó la puerta abierta para poder orientarse con la luz encendida del salón. Cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad vislumbró la cama y a su abuela en el lado derecho de ésta.

-Abuela, abuela despierta.

Un zarandeo en el hombro la despertó, adaptó sus ojos a la oscuridad y vislumbró la figura de su nieto, junto a ella.

-Oh, cariño ¿qué ocurre, has tenido una pesadilla?

El niño asintió, mientras agarraba la mano de su abuela.

-¿Quieres dormir conmigo?

-Si, pero me hago pis, y no quiero ir solo.

Martha encendió la lamparita de noche y acompañó a su nieto al baño. De vuelta al dormitorio, Jaime se metió a la cama casi de un salto para después, taparse casi por completo. Martha sonrío, Jaime siempre había demostrado ser más sensible que Johanna, quien, por el contrario y a pesar de su corta edad, se mostraba más valiente ante cualquier tipo de situación.

La actriz se agachó a mirar debajo de la cama y, dirigiéndose a su nieto, que estaba atento a su respuesta, dijo:

-No hay monstruos.

Jaime sonrió y esperó a que su abuela se acostase a su lado para abrazarla.

-Te quiero abuela.

-Y yo a ti, cielo – le dijo ésta, besando su frente y esbozando una gran sonrisa.


Su frente estaba pegada a la de ella. Ambos tenían los ojos cerrados y sus narices chocaban la una con la otra. Simplemente disfrutaban de ese pequeño gesto. Hasta que él llevó su mano a la cara de Kate y comenzó a acariciar su mejilla, al mismo tiempo que besaba sus labios.

-Demuéstrame cuánto me quieres – le dijo ella.

-¿De verdad quieres que te lo demuestre? – preguntó él, separándose de sus labios entre cada palabra.

Ella asintió, riendo. Estaba atrapada por sus besos.

Sus miradas se cruzaron pícaramente, sonrieron y se fundieron en un beso. Continuaron con su juego, disfrutando con cada parte de sus cuerpos. Podrían estar así toda la noche. De hecho, quizás lo estaban. Lo más posible es que aquella noche no durmieran nada.

El escritor comenzó a acariciar cada centímetro, cada rincón de la piel de su musa. Quería su olor, su sabor, podría pasarse la vida entera recorriéndola… y contemplándola. Se paró a observarla, contemplando su cuerpo desnudo, recorriendo cada centímetro de su cuerpo esta vez con la mirada.

Sus respiraciones se aceleraron. Se aceleraron porque querían seguir, porque ambos se deseaban mutuamente, porque ninguno de los dos podría vivir sin el otro. Y sin embargo en ese instante parecía que se iban a tener para siempre, que sería eterno. Estaban haciendo lo más bonito que dos personas que se aman de esa manera pueden hacer.

Gracias por leerlo! :)