Esta antología parte del reto lanzado por la página de Facebook Lo que callamos los fanfickers.


LO INEXPRESABLE


—el placer de los sentidos—


Reto II

Oneshot de tu pareja favorita


"Belleza"

Trunks x Marron


¿Cuánto tiempo llevan besándose? Días, horas; segundos. No tiene idea, pero él sólo puede pensar en una cosa: ¿por qué? Es que llevan meses juntos, conociéndose, saliendo sin títulos pero con un sentir especial atándolos, y aunque la ha respetado como un caballero, ya no lo tolera, ya no se siente satisfecho, saciado de esta increíble mujer: quiere hacerle amor como nadie jamás se lo ha hecho, con una intensidad inolvidable, hasta que ya nada quede y no haya memoria por recordar; hacérselo para sentirla suya y para sentirse de ella de igual forma.

Y ella no quiere.

¿Por qué?, se reitera sintiéndose listo para hundirse en ella y entregarse así al delirio; ¿por qué no quiere? Qué caprichoso es, qué poco tolera un «no»; qué inevitable desear indagar, incluso ahora, tan adherido a ella, horizontales sus cuerpos encendidos. Suelta sus labios cuando la pregunta opaca la pasión que lo subyuga. La observa y se pregunta si debe indagar, si ella no se sentirá presionada, si…

—Marron —dice finalmente, arrebatado por el deseo descomunal que esta mujer le inspira—, no quiero que pienses que es presión o algo, respeto tu decisión, pero… ¿Por qué? ¿Por qué no quieres hacerlo conmigo? ¿Por qué no me permites avanzar? Yo te cuidaré, no seré bruto ni nada… —Ríe, pues se siente un adolescente al decirlo—. Marron: puedes confiar en mí.

Él tiene veintiocho años; ella, veintitrés. No son niños, tampoco adolescentes; son adultos y toman sus propias decisiones. ¿Qué los detiene? ¿Pero por qué ella no quiere? Él sabe que ella no es virgen, que ya lo ha hecho, que no se trata de falta de experiencia o miedo ante lo desconocido; es otra cosa. ¿Pero qué?

Ella lo suelta. Se levanta del sofá donde, hasta hace un minuto, se retorcían en el fuego compartido. Desordenadamente, acomoda el vestido que la intensidad de las caricias ha corrido, y camina por la sala del departamento de Trunks. Frena al otro lado de la mesa ratona, éste el único objeto que los separa. Lo mira, y él detecta la tristeza que la embarga.

—¿Qué pasa, linda? —pregunta él, más angustiado de lo que cree estar, más subyugado por ella de lo que piensa.

No necesita hacerlo con ella, en realidad: ya es suyo y le pertenece. Aunque le falten unos minutos para comprenderlo, así es.

—Lo siento —dice ella, siempre tímida en momentos tensos. Divina—. La verdad es que… Ah, dirás que soy muy inmadura, tal vez…

—No diré nada —asegura él en respuesta—. Digas lo que digas, lo entenderé. De verdad.

Ella observa el azul: sabe que él no miente, que hay sinceridad en sus palabras, incluso en sus más íntimas intenciones. Lo sabe, ¿pero cómo sacarse este miedo latente? ¿Cómo, si él es…?

—La realidad es que… —Marron carraspea, nerviosa—. Bu-bueno… Me da timidez.

El ceño de Trunks se suaviza. Está sorprendido.

—¿Timidez? —indaga.

—Sí. Es que no soy… —El rojo cubre a Marron; más bella, a ojos de él, no puede ser—. No soy bella, Trunks. Y tú sí lo eres, eres muy bello, y sé que has salido con mujeres realmente bellas. Tal vez no te guste, no lo sé.

»Me da vergüenza, mucha vergüenza que me veas desnuda.

Inevitable: al escucharla, él larga una carcajada. Marron, al ver y escuchar la reacción, desvía sus ojos hacia un lado. Ofendida por la respuesta que ha recibido ante lo que considera algo serio y real, brota de ella el carácter:

—No es gracioso.

Él, sonriente, seguro de sí mismo como siempre lo está, disiente.

