—ORI—
Por Zury Himura
Gracias a todos por sus comentarios; a May y a Edi por opinar en este capítulo. Espero les agrade.
Disclaimer: los personajes no me pertenecen, la historia sí.
PARAMOUR
MELTED GOLD IN A RUBY GLASS
Capítulo 4
Los hilillos de su cabello se movían de lado a lado, mientras las fuerzas de las ráfagas chocaban contra su cara. El cielo azul oscuro era el único testigo de su lucha, de su vergüenza y de su impotencia. La luna el juez que la castigaba con su luz para que recordara por siempre a lo que había sucumbido a sus errores y la pesadilla que sus malas decisiones habían provocado.
Frunció el ceño sosteniéndose con fuerza de las manos que la sujetaban.
Siempre pensó que solo eran las princesas las que terminaban de esa forma al final de un cuento, o cuando su héroe llegaba al rescate para salvarlas o besarlas. Una luna de miel o después de casarse, cuando gritabas: —¡Lo hice! —Cogiendo a tu pareja para arrojarla hacia arriba y ver si la volvías a atrapar en el intento… bueno, tal vez eso no. Pero si lo demás.
Aunque nunca había imaginado que ella terminaría en esa situación, nunca jamás en su vida; simplemente estaba aséptica de lo que sucedería y de lo que eso significaba.
—¿Acaso este sujeto sabe de mí en secreto y por eso me espiaba? Por eso llegó interrumpiendo mi fiesta para solo cogerme de la cintura diciendo: «Es hora Ori, vine a arruinarte la fiesta y mírenme todos y esas cosas» —se dijo sosteniéndose con más fuerza— . Primero, porque me cargó y sacó de ahí si bien pudo solo preguntar, ya sabes… hablar conmigo a solas. ¿Por qué tanto drama apagando las luces? ¿Acaso esta despechado porque no lo invite? Es decir, no lo conozco, casi nunca lo veo… no es como si fuera mi mejor amigo o algo así. Y, si solo quería venir, pues me hubiera dado indirectas si no tenía una vida social al igual que yo… digo, es entendible, un poco predecible.
—¿Te puedes callar? —Repitió el hombre sin mirarla, ¿acaso no se daba cuenta de lo cerca que estaban y que podía oírla?
Ah, sí. Estaba hablando en voz alta, por eso río. Pero al menos estaba satisfecha de que sus pensamientos hubieran sido conocidos así era fácil deducir que para nada le agradaba la forma en la que la cargaba y, que tenía muchas explicaciones que hacerle.
—Ah, no me disculparé. A propósito, ¿puedes bajarme? No es como que no pueda caminar por mí misma, ¿sabes? Tengo dos pies para hacerlo sola.
Él no dijo nada, seguía enfocado en las entradas donde habían llegado para caminar por el pasillo que los llevaba al porche antiguo. A su destino.
—Además, no puedes tocarme así como así —Se zafó girándose en el aire cuando se sintió lucida lo suficiente como para mantener su equilibrio, y, aterrizó en el piso de madera, con su mano apoyándose para no caer—. Solo el rey puede hacerlo.
¡¿Y qué demonios estaba diciendo?!
Quiso retractarse, pero era un impulso que ya le había salido. Tampoco era como si dijera mentiras, en realidad eso era lo que le habían dicho los últimos años. En caso de que el rey la dejara de ver como su arma, solo él podría tocarla, ningún otro hombre podría mancharla.
—Mi rey —El de cabello carmín alzó su barbilla apuntando hacia el hombre en medio del jardín, se trataba del rey Enishi, quien seguía colocando algunas rocas de jade alrededor de un símbolo en el piso—. La he traído.
Sus dedos soltaron la última piedra y se giró para recibirlos con una sonrisa. Sobre todo a Kaoru, quien lucía demasiado diferente con su cabello suelto y mejillas espolvoreadas de rosa.
—Bien... —Soltó Enishi caminando hacia ellos—, Ori, hoy has pasado tu última prueba, pero, para ser mi arma sagrada tendrás que pasar por otra más.
