Habiéndola nombrado unas tres veces en el capítulo anterior, es prácticamente obligación hablar en este capítulo de Christine Daaé. Una joven de rizos castaños e incontrolables que estudia arte dramático en la universidad. A pesar de lo que estudia, personalmente es una muchacha tímida e introvertida que piensa más de lo que habla. Llegó a Estados Unidos desde Suecia junto a sus padres cuando tenía cuatro años. A los seis perdió a su madre a causa de una enfermedad terminal y luego a su padre, a los ocho. Desde ese entonces vivió en un orfanato que le supo dar un techo, educación y, a veces, entretenimiento. En cuanto pudo obtener dinero por su cuenta, se comenzó a pagar entradas para el teatro, y así es como el amor por las artes escénicas llegó a su vida.

Desafortunadamente, el único cariño que Christine recibió en el orfanato provino de los psicólogos y algunas de las chicas más grandes. Los demás la molestaban por ser reservada y estar constantemente hablando de las historias que su padre le contaba, si es que en algún momento se atrevía a hablar. Eso fomentó mucho más su introversión. Su talento escondido le otorgó la beca, que tal vez haya recibido más por lástima y como una oportunidad, para Columbia University.

Hoy en día, siendo alumna del primer año a sus inocentes 18 años, se esfuerza por hacer valer esa beca. Una huérfana como ella debería romperse la espalda trabajando para pagar semejante universidad, y ese no es su caso. Se luce más en el canto y en la actuación; la danza le exige un poco más, pero por suerte tiene la compasión de la madre de su mejor amiga, quien a la vez es la profesora.

Mientras Christine camina por el pasillo con sus libros de historia del arte en un brazo, alguien le pasa por al lado y a propósito se la lleva puesta para que se le caiga todo lo que cargaba.

—¡Ups! ¡Cuidado, pequeña ingenua! —la voz insoportable de Carlotta y la risa de su novio atraviesan los oídos de una avergonzada Christine, que aún se halla en el suelo juntando sus libros y con terror a mirar hacia arriba.

Carlotta Giudicelli y Ubaldo Piangi son ambos jóvenes de familia italiana que se asentaron en Nueva York en su adolescencia. Se conocieron en una festividad tradicional de la colectividad y desde entonces son pareja. Los dos tienen una posición económica acaudalada y eso les dio el lujo de asistir juntos a la misma institución; además, el acento italiano escapa de sus bocas aunque hablen otro idioma. Tanto Carlotta como Piangi estudian arte dramático. Ubaldo, quien prefiere que le llamen por su apellido como nombre artístico, tiene aires de hombre refinado, y su presencia es necesariamente notoria, debido a su prominente barriga y su distinguido bigote. Los aires de Carlotta son los propios de una diva que cree tener el mundo a sus pies y se ayuda con su esbelta figura.

Sin embargo, el constante acoso a Christine es más que por diva: le tiene una envidia ciega porque es una becada con un talento para ella "barato". A sus ojos, debería estar en algún taller under, no en una distinguida universidad. No reconoce su talento, pero la sangre le hierve cuando oye su preciosa voz cantando las arias que les dan a practicar. Y para su suerte, tiene a Piangi para apoyarla, porque tiene una semejanza directamente proporcional a la de un perro faldero, aunque ella lo ama con todo su alma.

—¿Estás bien, Christine? —una dulce voz masculina se oye frente a Christine y, al levantar la mirada, se encuentra con su mejor amigo, que ya está ayudándola a levantarse y cerciorándose de que estuviera bien— No les hagas caso, son unos idiotas.

Christine simplemente responde con una sonrisa y un suave "gracias".

El joven en cuestión es Raoul de Chagny, otro integrante de acaudalada familia, y a decir verdad, de sangre noble gracias a sus ancestros. Estudia relaciones exteriores y tiene grandes objetivos tras la universidad, como explorar el Polo... y casarse con Christine. Se conocieron en una función de teatro e intentó buscarla desde ese entonces, pero Nueva York es tan grande que resultó imposible. La condición de huérfana de Christine tampoco le dio la chance de buscarla en alguna guía telefónica u con otra forma de contacto. Se volvieron a encontrar al comenzar la universidad y mantienen la comunicación desde ese día. Raoul está perdidamente enamorado de ella y aplica su característica caballerosidad para conquistarla. Por ahora, está en una aparente friendzone, pero siente que en cualquier momento tendrá el valor de invitarla a una cita.

Mientras Christine acomoda sus libros, parece buscar algo con miedo de haberlo perdido.

—Raoul, ¿has visto alguna carta? —pregunta con extrema curiosidad, mirándolo con una expresión clara de temor.

—¿No será la que se asoma por ese libro? —responde él señalando el libro más próximo a su brazo.

Christine casi deja caer los libros de arriba de nuevo, pero él los atrapa rápidamente. Revisa el libro con urgencia y halla la carta con ese lacre especial, acabando su desesperación con un profundo suspiro de alivio.

—Dios, aquí está... —ante la mirada extrañada de Raoul, el rubor sube rápido por sus mejillas y asegura la carta dentro de ese mismo libro— Es de mi admirador... La recibí ayer.

