N/A: Sé que he tardado en actualizar, y me disculpo por ello, pero mi musa del fandom PJO/HOO resucitó, y actualmente escribo una saga crossover PJO-HOO/Kuroshitsuji (que os animo a leer), con Elizabeth y Percy siendo los protagonistas principales...

Hablando de esta historia, estaba en una encrucijada sobre si extenderme más en el embarazo de Lizzy, pero luego me dije que podía aprovechar y empezar a mover mis perezosas manos sobre el teclado. Gracias a todos mis lectores. No tengo palabras suficientes para deciros lo feliz que me hacéis al comentar. He aquí el segundo capítulo de "Esa Lady, Seducida y Maternal".

Capítulo II: Esa lady, cambiada

Ciel POV

Cuando supe que Elizabeth estaba esperando un bebé, casi sentí mi corazón salírseme del pecho.

Claro que en esos momentos no tenía la menor idea de lo difícil que sería el embarazo.

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Empezó con cosas pequeñas, durante el primer trimestre:

_Lizzy desarrolló una extraña preferencia hacia la carne.

_Dejaron de gustarle las cosas lindas.

_Intervino más en mi trabajo como Whatchdog (ignorando mis intentos de alejarla).

_Su voz cambió, perdiendo de la noche a la mañana el tono infantil.

_Se peinaba de forma diferente, dejando gran parte de su melena dorada suelta.

_La paciencia se eliminó definitivamente de su lista de virtudes.

_Se abstrajo más y más hacia sí misma, donde no podía alcanzarla (lo cual ciertamente me frustraba).

_Y... su apetito sexual se volvió especialmente activo.

Pasamos de hacerlo tres veces por semana, a tres veces al día... Por supuesto no me quejé, pero mi asma empezó a amenazarme con darme problemas.

{_O-O_O-O_}

Todo empeoró en el segundo trimestre.

_Dejó de comer la carne cocinada (debía estar casi cruda).

_Parecía distraída, como buscando algún aroma en particular.

_Sus estados de ánimo se volvieron cada vez más... aleatorios.

Podía acuchillar hasta la desesperación a su sangrante filete de ternera, viéndose totalmente indiferente al respecto, o quedarse mirando su reflejo, tocándose el pelo, y de improviso saltar sobre mí, sin importarle si habían o no personas cerca.

Snake, para su vergüenza (y la mía), había llegado a presenciar en ciertas ocasiones ese tipo de escenas (básicamente, mi esposa desgarrándome la ropa y dejando un rastro de chupetones en mi garganta).

_Parecía extrañamente activa, casi como si estuviese conectada a algún tipo de inagotable batería, incluso más que en el primer trimestre.

_Había adquirido una extraña mirada, como si recordase algo contradictorio... Como si algo le doliese y la alegrase a la vez. Solía acariciarse el vientre, pensativa, y abrazarme poco después... Como queriendo asegurarse de que yo seguía allí.

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Pero sin duda el tercer trimestre fue el peor.

_Pasó de tener una inagotable energía a cansarse prácticamente por todo.

Por un lado eso me benefició (creí que moriría si seguía teniendo que complacerla cuatro veces al día), pero por otro me preocupó.

Su piel adquirió un insano tono marfileño, se mareaba con facilidad y se volvió intolerante prácticamente a todo.

Básicamente subsistía (pese a mis intentos de que comiese algo más substancioso) a base de un batido de vitaminas que Sebastian le preparaba.

Un batido de un borgoña oscuro, que siempre me hacía pensar en sangre.

Pero al tomarlo ella mejoraba, recuperaba un poco el color, y realmente no me sentía capaz de preguntar al respecto.

{_x_x_}

Tal vez era un cobarde.

Tal vez me asustaba el ansia con la que Elizabeth bebía aquel batido.

Sencillamente no pregunté.

{_x_x_}

Pero lo más preocupante de todo fue el sol.

_Elizabeth parecía haberse vuelto extremadamente fotosensible.