Genial. Cerró los ojos lamentándose haber tomado ese maldito jugo. Que, ¿acaso el rey no sabía lo que significaba: «si puedes irte de fiesta»? ¡¿Acaso no sabía que cosas salvajes ocurrían ahí y las personas no quedaban mentalmente estables?!
—¿No puedo hacerlo mañana? —Jugueteó con sus manos, dibujando círculos con la punta de su pie, el cual fue detenido cuando el hombre de negro enfrente de ella, dejó caer su katana enfundada para obligarla a parar.
—No, será hoy y será contra él —Enishi dio varios pasos hacia atrás alejándose de ellos—. Así que buena suerte, —Corrió hasta quedar a salvo detrás de una pared de madera.
¡¿Qué?! ¡¿Qué clase de rey… no! Más bien, ¡¿qué clase de soldado era este?! Miró al hombre de cabellera de fuego, no sonreía. Así como nunca lo hacía.
Suspiró y dejó caer sus hombros, flexionando las rodillas para posicionarse y enfrentarlo. Dejaría que hiciera el primer movimiento, de ahí solo necesitaba estudiarlo y saber cómo moverse contra él. Respiró profundo y afiló su mirada. Su corazón se estaba acelerando tanto que se sintió nerviosa.
¿Por qué?
¿Era acaso su espíritu de espadachín o acaso los nervios que sentía al estar frente a una persona tan intimidante como él?
El que le dio su primer… beso…
Bien, eso era motivo suficiente como para no aguardar. Había esperado tantos años solo para esto. Empujó su espada con todo y funda sujetándola en el aire, separándola de su vaina. Corrió atravesando la distancia entre ellos tan rápido como pudo y antes de llegar a él, lanzo su primer ataque, o lo que pareció serlo. Encajó la vaina en el suelo, sosteniéndose de la orilla hasta el final, ocasionando que su cuerpo girara para atacarlo de forma horizontal. Entonces, detrás de ella apareció su katana cortando el aire hasta llegar a la capa negra del hombre, atorándose en el material hasta rasgarlo y solo eso.
Como respuesta, obtuvo un movimiento rápido que no logró notar a pesar de que se retiró un poco para estudiarlo, luego, un sablazo por la parte inferior la hizo retroceder nuevamente para esquivarlo con un salto. Giró su espada en su mano, dejando su hoja hacia tras, mientras se apuraba nuevamente y desenfundaba su espada corta como soporte. Nuevamente, se acercó, cruzando ambas de sus armas solo para rozar el aire, cortar pedazos de tela y nada más.
Por su parte, el hombre no hacía nada más que esquivar; se movía tan rápido que no pudo seguir su velocidad. Su espada estaba aún en la funda, lo que solo la hizo enojar. Pues si la bloqueaba era solo de esa forma y girando en el aire para retroceder. Era bueno, eso era evidente, pero también que la subestimaba a tal grado de no mostrar sus ataques.
Molesta, respiró para deshacerse de esas emociones negativas, rechazándolas y llenándose de calma solo para enfocarse en su blanco. Se inclinó nuevamente, pasando su pie por debajo por lo que supuestamente tenía el propósito de descolocarlo, entonces, dio otro sablazo para hacerlo retroceder. Pero fue ahí, cuando por primera vez su expresión cambió, cuando su cuerpo ya no se pudo mover a consecuencia de que ella pisaba sus ropas. Alzando su espada para seguir con su ataque, para conectar por primera vez con su piel y cobrar venganza. Resolver sus dudas.
Sus ojos brillaron y un resoplo burlón se escuchó. Parecía divertido a pesar de que la seriedad en su cara no hubiese desaparecido. Pero fue ese destello en su mirada que le intimidó, como si se tratara de una llama que acababa de encenderse.
Y pronto entendió de lo que se trataba.
