Esta antología parte del reto lanzado por la página de Facebook Lo que callamos los fanfickers.


Advertencia: el siguiente oneshot contiene temáticas yaoi, es decir contenido sensual entre dos personajes masculinos.


LO INEXPRESABLE


—el placer de los sentidos—


Reto IX

Verano


"Calor"

Trunks x Goten

x

Marron


II


—¿Qué quieres tomar, Marron? Hay cerveza y vino. Tinto, por supuesto.

—Pues… ¿Vino?

—¡Claro! ¿Con o sin hielo?

—Con…

—Perfecto.

Han pasado tres meses y la situación ha crecido junto con la excitación que los tres le provocan a los tres. Se han reunido, en principio, una vez a la semana; luego dos; ahora, por lo menos cuatro veces a la semana. La adicción es aquello que ha crecido, al sexo, a los sonidos del sexo, a la mayor experimentación sensorial que han experimentado. Todo es placer cuando los tres se reúnen en el departamento de Trunks: placer, sentidos y liberación.

La libertad no sólo existe; se respira.

Trunks trae tres copas. Sentados en el suelo a cada lado de la mesa ratona, una alfombra debajo de los tres, Trunks está ante Goten; en perpendicular, Marron, que recibe la copa en sus manos y ve cómo Goten le acerca el recipiente de hielo para que se sirva. Pone un cubo luego de que Trunks le sirve media copa de un vino carísimo. El vaso transpira y Marron moja la punta de sus dedos contra éste. Los ve tomar, a ellos, cada uno una copa; ve cómo sus copas transpiran también, y la transpiración pareciera un presagio.

¿De qué?

—Brindemos por nosotros —dice Trunks, sonriente—. Por nosotros y nuestra diversión, la que a nadie más concierne.

Las copas chocan; Marron se cuestiona la situación por enésima vez en el día. Sí, en el día: ¿Está bien esto que está sucediendo? ¿Está bien que venga cuatro veces por semana a escucharlos gemir para alcanzar mi enfermo placer? ¿Está bien que me deje llevar tanto, tanto, al punto de hacer esto que estoy haciendo con ellos? Bebe vino mientras se cuestiona, hasta notar que Trunks y Goten, ojos azules y ojos negros, la contemplan con una fijeza diferente. Ya la ha visto, por supuesto: ellos la miran así luego de que ella grite su orgasmo, lo hacen cada vez mientras la contemplan desde la cama, asomados al borde, ellos arriba y ella abajo. La pregunta de la primera vez, aquella de «¿por qué no subes, Marron?» no ha vuelto a producirse, y sin embargo está implícita en cada mirada que ellos le dedican juntos, mientras Trunks peina a Goten, mientras Goten se sonroja por las atenciones que Trunks le propina ante los ojos de Marron. Sube, linda: eso piden los ojos cada vez que los ve; eso le piden ahora, mientras beben el vino y escuchan música los tres.

Marron se pierde en el vino. ¿No sería hora de admitirlo? En el fondo, en lo más recóndito de su persona, se pregunta cómo sería ceder: ¿qué se sentirá hacerlo con dos hombres? ¿Qué se sentirá hacerlo con dos hombres que son amantes y se aman como a nada? ¿Cómo será estar en medio de una situación así? Está de acuerdo con ellos: a nadie más concierne la diversión que comparten, ¿pero subir a la cama no sería demasiado?

Ríe ante la atenta mirada de los dos; se siente patética.

¿Cómo es posible que se pregunte cómo sería hacerlo con dos hombres, si ni siquiera lo ha hecho con uno? Sigue siendo virgen, y sus oídos no han sido los únicos en gozar. ¡Maldita ansia que le surge de adentro y la contagia completa! Primero miraba las sombras; las últimas noches ha mirado hacia la cama. Los ha visto, ellos también; ellos saben que ella mira y ella sabe que ellos se han dado cuenta de su curiosidad ocular. Los ha visto a la par de los gemidos, Trunks atrás, Goten delante; ha visto cómo el segundo grita ante cada invasión del primero, cómo el primero gruñe al adentrarse en su amante con notorio sadismo, una deliciosa vehemencia masculina. Nada en la vida le ha parecido, a ella, más erótico que contemplarlos en medio del sexo: nada más desearía, ella, saber qué se siente no mirar, no escuchar; sentir, sentirlos a ellos pegados a ella, piel contra piel, desnudez contra desnudez. Llegar al clímax por la acción de otro, la acción directa, no el mero sonar del placer.

