CAPÍTULO 38 ABUELITA, QUÉ DIENTES MÁS GRANDES TIENES

Menuda risa escalofriante a lo payaso de It que se gastaba este tío.

Vamos, no me jodas. Salimos de Málaga y nos metemos en Malagón. ¿Qué necesito hacer yo para tener un poquito de buena suerte? ¿Eh? ¿Una audiencia con el Papa? Joder, mis tetitas seguían pegadas al cañón recortado de una escopeta y eso no me gustaba nada. Nop. Para nada.

El tipo dejó de reírse pero estaba más fatigado que un servidor después de terminar las Olimpiadas para bomberos a las que me apuntó Jasper a traición; aún así, este cabrón que tenía delante parecía que se había visto un maratón de monólogos de la Paramount. Descojonado de risa. Completamente.

—¿Que si tengo la valla electrificada? Dios mío, lo que tiene que oír uno... vamos, chico... no estoy en condiciones de derrochar energía en estas gilipolleces.

—Sí, sí... claro... eso era lo que estaba pensando. Eso mismito, lo juro — balbucée. Bella me dio un codazo rompe costillas de los suyos —. Eh... vamos, que venimos en son de paz y eso... banderita blanca, ¿sabe usted? — murmuré. Eso es, Edward. Que no se note la caquita que tienes.

—Oh, en son de paz... bueno, eso lo sé. O al menos me lo imagino. Aquí está acojonado hasta el perro — dijo señalando a Leona con la barbilla. Seh... estaba acojonada. Y pensar en el susto que nos había dado ayer la muy cabrona, ¿por qué no sacas ese genio con los demás, Leona?

—Vale, vale... pues si está tan seguro de que venimos sin malas intenciones le agradecería enormemente que bajara el arma un poquito... porfa — ¿pero dónde está el Edward pecho lobo que se enfrenta a los infectados con un hacha en la mano? ¿De verdad he dicho porfa? Joder... El hombre ladeó la cabeza.

—Supongo... bueno, no supongo. Sé a ciencia cierta que vais armados. A mí no se me ocurriría salir por estos lares sin una manera segura y contundente de protegerme. A no ser que sea un jodido gilipollas, claro.

—Llevamos una pistola encima — se acelantó Bella. Sí, mejor que hable ella... porque como yo volviera a abrir mi boquita de piñón podría cagarla aún más. Sólo una pistola, madre mía... si supiera del arsenal a lo Bruce Willis en Jungla de Cristal que llevamos en la parte trasera del coche vete tú a saber en qué lugar me pondría la recortada —. Pero no tenemos intención de usarla con alguien... eh... vivo, vivo de verdad — el hombre sonrió. Esta vez su expresión era mucho más normal.

—Los verdaderos humanos nos hemos convertido en una especie en extinción, ¿eh? — finalmente bajó el arma. Mis tetillas y yo así como mis órganos internos se relajaron. Ah, esa pequeña taquicardia también; el corazón volvió a latir con normalidad. Más o menos —. Claro, que también ha aumentado exponencialmente el número de humanos hijos de la gran puta. Supongo que ya os habréis cruzado con alguno de ellos — murmuró el hombre. Cerré los ojos al recordar a la francotiradora que nos jodió pero bien hace semanas.

—Sólo estamos de paso. Buscábamos un sitio donde poder pasar la noche sin morir en el intento — Bella suavizó la voz —, tiene toda la pinta de que esta noche va a ser demasiado fría y demasiado húmeda — el hombre nos miró con gesto indeterminado; no sé por qué pero me fijé en las arrugas de su cara. Un hombre de campo, curtido, viviendo en la nada en medio de este caos... no debe de ser fácil para él...

—Si vamos a seguir hablando sobre esto preferiría que lo hiciéramos dentro del perímetro de seguridad.

Avanzamos unos metros para abrir una cancela más oxidada que mis neuronas que simplemente estaba protegida con un cerrojo manual. Ojo con las medidas de seguridad, ¿eh? Si por perímetro de seguridad este hombre se refiere a una valla de madera recubierta por otra de alambre sin duda alguna este hombre tenía fe ciega. O tuerta. Nota mental, preguntar a este hombre a qué santo le rezaba por las noches. Seh...

Miré el interior del terreno mientras avanzabamos; estaba más que claro que este lugar había pasado por tiempos mejores. Los cultivos estaban más que congelados y el exterior de la casa necesitaba, al menos, como un par de semanas de trabajo para mejorar su aspecto. Aún así, se veía una construcción robusta, de muros anchos. Eso era bueno, sí tío. A la derecha había lo que parecía ser un cobertizo y al lado de este, a la izquierda, un corral. Eso también era bueno. Súper bueno, de hecho... porque el ruido que venía de allí me hacía pensar en animales más pesados que simples pero jugosas gallinas.

