—ORI—
Por Zury himura
Gracias a todos por los comentarios, seguidores y favoritos. A las chicas que me comentan por face y bueno, a los que leen también. A Edi por su ayuda. Muchas gracias.
Disclaimer: los personajes no son míos (solo los que tiene que ver con el manga). La historia sí.
PARAMOUR
MELTED GOLD IN A RUBY GLASS
Capitulo 4
Las cosas no siempre eran lo que parecían, y eso lo había descubierto a través de los años. Un ejemplo singular y sin igual era la ceremonia Orión, o como bien muchos la conocían: la ceremonia Ori. Un nombre inofensivo, tan femenino e idealizado que se olvidaba su verdadero propósito. Emocionaba a los más ingenuos y los estimulaba, con sus promesas de posible estatus y cercanía al rey, a entrenar y entregar a lo más valioso que se tenía.
Claro, entre esos ingenuos que volaban entre nubes con el concepto había… no, estaban todo, incluyéndose a sí misma. ¡Todos, todos! Al menos los que no residían en el castillo o no conocían del rey, de su historia o lo que se ocultaba tras las murallas blancas del castillo. Era algo que bien podría decirse que había cautivado a muchos pero que seguía guardando en su caja de secretos en algún lugar… que ella aún no encontraba.
Pero bueno, seguíamos con el relato. Durante esa última ceremonia Ori algo extraño había ocurrido, no solo se había encontrado con la horripilante noticia de que ella sería la nueva sirvienta del rey —sí, que emocionante yay… —pero había atravesado un proceso que nadie creía, para ser la elegida, y que hasta ese día no había poder humano que le convenciera de que no lo había vivido.
Como era de esperarse, después de lo sucedido, conoció al rey Enishi Yukishiro. Ambos se exigieron cosas que por parte del hombre fueron totalmente ignoradas. Sin embargo, había un detalle, no, una demanda que el aceptó sin precedente alguno. Una marca que le costaba la vida y la reclamaba para esa isla D'Red, o, como en la antigüedad se le llamaba, de Doragon.
A pesar de tomar días, el emperador de ese lugar, aceptó esa condición grabando su cuerpo con la misma insignia que ella portaba, sellando su pacto que los ataba hasta la muerte. Ella entregándole la vida y él… la vida de los demás. No obstante, no había podido ver esa marca, nunca, incluso cuando insistió verla. Ese pequeño distintivo era guardado y ocultado por el rey en algún lugar de su cuerpo. Ya fuera porque no quería darle gusto o mostrarse domable por una simple chiquilla.
Aunque, esa información era lo que le había hecho quedarse como parte de su acuerdo y otorgándole el beneficio de la duda, pues no podía simplemente pedirle que se desnudara solo para dejarla satisfecha. En cambio, querer hacerlo no era sinónimo a no desearlo. No al menos con lo que había experimentado en esos tres años después de la ceremonia Ori.
Accedió vivir ahí, cuando clamores se escucharon y cuando fue amenazada con otro tipo de cosas si no obedecía. Pero, dos misterios la habían atrapado con tal fuerza que, aparte de las vidas de su pueblo en sus manos, nada más importo. Primero, quería saber la historia de Ori y segundo, quién era ese bastardo ocioso e entrometido que se aparecía de vez en cuando frente a ella.
¿Tenía que recapitular? Bien, pues lo haría. No solo ese individuo había sido el que hacía tres años robó su primer beso y la salvó increíblemente de una muerte, que por tonta y curiosa provocó. Sino que luego de eso desapareció por varias semanas, incluso meses, sin siquiera volverle a hablar.
Naturalmente, preguntó por él a varios del palacio, encontrando desde historias de terror como: «él es un espíritu de la constelación dragón, que vaga por las noches pues no ha tenido descanso eterno…» O, historias extrañas como: « ¿ah, él? Pues si no lo he visto es porque seguro es el que limpia los baños en el castillo» Y cosas así.
Y, aunque la primera historia era la que más la convencía y la que explicaba muchas cosas durante sus encuentros, estaba renuente a valerse de explicaciones baratas sobre fantasmas y supersticiones para explicar algo que aún no podía. Sin embargo, había encontrado un rasgo peculiar entre todas esas declaraciones y lo que le hizo prestar atención e indagar a profundidad. Ya que notó, durante sus interrogatorio, ya sea durante la cena y sus entrenamientos, que entre más se acercaba a gente con más alto cargo las respuestas se iban tornando más serias y no variaban.
Más creíbles y fáciles de entender. Unas que podía aceptar sin la fantasía un cuento de hadas o hecho a la antigua con figuras místicas. Estas eran historias que abrían más su curiosidad en lugar de saciarla.