—Claro que lo es.

—¡¿Cómo?! —pregunta ella, los ojos eyectados por una furia infrecuente en su rostro, cálidas sus expresiones cada día de su vida.

Trunks se pone de pie. Camina hacia ella destilando seguridad, sonriente y burlón, una remembranza del orgullo de su padre. Frena ante ella. Con los brazos cruzados, la mira con tal fijeza que ella, al final, tiene que evadirlo.

—No entiendo a las mujeres —dice él, honesto—. ¿Por qué son tan inseguras? ¿Por qué piensan que somos tan exigentes? ¡Nosotros no miramos los detalles al nivel en que ustedes los miran! Nunca, Marron: no captamos los detalles, no nos interesa qué tan definidas estén las curvas ni qué tan redondos sean los pechos. ¡No es algo relevante!

—Claro que sí es relevante. ¡Por supuesto que lo es!

—¡No, no lo es! —reitera él conteniendo la risa—. A mí no me interesa en lo más mínimo, no me voy a poner a mirarte con lupa para decidir si quiero acostarme contigo. ¡Ya me gustas! Estoy prendido como en mi vida lo he estado, te deseo demasiado como para ponerme a pensar en detalles que no vienen al caso: nada cambiará el hecho de que quiero hacerlo contigo. —La sonrisa se transforma ante los ojos de Marron: Trunks pasa a la más honesta seriedad—. Me encantas, y sí, no te niego que hay hombres exigentes, pero yo no pienso demasiado en eso… ¡Digo! A mis ojos, tú eres bellísima. Si a otros hombres no les parece, si alguno te rechazó alguna vez por tu cuerpo… ¡Al carajo! Que se vayan muy al carajo: yo digo que eres bella, la más bella de todas.

»Me vuelves loco y ya no puedo más: necesito demostrártelo.

Silencio, y ella lo quiebra al suspirar. Está roja como la sangre, su corazón late a mil por hora. ¿Cómo es posible que este hombre le esté diciendo algo así? Él, que pareciera no ser consciente de lo que provoca, que pareciera no notar las miradas ajenas, que pareciera no percibir el deseo que siempre apunta hacia él. Él, que a sus ojos es el hombre más bello que ha contemplado alguna vez, este a quien ella ha querido la vida entera, desde pequeñita, siempre atraída por él, inalcanzable él, y ahora sólo está a un centímetro de distancia de tenerlo en cuerpo y alma. Cuánto le gusta, con qué ahínco lo desea, pero sentirse terrenal e imperfecta ante esta belleza que la deslumbra es inevitable.

Se golpea el pecho con un puño; sus lamentos inundan el cuarto. Lo que Trunks le dice es hermoso, pero no, no se siente lista para hacerlo con él.

Se aleja. Toma su cartera de la mesa ratona.

—Será mejor que me vaya…

—¡Pero…!

No puede detenerla ni deseándolo con todo su corazón. Se traga el orgullo —y más— mientras la ve avanzar hacia la puerta. Cuando la cierra, el mundo entero se desploma en torno a él.

Sí, es tarde, está hecho, pues lo descubre: ya le pertenece.


Pasan tres días. Ha evitado pensar en el tema, en el rechazo de Marron, en el silencio que ella ha tomado desde la última vez. Sentado en el sofá del departamento que ocupa, siente el espacio tan inmenso que el asco lo invade, el asco fusionado con la soledad. Mirando el techo y fumando un cigarro, vicio que lo seduce cuando la tensión es incontrolable, se pregunta si estuvo bien al decirle lo que le dijo. ¿Fui descortés? ¿La presioné? ¿La asusté?; esas son algunas de las preguntas que se hace. Además, otras: ¿acaso estuve mal al decirle todo eso? ¿Estuvo mal ser sincero? ¿Estuvo mal confesarle cuánto y cómo la deseo?

¿Acaso la sinceridad no es la mejor cualidad que las palabras pueden tener?

Ofuscado, asqueado pronto del cigarro y la situación, se marcha a la ducha. Al salir, secándose despreocupadamente, se topa con el espejo. El reflejo le habla, le susurra pistas al oído. Sonríe ante su imagen desnuda, su cuerpo desprovisto de censura. Se decide.