Vale, Edward... no te emociones, tío... que tu nuevo amigo aún lleva la recortada en la mano.

—Soy Thomas Nelson, humilde granjero de la zona — dijo ofreciéndonos la mano. Bella y yo nos miramos de reojo.

—Edward Masen, bombero de la Estación Número Dos de Manhattan — me presenté más formal que el primer día de escuela.

—Bella Swan — mi poli suspiró —. Policía del Distrito de Tribeca — el hombre nos miró con los ojos abiertos como platos.

—Oh, vaya... un bombero y una policía. Curiosa combinación... — frunció el ceño —. ¿Venís de Manhattan? ¿Pero a dónde demonios vais, hijos de Dios? Estáis como a tres días en coche de allí.

—En realidad salimos hace dos días — señalé a Bella —. No quiera saber cómo conduce esta preciosidad — esta rodó los ojos.

—Vamos a... bueno, vamos a Washington — murmuró Bella.

—Os habéis equivocado. Si vais al contrario del camin...

—No... al estado de Washington. No D.F — aclaró. El hombre silbó haciendo que de su boca saliera baho.

—¿Estáis chalados o qué? — dijo alzando un poco la voz. En el interior de la casa se oyeron ruidos, algo cayéndose. Bella y yo nos miramos —. No os preocupéis — el hombre señaló hacia la casa —, es mi esposa. Está... ya sabéis, la edad. Ya no somos precisamente unos niños — sonrió como avergonzado. Ay mi madre, pero qué facilidad tenía este hombre para los cambios de humor.

—Vamos a Forks — dije —. La familia de mi novia está allí. De hecho, las noticias que nos llegaron es que hay militares en la zona. Es un sitio seguro... creo.

—Tú lo has dicho, crees — el hombre sacó un cigarro liado a mano de su bolsillo y lo encendió. Ah, Dios... un cigarro... —. Seguro no hay nada en este mundo y menos en la situación en la que estamos — farfulló.

—Forks sí. Sí lo es. Vamos a llegar y todo... todo va a estar bien — dije más bien para convencerme a mí mismo que para convencer al señor Thomas.

—Lo bueno de vosotros, la juventud, son las ganas de vivir y ese optimismo que rebosa por todo vuestro cuerpo — suspiró —. Bueno, por mi parte creo que estáis chalados perdidos pero como yo no soy nadie para deciros lo que tenéis que hacer... — no terminó la frase, simplemente se encogió de hombros mientras exhalaba humo por su boca y nariz —. Supongo que lo que queréis de mí es seguridad.

—Sólo por esta noche — aclaró Bella. Thomas se rascó la nuca.

—Os puedo dejar que paséis la noche aquí dentro... pero no en la casa — dijo con gesto serio. Bella y yo nos miramos y comprendimos.

—Bueno, me parece completamente lógico... Somos dos completos desconocidos que han reconocido estar armados y que van en misión casi suicida. Yo también me lo pensaría dos veces antes de darme cobijo — Bella volvió a codearme. Otro más y mañana tendría un moratón seguro. Thomas se volvió a rascar la nuca. Estaba nervioso, nada que ver con el hombre seguro que nos había apuntado con un arma minutos atrás.

—Mira, chico... en realidad a mí no me importaría que pasárais la noche en una de las habitaciones de mis hijos pero...

—¿Sus hijos? ¿Cuántas personas hay en la casa? — preguntó Bella. El gesto del hombre se encombreció. Tiró el cigarro al suelo y lo pisoteó a pesar de que no era necesario; no es como si fuera a causar un incendio en estas condiciones.

—En la casa sólo estoy yo... mi mujer y yo. Mis hijos... bueno, no he vuelto a saber de ellos desde que pasó todo esto del jodido virus...

—Lo siento — murmuré.

—Supongo que ahora eso ya da iguaal... no es que yo vaya a vivir mucho más. Supongo que el sufrimiento será breve — ah, sí... también tenía el poder de deprimir a los invitados aunque fueran no deseados. Joder con Thomas —. A lo que íbamos, como he dicho antes no soy yo sólo el que habita la casa. Puede ser que a mi mujer no le sentara muy bien que haya invitados en casa — suspiró cansado —. Está... está muy enferma — Bella y yo nos miramos más mosqueados que la mañana de Nochebuena —. Tiene demencia senil — aclaró —, hace un par de semanas dejó de tomas la medicación... la medicación paliativa. Se puso agresiva, es una fase más de la enfermedad. Se nos agotó el bote de pastillas... traté de ir a por ella, lo juro... — el hombre negó con la cabeza realmente abatido.

