ORI—

Por Zury Himura


Disclaimer: los personajes no son míos, la historia lo es.


PARAMOUR

PAPER SHIELD

Chapter 6

—¿Seguro que la Oráculo no ha despertado? —Preguntó el pelirrojo ojeando a su amigo y dejándole saber sus sospechas—. Mis informes dicen que está en la isla de donde vino ese rey falso que Kaoru secuestró por error, además de alardear sobre la copa rubí, incluso se habla ya de su participación en la búsqueda de las reliquias sagradas. Si esto es verdad, y Megumi está con nosotros, ¿sabes lo que esto significa?

El soldado que desde su llegada a la tierra había estado con él de manera infalible asintió lentamente. Todo ese tiempo se habían dedicado a palpar cada zona, controlar el sistema de las siete naciones y la fundación de ellas con un solo objetivo: el regreso de Ori. Ya que, al estar enterados, al ser ellos lo que manejaran todo y a todos no habría peligro, supuestamente. Hasta dieron con Megumi y los otros que renacerían dando señal de que Kaoru llegaría.

Y, con tal de que esta vez tuvieran todo bajo control, no le despegaron el ojo de nadie que en el pasado fue un peligro para aquella pareja que fue separada por la desgracia. Sin embargo, siempre existió esa duda: ¿Qué tal y si las cosas no pasan de igual forma? ¿Qué si todo cambia para aumentar la ansiedad y la duda en el juego de los dioses?

Si ese era el caso, pronto lo sabrían. En esos momentos posiblemente lo estaban confirmando con Megumi, la que en el pasado fue la Oráculo sagrada del imperio del rey de la isla de Gizhe, y que hasta la fecha habían mantenido a su lado para observarla. Si ella no era… no, solo había dos opciones: o era Megumi y estaba pasando información sin que ellos se dieran cuenta o… solo había cambiado de apariencia y se trataba de otra persona.

—Lo sé, pero desgraciadamente no tengo manera de saber sin que tú estés presente. Ademas nadie te confirma que la Oraculo está viva, son solo palabras. —Objetó el muchacho amarrando el bolso de cuero en el que había metido algunos papeles—. Tal vez ya es hora de que te presentes ante todos y solo decir que eres descendencia de Doragon, de cualquier manera, ya eres temido. Y, de todas formas, tienes a Andrómeda.

—Te equivocas —Kenshin miró de reojo a la joven que escuchaba atentamente a sus espaladas. Unas noches atrás le había platicado parte de la historia sobre sus pasados, por lo tanto, entendida gran parte de lo que se hablaba, aunque desconocía que todo giraba alrededor de ella—, el hecho de que ellos estén buscando a Andrómeda es porque sospechan lo de mi sello. Piensan que utilizándola a ella podrán dar conmigo, unir mi esencia que se fue con ella y entonces dárselo a los dioses.

Sanosuke esta vez estuvo de acuerdo. Tenía razón, sin la Oráculo los humanos desconocían varias cosas antes y después de la unión de los vestigios en el pasado, y la erradicación de gran parte de sus ancestros. Los pocos sobrevivientes habían sido advertidos y muchos de ellos se habían llevado la historia a sus tumbas. Solo algunos habían pasado una que otra cosa a sus descendencias, pero no detalles que pudieran entender con claridad o explicar a profundidad.

—Tal vez… —titubeó Sanosuke al decirlo. Sabia cuánto había esperado por ella; entendía todo lo que había sacrificado por su llegada y las tantas veces que tuvo que tragarse su orgullo para mirar de buena forma a los humanos que le habían arrebatado lo que más amó. Lo atestiguó, lo vivió, estuvo ahí en cada una de sus lágrimas. Por eso le dolía decir:—es mejor que dejes que se dé cuenta quién es, a solas… que extraigas tu esencia y poder de su cuerpo y la dejes. Pues ella no entenderá, sus sentimientos no se comparan a los que tú has guardado por todos estos años. Más bien… estoy seguro que como eres en estos momentos ni siquiera le caes bien. Y si te ama, si te llega a amar, su amor no se comparará al tuyo. Es una carrera en la que tú estás muy adelantado y que ella jamás podrá ganar; no es la misma, no es ni será tu princesa. Nos equivocamos, viejo.