Media hora después, vestido con ropas cómodas y ligeras de color negro, aquel color que siempre elige por sobre los demás, se sienta en el sofá y observa la puerta, lo hace por minutos y minutos, hasta apretar el botón verde de la pantalla de su smartphone. Tres tonos; ella atiende.

—¿Trunks…?

—Hola, Marron. ¿Cómo…?

No logra terminar su pregunta: ella, atropellado su tono, lo interrumpe:

—Siento mucho irme así el otro día. No quise ofenderte, es que…

—No pasa nada —responde él, tranquilo. Una pequeña sonrisa que destila convicción se dibuja en sus labios—. Entiendo, no te disculpes porque no hay nada por perdonar. Si fui irrespetuoso al reírme y demás, bueno, lo siento. Sólo fui sincero: si serlo en demasía fue desafortunado…

—No lo fue. De verdad, no lo fue. —Ella toma aire; está emocionada—. Tú no tienes nada que ver con mis complejos, Trunks. Tal vez tienes razón; tal vez exagero al reaccionar así. Somos adultos, no somos niños, y yo me comporté como una niña.

—No te creas —responde Trunks, convencido, tanto como tranquilo su registro—. Fuiste sincera así como yo lo fui. Eso es fantástico.

—Sí, lo es.

Dejan de hablar; sin embargo, saben que del otro lado del teléfono están acompañados. El otro sigue allí, esperando.

Él quiebra el silencio:

—¿Quieres venir a mi departamento?

—Es que…

—No te obligaré a nada, no seré irrespetuoso contigo. No te presionaré. Sólo quiero charlar contigo.

Una pequeña risa de ella lo hace sonreír.

—Estamos hablando… —dice ella. Al final, ríe abiertamente.

Él también.

—Me atrapaste. Quiero pedirte un favor, por eso quiero que vengas a verme.

—¿Favor?

—Ven y lo sabrás. Te espero…

Corta, y al hacerlo se arroja en el sofá. Espera unos minutos, se pregunta si ella acudirá. Por fin, se levanta y se dirige a su cuarto. Camina de un lado al otro e imagina toda la situación decidido a cumplir con su cometido, relajarla y relajarse, invitarla a librarse de los prejuicios que acarrea vaya a saber uno por qué motivo. Y se escucha el timbre.

Corre a recibirla.

—Viniste —susurra feliz al encontrarla en la puerta.

Ella, roja, adorable, un vestido color pastel cubriéndola, devuelve la sonrisa. No dice nada más que eso, que las palabras que su gesto sugieren. Él la invita a pasar y, habiéndola tomado delicadamente de la mano, la lleva al sofá. Se sientan allí, donde todo comenzó la última vez, en ese sofá donde se han besado hasta la locura los últimos meses. ¿Cómo empezó esto? Rememoran al mirarse: rompimientos recientes con parejas que tuvieron durante años, desde la adolescencia, los acercaron casi por accidente. Cumpleaños celebrado en Capsule Corp. —¿Yamcha? ¿Bra? ¿Woolong?—, charlar en susurros apartados de los demás por la empatía que la situación idéntica les genera, y esa misma noche se besarse camino a casa, en el coche de él. ¿Por qué? Porque estaban tristes, los dos. Meses después, salidas después, habiéndose elegido como la compañía ideal para este momento de sus vidas, ya no lo estaban. Ya no lo están. Por eso, por sentirse listo para dar el siguiente paso con esta mujer que tanta alegría le ha devuelvo, es que él está decidido.

Le pertenece.

Le pertenece y quiere gritárselo con todas sus fuerzas, mediante la más íntima y voluptuosa exclamación: la de la pasión.

—Permíteme explicarte lo del otro día —murmura ella evadiendo los ojos de él.

—Dímelo, te escucho.