¿Cómo será?

Disiente: no, no puedo, se dice.

¿Pero, si nadie se entera, si a nadie perjudica, por qué no…?

Una nueva canción comienza; la canción es tan oscura como sensual. Marron traga saliva cuando, sin dejar de beber vino de sus copas ni por un segundo, Goten y Trunks le clavan la mirada. Los ve mirarse al otro un instante: Trunks parece frío; y Goten no, al contrario; Goten parece el sol, irradia calor, lo inspira todo. Es éste quien la mira ahora, mientras Trunks, con los ojos cerrados, se mueve de un lado al otro, al ritmo de la canción.

—Marron… —susurra Goten al dejar la boca, vacía, sobre la mesa—. Trunks y yo queremos preguntarte algo.

Marron deja la copa también, aunque la de ella está, a diferencia de la de Goten, a la mitad. Traga saliva, nerviosa, y fija los ojos en la transpiración de su copa. ¿Cómo será hacerlo con dos hombres a la vez? ¿Cómo será ceder a la más perversa tentación?

—Dí-díganme —pide, sonrojada.

Trunks se pone de pie. Se acerca al equipo de música, toca un botón y después se desliza por el cuarto con la copa en la mano. La termina de un sorbo, toma la botella, y al son de la canción la sirve hasta el borde. La bebe hasta la mitad. La canción termina, y para sorpresa de Marron, al hacerlo vuelve a empezar. De pie detrás de Goten, Trunks se mueve tan despacio que, con su cuerpo, pareciera intentar seducir al aire. Y lo consigue: Marron se pierde un instante al observarlo, cómo mueve sus hombros, su rostro; cómo se mueve su cabello, lacio y lila como toda la vida, más oscuro por causa de la luz, de un lado al otro los mechones rebeldes de su frente. El aire se excita y le eriza la piel. Después, mira a Goten: él sigue con los ojos clavados a ella. Cuando ella le devuelve la mirada, él sonríe: hay algo muy innato de Trunks en la sonrisa de Goten; confianza.

Convicción.

—¿Bailamos? —ofrece de pronto Trunks junto a ella, extendiéndole la mano.

Confundida, Marron busca respuestas en Goten: éste se pone de pie también, y le extiende una mano, y Marron, seducida por la canción, por el aire enviciado de erotismo, por la pregunta que no deja de hacerse, sujeta las dos. De pie, Goten la abraza delicadamente, como a una flor, mientras Trunks se aferra a la espalda de Goten, liderando así la situación. Es Trunks quien demarca el ritmo lento en sensual, sexual, danza, la que los tres cuerpos pegados ejecutan al seguir la canción, esta que no para de repetirse ad infinitum, una y otra vez.

Vuelve a terminar; vuelve a empezar.

Mirando fijamente a Goten, Marron escucha a Trunks cantar la canción. Lo hace despacio, en susurros, susurros que denotan una profunda voluptuosidad. Si bien su voz no es afinada ni tampoco privilegiada, le confiere, al proferirse, el aura que su dueño desea conferir: pura, demencial sensualidad. Son como gemidos; ese es el punto que la encandila: Trunks sabe cómo seducirla, a ella y al universo. Lo sabe perfectamente.

Y lo hace.

Goten respira irregularmente. Le sonríe con cierta timidez antes de decirlo, de preguntarlo:

—Marron, ¿por qué no quieres hacerlo con nosotros…?

Y Trunks no para de cantar un minuto, de entonar la oscura canción en jadeantes susurros. Ella siente un escalofrío; siente, contra su cuerpo, el empujón que Goten le propina con sus caderas, empujón que Goten le da porque Trunks, a su vez, se lo da a Goten. El calor se convierte en un aura y los captura, así.

—Goten, yo… —farfulla Marron, hipnotizada por los ojos negros, hipnotizada por el canto erótico de Trunks.