Enterró su espada en sus ropas y en el piso, con todas sus fuerzas en lugar de dar un sablazo que le traería repercusiones, y luego fue azotada contra el aire a sus espaldas por la bota de cuero cuya trayectoria había sido su rostro. Pero lo había visto, y había puesto ambas de sus manos para protegerse. Revotó contra el suelo y rápidamente se volvió a parar, masajeando sus muñecas mientras regresaba con prisa a recuperar su espada antes de que el otro reaccionara. Pero fue ahí, hasta donde alcanzo a correr donde se le fue arrojada el arma para que volviera a cogerla, para que el combate prosiguiera.
Su corazón estaba acelerado y su respiración se entrecortaba a cada rato. No podía seguir con su velocidad, no podía compararse. Era demasiado lenta. Pero aun así supo que lo había logrado, porque ahora el hombre estaba atacando. La maestría de sus movimientos no pasaron desapercibidos, la elegancia de sus poses y la fluidez en el trayecto de la hoja tampoco.
Las tres espadas chocaron, la de él bloqueando la entrada de las suyas e impulsándose con su pie para arrojarla al piso al ser sobrepasada. Pero aun ahí, cuando le miraba con rencor ella interpuso su pie contra su abdomen impidiéndole con la misma longitud de su katana dar otro paso más.
Pues para atacar, para asesinarla y ganar ese duelo necesitaba alejarse y empezar de nuevo.
—Suficiente, está lista —El misterioso hombre de negro enfundó su espada y dio la media vuelta posándose atrás de Enishi, que había llegado hasta el centro de ese jardín para ofrecer su veredicto.
—Lo estás Ori, has pasado la prueba —la felicitó el de cabello plateado dándole la mano para ayudarla a ponerse de pie—. Esta es la noche en la que te conviertes en la cazadora de Doragon.
¿Doragon? ¿Otra vez ese sujeto que no conocía? No aceptó su mano, y sola se puso de pie, sacudiendo sus ropas del polvo antes de enfundar ambas de sus espadas.
—¿Quién es Doragon?
El rey sonrió y señaló hacia el piso. La figura de un dragón en el cielo había sido grabada en él, mientras otra figura más pequeña sostenía un arco amenazándolo. Sin embargo, algo había algo que le extrañaba, había dos arcos en sus manos de la figura más pequeña, uno apuntando hacia el dragón y otro hacia el piso. ¿Qué significaba eso?
Caminó hasta estar sobre el circulo que rodeaba a la bestia y esa figura, estudiándola. Incluso el dragón, parecía gruñir hacia el cielo y una segunda cabeza miraba en silencio al cazador. Mientras era correspondido.
—Ori es el cazador de Doragon, —Enishi fue seguido por el pelirrojo que se mantuvo a solo pasos de distancia en el círculo por igual—. Como dije, Ori simboliza a la constelación de Orión, el cazador, y Doragon, el guardián del universo, de la constelación Dragón.
Kaoru respiró profundo y se dedicó a escuchar. En los años que había estado ahí había leído todo tipo de libros con la historia e información de Orión, mas nunca de Doragon.
—Ori es la estrella encarnada en un cuerpo humano, que hace millones de años fue lanzada a la tierra con tal de detener a Doragon, quien también se hizo hombre —explicó Enishi mostrando otro diagrama en una de la izquierda, donde ambos luchaban—. ¿Sabes lo que eso significa?
—Sí... —¡Que la Ori del pasado había perdido y que por eso ella había terminado pagando por ella! Maldijo en su mente—. O, tal vez no, yo que sé.
El rey sonrió y la acarició de la mejilla a pesar de que el que estaba a sus espaldas los mirara con desagrado.
—Eso significa que la esencia de la estrella de Ori o una parte de ella que fue sentenciada a una humanidad reside en ti —Se acercó deseaba abrazar a esa joven inocente y que le había causado pena—. Y una parte de Doragon reside en el rey de esta tierra.
—Detener a Doragon —susurró ella pensando seriamente en el asunto—. Eso significa que, en el pasado, fueron enemigos.