—No pasa nada, señor — dijo Bella —. ¿El cobertizo estaría bien? Con tener un lugar donde poder estar calientes nos vale. De todos modos nosotros saldremos mañana con la salida del sol. Casi ni se enterará de nuestra presencia. ¿Señor?

—Oh, claro... claro. El cobertizo... sí. Los muchachos a los que contrataba en época de cosecha dormían ahí — giró la cabeza para observar de nuevo la casa —. Ahí hay luz, apenas un par de bombillas, pero algo es algo. Os traeré agua y algo con lo que hacer un pequeño fuego en uno de los bidones, no muy grande, claro... no me gustaría salir ardiendo a pesar de tener aquí a un bombero... Creo recordar que también hay un par de hamacas o camastros... — suspiró —. Meted el coche dentro — dijo con voz más decidida —, en seguida os traeré algo para comer. Hoy hay carne fresca — ladeé la cabeza.

—¿Carne... fresca?

—Vacas, chico... vacas — no sé por qué, pero escuchar la palabra vaca tras oir carne fresca me tranquilizó sobremanera.

Cuando nuestro anfitrión nos dejó a solas en la que iba a ser nuestra suite durante esta noche nos pusimos manos a la obra. Metí el coche y saqué lo necesario para hacer de ese lugar un sitio confortable en el que pasar la noche. Saqué los sacos de dormir y alguna manta y algún bote de comida.

—¿Qué te parece? — preguntó Bella mientras señalaba con la barbiñña hacia la casa. Me encogí de hombros.

—Bueno... no te voy a negar que es un hombre raro y un pelín tripolar, pero... ¿quién no es raro en estas circunstancias? El mundo está lleno de mierda, literalmente, su mujer está enferma, sin medicinas y vive en el culo de la nada. Supongo que yo también sería raro.

—Tú ya eres raro, cariño — sonreí como un gilipollas.

—Viniendo de ti y de la manera en que me lo has dicho me lo voy a tomar como un cumplido — me devolvió la sonrisa.

Se acercó lentamente a mi y me pasó las manos por el cuello. Brrrr... ¿frío? ¿Qué frío? La temperatura de mi cuerpo había aumentado al menos cinco grados con el toque de Bella. Me quemé, ardí cuando sus labios tocaron los míos, cuando su lengua me acarició con ternura la mía.

—Eres raro en el buen sentido — susurró contra mi piel —. No tendré vida suficiente para agradecer el hecho de que nos cruzáramos. Aún no me creo que estés tan loco como para acompañarme en este viaje...

—Sabes que no podría estar separado de ti. Eso me volvería ún más loco y me explotaría la cabeza. Imagínate el desastre — dije acariciando su pelo. Bella sonrió. Cuando nos separamos me miró durante unos segundos con mirada dulce... hasta que giró la cabeza hacia la casa. Su gesto cambió. La conocía como si la hubiera parido, alguna idea rondaba su cabezota.

—Esa casa es enorme — bingo, ahí lo tienes, Edward —, apuesto a que tiene un montón de habitaciones vacías con sus camas calentitas y blanditas... — se separó de mí haciendo unos pucheros muy monos. Negué sonriendo.

Cogí los sacos de dormir y los acomodamos en los catres aka trozos de hamacas súper remendadas. Leona nos miraba con atención desde un lugar al parecer bastante cómodo para ella; más le valía mover su peludo culo y pasar la noche cerca de nosotros para darnos calorcito.

—Nena, admítelo... si tú estuvieras en su situación no dejarías que dos chavales desconocidos, armados y con pintas de homeless acompañados por un perro de cincuenta kilos durmieran bajo tu mismo techo.

—¿En serio tenemos esas pintas? — alcé una ceja —. Vale, déjalo... De todos modos nosotros hemos admitido supervivientes en la estación de bomberos. Aceptamos incluso a Black, joder — replicó. Yo sonreí al recordar a mi amigo el delincuente.

—Ese hombre está sólo y con una mujer enferma. No creo que...

Dos golpes fuertes y contundentes hicieron que ambos diéramos un respingo casi hasta el techo. Hay que joderse cómo teníamos los nervios, ¿eh? Abrimos la puerta para ver a nuestro casero temporal; venía con una cesta y cargado con varias cosas.

