Esta antología parte del reto lanzado por la página de Facebook Lo que callamos los fanfickers.


Advertencia: el siguiente oneshot contiene temáticas yuri, es decir contenido sensual entre dos personajes femeninos. Además, tiene temáticas fuertes que tal vez no sean del agrado de las mentes más sensibles.


LO INEXPRESABLE


—el placer de los sentidos—


Reto IV

Oneshot basado en una canción triste


"Obscenidad"

Marron x Pan

x

Trunks


And as I fall in the mirror on the wall

I'm watching me scream!

(«Watching me fall», The Cure)


Ella. Ella es todo cuanto ha deseado en la vida.

La recuerda en cada momento, con detalle, cada ademán, gesto, risa. De niña, esa pequeña niña de vestido fucsia correteando por la casa cuando Krilin visitaba a su madre; la recuerda como lo que era, esa niña alegre y pura, dulce, que brillaba en la marea humana del entorno. Era única en ese entonces, y continuó siéndolo. Al fin y al cabo, jamás logró escaparse de ella. No, hasta hoy.

Ella, preadolescente. Empieza a florecer, ciertas partes de su cuerpo se curvan y adquieren las propiedades de la femineidad: sus pechos, su cintura, su cadera. Y él, él, viviendo la vida con calma, aún a salvo del virus que la vida entera le ha arruinado. A partir de ese día, pues fue ella la culpable, ella con trece años riendo apenada al otro lado de la mesa en Año Nuevo; verla inmaculada bajo las luces de los fuegos artificiales fue desearla, fue infectarse hasta la médula, inyectarse el virus y condenarse por la eternidad, pues ella reía despreocupadamente, una muchachita preciosa, y esta dulzura lo indujo a la más inexpresable obscenidad.

Esa imagen lo trastornó; desde ese día, nada deseó más que arruinar la pureza con su monstruosidad.

En principio, cuando el virus no lo había terminado de infectar, no se entendía a sí mismo y se cuestionaba sus deseos, no lograba comprender lo que le sucedía. ¿Acaso el virus estaba potenciándose en su interior y por eso se le despertaban tan atípicas adicciones? ¡Jamás había sido así; jamás había deseado a una chica de trece años con esa cruda e incontenible perversión! Y lo intentó, seguir siendo el que era, mantenerse al margen, conservar su integridad y sobre todo la de ella, pero no pudo, no hubo forma. A los trece de ella y los dieciocho de él se lo dijo:

—Marron, me gustas.

—¿Gustarte, yo?

—Tú, mi amor. Me gustas y quiero estar contigo.

—Trunks…

—No me rechaces, por favor.

—Lo siento, yo… N-no estoy lista para salir con ningún chico, eres muy grande para mí. Perdóname.

No pudo hacerlo, nunca.

Aceptó su rechazo con la esperanza de hacerla cambiar de opinión, eventualmente, y contuvo el deseo todo cuanto pudo, pero no; el deseo le brotaba por los poros y dibujaba en su mente imágenes desquiciadas, turbulentas, pornográficas. Cada vez era peor. Ella era un virus, lo es, y éste se propagó sin frenos por todo su ser.

Con la obsesión, se perdió.

¿Cómo olvidar el motivo que terminaría por hundirlo en la crisis, la única clase de felicidad que ha conocido desde que inyectó ese virus en sus venas? Ir a un bar, buscar con los ojos a un clon, a una chica que fuera lo más parecida posible a Marron. Encontrarlo y llevárselo a la cama lo antes posible. Desnudarlo; quitarle la ropa al clon y pedirle que se quedara así, que no se moviera. Mirar por horas, hasta convencerse de que no era un clon, sino ella. Entonces, amarla, entrar en ella con fuerza saiyajin. Imaginar su voz en los gritos, en los sollozos, y ver sus ojos en otros. Pedirle al clon que responda a un nombre. A otro, no al propio: te diré Marron, decir. Serás Marron para mí.

—Y no acepto un «no».

Darles placer, dárselo a sí mismo; usarlas para concretar su fantasía, aquella que buscaría cumplir a como dé lugar: tener a la verdadera en la cama, la vida entera desnuda, dispuesta; tenerla y jamás dejarla escapar.