—Lo son —la corrigió el de cabello rojo interrumpiéndolos—. Por eso ahora le sirven al rey.
Ah, lo sabía. La esa Ori del pasado había perdido. Pero entonces, si de ella se trataba podía romper la maldición si lo derrotaba.
—Ni lo pienses —El hombre de vestimentas negras adivinó sus pensamientos—. Nunca serás libre de esto a menos de que Doragon lo decida así. El poder de Ori fue atado al dragón voluntariamente por ella misma, hasta que cumpla las clausulas.
¿Qué? Era Ori sí que había sido media lentita.
—Díganme todo lo que saben —exigió ella levantando su puño. Quería saber… necesitaba saber para entender su trabajo ahí.
—Solo acepta que eres Ori, de ella para el rey de Doragon por siempre...y, te diré lo que quieras saber.
—Acepto... —No tuvo de otra. Durante sus pláticas con Megumi, ésta le había advertido lo que había ocurrido con las demás Oris. Cómo habían sido degradadas de acompañantes, parte de la corte real a meras sirvientas o hasta habían sido asesinadas. En su caso, no era una vida de lujo la que perseguía, sino una vida digna para todo ese pueblo que aguardaba la profecía de esa generación.
Antes de que pudiera pronunciar otra palabra el suelo comenzó a temblar, abriéndose justo en medio del sello que estaba en el suelo. Los cimientos no se rompieron y sus superficies es quedaron intactas aun después de su división. La imagen del dragón junto al cazador también fue perjudicada por el movimiento, separándolos y alejándolos del circulo en el que habían sido esculpidos.
Rápidamente, miró hacia el cielo observando el furor y la llamativa luz de las estrellas que alumbraban en ciertos puntos de la constelación, y, después hacia el piso enfocándose en la tabla rubí que emergía de las tinieblas de abajo. Su textura era liza, perfectamente esculpida, las esquinas también estaban forjadas detalladamente en miles de líneas rectas que formaban otro circulo si se le podía llamar así. Y, en este habitaba una mancha larga con efectos de una sombra negra en circunferencia del enorme piso rojo.
Ansiosa, asfixiándose con intrigas y preguntas, se acercó asomándose con mano en su empuñadura. Observando cómo la figura de un dragón circulaba lo que parecía una mujer, cuyo arco estaba en su mano izquierda sin pose de ataque o defensa. Casi como si se rindiera y hubiera hecho pases con esa criatura. Pero entonces, ¿por qué el arma? ¿Por qué el dragón que la rodeaba seguía rigiéndole a un lado del rostro? Como si quisiera devorarla, como si la asechara y no estuviera conforme.
Cuidadosa, levantó la vista hacia ambos de los hombres que se acercaban. Al rey que llamaba al pelirrojo dándole el permiso y dándole instrucciones.
—¿Qué es eso? —Preguntó ella insegura y tragando con dificultad. No estaba lista para ir al infierno, y esa cosa con ese tipo de colores le hacía imaginar que tomaría su alma. Pero también se preguntaba, ¿por qué solo el hombre de negro y ella tenían que pararse ahí? ¿Acaso los sacrificaría?
—Es el inicio de tu futuro, Ori —dijo cargándola de la cintura para posarla en la piedra.
Todo quedo en silencio. No obstante, su mente retornó hacia solo tres años cuando llegó ahí. Su corazón latió con locura y su piel se erizó como en aquel día. Abrió su boca solo para confirmar lo que sospechaba. No podía hablar, esa presión en su pecho y la boca de su estómago le inquietaban hasta el punto de la desesperación. Se arrodilló al piso cuando no pudo respirar, observando como la manta negra con la que el hombre de mirada dorada vestía se iba arrastrando hasta estar justo enfrente de sus ojos. Por eso, alzó la vista encontrándose con la mano de ese hombre que estaba de pie. Esperando por ella, para que hiciera lo mismo y pudieran progresar.