—Perdonadme si antes me he comportado un tanto... hostil — murmuró el hombre —. No me he cruzado con muchas personas desde que empezó todo y no puedo negar que no me fío demasiado de lo que puede haber ahí fuera — suspiró —. Corramos un tupido velo, ¿si? — Bella y yo asentimos anonadados —. Os traigo más mantas, por si acaso — Bella las cogió —. Creo que habéis comprobado que los catres no son muy cómodos, pero... en fin. En la cesta hay un encendedor y algo de combustible para hacer un pequeño fuego en ese bidón — nos señaló al susodicho —. Y también os traigo un regalo — di otro respingo cuando el hombre apartó los bártulos que nos había enumerado para ver un plato tapado con un trapo ensangrentado. Ay, madre del amor hermoso... —. Quita esa cara, chico... esta mañana he sacrificado a una de mis vacas. No sé qué demonios voy a hacer cuando mate a la última. Yo puedo pasar sin comer carne pero mi Gertrudis... mi mujer necesita estar fuerte. Por su enfermedad — se quedó mirando hacia el infinito —. Esos animales van a morir igualmente cuando se me acabe su alimento así que... ¡qué coño! Comamos ternera, ¿eh? Aquí tenéis platos de papel.

—No... no se preocupe por nosotros. Puede aprovechar esta carne para usted y su mujer — murmuré imaginándome el sabor de la carne en mi boca —. Ya ha hecho demasiado por nosotros.

—Sois jóvenes y necesitáis estar fuertes para hacer el camino que tenéis por delante. Comeros esa carne a mi salud... a nuestra salud. Si Gertrudis os hubiera tenido como invitados os habría hecho un asado de chuparse los dedos. Yo... os puedo ofrecer esto...

—Gracias — dijo Bella —. Es usted muy amable, de verdad Thomas.

—Bueno, yo me marcho... pero antes te dejo esto. Antes he visto cómo lo mirabas — avanzó hacia mi y me dejó algo en la mano —. Me voy, tengo demasiadas cosas que hacer — y con esas cerró la puerta del cobertizo.

Abrí la mano para ver un cigarro liado a mano.

Vaya con Thomas, ¿así o más raro?

—Pues parece que tenemos solomillo para cenar y cigarrito como postre — murmuré.

Cogí el encendedor y el combustible — un poco de alcohol de quemar — que Thomas nos había traído y, junto a trozos de madera y paja que había por allí, encendí fuego en uno de los bidones; la estancia cambió completamente. La luz extra que nos aportaba el fuego y el calor hacía que, casi, te pudieras imaginar a ti mismo en el sofá de casa frente a una chimenea que nuna he tenido. Manda huevos.

—Esto va cogiendo calorcito — dijo Bella sonriendo mientras se frotaba las manos frente a las llamas. Me encantaba verla sonreír, sin duda un gesto así en su cara valía la pena todo en el mundo.

Hicimos los filetes que Thomas nos había traído como pudimos y nos los comimos en silencio. Si bien no eran los más súper tiernos que habíamos probado en nuestra vida sí que fueron los que mejor nos sentaron. Nos supieron a gloria. Joder, casi parecía que estábamos haciendo una barbacoa en el campo. Casi.

Con el estómago lleno y con la seguridad relativa que nos ofrecía el lugar Bella y yo nos tumbamos en los catres al lado del calor de las llamas. Una vez relajado alargué la mano para encender el cigarro. Suspiré cuando sentí el humo en mis pulmones y el abrazo de Bella.

Dormí como nunca... aunque supo a poco.

Demasiado pronto noté unos golpecitos en la pierna. ¿Pero en serio? ¿Qué hora es? Los golpecitos seguían y estaba más que seguro que de Bella no se trataba por las uñas que se gastaba la que me estaba tocando; obviamente, era la perra.

Leona estaba haciendo cosas raras. Abrí apenas un ojo para ver cómo no hacía más que lloriquear mientras se movía de un lado a otro tras olfatear la puerta. Con disgusto me aparté del calor que desprendía el cuerpo de Bella, me quité el saco de dormir y aparté las mantas de encima para levantarme. Mi poli seguía durmiendo a pierna suelta y no me extrañaba nada; aún quedaba calorcito en el cobertizo a pesar que en el bidón sólo quedaban rescoldos del fuego que habíamos hecho anoche.

—¿Qué pasa? — acaricié la cabeza a la perra —. ¿Quieres pipí? — y ahí estaba yo, a las cinco cincuenta de una fría mañana de enero hablando con mi nueva mascota como si fuera un gilipollas. ¿Había dicho pipí? Madre mía... Fui a abrir la puerta pero la perra, en lugar de salir disparada de allí y hacer sus cosas dio un par de pasos para atrás. Uyyyy, hostia tío... qué mosqueo, ¿no? —. Oh, venga... ¿qué te pasa ahora, tía?

—Mmmm, ¿Edward?

—Aquí estoy, cielo — le murmuré a Bella.

—¿Pasa algo? — susurró tallándose los ojos. Parecía un poco Tarzán con el pelo en la cara todo enmarañado. Me hubiera reído tras hacer alguna broma al respecto, pero había algo que no me dejaba tranquilo.

