ORI—

Por Zury Himura

Correccion May


Gracias a Edi por su ayuda. Y a todos por el apoyo con esta historia nueva. Espero que les agrade este nuevo capítulo.

Disclaimer: la mayoría de los personajes no me pertenecen. La historia y concepto sí.


PARAMOUR

MELTED GOLD IN A RUBY GLASS

Chapter 2

Observó volar las ultimas hojas secas de los arboles fuera de su casa, impulsadas con las frescas olas que repentinamente se habían desatado en esa tarde veranera. Mientras sus cabellos volaban libremente como si se trataran de manos elevándose en veneración hacia el cielo, sus ojos se dejaron guiar por los remolinos del viento. Estresada, empuñó la tela de chiffon negro de su falda para que se atorara entre sus piernas y dejara de fluir para descubrirlas. Mientras sus ojos azules, tan claros como el cielo en esa tarde se llenaron de furor.

Aunque sentía una rara combinación de cosas extrañas en su pecho, pudo reconocer algunos de los sentimientos. Había enojo, impotencia y desilusión. No obstante, había algo más grande que nublaba su raciocinio con imágenes triviales que ni siquiera debían tener gran impacto en ella. Aun seguía alucinada con el robo de su primer beso, y cuando tenía tiempo libre entre los argumentos que estaba defendiendo su subconsciente regresaba insistentemente hacia esa parte de su tarde. Como si fuera una especie de pintura antigua de un museo que se había quedado clavada en su mente desde la última visita.

Ese día había sido tan extraño que simplemente quería correr a la calle, al castillo y entrar de nuevo por explicaciones. Porque era obvio, si le habían ocasionado un daño emocional, al menos debían pagarle con una explicación. Pero, si tenía que sincerarse estaba tan interesada en todo ese asunto que no le importaba mucho quedarse a explicarles a los demás para que le creyeran. Bueno, a los demás a excepción de…

—¡Ya te dije! —Insistió defendiendo su argumento. Definitivamente no estaba loca y tampoco dejaría que la gente siguiera idiotizada por la propaganda que se hacía en ese reino—. ¡Eso fue lo que pasó!

Soijuro chasqueó la boca rascándose la barbilla mientras alzaba nuevamente la manga del vestido de su hermana menor. Ella insinuaba haber sido atacada junto a las demás niñas que habían participado en la ceremonia Ori, la cual se suponía ser un evento santo para elegir a la que sería acompañante de rey. Ya fuera que le sirviese como su compañera de vida, defensora o en el peor de los casos si no era digna sería una mera sirvienta a su favor.

Entre esto, cabía decir que todas las Oris de las que se relataba en la historia antigua del reino, habían sido indignas, impuras y rebeldes. En otras palabras, habían sido degradadas con un puesto que aun así, servía a su majestad. En el caso de Kaoru, le constaba que cumplía los requisitos, el único problema que encontraba era la última parte por la que habían condenado a algunas. Pues aunque no conocía a su totalidad lo que significaba ser Ori, la palabra 'rebelde' era la que retumbaba en sus oídos tan solo ver a su hermana.

—Kaoru, de verdad, no creo que tengas que estar jugando con estas cosas —la reprendió disimuladamente para que el guardia que esperaba por ella fuera de su casa no estuviera al tanto de que hablaban de asuntos imperiales—. Misao dice que no pasó lo que cuentas.

La nueva y supuesta Ori ladeó el rostro con incredulidad, juzgando a su amiga con un gesto. No podía creerlo, simplemente no concebía que la chica mintiera en algo que claramente también había vivido. Quería gritarle y abofetearle para que saliera de su trance y contara lo sucesos que habían pasado a puerta cerrada. ¡Todos debían saberlo, absolutamente todos!

—Está bien —respiró profundo para disipar su ira. No le servía de nada estar enojada, le bastaba con mirar a Misao y a sus padres para darse cuenta que estaba muy asustada. Y bueno, ¿quién no lo estaría? Habían sido heridas y maltratadas en la oscuridad. Les habían arrancado gritos y provocado traumas… y ahora, esa tal herida ya no estaba. Sí, así como si nunca hubiese pasado, como si hubiera sido producto de un mal sueño del que ya estaban despertando.

Solo esa extraña presión en su antebrazo persistía y la nueva marca diminuta, como si fuera un lunar, en la parte más blanda de su muñeca. Por donde cruzaba su vena. Un símbolo raro que constaba de varias líneas pequeñas atravesadas sobre un arco.