Raoul cierra los ojos con su expresión facial relajada, pero su gesto es uno resignado que ya no sabe qué hacer o decir en respuesta.

—Christine, ¿sigues creyendo en eso del admirador secreto? —inquiere aún en su suave y atento tono de voz, tomando a su amiga por los hombros con delicadeza. ¿Qué puede hacer él para convencerla de que eso debe ser una broma para avergonzarla? ¿Y si son Carlotta y Piangi? Cómo los mataría si tan sólo se enterara que es una treta de esos dos para mofarse de ella— Tal vez sea eso del Santa Secreto. Navidad se acerca, ¿lo olvidas?

¿Cómo podría Christine olvidar aquello? Ella ama la Navidad. La nieve sueca, las decoraciones de la casa, su padre tocando el violín después de la cena, los regalos... Sí, ama la festividad de Santa Claus. Y ese amor siempre está con ella aunque estuviera en la otra punta del mundo. Pero Raoul está equivocado, no es el Santa Secreto. Es secreto, sí, pero no es ese juego. No es siquiera un juego.

—Raoul, no es el Santa Secreto. —niega rotundamente y se suelta del agarre ajeno, sintiéndose ligeramente ofendida. Se dispone a responder con una convicción que Raoul sabe que le cerraría la boca— Es alguien de verdad, un joven. Escribe poemas preciosos y me los envía. ¡Una vez Alexander publicó uno en el periódico directo para mí!

Alexander Hamilton. Debería haberlo imaginado. El estudiante de leyes que dirige el periódico universitario forma parte del Hamsquad, y luego de lo sucedido entre Christine y Lafayette el día de la guerra de comida no tiene duda alguna de que puede ser una broma, no de Carlotta y Piangi, pero de ellos.

—Christine... —Raoul decide insistir, ya bastante harto pero reprimiéndolo por ella. Su amiga es tan ingenua que quiere quedársela para él así nadie puede volver a molestarla— ¿Confías en Alexander? No olvides de qué grupo viene.

—¿Y tú confías en mí?

Esa pregunta acaba por silenciar a Raoul, pues le da en un punto muy débil. ¿Cómo no va a confiar en ella? Finalmente respira hondo, poniendo las manos en alto.

—Ya. Claro que confío. Sólo que no quiero que acabes mal. Es todo.

—Estaré bien. —contesta Christine, y lo esquiva para poder regresar a su habitación. La misma que comparte con Meg Giry, la hija de la profesora de danza clásica que le da tantas oportunidades.

Meg es una bailarina de talento nato. Su madre es una reconocida bailarina, aunque la edad y sus intenciones de cuidar a Meg la hicieron decantar en dar clases en una academia cercana a casa. Luego fue llamada para la universidad y consiguió que le hicieran un lugar a su hija pagando la matrícula con su trabajo. En cuanto a la rubia, es una jovencita de un gran corazón y cierto carácter. Su personalidad es típica de una bailarina de ballet y a la vez es una adolescente como cualquiera. Va de fiesta, estudia, y mantiene todo aquello a la perfección más allá del severo control semanal de su madre. Es la antítesis de Christine en ese sentido, a quien siempre incita a salir de la "cobacha" y socializar con los demás, hacer más amigos, ¿ligar un poco? Y aunque parezca una tarea imposible, Meg confía en que lo logrará.

La rubia está dándole unas puntadas a sus zapatillas en su cama cuando Christine hace su entrada en el dormitorio. Sin siquiera alzar la mirada, busca información.

—¿Alguna novedad? —pregunta. Está muy bien informada del admirador secreto de Christine y está constantemente averiguando. Le parece increíble, ¡alguien pretende a su amiga! Eso llevará a cambios rotundos en la vida de Christine, ya lo ve.

—Casi pierdo la carta de ayer por culpa de Carlotta y Piangi y Raoul no me cree una sola palabra. —responde la castaña antes de dejarse caer sobre la cama. Sus libros descansan sobre su escritorio y ella tiene la mirada puesta en el cielo raso— ¿Y si Raoul tiene razón y es una broma?

Meg nota esa conducta y deja lo que está haciendo para ir a sentarse en la cama ajena. Mira a Christine aunque ella no haga lo mismo y sonríe de lado.

—Oye, Raoul es medio tonto también. Pero es un chico, no tiene la misma intuición que nosotras. Si tú realmente confías en que ese admirador existe, ¿qué te detiene? Ve a buscarlo, ¿qué te importa? Muchas personas pierden grandes oportunidades por escuchar la opinión innecesaria de los demás. Haz lo que sientas tú.

Y Meg tiene razón, Christine lo sabe. No por nada tiene la mejor amiga del mundo, como la rubia siempre presume de sí misma para hacerla sonreír. Así como es probable que alguien pierda tiempo de su vida molestándola, debe hacer un joven que la quiere desde las sombras y no tiene el coraje de salir a buscarla como cualquier chico haría.

En ese caso, ella deberá ser la que tome el toro por las astas. Ya no es la Edad Media para que se deba quedar sentada esperando al caballero.