Cualquier contacto con la luz solar hacía enrojecer su piel hasta lo indecible, pero no es que la luz de la luna fuese mejor.

Debía estar absolutamente protegida de cualquier tipo de luz, preferentemente cerca de agua marina.

Nuevamente, no me atrevía a investigar los motivos.

Las ligeras sonrisas de Sebastian al verla, dolorida, tras alguna inintencionada exposición a la luz, me animaron a sacar mis propias conclusiones.

¿Estaría mi mayordomo demonio dañando de alguna forma a mi esposa?

De modo que le alejé lo más posible de ella.

Le envié a Canterbury durante dos semanas.

Y exactamente dos días después ella dió a luz.

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Todo parecía estar bien.

Mi esposa y mi hijo habían quedado ilesos tras el parto.

Ella le sujetaba con cariño, dándole el pecho, mirando sus ojos verde mar como si en ellos se encontrase su mundo.

Sonreí, cuando Erik dejó ir el pecho de su madre, y entonces ella colapsó.

El médico volvió en seguida, y yo dejé a Erik en su cuna, antes de dirigirme a mi esposa.

Su piel había perdido el color, y cubrí su pecho desnudo, tomándola en brazos.

Según el médico solo era el agotamiento, pero siguió inconsciente durante seis días.

La leche fluía de sus pechos, y Erik se prendía de ellos sin problemas.

Creí que moriría si Elizabeth no despertaba...

Pero entonces Sebastian volvió, con seis malditos días de antelación, preparó aquel extraño brebaje borgoña, y se lo dió lentamente, obligándola a beber, aún inconsciente.

Cuando acabó, me dedicó una reverencia y se marchó.

Exactamente catorce segundos después, mi esposa abrió los ojos.

{~_~} Elizabeth POV {~_~}

Desperté con aquel exótico sabor en los labios, completamente aturdida.

Lo último que recordaba eran los ojos rojos de mi hijo, y como Ciel no parecía extrañado por ello.

-Ciel...

Mi voz me asustó. ¿Cuándo había dejado de utilizar mi clásico tono infantil?

Mi esposo estuvo a mi lado en segundos, abrazándome como si fuese algún delicado cristal.

Me besó, y la culpabilidad me inundó. Como siempre.

Suspiré, alejándome un poco para poder ver su rostro.

La preocupación había hecho mella en él, y era sencillo deducir que no había dormido bien en un buen tiempo.

-Ciel, querido, ¿qué...?

Sin dejarme terminar, me besó.

Y por primera vez en mucho tiempo se sintió bien, pues al sentir sus labios sobre los míos no pensaba en Sebastian.

Sus brazos me rodearon, y tras mucho tiempo, me sentí... a salvo.

Era como si acabase de salvarme de algún tipo de catástrofe.

Le necesitaba más que a nada, solo así, abrazándome.

Protegiéndome del mundo.

Y de las pesadillas que me habían acosado durante lo que me pareció una eternidad.

-Ven.

Le indiqué se uniera a mí en la cama, y él no lo dudó ni un instante. Se abrazó a mi cuerpo, como temeroso de que me desvaneciese.

Al poco se durmió, y yo permanecí horas mirando su rostro.

No me atrevía a cerrar los ojos.

{~_~} - {~_~}

Acuné a Erik, pensativa. Sus ojos brillaban rojos para mí. ¿Y Ciel no lo veía?

-¿Te gustan sus ojos?

Mi esposo acarició las mejillas de Erik, la adoración absoluta en su mirada.

-Por supuesto. Son del mismo hermoso verde jade que el de los tuyos... Tal vez un poco más claros. ¿Por qué lo preguntas?

Entonces él no lo veía como yo...

-Oh, nada. Pensaba que tal vez te hubiese gustado que se pareciese un poco más a ti.

Su risa, la verdadera, deleitó mis oídos durante varios minutos.

-Que se parezca a ti -dijo al fin, aún tranquilizándose- es algo tan sumamente maravilloso que no creo tener las palabras necesarias para explicarlo.

Le golpeé levemente el hombro, juguetona.

-Adulador.