Carraspeos, y ella habla:

—Siempre me he sentido muy pequeñita, insulsa, casi andrógina. Si cortara mi cabello y me pusiera ropa masculina pasaría por hombre para algunas personas. Mi cuerpo es tan… plano… que no lo siento femenino. Más de una vez me han rechazado por esto. De hecho, mi exnovio…

Hay lágrimas al borde de los ojos negros y resplandecientes, únicos, de Marron. Trunks la besa por tres segundos.

—No lo digas, no lo recuerdes. No es necesario: ya entendí todo.

Ella le sonríe, como agradeciéndole no tener que contar lo que no desea rememorar nunca más. Él la estrecha en un cálido abrazo, la aprieta contra su pecho feliz de poder compartir este momento con ella, y al escucharla respirar fuerte, pegada a su cuerpo, supone: quizá, ese tipo la hizo sentir inferior, o la juzgó, o la rechazó, o la dejó por motivos superficiales y no verdaderos. Quizá, ese sujeto era un imbécil.

Al verla en sus brazos, conmovida, deja de suponerlo, pues lo sabe: si ese sujeto la dejó por motivos superficiales, sí, es un imbécil. No puedes dejar a esta mujer por algo así.

No la puedes dejar por nada.

—A veces nos quedan secuelas de cosas que nos pasan —susurra él con calidez—. No lo hacemos a propósito, pero nos cerramos a situaciones para no sufrir más. Nos escondemos.

—Sí… —responde ella, agitada, feliz y asustada, rodeada entera por los brazos de él—. Aunque, no sé… ¿Tú…?

—¿Si me ha pasado?

—¿Te ha pasado?

—Claro que sí. ¿Por qué no iba a pasarme?

—Es que tú siempre pareces tan seguro de ti mismo…

—No te creas, Marron. Soy muy caprichoso, obstinado y un poquitín creído. Soy orgulloso y hay cosas que tienden a dolerme.

—Siento mucho si…

—No, no lo sientas. Perdona tú mi capricho. No debería haberte preguntado; debería haber esperado a que sucediera solo, a que de repente nos encontráramos en la cama haciéndolo, que sucediera por deseo de los dos.

¿Cómo no sentirse seducida por palabras tan sinceras y tan ciertas? Por palabras que hablan abiertamente, con pasmosa naturalidad, de lo que ambos desean. Porque sí, ella lo desea, quiere hacerlo con él tanto como él quiere hacerlo con ella. El problema es este sentir que la embarga, verse inferior a él, verse terrenal y no considerarlo un igual. Ver a Trunks volando por los cielos, un ser alado de encanto espiritual. Ese es el problema, aquí, allá y siempre donde la sensación de inferioridad intervenga: se siente menos que él.

Y no tiene sentido, si se lo piensa en detalle.

¿Cómo va a tenerlo? ¿Cómo? Él le ha confesado lo que ella le significa, le ha explicado lo que quiere, la ha acompañado, le ha dado nada más que honestidad y apoyo, calor, besos, vida. Él la ha hecho muy feliz estos últimos meses, y no lanzando plumas desde el cielo; la ha hecho feliz aquí, en tierra firme, tan terrenal como ella lo es.

Él es real.

Ella también.

—Yo quiero, Trunks —asegura ella. Siente cómo el corazón de quien la abraza acelera contra su rostro. Sonríe al percibirlo—. Quiero, de verdad quiero, sólo que soy muy insegura para estas cosas…

—Por eso —dice él en respuesta— quiero pedirte ese favor. ¿Lo aceptarás?

Separándose del otro, los brazos sosteniéndose de los brazos y los ojos en contacto con sus pares, ella indaga, repentinamente sofocada:

—¿Qué favor?

La sonrisa de él se amplía. Hay en él, como siempre, una confianza absoluta en lo que dice y hace, en todo cuanto lo constituye. Es esa frescura el motivo por el cual ella lo anhela; son opuestos, y como tales no han hecho, no hacen, más que atraerse.

Esto debe suceder; lo que les pasa se debe materializar.

—¡Pero no pienses mal! —Él ríe y ella lo acompaña, aunque denotando un nerviosismo hondo e ineludible—. No es nada malo, lo prometo. Levantémonos.

