Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephanie Meyer y a la Saga de Crepúsculo.
¡Hola de nuevo! Al fin ha llegado el día que Edward conozca a sus queridos suegros. ¿Saldrá bien parado? Espero que lo disfrutéis.
Nos leemos al final del capítulo ;)
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ACCIÓN DE GRACIAS
BPOV
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Era Acción de Gracias y yo estaba histérica, gracias a mi madre. Estaba demasiado emocionada con nuestra visita y eso no auguraba nada bueno. Además, y debido a que ya no tenía mi propio piso en Forks, Edward y yo deberíamos quedarnos en casa de mis padres. Eso me tenía aterrada. Cuatro días entre esas paredes con mamá y tenía suerte si Edward no me dejaba. O yo dejaba a mi madre.
Quería mucho a mamá, pero era muy intensa. La manejaba mejor en la distancia. Cuando volví de la universidad me alquilé un pequeño piso de soltera en el que viví hasta que me mudé a Nueva York. Era mejor para todos. Especialmente para mí, seguramente si alguien le preguntara a mamá tendría una respuesta completamente diferente.
Al final volábamos en una aerolínea regular, después de una larga pelea con Edward, que quería utilizar su avión privado. Él argumentaba comodidad y rapidez. Yo que era un esnobismo completamente innecesario. Después de una ardua sesión sexual acabó claudicando. Edward no era el único que había descubierto la manera de salirse con la suya. Yo también tenía mis armas.
-Ya casi llegamos -le expliqué a Edward mientras íbamos en el taxi hasta casa. Él, como siempre, estaba tranquilísimo, sentado en el asiento mientras me acariciaba la mano, aparentemente despreocupado. Había notado que cuando estaba inseguro tendía a acariciar mi pulsera. Parecía que algo allí encontraba algo de calma. Supongo que algún día me lo explicaría.
-Es todo…. Muy… ¿verde? -dijo mirando por la ventana. Ante ese comentario el taxista y yo reímos.
- Demasiado. Es normal, no hay día que no llueva. – le hice un pequeño resumen de Forks y su espectacular climatología. Tan breve que se resumía en tres palabras. Lluvia y frío.
Edward soltó una carcajada – Ahora entiendo porque no agachas nunca tu cabeza cuando llueve en Nueva York o porque vives cazando todos los rayos de sol. – me dijo mientras me daba un beso.
-Ya llegamos. – anuncié nerviosa.
No habíamos acabado de sacar las dos pequeñas maletas cuando sentí a mamá chillar.
-Esa es mi madre – dije mirando a Edward con cara resignada sin ni tan siquiera darme la vuelta para comprobarlo.
Cuando me di la vuelta me vi envuelta en los brazos de mi madre. Si no fuera porque Edward me tenía cogida de la cintura hubiésemos acabado en el suelo. A pesar del ánimo tan expansivo de mamá necesitaba ese abrazo. Desde la boda de Ángela no había visto a mis padres y los echaba mucho de menos.
Papá fue más cauteloso. Esperó a que mamá me soltará y se acercó a mí para abrazarme con delicadeza. Contrastaba con mamá y muchos podían pensar que el Jefe Swan era un hombre serio y un tanto frío, pero yo sabía que era todo lo contrario. Yo era como él. Nos entendíamos a la perfección. Necesitamos tener todo bajo control, incluso las situaciones más emotivas de nuestra vida.
-¿Cómo te encuentras papá? Dime que estás haciendo caso a tu médico – le pregunté mirándolo fijamente, para detectar cualquier deje de mentira en su rostro.
- Sabes que tu madre no me dejaría en paz si no fuese así, pequeña. – me dijo con una sonrisa sincera, por mucho que sus palabras fuesen de completa resignación ante el torbellino de mi madre.
-Eh, Bella cariño estoy esperando… Si quieres me presento yo sola, no tengo problema, pero… -dijo mi madre parando la conversación con mi padre.
Papá y yo giramos los ojos a la vez. Simplemente no se podía luchar contra ella.
-Disculpa mamá – dije mientras me acercaba a Edward que me esperaba con una sonrisa en su cara. – Este es Edward. Ellos son mamá y papá. – mi madre puso su mejor cara de póker, pero sabía que estaba a punto de estallar. – Perdón. René y Charlie. – Ahora sí sonrió de buen grado. Estaba agotada y no llevaba ni 10 minutos en Forks.
