Durante uno de los tantos recorridos que hacíamos entre los pueblo para verificar si había gente herida necesitada de atención medica, me encontré con un pequeño niño claramente traumatizado, lastimado y muerto de hambre. El estaba acobachado entre unos cimientos rotos, cuando me vio mirarlo, se escabullo lejos de mi vista.
-Irina, ya vuelvo. Me pareció ver un niño por allá- Dije señalando la dirección en que el muchachito huyó.
-De acuerdo Aldis. Ten los ojos bien abiertos, si pasa algo manda un aviso. ¡El resto preste atención! Sigamos según lo planeado. Nos encontramos aquí en 40 minutos, los curanderos estén atentos. ¡Vamos!-

Mientras todos se separaban por diferentes caminos para buscar heridos, yo corrí hacia el lugar donde vi a aquel pequeño correr. No me costo demasiado encontrarlo, no tenia energías como para seguir huyendo.
Verlo fue casi doloroso, sus ojos rojos del llanto, su pequeño cuerpo lastimado de pies a cabeza, estaba bajo de peso y asustado, me recordó un poco a mi misma año y medio atrás...
-Pequeño, mi nombre es Aldis. Escúchame, se que estas asustado pero, yo no vengo a hacerte daño. Vine a ayudarte, ven... Dame tu mano.- hablaba muy bajo, casi en un susurro, para no arriesgarme a asustar a ese niño mas de lo que ya a estaba. Sin embargo, me sorprendí gratamente cuando el tomo mi mano. Normalmente, rescatar niños es incluso mas difícil que a los adultos, ya que ellos no quieren ser tocados debido a los traumas que la guerra trajo consigo. Entran en un estado de desconfianza absoluta del que es complicado sacarlos.

-Muy bien pequeño, dime ¿Como te llamas?-
-...- El no contesto. Pero tomo mi mano con fuerza.
-Esta bien, no tienes porque hablar. Pero es importante que sepas que no te haré daño, soy de un grupo de personas que se encarga de cuidar a gente como tu y tu familia, de los malos que vinieron de afuera a atacar. Estamos buscando gente lastimada para curarlos. ¿Sabes si hay alguien por aquí que necesite ayuda?- En realidad, la mayoría de las cosas que le decía eran para apaciguar un poco su nerviosismo, podía sentir por la mano que sostenía como temblaba.
Seguí relatandole cosas de mi equipo, de lo que hacíamos, de que yo también había perdido mucha gente valiosa. Le di un poco de comida que llevaba en mi mochila y agua fresca. Poco a poco sentí como estaba menos tenso a medida que yo seguía hablando, sin embargo el aun no había dicho ni una palabra. Ya era hora de la reorganización del grupo así que le dije al pequeño:
-Tengo que volver con mis amigos. ¿Vendrás conmigo?- extendí mi mano otra vez en señal de que la tomara para seguirme. El lentamente tomo la mano que le ofrecí y juntos a paso tranquilo nos dirigimos con el resto del grupo. Lo que mas me impactaba de todo esto es, que a pesar de las cosas que este niño de no mas de 12 años seguramente ha vivido, sostenía nuestro apretón con fuerza mientras caminaba recto y en su mirada brillaba la determinación de vivir.