Él volvió a reírse, y nos abrazó a Erik y a mí, con una hermosa sonrisa aún pintada en los labios.

Me rendí, y finalmente volví a cerrar los ojos, rindiéndome al sueño por vez primera desde que los abrí, hace ya unas doce horas.

{~_~} - {~_~}

La pesadilla me inundó de repente.

Erik lloraba en su cuna, y de alguna forma sabía que me necesitaba.

Quise llegar hasta él, saber qué estaba mal, pero un grito desgarró el aire, y al girarme tuve a penas un segundo para ver el enorme agujero en el suelo ante mí, antes de que la gravedad actuase y me viese irremediablemente atrapada en una oscuridad que se me hacía eterna.

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Había cerrado los ojos, pero cuando los abrí todo a mi alrededor todo era tan absolutamente blanco que hería mis ojos.

A lo lejos, un hermoso ángel yacía de rodillas, sujetándose en su espada dorada y mirando hacia el mundo de los mortales.

-Todo era mentira. Mentira, mentira, mentira...-musitaba.

Quería acercarme a él, pero algo dentro me decía que le conocía.

Tal vez tenía un aspecto diferente, pero... ¿ese no era...?

-Te lo advertí, Michael. Pero tú decidiste no escucharme. Tu fe hacia Metatron te cegó ante la verdad.

Una voz nueva llenó el aire, y una niebla azul medianoche empezó a tomar forma humanoide junto al ángel.

Cuando fue completamente sólido, la niebla había dado paso a un ser tan absolutamente hermoso que se me cortó la respiración.

-Lucifer... -dijo el ángel, sin mirarle- Sí, supongo que mi lealtad jugó en mi contra esta vez. Creí... ¿Cómo pude ser tan estúpido?

Lucifer le apretó el hombro, casi como si desease reconfortarlo.

-Yo simbolicé la luz y el conocimiento para la antigua Roma. E incluso a mí pudo engañarme. Todos los otros han vuelto al Caos. No podrías haber hecho nada al respecto.

Michael lo apartó de un manotazo, irguiéndose en toda su gloria, sus hermosas alas de plumas (de tonos dorados en el centro y verde jade en los bordes) extendiéndose a sus espaldas.

-¡Podría haberles ayudado! ¡Podría haber combatido con ese maldito bastardo! ¡Todo menos ayudarle a hacerse con el poder!

Lucifer sacudió levemente la cabeza, negando la afirmación, pero Michael no podía verle. Su rabia hacia sí mismo era palpable.

Guardó su espada en la vaina que colgaba de sus caderas, musitando maldiciones hacia ese tal "Metatron".

-Deja de maldecir, así no conseguirás nada. Peor aún, por muy poderoso que seas, si Metatron descubre que ya no estás cegado por su aparente bondad, puede usar el cetro Anfang contra ti. Sigues siendo el comandante de su guardia personal, el más cercano al antiguo Origen, y aún no has encontrado a tu destinada. No podrás resistir el poder del cetro.

Michael se giró al instante, su mirada tan feroz que habría reducido a cenizas a cualquiera... Pero Lucifer parecía encontrarse más allá de aquello, porque se limitó a cruzarse de brazos.

-Eso es solo una maldita leyenda. Cuentos.

Lucifer rió con ganas.

-¡Bien, sigue creyendo eso! Pero cuando la encuentres, no esperes que retenga el "ya te lo dije".

-Como sea. Debe haber algún modo para evitar que el cetro me afecte. Tú lo encontraste, te rebelaste ante él...

La expresión del dios romano de la luz y el conocimiento se oscureció como el astro rey en una eclipse solar.

-Por supuesto. Pero te advierto que, si no eres lo bastante fuerte, te auto destruirás. Así como estás ahora, no sufres de las necesidades más bajas... Cuando pases por el Cambio, conocerás al hambre... Y otras necesidades aumentarán, hasta que no puedas ignorarlas como ahora haces. ¿Estás seguro de que eso es lo que deseas?

Michael le miró solemnemente, antes de asentir.