Hay tanto encanto, tanto misticismo en sus palabras, en el calor al cual invitan sus brazos, en lo desbocado de su corazón y el brillo extra de su mirada que Marron, ansiosa aunque sin librarse por completo de la presión que siente por sus miedos, por éstos y no por él, acepta.

—Claro. —Y se levanta.

Él la sigue. De pie ante el sofá, se observan, se miden. Tan sólo fijarse en el otro confiere desorden a sus respiraciones; se descontrolan, y el mareo lo induce a una suerte de hipnosis compartida.

—Bien… —Él suelta las manos de ella, las que ha mantenido entrelazadas con las suyas cada minuto. Seca el sudor de su frente con el borde del abrigo de algodón que trae por sobre una camiseta negra, unos jean grises debajo. Se observa a sí mismo, ella le sigue los ojos casi con obsesión, y entonces el azul se adhiere a ella, lo hace por completo. Marron siente su convicción y jura que ésta se hace lugar en su propio corazón—. Marron…, quiero proponerte algo.

—¿Qué…?

¿Por qué sus voces están sofocadas? ¿Por qué sus frentes sudan así? ¿Por qué el aire que los rodea se siente tan caliente, como si estuvieran bajo el sol en pleno verano?

—Marron, desnúdate.

Sonrisa final; sonrisa de Trunks que aplasta con su presencia todo nervio o duda o timidez —¡timidez, él!— que hubiera podido acecharlo al momento de sudar ante ella. Marron no necesita quitarse la ropa; esa es la sensación que la ataca: ya está desnuda. Ante él, a solas, sofocada y al unísono el desorden de sus respiraciones, sí, ya lo está.

—¿Qué…?

—No por sexo —explica él, paciente, ciertamente divertido con la situación—; para conocernos, Marron; para que te sientas cómoda conmigo.

»Quiero verte desnuda.

Ella siente que entra en crisis: ha avanzado demasiado en esta situación, se siente implicada a él, siente deseo y amor —¡amor!— por él. ¿Pero acaso podrá tolerar esos ojos sobre ella? ¿Pero acaso podrá mantener la convicción de que los dos son terrenales si se ve desnuda ante él?

—Trunks, no… Yo no…

Y su sonrisa crece junto a la sofocación: Trunks se quita el abrigo lentamente.

—De acuerdo. Entonces, con tu permiso, me desnudaré yo.

El calor estalla en el rostro de Marron; se expande, el calor, por la totalidad de su ser.

—¡No!

Y él se quita la camiseta.

—Trunks, yo…

Y él desabrocha el cinturón.

—Es que…

Y él desabrocha dos de los tres botones del pantalón.

—Trunks….

Y él frena.

—¿No quieres verme?

Y entonces ella lo hace, lo mira.

La iluminación de la sala es poca, es blanca y proviene de un velador encendido en una esquina, posado sobre una mesa de vidrio decorativa. Ella logra ver el cuerpo a medio desvestir gracias a esta suave luz que les cae encima, aunque no perfectamente; ve más la sugerencia del cuerpo que el cuerpo en sí. Ve los ojos, brillantes como zafiros, posados en ella a medio cerrar, el cuerpo perlado por la más insoportable excitación. Ella lo ve nervioso pese a estar convencido, y entiende que todo lo que le ha dicho es cierto: ella le encanta, ella lo vuelve loco, ella es lo que más desea en este maldito mundo. Es ella con quien quiere hacerlo. Al entenderlo, sus manos se mueven solas, por acto del instinto: para sorpresa de Trunks, Marron, que no para de temblar ni por un instante, toma las tiras de su vestido, las corre y deja que la prenda caiga al suelo. Ante él, así, está ella cubierta sólo por sencilla ropa interior, prenda arriba, prenda abajo, blancas las dos.

Él suspira al sonreír.

—Me toca —dice, su voz aún sofocada, y se quita el pantalón, éste y los zapatos. Al enderezarse una vez más, ríe un tanto avergonzado. Cuando ella nota la evidencia de su excitación, entiende el porqué de la risa. Él larga una carcajada—. Por si tenías dudas de que realmente te deseo.