Un ejemplo estaba en el lugar de entrenamiento, donde lo había visto por tercera vez a sus diez meses de vivir en el castillo. Como ya era una costumbre, practicaba como soldada iniciada al haberse enlistado voluntariamente en el ejercito del rey. Claro, prefería eso: una espada, un caballo y un campo de batalla a… un trapo, un mandil y un closet de aseo.
Resumiendo, era la tercera vez que lo veía de lejos. Mientras entrenaba algunos movimientos de katana junto a Sanosuke Sagara y Megumi Takani, lo encontró observándola un par de segundos detrás de los pilares antes de retirarse. Cuando ella quiso alcanzarlo y hablarle, había desaparecido sin dejar rastro ni forma de seguirlo. Ganándose bañar a los perros como forma de castigo al dejar sus ejercicios inconclusos y seguir a alguien que nadie más había visto.
En esta ocasión fue en la que le pudo preguntarle a Megumi sobre él, obteniendo como respuesta su segunda pista que no solo la hacía dudar sino que le hablaba más de ella en lugar de la persona en cuestión. Según la chica, ese hombre era la mano derecha del rey, y que justamente como pasaba con su señor, éste no se dejaba ver a menudo ni por cualquiera.
Supuestamente Megumi, Enishi solo había sido visto por cinco personas en la actualidad, lo cual explicaba sus ausencias y necesidad de vocero en sus audiencias con el pueblo. Entre esas cinco personas se encontraba: Sanosuke Sagara, Megumi Takani, ella, y otro par de personas que aún no conocía, en este par se incluía a ese chico misterioso.
Aunque era consciente de que el rey necesitaba estar seguro en todo aspecto no entendía la necesidad extremista para esa clase de intimidad. Era decir, tenía un montón de soldados que darían la vida por el reino, incluso por un rey que no conocían, pero que extrañamente había sido lo astuto necesario como para ganar su confianza y lealtad.
Justo como él. El pelirrojo intrigante que merodeaba solo para fastidiarle la existencia, recordándole lo que le había hecho. Un súbdito, leal al rey, digno de toda su confianza y ahora de su curiosidad. ¿Por qué si no era él, entonces quién?
Recordaba también esa época de invierno donde todos entrenaban casi sacándose las entrañas en ese escenario simulado de sus enemigos. Esa noche de invierno crudo, dos años después de la ceremonia Ori, donde juró que se le caerían los dedos del pie al ser obligados a entrenar descalzos durante una nevada infernal. Donde casi moría de hipotermia… ah, y de un sablazo, por entretenerse con su presencia en una de las esquinas del patio.
O también, cuando Katsu la llamó, a los veintisiete meses de vivir en el palacio, invitándola a un paseo por los árboles frondosos a las orillas del castillo para que juntos vieran los inicios o esqueleto de su nueva ciudad. Cuando ahí, mientras hablaban de los rápidos avances y justa palabra del rey para ayudar a la gente de la isla, el joven se le declaró.
Había sido repentino y no tardo mucho para llegar a la conclusión de que quería intentar algo nuevo. Pues a su edad era lo más natural, aunque ella aún no lo sentía así. Creía que se había quedado atrapada en la época donde su curiosidad gobernada y donde los hombres pasaban a un plano desconocido y del que todavía no se quería ocupar. Sin embargo, en el palacio estaba sola. Sin nadie con quien hablar o cotillear de las cosas que le pasaban.
Ni su hermano, Misao, o sus viejos amigos que no vio durante todo ese tiempo. Pues su promesa se mantuvo siempre, entregando su libertad a cambio de cosas y personas importantes.
Aunque su interés, no sabía si carnal o no, se dirigió hacia el rey en un punto, supo de sobra que era un imposible. Para ella, simplemente era una atracción que conocía como simple intriga hacia alguien… incluso lo experimentaba cada vez que pensaba en ese otro chico que parecía merodearla desde su entrega Ori.
Y, justo cuando lo pensaba, apareció ese día, como si supera que alguien se le iba a declarar y que debía estar ahí para recordarle alguna cosa que ella no sabía. Tal vez que quedaría solterona y le espantaría los pretendientes.
Su aspecto siniestro e intimidante no fue ignorado, se presentó ante ambos, con una sonrisa extraña solo para hablarle algunas palabras al oído de Katsu, quien se despidió despavorido con el rostro pálido.