Lucifer le tendió una enorme granada negra, que parecía haber aparecido de la nada.

-Muérdela, y renuncia a tu actual estado vital.

Así lo hizo Michael, y de entre sus labios escaparon gotas rojas, que descendieron por su mentón y su garganta, perdiéndose en su armadura blanca.

Sentí un fuerte dolor en el corazón, y a él debió ocurrirle algo parecido, porque cayó de rodillas, con los labios manchados del líquido de la granada -y de no haberlo sabido habría supuesto que era sangre-, sujetándose el pecho con los brazos, como si se estuviese partiendo por la mitad.

Intentó gritar, pero de sus labios solo salió un burbujeo ininteligible.

De las gotas de zumo de granada empezó a salir una niebla negra, que poco a poco lo envolvió por completo.

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Tras la disipación de la niebla, el demonio que conocía tan bien (pese a no estar en su actual forma) quedó sobre las nubes blancas, empezando a hundirse.

-¿Qu... Qué...?

Lucifer rió, ante la obvia confusión en el rostro del ex serafín.

-¿Realmente creías que podrías seguir estando aquí? Ahh, Michael... Tienes tantas cosas que aprender...

Michael aferró su garganta, desesperado. Casi podía sentir la repentina y feroz sensación de vacío que él debía estar experimentando... Hambre.

Y entre las risas del dios romano Lucifer, ambos cayeron a la oscuridad infinita del Tártaro.

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Jadeé, aterrada, buscando el aire que parecía negarse a acudir en mi auxilio.

Ciel abrió los ojos al instante, acunándome y a punto de pedir ayuda a gritos... Que yo silencié con mis labios.

Aquella noche, nuestro amor fue feroz.

Estaba confundida, perdida y solo quería sentirle, tenerle lo más cerca posible, porque él me mantenía atada al mundo.

Su piel rozó la mía, y solo por una noche, me sentí humana, en el mejor de los sentidos.

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Dejé a Erik de vuelta en su cuna, cubriéndole bien con las mantas púrpura.

Recordé con cariño el momento exacto en el que Ciel y yo nos pusimos a comprar más cosas para el bebé, a penas dos días después su nacimiento.

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-¿Por qué el púrpura? -había dicho él, frunciendo el ceño adorablemente.

-Bueno... El púrpura era el color por excelencia de los emperadores, en la Antigua Roma. ¿No crees que Erik se verá hermoso en ese color?

-Pero...

Bufó levemente, y sus ojos vagaron hacia los diferentes tonos de azul que Nina había expuesto en unas perchas doradas.

-Ah, no. Ni se te ocurra. El púrpura es un color de emperadores, Ciel. ¿No quieres lo mejor para nuestro hijo? Además, si lo vistes de azul, todo se verá muy monocromático.

Suspiró por lo bajo, y aceptó, abrazándome.

-Ay, Liz, ¿por qué me costará tanto negar tus deseos?

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Acaricié levemente la madera pulida...

Recordando como había visto a Sebastian, transformando poco a poco, con una lentitud y un cuidado inusitados, un enorme bloque de madera en aquella magnífica cuna.

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Casi dolía pensar en él.

Había estado evitándolo en lo posible, manteniendo a Erik lejos de él...

¿Por qué?

Ni yo misma podía responder a aquella pregunta.

Tal vez... Tal vez por los sueños.

Los sueños agónicamente vívidos, que siempre empezaban con Erik llorando en su cuna verde jade.

Los sueños que, poco a poco, me mostraban una historia que no deseaba conocer.

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Estaba perdida, recordando cómo aquel hermoso ángel... no... aquel hermoso serafín mordía la granada...

Cuando los brazos del demonio que había dominado mis pensamientos rodearon mi cintura, la adrenalina fluyó sin frenos por mi cuerpo.

Ciel estaba en casa.

Ciel podría volver a la habitación en cualquier momento...

-¿¡Pero qué diablos haces!?-murmuré, azorada.