—Kaoru, amiga —pronunció la más delgada acercándosele un poco temerosa de su rechazo—. Creo que te desmayaste o algo pasó para que imaginaras todo aquello. La emoción de ser la siguiente Ori, creo que nos costó el momento juntas —Fingió una sonrisa boba provocando simpatía entre los demás que estaban reunidos en la casa Kamiya.

No le quedo de otra más que suspirar y ahuyentar a todos los que desearon abrazarla, como si tratara de un cachorro herido que necesitaba de amor. No le guardaría rencor por mentir, cada quien tenía sus razones para hacerlo, aunque eso no significaba que se daría por vencida y desecharía lo que ella sabía había vivido. Su versión de la historia definitivamente no cambiaría aunque el mismo rey viniera a amenazarla.

—Bueno —Su hermano le pasó un bolso con algunas de sus pertenencias y una caja con algunos emparedados que le había preparado—. Creo que te están esperando, Ori —sonrió dándole un par de palmaditas en la espalda para animarla.

Imitó su estilo de sonrisa añadiendo burla al gesto. Parecía como si se fuera de campamento y se estuviera despidiendo de ella. Casi como si aquello que le había dicho se tratara de una estupidez que no había forma en la que pasara y aun así estuviera dispuesto de entregarla con los perros.

¡Ah!

Sigilosa, observó a sus costados. Ese soldado de cabello alborotado y traje elegante, por cuestión de la ceremonia, parecía demasiado entretenido con los niños de la aldea. Y si no era capaz de corroborar lo que había pasado allá dentro significaba que estaba ahí solo por una cosa.

—Hermano… —propuso halándolo de la mano y alejándolo de la familia Makimachi, quienes inocentemente habían creído todo lo que la cobarde de su hija les había dicho—. ¿Por qué no huimos de aquí? Ya nunca quise ser Ori de todas formas.

Vaya que la pequeña mentía y lo supo en seguida. Tal vez no le había agradado la idea de ser Ori para ser la posible pareja de un rey al que no conocía, sino que en realidad detestaba la idea de tener que plantarse en un lugar aceptando ser la esposa de alguien. A su parecer, Kaoru siempre, desde que era consciente de las cosas, se había jurado vivir su vida y ser independiente antes de pertenecerle a algún hombre. En su ingenuo sueño, siempre dijo que moriría soltera para vivir su vida para los demás. Tal y como quería, sin tener que amarrarse a alguien sintiéndose dependiente o provocar dependencia en otra persona hacia ella.

Tranquilo, la tomó de los hombros y la guio hasta la salida.

Dentro de la historia de su familia no había ningún indicio de lo que era sea un Ori o lo que significaba. Ni siquiera era algo sanguíneo que se pasaba de generación en generación para tener un record. O al menos eso creía, ya que si ese hubiera sido el caso su madre hubiera sido un Ori también, mas no lo fue, ya que estuvo casada con su padre hasta el día de su muerte y nunca visitó el castillo.

Resopló y sintió una punzada en su estómago, castigándolo por si ignorancia. Tampoco se sentía bien entregando al único integrante de su familia a un rey misterioso que nunca había visto en sus diecisiete años de vida. No sin saber de qué trataba esa ceremonia y que significaba exactamente.

Y es que no había tenido tiempo de averiguar más detalles. Todo había pasado tan rápido para todos. Pues se suponía que la ceremonia sagrada era llevada a cabo cuando ciertas jóvenes cumplían su misma edad, diecisiete años, y no a la corta edad de Kaoru. Ni mucho menos con el aviso de un día para otro. Por eso, había creído que tenía más tiempo de averiguar. Al menos más de lo que recaudo con el tiempo, mucho más de lo que ahora sabía.

Culpable por su incompetencia, trató de animarla con una sonrisa. Estaba preocupado, pero no podía dejar que ella se diera cuenta de ello o también lo estaría. Quería creer que ser parte de la corte real del rey era lo mejor que le podía pasar y no una desgracia que estaba a punto de coger impulso. Necesitaba ser positivo si quería que así todo tornara.

—Kaoru, nuevas aventuras te esperan. Ser parte de la corte real es lo que cualquier joven desea —argumentó llegando hasta la puerta—. Además, tendrás la opción de hacer grandes cosas por nuestro rey… —pausó encontrando un motivo para animarla—. ¿Recuerdas? Cuando murieron nuestros padres, él usó su poder sin conocernos y los encontró en aquel terremoto que hubo.