—Te cuidaremos —asegura Goten, convencido—. La pasaremos bien. Y si es por vergüenza, bueno, no tienes nada de lo cual avergonzarte: ¡estás en confianza con nosotros! Pero es que ya no… —Un nuevo empujón, y Trunks jadea mientras canta, y Goten lo hace contra la boca de Marron, y ella lo hace contra la boca de Goten—. Marron, no lo soportamos más: escucharte gemir cada vez que lo hacemos, escucharte bajo la cama gimiendo por escucharnos… ¡Es demasiado! Es demasiado… ¿Por qué no…?

—Yo… —Marron intenta soltarse; la convicción no la acompaña, por lo cual no lo consigue—. Goten, no… ¡No puedo…!

—¿Sabes por qué? —susurra Trunks mientras acaricia el cuello de Goten con los labios secos, ávidos de consumación—. Tengo una teoría, Marron, y creo que no me equivoco.

»¿Me dejas adivinar?

Los ojos azules se le pegan: Trunks la observa mientras besa a Goten justo detrás del cuello. Ve en Goten el sudor que recorre su frente; ve de Trunks nada más que su mirada, asomando apenas por sobre el hombro de Goten. Confundida, sobrepasada, asiente débilmente.

Trunks cuela una mano por debajo de la camiseta de Goten. La hace ascender lentamente, al ritmo de la canción que continúa repitiéndose. Cuando alcanza el pecho de Goten, ve cómo los dedos de Trunks se mueven debajo de la tela, cómo parecieran rasgar el pecho de su amante. Goten jadea con los ojos fijos en el techo, las mejillas rojas, la excitación creciendo entre sus piernas.

—Bueno —dice Trunks. La tranquilidad que demarca su voz se siente, en tan tensa escena, un tanto perturbadora—, pienso que eres virgen, Marron. ¿Sabes por qué lo pienso? Porque, por lo que nos has contado, hace años que descubriste ese fetiche de escuchar, y un fetiche es aquello que se necesita para alcanzar el orgasmo. Tu orgasmo te lo da el sonido; no me sorprendería que por ello jamás hayas querido tener sexo con un hombre, porque no buscas el sexo en ellos, sino sus gemidos, los ruidos que hacen al gozar… —Y ve, ella, cómo Trunks embiste contra Goten, cómo Goten se deja hacer, cómo Goten baja la mirada y se fija en ella una vez más, certero, obseso. Hay deseo en su mirada, y no va dirigido a Trunks, sino a ella—. ¿Me equivoco, Marron? Dímelo. Dínoslo…

Ella siente lágrimas al borde de sus ojos. Goten palpita contra ella, lo hace en total excitación. Trunks continúa embistiéndolo por sobre la ropa, siempre, siempre al ritmo de la canción, que aún no osa detenerse.

Ella lo dice:

—Soy… virgen…

Lo dice y siente en su cuerpo, escuchando los jadeos que Trunks le provoca a Goten, cómo la excitación se dispara al cielo, como nunca le ha pasado, animalmente.

Una lágrima cae de ella: los desea, siente un deseo voraz. Por los dos.

Su espalda choca contra una pared.

Goten la besa apasionadamente.

—Déjanos hacerlo, Marron —pide Goten entre besos. Pareciera reír; los ojos le brillan en absoluta devoción—. Yo lo haré: Trunks es medio bruto, pero yo lo haré despacio, lo prometo. Te encantará, nada en esta vida te encantará más…

»¿Quieres?

Y Trunks agrega:

—¿Quieres, Marron?

Y Marron, quemada por la ropa, por los dos cuerpos que la embisten, deseando estar desnuda con una locura hasta ahora desconocida en tal ímpetu, asiente.

¿Por qué lo hace? ¡No! Aun cuando ha asentido, intenta soltarse. Se detiene al entender que no, que es mentira que quiere desasirse; quiere quedarse, quiere hacerlo. Quiere escucharlos al tiempo de sentirlos en su interior, en lo más recóndito, en la forma en la que jamás ha sentido a nadie.

Goten la besa de nuevo, la devora como ella jamás pensó que él fuera capaz de hacerlo, con una pasión inquebrantable, de una manera exacta, jadeándole en la boca el placer que este contacto le genera.

—Te va a encantar —le jura sin aire en un segundo de pausa, las manos de él apretando con fuerza la cintura de ella, que en el agarre percibe cuán real es lo que él le dice, cuán ciertas son sus palabras: sí, le encantará—. Sólo confía en mí, lo haré muy bien, lo haré de forma tal que jamás lo olvidarás.