Así se diseñó el plan: me mantendré cerca hasta que tenga la edad suficiente; cuando sea momento, la tendré. Mientras, seré su sombra, la seguiré día y noche, me haré su amigo, llegaré al límite de la confianza y la intimidad con ella. Será mía y la tendré desnuda en la cama para siempre.

Doble vida: mucho le costó convencerla de sus buenas intenciones, de desear ser su amigo y nada más. Lo logró, y para ella se convirtió en lo que será hasta el final: su confidente máximo, su oído favorito. Por la noche, mientras, chica nueva, rubia, de cuerpo delgado, angelicales rubias fingiendo ser ella en su cama, hacerlas gritar, desgarrarse las gargantas con su práctica, el eterno ensayo de la obra más obscena de la historia, el día en que la tenga, en que sea suya y de nadie más. Verla a ella en cada cúspide alcanzada, cuando más rápida es su cadera, cuando más saiyajin es su instinto: Marron, Marron, ¡Marron…!

—¡No soy…! ¡Yo no soy…!

Y la negación a la realidad, perpetua, de allí en más.

Pasan los días, las semanas, los meses. Pasan años, y Marron crece al fin. Tiene dieciocho y es más de lo que él ha soñado la vida entera. Es momento de decírselo, de insistir, pero no lo logra, pues la culpa lo inunda, recordarse en esas noches de fantasía llamando «Marron» a una Marron de mentira. La culpa por los actos cometidos es el freno que no le deja decir la verdad, el que separa, finalmente, la fantasía de la realidad: Marron es su amiga y él es un monstruo. Ella es un ángel y él es un demonio.

El miedo a aterrarla con los estragos del virus lo frena al tiempo que sus ensayos nocturnos se tornan más enfermizos: adoptar a una Marron que no es Marron sino una joven masoquista que desea obedecer; fingir ser para ella su amo y no ser eso en realidad; pedirle que finja ser ella y no objete nada más.

—Eres Marron.

—Soy… Marron…

Pero él es un esclavo más, un esclavo infectado por el virus dorado, ella, ella su ama y señora por la eternidad.

—Eres Marron y harás lo que yo te diga.

—Sí, lo haré.

—Quítate la ropa. Arrodíllate. Succióname.

Hazme sentir que soy el amo sin serlo en realidad.

Hazme sentir que eres ella y que mi fantasía se vuelve realidad.

Se mira: en el espejo, de espaldas, esta cabeza que se mueve hacia adelante y hacia atrás por orden de sus manos enredadas en el cabello dorado, exacto; es ella. Es Marron amándolo salvajemente, sumisa, eterna, amándolo ante el espejo donde él es libre de mirar su felicidad y sentirla todo lo que no es, la realidad que jamás se concretará. Se ve gemir, sudar; ve la violencia de sus manos jalando hacia adelante y hacia atrás; se ve alcanzando la gloria y llorando sangre ante la falsa realidad.

Se ve gritar.

Y ella no es de verdad.

Las vidas se le separan; es el amigo ideal, el hombre más insulso de la vida, un gris del mundo sin nada en particular; es un caminante sin alma que sólo ante ella, el clon de esta noche que la reemplazará, cobra vida. Y por las noches, este que se mira al espejo con su sumisa de rodillas, succionándolo; él, el monstruo soñando con una falsa realidad.

Los años pasan como parpadeos, uno tras otro, y no, su enfermedad ya no le permite decírselo; la adicción a la fantasía hace que, sin darse cuenta, pierda interés por la realidad. Ya no tiene una sumisa; tiene tres, y las tres son idénticas a ella, y obedecen, y lo succionan ante el espejo cada noche, mañana y tarde. Todos los días, siempre.

La fantasía le ha hecho olvidar la realidad.