Me apretó contra su duro cuerpo, como si temiese que fuese a desvanecerme. En los límites de mi campo visual pude ver el extraño brebaje que aún me veía obligada a beber, aunque carecía de su habitual tono borgoña sangriento.

Casi parecía... ¿Agua?

-Acercarme a ti, querida, y al hijo que tanto te has esforzado en alejar de mí.

Me habría gustado poder fingir que no me afectaba, pero el leve reproche en su voz hizo que mi corazón doliese... Como si me estuviesen clavando un puñal.

Erik me miraba desde su cuna, sus ojos brillando rojos.

¿Cómo podía ser? No estoy tocándole...

-¿Qué quieres que haga, Sebastian? -dije, temblando en sus manos, bajo la extrañamente fija mirada de nuestro hijo- ¿Decirle a Ciel que me abrí de piernas para salvar su vida? ¿Que ya no puedo llegar al final placentero sin ti? ¿Es eso? -vacilé, y noté las lágrimas pugnando por ser liberadas- ¿O tal vez prefieres que le cuente que su demoníaco mayordomo es el verdadero padre de Erik?

Él me obligó a girarme, quedando ambos enfrentados.

Casi se lo agradecí, porque la mirada de Erik no era la que un bebé de su edad debería tener, y aquella nueva demostración de su linaje me destrozaba.

¿Dónde estaba mi niño?

¿A dónde había ido mi adorable bebé?

Las manos de Sebastian rodeaban mi garganta, aunque no apretaba.

Sus ojos brillaban con ansias ocultas, pero la ira se mostraba clara en sus facciones.

De algún modo desconocido para mí, él estaba...

¿Herido?

¿Celoso?

¿Cómo podía importarle tanto que una simple humana se hubiese alejado de él?

-Quiero -dijo, acercándose hasta quedar a pocos centímetros de mis labios- que admitas la conexión que nos une. Tú y yo, querida, estamos destinados a estar juntos... Por siempre. Y dentro de poco, Elizabeth, sabrás que no te he mentido.

Al segundo siguiente Sebastian ya no estaba allí, pero justo cuando empezaba a preguntarme si no habría sido todo una burda broma de mi imaginación, el brebaje volvió a entrar en mi campo visual.

Solo que volvía a tener su característico tono borgoña sangriento.

Y al girarme, mi hijo había vuelto a ser un hermoso y adorable bebé... Que jugaba con una pluma negra...

Idéntica a las plumas del ángel, tras la disipación de la niebla oscura.

{~_~} - {~_~} POV Desconocido {~_~} - {~_~}

Miré sonriente el desarrollo de los acontecimientos.

Ciel... Casi estaba preparado.

Y Michael había hecho tan bien su trabajo...

-Ahh -dijo el hombre, acariciando una foto de la joven condesa Phantomhive-... Falta poco para que puedas verme, querida niña...

Dejó la foto sobre una mesa de obsidiana, y abrió un joyero, que únicamente contenía tres plumas: una dorada, otra verde jade y una última, de un negro medianoche.

Colocándolas sobre la foto de la condesa, sonrió de nuevo y se miró al espejo.

Llevaba exactamente el mismo aspecto que cuando la concibió en el vientre de la hermosa Frances Phantomhive, ya por aquel entonces esposa del marqués Middleford.

-Te lo dije, Michael. Encontrarías a tu destinada... Como yo encontré a la mía...

Salió de la enorme habitación, y en los grandes espejos bailaba la imagen del difunto Vincent Phantomhive.

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N/A: ¡Cliffager! Lamento horriblemente la espera. Mi padre volvió de improviso, tras diez años sin verle, y en la familia (mis padres, mi hermana pequeña y yo) hemos estado teniendo tiempo en familia :D

Eso, y que mi musa del fandom de PJO-HOO resucitó, y estoy escribiendo una saga crossover con Kuroshitsuji.

¿Alguien tiene teorías? ¡Me encantaría escucharlas! (Bueno, leerlas, pero ya me entendéis).

Mis más sinceras disculpas, si encontráis algún garrafal error gramatical.

-Brytte-