—¡¿Qué te pasa?! —Recordaba que le reclamó, olvidándose de las miles de preguntas que había ordenado, de acuerdo a su prioridad, en su mente para la próxima que lo viera. No un: cómo te llamas, quién eres, por qué me sigues… sino un ¡¿qué te pasa?!
¡¿En serio?!
Y bueno, nada nuevo había ganado de él, un simple resoplo burlón era lo máximo que había conseguido, justo como en su segundo encuentro. Aunque no se dio por vencida, pudo adelantarse y tomarlo de la mano con fuerza y con intención de quebrarle los dedos si trataba de huir. Ahora tenía la fuerza para hacerlo y lo haría si huía.
Pero él, simplemente vio su acción con simple disgusto y seriedad. Como cuando era pequeña y había tocado una piedra preciosa en la casa donde su papá trabajaba y todos la habían visto discriminadamente como una pordiosera sucia tocando lo más preciado de la mansión. Algo así.
En cambio, esa vez no se retractó como aquella. Aplicó más fuerza cuando sus elegantes pero ásperas manos quisieron buscar una salida de su agarre. Acción que poco a poco perdió insistencia cuando la cicatriz apenas visible de la flecha que la protegió en el pasado fue descubierta al halar de su manto negro.
Sin ganas de molestarlo más, lo dejo ir. Y, esa vez fue la última vez que lo vio.
Eran hechos que no podía aceptar sin explicación, pero que en ese exacto momento que vivía no debían importarle. Simplemente los utilizaba como una manera de distraer su mente para no enfocarse en lo que estaba por hacer. Para no retractarse y correr como gallina asustadiza y acorrucarse en su corral.
Momentos antes necesitó dejarse volar, ya fuera en su felicidad o en sus locuras, en aquello que le importaba más y por lo que viviría. Mientras pensó que la imagen de su hermano le vendría a la mente, probablemente casándose con su amiga Misao, no hubo otra silueta en su mente más la que aquellos dos hombres. El rey que intentaba servir, tan callado, serio, humilde, al que tanto respetaba y con el que le agradaba pasar la tarde, y ese otro, un individuo enigmático, y que le fascinaba por el nivel de misterio que representaba. Ese de cabello color de la sangre que siempre quiso conocer... Y al que claro, le quiso reclamar.
El aire fresco de la tarde golpeó su rostro llevando con su fuerza algunos botones de agua dulce que se adhirieron a su piel. Las nubes grises colapsaban unas con otras ocasionando estruendos en el cielo y a lo lejos que solo le recordaban que pronto estarían sobre su cabeza. Mientras que el barco se balanceaba de lado a lado indiscriminadamente y con agresividad, por las olas furiosas del mar.
Sus labios recién refrescados por las gotas de lluvia se unieron formando una curva mientras el resto de sus ropas negras se iban empapando. Y, sus ojos índigo se postraron en el barco enemigo que recientemente había lanzado cuerdas y tarimas con las que llegarían al suyo. Astutamente esperó, dejando que los demás soldados a sus espaldas resguardaran y obtuvieran lo que el rey había pedido sacar del fondo del océano o de ese barco. Si se encargaba del enemigo, no solo estaría defendiendo a su rey, sino a todo un reino. Toda una población.
Por otra parte…
Debía decir que la ceremonia Orión no había sido lo más importante en su vida, no obstante, era lo que se la había cambiado. Sin ese incidente, sin su curiosidad, ese rey, esa marca, ese súbdito e incluso ese beso ella no estaría ahí, adelantándose en lo que ninguna otra niña hacia tres años haría. Esa era la última prueba para subir de rango y estar a un paso más cerca de tener acceso al castillo y saciar su curiosidad.
No era casualidad…
Sonrió.
Era destino.
Impulsándose con la punta de sus pies, sacó ambas de sus katanas cortas, cortando las gotas de lluvia a sus costados y creándose camino entre todos aquellos soldados. Su velocidad no era la mejor, ni siquiera su técnica, pero su voluntad y la habilidad de predecir el patrón con el que sus enemigos se movían era lo único que la había mantenido con vida hasta ese punto. Y, eso se lo debía a su maestro, aquel que por órdenes del rey fue en lo que se concentró en enseñarle.
Esquivó varios golpes, agachándose y dando de baja a algunos con el uso tan solo del mango de sus espadas. Justo en frente se encontraba el que seguramente era líder de ese escuadrón, usando una espada muy peculiar en ayuda de sus soldados. Vestido con ropas grises que lo distinguían de la isla vecina. Su frente vendada cubriendo parte de cabello largo y rubio, gabardina larga y botas con casquillo de acero… todo eso le ayudaba a lucir temible. Sonrió. Más no invencible.