-Encantado. Bella me ha hablado mucho de vosotros – Oh Edward sabía cómo meterse a mamá en el bolsillo. - Sentimos no haber podido venir antes pero el trabajo no nos lo permitió. – Acabó con una sonrisa deslumbrante, que sospecho, hizo que mamá se planteara hacerle un club de fans.
Mamá se le lanzó, prácticamente, encima para abrazarle. Papá le estrechó fuertemente la mano. Cosas de hombres.
Edward seguía en su papel de completo caballero y cargó las dos bolsas. No es como si fuesen muy grandes, podía llevar la mía perfectamente. Cuando vio mi cara, debió leerme la mente porque solo río y me acercó a él hasta que me tuvo cogida por la cadera y me dio un beso en la frente. Desde dentro pude sentir un "Ohhhhh qué bonita pareja hacen, ¿no crees Charlie?" proveniente de mamá.
-Bienvenido a casa Edward. Siéntete como en tu propia casa, sabemos todo lo que has hecho por Bella estos meses y te estamos muy agradecidos – le dijo papá a Edward.
-Gracias Jefe Swan. Para mi siempre es un placer cuidar de Bella. – dijo con total seriedad.
¿Era esto una conversación de hombres? ¿Se habían quedado ciegos y no me veían? Porque tenía la sensación que ignoraban el hecho que yo sabía cuidarme sola. Entendía el punto de los dos, pero me incomodaban.
-Solo llámame Charlie. Si Bella confía en ti, yo confío en su criterio. – Agregó papá.
Bonita forma de decirle que por mucho que le abriera las puertas de su casa, su confianza se la tenía que ganar. De momento confiaba en mi criterio. Me dieron ganas de abrazar a papá.
-Bien...basta de chácharas – nos interrumpió mamá. – He pensado que estaríais más cómodos en la habitación de invitados que en tu antigua habitación… Ya sabes así podéis dormir juntos, porque querréis ….
-Sí mamá te entendemos. La habitación de invitados es perfecta. -dije parando la verborrea de mamá. Sino era capaz de hacernos un test sobre nuestra vida sexual. Nunca se le debía dar opciones a mamá. Nunca sabías en qué bizarra conversación acabarías envuelto.
Conduje a Edward hasta la habitación de invitados. Cuando iba al instituto, mamá convenció a papá que era momento de cambiarnos de casa, por una un poco más grande. En esa época se había aficionado al baile y necesitaba una sala para bailar. La última vez que vine era una sala de pintura. "Sala polivalente" le llamábamos papá y yo. Cambiaba tanto cómo mamá de aficiones.
La casa tenía tres plantas. La planta baja con un gran comedor y cocina. En la primera planta estaban las tres habitaciones con las que contaba la casa. La de mamá y papá, mi antigua habitación y la de invitados al fondo. Todas con su baño incorporado, menos la mía. De adolescente me duchaba en el baño de abajo. Supongo que mamá tenía razón y era mejor dormir en la habitación de invitados. En el desván sólo estaba la famosa sala polivalente de René.
Cuando entramos a la habitación me dejé caer sobre la cama. Nada se podría comparar al colchón de Edward. Ese colchón era mi perdición. La noche que descubrí lo del seguro, después de hacerlo como posesos en esa cama no me podía dormir, hasta que Edward se hartó de mis vueltas y me llevó a su colchón. Caí dormida en medio segundo.
-Sabes tu madre y Alice serían imparables juntas -dijo mientras se tumbaba a mi lado.
- ¡Oh por dios! Nunca las voy a juntar. ¡Sería mi muerte! – creo que mi voz tenía un deje de pánico. Yo estaba muerta de miedo solo de pensar en ese escenario.
Edward se levantó ligeramente mirándome con esa mirada cargada de picardía. Mientras que se sentaba encima de mí. Justo en mi cadera. Dejando su pelvis justo encima de la mía. Perfectamente alineados,pero con estúpidas prendas entre nosotros.