Lo decía porque lo había visto desde su elección. Ella le caía bien, era una joven excepcional, pero jamás se compararía con la Kaoru que conoció; la que hizo caer a Doragon de rodillas, la que poseyó en sus manos al dragón más poderoso del universo y se volvió su dueña… la que lo hizo cambiar de opinión, haciendo que perdonase la vida a los seres que ahora detestaba con toda el alma. No era la misma mujer, no tenía el mismo poder para manejarlo… para amarlo, no era merecedora de él. No le llegaba ni a los talones y solo era la sombra de la reina que él conoció, por ende, no era quien haría feliz a Doragon, su amigo. Y, si tenía que ser el bastardo quien tenía que decirle la verdad, lo haría. Lo mejor para Doragon era subir al cielo, a su trono, y terminar con aquellos otros dioses.

—Posiblemente… —aceptó con seriedad e imitando la voz baja de su amigo para que la pelinegra no escuchara—, pero la diferencia es que la Andrómeda que conocimos —Dio la media vuelta, yendo hacia ella, ocultando su vista con nostalgia— y de la que te enorgulleces tenía con ella miles de años de sabiduría, la hacían noble, hermosa, bondadosa y perfecta. Sin embargo, ahora todo es nuevo y por ende tus prejuicios son injustos, no compares lo que fue con lo que es.

II

Se decía que él era el rey sin rostro. El señor poderoso cuya muralla era impenetrable. El supuesto hijo, heredero de una generación que salvó a la humanidad en los tiempos de Doragon. El legado del hombre que constituyó cambio y que cimentó las bases de lo que hoy en día eran las siete naciones, o las siete tierras que Doragon alguna vez separó por odio a la humanidad.

También, se contaba sobre la influencia que sus ancestros habían dejado en las otras tierras al crear los sistemas, éste, su reino y su palabra se volvía a la que todos acudían o el punto de partida, en otras palabras. Ya fuera por poder, por defensa o por aquello que se contaba solo esta tierra de Doragon poseía... Ori, su reino era respetado, el principal.

Así es, este era el único reino que descansaba bajo la constelación de Orión, cuyo significado cambió con la vinculación de Andrómeda en el pasado. Una diosa bajada del cielo y que descansaba en algún lugar. Esto sin contar lo que todos se preguntaban, ahora que lo sabía y que había investigado más al mencionar los nombres con los ancianos después de escuchar la fantástica historia del rey. Quería saber, necesitaba, de alguna forma inexplicable, encontrar a Doragon.

Pues solamente él podría darle las respuestas e incluso liberarla de un papel que ya no sabía si tenía sentido o no, y, que claro, aún no entendía.

Lo observó darle algunas instrucciones a Sagara, quien se retiró después de tomar los papeles en su mano. Así cada día, todas las mañanas, hacían para expedir las órdenes para su reino. Aunque disfrutaba conocer más de su rutina y entretenerse descifrando sus actitudes misteriosas, probablemente también ya era tiempo de dejar de engordar, al no hacer nada, y preguntarle qué era lo que tenía que hacer.

Se puso de pie y tomó su katana hasta llegar corriendo a su lado, incluso cuando él le dijo que no lo hiciera.

Era divertido verlo enojado. Su ceja rojiza derecha titubeaba un poco antes de arrugarse al regañarla, mientras la derecha siempre permanecía intacta y perfecta. Un detalle extraño pero singular. También, le gustaba como su rostro limpio y perfecto se volvía más duro, casi como si quisiera que ella no viera a través de él, o incluso su voz se volvía mas baja. Podía deducir que se contenía para no herir sus sentimientos.

Pues al principio, cuando lo conoció, juró que el joven la deseaba…pero lejos de él, al no mostrar ninguna expresión con sus bromas o señas de desagrado, de vez en cuando. Pero no fue hasta después de la noche en la que contó la historia de la princesa y el dragón, en la que poco a poco comenzó a darse cuenta de que en realidad algunos detalles siempre habían estado ahí, y que no le caía tan mal después de todo. Su frunce de cejas, su sonrisa casi fantasmal pero sensual, sus ojos afilados y temibles mirándola con ironía y confusión en lugar de odio o… lo mucho que la estudiaba para saber más de ella.