O cuando tardó días en devolvernos los cuerpos —objetó con cara seria. No sería engañada, no sería comprada con favores que la hacían dudar de la buena voluntad.

Seta ladeó la cabeza y negó después—. No, él es el rey. Ve siempre por los ciudadanos de su pueblo y por eso les rinde honores como a nuestro padre y madre. O cuando ayudó a padre a conseguir un empleo y no tuvimos que irnos de la casa. O cuando casi perdimos las tierras por deudas de nuestra familia... Cuando padre pasó por esos malos momentos, aunque el rey no estuvo presente, su mano siempre estuvo ahí.

—¿Qué es lo que quieres decir…? —Su respiración se volvió lenta y el peso que sintió en su pecho se hizo más notable. Era coraje, impotencia por lo que las palabras de su guardián significaban.

El muchacho echó unos cuantos mechones de su cabello hacia un lado y la soltó cuando llegaron a donde el otro soldado estaba parado.

—Quiero decir Kaoru, que sirvas a un rey como él y siéntete orgullosa de todo lo que hagas con tal de proteger vidas —Besó el dorso de su mano como despedida—. Y asegúrate de hacerlo.

II

Los segundos portales plateados se abrieron de par en par dándoles la bienvenida en ese lugar. La fragancia a vainilla en esa enorme habitación, en lugar de hacerla sentir cómoda, no hizo más que abrirle el apetito. Sin embargo, hubo algo más que le atemorizó y fueron esas grandes columnas blancas que se extendían en ese salón.

Instantáneamente, reconoció el pilar donde ella se había apoyando y el otro de donde había visto a Misao emerger para ayudarla. Sin quererlo, ni provocarlo, los recuerdos de esa misma tarde se le vinieron a la mente. Niñas, vestidos negros, ceremonias o rituales, sandalias, pies, piel, sangre, heridas, gritos, rojo, dorado. Un…

Tocó su labio titubeante, como si fueran a quebrarse con su suave tacto.

Un beso.

Escondió su mirada avergonzada y molesta cuando el presentador salió para darle la bienvenida. Quien fuera ese sujeto pervertido estaba en el castillo y si la veía tocándose los labios sabría en seguida que era lo que recordaba. No le daría gusto, jamás, no sin antes cortarle la lengua como el había hecho con ellas. Aunque ahora no tuviera las pruebas.

—Pasen, nuestro señor los espera en la sala principal —Una joven de piel blanca también le dio la bienvenida. Su hermosa figura destacaba en ese atuendo de cuero que había elegido y su largo cabello suelto hasta la cintura era un accesorio que complementaba su sensualidad.

Cielos… pensó. Entendía por qué el soldado que la acompañaba había puesto cara de idiota. Esa sí que era una mujer, no como las cosas planas que adornaban todavía su pecho. De grande quería ser como ella, no, mentira. Quería parecerse a ella pero sin tener que servirle a alguien siniestro.

Entrando al palacio, pudo apreciar varios detalles que con la luz apagada le fue imposible. Las paredes y los muebles blancos… hasta el piso era blanco. Todo lucia como si se tratara de una casa construida dentro de una nube. Anonadada por la belleza y limpieza en ese lugar, dejo que sus pies comenzaran a moverse, separándose del grupo.

Había rosas del mismo color, cuyos tallos habían sido ocultos solo para dejar su vibrante pureza al descubierto. Los jarrones antiguos, la cortinas y cualquier tipo de decoración combinaba con todo a su alrededor. Entonces, su curiosidad se tornó en sospecha. ¿Por qué el rey tenía tanta obsesión con ese color? Era decir, cualquiera que entrara se preguntaría eso, pero no ella. No era así de simple.

Solo faltaba que el rey apareciera vestido de ese color o hasta el cabello. Rio en su mente sin darse cuenta que sus labios también se habían curvado.

—Vaya, niña. Parece que estás en una tienda de dulces…

Una voz masculina hizo eco por toda la habitación, y cuando los dos soldados, la mujer y el hombre que la acompañaban, se postraron ante esa persona, fue más que obvia su identidad. Intrigada, regresó a la alfombra y mostró respeto agachando su cabeza.