Se inclinó lentamente sobre mi cuello y comenzó a besarlo lenta y tentadoramente. Era un experto y yo estaba a su completa disposición. Había sido una semana dura. Había viajado a Boston, volviendo ayer por la mañana y aun así tuvo que trabajar en la oficina hasta tarde. Prácticamente nos habíamos visto por primera vez desde el sábado pasado justo antes de salir para el aeropuerto. Cinco largos días sin él. Lo necesitaba. La tecnología no era lo mismo que sus labios, sus manos, su cuerpo encima del mío.
-Algún día pasará. – dijo misteriosamente. Yo no estaba para adivinar nada, solo quería que se callara y me besara – Pero no te preocupes cariño, yo te protegeré. – dijo con una sonrisa mientras que finalmente me besaba en la boca.
Estaba intentado quitarle el cinturón del tejano cuando me separó las manos. Ante mi cara me dijo:
-Cariño créeme que no hay nada que deseé más ahora mismo que enterrarme en tu cuerpo, pero no quiero que tu padre me mate. Unas horas más y te compensaré por la paciencia que has tenido estos días. – Se bajó de la cama y estiró un brazo para ayudarme a levantar.
Lo miré con mi peor cara. Estaba caliente y él pretendía que bajara, como si nada, a ayudar a mamá con el pavo. Había muchas clases de tortura y sin duda esta era una de ellas. Aunque a juzgar por problema que tenía Edward ahora mismo entre sus piernas no era la única sufriendo tortura. Le estaba bien merecido. Era culpa suya. Por intentar ser el yerno perfecto.
-No me has enseñado tu antigua habitación – dijo Edward mientras nos poníamos unos jerséis un poco más finos de los que traíamos. En casa hacía bastante calor gracias a la calefacción y la intolerancia de mamá al frio.
- ¿Intentando hacer tiempo Señor Cullen? -dije en clara alusión a su no "pequeño" problemilla.
-No seas mala conmigo, nena. – Me llevó contra la pared y cuando supo que tenía toda su atención – Sabes que soy un hombre de palabra. Te compensaré. Ahora ten piedad de mí y recuerda que tu padre es un hombre armado y yo tengo que ganar puntos. – Acabó su alegato besándome.
Y sin más, me apiadé de él.
Mi antigua habitación… Había cambiado un poco. Cuando me fui a la universidad, prácticamente solo pasaba aquí las vacaciones y a veces ni eso. En verano solía estar en la pequeña casita de La Push o de viaje con Ángela. Así que a parte de mi cama y antiguo escritorio poca cosa más quedaba. Había substituido el gran armario por una pequeña cómoda (que me permitía tener ropa guardada para cualquier estación del año) y por varias estanterías dónde guardaba todos los libros que me leía.
-Adorable -dijo Edward mientras contemplaba una foto de Ángela, Jacob y mía de pequeños. Estábamos en la playa de La Push y el viento hacía que nuestros cabellos volaran por todos lados. Era un primer plano de nuestras caras, con tres grandes sonrisas y pocos dientes. No debíamos tener más de 5 años y estábamos cambiando los dientes de leche.
-Sí, sí… -dije quitándole la foto de la mano. Tendría suerte si mamá no le enseñaba mis álbumes de fotos, así que no era necesario que yo misma me avergonzara.
-Sabes… me gusta más ésta -dijo alargando su brazo para coger una que estaba encima de una balda llena de libros mientras yo aún estaba poniendo la anterior en su sitio. ¡Maldita diferencia de altura!
Ésa era de un viaje en coche que había hecho con Ángela hasta Vancouver un verano durante nuestro último año de universidad. Salía riendo y completamente despreocupada. Ángela y yo llevábamos una cámara polaroid y habíamos estado haciendo fotos desde un parador de la carretera, donde se veía en el fondo la ciudad. Era un marco doble, y al otro lado había una foto idéntica de mi amiga.
-Deberíamos tener más fotos en casa – dijo Edward aun mirando mi foto. Aun se me hacía raro cuando decía casa como si fuera nuestro hogar. Aunque me era imposible imaginarme vivir de nuevo sin él.
-Lo que deberíamos hacer es bajar antes que sigas metiendo tus narices en mi habitación. Te recuerdo prácticamente me echaste de la tuya. – dije recordando como buscando el lavabo de casa de Esme y Carlise había acabado en su habitación, el primer día que nos vimos cara a cara. Cómo había cambiado todo desde ese día.