Ríen juntos, y ella de pronto siente la relajación que la reina. Él no la cohíbe, descubre; él la incita, la excita; la insta a liberarse, a no temer. Lo admira detalladamente, recorre su cuerpo de hombre con los ojos, explora cada detalle y en ninguna parte encuentra defectos. Es bello; él sí puede ostentar una belleza sin igual.

¿Y ella…?

—Marron…

¿Y ella, qué?

Temblando, desabrocha su sostén. Cae junto al vestido, a sus pies, y el rojo de la vergüenza es su censura. Él pierde la sonrisa que ha imperado en su boca; serio, observa los pechos. Marron amaga con cubrirse; no lo hace, pues nota, en los ojos de Trunks, que la seriedad la ha provocado la fascinación, no el rechazo. Él, excitado y sin poder ocultarlo de ninguna forma al estar en ropa interior, mira sus pechos minutos enteros, hipnotizado. Al despertar, se decide: sujeta los bordes de su última prenda.

Ella lo hace también.

Se miran: la orden la dan los ojos. Uno, dos, tres, ahora. Bajan cada prenda y permanecen de pie ante el otro, sin más aire por respirar. Él se sienta en el sofá y deja cada pierna a cada lado del cuerpo de Marron, que de pie y sin prendas que la cubran lo hace finalmente con los brazos.

Él niega con la cabeza.

—No te cubras. —Lo ve tragar saliva; la excitación entre sus piernas parece palpitar, es ésta la que no le permite hablar, ni respirar, ni pensar con claridad—. Eres bellísima, Marron. Eres tan bella que apenas resisto mirarte, como verás.

Lo ve relajarse en el asiento, soltar la espalda hacia atrás, poner los brazos tras la nuca. Y los ojos se deslizan por cada rincón. Lo ven todo, lo estudian, lo memorizan. Los brazos de ella caen sin más. Ella parece tambalear, el rostro rojo y los ojos desorbitados. Trunks la sujeta de la cintura y la sienta en sus piernas. La mira una vez más.

—¿Estás bien?

—Sí…

Sólo sin aire, sin fuerzas, sin razón; sin nada más que deseo.

—Y dime… —Él carraspea; ella nota que no lo soporta más—. ¿Qué es lo malo? ¿Qué es lo imperfecto, lo que tanto necesitas ocultar? Lo busco y lo busco pero no lo encuentro por ninguna parte.

»Sólo veo belleza.

—Yo… —La piel de los muslos de Trunks contra sus caderas le provoca un escalofrío. Estar en contacto con esa piel caliente y perlada está amenazando con todo el autocontrol que posee—. Ya te dije…

—¿Qué eres plana?

—Sí…

Él la abraza. La afianza contra sus muslos, ella de lado, él de frente. El deseo índice izquierdo de él se levanta. Roza, apenas, uno de los pechos. Luego, el otro. Los roza en su centro, después alrededor; dibuja la redondez de cada uno en total inspiración.

—Son pequeños, sí, pero eso no los hace feos ni tampoco imperfectos.

—Son… son un poco distintos también.

Él examina: el pecho derecho parece un poco más grande que el izquierdo.

—¿Y?

—No me agradan.

—A mí sí. —Aprieta con la mano que sostiene la cintura de Marron la base de su espalda; lo hace con la mano abierta, inmensa en comparación a ese pequeño y delicado cuerpo de eterna adolescente. Hunde los dedos en la piel, delira ante la suavidad, larga un suspiro y ella también—. Aunque el hecho de que a mí sí me agraden no cambian la realidad: eres tú quien debe decirlo, no yo.

El ceño de Marron se frunce.

—¿A qué te refieres?

—Te lo diré en un momento —dice él, y la acaricia entre los pechos con la punta del dedo, rozando superficialmente la piel, más una sugerencia que una caricia propiamente dicha. Ella, sin poder domarse, se retuerce sobre él—. Ahora dime: ¿A qué más te refieres con «plana»?

Ella ve sus intenciones y se siente una niña. Avergonzada, responde:

—Mis piernas, y mis caderas, y todo lo demás. Soy muy pequeña, me desarrollé muy poco.