Arrastró su arma impactándola con algunas otras al atravesar el puente que unía sus barcos. Y saltó, aferrándose a la empuñadura, enfundando la izquierda para atacarlo al aterrizar; pero, éste la esquivó con la hoja de su espada dividida en dos. En ese instante, cuando un relámpago cayó muy cerca y se reflejó en los ojos verdes de ese sujeto sin hacerlo pestañear, supo que tardaría más de lo que pensó. Entonces entendió por qué Sanosuke había ordenado esperar en grupo para atacarlo.
Él no era lo que creyó. Aun así, decidió no obedecer, pues ninguno de los seis que se suponía debía esperar estaban en el rango de su visión.
Apretando su quijada, aterrizó provocando un estruendo cuando sus pies tocaron el piso. Su falda negra, mojada y pesada, apenas se alzó con el impulso de su peso, dejando al descubierto sus pantalones de cuero de los cuales se desprendieron gotas de agua que se aplacaron al caer en sus botas negras de piel.
El enemigo la miró fijamente, llevando su mano hacia sus caderas para desenfundar su segunda espada de plata oculta en su gabardina. Una vez lo hizo, apuntó sin importarle el género del soldado que se había plantado enfrente para amenazarle con un arma de tamaño absurdo. Sin embargo, no tenía tiempo para averiguar nada de eso. Por solo una razón había movilizado todas sus tropas para llegar hasta ahí en menos de medio día. Solo por la información de su oráculo. Por el regreso de Doragon y la estúpida leyenda de la copa rubí.
Porque por fin llegaba la fecha en la que toda la tierra temblaría, la sangre se derramaría y mucha gente moriría. Porque era el año señalado, cuando se encontraba al elegido. Por eso mataría, robaría y escupiría la cara del rey sin rostro de esa nación.
Estaba ahí… por Ori.
El peso del agua cayó insistentemente sobre sus hombros y cabeza. Sus manos masculinas se empaparon y le dificultaron el agarre en el mango forrado de cuero de su espada más exótica en su colección. Aun así, al ver como sus hombres se debatían en ese pequeño pero inalcanzable campo de batalla, enfrentaría a ese soldado vestido de negro que se interponía entre su nave y la siguiente. Donde mataría a todos y navegaría justo a la tierra sagrada y antigua donde Doragon descendió, la isla D'Red.
Motivado y apasionado por atravesar el alma de ese fiero enemigo de ojos azules deslizó la espada larga en sus costillas lanzando su blanda hoja contra la silueta. Solo le bastaría un movimiento de su muñeca, solo un par de segundos le tomaría acabar con su último obstáculo y descuartizarlo con la trayectoria de su ataque. Pero no fue así. Ese maldito se había movido cuando la hoja alcanzó al rozar el costado su pierna, agachándose mientras su vaina lo defendía de otro corte inminente.
Dio un paso enfrente con incredulidad y enderezó su espalda, acomodando su ángulo mientras estudiaba la figura que se enderezaba para volver a enfundar; ya fuera por miedo o porque esperaba para ver sus habilidades como espadachín y ejecutar el ataque que le daría su victoria.
Gruñó disimuladamente con el último pensamiento. Si tenía razón, ese soldado era un estúpido o uno demasiado listo. A consecuencia de sus dudas, lo estudió otros segundos más, esperando o incitándolo inconscientemente a que diera su primer golpe. Sin obtener nada, volvió a estirar su mano, demandándole a su arma ser desenvainada una segunda vez; no solo para defenderse, quería verlo actuar. Lo haría bailar hasta que se hartara de huir, hasta que le entregara su vida.
No le costó demasiado. Solo bastó un par de sablazos para que su corazón se acelerara al verlo responder por fin, con pose ofensiva, listo para atacar. Pero esta vez ya no jugaría. Quería sentir en carne propia lo que se experimentaba en un combate de corta distancia. Así que dejó caer su larga katana recogiendo en sus dedos la original, con la que había iniciado destajando a sus enemigos, la que usaría para ese sujeto de coleta negra.
Ansioso de sentir su sangre caliente derramándose sobre sus manos y desvaneciéndose con la fría agua del cielo, se lanzó al ataque. Riendo, gozando de lo que en su interior sentía al verlo majestuosamente aguardando por él. Sin un gesto, sin un respingo. Simple valentía que se había forjado en un solo hombre, una sola mano, en su espada.