Se había dado cuenta, cuando él ni siquiera había notado lo mucho que ella también estaba interesada en él, lo mucho que le atraía y cuanto lo estudiaba cuando él la estudiaba. Solo era cuestión de prestarle más atención. Con esto dicho, reconoció que las cosas siempre fueron así, simplemente no le había importado tanto como para mirarlo de cerca, lo opuesto a esta ocasión.

Estar a su lado y enfocarse solo en él le había enseñado varias cosas: no era frio, simplemente callado, era solitario por alguna razón ese aire era de nostalgia, ah… y tampoco era malo. Era serio pero su bondad seguía ahí, no la miraba con dureza, sino que trataba de entenderla de esa forma y sin tener que preguntar. Entre esas muchas miradas había descubierto algunos significados. Entre ellos estaba: la esperanza de encontrar a alguien más, seguro la otra Ori que todos habían esperado, tal vez no se daba cuenta, pero la obligaba a compararse para que la observara de esa manera. Además de eso… no sé si se estaba equivocando o no, pero la mayoría del tiempo, cada vez que se sentía escrutada por él la hacía sentirse… ¿especial? ¿Deseada? … ¿Amada? ¿Qué?

También, notaba su forma constante al tratarla. No solo había mejorado, sino que se había vuelto un poco delicada y hasta 'apreciativa'.

—Parece que siempre vas con prisa —dijo él extendiendo otros documentos en la mesa para leerlos.

En ellos estaba lo que últimamente se había comentado en ese cuarto en la madrugada y frente a ella. Aquello que otros reinos buscaban además de la supuesta princesa Andrómeda… los vestigios de Doragon.

—Lo siento, pero ya van días que no hago más que comer, pasear y dormir. De alguna manera siento que me estoy dando la buena vida —reprochó preguntándose si era correcto exponerlo para que él se diera cuenta y si estaba siendo inteligente al hacerlo—. Si sigo así pronto el pantalón de mi uniforme no me quedará, los rollitos de mi espalda se formarán y bueno… no se para que le digo esto…

Claro, que estúpida. Le estaba señalando todos los lugares claves en los que seguramente y desde ahora se fijaría. Sonrojada se tapó su rostro y prosiguió—. Solo quiero serle de utilidad —y tampoco quiero engordar, también eso quiso decirle.

El rey le pasó a un lado abriendo una caja que siempre había visto en la esquina de la mitad de su cuarto. Al juzgar su apariencia podía deducir que hacía muchos años ese cofre no se había abierto.

—Puedes tomar vestidos si gustas.

¿Vestidos? ¿De esos flojitos que te tapan la pancita y te cubren los brazos? ¿Es que acaso le estaba tratando de solucionar el problemita? ¿O es que le estaba insinuando algo, secretamente?

—No… ni estoy pidiendo nada de eso —Quiso rectificar en caso de que estuviera malinterpretando su petición—. Lo que quiero decir es que como su arma que soy no debo simplemente estar en el cuarto o paseando con usted. Se supone que debo protegerlo, dar mi vida por usted y pelear por usted, servirle. ¿Por qué no me manda a una misión de esas para averiguar lo de los vestigios? ¿Por qué no me manda a otros reinos a pedirlos, si es que los han encontrado? Después de todo, Sagara dice que le pertenecen a su familia, a los que Doragon posó su confianza. Necesito enfrentar cosas, por mi pueblo y …

Él cerró el cofre de golpe y con fuerza suficiente como para hacerla guardar silencio. No le había gustado algo que ella había dicho y lo hizo evidente al encararla con ese perfil desafiante.

—No sé quién demonios te dijo que serias mi arma o que planeaba utilizarte de escudo —La sujetó del brazo acercándola a él, con cuidado de no asustarla—, pero no eres nada de eso, solo has aprendido a defenderte. Así que escucha esto: deja de despreciar tu vida como para entregarla por alguien más, de una maldita vez. Si eso es lo que siempre has deseado inconscientemente no te lo daré. Estarás conmigo, pero no dejaré que vuelvas a poner en riesgo tu vida —La soltó y se quedó ahí sin dejarla de mirar—. En todo caso, tu arma soy yo.

