Gracias por las reviews que me dejáis! Aquí un nuevo capítulo, espero que os guste.

Como aclaración, decir que aquí Johanna tendría tres añitos ya.

Gracias por las sugerencias que me dejáis, las tengo en cuenta para los próximos capítulos ;)


La Detective llegó a casa tras un casado día de persecuciones e interrogatorios. Esperaba encontrarse a su familia esperándola para cenar, sin embargo la situación que se encontró fue algo diferente: Castle estaba tumbado en el sofá, con un brazo colgando de éste y la boca abierta, mientras roncaba. Johanna, estaba en el suelo, jugando con varias muñecas, mientras Jaime estaba en el sofá, al lado de su padre, con los ojos abiertos como platos y mirando la tele asustado.

Kate se agachó junto a Johanna, ésta volvió la cara sonriendo hacia su madre y le dio un beso.

-Cariño.

-Hola mami. Tengo hambre.

-Ahora vamos a hacer la cena – dijo, retirándole un mechón de pelo que le caía sobre la cara.

Jaime continuaba con la mirada fija en la televisión.

-Jaime, cariño – dijo Kate, mientras se volvía hacia la televisión, justo en el momento en que un hombre era descuartizado – pero, ¿qué estás viendo?

Cogió el mando y apagó el televisor inmediatamente mientras se acercaba al sofá para darle un codazo al escritor.

Castle se despertó sobresaltado, encontrándose a una Kate enfadada, de brazos cruzados.

-¿Qué hora es? – dijo, todavía desorientado.

-Castle, Jaime estaba viendo una película de terror.

-Cuando me quedé dormido estaban echando dibujos – se defendió él, encogiéndose de hombros.

Kate dirigió a Castle otra mirada de desaprobación.

-No me ha dado miedo mamá – aseguró Jaime, intentando convencerse más a sí mismo que a su madre.

La Detective bañó a sus dos hijos, después de un día de trabajo le apetecía pasar tiempo con ellos. Mientras tanto, Castle preparó la cena.

Masajeó el pelo de sus dos hijos, enjabonándolos mientras ellos le ponían espuma por la cara entre risas. Jaime dibujó un bigote en el rostro de su madre. Y así los encontró Castle cuando entró en el cuarto de baño para anunciar que la cena ya estaba lista.

Kate se volvió hacia él, intentando mostrarse todavía algo molesta con él por haberse quedado dormido, pero cuando lo vio sonreír desde el marco de la puerta, mirándolos a los tres con ternura, le fue imposible mostrarse enfadada. A veces se odiaba por ello, pero en momentos como este no podía reprimir una sonrisa, y en este caso no fue diferente.

Castle se agachó junto a ella, al lado de la bañera y le quitó el bigote de espuma con la mano derecha, para después darle un beso.

-Te prometo que te recompensaré lo de antes.

-Más te vale.

Dos pares de pequeñas manos se abalanzaron sobre el escritor, llenándole la cabeza completamente de espuma.


Después de cenar los niños se fueron a dormir, Castle y Beckett se quedaron un rato más acurrucados en el sofá viendo una serie de televisión que a ambos les gustaba. Cuando se metieron en la cama, Castle giró la cabeza antes de tumbarse del todo para besar a Kate, pero antes de que pudiese arrimar su cara a la de ella, fue ella la que tiró de la camisa de él y lo arrimó con fuerza hacia su boca, donde ambos disfrutaron de los labios del otro.

De pronto se escuchó un golpe, parecía algún tipo de sonido mecánico. Castle se separó unos centímetros de Kate.

-¿Qué pasa? – preguntó ella, confusa.

-¿No has oído eso? – dijo él, alzando el dedo, como si así fuese a oírse de nuevo el ruido.

-¿Oír el qué?

-Se ha escuchado un ruido.

-Habrá sido la caldera, ya te dije que hay que llamar al técnico – le dijo Kate, atrayendo de nuevo a Castle hacia ella.


Mientras tanto, al otro lado del pasillo, Jaime también había escuchado aquel siniestro ruido, procedente de algún monstruo que seguro habitaba en el sótano de la casa. Lo había visto en la película de esta tarde y había visto qué ocurría si el monstruo abandonaba el sótano.

Sin detenerse a ponerse las zapatillas de andar por casa, empujó la puerta de su dormitorio hasta abrirla del todo y salió corriendo hasta el dormitorio más cercano al suyo: el de Johanna.

Corrió la puerta de Johanna y entró dentro, fue entonces cuando recordó que con las prisas había olvidado coger su linterna de la mesita de noche, así que pulsó el interruptor y encendió la luz. A su hermana no pareció importarle ya que continuó durmiendo, así que Jaime se acercó a ella y empezó a zarandearla.