Entonces, la realidad retorna. Lo hace y lo golpea con todas sus fuerzas al recordarle su existencia: Marron toca su timbre, él se viste y se asea al grito de «ya va»; las clones se esconden en sepulcral silencio y él abre la puerta al fin. Ella, Marron, llora mares. Cuánto ha deseado él permanecer en la mentira, pues ésta siempre es seductora; qué poco siente por la mentira al ver a la verdad ante sus ojos, recordándole todo, que vive en un espejismo, que nada de lo que cree cierto es.

—Necesito hablar contigo, Trunks…

La toma de la mano y se excita por el mero roce de sus pieles. Lo oculta cruzando las piernas al sentarse en el sofá al que los ha conducido.

—Cuentas conmigo, Marron. Dime…

—Estoy enamorada…

Un puñal se clava en su pecho. Lo siente sangrar.

—¿De quién…?

Y las sumisas le clavan mil puñales más; la fantasía se entremezcla con la realidad:

—De… De una mujer…

Y las sumisas se aman entre ellas, se besan íntimamente en el espejo, y lo olvidan, y lo abandonan, y lo clavan con puñales hasta hacerlo morir, por la sangre, por el líquido rojo manchándolo todo a sus pies, abandonándolo. Y en el espejo grita, lo hace hasta despertar. La escucha, y no, no puede ser real.

—¿Qué…?

Y lo es.

—Lo intenté, intenté sentir esto que siento por un hombre pero… no. No me gustan, no siento lo mismo. Y ella… Ella sí me lo hace sentir.

Y ella llora, destrozada.

—¿Qué te hace sentir?

Y las sumisas, cantando los placeres que se brindan con las manos y las bocas, ríen a carcajadas por su patética realidad.

—Todo, Trunks. Con ella, siento todo lo que un ser humano puede sentir.

Sentir en la realidad. Sentir de verdad. Y él no, jamás. Con ella, con la original, nunca.

La consuela, la abraza, finge que su vida es una y no dos, que dentro de su armario no están ellas, los clones, las Marron falsas que a todo dicen que sí, que lo succionan cada noche de fantasía. Y mientras ella, la verdadera, llora en su hombro y le dice metafóricamente que ya nunca la tendrá. Él la consuela por orden de ella, del virus que es ella. Por dentro grita con todas sus fuerzas. Por la destrucción de su vida entera, del obsceno propósito, grita.

¡NO!

Pasan días y la fantasía ya no sacia su infelicidad. Las ve a ellas, a las tres sumisas y falsas Marron amándose ante él, y nada siente mientras se toca, nada más que la desolación. Ya no es igual; cuando la verdad resulta ser una mentira, ya no se puede gozar igual.

Las abandona un viernes por la noche, las deja solas en este goce que el virus le ha ordenado ejecutar, y vuela en dirección al epicentro de la destrucción. Ya no lo consuela ver mentiras, ya no toca la cúspide de su deseo con la fantasía; necesita verla, a ella, a la real.

Ella no ha llegado. Perfecto: viola la ventana, entra al pequeño departamento, camina en la oscuridad. Fuera, el frío es mortal, el invierno vomitando todo su potencial, y él se lanza en la cama de Marron y la enviste con las caderas, la cama vacía de ella en la que jamás gozará. Captura prendas entre sus manos, las refriega por su cuerpo, les hace acariciar su adolorida intimidad. Las huele, se infecta más de lo posible, y cuando escucha la puerta, con el ki apagado y el instinto encendido, ingresa al armario. Deja una rendija de un centímetro abierta, observa el cuarto blanco, impoluto, hasta que el fuego ingresa por la puerta y prende la cama con su color. Rojo, ese color.

Es Marron, desnuda. Es Marron, de veinticinco años, perfecta en su desnudez y besando a Pan. ¡A Pan! Adolescente, tosca y poco femenina, pero encantadora, tan perfecta como quien la besa, tan desnuda la una como la otra. ¡Es Pan! La sobrina de Goten es la amante de su mujer, de la que le pertenece aun cuando jamás la pueda tener, porque de él es el virus y de él la fantasía. ¡Y de él es ella! ¡Y no! Es de Pan, de esta que la besa con pasión inigualable.

Es de Pan. En la realidad, es de ella y no de él.