—Pues no estoy seguro — oí ruidos en la casa principal. Y debían de ser ruidos fuertes si los podía escuchar con facilidad desde aquí. Cogí la pistola y fui a abrir la puerta.

—Oye, ¿pero a dónde vas? — Bella se levantó de golpe en cuanto me vio con el arma en la mano. Estaba más perdida que el barco del arroz, la pobre.

—Estoy escuchando ruidos en la casa... además, la perra está llorando — mi poli me miró a mí, luego a la perra. Y asi hasta tres veces. Luego puso los ojos en blanco y suspiró.

—¿Y qué? Yo he dormido en un catre del siglo pasado por lo menos, llevo tres días sin ducharme y creo que estoy en pleno síndrome premenstrual porque me duelen las tetas y estoy tan insoportable que no me aguanto a mi misma. Yo también lloraría si no me diera vergüenza, joder — ahí, con dos cojones.

—Eh... bueno, nena... en este caso creo que nuestra perra tiene uno de sus sentidos hiper desarrollado que ni tú ni yo juntos tenemos ni de lejos — señalé mi nariz. Se lo pensó medio segundo, se calzó las botas y me acompañó.

Nos quedamos en la puerta esperando oír algún ruido más. ¿Qué podía ser? ¿Algún intruso? Nah... demasiado silenciosos si fueran infectados, ¿no? ¿Y si había dado a la esposa de Thomas una crisis? Lo que viene siendo un chungo de toda la vida, vamos... ¿aún así deberíamos mantenernos alejados de la casa?

La puerta principal se abrió.

—Ahora te traigo más comida, cariño. Ahora vengo, Gertrudis — murmuró nervioso.

Ay, la vírgen del cordero.

Thomas llevaba una especie de chubasquero verde oscuro con la capucha puesta anudada al cuello, como si no quisiera que ni un copo de nieve se colara en su cuerpo. Si hubiera estado de humor hubiera dicho que parecía un condón gigante con sabor a melón, pero no era el momento. También llevaba botas de agua, sí... bueno, hasta ahí todo normal. Lo que ya no era tan normal y que, reconozco, me dio un poquitín de repelús era el mazo de metal que llevaba en la mano. Era un mazo de carnicero, de los que utilizaban en los mataderos para... para...

Entró en el corral.

Pues sí.

Los mugidos de aquella vaca no eran precisamente de alegría rebosante por volver a ver a su dueño; me cambié de lugar moviéndome por el cobertizo hasta que encontré un resquicio más amplio entre los tablones de madera; desde aquí se veía la pequeña estructura. La puerta estaba abierta...

Una de las vacas estaba metida en una especie de cepo gigante, de esos que se usan cuando tienen que aplicarle algún tratamiento veterinario en el que el animal debe quedarse quieto. Vet Bondi, Veterinario al Rescate, ¿recuerdas? Vale, pues Thomas no iba a aplicarle ningún tratamiento, al menos no veterinario... alzó el mazo y lo dejó caer con todas sus fuerzas sobre la nuca del animal que se desplomó al instante como pudo entre los hierros de esa estructura. El crujido que provocó esa acción hizo que se me quitaran las ganas de alimentarme como si no hubiera un mañana. Sí, ya... era un poco cínico teniendo en cuenta que anoche me metí entre pecho y espalda dos filetes de ternera. Y apostaba cincuenta pavos que no tenía a que seguramente era la compañera de la vaca que ahora yacía muerta en el corral.

El hombre salió de allí. Llevaba su "herramienta" de trabajo ensangrentada, goteaba sobre el suelo clanco prístino por la leve nevada que había caído durante la noche manchándolo todo de aquel líquido vital.

Vaquita... espero que estés en el arco iris de los animales.

Tiró el mazo al suelo y después sacó un cuchillo de dimensiones impresionantes digno de cualquier película de terror gore. Iba a trocearla, obviamente pero... ¿porqué sacrificar otro animal cuando ya lo había hecho el día anterior? A pesar de que nos había regalado una sustanciosa bandeja con carne fresca si Thomas sacrificaba una vaca tendría comida para él y su mujer para una buena temporada, racionándola y combinándola con latas y demás alimentos no perecederos. Joder, una vaca tenía una grandísima cantidad de kilos de carne aprovechables... ¿por qué este derroche?

Algo aquí no encajaba del todo bien y yo, como soy un puto cotilla de los cojones y no me da ni un poquito de vergüenza reconocerlo, aproveché que Leona empezaba a olisquear las esquinas para sacarla, al fin, a hacer sus cositas. Abrí la puerta. La perra no se movió. De hecho se sentó y miró hacia otro lado. Será cagona, al final veía que le dejaba a Thomas un regalo extra en el cobertizo por no querer salir.