-Johi, Johi, despierta – dijo él susurrando.

Tras unos cuantos meneos, la pequeña Johanna se despertó, aunque no pareció hacerle ninguna gracia que su hermano le habría despertado en mitad de la noche. Sin mediar palabra, apartó a su hermano a un lado, se bajó de la cama y salió corriendo al pasillo.

-¡No, Johi, espera! – dijo Jaime, intentando frenar a su hermana, pero ya era demasiado tarde.

Johanna alzó un brazo y tiró de la manilla del dormitorio de sus padres, apresurándose dentro.

-¡Mami, Jaime me ha despertado!


Kate estaba tumbada en la cama, besando a Castle que estaba inclinado sobre ella. Todavía no habían comenzado a desvestirse cuando la puerta de su dormitorio se abrió.

-¡Mami, Jaime me ha despertado! – dijo Johanna, con voz quejosa acercándose a la cama de sus padres.

-¡No es verdad! – gritó Jaime, entrando tras Johanna al dormitorio.

-Si es verdad y no hay que mentir – le gritó Johanna a Jaime.

Mientras sus hijos continuaban aquella discusión, Castle y Beckett cruzaron sus miradas, fastidiados por tener que posponer su actividad para otro momento.

-¿A ver, qué es lo que ha pasado? – preguntó Castle, haciéndoles gestos a sus hijos para que ambos se acercasen.

Los dos fueron hasta el lado de la cama en el que se encontraba su padre y éste los cogió, sentándolos en una pierna a cada uno.

-Me ha despertado – se quedó Johanna, apoyando su cabeza en el pecho de su padre.

-¿Es eso verdad? – preguntó Castle, mirando esta vez a Jaime.

-Es que he escuchado unos ruidos del sótano.

-Lo ves, te dije que se había oído un ruido – dijo Castle, volviéndose hacia Kate.

Ella rodó los ojos, tomando la palabra.

-Habrá sido la caldera y Jaime, la próxima vez, no despiertes a tu hermana, vienes a nosotros, ¿vale cariño? – le dijo, frotándole el pelo. El niño asintió.

-Pero, llama a la puerta antes de entrar – añadió Castle. Beckett volvió a rodar los ojos.

-¿Puedo dormir hoy aquí? Por favor

Kate le hizo un gesto para que se metiese entre las sábanas.

-¿Quieres dormir tú también aquí princesa? – le preguntó Castle a Johanna. Ésta asintió, sonriente, y se metió al lado de su hermano bajo las sábanas.


Sin dar tiempo a que ninguno de los cuatro se durmiera, de nuevo se escuchó un nuevo sonido procedente del sótano.

-Ahí está otra vez – dijo Castle.

Jaime se estrujó más contra Kate.

-Shh, no pasa nada cariño, seguro que es la caldera – le intentó tranquilizar.

-¿La caldera suena así? – preguntó Castle.

En ese momento Kate sintió la repentina necesidad de darle un buen codazo al escritor, por inquietar más a Jaime con sus comentarios en lugar de tranquilizarlo. Pero tuvo que contenerse ya que Johanna y Jaime le impedían llegar hasta él.

-Será mejor que bajes a ver – propuso ella. Ya que quedándose no iba a ayudar, que bajase y comprobase que, efectivamente, era la caldera como ella decía.

-¿Yo?

-Sí.

Tras chasquear la lengua, el escritor se levantó de la cama y salió del dormitorio.

-La luz mami – dijo Johanna.

Kate encendió la luz de la lamparita de noche y se corrió con Jaime hacia el centro de la cama, dejando a Johanna un hueco al otro lado de ella. La Detective rodeó a sus dos hijos con los brazos, en el preciso momento en el que se volvió a escuchar el sonido de nuevo. Después la puerta del sótano abrirse, Rick ya estaba bajando, de pronto se escuchó un grito ahogado que hizo a los dos niños arrimarse más a su madre. Teniendo en cuenta la intensidad de aquel grito procedente del escritor, Kate apostaría algo a que Castle había visto una araña y se había asustado.

Minutos más tarde, el escritor entró de nuevo en la habitación.

-¿Y bien? – preguntó Kate, con un tono sarcástico.

-Tenías razón, era la caldera – dijo él, fastidioso de tener que darle la razón. Kate le miró con el ceño fruncido y una mirada que solo podía significar una cosa: te lo dije.

-¿Y por qué has gritado? – le preguntó Jaime.

-Oh, eso, tenía… había una araña con las patas largísimas, casi me cae a la cabeza – dijo el escritor, pasándose una mano por el cabeza con gesto de repelús.

Kate puso los ojos en blanco y volvió a tumbarse.

-A dormir. Y mañana llama al técnico, tiene que arreglar esa caldera.


Gracias por leer!