Sus risas se intensificaron al verse danzando en un sin fin de choques de espadas con ese sujeto. Podía ver su alrededor girar sin cesar, como un baile conmemorable bajo los relámpagos y la furia del cielo. Ese rostro pálido cubierto por esas tiras negras de cabello mojado, exhalando e inhalando probablemente con excitación e ira, robaban toda su atención y casi que le provocaba perderse la gloria del cielo. Ese, alguien que era digno de su calibre, de sus ansias de vencer y de su todo. Estaba enfrente de lo que pensó que sentiría solo enfrentándose con el rey. Solo por Ori.
Fue alejado por un puñetazo en la cara haciéndolo desistir de su ataque al probar su saliva combinada con sangre. Liquido amargo que también vio salir de los pantalones de cuero de ese bastardo cuyos ojos se asemejaban al agua. Hecho que lo lleno de éxtasi.
Ese de la isla Doragon moriría y ni su familia podría velarlo con lo poco de carne que dejaría. Aunque esta ocasión lo dudó, él podía ver a través de sus enemigos. Podía reconocer sus miedos y aptitudes con tan solo mirarlos a la cara.
Pero no esta vez. No con ese soldado. Sus largos cabellos negros se escurrían por sobre toda su cara, ocultando sus facciones, más que el color de sus ojos. No había nada, ni una cicatriz o mueca que le dijeran sobre su pasado, sobre él. Incluso sus emociones. Con esto, no supo si fue cosa de la lluvia o de alguna habilidad que ese poseía. Pero en sí, solo podía ver sus labios, formarse de una línea recta y torcerse gradualmente en una curva perfecta. Por primera vez. Un cambio en su rostro.
Estaba listo para atacar y él también lo estaba. Hasta sus dedos le cosquillearon por brincar en el cielo y encajarle en el pecho esa espada, pero fueron los latidos desbocados de su corazón los que golpearon su pecho, elevando su adrenalina al ver a su adversario de coleta alta y negra, despegar sus pies del piso. Girando, impulsándose y ocasionando que el agua encharcada volara a su alrededor por el poder de su fuerza. Y supo incluso en ese momento de vida y muerte que se enfrentaba con un adversario glorioso y hasta su escenario lo confirmaba.
Soltó su último suspiro y lanzó su último ataque, usaría el secreto antiguo de su técnica. Pero, se detuvo por un segundo cambiando de estrategia en el instante, cuando el soldado lo esquivó con tan solo moverse a lado, cuando estuvo tan cerca, cuando sus mechones negros se movieron de su vista y le dejaron conocer esa flama en el océano majestuoso que rugía con furia dentro de sus pupilas. Sus ojos detrás de esa cortina de acero oscuro.
Él era alguien a quien cualquier otro pudo temer.
Ansioso, sus manos se movieron hacia su espalda para recurrir a las flechas ocultas bajo sus ropas, cuando ese caballero atoró su propia hoja de su katana entre la dividida de él y se la arrancó, deshaciéndose de la suya propia. Esta vez tenía la delantera, sacando la otra arma de tamaño mediano que había conservado en su costado izquierdo.
No, supo que ya no había tiempo para usar su arco, solo usaría esas varas como un arma para defenderse antes de que su mano derecha llegara. Antes de que el rey sin rostro reclamara el cristal que reposaba silenciosamente en el sótano de su barco, a través de ese asesino calculador y cruel. A quien los rayos del cielo apoyaban a sus espaldas.
Ágilmente, se movió cuando la hoja de esa espada sedienta de victoria formó una línea recta que quiso cortar su cuello. Se defendió, cruzando ambas de las flechas y usando las puntas de acero con cortas púas para dañar cualquier abertura que pudiera ver. Esquivó varios golpes y pudo contrarrestar muchos otros de ellos. Pero en sus planes no estaba enfrentarlo solo, sino con el escuadrón de soldados enemigos que estaba supuesto a cruzar hacia su barco y activar la trampa con su peso para volarlos en mil pedazos con la nueva invención de su reino.
Gimió y gruñó cuando la punta de la espada de ese soldado se posó contra su garganta cuando estuvo en el suelo. La batalla había acabado en una docena de golpes que para su desgracia no habían estado en sus planes. Ese fiero caballero que seguro era del escuadrón de caballeros blancos seguramente era uno de los más confiables del rey. Un trofeo que bien pudo haber ganado al encontrar a la Ori de esa generación.
—Me rindo —gruñó el de cabello en puntas giñando un ojo y apretando las flechas en su mano cuando vio a ese caballero bajando la espada. Tan ingenuo, tan estúpido y confiado. Tantos defectos que solo dejaron entrever que solo se trataba de un novato en el campo de batalla, incluso tomando vidas. Sigilosamente, ajusto ambas varillas en su puño, acomodándolas para dar su último golpe antes de morir ante la supremacía y legado de Doragon.