—Su majestad —susurró con miedo a voltear y sacarse la sandalia para atacar al que sospechaba había robado algo preciado para ella. Aunque, la mano de la mujer de labial rojo la haló hasta hacerla postrarse de rodillas.

Hasta esa altura se dio cuenta que dicha chica posiblemente era más grande que ella por un par de años. Veinte si tenía que adivinar, pero no era esa mujer madura que pensó al verla de lejos y de espalda. Y ahora que la estudiaba, tampoco el soldado con cara de idiota parecía ser tan viejo. Al igual que la otra, parecía tener veinte años, lo cual le llamaba mucho la atención. Pues para ser tan jóvenes y servir a un rey que ocultaba su rostro y no poderlo ver de frente seguro significaba que sus pañales fueron cambiados dentro de ese castillo.

—Ori, ponte de pie…

¿Ori? Su nombre era Kaoru y quería que todo el mundo lo supiera, pues desde que la habían elegido así había sido nombrada.

—Mi nombre es…

—Lo sé —clamó el hombre con voz suave. Tanto que casi pudo jurar que parecía gentil.

Este hecho la hizo levantar el rostro para encontrarse con esa persona que le había provocado su primer resentimiento en toda la vida. Antes, había pensado que se trataría de un ser obstinado y despreciable al que podría intentar matar por las noches si le era permitido 'servirle'. Sin embargo, la voz que escuchaba en esos momentos hablaba más que nada de humildad y buena voluntad.

Sus ojos azules por fin se encontraron con los castaños de él. Su rostro era ligeramente bronceado y sin imperfecciones, como si de vez en cuando saliera a tomar el sol en tardes de paseo. Sus pestañas eran largas y del mismo color que su cabello…

¡Esperen!

¡¿En serio?!

¡¿Eran del mismo color de su cabello?! ¡¿Y ese color era el mismo color que el interior de su castillo?!

¡No, no, no! A ella le estaban jugando una broma. Había jurado encontrarse con otro tipo de hombre, cuyo cabello contrastaría totalmente con la sutil vista de la melena de este. No este anciano que parecía haber tomado la pócima de la juventud para verse así de bien.

—Soy el rey de la isla Doragon, y puedes llamarme Enishi desde ahora en adelante. Mis súbditos me han dicho que tú has sido la elegida.

—¡¿Súbditos?! —Exclamó y gritó dentro de su cabeza, imaginándose halando de su cabello mientras caía al piso melodramáticamente. ¡Lo que le faltaba! Un súbdito había sido ese desgraciado bastardo que se había aprovechado de ella y que seguro era el que le limpiaba el trasero a los caballos.

O….

Sus ojos se abrieron lentamente observando como el rey tomaba su mano y acariciaba la marca que había encontrado en su muñeca después de la ceremonia.

Ahora dudaba de lo que estaba pasando. Ella no estaba loca, Misao seguía siendo una mentirosa y cobarde y ella… seguía teniendo esa marca. Pero, que tal si toda esa ceremonia Ori fue interrumpida por esa persona que no era parte del reino. ¡¿Qué tal y ni el rey lo sabía?!

Si era así, ¡tenía que hacérselo saber y ya!

—Señor, quiero decirle que yo no soy su 'Ori-no sé qué' y que tampoco sé lo que significa —susurró lo último entre dientes, aunque en seguida recuperó la postura—. Bueno, bueno, quiero decir que su ceremonia fue un fraude y que no es lo que todos piensan que es.

Ante esto el de cabello blanquizco alzó una ceja y dejo ir de su mano. Sonriente se cruzó de brazos mientras le ordenaba al otro par regresar a sus puestos hasta nuevo aviso pues quería conocer más al fondo a su querida Ori.

—Dime Ori, te escucho...

—Bueno, primero, mi nombre es Kaoru y aunque mi apariencia sea la de una niña sin un peso en el bolsillo quiero decirle que es verdad. Lo soy y no tengo ni un peso en el bolcillo. Pero sigo siendo inteligente y no podrán engañarme.

Las risas de Enishi retumbaron por todo el lugar. Hacia tanto tiempo que no se divertía con una mujer tan valerosa como esa y estaba seguro que de esa niña crecería un buen y muy interesante Ori. También algo dentro de su interior le avisó que esa experiencia era una de las mejores que había tenido en el mundo. Poder reír sin tener que estar restringido a nada, gozoso de su libre expresión u opiniones. Aunque fuera con una niña desconocida, eso, valía más que todos los doblones de oro.