—¿Y a esta qué le pasa? — pregunté más para mí que para Bella.

Avancé despacito por el suelo congelado por las inclemencias de la noche; mis botas, que aún estaban sin abrochar, provocaban un sonido crujiente bajo mis pies. No sé por qué en ese momento me recordó al sonido que produce el pan tostado al ser untado con mantequilla y mermelada. Tócate los cojones con lo que me venía a la mente.

—Edward, ¿qué demonios haces? — dijo Bella a mis espaldas —. Thomas dijo que no fuéramos a su casa. De lo contrario hubiéramos podido dormir en una cama cómoda... además, no me gustaría ser la causante de una crisis de la mujer de ese hombre.

Venga, dicho y hecho.

Según Bella dijo esas palabras Thomas el carnicero salió del corral con un costillar de vaca casi más grande que él del que aún colgaban trozos de órganos internos. Así casi me daban ganas de hacerme vegano. Me metí de nuevo en el cobertizo por si las moscas; el chubasquero que este hombre llevaba para protegerse de la sangre que caía del trozo de carne le daba un aire de asesino en serie de película bastante severo.

Mis huevecillos se pusieron del tamaño de dos nueces jóvenes cuando el hombre soltó el pedazo mastodóntico de carne en la puerta de la entrada creando un ruido espantoso al caer sobre la madera. No sé cómo lo hice, pero grité para adentro; él miró hacia donde estábamos nosotros. Por un momento volví a hacerme caquita al pensar que habíamos sido descubiertos... pero, ¿descubiertos, en qué? ¿Y por qué él actuaba de esa manera tan sibilina, como si no quisiera que nos enteraramos de nada?

No, aquí algo iba mal. Y si no iba mal al menos era raro de cojones.

Recogió la carne del suelo, vivan todas las medidas higiénicas y el carnet de manipulador de alimentos, y entró en su casa.

—¿Qué hace? Quizás sólo esté llevando más comida a su casa...

Fui a contestarla pero en ese momento se escuchó un estruendo bastante potente en el piso superior. Algo así como si alguien se hubiera caído y hubiera arrasado con una mesa a lo bestia o vete tú a saber.

—¡Gertrudis!

—Joder, pues al final parece que a su esposa le ha dado el chungo — le dije a Bella.

Volví a abrir la puerta, esta vez completa y totalmente decidido a ayudar a ese hombre; me daba igual si se había propuesto acabar con toda su fuente de alimento y proteínas de una tacada como eran sus vacas y tampoco me importaba si en esos momentos parecía un carnicero loco. Ese señor, con sus rarezas, nos había echado una mano cuando nos podía haber dado una patada en el culo, así que si su mujer estaba pasando por un mal momento yo no iba a quedarme mirando.

Salí de allí sin abrigo ni gorro, al final cogería un catarro de cojones, y fui directamente hacia la casa de Thomas que hasta anoche estaba vetada para nosotros. No me lo pensé dos veces antes de cruzar el umbral de la puerta.

Ah, pues la primera en la frente.

El trozo abismal de carne estaba en medio del salón, tirado sin ningún cuidado y manchando de sangre la alfombra que cualquier pijo llamaría vintage pero que para mí era más vieja que el padre de Matusalén. Había una mezcla de olores; a antiguo, a madera y a sangre. El olor metálico me revolvió el estómago, pero ese hedor no fue el único que me alteró los jugos gástricos.

Había más. Había algo más.

—¿Qué pasa? — estuve a punto de gritar como una quinceañera tras un meet&greet con Justin Bieber. Joder.

—Bella, coño... ¿quieres matarme de un susto? Estoy teniendo más jodidas taquicardias desde que te conozco que en toda mi puta vida — me tocó la cara y me dio un dulce beso en la mejilla. Eso lo mejoraba un poco. Luego se apartó y puso cara de asco.

—Huele mal — murmuró.

—No me digas, tía — dije irónico —. Tenemos un trozo de carne más grande y más pesado que tú tirado a nuestros pues y además hace días que no veo una pastilla de jabón en condiciones...

—No — me cortó —. No somos ni tú ni yo... ni tampoco la carne. Huele... — olfateó al aire —, huele jodidamente mal... huele a... podrido — susurró.

—¡Gertrudis, no! Oh, por Dios... ¡cálmate! — Bella y yo nos miramos.

—Huele a infectado — susurró de nuevo mi chica —. ¿Crees que se ha podido colar algún bicho esta noche? — eché mano a la pistola del cinturón. Bella miró a su alrededor para al final coger un bastón de abuela que descansaba en el paragüero. Un arma épica, sin duda alguna. Bueno, algo es algo.

—Pues mira, no tengo ni idea... pero si es así, estas personas son un blanco cojonudo.