Kaoru vio al rubio sostenerla la mirada. Mientras su boca gritaba rendición su vista seguía encendida con la ira de un enemigo que apuñalaría por detrás. No sabía cuándo pero no era tonta como para olvidar ese par de flechas que seguían en su mano. Así que jugó su juego, cuando nadie más estuvo a su alrededor. Dejó que su último movimiento fuera el de deshonra antes de tirarlo consiente.
Lentamente, como si se tratase de un sueño, la mano del muchacho se asió hacia el cielo, apuntando con las flechas a sus piernas y luego hasta su abdomen. Ante ese movimiento ella sonrió, toda vida era sagrada hasta que el instinto amenazaba la tranquilidad de más vidas inocentes.
Ese era su día. Ese era el momento que había jurado nunca dejar que algo así pasara. Esa era ella.
Frunciendo el gesto de sus cejas, alzó su pierna derecha dejándola caer con fuerza en la mano izquierda que reposaba en el piso del hombre. Cuando su grito se escuchó, sujetó con fuerza la mano que le atacaba flexionando su rodilla para clavarla justo en el codo de su adversario para romper su brazo. Solo así y con otro moviente de su pie contra su rostro pudo dejarlo inconsciente, antes de que un ruido profundo se creara a su alrededor.
Cansada, se giró en su eje, observando a su costado una figura familiar que había llegado del otro lado del barco, donde todo estaba vacío. Era él, el chico de cabello carmín, vestido completamente en unos mantos negros que se arrastraban hasta cubrir sus pies. Empapado por la lluvia, con cabello adherido a su piel mientras este ocultaba su rostro y parte de sus ojos. Justo como ella.
Estaba ahí, mirándole, sin hacer nada… o, estaba esperando por algo. Como si hubiera llegado recientemente por alguna razón. ¿Acaso era un espectador? ¿O también había participado sin que ella lo hubiese notado? No lo sabía, pero esta vez no fue diferente a las demás. Dio la media vuelta arrastrando sus pesadas vestiduras con cada paso que daba, en silencio, e indiferente a la sangre que se había derramado a su alrededor. Apático a todo.
Sin embargo
Agotada, arrastró el cuerpo del rubio tras ella. Estaba cansada de ese juego del gato y el ratón. Tenía mejores cosas que hacer que perseguir a un fantasma. Giró su rostro sin prestar más atención y siguió su camino, cruzando el puente de los barcos y dejando que sus compañeros se encargaran de revisar la nave enemiga. Tal vez estaba siento muy fría e indiferente, pero…
Tal vez…
Mañana…
Tendría más tiempo de volver a ser una niña y pensar como tal para descubrir sus secretos. Esbozó una sonrisa discreta, probando un poco del agua del cielo cuando los relámpagos se escucharon con furor.
Hoy… era una soldado.
II
Los tres se postraron ante el rey Yukishiro, quien aguardaba pacientemente en su trono.
Ese día el olor a vainilla había cambiado discretamente. Hasta ese punto sabía que era la única lunática que ponía atención a esos detalles tan pequeños que eran ignorados por el resto, inclusive por el que gobernaba esas tierras. Su sutilidad había sido remplazada por la fragancia de las fresas recién cortadas y cuando se olían de cerca. Como cuando su padre se las traía como obsequio al ser su fruta favorita en cada cumpleaños y terminaba comiéndoselas a mordidas en el porche de su casa.
Era ese perfume que la hacía delirar hasta llegar al pasado en un corto segundo, con tan solo cerrar los ojos y respirar profundo. Para que la motivaran a posar sus manos en el piso y postrar su rostro en el suelo para que su cuerpo se relajara ene se viaje de tiempo. Para que su mente volara hasta sus orígenes hasta los más bellos momentos en los que disfruto de su inocencia.
—¿Estás bien, Ori?
Abrió los ojos de golpe observando de reojo el piso frio y blanco en el que reposaba su mejilla. Lentamente se separó avergonzándose al recibir las miradas confusas de todos los que la habían visto postrarse y tal vez hablar sola sobre las fresas que su padre seguramente se había robado de los jardines del palacio. Oh, rayos, seguramente había confesado un crimen.
—Ori… —repitió el rey parándose en seguida para llegar hasta ella. Lucia seriamente preocupado—. Traeré a un doctor si eso es lo que necesitas.
—No, no, no, su majestad —Se paró rápidamente alzando las manos al aire para espantar cualquier duda que le hubiera quedado—. Mire, estoy bien, puedo correr y caminar derecha, hasta puedo gatear si…
Enishi rio y volvió a tomar asiento ladeando la mano para asegurarle que entendía su distracción.