—Está bien, pero en el castillo tendrás que acostumbrarte a ser llamada como Ori —le explicó estirando su mano señalando a los demás sirvientes que se alejaban.

—Bien, llámeme como guste —Pues sí, no podía ganarle a un rey—. Pero déjeme decirle que alguien más estuvo en esa ceremonia. Probablemente un bandido o un prófugo —se exaltó con lo último mirándolo y fingiendo estar temerosa— o… un pervertido.

Enishi cubrió su boca y contuvo varias de sus risas, y después de calmarse recuperó su postura y la guio hasta el trono.

—Un pervertido cruzando nuestra línea de seguridad… lo dudo, Ori.

—Pues, créalo. Solo imagínese, treinta Oris-no-sé-qué —Solo esperaba que estuviera empleando el termino correctamente—. Jóvenes y bien vestidas. Sería como el plato fuerte de cualquiera.

Atraído por su insistencia, el de vestimenta formal la atrajo para que hablaran en secreto—. Dime, ¿ese pervertido te hizo algo?

Tragó secamente y se alejó de su tacto. No estaba acostumbrada a platicar sus intimidades con nadie, mucho menos con hombres. No era que no le interesaran, o que no se atreviera a contárselas, pero… ningún hombre se le había acercado con anterioridad. Pero, era el rey y posiblemente podría ayudarla a encontrar a ese sujeto.

—Amm… bueno él nos cortó. Aquí y aquí —Su dedo surcó parte de su brazo simulando el ataque, quería ser lo más detallada que pudiera para que fuera más creíble.

—Huh, y sin embargo, tu piel está intacta —El joven sonrió y acarició el tope de la cabeza de Kaoru, brindándole conforte con ese gesto.

No le creía. En sí, se lo imaginó. Ahora no solo sería una Ori-no-sé-qué, ¡sino una Ori loca!

—Bien, entiendo que suena imposible pero…

—Dime —Ante esta palabra su gesto cambió y su voz sonó aún más temible—. ¿Esa persona te hizo algo más?

Vaya, era muy astuto, tenía que darle crédito por ello.

—Me besó. Robó mi primer beso —masculló con rabia que no sabía que contenía.

Enishi se puso de pie de los escalones donde se había sentado y entonces tomó asiento en el trono. Ya había escuchado suficiente.

—¿Sabes lo que significa ser Ori, niña?

Pues claro que no sabía, sino no estuviera en ese lugar ni en esas condiciones llamando a un Ori un Ori-no-sé-qué.

—La palabra Ori proviene de Orión. Lo que te hace parte mi enemiga —confesó con una sonrisa suave en su rostro—. Pero no te preocupes que con el tiempo los roles han cambiado.

—¿Espere, Orión de la constelación? ¿O de otra cosa?

—La constelación fue fundamental para que tú pudieras presentarte ante mí. Para que puedas saber bien su significado y lo que eres necesitarías ir muchos años atrás. Porque eres la elegida en todo aspecto.

—Entonces, dígame…

Pero —la interrumpió poniéndose de pie para salir de la sala—. El pasado es cosa que no me importa y no me interesa contar. Lo que necesito de ti desde ahora en adelante, el futuro, eso sí es fundamental.

Estaba confundida. Esa persona estaba ahí intentando decirle que era un Ori pero quitándole toda la información que se lo diría. Probablemente era un juego mental y que tenía que ganar para saber o al menos comprender antes de sentirse digna para oír la verdad… ¿no?

—Solo ten en mente que me servirás. Cuerpo y alma, sin protestar. Serás mi escudo y mi apoyo. Serás todo lo que quiero que seas.

Entendía, pero…—¿Y qué gano con eso?

Inteligente. Demasiado para su edad. Pues muchas niñas estarían muriéndose de miedo o simplemente se rendirían sumisas a los pies de cualquier rey. Pero no ella. Hacia preguntas y refutaba; si no le parecía negociaba, justo como en ese momento. Era una mujer digna de ser quien era.

—Bueno, haré por tu pueblo la mayoría de tus peticiones. Si quieres dinero, reconstrucciones, protección —enumeró varias cosas que de ante mano sabía que le interesarían pues a todas las candidatas no solo las había elegido, sino estudiado—...lo que quieras. Incluso los salvaré, no dejaré que nadie muera si esta en mis manos.