—¡No, no! — gruñidos. Golpes.

No hizo falta que dijéramos nada más. Fuimos hasta los primeros escalones para subir al primer piso mientras oíamos más gruñidos, gritos y quejidos por parte de Thomas. Según nos íbamos acercando a los últimos escalones el olor se hacía más y más presente, más tangible y, sobre todo, más vomitivo. Arriba había muchas puertas cerradas, pero no nos costó mucho trabajo encontrar nuestro destino.

El olor, los ruidos y las cosas estrellándose contra el suelo nos avisaron de que era la última puerta del pasillo a la que debíamos entrar.

Joder, joder... qué tensión...

Bella cogió el bastón como si fuera un bate y yo alcé la pistola como si fuera el tirador más experimentado de la vida. Hubiera sido una buena idea hacer un cambio con las armas... pero ten tú cojones a pensar con coherencia en un momento como ese.

Abrimos la puerta.

La hostia puta al cuadrado.

En efecto, en la habitación hacía un infectado. Y sí, Thomas estaba intentando luchar contra él... pero no como pensábamos. Cuando crees que ya no puedes ver nada más raro, surrealista e ilógico vas y te encuentras con algo que está más allá del último nivel.

Algo como esto.

Gestrudis, o debía suponer que era ella porque era la primera vez que la veía y no había habido tiempo para las presentaciones formales, estaba en la cama de la habitación. Decir que era un placer conocerla hubiera sido la polla. La mujer llevaba un camisón que en otros tiempos y circunstancias había sido blanco; los fluídos que se escapaban de su cuerpo en descomposición lo habían manchado hasta el punto de ser un amasijo de algodón sobre su piel grisácea. Su cara no se asemejaba en nada a la de una tierna abuelita enferma y desvalida si no más bien a la madre de Norman Bates en Psicosis sentada en su mecedora.

¿Tengo que aclararos que la infectada de toda esta loca escena era ella? No, ¿verdad? Ya lo sabía... chicos listos.

—Oh, pero... ¿qué... qué cojones hacéis aquí? ¡Os dije que no os acercárais a la casa! ¡Mirad cómo la habéis puesto — dijo Thomas aún con el chubasquero puesto manchado de sangre señalando al ser que había sido su mujer.

—¿Nosotros? Oímos ruidos... pensamos que había entrado un infectado — murmuré —. Lo que no sabíamos es que el infectado vivía aquí, joder. ¿está usted loco o come galletas de marihuana para desayunar? — dije sin soltar el arma. Estaba apuntando a Gertrudis y no iba a dejar de hacerlo.

—¡Es mi esposa! Llevo más de cincuenta años con ella... no voy a dejarla porque haya enfermado — dijo abanzando un paso hacia ella. De su boca caía un hilillo de baba negro. Oh, Dios...

—¡Pero ya no es ella! ¿No se da cuenta? — me gané un gruñido por parte de Gertrudis —. ¿Hace cuánto la mantiene en este estado? ¿Qué demonios pasó para que se infectara? ¿Acaso tiene más zombies por aquí correteando? ¿Los planta, acaso? — cogí aire después de mi arrebato de ironía.

Gestrudis estaba atada con correas médicas al cabecero de la cama. Cada vez que hablábamos su cuerpo se contorsionaba de manera imposible para una mujer de su edad ansioso por poder hincar el diente a algo. De ahí la necesidad de tanta carne... La madre del cordero...

—Mi... mi hijo, Timmy... llegó después de que las noticias empezaran a decir todas esas locuras de los virus. Yo... lo... lo vi raro, tenía fiebre y tiritaba tanto... — el hombre empezó a llorar —. En la radio decían que aisláramos a los posibles enfermos... y eso fue lo que hice. Lo encerré en su habitación para que no nos contagiara cuando intentó morderme. ¡Decían que era un virus! ¡Es un virus! ¡Debe haber cura para esto! ¡Pero no! No... ¡Tenía esperanza en que todo acabara bien y nos abandonaron! — chilló con rabia. Su esposa muerta se avalanzó sobre él. Una de las cinchas que la mantenían pegada a su cama cedió un poco; estaban desgastadas. La mujer seguramente sí había estado enferma anteriormente, la demencia senil debía ser real aunque ahora era lo de menos. Con disimulo quité el seguro de la pistola —. Así fue... nos dejaron aquí... nadie, ningún médico pasó por aquí ni tan siquiera para traer medicamentos para Gertrudis.

—Fue verdad — dijo Bella asintiendo —. Tuvo que salir para intentar conseguir la medicina de su mujer — el hombre asintió.