-Pequeña rencorosa – me dijo mientras me seguía y me daba una pequeña palmada en el culo. Con una sonrisa plantada en su cara.
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Estuvimos preparando todas las cosas necesarias para la gran cena. De fondo había puesto la televisión, aunque no le estábamos haciendo mucho caso. Mamá tenía a Edward acribillado a preguntas, y él se había hecho dueño absoluto de la situación. Supongo que criarse con Alice le daba una ventaja incalculable sobre el resto de mortales.
Poco a poco fueron llegaron los invitados. No éramos muchos, solo los más cercanos que aprovecharon para venir a verme también. Vamos Jacob, Nessie y su pequeña. Los padres de Jacob. Ángela y Ben, y el padre de mi amiga, el reverendo Webber (viudo desde hacía un par de años).
Ángela y yo nos separamos un rato de la gente. Mi amiga llevaba rato intentando tener un momento a solas conmigo, así que aprovechamos que todos estaban en pequeños grupos para salir un rato al patio trasero.
-¡Es taaaaan guapo! -Admiró mi amiga a Edward.
- Sabes no dejes que te escuché decir eso, si algún problema tiene su autoestima es su exceso – dije mientras me reía con ella.
- Con esa cara y ese cuerpo puede tener toda la autoestima que quiera, amiga… -dijo mientras acercaba su cerveza a mi copa de vino, haciendo como una especie de brindis. – Así que deduzco por esta cena y sobre todo por lo bien que os veis juntos que esto va en serio, ¿no? Señora no quiero nada con Edward Cullen – se burló de mí. No sabía cuántas veces le había repetido esa frase cuando hablaba con ella desde su despedida de soltera.
-Sí claro – contesté
- ¡Isabella Marie Swan! No me digas que sigues con tus estúpidas dudas sobre él – me reprendió mi amiga.
- ¡No tengo dudas sobre él! – me levantó una ceja escéptica –Es solo que tengo miedo, cada vez menos, pero aun así da pánico perder las riendas. ¿Me explico? – hizo una señal afirmativa con la cabeza, pero no dijo nada, señal que quería que me explicara mejor- Me fui a Nueva York a crear una vida de la que de aquí 10 años sentirme orgullosa. Un nuevo inicio en el que yo fuera la que decidiera hacía donde iba. Y en menos de un año que hace que estoy allí me enamoró de una persona que trastoca todo. ¿Y sabes qué?
- No – me dijo mi amiga con una sonrisa en la cara.
-Que no quiero vivir más en esa rutina tranquila que tanto me gustaba. Que cuando me enteré de que podría volver a mi apartamento solo con una firma y pocas semanas de margen ya no me imaginaba viviendo en otro sitio que no fuera en ese indiscreto apartamento que tiene Edward – Ángela se rio de mí, siempre decía que estaba paranoica cuando le contaba mi teoría sobre los ventanales de Edward.
-Eso suena muy bien, ¿no?
-Demasiado – confesé apoyando mi cabeza en el respaldo de la banqueta en la que estábamos sentadas.
-¿Demasiado? – me cuestionó mi amiga. Porque así era ella, no solía darte las respuestas, pero nunca salías sin ellas. Con tus propias respuestas.
- ¿Y si se acaba? ¿Y si yo acabo peor que cuando Sam? Por qué te puedo asegurar que lo que siento por Edward no lo he sentido por nadie.
- Bella… Por lo que me has explicado él ha apostado por esta relación. No crees que él tendrá las mismas dudas que tú. ¿No crees que os debéis el explorar lo que tenéis sin pensar en lo que pasará de aquí una semana, un mes o años? – me dijo haciéndome pensar.
- ¿Has estado hablando con Tanya? Porque ella me dice lo mismo – Ahora fue el turno de rodar los ojos de Ángela.
- Una vez una persona, a la que conoces muy bien, me dijo que disfrutara de los buenos momentos, por pequeños que fueran, porque los días de dudas y tristeza llegarían y la fuerza para superarlos estaría en esos momentos de risas compartidas con las personas a las que queremos.