Las manos de Goten descienden. Buscan el borde del vestido, lo alcanzan, lo estrujan sus dedos desesperados por la desnudez. Lo levantan, la tela se arruga sobre los pechos de Marron, hasta que ella, febril, levanta los brazos. El vestido se va. Goten la contempla. Trunks no es, mientras tanto, más que una sombra detrás de su mejor amigo.

—Eres hermosa —dice Goten, sonriendo—. Eres muy, muy hermosa.

Sonrojada hasta lo indecible, a ella le basta una mirada inundada de lágrimas para agradecerle el cumplido.

—Ven —pide Goten, y la sujeta de una mano—. Vamos a la cama.

—No —exige Trunks, sin embargo.

Marron lo ve todo: las manos de Trunks aparecen a cada lado de la cadera de Goten. Se juntan en la base de su estómago, alcanzan la hebilla del cinturón, la desabrochan. Hace lo propio con el único botón del pantalón; luego, violentamente, jala cada extremo de tela: la cremallera se baja por el ímpetu de su movimiento.

Marron siente cómo Goten la suelta, cómo se entrega sin más a lo que el hombre que tiene detrás, su amo, su dueño, le hace con incalculable autoritarismo, quitarle la camiseta, pasear sus manos sobre el blanco torso de piel erizada, descender al pantalón, bajarlo, colar las manos dentro de abultada ropa interior, acariciar en ese que es su punto débil, el de todo hombre: el sexo.

Goten grita.

—¡Ah…!

Marron, al escucharlo, como si el grito hubiera sido una caricia directa a su excitación, grita también.

—¡Ah…!

Y, abrazados, Goten y Marron vuelven a besarse una vez más. Pronto, las luces se apagan, todas, y nada los ilumina más que la luz que proviene del exterior. Marron sólo ve insinuaciones de lo que sigue: Trunks desnudándose, junto a los dos, la luz iluminando su espalda, oscuridad reinando en su rostro y la parte frontal de su cuerpo. Cuando nada queda por quitar, cuando Marron entiende cuán absoluta es su desnudez, siente cómo Goten le quita lo que le queda a ella. Mientras lo hace, mientras desliza milímetro a milímetro su ropa interior fuera de su cuerpo, ve cómo Trunks quita a Goten todo cuanto le queda por quitar. Goten termina de bajar la prenda; ella, instinto puro, se quita el sostén.

Desnudos, al fin.

Y ni la desnudez detiene al calor extenuante que los embarga.

Una boca la besa, la de Goten; Trunks desaparece al agacharse entre los dos. Goten y Marron gritan el mismo nombre en el mismo segundo, el de Trunks, mientras éste brinda placer a Marron con su boca; mientras brinda placer a Goten con las manos, también. Marron siente alevosía en la humedad que la cubre.

Es hora: está lista.

Siente cómo la levantan, cómo la depositan en el suelo, sobre los almohadones donde, al inicio, estaban sentados. Ella ve las sombras danzar sobre sus hombros, la de uno, la del otro; ve cómo se unen en mutuo anhelo, el beso que se regalan el uno al otro con pleno conocimiento de su amante, las bocas ensambladas en el beso exacto, dos mitades convirtiéndose en lo mismo, el mismo ser.

Y sus piernas juntas, separadas.

Y un plástico se rompe.

Y un plástico se coloca.

Y un susurro:

—Tranquila…

Y la invasión. Marron grita al sentir cómo su virginidad la abandona. Se siente llena, llena de una forma que, en tal tensión, no es capaz de definir. Le duele, lo dice:

—Me-me duele… ¡Me duele…!

Pero el dolor no tarda en largarse, irse, hacerse reemplazar con el goce. Y mientras, los jadeos de quien la embiste, frenéticos:

—Oh, Marron… —dice, y es Goten.

Y ahora, un grito de éste:

—¡Trunks…!

Y por encima de los dos, implacable, una sombra los sume en la más prohibida pasión. Goten jadea cuando su amante entra en él; después, gime. Escucharlo y sentirlo al mismo tiempo sume a Marron en una poderosa excitación. Es placer, intensificándose; es placer, sí, estallando entre sus piernas. Gime, lo hace desbocada, y en el suelo se observa quién lidera toda la situación: Trunks demarca el ritmo que Goten sigue con su cadera, comanda el sexo y el placer que cada uno siente con aplastante actitud, y los tres se pierden, no sólo ella, en los sonidos, en los sonidos del placer y en la sensación que las dos uniones que se suscitan generan.