Desnudas, abrazadas en el centro de la cama, rubia y morena; una obra de arte partida en dos. Juntas lo son todo; su obsesión lo desfigura. Al ver cómo succionan sus bocas, cómo pasean en total armonía las manos por los sexos, las pieles blancas así como la cama y la realidad, siente dolor entre sus piernas, un dolor punzante por la belleza que lo excede. Se toca, mirándolas; con el pantalón a mitad de los muslos así como la ropa interior, con las prendas de ella como censura y estimulación, se toca. Lo hace al ritmo de la mano de Pan que está entre las piernas de Marron, sonrojada la muchachita sin experiencia que es puro instinto ante sus ojos. Toca a Marron mientras Marron, feliz, le susurra cómo debe hacerlo con una sonrisa en los labios: despacito, alrededor, no directamente. Acaríciame despacito, mi amor. Sí, así. Y la emoción que las subyuga impacta de lleno al enfermo voyeur, que tapa su boca con las prendas robadas para no gritar su amor por las dos. Porque desea entrar en la realidad pero ya no tiene forma; porque desea gritar, y grita, y lo hace en su interior. Todo lo siente, el horror, el dolor, por ella, y no: por las dos.

Ellas lloran por la emoción de unirse, nerviosas pero felices por tenerse, por amarse y poder expresárselo así, íntimamente. Son tan estéticas juntas, tan bellas, que él, llorando su placer, apenas lo soporta. Traga un sollozo y el momento se acerca: en el centro de la cama ve cómo la adolescente separa sus dulces piernas, amor en sus labios, en su piel, en sus ojos negros como la noche. Y Marron, oh Marron, perfecta musa de lo peor, maldita realidad que jamás lo aceptará, sonriéndole a Pan con un amor absurdo e inmenso, sentido y verdadero. Verdadero, sí, porque lo demuestra: hunde su boca entre las piernas de la muchachita, y ésta gime libremente, y él lo hace contra la ropa que muerde y humedece. Siente propio el placer de quien es dulcemente succionada, la muchachita que todo se lo ha arrebatado, y cuando ésta grita a viva voz todo su placer, contorsionándose por completo por causa de la boca de Marron, él grita por dentro el placer que derrama contra las prendas que sujeta entre sus piernas. Al contener el grito, al proferirlo por dentro, tembloroso y derrotado, no sólo grita; siente caer, el vértigo uno con su ser. Cae a la velocidad de la luz, hasta golpear contra el suelo, hasta esparcirse entero fuera de la realidad. Muere, por dentro lo hace, muere su último atisbo de cordura cuando ve lo que sigue: las miradas enamoradas, las sonrisas perpetuas, el amor que jamás le pertenecerá.

—¿Estás bien, mi amor?

—Sí, Marron. ¡Sí…! Estoy bien. Siento mucho haber gritado así, es que nunca…

—¿Fue tu primer orgasmo?

—Pues… Sí.

Sonrojadas, soñadas las dos. Él ya no pertenece más a la realidad, ni a esta ni a ninguna; es el juguete de la fantasía, la fisura antropomorfa. Es la perdición. Ellas se sonríen y expresan así su felicidad.

—Te amo, Pan. Sé que estás asustada y yo también lo estoy, pero… Pero si estamos juntas…

—¡Todo estará bien! Así será, Marron. Todo estará bien…

Lloran abrazadas.

—Te cuidaré, mi amor.

—Yo a ti, Marron. Yo a ti…

Última mirada. De la mano, siempre desnudas, salen del cuarto. Él sale del armario, las prendas entre sus manos. Sale, y escucha la ducha en algún punto del departamento. Abre la ventana, se lanza llevando las prendas consigo. Salta, y consuela la angustia al verse caer de la realidad: se ha perdido a sí mismo. Ya no hay escapatoria.

Debe retornar.

En la fantasía se debe quedar.

Al llegar a su departamento, mete las prendas que ha robado en aquella caja que ella le regaló una vez, una caja que, según ella, debía reservar para guardar lo más especial: ella, para él; las prendas representándola a ella y su placer consumado manchándola con su enfermedad. Porque el virus es suyo, le pertenece; es de Trunks este virus, pues ha sido él quien lo ha llevado más allá, hasta la cúspide de lo prohibido, hasta lo más insalubre de la existencia. Hasta la locura de desear hasta un punto tan obsceno a otro ser.