No quería tocarlo, pero algo dentro de ella le insistió en hacerlo, provocando que tomara su mano hasta erguirse en rectitud. De abajo, en el centro de sus pies se disparó una sombra larga, interminable y larga, delgada pero alta. Cuyos bordes parecían difuminarse a la misma vez. Y luego de algunos segundos, cuando al fin pudieron ver lo que los rodeaba, quedaron en silencio. Sus ojos azules se llenaron de esa sombra negra sobre su cabeza; la forma de un dragón fuerte y glorioso, lleno de majestad y poder. Era tan grande que la atemorizaba, pero la admiraba hasta el grado de desear soltar la mano de ese sujeto para tocar su corteza. Pero éste no la dejó, su mano se apretó más fuerte para retenerla.
—No me sueltes o terminaré cortando tu cabeza…
Dijo, más que cualquier otra vez que lo vio y se dio cuenta que su voz era temible al igual que seductora. Ese toque profundo y rasposo rozaba en lo oscuro y agresivo, pero también en la sensualidad. Aunque eso no le quitaba lo irrespetuoso e irritante.
—Si es que no te la corto yo primero —resopló ella con una sonrisa, arrebatándole la mano y limpiándose en sus ropas. El chico era atractivo, incluso se sentía atairada hacia él por su enigmático carácter, pero no por eso dejaría que la tratara como quisiera.
—Ori —gritó Enishi señalándole que tenía que volver a unir su mano con la de su súbdito—. Es parte del trato, cumple tu promesa —sentenció con voz más grave y facciones más frías.
—Por mi rey —cedió ella estrujándole la mano, pero ante esto fue el dragón al rededor suyo el que reaccionó.
A pesar de haberlos rodeado se alzó mirándola solo a ella, con sus ojos afilados y delgados, mostrando su alguna emoción que no supo definir. Esté se inclinó hasta estar a su altura, ignorando al hombre que estaba junto a ella.
—Ori, caída de Orion, eres hermosa… —pronunció con potencia y estruendos se escucharon a su alrededor—. Has llegado a esta vida y me has vuelto a conocer, me pregunto si los recipientes de lo que fuimos te servirán para recordar tu promesa y deber.
El frunce de sus cejas negras no se hizo esperar, volteando hacia todas partes para que alguien le explicara lo que debía contestarle a lo que parecía una alucinación. Pero nadie ayudó. Enishi había retrocedido y esperaba fuera del círculo, mientras el otro sujeto estaba a un lado solo observando en silencio.
—Eh, no sé cuál es mi promesa y deber —susurró ella alzando los hombros en forma de disculpa. Tal vez, probablemente, la correrían por decepcionarlos—. Y no sé de lo que me habla.
Ahora si la calcinarían, cuando el dragón escupiera fuego de su boca para acabar con ella por su ignorancia e indiscreción o cinismo.
—Eres Ori, me entregaste tu vida —Se escuchó el fuerte rugido del dragón a todo su alrededor y a gran magnitud que incluso estuvo segura que había despertado a todos los de la isla—. Hoy y siempre, en el año elegido. Y, hasta que cumplas lo que prometiste hace cientos de años la búsqueda continuará.
—Está bien, todo sería más claro si me recuerdas esa promesa, ¿no? —No supo si era mucho preguntar, pero no perdía nada con intentarlo ¿o sí? — digo… ¿por favor?
El dragón se giró hacia el otro de cabello de fuego, observándolo cara a cara a través de sus dorados ojos. Lo estudió y luego sonrió.
—El rey escogió muy bien.
Ante esto el dragón se elevó, alto e imponente hasta el tope de cielo, mientras el chico bajaba de la plataforma. La bestia solo se enfocó en ella antes de bajar a una alta velocidad. Ella se dio cuenta que ya estaba sola y se movió para hacer lo mismo. Maldito bastardo pelirrojo cobarde, ¡¿por qué la dejaba sola?! ¡Por qué huía!