—¿Y cuál es el problema?

El inconsciente actúa: se mecen el uno contra el otro como si el acto entre sus sexos estuviera consumado. Y no. Respiran contra el otro, las miradas tan perladas como las pieles.

—No me gusta… —responde ella más por inercia que por convicción.

—Y a mí me encanta, tonta. —afirma él contra su boca, acariciándola con los labios al tiempo que profiere—. Pero insisto, y ahora sí te lo diré: no sirve de nada que yo te lo diga si no eres tú quien lo piensa.

El rostro de Marron se deprime, pierde todo color. Trunks desespera por un segundo. Se apresura en su discurso:

—Tiene que nacer de ti —exclama. Algo en su voz destila profunda pasión—; tú tienes que ser capaz de ver belleza en ti. De nada sirve que los demás la vean si no la ves tú. ¡Que se vayan al carajo los demás! La tienes que ver tú y no tienes que permitir que nadie, nadie, te haga creer lo contrario.

»Si estoy en lo correcto y fuiste rechazada más de una vez por ser como eres…

Los ojos de ella imploran: no lo digas, Trunks. No lo quiero recordar. Él la abraza con la delicadeza con la que trataría a una flor al leer el mensaje. La besa un instante en los labios.

—Nunca permitas que esos imbéciles te distorsionen la realidad. Tú eres tú, y si no les gustas ellos se lo pierden. ¡Es más! —La sonrisa retorna y Marron sonríe con él, lo cual dota de una emoción mayor el momento—. Si no les gustaste, mejor: eso me permite estar aquí contigo.

»Si el otro no te supo valorar, entonces no entendió un carajo de nada, Marron.

Las palabras son como un terremoto, la sacuden de un lado al otro y le dan vuelta la realidad. Marron se reprocha las dudas, el miedo, la infravaloración. ¡Tan ciertas son las palabras de este hombre desnudo que tanto desea delirar junto a ella! ¡Tan! Y a veces lo acusan de frío, de inmaduro, de superficial, del estereotipo de niño rico y banal que nada entiende porque nada vive, porque todo le llueve del cielo y no tiene ningún poder de empatía por el mundo. Pero no, resulta que no: Trunks sabe leer al mundo y sabe ver más allá de éste.

Es su sabiduría aquella gota que la rebalsa entera. Lo anhela con cada fibra de su ser y ya no hay vuelta atrás. Le pertenece, también.

—Trunks…

No espera la respuesta: sacando el carácter que su madre le ha heredado y que emplea en momentos límite de la vida, Marron rodea la cintura de Trunks con las piernas. Se aferra a su cuello, lo contempla y le agradece ocularmente. Él capta el agradecimiento y la besa en recompensa. Al soltarla luego de ínfimos segundos, más deseoso que nunca por la unión de sus cuerpos, él dice una última cosa:

—Piénsalo.

Ella sabe por qué le dice algo semejante: le está pidiendo que lo considere, que se valore más a sí misma, que no sea tan severa con su persona. Que nunca, jamás, vuelva a sentirse menos que nadie, pues no lo es, ni ella ni él ni ninguno más. Nadie vale más que el otro, y la belleza no existe como tal.

La belleza es la que cada uno considera como tal.

Ella ve el reflejo de sus cuerpos desnudos en la pantalla apagada de la televisión smart, la sugerencia apenas perceptible de lo que juntos representan. Hay belleza allí, sí, la hay. Y la habrá, si se lo propone: habrá belleza en sí misma considerada no por alguien más, juzgada no por alguien más, sino por ella. Si bien ahora no ve en ella nada de lo que él ha descripto, al final ve un poco más, una luz, un algo que bien podrá ayudarla: amor. Hacia sí misma y que venga de sí misma. Amor y aceptación, y un concepto de belleza que no sea tan injusto con su propia persona.

Por lo pronto, mientras él la besa y los cuerpos se contorsionan uno contra el otro, no hay mucho más por pensar. Sólo les queda disfrutarse, aceptarse.

Amarse de verdad y embellecer los ojos del mundo con su unión.