—La dejé aquí, atada a su cama. Lo que os dije era cierto. Estaba en una fase un poco agresiva y me daba miedo que saliera de la casa y se despistara... Pero la fuerza de mi hijo era brutal. Escapó de la habitación. ¡Rompió la puerta! A pesar de que lo alimentaba con carne diariamente rompió la puerta y atacó a su madre — la miró con amor. Luego apretó la mandíbula —. Quiso atacarme a mí también pero... yo... la escopeta... — se derrumbó en el suelo y lloró como un niño pequeño

Madre mía, menudo drama... El hijo se infecta, el padre tiene esperanzas de que traigan la cura prometida que nunca llega, el hijo ataca a la madre... y el padre mata al hijo. Y para rematar la escena decide dejar a su mujer muerta viviente en una habitación digna del set de rodaje de El Exorcista.

Joder, mierda.

—¿Cómo puede hacer esto? ¿Cómo puede dejar que esté así? — sururró Bella.

—Porque la amo... he perdido a mis hijos. No supe nunca qué pasó con mi hijo mayor... sólo me queda ella... — Gertrudis dio un importante tirón al ver a su marido acercarse a ella. Las ataduras médicas chirriaron; el cuero estaba cuarteado. Si estas se rompían estábamos jodidos.

—Bella — murmuré.

—Pues por eso precisamente, ¡porque la ama! ¿Cómo es que la tiene en estas circunstancias? Matarla ahora y acabar con su sufrimiento sería mucho más sensato. ¡Está sufriendo, por el amor de Dios! — otro tirón. La cama se movió un poco. Ay, ay...

—Bella, cariño...

—¡Cállate, Edward! — y ahí estábamos de nuevo. Bella se estaba tomando esto como algo personal —. Si... si alguno de mis amigos, si mis padres... si... si Edward se infectara... no me gustaría verlos así — señaló a la mujer —. Ya no son ellos. Thomas, no es ella. No hay cura.

—¡Eso no lo sabes! — gritó el hombre llorando.

—Quizás deberíamos salir de aquí y...

—¡Soy un granjero pero no soy un paleto inculto! — me cortó el hombre —. Todo virus tiene una vacuna. Si esto lo han creado los cabrones del gobierno algo tendrán que hacer por remediralo — murmuró Thomas. Bella negó.

—¡Está muerta! — gritó Bella.

—¡No! — Gertrudis seguía sacudiéndose. Señor, que no se rompa, que no se rompa... que no se rompa o que estos dos decidan dejar de discutir —. ¡Se está moviendo! ¡Los muertos no andan!

—¡Porque está infectada! ¡Puede morderle!

—Le... le quité la dentadura postiza cuando la mordió mi hijo.

Espera, espera... WTF? ¿Acabo de oír que le quitó la dentadura postiza a su mujer infectada para evitar el contagio? Me cago en la puta de oros, creo que ya no puedo ver ni oír cosas más surrealistas que estas.

—¿Que le ha quitado la dentadura? ¿Pero qué cojones... ? — solté el aire de golpe —. Mire, Thomas... nosotros nos vamos a pirar más pronto que tarde, usted puede hacer con su casa y con su esposa lo que crea conveniente, pero quitarle unos putos dientes postizos no hará que no le infecte si se desata de...

Grrrrrrr.

—No me jodas — susurré —. Lo estaba viendo venir...

Clinc. Los vendajes se fueron a la mierda.

La mujer se dio la vuelta y cayó al suelo.

Plof.

Todos la miramos como el espectáculo que era. Se levantó en un segundo y medio y se puso en puta posición de ataque. ¿Antes he dicho que no podía ver nada más surrealista? Mentía como un bellaco. Ver a esta mujer mayor con el camisón medio arremangado y lleno de fluidos corporales en posición de ataque y gruñendo como la vida entera llenaba todas mis expectativas de aquí a Lima. Las pocas neuronas que me quedaban sanas lo estaban flipando.

La mujer nos miró y nos enseñó unas encías ennegrecidas, sin dientes pero aún así tremendas.

Sí, a tomar por culo.

Gertrudis estaba liberada... y tenía hambre...


Hola a tod s! Esta vez no he tardado taaaanto en volver por estos lares, jejeje. Espero que os haya gustado este capítulo nuevo y muchas gracias como siempre por vuestra paciencia. Nos leemos pronto!

Gracias por vuestros comentarios Tulgarita, EliAnaGisele, SweetNorthCullenGirl, Nyx 88, Tecupi, Valro, Lily len, Vtzaa Cullen, Betzabe cullen, YessyVL13, GellySweetDreamlike, Solecitopucheta, Nadiia16, Bella maru, DanielaPoulain, Paosierra, Liduvina, Helenagonzalez26 athos, Ali, Allie Jazz, Anna, Laura Katherine, Grey50, ALEXANDRACAST y a todos los lectores anónimos.