III

Bueno, esas palabras sí que la habían dejado sin las suyas, por primera vez. Su corazón había latido muy fuerte y rápido, como si intentara salírsele del pecho. Un sentimiento que fácil pudo vincular con miedo y nerviosismo, pero también emoción. Lo que la orillaba a pensar si en realidad sentía todo aquello porque se trataba del rey y estaba metiendo la pata, o porque había sido un mensaje con doble sentido que cualquier otra mujer estúpida pudo haberse repetido no haber entendido. Pues para ella, aquello había sonado como una insinuación, frases que la habían hecho sentirse estimada importante y amada, de alguna extraña manera.

Arrugó la nariz remontando su plática y siguió caminando detrás del rey, quien lo hacía como si nada hubiese pasado. Podía encararlo solo para aclarar su duda, ya que se prometió que dejaría de ser tan inocente y darle tantas vueltas al asunto como en el pasado. Mas no podía simplemente dejar a un lado la lista de deberes que había tenido que hacer para e invitarle una tacita de té para cotillear como viejas amigas, sobre malos entendidos que deseaba entender.

Lo miró de reojo y volvió a desviar su atención; no, ese rey no era uno con el que podría cotillear como lo hacía con Sagara. Sin duda ambos eran diferentes, incluso pensó que si en lugar del rey Sagara le hubiera dicho lo que éste tampoco hubiera sentido lo mismo… Pero ¿qué había de Enishi? Era decir… con él en un principio se sintió atraída ¿no? Tal vez solo era emoción la que sentía y estaba exagerando las palabras de ese hombre misterioso.

Bajó la vista y sonrió, deseando tener a alguien con quien pudiera hablar de estas cosas, ya que no tenía a nadie. Hace años, cuando intentó mantenerse en contacto con su única amiga de la infancia, Misao, en una carta ésta le pidió que por favor ya no la buscara.

No entendía gran parte de lo que pasaba afuera, pero según su hermano Misao había encontrado la felicidad y no tenía tiempo de jugar a las amigas con alguien a quien no veía desde años. Y bueno, si no mal recordaba Misao también la había traicionado cuando les suplicó que no la abandonaran como la supuesta Ori. Posiblemente ese día fue el último de su amistad.

Suspiró al darse cuenta que sus pensamientos habían comenzado en un punto y terminado en otro. Últimamente estaba muy confundida y ansiosa, presentía que si encontraba lo que estaba buscando se sentiría aliviada. Pues toda su vida había tenido una espina en su corazón que no la dejaba en paz; siempre sentía la necesidad de buscar, de indagar y averiguar cosas que la hacían sentir curiosa. Como si con eso estuviera suplantando algo que no podía tener… que no lograba llenar.

Siempre había sentido la necesidad de estar en busca de algo que sentía le hacía falta, pero nunca había dado con eso, nunca nada era suficiente.

Posó su mano en su pecho, acariciando el material de cuero de su uniforme mientras meditaba. Pues en su corazón podía sentirlo, una llama pequeña que le avisaba que la información que estaba buscando desde un principio estaba ahí, en ese enorme castillo blanco.

—De nuevo te pierdo…

Te pierdo…

Esas palabras resonaron en su cabeza como un eco largo y profundo que llegó hasta su corazón, hiriéndolo en el proceso. Aunque no era de gravedad, ni importancia, aunque sabía que él se refería a su distracción, por un momento esas palabras tuvieron el poder para mojar sus ojos y arrojarla a un mar de tristeza y soledad. Como si se tratara de una frase que la hería y la destrozaba, con la profundidad de su significado.

Tal ridículo e inexplicable. Tan temible.

Kaoru alzó la vista encontrándose con Kenshin, parado de perfil esperando por ella. ¿Qué diablos le estaba pasando? ¿Por qué se sentía extraña? ¿Por qué, incluso en esos momentos se sentía atraída hacia él, aunque apenas lo conocía? ¿Qué no eso era irreal e ilógico? ¡Se estaba volviendo una cualquiera!

Él solo se quedó observándola en silencio. Quizá estaba decepcionado de ella o la reprendería después, por las miradas lascivas que eran demasiado obvias para ese punto. La forma en la que la escrutaba era intensa; podía destrozarle el alma, podía consumírsela como si la conociera, podía desnudarla con tan solo acto y hacerla suya si lo supiera. Podía hacer todo con ella con lo que estaba sintiendo en ese momento y sin ninguna objeción, si tan solo lo supiera.

Permiso que en su sano juicio y con su consciencia limpia sería incapaz de hacérselo saber. Pues no entendía esa llama en su interior o las olas espontaneas de sentimientos confusos que la abrumaron en esos momentos. Todo era tan desconocido, que no tuvo de otra más que culpar a su deseo de mujer. Porque amor simplemente no podía ser.

Rey… es mejor que se cuide porque no sé de lo que seré capaz, sobre todo por las noches en los pasillitos o solo cierre bien la puerta del lado de su cuarto. Tápese bien y no me deje ver tanta piel, que esta pecadora lo está viendo con malos ojos —bromeó mentalmente y avergonzada por sus emociones. No podía explicarlas de otra manera, no a tan corto tiempo de conocerlo.

—Sé que suena ridículo, pero ¿te puedo decir algo? —Resumió él dando la media vuelta para no verla, aunque su voz siguió seria, aunque más baja.

Kaoru reaccionó un poco sorprendida. Sin duda a veces él no era lo que parecía. La mayoría del tiempo lucía como una persona fría, peligrosa, perfecta e inalcanzable, pero al estar junto a él no podía más que darse cuenta de lo contrario, cada vez, cada día… cada respiración. No podía explicarlo exactamente, pero la forma en la que le hablaba tenía algo que era muy difícil de decir… le parecía algo… ¿familiar?

Carraspeó su voz y sacudió su cabeza disimuladamente. Él estaba pidiendo su permiso para hablar, ¿acaso tenía que hacerlo?

—Mi tiempo es todo suyo, mi majestad. —Solo pedía que se apresurara y le hablara del clima o de algo que matara lo que estaba sintiendo. Pero la atmosfera que creía ver ahí no estaba ayudando para nada, flores, pajaritos, cielo claro y… él. ¡¿Qué demonios le pasaba?! Quería azotarse contra el barandal hasta reaccionar. Entendía que solo era ella y su rareza de sentimientos, era ella y la culpa era solo suya. Todo había comenzado con lo que había dicho hacía unas horas… palabras que habían desatado un no sé qué en su interior que ahora no podía controlar.

No quería crearse visiones y malentender cada una de sus palabras como hacia unas horas. Y es que se creía tan ridícula que seguro él le diría: —Perro. ¡Y lo malinterpretaría!

—Hubiera matado y muerto por ti. No… lo haría si es necesario incluso en estas condiciones, porque aún te amo. Pero no lo entiendes… no comprendes lo que es tener que verte y pedir internamente que sepas quién fui, quien soy. Qué es lo que soy. Sé que es súbito, pero me harte de tener que callarme y ser considerado, desde hoy no fallaré en recordártelo hasta que tú lo hagas.

Él siguió su camino sin agachar la mirada, sintiendo dolorosamente como la distancia se iba agrandando entre ellos al dejarla atónita y parada en el mismo lugar. Posiblemente era el error más grande de su vida y que pagaría con sangre. Ella no alcanzaría a entender sus sentimientos y terminaría desapartándose de un lado si no la motivaba el interés. Sin embargo… estaba exhausto, estaba agotado tener que fingir verla sin sentir nada. Deseando que su princesa pudiera decir su nombre con la misma sonrisa de hace años. Que ella… esta Kaoru pudiera sonreírle también.

Aunque estaba decepcionado, herido, cambiado por la amargura y casi destrozado, no podía vivir un día más sin amarla.

Si se alejaba de él… al menos deseaba que lo hiciera sabiendo de su amor y no por ignorancia.

Se detuvo justo en el portal del castillo para mirarla sobre su hombre mientras pedía una carroza. Entonces alzó la barbilla para llamarla, incluso al ser consciente de su estado confuso. La llevaría a un lugar donde ambos habían entregado algo de ellos.

Deseaba volver a conocerla.

Continuará…


Notas de autor: Gracias por las respuestas y comentarios.

Las cosas comenzarán a desenvolverse desde este punto.