—Muy buen trabajo en el campo de batalla, Ori. Me contaron tus hazañas y me has traído a un verdadero pez gordo.
—Parece que es el jefe del ejército de —Había hablado sin pensar interrumpido a su majestad y ganándose las miradas reprobatorias de los otros dos—. Disculpe…
Divertido con la actitud de la mujer le dio un par de palmaditas en la espalda para despreocuparla—. Él no es jefe de ningún ejército, Ori, es el rey de la otra isla.
Esta vez sí necesitaba a Sanosuke Sagara que estuviera detrás de ella y no a su lado. Si se iba a desmayar no necesariamente quería caer en ese piso duro donde empaparía más de lo que ya había hecho y donde seguro terminaría descalabrada.
—Entonces —tartamudeó insegura recogiendo los flecos mojados para retirarlos de su cara—¿… lo liberamos o algo así?
—Sí, algo así —musitó el rey entre risas.
—Mi rey —objetó Megumi poniéndose de pie con rapidez—. ¿Está seguro de lo que hará?
Sanosuke Sagara también se había puesto de pie apoyando extrañamente a su compañera. ¿Por qué decía extrañamente? Bueno, normalmente ellos nunca se ponían de acuerdo. Peleaban por el último plato de arroz en la cocina y la posición de cada silla en el comedor. El pasador de cabello de Kaoru o el jabón que usaban para los perros.
Todo era un debate existencial para ellos, quienes decían que se odiaban, ya fuera por egocentrismo por parte de Megumi o estupidez por parte de Sagara. Y claro, que si la ponían a elegir, por mucho que mostrara neutralidad en público, secretamente apoyaba a la Takani.
Ambos lo ignoraban, pero todos en ese reino sabían que terminarían con ocho chiquillos corriendo y volviendo loco al rey en el futuro. Claro, si no los echaba primero al no poder controlarlos con el genio combinado de ambos.
—Mi rey —Sagara pronunció despacio, demasiado como para que ella prestara atención en el tono con el que se dirigían a su majestad—. Por qué no lo piensa primero y entonces nos dice su próxima orden —sugirió sospechosamente.
En su opinión, parecía como si esos dos estuvieran cuestionando la autoridad del ser supremo al que servían. ¿Acaso comenzarían rebelándose? O ¿por qué lo hacían?
—Ya vaya, era una broma —rio el joven de cabello plateado volviendo a su trono—. Solo tengo que decir que hicieron buen trabajo así que una bolsa de doblones de oro será mandada a cada una de sus habitaciones.
Más relajados, los dos soldados le agradecieron con una reverencia. Sin embargo, ella ya no estaba tranquila en cuanto a ese cambio de actitud. Un rey jamás obedecía a sus súbditos, mucho menos a un Sanosuke Sagara.
—Ammm —Dio un paso enfrente aventurándose aún después de sus dudas—. Quería pedir un permiso especial, ya sabe usted dijo que el que recuperara el cristal usted cumpliría alguna petición que tuviese.
Megumi miró nuevamente alertada a su señor. Aunque esta vez fue detenida por la mano del mismo antes de que volviera hablar, mirándole de forma agresiva como si le dijera que ya había tenido suficiente con su actitud de madre controladora.
—Ori, halague tu trabajo pero también te recuerdo que desobedeciste la orden de tu superior aquí presente. Nunca debiste ir sola.
—Bien, no hice caso. Pero lo traje vivo.
—Dime lo que deseas —murmuró cansado y dispuesto a ofrecerle todo menos su libertad.
—Pronto será mi cumpleaños y bueno, quería festejarlo con mi hermano y…
Enishi posó su mano frente a él deteniéndola cualquier otra petición loca que saliera de su boca.
—Para allí, te recuerdo que no puedes salir de este castillo.
—No sin su autorización —le recordó de igual manera. No sería timada ni por su propio rey. Él le había prometido y ahora le cumplía porque le cumplía.
—Ori, ve y celebra tu cumpleaños con tus amigos dentro del castillo, ahora más que nunca debemos cuidarte. Esa es mi última palabra…
—¡Pero mi señor! —Megumi volvió a pararse pero fue ignorada por su majestad.
—Esa fue mi última palabra, Takani….
III
El olor a betún se había regado en esa pequeña sala, donde todos… bueno, amigos de Sanosuke y Megumi, fueron invitados para avivar el ambiente. Ya que si se trataba de invitar a los suyos, terminaría con una torta completa, una sala vacía y una que otra rueda de pasto seco rodando por ahí mientras los ruidos de insectos como música instrumental animaban su 'fiesta'.