Goce.

Un goce demencial.

Ella clava los ojos en el techo; ve el techo lagrimeando sin parar, emocionada, entregada, domada por este hombre que entra y sale de ella a toda velocidad. Cierra los ojos, las lágrimas caen y los sonidos le explican qué es lo que sucede: los almohadones parecieran rechinar; Goten grita de dolor y de placer a la vez; los tres cuerpos chocan una y otra vez, golpes secos atraviesan el aire y hacen denotar por el ruido que provocan la violencia que conllevan; Trunks gruñe con voz gruesa, la cual suena agitada, furiosa, y de tanto en tanto larga una sílaba, solamente una:

—¡Oh…!

Y Marron, ella misma también gime, cada segundo más: cada vez que el golpe seco se escucha, siente cómo Goten la llena y gime por su casa. Cada invasión desencadena en un grito; entre embestidas es cuando ella respira. Y lo nombra, lo nombra hasta el delirio.

—¡Goten…!

Y Goten, el vértice del acto, exclama dos nombres, uno detrás del otro.

—¡Marron! ¡Trunks…!

Y Trunks nada dice, nada más que esa bendita sílaba tan ad infinitum como la canción que los inspira:

—¡Oh…!

Los golpes se vuelven más recurrentes, más erráticos; las voces aumentan de volumen y tapan la canción. Al final, gritan, los tres la misma sílaba, la afirmación. ¡Sí! Tres sí al unísono, y los golpes dejan de escucharse luego de un último, aquel de los cuerpos al caer sobre el suelo, exhaustos y en la más insoportable cúspide, la del placer consumado magistralmente. Todos los sonidos se han detenido. Ahora, respiran, y la canción se repite debajo de sus respiraciones agitadas.

Luego, nada; quietud.

—Marron… —escucha ella; es Trunks —. Marron, ¿por qué no…?

La pregunta nunca se completa. Extrañada por el suspenso, caricias de Goten haciéndole hervir más y más la piel, en tanto, Marron pregunta:

—¿Qué, Trunks?

—Únete a nosotros —lo escucha decir al fin—. Seamos los tres, linda. Le gustas a Goten…

La pregunta brota sin más de ella, la voz dolida por lo que, al parecer, ha quedado implícito.

Y no.

—¿Y a ti no te gusto…?

Lo escucha reír. Goten también lo hace.

—Le gustas tanto como a mí —responde uno. Es Goten—. Lo que pasa es que Trunks es muy duro para admitirlo.

—Cómo me conoces, niño.

—Así que, Marron… —susurra Goten, y las manos que la acarician ya no son dos; son cuatro—. ¿No quieres estar con nosotros?

—Sin compromisos, sin ataduras —agrega Trunks, su voz más potente, menos tímida que la del buen Goten—. Podemos ser los tres, compartir la cama los tres. Nadie se enterará si no quieres.

—Pero… —susurra ella, delatando el miedo que la embarga con la irregularidad de su voz—. ¿Cómo se supone que…?

—Goten y yo lo compartimos todo, linda. Y por todo entiende todo —explica Trunks—. Así ha sido toda la vida: de niños compartíamos juegos y de grandes la cama. No nos es extraña la sensación de compartir. Compartimos todo, como te digo, y compartirte a ti y que tú nos compartas no nos suena descabellado, no considerando la unión que tenemos él y yo.

—Nos gustas —termina Goten—, nos gustas mucho y te queremos aquí con nosotros.

—Porque somos así.

—Porque somos dos mitades de lo mismo y no nos entra en la cabeza la idea de tener con alguien una exclusividad que no podamos quebrantar.

—No eres la primera a la cual se lo ofrecemos —agrega Trunks—, serías, su aceptas, la primera en hacerlo.

—Compartirnos a los dos.

—Ser parte de nosotros dos.

—Pero… —interviene finalmente Marron—. Digo, esto no es muy normal que digamos.