Entonces, como una cortina negra de lluvia la criatura cayó, enrollando su cuerpo como una serpiente negra que buscaba en su alma. Hasta que gradualmente se consumió, en el punto donde su marca estaba, su arco con flechas y donde ahora se le añadía un dragón. Asustada, dio varios pasos hacia atrás bajando de esa superficie mientras tocaba su muñeca que parecía arder en llamas. Luego, la descubrió dándose cuenta como la figura de ese dragón rodeaba la primera marca que había obtenido en la ceremonia Ori.
—No, no, no —gritó rascándose la piel pretendiendo sacar esa nueva figura—. Esto no fue lo que pedí, a esto yo nunca accedí —¡¿Se le había metido un dragón?!
—Lo hiciste —le recordó Yukishiro dando un paso hacia enfrente seguido del otro chico que parecía de lo más normal—. Accediste a ser la Ori de esta generación.
—¡Sí, pero no que una lagartija gigante poseyera mi cuerpo!
Yukishiro sonrió y acarició la mano de Kaoru, tratando de confortar la nueva imagen que lucía.
—Ya pasó, todo saldrá bien. Solo confía en mí.
—No, no hasta que sepa de qué hablan, mi señor. Además… nunca he visto la marca de usted —Alzó la vista desafiante, ocultando su mano entre sus ropas y arrojando la espada al piso. Bien prefería estar muerta si le habían tomado el pelo—. Disculpe mi audacia, pero no haré más si no me da más.
El rey sonrió, desabrochando la camisa de su vestidura.
—¿Esto es lo que quieres, niña? ¿Ver la marca que te ha atado a este castillo? ¿Ver por lo que has entregado tu vida a Doragon? Bien… entonces hazlo, deléitate con la ridiculez que te hizo confiar en mí. La marca que tiene el rey y lo ata a ti.
Kaoru estudió perfectamente su abdomen y cada uno de sus músculos. Tanto como las pequeñas cicatrices como algunos lunares, lo marcado de su pecho e incluso sus costillas. Encontrando… nada.
—¡Qué es esto! —Gritó acercándose peligrosamente. ¡Le importaba nada si se trataba del rey!—. ¡Me engañó!
—Sí y no —sonrió el de cabello plateado cogiendo su camisa del suelo—. La de la culpa fuiste tú, por confiada. Veras, no te mentí cuando dije que el rey usaba la marca, pero te mentí cuando te dije que era yo el que la usaba —Se acercó acariciando su mejilla mientras el sonreía—... Ori.
—Entonces —Lo escudriñó profundamente a los ojos descubriendo temor en su estómago. Luego, al darse cuenta de lo que eso quería decir deslizó su mirada hacia el otro hombre detrás de él. Ese con capa negra que la miraba de perfil, cuyos labios serios se alargaban en una sonrisa perversa y retorcida; la misma que la hizo temer.
Ese… que se echaba a carcajadas tenebrosas a sus espaldas, mostrando un rostro nuevo que ni en sus sueños más oscuros pensó ver mientras desataba la larga yukata negra mientras Enishi se echaba a un lado, postrándose en el piso ante él. Solo para mostrarle lo que ocultaba bajo esa manta negra. Bajo su pecho, a uno de sus costados exactamente en las costillas estaba la marca de Ori rodeada con el dragón que esa noche habían conocido, Doragon.
—Esto es lo que querías ver, Kaoru —se burló el pelirrojo cruelmente, mencionando por primera vez su nombre seña de que él solamente lo podía usar y dejando caer por completo su larga túnica al piso—. Yo… soy tu rey.
Continuará...
Notas de autor: esta historia estará ligada con "La princesa y el Dragón" que es la 'precuela' por así llamarlo. Más que nada explica el porqué de lo que en el presente está pasando y más con los personajes principales, las actitudes y lo que se le parezca. LPYED es lo que ocurrió con los antepasados por eso no sé exactamente cómo explicarlo ya que muchos podrían decir que son reencarnaciones y otros lo llamarían diferente. Pero, en fin, para entender esta historia ya que no explicare todo aquí tendrán que leer la otra. Ya sea al par o como quieran.