Trae a las sumisas, sus hermosas clones adoptadas como amo que es. Desnudo, se sienta al borde de la cama. Ellas, desnudas también, aguardan las órdenes. Él da la misma de siempre, lo dice con habla sucia, suplica la succión de su sexo al abrir sus piernas y fijar sus ojos en el espejo. Una de ellas lo hace al ritmo demencial de sus manos, que la jalan del cabello, mientras las otras dos la tocan y la hacen gemir mientras lo atiende. Y él termina de caer, se olvida de la realidad al verse en el espejo: nunca será mía, pero sí, sí lo será.

Lo es, ahora.

—Más rápido, Marron. Más… rápido…

Marron nunca me pertenecerá, pero sí, sí lo hará.

Y las ve amarlo y amarse sin hacerlo en realidad, el sentir profesado tan fantasía como el entorno en sí, y al ver el virus en el centro de sus propios ojos viciados ve mucho más: está muerto, y cae, y grita. Grita su orgasmo así como su fallecimiento; grita su deseo y ya jamás retorna a la realidad.

Sonríe. Ante el espejo, feliz por haberse desprendido de la realidad, por haber escapado de Marron al fin, sonríe.

—Adiós…

Explota su placer y grita hasta enloquecer. Risas, violencia, y adiós a la realidad: aquí se quedará, con sus clones, gritando, muerto afuera y vivo adentro, una vida por sobre la otra. Aquí se quedará, en el lugar al cual pertenece, a la locura que ha creado como un artista: los clones obedientes y él, para siempre desnudos, atrapados en la desconexión.

Sumido en la mentira se quedará.

—¡Adiós…!


Nota final

Creo que esta es la cosa más enfermiza que escribí en mi vida. Perdón si fue demasiado; me dejé llevar al máximo por la canción y salió esto. Ahora releyendo lo siento oscurísimo, desgraciado más que triste. Realmente les recomiendo «Watching me fall» de The Cure, parte de uno de los que consideran, ellos, sus discos más góticos: Bloodflowers. The Cure es un grupo muy versátil en lo que respecta a su sonido: a veces son capaces de brindarte una felicidad sin igual, de hacerte sonreír y llorar de alegría; a veces, pueden sumirte en la oscuridad absoluta con lo lúgubre de sus más retorcidas canciones. Cuando pensé en este shot pensé en algo oscuro y obsesivo, pero al plasmarlo mientras escuchaba la canción sentí tan adentro mío la oscuridad que temo que esto sea muy fuerte. Perdón de nuevo y gracias si es que lo leen.

Nada. Espero sea una lectura digna para Uds.

Se lo dedico a Hildis por escribir uno de los mejores fics que leí este año, Ojos que no ven, corazón que no siente, y por compartir conmigo esta visión alternativa de Trunks, ser capaz de imaginarlo en una trama oscura, obsesiva y con tintes de locura. Gracias por ser siempre tan linda conmigo. ¡Te quiero! También se lo dedico a Dev, porque sé que en esta clase de cosas nos ponemos muy de acuerdo (vos me entendés). Te quiero, Devi.

A los lectores de Triángulo, sí, hay guiños y son varios. Escribo para mí cuando escribo, y hacerle algunos guiños a Tri me salió del alma. ¿Cómo no, si los protagonistas de este fic son ellos tres? Mis rojos ante el gris… Les cuento como anécdota que a nadie le importa (?) que este fic nace de algo que se me ocurrió hacer en Tri, pero que finalmente no hice por sentirlo una sobrecarga para esa historia. También por eso es que quise atar un poco este fic en particular a Triángulo. Era menester.

Gracias por sus reviews y por el apoyo a este extraño experimento fanficker.

En el próximo, un pequeño drabble con una pareja adorable que me encanta: Goten x Marron.

¡Nos leemos!


Dragon Ball © Akira Toriyama