—Con la salud no se compite —evidenció, tomándose de la cintura con altura.

—¡Buena, niña! —Aceptó divertido—. Pero me refiero a otras cosas. Guerras, destrucción y conquistas. Sera igualdad siempre, no importa qué.

Se le estaba diciendo que se crearía una ciudad de ensueño a cambio de su libertad. Un lugar que ella no disfrutaría y que posiblemente nunca vería. Las aventuras acabarían y posiblemente su inocencia llegarían hasta ahí. Nunca podría alejarse de ese castillo o del rey… todo a costa de ella misma.

En ese momento pensó en Misao en lo que hablaba del sacrificio y estar en contra de eso. Pero también dentro del embrolle que había en su cabeza; sus viejas ideologías resurgieron, junto a las imágenes de varia gente que conoció a lo largo de su vida. Ya fueran con necesidades económicas o sufrimiento físico a causa de no poder ser protegidos por nadie. Ni por un rey, una sociedad o un soldado…

Nadie…

—Acepto. Siempre y cuando usted lo tatué en su piel.

Y no esperó menos. Aunque ese presentimiento no le quito la cara de admiración que tenía.

—¿Tatuar?

—Sé que me necesita por alguna razón que no entiendo aún, —Ya le daba igual si había o no pervertido. Estaban hablando seriamente y en cuanto a la vida de los demás en el juego para ella no había asunto más importante—. Pero si me quiere, entonces mire esta marca. La gané en la ceremonia de esta tarde. Sí… —titubeó—si me quiere tendrá que ponérsela como símbolo de nuestro acuerdo.

Enishi sonrió de medio lado con frialdad—. No puedes venir pretendiendo que un rey acceda a tus caprichos. Puedo matarte si eso quiero y no obedeces a lo que te digo.

—Entonces, hágalo —Alzó una ceja desafiante enrollando la manga de su vestido—. Una Ori, nacida en el año setenta y siete bajo la constelación que solo ustedes sabían, con catorce años y señas particulares. Solo una entre tantas. Eso quiere decir solo una cosa.

—¿Qué…? —dijo escueto. No solo sería interesante verla a diario, sino que también les traerían un montón de problemas.

—Soy necesaria y si muero me vuelvo irremplazable.

El hombre se dio la vuelta y salió del salón sin decir otra palabra, dejándola boquiabierta sorprendida de todo lo que había dicho. Asustada, se tocó el pecho, susurrándole algunas palabras a su corazón para que se tranquilizara.

—Creo que moriré muy pronto —se dijo a sí misma.

III

Sus sandalias doradas destellaron con el rayo del sol que entró por una de las ventanas del castillo y sus dedos pequeños juguetearon al ser reconfortados con su calidez. Mientras, sus manos acariciaban sus piernas masajeándolas para entrar en calor y para protegerse de las frías paredes que compartía con su soledad.

Esperó por más de una hora a que el rey volviera y finalmente se había desesperado. Se había ido sin decirle ni una palabra, ni: ah, vete, me caíste mal y ya no necesito a una mocosa grosera, o… mátenla ya me aburrió. Nada. Simplemente se hacía del rogar dejándola ahí lidiando con la duda que comenzaba a atormentarla con un sin fin de suposiciones.

Armándose de valor, se levantó por fin de las escaleras donde había aguardado. Y con una sonrisa pícara volteó hacia todas partes fijándose de que no era escrutada para realizar su siguiente movimiento. Iría a caminar por el castillo, en busca del rey claro, pero si encontraba algo de historia de Orión, bueno… nadie podía culparla ¿o sí? ¡¿De todas formas ellos tenían la culpa?! ¿Quién en su sano juicio invitaba a una niña pobre, curiosa aldeana y sin trabajo, de catorce años y la dejaba sola? Ósea... ¡¿A quién por Dios?! ¡Ella ya los hubiera corrido!

Se tomó de los antebrazos fingiendo estar pérdida mientras salía de la habitación. De esa forma excusaría sus verdaderos propósitos y todos creerían que de verdad había salido buscando el baño y había terminado vagando por ahí y por allá. Rio. Eso, si la descubrían.