Eso mismo le había dicho yo a Ángela hace unos años, cuando a su madre le habían diagnosticado cáncer. Aún estaba en los primeros estadios, pero no le daban muchas esperanzas. Ángela presa del pánico y tristeza, estaba cabreada con el mundo. La dejé esconderse en mi apartamento, llorar, chillar, patear y maldecir hasta caer rendida en mi cama por agotamiento. A la mañana siguiente no le di más opción que ducharse, desayunar e ir junto a su madre, porque nada la llenaría más de paz que esos pequeños momentos compartidos con ella mientras era posible, aunque fueran en esas circunstancias.
Se nos cayó una lágrima a las dos por el recuerdo, pero sin lugar a dudas tenía razón. No podía dejar que el miedo me evitara vivir una gran historia con Edward. Porque sin lugar a dudas si los dos poníamos de nuestra parte podríamos ser muy grandes juntos. Y Edward me había demostrado que valía la pena apostar todo, a riesgo de quedarme sin nada. Porque él ya lo había hecho.
Había apostado por nuestra relación hace mucho tiempo y lo hizo a lo grande, como solo él sabe hacer. Me había esperado y había luchado con mi testarudez, mis miedos y mis excusas absurdas. ¿Qué hubiese pasado si él hubiese sido tan cobarde como lo estaba siendo yo? Seguramente hoy no estaríamos juntos. Edward, definitivamente se merecía todo, y sin lugar a dudas merecía más de mí.
Después de un buen rato en silencio miré a mi lado y vi a Ángela con la cabeza apoyada en el respaldo de la banca y con sus ojos cerrados. Seguramente sumida en sus propios recuerdos. Le cogí la mano, y nos quedamos un rato más así. En silencio. Con nuestra compañía y nuestros pensamientos.
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Cuando entramos en casa estaba prácticamente todo preparado para la cena. Nos sentamos todos en la mesa y después de bendecir la mesa comenzamos a disfrutar de la maravillosa comida y compañía.
Horas después, y más con más alimentos en el estómago de los que podíamos digerir, todos se fueron. Edward y yo nos encargamos de recoger las pocas cosas que quedaban, ya que mamá y papá ya habían hecho suficiente por hoy.
- ¿Estás bien? – me preguntó Edward mientras ponía el último vaso en el lavavajillas. Había hecho toda una obra de ingeniería con la vajilla de mamá.
- Sí claro, ¿por qué lo dices? – le dije abrazándolo por la espalda ya que yo también había acabado de ordenar mi parte.
- No sé te noto diferente…- le levanté una ceja- Como si hubieses esclarecido uno de los misterios de la humanidad – dijo riéndose mientras me besaba en la frente. – Sea lo que sea Señorita Swan le sienta de maravilla esa mirada. Estás preciosa hoy.
Me sorprendió lo bien que me conocía. No era nuevo que Edward me sabía leer a la perfección, pero hasta ese detalle había notado. Después de la conversación con Ángela me sentía más liviana como si me hubiese quitado un peso de encima. El peso de las dudas.
-Quién sabe Señor Cullen quizás esté delante de un futuro Nobel y usted le está intentado meter mano – bromeé con él mientras notaba que sus manos se escurrían por debajo de mi suéter.
- En ese caso tengo un asunto pendiente con usted señorita, independientemente de premios Nobels o no… - dijo mientras me mordía el lóbulo de la oreja. – Pero por mucho que me tiente no pienso hacerlo contigo en la cocina de tus padres, cariño. Tu padre me dispararía y después preguntaría – con eso me cogió en brazos. Puse mis pies alrededor de su cadera y subimos.
No pude evitar besarle el cuello mientras subíamos. Jugaba con fuego, un despiste y acabaríamos hechos una bola de piernas y brazos escaleras abajo, pero me daba igual solo necesitaba a Edward.
Al llegar a la habitación me dejó en el suelo y cerré la puerta con el pestillo. Tenía el firme convencimiento que ninguno de mis padres entraría, pero no pensaba arriesgarme.
Me arrinconó contra la pared y nos besamos como si nunca antes lo hubiésemos hecho. Hambrientos el uno del otro. Era siempre así y no podía pensar en que me cansara pronto ¿sería siempre así? Me subió las manos por encima de mi cabeza y me quitó mi jersey.