Sonrió, aparentemente contenta de tenerlos ahí rellenando el espacio, mientras saludaba a otro par que acababa de llegar. A diferencia de Sano, Megumi estaba bastante disgustada con las libertades que el chico se había tomado. Desde los preparativos, los invitados y la comida hasta la tremenda cantidad de alcohol y mujeres que había llevado. Y es que la mujer parecía tan paranoica. Creía y juraba que alguien los encontraría y que todos serian castigados, aun después de atestiguar al rey dando su permiso; extrañamente, ella pensaba que terminaría cambiando de opinión al final.
Por su parte, no le importaba. Ese día cumplía diecisiete años, y, recientemente y antes de la fiesta Sanosuke Sagara la había elevado de rango como miembro de uno de los caballeros sagrados en la corte del rey. Eso significaba, y si no se equivocaba, que tenía muchas de las razones por las cuales celebrar. Ya que con ese nuevo puesto podría salir de vez en cuando del palacio y visitar a los aldeanos, incluyendo su hermano y su mejor amiga.
Animada y contenta con lo que el futuro le traería, bebió dos vasos del jugo virgen de piña que Sano había preparado y dejado en la mesa de centro para que todos lo probaran. Pues según él era una invención de la cual estaba muy orgulloso… aunque sabía un poco extraño. Sospechosa, tomó una segunda porción y luego otras dos y otras tres, tantas que termino perdiendo la cuenta.
Solo tenía la consciencia suficiente como para saber que era la mejor fiesta a la que había asistido y la mejor bebida virgen que había probado… o eso creía. No, más bien la única fiesta a la que había sido invitada, si tenían que decir la verdad.
Pronto, todo el cuarto giraba y todos reían. Incluso su actitud siempre calculadora parecía hacerse a un lado para dejarla socializar libremente y como nunca le había importado hacerlo, hasta ese momento. Podía ver más y más gente acercándosele, sobretodo hombres que parecían más interesados en insistir por su permiso para tocar el material de su uniforme.
Rio inocentemente y desganada.
¡Qué locos! Los golpeó juguetonamente para alejarlos. ¿Para qué querían sentir su uniforme si se suponía todos vestían igual a excepción de la falda que ellas usaban? ¿Acaso era eso lo que querían tocar?
—¿Te gusto mi nueva bebida, Ori? —Sano gritó desde el otro lado de la habitación mostrándole como vertía sake en el contenedor donde había estado haciendo sus bebidas—. Sabía que eres demasiado juiciosa así que disimule el olor y el sabor con esto —Elevó un frasco con extracto de frutas tan potente como para esconder cualquier sabor.
—¡Tonto…! —gritó molesta manoteando a los demás hombres que se le acercaban más de la cuenta. Ya le era claro lo que estaba pasando ahí.
Poco a poco las risas se fueron apagando junto a las luces y los hombres a su alrededor se movieron considerablemente como si hubieran sido alejados con la sensación de un solo soplido. Sin entender, también dejo de reír y maldecir a Sagara y puso atención a lo que sucedida, ya que sus instintos se habían puesto en alerta. Solo se enfocó en la figura de negro a la que todos observaban en medio de las penumbras, con su capa desgarrada en las orillas dando un efecto de sombras, mientras su paso lo distinguía de cualquier otra persona en la habitación.
—¡¿Quién eres tú… quién te invitó?! —Exclamó molesta, los efectos del alcohol que había ingerido se fueron esfumando gradualmente y tan pronto esta figura se iba acercando—. La invitación seguro decía: ¡debes traer regalo! Y no lo trajiste, como esta bola de inútiles codos que vinieron a comer y emborracharse... —O emborracharme, se repitió mentalmente.
—Oye… —Varios protestaron pero callaron al observarlo avanzar sin prestarles atención.
El recién llegado se acercó al pastel cuyas velas seguían encendidas, y las únicas que alumbraban una pequeña porción a su alrededor haciendo sintonía con sus ojos dorados. Se inclinó con una sonrisa retorcida y la miró solo a ella.
—Ori… —susurró con profundidad dejando que su voz rasposa y ronca la alcanzara antes de soplar y apagar las velas, dejándolos en una oscuridad absoluta—. Ya es hora.
Continuará…
Notas de autor: el rey de la otra isla piensa que el soldado es hombre y no Kaoru, que es mujer. Lo notaran en el cambio de la narración, solo quería aclarar eso. Gracias por todo.