Siempre había pensado que el mejor conocimiento de un ser humano era aquel que se adquiría tomando la iniciativa por descubrir lo irrevelable. En otras palabras, desafiar la lógica para comprobar lo que era verdad o posible. Esto tampoco significaba que ella era la estrella más brillante del cielo, pero tampoco le gustaba quedarse de brazos cruzados esperando a que el mundo siguiera girando. Y si el precio de saber era su vida, entonces que así fuera su destino. Prefería morir por una causa en la que ella creía que esperar de vieja juntando ignorancia o cobardía en un costal.

Sonrió y levantó la barbilla forzado sus manos tambaleantes a controlarse, ya que eran presa del nerviosismo. Pues a pesar de ser una imprudente impulsiva, seguía siendo humana y a veces, como en ese momento, su cuerpo y miedos contrastaban con sus deseos.

Atraída por el paisaje, salió de uno de los pasillos hasta llegar a uno de los porches. Este era negro con piezas de madera talladas en cada barrote. Los escalones parecían nuevos y el camino que daba a las plantas y el césped lucía haber sido inmortalizado con algunas figuras de piedra que no pudo reconocer. Eran símbolos antiguos que ni en los libros de idiomas pudo recordar.

Tenebrosa se cogió de barandal estirando su cabeza para mirar más de cerca esos tallados. Quería memorizarlos para que algún día, si era necesario, pudiera averiguar su significado.

Luego de algunos minutos, enderezó su postura y sonrió a la despedida del sol. Sus ojos se postraron ante el cielo naranja que pintaba todo lo que se podía ver tras las grandes murallas de ese reino tal como miraba el nacimiento de las flores de cada árbol. Exhaló e inhaló profundamente varias veces, sintiéndose en calma en ese preciso lugar, olvidando que trataba de escapar de un futuro como la Ori-algo.

Ese sentimiento era único, llenaba sus pulmones como si se tratara de una medicina hecha para aliviar sus adentros. Sus miedos habían desvanecido y sus ideas locas y rebeldes se habían apaciguado. Todo era quietud y su mente y alma podían reconocerlo.

Ahí, pudo pensar en sus padres desde hacía mucho tiempo. En lo que constaban sus enseñanzas e ideologías que había adoptado como suyas desde su nacimiento y que ahora rebotaba en su alma como si alrededor de ella merodeara su vida. Sí, lo que pensó haber sido solo una creencia ahora era el centro de su universo. Uno con estrellas y planetas que no conocía, que no tenía idea y que quería conocer, aunque muriera de miedo.

Sus labios se alargaron al ver a un solado caminando hacia donde estaba. Seguramente venia por ella, para correrla del castillo y sacarla de ahí a rastras. Y si lo hacía… y si lo hacía… sería feliz. Se dejaría jalonearla y arrastrarla hasta la salida con la misma sonrisa que portaba en su rostro. Despidiéndose del conocimiento y la curiosidad de un pasado misterioso e incierto que había sido revelando ante sus ojos. Diría adiós a ese cofre de tesoro antiguo que había querido descubrir dentro del castillo y entonces, entonces...volvería a su vieja vida y terminaría casada con un ordeñador de vacas. Sí…

No…

Espera…

Ladeó su rostro recapacitándolo. Esa vida sería aburrida, no haría nada con ella. Por el otro lado…

—Tú… —El soldado se plantó algunos pasos lejos del porche, sacando su arco y una flecha.

Sí, ella era. ¿Y ese que quería? Se preguntó en silencio aferrándose al madero del porche, analizando mejor su postura y la situación que se desencadenaba. ¿Debía correr y gritar como loca para que alguien le ayudara o debía agacharse y tratar de esquivar lo que creía era para ella?

—Maldita mocosa, le quistaste el puesto de Ori a mi hija —gruñó el hombre tensando la cuerda con sus dedos—. La preparé tantos años para ser de parte de la vida del rey, la hice toda una dama… ¡como para que venga una muerta de hambre ignorante como tú para quitarle lo que es suyo!

Sorprendida, alzó ambas de sus cejas. Era la segunda vez que la insultaban en ese día. ¡Otro hombre! Ahora entendía por qué la vecina los odiaba y siempre decía que dos hombres no completaban ni siquiera la mitad de la dignidad de una mujer. Bueno, en realidad, no sabía si todos eran así… pero sí los dos que ella había conocido ese día.

A pesar de sus locas e imposibles ideas, planeaciones de asalto y contraataque, permaneció callada. Escuchando las reclamos del hombre que la amenazaba. Pues cualquier chica en su lugar saldría huyendo con la opción de que la flecha la atravesara en el proceso, eso sin escuchar lo que el hombre decía. Su caso era diferente. En si ella lo era.