Fue dejando un lento camino de besos por todo mi cuello hasta llegar a mi escote. Allí sus magistrales manos desabrocharon mi sujetador y se dedicó a venerar mis pechos de la misma manera que había hecho anteriormente. A besos. No paró su camino. Bajó por mi vientre repitiendo la misma operación. Sistemáticamente tentador. Al llegar a mis pantalones los desabrochó, botón a botón. ¿Me quería torturar? Me los quitó junto con mis botines y medias. Mi tanga era la único que me vestía y corrió la misma suerte que todo lo demás.
Se dedicó a acariciar y lamer todo mi cuerpo, mientras yo pensaba que la pared dejaría de ser suficiente para aguantarme. Cuando se puso de pie, le ayudé a desvestirse.
-Cariño no sé si voy a poder ir lento, son tantos días… -me dijo con aire de disculpa.
-Oh mi amor no me importa, yo también te he echado de menos – le dije mientras que le cogía del cuello para atraerlo a mí.
Se separó levemente, y yo sabía que iba a buscar los condones que guardaba siempre en su cartera, pero hoy lo necesitaba a él. Piel con piel.
-Mi amor… - le paré- yo tomó anticonceptivos y, obviamente, no hay nadie más que tu… así que si tú quieres… - Edward me había visto en situaciones más íntimas que ésta, pero no pude evitar ponerme roja como un tomate.
- Cariño vas a acabar conmigo – dijo con cara de alegría, pero sobretodo de placer absoluto – me cogió en brazos y fuimos a la cama.
Edward entró en mí con cuidado, pero al instante los dos perdimos el control. Siempre nos pasaba y con tantos días sin vernos hubiese sido extraño lo contrario. El ritmo que marcó fue frenético, notaba que ambos estábamos viviendo el momento como nunca antes. Sentí que mis paredes se contraían alrededor de Edward y con una dura estocada me vi sumida en un gran orgasmo. Notaba que Edward estaba cerca, con un par más de embistes se vació en mí.
Cayó encima mío. No me importaba el peso. De hecho, ahora mismo no podía sentir nada más que placer.
Edward como siempre tan cuidadoso, me metió dentro de la cama y nos tapó. Me envolvió en sus brazos mientras besaba el tope de mi cabeza. Antes de dormirme me levantó la barbilla para que lo mirara a los ojos. Ese verde esmeralda que había aprendido a amar me atrapó.
-¿Algún día me dirás que es de lo que habéis hablado tú y Ángela allí fuera para que volvieras tan diferente? – me miró profundamente.
- ¿Tan diferente? – le dije mientras le acariciaba la pequeña cicatriz que le había descubierto en la barbilla hace un tiempo. Heridas de guerra…. O de las ideas locas de un pequeño Emmet, que para el caso era lo mismo.
- Diferente… más tú. Sea lo que sea, me lo digas o no, estoy seguro que ha sido una gran conversación. Recuérdame que le dé las gracias antes de irnos – me dijo besándome y dando por finalizada la conversación.
Así era Edward, curioso por naturaleza. Apretaba mis límites, pero siempre, absolutamente siempre respetaba mis tiempos.
Esta vez no era miedo lo que me impedía contarle sino una idea loca que se me había ocurrido en ese momento de paz compartido con Ángela.
Cuando se durmió, aproveché para alcanzar el móvil que había dejado cargando en mi mesita antes de la cena. Y hice algo que sabía que cambiaría mi vida para siempre.
"Necesito tu ayuda. B"
Enviado.
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NOTA DE AUTORA:
¿Os ha gustado? Espero que sí. Al fin tenemos a Bella completamente liberada de todos sus miedos, o si más no enfrentándolos. Y quién mejor que esas amigas que siempre nos dan un pequeño empujoncito para hacernos cambiar de ideas.
¿Alguna idea de para qué o de quién necesita ayuda Bella? Espero leer vuestras teorías.
Una vez más muchísimas gracias por vuestro apoyo, no hubiese sido ni la mitad de gratificante escribir esta historia sin todo vuestro apoyo y seguimiento.
Nos leemos en el próximo capítulo (que será el último del fic. Sólo quedará el epílogo)
Saludos ;)