—¿Y cuál es el problema? Si nos gusta y lo disfrutamos está bien. Marron… —Es Trunks quien habla. Siente su mano, caliente, sudada, deslizarse por su rostro—. Te ofrecemos libertad. ¿Qué cosa es más honesta que la libertad? La idea de que hagas lo que sientas, de que te quedes si quieres quedarte, de que te vayas si quieres irte. Goten y yo tenemos esta relación desde hace años: somos libres de estar con quien queramos, pero no nos privamos de estar juntos, mientras tanto.

Marron comienza a entender: tienen una especie de unión libre. Es por eso que le hablan de libertad.

—Una relación abierta, ¿cierto?

—Y si tú quieres, podemos tenerla contigo también —afirma Goten mientras la besa en la frente; mientras besa la mano de Trunks posada aún en su rostro, también—. No respondas ahora si no quieres.

—Seremos pacientes, Marron.

—Pero ten en cuenta de que esto no es nada anormal. Sólo es…

—Libertad.

—Compartir momentos contigo, no atarte a nosotros y adueñarnos de ti.

Marron respira hondo. No puede pensar ahora, no después de lo que han vivido, no debajo de dos hombres desnudos que no se detienen un segundo, que la tocan, que la seducen con besos y roces íntimos. No puede pensarlo ahora, pero sí, desea pensarlo, aceptarse a sí misma, continuar aceptando su fetiche, compartirlo con las únicas dos personas que han logrado entenderla, sin juzgarla, sin reprocharle nada más que el no-disfrute.

Sí, lo pensará. Y en el fondo sabe, aun cuando no quiera admitirlo en el momento, que por más miedo que le dé lo desconocido ya hay una respuesta en su corazón. Un sí, un vehemente sí.

Un sí dicho entre jadeos, explícito, real.

—Lo pensaré…

Ellos sonríen. Ella no los ve, y sin embargo sabe, está segura, de que lo hacen. No se equivoca.

Se levantan. Goten la carga a la cama. La acuestan en el centro, Trunks le separa bruscamente las piernas.

—Mientras tanto… ¿Puedo mostrarte cómo sería compartir todo con nosotros?

Goten, a su lado, la abraza, la besa en el cuello con particular ternura. Ella, aunque nerviosa, acepta.

El tiempo dirá, se dice al sentir a Trunks dentro de ella; el tiempo dirá.


Nota final

¡Holi! Hablando de parejas favoritas: esta es mi indiscutidísima favorita aun cuando «pareja» no sea la palabra adecuada para denominarla. XD Trunks x Marron x Goten juntos es la cosa más malditamente sexy que puede suceder en este fandom. ¡He dicho!

Escribí esto escuchando una canción que ME FASCINA, pero que me ha costado mucho escuchar durante mucho tiempo por recordarme a alguien de quien no me quiero acordar. Así fue estos últimos años, evitarla por estar en mi mente tan atada a esa persona, hasta que el otro día, mientras veía American Horror Story: Hotel, la canción volvió a seducirme. (SPOILER!) La escena de sexo entre Liz Taylor y Tristán con esta canción de fondo me pareció profundamente erótica, la mejor escena de sexo que han hecho en lo que van de Hotel para mi gusto. Muy sentida la escena, me fascinó su sutileza, la sugerencia de la desnudez de los personajes. Desechando ese mal recuerdo que me evocaba la canción por el profundo erotismo que me transmitió la escena, me prometí escribir algún capítulo de esta antología con ella de fondo. Me refiero a One Caress de Depeche Mode. ¡TEMAZO!

Es la primera vez que miro AHS, no vi las temporadas anteriores y más de uno me ha dicho que Hotel viene muy floja. ¡Y a mí me encanta! No me quiero imaginar cuánto van a gustarme las otras temporadas, entonces. XD En mi mente, «AHS: Triángulo» se ve genial (¿). Me reee imagino Tri en una miniserie así. Ok, ignórenme. ¡Todos tenemos comas fantasiosos, che! XD

Mil millones de gracias por sus reviews, los aprecio con todo mi corazón. ¡Siempre me instan a dar todo de mí! Por el ánimo les agradezco con el alma.

No hay nada más hermoso que la libertad: la de hacer lo que sintamos sin que nada ni nadie coarte nuestra expresión. ¡Y al carajo al que no le parezca! Siempre y cuando no jodamos a nadie, ¿cuál hay?

Mañana, Bra x Pan.

Nos leemos. n.n


Dragon Ball © Akira Toriyama