Nota final

¿Trunks x Marron es mi pareja favorita? Para mí, mi pareja favorita es un empate técnico entre Trunks x Marron y Trunks x Goten (o los tres juntos, directamente XD), pero me decidí por Trunks x Marron en este reto porque más adelante hay uno donde debo poner temáticas que pueden ser yaoi, así que dejo a Trunks x Goten para ese momento.

Muajajajajajaja... XD

Sobre las mujeres y los detalles del físico, confieso que con los hombres, ya sean mis amigos o mi novio, me relajo mucho y hablo de cualquier cosa. No evado ningún tema por ser ellos del sexo opuesto. Hablando en profundidad con ellos sobre este tema (siempre les pido opiniones. Aunque no lo sepan, muchas veces les he pedido opiniones para poder escribir bien a un hombre en primera persona XD), todos me coinciden en que nosotras siempre estamos pensando en el detalle, y ellos no. Digamos: somos muchas las mujeres que tenemos complejos con nuestro cuerpo. Yo, por ejemplo, tengo un enorme complejo con mis brazos, los odio (?). Y lo que ellos me dicen es que, hablando mal y pronto, «les chupa un huevo» fijarse en los más ínfimos detalles: siempre y cuando tengan a la mina que quieren al lado desnuda, todo está bien y todo es genial (palabras textuales XD). Son, por lo general —aunque me he cruzado con excepciones— menos acomplejados que nosotras. Hay de todo en este mundo, y hay hombres acomplejados y mujeres sin complejos, pero en este caso, hablando de Trunks y Marron, imagino a Trunks libre de todo complejo y a Marron más acomplejada. Lo de ella, a lo mejor, me viene de Krilin, personaje al que pienso un poco acomplejado con su altura. ¿Será? Esa es la sensación que él me da, por lo menos, y Marron me la transmite también, contrario a Bra, a quien imagino como una versión femenina de Trunks en ese aspecto, dignos hijos de Bulma los dos.

Lo que intento decir es que hice este shot así porque es un poco lo que pienso: por presiones sociales en pos de un supuesto canon de perfección inalcanzable, nosotras tendemos a acomplejarnos un poco más. Y es tonto, si lo pensamos: hay tantos gustos como personas, y la belleza no es una; la belleza es infinita y depende del ojo que la mira, del corazón que la siente. No hay que acomplejarse tanto. Hay que disfrutar más y pensar menos con la persona —o las, si es que hay poliamorosos en la sala— con la cual compartimos intimidad. Los detalles, cuando la pasión está presente, no cuentan. Y nunca descartemos que esos detalles que no nos agradan de nosotros por no considerarlos estéticos no puedan gustarle a otra persona. Lo que para mí puede ser perfecto, para el otro puede ser lo más perfecto del universo. La belleza siempre, por siempre, será relativa.

Dedico este capítulo a mi querida Dika, porque amo su frescura y la admiro con todo mi corazón. Sos hermosa, guacha, sos inspiradora en muchas, muchas cosas, y me siento verdaderamente afortunada por tenerte, por ser tu amiga y compartir tanto junto a vos. ¡Genia!

Sobre el negro como el color que Trunks siempre elige por sobre los demás… ¿Lo han notado? Trunks casi siempre, tanto Chibi como Mirai, tiene prendas oscuras. Si no es negro, es gris, pero son los tonos oscuros los que elige. ¿Por qué? XD Le queda hermoso el negro, y supongo que la elección del diseño del personaje será porque con mucho color queda como un arcoíris con sus ojazos azules y su pelo lila. ¿Será? Lo puse por eso, porque es algo que he notado de Trunks hace mucho tiempo, algo con lo cual me identifico por vestir con ropa oscura también. Nada, un detalle.

En fin. Mañana se viene una pareja que usé un poco en mi amor, en Triángulo. A ver qué les parece, y aclaro que NO incluye a Trunks la pairing. XD Será la primera vez que los use desde entonces. ¡Hasta mañana será, entonces! Gracias por sus rws, un placer que lo lean, como siempre.

Abrazo, nos leemos. n.n


Dragon Ball © Akira Toriyama