Pues él no le dispararía hasta no hacerle saber las razones de su enojo. Despotricaría contra ella reprochándole todo lo que guardaba con él. Incluyendo la información que ella buscaba, antes de matarla.

—Ser Ori es un deber sagrado. Se juega con la vida, no solo de los demás sino que se envuelve su labor con la del rey. Solo hay una Ori irremplazable por cada generación en el trono. No dos, no tres, sino una. Una que está destinada por Orión hacia el rey. Por eso…

Ah, esa era información que no conocía. Y como seguramente después de eso le daría su última amenaza, ya sin decir nada que le interesaba… entonces, mejor ahora si corría.

—¡Por eso te mataré!

Dio un paso hacia atrás cuando falló en dar la media vuelta. Su cuerpo lentamente se vio impulsado hacia un lado por la fuerza del aire. Una presión que no ocasionó pero extrañamente familiar. En el transcurso vio una túnica larga color negro moviéndose como un borrón en aire e impactándose con la flecha de la que inexplicablemente se había librado.

No. Ese suceso no era tan inexplicable. Claramente había sentido un empujón haciéndola a un lado, sacándola de la trayectoria hasta caer al suelo. Era alguien... O un algo.

Volteó a ver hacia el suelo, observando su muñeca lastimada con la que se había sostenido para contrarrestar el golpe en el piso. Y ahí aguardó con temor a mirar lo que estaba a un lado suyo.

—Tu hija…

Escuchó una voz varonil, ronca y profunda, pero con una fonación juvenil y un poco peculiar que le hizo sentir algo extraño dentro. ¿Peculiar en qué sentido?

Se sonrojó y con más razón no quiso mirar. Sin embargo, observó con horror como gotas sangre caían al piso… junto con una mano. Y, segundos después escuchó al soldado gritar de dolor, dejándole saber que esa parte del cuerpo le pertenecía.

¿Pero cómo? Esa velocidad…

—La preparaste para tu rey sin siquiera saber lo que es una Ori —se burló apuntándola con su dedo goteando de sangre, ocasionándole hacerse más preguntas sobre su estado de salud al ver ese detalle de reojo—. No obstante, ésta se ha convertido en la posesión más valiosa para él, y nadie podrá tocarla. No sin antes pasar sobre mí.

Su corazón de repente se había enloquecido y sus ganas de mirarle se hicieron insoportables.

—Quieres que tu hija sirva al rey, ¿no es así? —Se mofó mientras se arrancaba la flecha de su antebrazo sin ningún gesto, el cual había usado para interceptar el ataque y escudar a la chica—. Entonces, te digo que desde hoy limpiará los establos y todos los cerdos del corral. Soldado, acabas de grabar el nombre de tu hija y todo tu legado en el libro del rey. Estará degustado con su labor —rio observándolo huir y largarse despavorido—. Felicidades.

Sus ojos se desviaron hacia la capa larga y negra, como un manto nocturno que cobijaba a su protector. Mientras su vista subía se detuvo en las tiras de cabello color carmín que se derramaban en su espalda libremente. Anonadada, se puso de pie con alta velocidad observándolo solo de espaldas mientras se retiraba.

—¡Espera! —Gritó ella queriendo detenerlo sujetándolo de su mano herida, pero esta rápidamente fue retirada con desprecio—. Solo… solo quiero saber si estás bien.

—Hmm… —fue el único sonido con pizcas de burla que hizo antes de irse sin decirle más.

Aunque había querido ir tras él, empujarlo de las escaleras y provocar un incidente por el beso que creía él le había robado, fue incapaz de hacerlo. No después de haber sido salvada por él. Ya no luego de eso, cuando le había mostrado los mismos valores en los que creía. Proteger a alguien aunque pusieras tu vida en riesgo.

Pero…

Se cruzó de brazos al llegar a la esquina donde él había desaparecido. Aunque no lo hubiera atacado ni reclamado, al menos hubiera averiguado su identidad. Ah, sí, ahora que recordaba seguro era el 'súbdito' que le habían mencionado. O el ordeñador de vacas que había subido de puesto al entregarle el suyo a la hija de ese soldado. Pretensiosa y animándose a ella misma, sonrió.

¿Quién diablos era él?

Continuará…


Notas de autor: