En sus veinte años de vida, la condesa Son Pan había visto la gran variedad de facetas que su tierra natal podía presentar, Eran tan únicas como las cambiantes estaciones del año. Los largos y brutales inviernos eran una prueba de resistencia aun para los más entusiastas. Pero con la llegada de la primavera, el hielo y la nieve que se derretían creaban traicioneros pantanos que, en los tiempos pasados, habían demostrado ser lo suficientemente formidables como para disuadir a las hordas de los tártaros merodeadores y otros ejércitos invasores. Brisas cálidas y adormecedoras y el suave susurro de la lluvia aplacaban el alma.

Desde todo punto de vista, las condiciones eran intolerables para un largo trayecto a través de Rusia.

Si no hubiera sido por el urgente requerimiento del zar Piccolo de que fuera a Moscú en menos de una semana, y si no hubiera enviado una docena de guardias montados bajo la dirección del capitán Ten Shin Han para servirle de escolta, Pan nunca habría siquiera considerado aventurarse en semejante viaje hasta que el calor no hubiera menguado. En realidad, si un personaje menos importante le hubiera dado la orden, le habría rogado que le permitiese quedarse en su casa en Nizhni Nóvgorod para llorar como correspondía la muerte de su Padre.

Pan contuvo un gemido de desesperanza antes de que este llegara a sus labios, pues sabía muy bien que era una pérdida de energías que una simple condesa como ella se quejara de la falta de opciones cuando el zar de todas las Rusias daba una orden. El saber que a su llegada quedaría bajo la tutela de la prima del zar, la princesa Maron, hizo caer la bruma sobre su ya entristecido espíritu, y fue incapaz de mostrar algo más que un alicaído consentimiento a semejante invitación. La única posibilidad prudente para un súbdito respetuoso era el inmediato cumplimiento de la orden. Después de todo, ella era la hija del fallecido conde Son Gohan y ahora, para su desazón, una fuente de preocupación para su Alteza Imperial.

El zar no estaba pensando en sí mismo al asignarle una tutora, y sus motivos no debían ser cuestionados. Si consideraba los muchos honores que habían recaído sobre su progenitor en los últimos años, su desempeño como sobresaliente emisario podría haber garantizado esta atención de parte del zar, pero aun ahora que sus dos padres habían muerto, a Pan le resultaba difícil pensar en sí misma como si se tratara de una huérfana indefensa o de una joven mujer necesitada de protección, pues ya había pasado la edad en que la mayoría de las doncellas se casaban.

Ni una chiquilla ni una pobretona, sin embargo, era tratada como tal, refunfuñó disgustada Pan. Después se volcó hacia dentro como si recordara que había otra causa más viable para los dictámenes del zar Piccolo, Su prolongado estado de soltería quizás hubiera contribuido en gran medida a esta decisión, en especial, si tenía en cuenta que la situación había sido, en cierta forma, tratada con negligencia por su padre, que había alimentado la esperanza de que algún día ella descubriera un amor similar al que él había vivido con su madre, Videl. Nunca se había apresurado a arreglar un matrimonio de conveniencia, y por eso había fracasado en procurarle un esposo.

Sin embargo, Gohan se había preocupado por el bienestar de su hija de un modo muy diferente: había puesto tierras y bienes a su nombre y había conseguido que el zar le asegurara que, después de la muerte de su madre, unos cinco años atrás, había recabado la asistencia de la muchacha en el mundo de los asuntos diplomáticos y los mandatarios extranjeros, lo que le había exigido largos viajes al exterior. Como tenía una madre inglesa, Pan podía hablar esa lengua con la misma fluidez que el ruso, y con su buen dominio del francés era capaz de mantener correspondencia con funcionarios en los tres idiomas. El conde Gohan le había confiado la exclusiva responsabilidad de esa tarea.

Apoyó un brazo en el borde acolchado de la ventanilla y llevó a la sien un pañuelo húmedo para reprimir un mareo repentino y las náuseas que la amenazaban. El carruaje se había convertido en un instrumento de tortura, obstinadas en sus alocados giros, las ruedas retumbaban y se sacudían sobre el camino trillado. Un dolor palpitante se había instalado, insidioso, en sus sienes, obligándola a cerrar los ojos con fuerza para evitar los brillantes rayos de sol del atardecer hasta que el coche llegara a la sombra de un grupo de altos árboles que crecían junto al camino. Cuando se atrevió a abrir los ojos de nuevo, Pan vio todo a través de una niebla rojiza que casi se confundía con el interior rojo rubí del carruaje.

- ¿Se siente mal, condesa? – preguntó el clérigo Yamcha con una sonrisa condescendiente.

Pan pestañeó varias veces antes de poder fijar la mirada en el hombre que, no por su voluntad, se había convertido en su compañero de viaje y protector temporal. Con toda la educación que había recibido, le resultaba sumamente desconcertante que pronto fuera a quedar bajo la tutela de unos extraños y que fuera escoltada a su destino por un individuo del que sospechaba, con motivo, que era simpatizante de los polacos y uno de los tantos fanáticos de los jesuitas de Sigismund. El autoproclamado erudito y clérigo de rostro severo y ropas negras había impuesto su austera presencia en el asiento que estaba frente a ella.

- ¡ Tengo calor! ¡Estoy cubierta de polvo! –se quejó Pan con un suspiro exasperado -. ¡Estoy cansada de este ritmo agotador que me ha dejado tan exhausta y llena de golpes que no puedo recodar cómo es sentirse de otro modo! En cada parada del camino, hemos tenido que cambiar caballos porque no daban más. Por favor, señor, dígame ¿por qué no debo sentirme mal cuando no se nos ha permitido el mínimo descanso en estos tres días?

En el asiento de al lado, Milk no dejaba de moverse, ofreciendo un mudo testimonio de su propia incomodidad. La ama de llaves irlandesa parecía mucho mayor y más frágil que lo que sus sesenta y dos años indicaban, pues el viaje era aún más agotador para las personas ancianas, ya que les consumía la poca energía que tenían.

Yamcha aspiró el aire de un modo arrogante y comenzó a dar una respuesta, pero hizo una pausa al ver que un pequeño insecto se había prendido de la manga de su hábito negro. El clérigo pareció asombrado por la impertinencia de la criatura y, con gesto de repugnancia, lo desprendió y lo arrojó por la ventanilla con un despectivo movimiento de sus dedos cortos y gruesos.

- Mi querida condesa, fue expresa voluntad de la princesa Maron que me apresurara en regresar, si no todos sus planes se verían desbaratados. Por respeto a sus deseos y al mandato de Su Majestad, no tenemos otra posibilidad sino obedecer.

Molesta por la lógica espartana de Yamcha, Pan sacudió la manga de su vestido y arrugó su elegante nariz recta, pues una nube de polvo se alzó de la seda a rayas grises y verdes. Había adquirido ese novedoso atuendo de viaje en Francia y había pagado por el una suma considerable, pero ahora veía que ya se había ensuciado tanto que prácticamente estaba inutilizado para otros usos, si es que encontraba, por algún golpe de buena suerte, que Maron era más tolerante con la moda europea de lo que parecía el clérigo.

Al levantar la mirada, Pan no pudo dejar de percibir la ceja de Yamcha que se torcía en señal de desprecio. Ella también tenía el entrecejo fruncido. Su ira había sido provocada de nuevo, y de pronto, tuvo la certeza de que podría soportar el polvo y las incomodidades del camino mejor que la agresiva presencia del clérigo en el coche.

- Tal vez, señor, le gustaría explicarnos sus razones para insistir en que viajáramos a plena luz del día. Podríamos haber escapado a las peores temperaturas y tal vez de un poco de polvo, si nos hubiera permitido hacer la travesía de noche, como sugirió el capitán Ten Shin Han.

- Las noches pertenecen al diablo, condesa, y las almas tiernas deberían tomar recaudos para no pisar los lugares donde los demonios están habituados a pasearse.

Pan levantó los ojos hacia el cielo reclamando la ayuda divina para que su paciencia resistiera la travesía. El hecho de que ya habían soportado innumerables tormentos no entraba en la consideración del clérigo.

- Supongo que usted no tiene nada de qué quejarse, señor, ya que fue usted quien emitió las directivas que han establecido este patrón de viaje.

Yamcha hizo una breve pausa para sopesar la barbilla de la condesa cubierta por un delgado velo y ofreció una excusa más plausible que la que hasta ese momento había condescendido a dar.

- Ha habido rumores de que, en los alrededores de Moscú, una banda de renegados ha estado asolando el territorio. Esos malhechores están acostumbrados a caer sobre los desprevenidos viajeros durante la noche, y yo pensé que era prudente que viajáramos de día para evitar la posibilidad de un ataque.

- Parece una sabia decisión – replicó Pan con sequedad -, si, de milagro logramos sobrevivir al calor.

Yamcha permaneció tan impermeable a su comentario como a las condiciones extremas del viaje.

- Si está incómoda, condesa, me atrevería a decirle que eso se debe, sin duda, a su extravagancia. Un simple sarafan habría servido mejor a sus necesidades. Además, de ese modo, se habría ajustado con modestia a las costumbres de una doncella rusa.

Pan se dio cuenta de la imperiosa necesidad que tenía Yamcha de echarle la culpa a ella, del mismo modo que había hecho la víspera del viaje, cuando había criticado con acidez el estilo europeo de su vestimenta. El sarafan convencional habría disfrazado mejor sus formas con líneas sueltas que apenas se adherían al cuerpo en una túnica derecha desde los hombros hasta el piso. Pero con las capas de tela que acostumbraban usarse debajo y encima de los costosos atuendos, parecía sumamente dudoso que la vestimenta hubiese ofrecido algún alivio al calor. Era obvio que esos trajes de líneas ajustadas que ella usaba perturbaban al clérigo, pues en términos más que definidos le había hecho saber que odiaba los corsés que ceñían los vientres. Pero tampoco sentía un gran afecto por las faldas que con frecuencia adquirían gran amplitud con armados miriñaques, o por los costosos puños y golillas de encaje, o por los cuellos almidonados que usaba la difunta reina Isabel de Inglaterra, por ejemplo, y que había alentado a otras mujeres a usar. Era evidente que la inclinación de Pan por los estilos de moda había escandalizado al estricto concepto que el clérigo tenía de lo que era una vestimenta apropiada.

Si ella hubiera lucido algo que se pareciera más al estoico traje negro de Yamcha, le habría caído mejor.

- Supongo que tiene razón – respondió Pan, reprimiendo la urgencia de discutir con ese hombre que tenía opinión formada acerca de todos los temas posibles -. Pero después de viajar muchas veces al exterior, me he acostumbrado a los estilos de las cortes francesa e inglesa y he dejado de considerar que alguien pudiera sentirse ofendido por eso.

- En eso se equivoca, condesa - se apresuró a afirmar Yamcha - Si no tuviera la disciplina y la mente de un santo, me habría desvinculado de las obligaciones que la princesa Maron me ha encargado y buscaría otro medio de transporte. En verdad, nunca he visto una doncella nacida en Rusia que sea tan afecta a usar esas vulgares vestimentas extranjeras.

- Oh, señorrrr… - La voz de Milk tembló con una ira mal reprimida cuando se atrevió a interrumpir. – Puedo entender que usted no esté familiarizado con lo que es aceptable al otro lado del mar puesto que no se ha aventurado a otros climas. Le digo la verdad., señor, hay un mundo completamente diferente allá afuera, estese seguro. Bueno, no me cabe duda de que usted se asombraría con las licencias que algunas damas se toman en el exterior al caminar y al hablar con hombres que no son ni su confesor ni sus parientes. La reina Isabel fue una de ellas. Ningún alma en Inglaterra habría esperado que ella estuviera recluida, ni habría deseado que estuviera guardada en un castillo y separada del resto del mundo, o acompañada sólo por mujeres y unos pocos hombres consagrados que la asistieran. ¡Tenga la plena seguridad, señor! ¿Puede imaginarse a todos esos elegantes señores con grandes títulos nobiliarios moviéndose alrededor de la reina, sin que ningún británico considerara que eso fuera pecado?

La boca de Pan se torció en una sonrisa apenas contenida cuando la delgada ama de llaves trató de iluminar la estrecha mente del clérigo. Pero al ver que Yamcha se alzaba con furioso desprecio ante los comentarios de la mujer, Pan dejó de lado toda diversión.

- ¡Comportamiento asqueroso! En realidad me pregunto qué hago yo aquí después de las muchas visitas que su señora ha hecho a esa corte. Temo que mi protección llegue demasiado tarde.

Milk incorporó su pequeño cuerpo como si hubiera sido picada por un insecto. Había asistido a la condesa desde su infancia y se sintió ultrajada por la insinuación de ese hombre.

- ¡Como si mi dulce corderita no fuera la inocente que siempre ha sido!– Milk giró en el asiento cada vez más irritada – Acá o allá, señor, le puedo asegurar que ningún hombre ha puesto una mano encima de mi señora.

- Eso habrá que verlo, ¿no es cierto? – desafió Yamcha -. Después de todo sólo tiene su palabra.

Pan no podía creer la malicia que había en la sugerencia de ese hombre y pensó en abrir la boca para iniciar una acalorada protesta. Sin embargo, resolvió dejar que el insignificante clérigo pensara lo que quisiera, ya que parecía que eso haría de todas maneras.

Milk no mostró tanta discreción.

- Ya que usted viaja en el coche de la condesa, come las comidas y duerme en las habitaciones que ella paga, señor, podría considerar tratarla con el respeto que se le debe a una dama, aunque sea más que para demostrar su agradecimiento.

Yamcha fijó en la tenaz ama de llaves su mirada glacial con la intención de transmitirle su profunda reprobación.

- Usted ha recibido una pésima educación en lo que se refiere al tratamiento de los santos, anciana, de otro modo sabría que la caridad es una virtud que se espera de aquellos que tienen los medios para practicarla. Parece que no ha estado lo suficiente en este país como para entender nuestras costumbres.

La ama de llaves echó una mirada de reojo al hombre que se regodeaba en su orgullo, y recordó el día en que el clérigo se había presentado ante la condesa. Directamente, como si tuviera temor de tener que gastar unas monedas de su propio bolsillo, le había hecho saber que no tenía más dinero o posesiones que las ropas que llevaba puestas y unas pocas cosas más en una maleta negra. Después, le había cargado los gastos de su subsistencia a la condesa, como si tuviera el derecho a reclamar su benevolencia. El día anterior, sin ir más lejos, Milk lo había visto tratar de disuadir a Pan de dar una generosa limosna a una joven madre que, después del repentino colapso y muerte de su esposo, había quedado en la calle y vivía con su pequeña hija en la estación de coches. Su intento por contener la generosidad de la condesa había sido ya bastante gravoso, al modo de ver de Milk, pero fue peor aún cuando se atrevió a sugerir que era mejor que le diera esa contribución a él para que pudiera llevar ese regalo a la madre Iglesia – o algo así había dicho -. Milk había sentido que el fuego de la indignación se introducía profundamente en su temperamento irlandés. Sus solicitaciones la habían convencido de que él estaba mucho menos preocupado por las necesidades de los pobres que por su propia riqueza y posición.

- Perdón, Su Eminencia. – La forma de dirigirse a él tenía algo de exagerado, pues Milk sentía una inconmensurable desconfianza hacia ese hombre. Sus afirmaciones de que tenía gran importancia y genio le habían parecido una jactancia vana, mientras que su disposición agresiva le había brindado la evidencia de un desprecio subyacente por todo lo que considerara frívolo o trivial. – Es un hecho que no he puesto mis pobres ojos en un verdadero santo de la iglesia desde hace muchos años. Sin embargo, hay algunos que quieren hacer creer a la gente que lo son. Lobos vestidos de corderos, en otras palabras. Pero ese no es el caso aquí, ya que usted es tan fino y tan santo.

continuara...